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sábado, 2 de febrero de 2013
La corrupción pública (II) El momento actual de deterioro en España me recuerda mucho a la Italia de los años ochenta y noventa
Posiblemente el principal problema de la corrupción en España es que no está reconocida con la gravedad penal y con la trascendencia social que debiera. Tiene más ruido mediático que consecuencias para los delincuentes. He leído en algún sitio que un fiscal afirmaba que "la corrupción política es crimen organizado", y realmente tiene muchas de sus características: actuación en grupo, gravedad de la acción, blanqueo de dinero, influencia política- Y como tal hay que atacarla hasta extirparla, especialmente en sus dos campos fundamentales: el urbanismo y la contratación pública de obras. Por ejemplo, acabar con el abuso del concurso frente a la subasta en los contratos de obras, con el pretexto de criterios cualitativos en la elección. La corrupción es mucho más grave de lo que pensamos. Ya hace muchos años, el pensador y periodista francés J.F. Revel explicaba en su ensayo El conocimiento inútil que la causa del retraso de los países africanos no era el colonialismo ni las multinacionales explotadoras ni la falta de instrucción de sus habitantes, sino la enorme corrupción y opacidad de sus élites gobernantes (por cierto, todos ellos graduados en las mejores universidades del mundo), que posibilitaban y se aliaban con los corruptores para su propio beneficio.
Muchas son las causas de la corrupción en España y todas sobradamente conocidas: desde la deficiente y opaca ley de financiación de los partidos hasta la irresponsabilidad en la gestión de los recursos públicos. Casi nunca se suele citar la incompetencia, que también es otra forma de corrupción. Ocupar un cargo público sin tener capacidad es grave responsabilidad de quien lo pone y del que lo acepta. Y va a posibilitar, aunque sea inconscientemente, todo tipo de errores y corruptelas.
Pero también en la lucha contra la corrupción hay que matizar. Hay que ser menos categóricos y más eficaces. En todos los sistemas políticos hay corrupción, ya que es algo consustancial con la política. Que la corrupción ocupe mucho espacio en los medios y genere gran rechazo social es positivo, pues significa una mayor sensibilidad social y una mayor movilización en contra. Pero esto solo no es suficiente sino que hay que elaborar leyes que regulen la actividad interna de las instituciones y de los partidos políticos. Lo que causa más rechazo no es tanto los distintos casos que afloran en los medios sino los pocos indicios que se observan en su neutralización. ¿Para cuándo una ley de Transparencia realmente eficaz? Debería ser objetivo urgente de todos los partidos políticos. ¿Para cuándo una ley de Partidos Políticos que les obligue realmente a ser democráticos y transparentes, interior y exteriormente? El sistema actual no se va a regenerar de manera endógena. ¿Quién se hace el harakiri voluntariamente? Actualmente, la opacidad y cooptación son instrumentos fundamentales de los partidos, y sus dirigentes constituyen una barrera difícil de traspasar. Debe ser la presión social y la de los propios militantes la que obligue a los dirigentes a ser más democráticos. Porque la corrupción es eso, déficit democrático. Y ser militante de un partido no debe equivaler a ser un "hooligan".
En España sabemos lo que ha pasado. No es cierto que estemos secuestrados por la corrupción, como algunos proclaman. Es cierto que existe un alto grado de corrupción entre las élites de todo tipo que dirigen este país. Eso es indiscutible. Pero sabemos cuál es el origen: la especulación inmobiliaria, la "necesidad" de los partidos para financiarse y el ansia de enriquecimiento desmedido de algunos dirigentes. Es eso lo que hay que destruir y no a la clase política en su conjunto. El momento actual de deterioro en España me recuerda mucho a la Italia de los años ochenta y noventa (Tangentopoli se llamaba en el argot periodístico), que acabó con el Partido Socialista Italiano y la Democracia Cristiana. Con una diferencia: en Italia las cárceles estaban llenas de políticos y mafiosos, en España no. Pero, cuidado con el populismo, luego aterrizó Berlusconi, puro populismo hortera, mafioso e ineficiente. La regeneración democrática demanda más y mejor política. Profesor de filosofía
sábado, 19 de enero de 2013
La corrupción pública La percepción social de estas conductas por parte de los españoles es de bastante comprensión
En el breve tiempo transcurrido de 2013 han aparecido en los medios de comunicación muchísimos casos de corrupción pública: casosPallerols, Díaz Ferrán, Baltar, Güemes, Rato, las cuentas suizas de Bárcenas y su redistribución entre los jefes del PP, las cuentas y negocios de los Pujol... Habiendo dejado atrás el gravísimo asunto de los ERE andaluces, la trama Gurtel y los pelotazos urbanísticos de los años 90 y primera década del actual siglo. Me planto aquí para no aburrir y tener espacio para la reflexión.
La corrupción se da en España en todos los sectores y de todos los colores. Y no es de ahora sino de siempre. Ya Séneca decía que "La corrupción es un vicio de los hombres, no de los tiempos". La corrupción puede ser privada (cualquier comportamiento desleal, incluido el no trabajar) o pública (el político y/o funcionario que recalifica especulativamente un solar para beneficio particular). Lógicamente es la corrupción pública la que tiene mayor repercusión, al utilizarse perversamente los instrumentos públicos por parte de quienes tienen encomendada la tarea de administrarlos adecuadamente. Son innumerables las veces que se ha intentado neutralizar la corrupción pero con poco éxito. A veces, incluso, se complejiza tanto el procedimiento administrativo que el resultado es la demora de los actos administrativos sin conseguir avances significativos en la transparencia final. Un ejemplo es la actual Ley de Contratos. Los que tienen medios violan la ley, sea sencilla o compleja.
Y es que la mera modificación de normas y leyes no funciona sin una ética política que sea el principio rector de los actos públicos. Y quien verifica la ética es el pueblo soberano. Pero no nos engañemos, la ética política es ética pública, mucho más compleja que la ética privada. Y sobre esta cuestión, ha sido Maquiavelo quien mejor ha teorizado planteando el conflicto que puede surgir entre la moral que conviene a la vida privada y la que conviene a la vida pública, que no siempre coinciden. "El fin justifica los medios" es una de las expresiones más citadas, y también una de las más manipuladas y tergiversadas. Ciertamente existen "razones de Estado", aunque no hay que abusar de ellas. No es fácil parametrizar la ética pública.
Observamos con preocupación que no se percibe ninguna actitud firme para acabar con la corrupción pública. Es más, la percepción social de la corrupción por parte de los españoles es de bastante comprensión. Algo así como "qué haría yo si tuviese esas oportunidades y creyese que no me iban a pillar". Tenemos un amplio refranero español que comprende y ampara ese tipo de debilidades humanas. Además, los grandes corruptos crean la opinión de que todo es igual y que todos somos iguales, las pequeñas corruptelas y los grandes pelotazos. Y, con frecuencia, los medios generalizan y estandarizan todo tipo de "debilidades". Incluso, con muchísima frecuencia (casi siempre), las pequeñas corruptelas o delitos son ilegales y debidamente castigados, mientras que las grandes corrupciones son legales o prescriben o son anuladas por pruebas ilegales o son ventajosamente negociadas con la fiscalía. Siempre ha habido clases.
La gente poco analítica suele condenar mayoritariamente la corrupción política, frente a otros tipos de corrupción, pero hay muchas corrupciones que no son políticas y pasan desapercibidas. Por ejemplo, es cierto que el político dirige, pero es el funcionario quien provee los procedimientos y elabora las propuestas de resolución y debe velar por la observancia del principio de legalidad. Los que hemos gestionado públicamente sabemos que "no hay políticos corruptos sin funcionarios permisivos".
¿Qué hacen los partidos políticos para atajar la corrupción pública? Poco o nada. Al menos, hasta ahora, no ha habido avances significativos. Ni siquiera han sido capaces de apartar de sus listas o puestos públicos a aquellos sobre los que hay indicios serios y graves de su conducta delictiva o poco ética. Apelar al "principio de la presunción de inocencia" no deja de ser muchas veces una excusa para no cumplir con el principio ético de todo representante público. Porque si esperamos a una sentencia firme, la dilación temporal se convierte en un premio para los delincuentes con medios suficientes para recurrir una y otra vez hasta llegar a la prescripción o "negociación formal con la fiscalía". Y esto, en medio de la crisis que nos rodea, genera desafección, si no indiferencia y apatía, que es mucho más grave.
Profesor de filosofía
sábado, 5 de enero de 2013
¡Feliz año nuevo!
Hay, no solo un cierto derecho, sino también una cierta obligación de ser felices y hacer felices a los demás
¿Por qué repetimos esta utopía y ucronía tan machaconamente? Sabemos que hoy (cronos/tiempo), en España (topos/lugar), es difícil ser feliz y, sin embargo, invitamos y deseamos a nuestros próximos que lo sean. ¿Es ironía o apertura al infinito?
El análisis que podemos hacer sobre la felicidad es muy variado y complejo, ya que son varias las disciplinas que la estudian: la filosofía estudia su concepto y realidad; la psicología estudia los factores endógenos del individuo que hacen posible la felicidad; la sociología se ocupa de analizar qué factores sociales son necesarios para ser feliz; la antropología muestra cómo conciben la felicidad las distintas culturas; para las religiones teístas la felicidad solo se logra en la unión con Dios. Como factor común y general podemos decir que todas las disciplinas conciben la felicidad como un estado de ánimo que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada.
Hagamos un brevísimo recorrido conceptual. Posiblemente, el autor que más y mejor ha trabajado el concepto de felicidad haya sido Aristóteles. Dice que todos estamos de acuerdo en que queremos ser felices, pero en cuanto intentamos aclarar cómo podemos serlo empiezan las discrepancias. No obstante, él considera que ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano (eudemonismo). Otros autores griegos conciben la felicidad como ser autosuficiente (cínicos y estoicos) o evitar el sufrimiento mental y físico (Epicuroy hedonistas). Ya en la modernidad, Kant no garantiza la felicidad al hombre moral, sino que la remite a Dios. Dice que "la moral no es propiamente la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos hacernos dignos de la felicidad". Cuestión compleja y fascinante. Si llegamos a perspectivas más actuales, según la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica la misión de los gobiernos es la provisión de seguridad y de felicidad. El psiquiatra Luis Rojas Marcos llega a la conclusión de que, a pesar de todo, la mayoría de las personas se consideran felices la mayor parte del tiempo. El filósofo Alfredo Fierroentiende que la ciencia o arte del vivir feliz se extiende a una práctica y una ética de la feliz convivencia, privada y pública.
Hay dos disciplinas que tratan en profundidad sobre la felicidad. Son la ética (dimensión individual) y la política (dimensión pública). Ambas son innatas al ser humano y necesarias para su autorrealización. No sería mala idea pedir a los políticos que se dedicaran a ser felices y que procuraran la felicidad al resto de sus conciudadanos. Muchas veces he pensado que a los políticos debería juzgárseles por lo que son y no por lo que hacen (sí, no me he equivocado). De esta manera podrían decidirse a ser y, siendo, estarían posibilitados para hacer. También he pensado que el político debería preocuparse menos de la gente y más de sí mismo (tampoco me he equivocado). Quizás así nos enteremos de quién es quién. En el fondo, la gente normal solo pide que le dejen vivir. Su vida la pone él. Porque, tras la muerte de Dios, los políticos han querido ocupar su lugar. Vamos a peor, Dios era más dios.
No está garantizada ninguna relación causa-efecto entre la acción moral y la felicidad. Algunos dirán que más bien al contrario, ya que hay muchos ejemplos de delincuentes y corruptos no condenados, ni siquiera socialmente. Algunos llegan a preguntarse si es rentable, al menos psicológicamente, ser honesto o buena persona. Lo que conllevaría un cierto tipo de felicidad personal o íntima. Pero la felicidad no es algo simple, ni teóricamente, como hemos visto, ni prácticamente. Porque nadie es feliz sin los otros, ya que la felicidad dejó de ser asunto solo privado para pasar a ser cuestión también pública, política y civil. El ímpetu revolucionario en los dos pasados siglos podía transformarlo todo en bien de todos. Y, de hecho, así lo hicieron: transformaron todas las desdichas y miserias en bienestar de todos y cada uno, siguiendo al pie de la letra el principio marxiano "los filósofos se han contentado hasta le fecha con interpretar el mundo, ahora es preciso transformarlo". Hay no solo un cierto derecho, sino también una cierta obligación de ser felices y hacer felices a los demás.
Aunque no son buenos tiempos para la épica ni para la revolución, desistir de ello no lleva forzosamente a abdicar de cualquier práctica transformadora. Ninguna acción de rebeldía y transformación es inútil. Pues bien, amable lector, sea usted feliz, dentro de un orden (constitucional, por supuesto).
Profesor de Filosofía
domingo, 23 de diciembre de 2012
Socialismo, de la realidad a las ideas
Los partidos tienen que modificar no solo sus ideas, sino sus estructuras y su modelo de liderazgo
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El significado de crisis nos habla de un momento decisivo en un proceso o una situación. Si a la crisis la adjetivamos sistémica, hablamos de algo más que de una coyuntura, y hay que entender que tras la crisis económico-política que nos envuelve, subyace la crisis de un modelo o paradigma social que finaliza, y, en consecuencia, la necesidad de ir configurando otro modelo cuyos elementos debemos saber extraer de lo que sucede en el entorno que nos rodea. En definitiva, saber leer e interpretar los signos de los tiempos.
Históricamente, el socialismo que surge en el siglo XIX ha evolucionado por varias fases ideológicas y programáticas, desde el abandono de la socialización de los medios de producción hasta la aceptación del sistema capitalista y su integración en una economía de mercado. No hay que olvidar que para transformar la sociedad hay que llegar al gobierno, y que para llegar al gobierno hay que presentar al cuerpo electoral una oferta programática que tenga suficiente credibilidad como para solucionar los problemas existentes en un corto, medio y largo plazo. La política democrática es algo muy contemporáneo. Es curioso constatar cómo todos los creadores de finales del XIX hasta 1914 son "antidemócratas": Nietzsche, Lenin, Maurras, infinidad de artistas... "El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona", decía Hölderlin.
SI ANALIZAMOS la historia, parece claro que las ofertas programáticas de los partidos socialistas han ido decantándose paulatinamente por una línea más liberal y menos izquierdista, especialmente en los últimos tiempos. Pero en una sociedad de competitividad electoral, donde los distintos partidos tienen que convencer a una mayoría de ciudadanos para poder llegar al gobierno, las ideas no pueden provenir solo de las mentes más o menos capacitadas de las organizaciones políticas. De ser así, caeríamos en un idealismo platónico, hegeliano o metafísico, sistemas en los que las ideas crean la realidad.
El socialismo, en cambio, bebe de la filosofía materialista, con una interpretación dialéctica de la materia-realidad, donde las ideas son creaciones mentales provenientes de la realidad y que, en un segundo momento, vuelven a la realidad para transformarla. Por lo tanto, las ideas programáticas deben proceder fundamentalmente de la interpretación que hagamos de la realidad a transformar. No caben, pues, propuestas reiterativas y anquilosadas. Hay que pensar, y el pensar es siempre un acto de indisciplina.
En los foros izquierdistas, es habitual observar en discusiones poco técnicas y excesivamente coloquiales una especie de competición por ver quién es más radical en su exposición ideológica o en su forma de pensar. Pero casi nunca se habla de cómo es la realidad y sus gentes, que son los que realmente demandan unas soluciones u otras. Y mucho menos, solemos preguntar a los ciudadanos o nos ponemos a dudar y reflexionar junto a ellos. Si la mayoría social no demanda las propuestas que un partido les oferta, por muy brillantes que sean, no votarán por ellas, y esos partidos estarían haciendo revoluciones de café o vanguardismos estériles que solo conducen a la melancolía.
El momento actual de crisis sistémica, o sea, crisis total, en la que las estructuras y modelos de todas las organizaciones tienen que morir para dar a luz otro formato nuevo, puede suponer una buena oportunidad para reflexionar sobre la realidad en que vivimos y la manera de conectar con sus múltiples y diversas manifestaciones. Porque la realidad está constantemente transformándose, seamos conscientes o no de ello. Y, en consecuencia, los partidos tienen que modificar radicalmente no solo sus ideas, sino sus estructuras, su modelo de organización y de liderazgo, y su saber estar en la realidad.
Posiblemente la nueva variable más importante sea nuestra pertenencia a la UE. Tal como funciona actualmente, con sus instituciones contramayoritarias no representativas (Comisión, BCE), con un indudable déficit democrático y con pérdida de soberanía del Estado-nación, la UE avala gobiernos conservadores. Hay que tener en cuenta que un Estado fuerte ha sido el principal instrumento del socialismo para el crecimiento y la redistribución de rentas y servicios, especialmente a los más vulnerables. Lo público primaba sobre lo privado.
Pero esta circunstancia reductora del Estado puede cambiar con los programas y elecciones europeas próximas, que los partidos y la ciudadanía deben afrontarlas como las más importantes y transcendentes para la configuración del auténtico modelo europeo: más social, con una mejor redistribución de rentas, garante de una igualdad de mínimos entre las naciones y con una menor rigidez monetaria.
Pofesor de Filosofía
sábado, 8 de diciembre de 2012
Necesidad de la política En realidad, los mercados tienen la presencia que la política les ha permitido
Cuando la situación es tan compleja como la actual, cundo tenemos muchas preguntas y pocas respuestas, cuando todo se desmorona a nuestro alrededor, cuando se toman decisiones irreversibles sobre cuestiones vitales, cuando el elemento fundamental de nuestra sociedad --la juventud-- se siente fracasada antes de haber empezado a vivir, en estas circunstancias hay que pararse a pensar. Pensar sobre asuntos fundamentales para todos, incluso para los que no los tienen como tales. Asuntos como lo público y lo privado, la economía y la política, los líderes sociales, la pobreza y la riqueza, la dignidad humana, etc.
El Estado y sus manifestaciones radiales (autonomías, ayuntamientos) se deben a lo público, que es la única manera de proteger a sus ciudadanos más vulnerables; los fuertes ya se protegerán ellos solos. Respecto a lo privado, el Estado lo debe proteger, posibilitar, regular, pero no necesariamente fomentar. Y si hay ayudas, siempre con condicionamientos sociales. Como los actuales Memorandos de Bruselas pero al revés. Hay sectores estratégicamente públicos, educación, sanidad, servicios públicos en general, que deben ser blindados sobre un mínimo de dignidad dentro de nuestras posibilidades económicas. Caben externalizaciones en ellos sobre aspectos colaterales no esenciales, pero siempre sin perder el objetivo y el control público desde la perspectiva ciudadana. Para ello es necesaria una buena dirección estratégica, donde la ética actúe como tecnología punta entre otras no más importantes. De ahí la importancia de la formación para nuestros jóvenes, y no tanto de la erudición. La erudición se refiere al conocimiento repetitivo de datos y resultados, la formación fomenta la capacidad de aprendizaje y la asunción del cambio como categoría mental.
LA POLÍTICA es más necesaria que nunca, pero una política capaz de seducir. "La información no funciona verdaderamente sino cuando seduce", solía decir mi amigo Mario Gaviria. Una política que, sin abandonar el día a día, tenga un relato y un proyecto seductores y creíbles, con objetivos claros, con medios viables y hasta con dudas razonables. Que pueda explicar sus aciertos y sus errores cuando los ciudadanos así lo exijan. Pero esa política demanda políticos éticamente inteligentes, con capacidad para una tarea fundamental e imprescindible. El político no hace falta que sea bien parecido, ni gracioso, ni siquiera entusiasta, sino capaz y honrado. "Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa", decía el pesimista Schopenhauer.
Hoy se habla mucho de la desafección política, pero desde posiciones políticas, desde otro tipo de política embrionaria, todavía sin desarrollar y con elementos juveniles no configurados. Haríamos mal en desoír esta manifestación política-antipolítica. La clave consiste en saber traducir. "Entender es traducir", dice G. Steiner. Los partidos políticos actuales son excesivamente tradicionales y "los tiempos están cambiando" ya desde Bob Dylan. Su fuerte jerarquización y su interesada endogamia los hace vivir en una auténtica burbuja, sin información del entorno cambiante que está demandando otro tipo de pensar y hacer.
Que los mercados existen es obvio. Siempre han existido, aunque no con tanta presencia. En realidad, los mercados tienen la presencia que la política les ha permitido. Y en la política hay correlaciones de fuerzas e influencias que marcan una dirección u otra. Las políticas conservadoras van detrás de los mercados, a los que sostienen, tras los que se esconden y con los que se justifican. Las políticas progresistas deberían ir delante de los mercados, a los que deberían dirigir y corregir. Y nunca debemos olvidar que detrás de la economía y la política están los ciudadanos, que quitamos y ponemos gobiernos que se supeditan o dirigen los mercados.
Las patologías sociales, igual que las médicas, se detectan por los síntomas. Si la cohesión social falla, la política no es la correcta. Si en un país desarrollado como España, la exclusión social es noticia diaria, la armonía social que el gobierno está obligado a proteger falla. Y es aquí donde los ciudadanos se quejan de los políticos y les exigen que sigan pero que cambien, de fondo y de forma, que abandonen su "irresponsable grandiosidad retórica" (Tony Judt) y que armen un relato creíble, con unos medios visibles y viables y con una dimensión utópica y ucrónica que marque la buena dirección. No son importantes las metas sino la dirección. La crisis, paradójicamente, podría convertirse en una oportunidad política si la transformásemos en un punto de inflexión reflexiva.
Profesor de filosofía
NECESIDAD DE LA POLÍTICA
Cuando la situación es
tan compleja como la actual, cundo tenemos muchas preguntas y pocas respuestas, cuando todo se
desmorona a nuestro alrededor, cuando se toman decisiones irreversibles sobre
cuestiones vitales, cuando el elemento fundamental de nuestra sociedad –la
juventud- se siente fracasada antes de haber empezado a vivir, en estas
circunstancias hay que pararse a pensar. Pensar sobre asuntos fundamentales
para todos, incluso para los que no los tienen como tales. Asuntos como lo público
y lo privado, la economía y la política, los líderes sociales, la pobreza y la
riqueza, la dignidad humana, etc.
El Estado y sus
manifestaciones radiales (autonomías, ayuntamientos) se deben a lo público, que
es la única manera de proteger a sus ciudadanos más vulnerables; los fuertes ya
se protegerán ellos solos. Respecto a lo privado, el Estado lo debe proteger,
posibilitar, regular, pero no necesariamente fomentar. Y si hay ayudas, siempre
con condicionamientos sociales. Como los actuales Memorandos de Bruselas pero
al revés. Hay sectores estratégicamente públicos, educación, sanidad, servicios
públicos en general, que deben ser blindados sobre un mínimo de dignidad dentro
de nuestras posibilidades económicas. Caben externalizaciones en ellos sobre
aspectos colaterales no esenciales, pero siempre sin perder el objetivo y el
control público desde la perspectiva ciudadana. Para ello es necesaria una
buena dirección estratégica, donde la ética actúe como tecnología punta entre
otras no más importantes. De ahí la importancia de la formación para nuestros
jóvenes, y no tanto de la erudición. La erudición se refiere al conocimiento
repetitivo de datos y resultados, la formación fomenta la capacidad de
aprendizaje y la asunción del cambio como categoría mental.
La política es más
necesaria que nunca, pero una política capaz de seducir. “La información no
funciona verdaderamente sino cuando seduce”, solía decir mi amigo Mario Gaviria. Una política que, sin
abandonar el día a día, tenga un relato y un proyecto seductores y creíbles,
con objetivos claros, con medios viables y hasta con dudas razonables. Que
pueda explicar sus aciertos y sus errores cuando los ciudadanos así lo exijan.
Pero esa política demanda políticos éticamente inteligentes, con capacidad para
una tarea fundamental e imprescindible. El político no hace falta que sea bien
parecido, ni gracioso, ni siquiera entusiasta, sino capaz y honrado. “Hay
ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa”, decía el pesimista Schopenhauer.
Hoy se habla mucho de la
desafección política, pero desde posiciones políticas, desde otro tipo de
política embrionaria, todavía sin desarrollar y con elementos juveniles no
configurados. Haríamos mal en desoír esta manifestación política-antipolítica.
La clave consiste en saber traducir. “Entender es traducir”, dice G. Steiner. Los partidos políticos
actuales son excesivamente tradicionales y “los tiempos están cambiando” ya
desde Bob Dylan. Su fuerte
jerarquización y su interesada endogamia los hace vivir en una auténtica
burbuja, sin información del entorno cambiante que está demandando otro tipo de
pensar y hacer.
Que los mercados existen
es obvio. Siempre han existido, aunque no con tanta presencia. En realidad, los
mercados tienen la presencia que la política les ha permitido. Y en la política
hay correlaciones de fuerzas e influencias que marcan una dirección u otra. Las
políticas conservadoras van detrás de los mercados, a los que sostienen, tras
los que se esconden y con los que se justifican. Las políticas progresistas
deberían ir delante de los mercados, a los que deberían dirigir y corregir. Y
nunca debemos olvidar que detrás de la economía y la política están los
ciudadanos, que quitamos y ponemos gobiernos que se supeditan o dirigen los
mercados.
Las patologías sociales,
igual que las médicas, se detectan por los síntomas. Si la cohesión social
falla, la política no es la correcta. Si en un país desarrollado como España,
la exclusión social es noticia diaria, la armonía social que el gobierno está
obligado a proteger falla. Y es aquí donde los ciudadanos se quejan de los
políticos y les exigen que sigan pero que cambien, de fondo y de forma, que
abandonen su “irresponsable grandiosidad retórica” (Tony Judt) y que armen un relato creíble, con unos medios visibles
y viables y con una dimensión utópica y ucrónica que marque la buena dirección.
No son importantes las metas sino la dirección. La crisis, paradójicamente,
podría convertirse en una oportunidad política si la transformásemos en un
punto de inflexión reflexiva.
Mariano Berges,
profesor de filosofía
sábado, 24 de noviembre de 2012
Análisis marxista de la actualidad
El avance neoliberal está siendo tan rápido y tan radical que uno tiene que mirar hacia atrás para rearmarse ideológicamente. Y en esta retrospectiva te encuentras con el que nunca debimos olvidar, Karl Marx, al que hay que reivindicar en sus justos términos. Me refiero al Marx filósofo que analiza la realidad que pretende cambiar, cual es la sociedad de su tiempo, y no tanto al Marx al que canonizaron y malinterpretaron en la URSS. Distingamos marxismo y comunismo: el marxismo es un sistema filosófico y el comunismo es un sistema político. Con elementos teóricos comunes pero con objetivos y resultados muy distintos.
Excusándome por la grosera simplificación, Marx elabora una teoría de la realidad social denominada “Materialismo Histórico”. Esta teoría dice que en la base hay una estructura económica donde coexisten dos clases sociales: la de los capitalistas o explotadores y la de los proletarios o explotados. Por encima de la estructura económica está la superestructura ideológica (política, derecho, moral, religión, filosofía y arte) que conforma la “conciencia social”. La estructura económica condiciona la superestructura ideológica y ésta justifica a aquella, a la vez que procura su supervivencia. Los sistemas político, jurídico y religioso forma el esqueleto fundamental de esa conciencia social o superestructura. Y tienen como función justificar y mantener la situación de explotadores y explotados. Que haya individualidades y excepciones entre los profesionales de cada uno de los sistemas no anula que el sistema en su conjunto sirva para lo que sirve.
Extrapolando el análisis marxista a la actualidad, podemos observar multitud de ejemplos que ratifican la veracidad del mismo. Los desahucios se ejecutan por una ley (superestructura jurídica) que los autoriza, incluso, según dicen los jueces, les obliga a ejecutarlos. Los políticos dicen que no les queda más remedio que obedecerlos y que hay que tener cuidado no vaya a ser que el elemento sistémico bancario se venga a abajo y con él el país entero. La Iglesia no dice nada. Incluso para algunos de sus jerarcas es una situación positiva porque potencia la caridad en detrimento de la justicia.
Podemos seguir con más ejemplos: el paro, los despidos laborales, los bajos salarios, el desmantelamiento de lo público… todos tienen su superestructura jurídica y política explicando la justicia legal de los mismos. Y ahora más que nunca gracias a la Ley de Reforma Laboral. En fin, por no ser reiterativo, vayan ustedes repasando cualquier situación de precariedad para unos y de enriquecimiento para otros, y aplíquenle el esquema explicativo de don Carlos.
La situación es tan radicalmente negativa que solo con medicina fuerte puede el enfermo sanar. Como prescripciones médicas pueden servir las siguientes:
1. Que nadie se asuste de los conceptos ni de las teorías, sino de los hechos.
2. Que nadie condene el marxismo si no lo ha leído. Si lo ha leído, que argumente sus tesis y antítesis y las discuta con honestidad.
3. Que los políticos no se justifiquen por la existencia de leyes que autorizan la injusticia moral, que puede ser justicia legal. Los políticos están para cambiar las leyes que no solucionen los problemas sociales. Todas las leyes son humanas y, por lo tanto, modificables y perfeccionables. El sistema religioso habla de leyes divinas que no se pueden modificar porque proceden de dios.
4. La política se inventa para organizar la sociedad de la manera más beneficiosa para la mayoría social. De todas las éticas que ha habido en la historia la más útil ha sido la ética utilitarista (Bentham; Stuart Mill), precisamente por su dimensión política. Dice que las acciones son buenas o malas en la medida en que tiendan a aumentar o disminuir la felicidad general.
5. El cambio social se da cuando se modifica la estructura económica, que es la que genera la superestructura ideológica. Y no al revés, porque los dueños de la economía nunca modificarán las leyes ni la política, a no ser que se les obligue. Véase el paripé lampedusiano (cambiar algo para que nada cambie) que han hecho con los desahucios de viviendas.
Conclusión: Hay que saber analizar y explicar lo que pasa. Luego podremos modificarlo o no, pero intentémoslo al menos. Todo tipo de protestas sociales son bienvenidas, ya que la parálisis social garantiza el fracaso más absoluto. Hasta hace poco tiempo éramos optimistas por sentido del presente, ahora toca ser pesimistas por sentido de futuro.
Mariano Berges, profesor de filosofía
sábado, 10 de noviembre de 2012
La política, la ética y la complejidad Sobran muchos políticos en la política actual y faltan muchos con otro perfil intelectual y moral
Este artículo es un análisis teórico de lo que debería ser la política, porque la política no solo es necesaria sino imprescindible. Por el contrario, la antipolítica es profundamente reaccionaria, por más que muchos de quienes la practiquen se digan progresistas. La política es siempre compleja, como lo es la sociedad, la economía y la gestión. La simplificación del pensamiento político, los mensajes simplistas repletos de obviedades, imposibilitan el intercambio de ideas y convierten la política en un producto típico de mercadotecnia.
La gestión de la complejidad requiere sabiduría y capacidad. Si por sabiduría entendemos la comprensión de la realidad y por capacidad, las estrategias y habilidades para solucionar problemas complejos de esa misma realidad, habremos formulado el perfil idóneo del político como el delegado por la sociedad para solucionar sus problemas. Como la sociedad es plural en sus perspectivas e intereses, existen varios proyectos políticos que intentan dar soluciones a los problemas. Y cada ciudadano vota en función de lo que piensa que son sus intereses.
Aquí entramos en la dimensión compleja de la política. En primer lugar, habrá que identificar bien los problemas a solucionar. Luego habrá que formular las soluciones a dichos problemas. Posteriormente habrá que elaborar un discurso que muestre que esa identificación y formulación son las que interesan a una mayoría social. O dicho de otra manera, que la mayoría de la sociedad se sienta identificada o próxima a ese planteamiento de la complejidad. Y, por último, habrá que ejercer la acción política que sea coherente con el discurso.
Está claro que la descripción anterior es una operación intelectual de una enorme dificultad, no alcanzable para mucha gente que, sin ningún demérito personal, no está capacitada para ello. Aristóteles decía que todos los ciudadanos son inexcusablemente políticos, porque todos tenían la obligación moral de colaborar en la mejor organización social. La relación entre ética y política era tan estrecha que no podía darse la una sin la otra. Pero los líderes sociales, lo que ahora llamaríamos políticos "profesionales", deberían estar profundamente educados para el noble ejercicio de la política. Platón, en su ensimismamiento filosófico, llega a decir que solo los filósofos podían ejercer la política, que es entendida como la más noble de las artes humanas. Dedicarse a la política es tal honor para los elegidos que su satisfacción, incluso su vanidad, debería ser suficiente salario. Dedicarse a solventar los problemas del conjunto de la comunidad supone el mayor honor y la mayor satisfacción que una persona puede tener. Si alguien entiende que por tal actividad hay que pagar enormes dádivas y salarios, de manera que constituyan una casta diferente del resto de la sociedad, está pervirtiendo la fascinante tarea de la política.
Normalmente, en el ejercicio de la política se diferencian dos dimensiones: la orgánica (prosaica e instrumental pero imprescindible) y la institucional (la que realmente transforma la sociedad). La política orgánica es aquella que se ejerce al interior del partido político y que debería dinamizar al conjunto de los militantes y simpatizantes para que la percepción común que todos ellos tienen de la realidad social se transmita al conjunto de la sociedad. La política institucional es aquella que, desde el gobierno de la institución, traduce y ejecuta lo que el partido político ha elaborado desde la sociedad. Un gran problema en los partidos españoles es que lo orgánico prima sobre lo institucional, cuando debería ser un mero instrumento. Y especialmente preocupante es el hecho de que los políticos españoles parecen vivir en una burbuja al margen de los ciudadanos, lo que les imposibilita elaborar el discurso y la acción política pertinentes.
El 15-M recobró algo del espíritu griego saliendo a la plaza pública a hablar de los problemas de la comunidad. Nos dimos cuenta de que la política nos concierne a todos y que, por tanto, todos somos políticos. Imposible no coincidir con la mayoría de sus reivindicaciones, aunque me resulte imposible aprobar el mensaje antipolítico que a menudo emana de ese movimiento. Negar las fronteras entre derecha e izquierda es, en la práctica, hacer política de derechas.
En definitiva, la política es gestión de la complejidad. Lo que exige una inteligencia estratégica y conocedora de los procesos. Como puede deducirse de todo lo dicho, sobran muchos políticos en la política actual y faltan muchos otros políticos con otro perfil intelectual y moral.
Profesor de filosofía
sábado, 27 de octubre de 2012
¿CRISIS ECONÓMICA O CRISIS IDEOLÓGICA?
Parece
cada vez más claro que las políticas que se están haciendo en Europa son
exclusivamente políticas de recortes drásticos, de manera que los únicos
paganos de la crisis son las clases medias y populares. Del único objetivo que
se habla es del déficit y de la deuda. Además, todo ello debe hacerse en un
cortísimo espacio de tiempo. Y como receta dogmática se publicita y practica la
bajada de salarios y los despidos. Así, dicen, haremos más competitiva la
economía. Sin embargo, la bajada de salarios y los despidos están deprimiendo
la demanda y el consumo interno, lo que provoca la recesión.
¿Si
esto parece tan simple por qué no se hace? ¿Quién tiene interés en que esto
funcione así? Tiene que haber una razón no explícita que explique la causa de
tal comportamiento. Mi teoría es que la crisis económica es una estrategia para
reorganizar los sistemas sociales europeos en una dirección distinta a la que
ha sido hasta ahora seña de identidad europea. Me estoy refiriendo al
desmantelamiento del denominado Estado de bienestar. Que las clases
conservadoras lo intenten parece lógico, pues sus beneficios son mayores en un
sistema injusto que tenga su fundamento en la explotación de una mano de obra
barata y abundante. La famosa troika (Bruselas, BCE y FMI) es el instrumento
disfrazado de técnica económica para llevar a cabo tal proceso. Pero la
complicidad de los partidos progresistas no tiene sentido.
¿Cuál
es la alternativa? Flexibilizar el déficit con un espacio mayor de tiempo y
relanzar el crecimiento con créditos baratos y abundantes en el mercado, lo que
crearía inmediatamente puestos de trabajo y relanzaría el consumo y las
exportaciones.
¿Quién
lo tiene que hacer? En nuestro contexto, deben ser los órganos democráticos
europeos, sin el hiperliderazgo alemán, y con el firme consenso de todos los
Estados europeos, autoobligándose cada país a cumplir las obligaciones de eficiencia
gestora y demás reglas del juego. También debe aprovecharse esta crisis para
configurar las estructuras europeas necesarias que nos conduzcan a la formación
de los Estados Unidos de Europa.
El
intento neoconservador de desmantelar el Estado de bienestar ya fue puesto en
marcha por la pareja Reegan-Tatcher
en los años ochenta. Y fue precisamente la Europa socialdemócrata la que
consiguió frenar su avance. Ahora son más los coaligados conservadores y mayor
su poder por la globalización económica y tecnológica actual. Por eso mismo,
debe hacer acto de presencia de manera urgente la política, porque la
desafección política también está provocada por los mercados. Pero la política
la deben hacer los políticos capaces de hacer política, no los que ya han
demostrado su incapacidad. Para ello hay que elaborar un discurso realista y
audaz, con una vuelta a los principios éticos y políticos que han hecho potente
a Europa y España, y que sea capaz de ilusionar a la sociedad. Todo esto urge
porque la gente más valiosa, aunque solo sea por razones biológicas (me refiero
a los jóvenes), no puede aguantar mucho más en esta situación. Necesitan un
mínimo horizonte para respirar y algún atisbo de esperanza para no caer en
situaciones irreversibles.
¿Por
qué no se hace? Porque no hay suficiente resistencia civil frente a la manera
de solventar la crisis. Los partidos políticos, que son los traductores
políticos de las necesidades sociales, no están a la altura de las
circunstancias. Más bien están siendo instrumentalizados por las auténticas
fuerzas reales para, bajo la apariencia de “solo se puede hacer lo que se puede
hacer”, proseguir el proceso regresivo de empobrecimiento popular. Y los
sindicatos, la pequeña y última resistencia que nos queda, no están para muchos
trotes. Hay que inventar otra forma de hacer política más participativa
realmente, con políticos y sindicalistas que salgan de su burbuja y hagan
política desde la sociedad que los ha elegido. También los ciudadanos deben
ejercer su obligación política participando, resistiendo y proponiendo.
¿Que
todo esto que acabo de exponer es retórica literaria? Lo que nadie puede
discutir es que desde mayo de 2010 esto va cada día peor. Cada vez hay más
parados y más pobres. Los derechos sociales y laborales están hechos añicos. Neutralizar
la actual e ignominiosa Reforma Laboral va a costar no menos de veinte años.
Crear los puestos de trabajo destruidos va a costar un esfuerzo ingente y una
reformulación política y sindical que parece fuera del alcance de los actuales
dirigentes. Y todos, organizaciones y ciudadanos, tenemos que modificar
profundamente nuestros paradigmas y nuestras conductas.
Mariano Berges, profesor de filosofía
sábado, 13 de octubre de 2012
¿Quo Vadis, Cataluña?
La
situación actual de crisis no es el mejor momento para tratar del eterno
problema territorial español
Para empezar, dos referencias:
una de tipo filosófico y otra de tipo existencial: Kant (s. XVIII)
fue el máximo ilustrado en el país menos ilustrado (Alemania) de la Europa de
entonces. Kant soñaba con la desaparición futura de los Estados soberanos, las
guerras y las fronteras, sustituido todo por una federación internacional de
poderes que implantaría una "paz perpetua". La paz sería la victoria
del "progreso de la razón" frente a las emociones irracionales y
ancestrales. Ahora, con la crisis, la UE está ocupada por los egoísmos
nacionales que segregan brotes etnológicos prefascistas e independentismos
irracionales fuera de contexto y tiempo.
La
segunda referencia es de tipo existencial. Los que tenemos una cierta edad
recordamos cuando Barcelona era una ciudad cosmopolita y la punta de lanza de
la modernidad en España. Era el final del franquismo y el principio de la
transición. En Cataluña había más editoriales que en toda España y las primeras
traducciones de cualquier título imposible de encontrar en el resto de España
salían en alguna editorial catalana. Luego llegó el provincianismo identitario
y Barcelona se transformó en una ciudad normal con menor proyección exterior y
muchos problemas internos, incluso económicos. Fue entonces, el 11 de
septiembre de 1977, cuando un millón de personas pedían en la calle
"Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía". Además de la bandera
catalana, había muchas banderas rojas (PSUC y PSC) y banderas sindicales (CCOO,
UGT, CNT). ¡Cuánto han cambiado las banderas y los gritos! Ahora el nacionalismo
identitario actúa como un magma fagocitador de ideologías y reivindicaciones
políticas y sindicales, que han pasado a ser mera crónica histórica. Barcelona
era una ventana al exterior en el franquismo español.
PARA
SOLUCIONAR todo aquello los constituyentes españoles elaboran una Constitución
con un Título Octavo que configura un Estado de las Autonomías, cuyo objetivo
fundamental era dar una salida a las diferencias y especifidades catalana y
vasca (también gallega), que siempre las ha habido, y con una posibilidad
semejante a las demás autonomías, hasta 17, del resto de España. Nunca
Cantabría (antes Santander), Rioja (antes Logroño), Murcia (sin Albacete),
Asturias, Extremadura, Madrid (capital de España) y otras, habían soñado con
ser unos cuasi Estados autónomos. Pienso que el famoso "café para
todos" está en el origen del confusionismo y la inviabilidad del actual
modelo autonómico español. Aunque es verdad que la generalización de las
autonomías fue acordado por todas las fuerzas políticas, desde Fraga hasta Carrillo,
pasando por todo tipo de nacionalismos representativos.
¿Y
ahora, qué? ¿Qué hacemos con las legítimos sentimientos y emociones
independentistas de muchos catalanes, exarcebadas por algunos partidos con el
objetivo de la rentabilidad electoral? Tienen derecho a intentarlo dentro del
marco establecido por la CE. Ya se ha dicho con claridad que
constitucionalmente es imposible por ser el pueblo español el único sujeto
político soberano en España. Pero eso no soluciona totalmente la cuestión,
porque Cataluña (y el País Vasco), efectivamente, tiene diferencias específicas
a las que hay que dar una salida política madura que vaya encauzando una
solución federal para todo el Estado español.
Pero
la situación actual de crisis no es el mejor momento para tratar del eterno
problema territorial que España ha tenido desde que es Estado moderno. La
famosa conllevancia de Ortega (al que Azaña acabó dando la
razón) ya se ha estirado mucho y quizás haya llegado el momento de empezar a
hacer otro traje. Además el cambio de traje que se hizo con las autonomías,
especialmente con su desarrollo uniforme e insaciable, ha devenido en inviable.
La situación actual es un buen punto de partida para la reflexión y la acción
política federal (la única posible). Es también una buena ocasión para
replantearse los conciertos vasco y navarro. En definitiva, ir caminando hacia
aquel hermoso principio marxiano "de cada uno según sus capacidades, a
cada uno según sus necesidades", que garantizaría la unidad económica y
política española.
La
situación actual tiene muchos causantes. Desde el propio nacionalismo, pasando
por CIU y su deriva independentista, de la que muchos dudan, llegando al
ambiguo PSC-PSOE, especialmente la fracción burguesa-catalanista (Maragall) y
finalizando con el PP, tibio siempre por su necesidad de los nacionalismos para
gobernar y por su aversión al federalismo.
Entre
el nacionalismo separatista y el nacionalismo centralista, el federalismo
español. ¿Están los partidos españoles maduros para ello?
Profesor
de filosofía
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