sábado, 17 de octubre de 2020

NACIONALISMO MADRILEÑO Y ZOZOBRA NACIONAL

 


La ventana indiscreta

La extrema derecha del PP, dirigida por el infradotado Pablo Casado, en contra de muchos varones de su partido (gente normal, por lo demás), y personalizada por la figura surrealista de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de Madrid, están dando una batalla con ínfulas de ahora o nunca al tándem Sánchez-Iglesias, iconos del actual gobierno de coalición. Es difícil encontrar una actitud tan inmoral como supeditar la salud a la política. Y eso que todavía no han esgrimido (todo llegará) la dialéctica Madrid-Barcelona, tanto en el ámbito político como en el económico. O sea, nacionalismo español (madrileño) versus nacionalismo catalán. Futbolización de la política. Y Vox a engordar.

 

Sin embargo, no podemos obviar que la situación es mucho más compleja, ya que el partido que mayoritariamente sustenta al gobierno es el PSOE, partido de gobierno por antonomasia y el que más años ha gobernado España. Eso hace que si el PSOE gobierna en coalición con UP (sin duda ninguna ejemplo de populismo izquierdista, pero tan legítimo como cualquiera) y con la colaboración  imprescindible de los independentistas catalanes y algunos partidillos “unitarios” (de una unidad de escaños), su permanencia en el gobierno es bastante inestable y complicada.

 

Además de PP y PSOE, hay que citar ineludiblemente a Vox, partido claramente franquista, con una ideología intelectualmente rancia y poco estructurada, pero con 52 escaños y tercer partido del Parlamento, que va comiendo terreno al PP de Casado, por eso de mejor el original que la copia. Y también hay que citar a Cs, por lo que fue y por lo que puede llegar a ser. Y, cómo no, a Podemos, con la incertidumbre de qué serán de mayores. El resto, menos PNV y Bildu, son ya partidos “unitarios”. O sea, que ya no tenemos bipartidismo pero sí tenemos una fragmentación tal que es el bipartidismo de antes más los nacionalismos (que ahora sí son independentistas de verdad). Si a ello le añadimos la pandemia que no para de crecer y la crisis económica que ya está entre nosotros, el Estado español tiene ante sí una tremenda papeleta por resolver, pues, con una gravísima crisis política, social e institucional, lo hace poco creíble para superar el trágico momento actual sanitario y económico.

 

España está dando una imagen de incapacidad para resolver la crisis que nos envuelve, dada la crispación política que nos ahoga desde hace tiempo y que el nacionalismo madrileño ha acentuado hasta límites peligrosos. Y esto contrasta con la imagen de hace muy poco tiempo, tras haber alcanzado una gran credibilidad en Europa y en el mundo. Todo empezó a torcerse con la crisis de 2008, que España superó formalmente, pero el paro, el viejo modelo económico, la crisis institucional y la crispación política se enquistaron de tal manera  que solo permitieron un vuelo gallináceo. La corrupción política ayudó a frenar el progreso. Los dos nuevos partidos, Podemos y Cs, no solo no rejuvenecieron el panorama político, sino que, con su falta de horizontes, lo oxidaron más. El independentismo catalán, mal enfocado y peor resuelto, hizo el resto. De ahí surgió un nacionalismo español del que el nuevo nacionalismo madrileño, con la inestimable ayuda de Vox y la nuevamente irresponsable actitud de Cs, es su quintaesencia.

 

En los momentos actuales, se superponen varias crisis: sanitaria, económica, institucional, política y social. Y, en lugar de atajarlas, solo nos dedicamos a insultarnos. Da pena asistir a una sesión parlamentaria. La oposición no solo no propone sino que obstruye. El Gobierno no tiene el suficiente liderazgo y tampoco tiene capacidad de seducción, ni con la oposición  ni con los propios. Va en la línea de la viñeta de El ROTO de este último miércoles: “la gestión política consiste mayormente en hacer gestos”. La política actoral prima sobre la política real.

 

Pero no quiero acabar en negativo, porque el progreso no consiste en vociferar consignas ni catastrofismos, sino en una búsqueda incesante para resolver problemas. En estos momentos existe un gran peligro por la relación perversa existente entre la política y el lenguaje: el uso de la hipérbole, la exageración y la grandilocuencia suele arrastrar a la bronca política. Sin embargo, España necesita, como nunca, un diagnóstico, un proyecto y una estrategia. Y esto solo se consigue con unión de todos en lo fundamental y necesario. Si los políticos no saben, no quieren o no pueden, deberá ser la sociedad civil quien articule el proceso de reconstrucción.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 3 de octubre de 2020

2020, UN AÑO QUE NO EXISTIÓ

 





La ventana indiscreta

 

2020 será un año inexistente a efectos de lo que es típico de una vida: acontecimientos, vivencias, proyectos, emociones… Será el año del coronaviurus o covid-19. Y se caracterizará por una vida pasiva y receptiva de órdenes, normas y actos nada habituales y con no pocas contradicciones entre ellos. Nuestra vida habrá sido como un paréntesis, lleno de miedos y actos fallidos, de expectativas frustradas y de vidas interrumpidas. Sí que habrá habido acontecimientos, pero serán oscurecidos por la pandemia que fagocitará todo.

 

Precisamente por todo esto, dan risa o pena todos los rifirrafes políticos de personajes que se creen importantes y son entitativamente marginales y moralmente rechazables. Nuestra general ignorancia frente al virus que nos evapora este año de nuestras vidas, debería conducirnos a todos, ciudadanos públicos y ciudadanos privados, a una disposición de suma humildad y de gran receptividad a cualquier muestra de buen hacer por parte de los expertos (los de verdad). Los políticos deberían solicitar y agradecer consejos y propuestas que provengan de gente que tenga algo que decir. Y deberían guardarse sus peleas infantiles para mejor ocasión (para ninguna).

 

La ridícula batalla dialéctica entre el Gobierno de España y la Presidencia de Madrid sería de risa si no fuera de muerte. El rifirrafe entre el Gobierno de España, el Rey y el Presidente del CGPJ sería estúpido si no estuviera encarnado por las tres mayores instituciones del Estado. Lo que vaya a suceder en el comienzo del curso escolar sería para apostar si no fuera por los miedos y tragedias que conlleva dicho proceso. Las energías y frustraciones del sector sanitario son impropias de un sistema del que hasta hace poco estábamos orgullosos y que, a pesar de sus profesionales, va a quedar maltrecho y desprestigiado, porque la sociedad española está ahora con un sistema sanitario simbólico y telefónico. La enésima prórroga de los presupuestos de Montoro forma ya parte del mayor descrédito gestor de cualquier gobierno que se precie. Porque se van a volver a prorrogar. Y escribiendo este artículo sale la noticia de que el Supremo ratifica la condena a Torra, con lo que el circo catalán volverá a sacar sus monos, sus enanos, jirafas y elefantes por las vías públicas para ¿entretenimiento? y descrédito de Cataluña, que otrora fue digna de envidia sana y alabanza por parte de toda España. Y, para finalizar, las dudas sobre nuestra capacidad gestora para saber gastar los 140.000 millones de euros que la UE nos ofrece para superar los efectos económicos y sociales de la pandemia que nos asola. Ah! sin olvidar la omnímoda pandemia, que no solo no se acaba, sino que sigue golpeando y matando a cien españoles por día. En fin, parodiando un título de Almodóvar, qué habremos hecho para merecer tanto.

 

Ciñéndonos a la pandemia y su gestión política, hay que leer el manifiesto “Covid-19 en España”, dado a conocer por 55 sociedades científicas españolas, y que desglosa unas líneas maestras para mejorar la salud pública en España. Destaco tres: 1) Todas las sociedades médicas piden a los políticos unidad y que se guíen por evidencias científicas. Lo que no implica que se obvien factores económicos o sociales. 2) La gran importancia de unos buenos datos con coordinación territorial y lealtad institucional. 3) La creación de una Agencia Española de Salud Pública que proporcione liderazgo científico y articule funciones ahora dispersas en la Administración.

 

Los científicos ya han escrito un segundo aviso a las autoridades españolas para que aprendan de sus errores de la primera ola y corrijan sus conductas en esta segunda ola. Pero no está siendo así. Y los ciudadanos lo saben, o lo intuyen, y lo manifiestan. Hay una sensación de fracaso colectivo porque en vez de humildad y cooperación, se nota demasiado la prepotencia y el sálvese quien pueda. Y así, el fracaso está garantizado. La famosa cogobernanza no existe, porque no hay coordinación ni comunicación entre los distintos gobiernos. Solo hay críticas, amenazas y chantajes. Estamos asistiendo a la peor de las políticas posibles: personalismos, zancadillas, declaraciones exclusivamente contra el adversario… y la sociedad asiste indefensa a esto que sería un sainete si no fuese una tragedia. Y no podemos seguir así. No tenemos por qué defender a los nuestros frente a los adversarios, sino que tenemos que saltar de una vez para que los políticos se pongan de acuerdo, porque la pandemia sigue y se agrava. Tenemos que volver a un liderazgo estatal con intervención de todos y con científicos que propongan las soluciones. Además, con carácter de urgencia, ya que cada vez hay menos tiempo y la economía no funcionará si previamente no se ha resuelto la pandemia. En tiempos de tragedia solo vale la humildad y la cooperación científicas, no el chantaje ni los personalismos ridículos de actores de segunda fila.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 19 de septiembre de 2020

UNA ATMÓSFERA CONFUSA Y ESTÉRIL



 La ventana indiscreta

  En estos momentos, es difícil seleccionar un solo asunto para escribir un artículo. Por descontado que la pandemia sigue y el número de los contagiados aumenta exponencialmente, diga lo que diga la versión oficial. Pero también están pasando otras cosas en paralelo: políticas, económicas, sociales, morales. Por ello, procede hablar de una atmósfera un tanto caótica, con pocos criterios y mucha retórica hueca. Parece que lo que se dice es más para negar al adversario que para afirmar las ideas. Y así, mal vamos, pues toda la energía política se gasta más en neutralizar al contrario que en construir proyectos.

 

Tomemos, por ejemplo, el asunto más importante que tenemos entre manos, tras el encauzamiento de la pandemia. Me refiero a los deberes que tiene que hacer España para recibir los 140.000 millones de euros provenientes de la UE durante los próximos cuatros años. No vaya a ser que por causas internas no los podamos recibir.

 

Para poder recibir ese dinero (la mitad a fondo perdido) España debe tener un plan y unos programas que lo desarrollen. Y todo ello debe partir de los Presupuestos del Estado, todavía en mantillas y sin criterios firmes, pues aún se está debatiendo quiénes y en qué condiciones van a apoyarlos. Una vez que Europa ha demostrado una solidaridad nunca vista, España está enfrentada internamente por pequeños asuntos domésticos que nada favorecen la reconstrucción nacional. Porque los fondos deberán tener un destino muy preciso. Se trata de recuperar la actividad dañada por la pandemia pero también de cambiar radicalmente el modelo productivo español hacia una economía sostenible y digital. Y solo los proyectos que vayan en esa línea prosperarán en Bruselas.

 

El punto de partida español es, por el contrario, analógico, contaminante y precario. La construcción y el turismo siguen siendo sectores principales de la economía y del empleo. Recordemos que, junto con la emigración, constituían la economía española de los años sesenta. Además, son dos sectores de mano de obra muy poco cualificada. No hay por qué abandonarlos pero sí hay que reencauzarlos con tecnología punta y sostenibilidad. Otro sector importante es el transporte, que debe pasar de ser tan exhaustivo por carretera a un mayor transporte ferroviario. Lo mismo cabría decir de la movilidad urbana, que debe impulsar los vehículos híbridos o eléctricos y abandonar los coches más antiguos. Y podríamos seguir.

 

Lo escrito hasta aquí es la realidad que nos apremia, si queremos salir de una vez de nuestro anquilosado modelo productivo, Europa nos ayuda de la mejor manera posible, obligándonos: solo nos financia el modelo económico digital. Dicho de otra manera, si los fondos europeos los queremos usar para seguir como hasta ahora, con el puro ladrillo y el chiringuito de la playa, nuestros programas no serán aprobados por la UE y, por lo tanto, no habrá financiación.

 

¿Qué hacen nuestros dirigentes y nuestros partidos políticos? Discutir a ver quien la tiene más larga, en vez de cooperar conjuntamente en lo importante. Que en estos momentos son fundamentalmente dos aspectos: superar la pandemia y afrontar la economía inmediata. Esto y solo esto es lo importante. Lo demás son minucias para entretener al personal. Y el tiempo apremia, porque en ambos aspectos andamos muy mal. La segunda ola de la pandemia nos ha colocado a la cabeza de los contagios, sin nadie que nos dé una explicación congruente del porqué. Y económicamente, España ha sufrido el impacto más brutal de nuestro entorno: déficit público abultadísimo, desempleo brutal (41%  de desempleo juvenil) y, como ya he dicho antes, un modelo productivo obsoleto.

 

Hace falta, pues, una hoja de ruta clara, consensuada y apoyada por la mayoría de la sociedad y de los partidos políticos. Hace no mucho se hablaba de unos nuevos Pactos de la Moncloa. El momento actual necesita de ellos y de algo más. La responsabilidad de los partidos y sus dirigentes es muy superior a la praxis que están demostrando. Lo lógico sería un pacto entre los dos grandes partidos, evitando la confrontación y llegando a un acuerdo que permita la regeneración del país. Eso no está reñido con las diferencias políticas, eso es patriotismo del sano. Sin embargo, uno, el PSOE, además de ejercer su obligatoria labor de gobierno, no trabaja los pactos con generosidad y juega a arrinconar al PP, mientras que éste juega a intentar que su adversario fracase en el combate contra la pandemia, para que, como consecuencia, pierda el favor de los votantes. Así no vamos a ninguna parte.

 

Se critica a las generaciones de la Transición, pero las actuales generaciones en el poder están haciendo naufragar a la juventud menor de cuarenta años y la están dejando sin posibilidad de un desarrollo mínimo, pues sin un  trabajo digno ni vivienda no hay emancipación posible, y sin emancipación no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no existe sociedad. Si con 140.000 millones de euros a nuestra disposición seguimos fomentado la marginalidad económica y social de nuestros jóvenes, la historia nos hará reos de una época abortada.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

martes, 8 de septiembre de 2020

LA REGENERACIÓN INSTITUCIONAL (III)

 





La ventana indiscreta

 En los dos artículos anteriores he esbozado algunas reflexiones y principios sobre la regeneración institucional. En esta tercera entrega, intentaré exponer algunos elementos concretos de la gestión pública.

 

Tras la Segunda Guerra Mundial, la Administración se vuelve más compleja y se necesitan funcionarios con una mayor cualificación técnica en los distintos planos de la Administración. Esta fase se conoce con el nombre de Nueva Gestión Pública (NGP). En ella se producen una serie de reformas administrativas que involucran una gestión por objetivos, usa indicadores de gestión, tiene un claro enfoque hacia el usuario-cliente de los servicios, no desprecia la externalización de aquellos servicios no esenciales, sin perder nunca el control y la propiedad del proceso. Y sobre todo, utiliza la evaluación como instrumento para mejorar los procesos productivos de servicios.

 

El concepto fundamental en toda gestión pública es el de la Planificación Estratégica (PE). Concepto que primeramente se usó en la empresa privada y luego pasó a la empresa pública. Se trata, en definitiva, de aplicar una herramienta nueva de gestión para un tiempo en que existen nuevas demandas y nuevos desafíos, por lo que es útil y necesaria para un ajuste continuo a las nuevas situaciones. Y como las situaciones son cambiantes, esta herramienta de gestión debe ser dinámica, nunca estática. La PE permite clarificar a qué usuarios nos dirigimos y cuáles son sus demandas, que se traducirán en servicios. Desde el punto de vista de la gestión, la PE no admite súbditos sino colaboradores. Todos, desde el ordenanza hasta el director general deben tener creatividad en su ámbito de actividad. La dirección debe fomentar la participación crítica ante unos objetivos claros, alcanzables y medibles. Además, la PE debe ser escrita, pues las palabras se olvidan y la escritura ata el pensamiento. Además, si la Administración, cada Administración, escribe en una Carta de Servicios cuáles son sus objetivos y los indicadores de sus resultados, los ciudadanos pueden evaluar la gestión sin necesidad de retóricas ni mítines. De esta manera serán los ciudadanos los auténticos evaluadores de la gestión.

 

Ahora bien, para elaborar un PE hace falta, por parte de los directivos, desarrollar un pensamiento estratégico: actuar siempre en función de los objetivos a alcanzar, priorizando dichos objetivos y las acciones respectivas, y elaborando indicadores que  permitan contrastar la consecución de los objetivos propuestos. Por descontado que la PE no es una varita mágica, ni se puede usar como mera propaganda, porque también hay peligro de una excesiva burocratización si las decisiones no se descentralizan inteligentemente.

 

En teoría, el sistema debería funcionar perfectamente, ya que conceptualmente y competencialmente el asunto está claro. Sin embargo la percepción social es que funciona mal. En mi opinión, dos son los grandes problemas de la Administración: uno por comisión, la corrupción; y otro por omisión, la eficacia-eficiencia.

 

La corrupción es un abuso de poder que supedita el bien general al beneficio propio. Mediáticamente brilla más la corrupción de los políticos, pero históricamente es más constante la corrupción de los funcionarios. Aún más, los políticos no podrían corromperse sin la cooperación necesaria del funcionario, mientras que éste goza de mucha más autonomía para sus tropelías. El exceso de burocracia, que suelen mostrárnosla como una consecuencia de la complejidad, no es más que la telaraña que oculta la corrupción. Si hubiese una gestión ágil y transparente no habría tanta corrupción.

 

La falta de eficacia-eficiencia (hacerlo bien optimizando los recursos disponibles) es consecuencia de la ausencia de auténticos directivos y de una inexistente coordinación político-administrativa que nos arrastra a la estéril compartimentación de servicios, que sirve para justificarse los políticos y funcionarios pero que deja a la sociedad sin una respuesta rigurosa a sus demandas.

 

Como colofón final, debo decir que estas tres entregas sobre la Función Pública, no es teoría para elucubrar sino que es la propia Constitución quien nos lo demanda. Según el artículo 103 de la Constitución Española, la Administración Pública sirve con objetividad a los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento pleno a la ley y al Derecho. Creo que esta declaración es un buen espejo donde mirarse todos para saber qué podemos esperar y qué debemos exigir a la Administración.

Mariano Berges, profesor de filosofía

lunes, 24 de agosto de 2020

LA REGENERACIÓN INSTITUCIONAL (II)

La ventana indiscreta


Querría destacar tres ideas de mi artículo anterior: 1) Hace falta más gestión y menos comunicación, mayor profesionalidad técnica y menos amateurismo político. 2) La Administración Pública (AP) necesita una mejor organización que se derive de unos buenos principios estratégicos y metodológicos. Y 3) El esfuerzo económico de la UE para con España tiene como contrapartida necesaria una transformación radical de las instituciones españolas. Y para eso hace falta otro tipo de directivos, tanto políticos como técnicos. Pues bien, sigamos analizando la Administración Pública española.

Una realidad negativa que me parece muy grave en este asunto de la AP es la colonización política de las instituciones por parte de los partidos políticos y la reivindicación de una auténtica profesionalización de la Administración. Entre los políticos y los funcionarios hay una línea roja que distingue y separa sus respectivas funciones: el político dirige y el funcionario hace. Y ambos bajo el imperio de la ley y de la eficiencia. Se trata, en definitiva, de contar con unas instituciones cuya ordenación y funcionamiento se rija por la calidad, la integridad, la transparencia y el respeto a la ley, sin otro objeto que procurar la libertad, seguridad y bienestar de los ciudadanos. Los partidos políticos han abusado en la reducción de los controles administrativos y han dejado demasiado espacio al arbitrio de las decisiones políticas. Una de las razones más claras de la desafección ciudadana hacia la política es la opacidad institucional, la patrimonialización de lo público, la persecución del discrepante, la manipulación de los medios de comunicación, la corrupción y el abuso de poder desde las instituciones. Los ciudadanos perciben  a sus representantes, alejados de sus intereses, y a los partidos políticos, impermeables a sus demandas.

Construir una administración profesional, austera y eficiente es una tarea difícil, pero no imposible. Merece la pena intentar un gran acuerdo político para despolitizar la administración y hacerla de verdad profesional y eficiente. La AP es esencial, pues sin Administración no hay gobierno posible, por muy buenas que sean las intenciones de la clase política. Gobierno y Administración van de la mano y, por lo tanto, no administrar es desgobernar. Y en España hay instalado un sistema organizado de desgobierno, que está por encima de la política. Los partidos luchan mucho por llegar al poder y cuando llegan no saben qué hacer con él. En el fondo, el desgobierno de la Administración es la constatación de un Estado débil. Y con un Estado débil el ciudadano es más vulnerable.

Para la instauración de una Administración legal y eficaz al servicio del ciudadano, se necesitan dos características básicas en los gestores públicos, tanto políticos como funcionarios: honestidad y capacidad, especialmente en los cargos de máxima responsabilidad. La honestidad es algo tan básico que ni se debería citar, a pesar de aparecer como un diamante raro en la percepción ciudadana. Qué tiempos estos en los que hay que demostrar lo evidente. La capacidad es otra obviedad, pues la sociedad debe seleccionar a los mejores para sus puestos de responsabilidad. No seamos ingenuos, la democracia es un sistema que no cree ni debe creer en la bondad universal y desconfía de la codicia humana. De ahí que exija contrapesos y controles rigurosos para impedir abusos de poder y sancionarlos cuando se produzcan. En este sentido, el buen funcionario es un contrapeso al político “creativo” y lo pone en su lugar.

Para evitar tentaciones, el político debe tener garantizada su libertad económica antes de entrar en política, pues el representante carente de profesión u ocupación a la que volver, está obligado a una actitud sumisa con los dirigentes que deciden su inclusión o no en la candidatura (cfr, Manuel Zafra). La política como profesión es un clásico que sigue sin resolverse. No es lo mismo profesionalizar la Administración que profesionalizar la política, más bien todo lo contrario. Colocar en puestos de responsabilidad a mediocres es renunciar al talento, y eso la gente normal lo percibe. En definitiva, la política y la Administración Pública en su conjunto es la fórmula que la sociedad ha inventado para solucionar sus problemas de convivencia y bienestar. Y eso, en el fondo, es relativamente fácil, pues se trata de poner a los mejores en los lugares clave. Así lo pensaba Platón cuando proponía su aristocracia política (aristós, superlativo de agazós -bueno-).               

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 9 de agosto de 2020

LA REGENERACIÓN INSTUTUCIONAL


La ventana indiscreta


Hemos entrado en un proceso de cansancio vital que deja pequeña a la teoría de la fatiga de materiales. Este cansancio vital lleva un ritmo fuerte y peligroso, pues afecta al ánimo en profundidad y porque se presta a dar credibilidad a cualquier bulo que vaya en una línea de llegar pronto a una normalidad de verdad, no nueva, más bien vieja, la de siempre. El hombre es un animal de costumbres y, como a los niños, nos gusta repetir gestos  y actos. Si a esto añadimos la mala praxis comunicativa de nuestras autoridades y de su leal oposición, el cansancio lleva camino de generar otra pandemia paralela depresiva, además de proseguir la sanitaria.

Ahora estamos en época de brotes y rebrotes, concretamente en Aragón vamos a cientos diarios. ¿Somos los aragoneses transparentes y veraces en dar nuestros datos y los demás mienten? No lo sé. Si es así, prosigamos, porque solo la verdad nos sacará de este atolladero.  

Dos han sido los factores esgrimidos como causantes principales de los brotes: la precariedad existencial de los trabajadores agrícolas inmigrantes y el ocio nocturno juvenil. Con el elemento positivo de su rápido rastreo y su correspondiente confinamiento puntual. Y, entre los brotes, hay noticias diarias de una (o varias) pronta vacuna y de tratamientos posibles que nos traigan una nueva o vieja normalidad. 

Pero el tiempo corre y desde el 13 de marzo en que se decretó el estado de alarma hasta hoy han pasado ya cinco meses. Y las tareas pendientes de nuestros políticos aún siguen pendientes. Tanto la cuestión sanitaria, como la económica y la social. Y no digamos nada de la cuestión institucional, que siempre queda como la cenicienta y es la clave de todas las demás. 

La crisis derivada de la pandemia ha dejado al descubierto las vergüenzas de lo público en España: la falta de anticipación o prevención, el desconcierto autonómico, la pésima gestión de los datos y la inexistencia de una gestión profesional hablan claramente del vacío institucional. Nos hemos entusiasmado con nuestros héroes sanitarios y no hemos sabido ver que cuando un sistema funciona bien no hacen falta héroes. Y el sistema sanitario no ha funcionado ni funciona bien, independientemente de sus profesionales, especialmente la enfermería, verdadero sostén del sistema. Hace falta más gestión y menos comunicación. Es necesario otro modo de hacer las cosas, con mayor profesionalidad técnica y con menos amateurismo político. Y, sobre todo, con una mejor organización que se derive de unos buenos principios estratégicos y metodológicos.

El sistema político-administrativo está mostrando todas sus limitaciones. Fuera de la fase procedimental de expedientes y normativas varias, se nota demasiado la ausencia de inteligencia política, suplida con esa falsa y exuberante “comunicación” que no es más que retórica ocupadora del vacío. Y el bienestar de la gente no se defiende con retórica sino con buena política y eficacia administrativa. Lo que no tiene nada que ver con las conclusiones de la Comisión parlamentaria de la reconstrucción, conjunto de desiderata que no transcienden la pura retórica política. Veremos la calidad de los proyectos que hay que presentar a Bruselas para conseguir los fondos europeos. El esfuerzo económico de la UE tiene como contrapartida necesaria una transformación radical de las instituciones españolas. Y para eso hace falta otro tipo de directivos, políticos y técnicos, que sepan priorizar estratégicamente y con la vista puesta en los resultados, especialmente en sanidad, educación y servicios sociales. Vale de retórica.

Hoy el país está roto. Si exceptuamos a políticos y funcionarios, todos los demás (salvo la élite) están bajando la persiana: empresarios, trabajadores por cuenta ajena, autónomos, profesionales varios, jóvenes que, sin haberse estrenado en el mercado de trabajo, reciben sus segundo mazazo laboral y profesional. La población empieza a desesperar, lo que pone en peligro la estabilidad política y social. Y los vándalos están vigilantes por si hay ocasión de actuar. Dejemos de jugar a progres y carcas que la situación está muy mal. Aprovechemos la oportunidad de una crisis tan profunda para modernizar nuestras instituciones, y pensemos que la bondad de un Estado democrático de derecho llega a los ciudadanos por el buen funcionamiento de sus instituciones y no por la retórica de los partidos políticos, meros instrumentos funcionales del Estado.

                             Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 11 de julio de 2020

TRAS LA ALARMA, LA RECONSTRUCCIÓN



La ventana indiscreta



Estamos en la “nueva normalidad”: miedo, brotes víricos, incertidumbre, dudas, inseguridad… Quizás lo único que ha desaparecido de los viejos tiempos es esa falsa seguridad de nuestro primer mundo, a salvo de todo lo que les pasa a los pobres. Algo es algo, aunque todo volverá. Me viene a la mente una viñeta de El Roto: un hombre en plan reflexivo piensa “durante el confinamiento escuché extenuado la voz de Dios, pero cuando acabó, volvió la publicidad”. Pues eso, veremos si cambiamos.

Desde un punto de vista creativo hemos pasado ya la fase más represiva y la más fácil, el confinamiento. Solo había que obedecer, y, además, te sancionaban si no lo hacías. Más que la disciplina social fue el miedo el que actuó como impulsor. Ahora hemos recobrado una cierta libertad y tenemos que poner en marcha la famosa “reconstrucción”. Empezó hablándose de los “nuevos Pactos de la Moncloa” y acabó en una comisión parlamentaria por la “reconstrucción”. La promesa de grandes cosas a menudo acaba en casi nada. Hay que reconocer que el pacto está lejos, y la responsabilidad es de todos: de la oposición, que debe estar a la altura del momento; y del gobierno, que debe ser capaz de seducir y sumar a la oposición. La mayor responsabilidad es la de quien lidera. El pacto de hoy no puede ser tacticismo por un futurible rédito electoral, sino que hay que pactar por el interés de la mayoría. Y en esto, los indepes ya han dicho que no están por la labor de reconstrucción nacional, por lo que la mayoría de la investidura es imposible. Queda, pues, la mayoría racional que la sociedad española exige y necesita. Si España deja pasar este barco, la pérdida será catastrófica.

Desde mi ventana yo no soy un agente activo, solo puedo dar mi humilde opinión. Hoy vamos a tocar una parte importantísima y urgentísima de la reconstrucción: la reforma sanitaria. En otros artículos seguiremos analizando las otras partes.

Si algo ha demostrado la pandemia es que no tenemos una Administración preparada para los retos de nuestro tiempo: básicamente, tenemos la misma estructura organizativa que en los tiempos de Romanones. Si necesitamos héroes, mala señal, es que el sistema no funciona bien. Por ejemplo, la excesiva burocratización ha dificultado la compra y producción de material sanitario. No había gente suficientemente preparada para gestionar los datos de la pandemia. Al Ministerio de Sanidad le ha venido grande el poder que ha acaparado, y menos mal que lo ha acaparado, porque el taifato de las autonomías y sus famosas competencias hubiera generado un caos. Por eso ha habido tantos discursos y tanta normativa, para camuflar la ineficiencia. Pasa como en la obra de arte, si hay que explicarla mucho, malo.
Estamos hablando de dos viejos problemas españoles: déficits presupuestarios perennes y estructuras organizativas caducas.  Y esto siempre lo decimos a ojo, porque no tenemos una Administración mensurable. Ignoramos qué funciona bien y qué funciona mal. Frente a los excesivamente estatistas, necesitamos internalizar talento y externalizar trámites. La Administración debe controlar férreamente todo, pero no tiene por qué hacerlo todo.
Sin entrar a saco en el desmantelamiento de la sanidad que intentó el PP tras la crisis de 2008, y que no lo consiguió del todo, no solo habrá que volver a la situación pre-2008, sino que habrá que restructurar todo el sistema. Porque ni teníamos el mejor sistema sanitario del mundo ni el PP se lo cargó del todo. Urge recapitalizar el Sistema Nacional de Salud, financieramente, humanamente y organizativamente. Como una dimensión esencial de la política. Pero una cosa es acordar y otra muy distinta ponerlo en marcha. De momento, nada parece haber empezado todavía. La sanidad, como el resto de la Administración, está bajo mínimos. Además, debe existir una articulación sociosanitaria con las Residencias de Mayores, independientemente de hacer una reflexión profunda sobre el modelo residencial. Todo ello requiere más recursos y menos burocracia, cambio de procesos en busca de resultados, más participación social y de las Administraciones locales y mayor cogestión por parte de los profesionales.

Y, por encima de todas las reformas, hay que crear una Agencia de Salud Pública, única e independiente del Ministerio de Sanidad y de todo lo que huela a política de partidos, que garantice la dirección y coordinación de todas las grandes decisiones sanitarias. Sería un elemento en la mejor de las tradiciones federales de un Estado. Porque ya es hora de dar el paso federal superador del Estado de las autonomías. Cuanto más tardemos en darlo más tiempo estaremos entre el taifato autonómico y el confederalismo vasco-catalán (ojo, no confundir federalismo y confederalismo). Dicha Agencia garantizaría prevención, buenas decisiones y eficacia. No olvidar poner al frente de la Agencia a un gran Director, capaz, independiente y con recursos, que sería elegido por el Parlamento.

Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 27 de junio de 2020

FIN DEL ESTADO DE ALARMA, ¿Y AHORA, QUÉ?


La ventana indiscreta

 Pensábamos que sería algo exultante y observamos que la gente se mira seria y circunspecta, no vaya a ser que lo infecten. No hay alegría desbordada, más bien miedo. Nunca un refrán como “el miedo guarda la viña” estuvo tan pegado a la realidad. Había ganas de viajar pero nos contenemos. El virus, como repiten las autoridades, sigue estando entre nosotros y es cierto que, salvo algunos irresponsables, la mayoría de la sociedad sigue teniendo un comportamiento correcto. Esperemos que la ciencia, una vez más, nos salve del peligro y nosotros nos liberemos de nuestros miedos. Los brotes que está habiendo son lógicos por la precariedad de sus orígenes: trabajadores temporales hacinados, inmigrantes en pateras y algún brote importado. Pero parece que son casos rastreados y controlados. Ésta es la gran diferencia respecto al inicio de la epidemia.

 

Ahora toca hablar de otras cosas: economía y política, siempre con el envoltorio social que ambos aspectos exigen.  Siempre he pensado que nuestra gran suerte es formar parte de Europa. También es cierto que nuestra manera de pensar siempre ha sido europea, incluso durante la oprobiosa dictadura. Seguramente por eso añorábamos poder formar parte de la Europa política. Ahora que somos plenamente europeos, lo valoramos en su justa medida. Y precisamente de la UE nos vendrá la energía para nuestra recuperación económica y política.

 

Europa está saliendo de la pandemia. Prácticamente todos los países lo están haciendo con el mismo método: la coordinación estatal, el confinamiento total, los problemas de cobertura sanitaria y sus recursos, el comportamiento generalmente correcto de la población, las dudas en las decisiones… han sido prácticamente iguales en todos los países europeos. Incluso la demora inicial  en la toma de decisiones también fue común. El etnocentrismo europeo creyó que, como en la época de Fumanchú, el virus era un problema exclusivamente chino. Y China está muy lejos, pero no en avión.

 

Pero en lo que España se ha diferenciado de otros países semejantes ha sido en la bronca política permanente entre gobierno y oposición. Incluso lo que acordaban lo hacían entre insultos y descalificaciones. Prácticamente todos los partidos buscaban su rédito electoral en los discursos, porque en los acuerdos prácticos, salvo alguna salida de tiesto, poco había que discutir. Las acusaciones de unos a otros podían intercambiarse perfectamente, lo que impedía la serenidad para la acción común que un momento como éste exigía. La teatralidad y el guion previo eran excesivamente visibles. La sociedad asistía perpleja a un espectáculo donde se jugaba con sus vidas en la toma de decisiones. Ha fallado la liturgia que siempre exige la política.

 

Ahora el concepto de moda es la reconstrucción. Para ello se ha constituido una comisión con cuatro áreas: sanidad, economía, Europa y política social. Parece ser que los dos grandes partidos, al menos están de acuerdo en apuntalar el sistema público de salud. Algo es algo. Aunque los intereses privados sanitarios presionarán para que no se pasen. Deberán revisar también el modelo sociosanitario de las residencias de mayores. Incluso podría ser un buen momento para que los Ministerios de Ciencia y Universidad abandonasen su ridícula esquizofrenia y se fusionasen. 

 

Otra cosa será la economía, terreno donde las políticas de derechas e izquierdas, esquema dialéctico nunca desaparecido, dilucidan su poder e intereses. Actualmente, hasta la CEOE parece estar por la labor (¿qué labor?), pero estamos aún en la fase de calentamiento previo. De cualquier manera, es el Gobierno quien debe tomar la iniciativa y trabajarse los consensos y apoyos, tanto para la política económica a seguir como para los presupuestos de 2021 que deben marcar la línea de un nuevo modelo, ya necesario antes de la pandemia, y ahora, imprescindible. Y ese nuevo modelo pasa por la digitalización generalizada, la economía verde e I+D.

 

Especialmente es importante el bienio 2021-2022 para salir de la actual recesión. Así lo entiende la UE y así lo va a exigir a sus miembros. Ello exige una gran concertación económica generalizada entre la mayoría de las fuerzas políticas españolas para elaborar los proyectos que se presenten a Bruselas. Y los fundamentos de esta concertación son  los dos de siempre, salvar la viabilidad de las empresas y generar puestos de trabajo en cantidad y calidad. El tercer fundamento es el más difícil y aparentemente el menos importante. Se trata de una vez por todas, de transformar la administración española. 

 

Lo hemos visto en la crisis sanitaria actual. El sistema sanitario español, no solo no era el mejor del mundo, sino que la “heroicidad” de sus miembros significaba la precariedad de medios y, sobre todo, la atomización de la sanidad. Si queremos darle sentido a la “nueva normalidad”, habrá que restructurar radicalmente nuestra administración pública. Seguiremos con el análisis.                                                       

Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 13 de junio de 2020

ESPAÑA POST-COVID




La ventana indiscreta

Ya se ve la luz tras el largo túnel de la alarma y el confinamiento. Tras el cual se ciernen todo tipo de incertidumbres, riesgos y, también, expectativas de normalidad.  Hemos descubierto la categoría de la normalidad como el mejor estado material y psicológico para el ser humano. ¿Cómo estás? Normal. Ojalá.

Porque no está tan claro que hayamos llegado a la normalidad. El proceso sigue víricamente y nuestro medio ambiental, social, económico y político están hechos unos zorros. Nuestras autoridades nos dicen que no bajemos la guardia, que sigamos con espíritu de lucha, aunque con ciertos alivios, y que disfrutemos de la cotidianeidad que nos toca vivir en cada momento. Para lo cual, la predisposición de combate no es suficiente, sino que hemos llegado a un punto en que el cambio de mentalidad es imprescindible. Me parece un buen hallazgo lingüístico lo de “nueva normalidad”, aunque literalmente sea un oxímoron. Porque los parámetros en los que nos vamos a mover han cambiado y nosotros debemos también cambiar nuestra mente y perspectiva si no queremos naufragar.

Y así, el final del estado de alarma, próximo ya en el tiempo, nos exige una evaluación de  la conducta de todos los agentes sociales en los tres meses que han transcurrido desde el 11 de marzo. Como esta evaluación la tendremos que ir haciendo durante bastante tiempo, empecemos hoy con un ligero  aperitivo.

En principio hay que subrayar que hemos conseguido el objetivo principal: frenar el avance de la pandemia, reduciendo el número de muertos, de contagios y aliviando la presión sobre la cobertura sanitaria. El estado de alarma, con su dirección única y el largo confinamiento han surtido un efecto muy beneficioso.

El Gobierno, con su Presidente a la cabeza y su Vicepresidente segundo a pocos metros, saca pecho y pretende explotar el éxito. Su explicitación del triunfo va acompañada generalmente de críticas a la oposición para que los efectos políticos del éxito duren más tiempo. La verdad es que el Gobierno lo tiene fácil por la postura rocosa, ruidosa y nihilista de la oposición, que, descontextualizando el tiempo de información y conocimiento del principio de la pandemia, atribuye el tremendo número de muertos directamente a los errores del Gobierno.

El hecho cierto es que la pandemia se ha frenado. Todo lo demás son elementos deformantes del hecho principal. La Bolsa, termostato de la bondad o maldad del futuro inmediato en economía, ya ha hablado con una fuerte elevación en la última semana. La sociedad, con su división de opiniones -gracias al gobierno o a pesar del mismo-, está también satisfecha de su aportación al éxito. Ha cumplido con buena nota.

Quizás la cuestión que más ha crujido en estos tres meses ha sido la relación de cogobernanza entre el Gobierno central y los gobiernos autonómicos. El mando único ha difuminado la no clara asignación de responsabilidades en nuestro Estado autonómico. El mando único central ha ido ganando todas las votaciones con concesiones a favor de unos (chantajeando) y en contra de otros (no determinantes). Pero nunca han estado claras las responsabilidades de unos y otros. Han aparecido más en los medios de comunicación los ataques e insultos que cualquier análisis claro de responsabilidades y de eficacia ante la crisis. El intento de rentabilizar políticamente la crisis no ha sido ajeno a ninguna fuerza política. En mi autonomía -Aragón- , pienso que el Presidente Lambán ha sabido combinar la lealtad de militante socialista con su obligación de proteger y cuidar a los aragoneses, priorizando siempre los intereses de sus conciudadanos. Con los errores propios e inevitables por lo inédito de la situación.
Moncloa no se fía de los gobiernos autonómicos y éstos no se fían de Moncloa. Sus discusiones eran más sobre el poder que sobre la pandemia. Ahora la discusión sigue siendo sobre el poder aunque en la pantalla aparezca la desescalada y el fin del estado de alarma. Que no acabará, porque seguirá rigiendo un nuevo decreto-ley sobre la pandemia hasta que parezca la vacuna o un tratamiento eficaz contra el virus.

Fue un acierto lo del mando único centralizado, y así fue reconocido por todos, a excepción de los ultramontanos nacionalismos de siempre. Y este acierto habrá que tenerlo en cuenta para la restructuración del sistema sanitario español post-covid. Las autonomías, en materias básicas como sanidad y educación, necesitan criterios  y coordinación centrales que garanticen la igualdad de todos los españoles y la eficacia del resultado final. Especialmente en tiempos difíciles. Las discusiones sobre competencias son algo secundario que nos hablan más de la lucha por el poder que de la eficacia de la gestión. Y así, entre la retórica de Sánchez, con  poca voluntad por consensuar el proceso epidémico con la oposición, y la bestialidad del PP y de Vox, al acusar de los miles de muertos al Gobierno, hemos asistido a un auténtico diálogo de besugos. Poca perspectiva de futuro para la reconstrucción de España. Veremos.

Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 30 de mayo de 2020

MONOTEMA VÍRICO



La ventana indiscreta

En esta época de coronavirus no nos queda otra alternativa temática que el bicho que se ha entrometido en nuestras vidas. Le sucede a los informativos, a todos los medios en general y a mí en particular. Procuro cambiar el enfoque pero, como en el cuento de Monterroso, al despertarnos, el bicho sigue ahí.

Hace pocos días, John Gray hacía una reflexión sobre el concepto de apocalipsis y el momento actual. Como se trata de un autor de referencia, cuya lectura te transforma, exploto su argumento. ¿Se trata éste de un momento apocalíptico? Uno de los significados de apocalipsis es el paso repentino a una situación hasta entonces inimaginable. Sin embargo, algunos científicos hablan de que el coronavirus era una posibilidad a la que no hicimos caso. Si el momento actual lo colocamos secuencialmente tras otros hechos apocalípticos, como la Revolución rusa de 1917, el holocausto judío, las dos guerras mundiales y unas cuantas epidemias a lo largo del siglo XX, vemos que el término apocalíptico no tiene precisamente un significado escatológico de final de los tiempos, sino que son cambios de época y de hábitos existenciales en la humanidad.

Efectivamente, nuestra forma de vida anterior al covid-19 va a cambiar irremediablemente. La vacuna y los tratamientos de la enfermedad seguramente llegarán, pero si nuestra mentalidad antiecológica y antiplanetaria no la modificamos, volveremos a recibir otro zarpazo de la naturaleza cuando menos lo esperemos. Pero como esta vez los más afectados hemos sido los habitantes ricos del primer mundo, quizás hagamos más caso y nos preparemos mejor. Para ello, son muchos los factores necesarios: una inversión gigantesca en ciencia e investigación (básica y aplicada), un sistema sanitario potente y bien engrasado, acción política de gran potencia democrática por parte de los gobiernos y una mentalización idónea por parte de la población que nos obligará a cambiar de costumbres. Y todo esto no es una opción sino una obligación. Los hábitos adquiridos por las sociedades ricas en cuestión de terrorismo internacional son un ejemplo (videovigilancia, seguridad en aeropuertos, vigilancia en las grandes concentraciones…). La informática será una herramienta de progresión infinita. 

La economía ya está siendo una actividad en profunda transformación: las empresas que se adapten rápidamente a los nuevos parámetros, progresarán, pero los sectores propios del modo de vida anterior el covi-19 (bares, restaurantes, discotecas, aeronáutica, grandes concentraciones de todo tipo…) van a sufrir o a extinguirse. Lo mismo pasará con los empleos: unos ganarán en poder y prestigio (sanitarios y asistencia en general) y otros descenderán todavía más de su bajo estatus actual.

También la educación tendrá una gran transformación, aunque ya viene de lejos. Y no solo por la presencialidad o no del alumno, también por objetivos, contenidos y metodología. Igualmente, y también viene de lejos, el periodismo, las artes, los museos, el mundo editorial…, cuya tendencia anterior se acelerará vertiginosamente y en los que la automatización y la inteligencia artificial eliminarán franjas enteras de empleos. 

Por lo tanto, los momentos apocalípticos no son momentos finales de nada sino fases transitorias hacia otras formas de vida y de conocimiento.

Lo más urgente para España, en estos momentos, es reforzar nuestro sistema sanitario. Y para ello, Rafael Bengoa, uno de los grandes expertos en sistemas de salud, aboga por elaborar un informe imparcial, independiente y despolitizado sobre cómo se ha combatido la actual pandemia de coronavirus que sirva para preparar al país en las mejores condiciones para los próximos brotes. A continuación, habrá que modificar la relación sanitaria entre el gobierno central y las autonomías, con una clara autoridad, coordinación y directrices por parte del primero y suficientes recursos en las segundas. Lo que significa modificaciones legales. Actualmente, el ministerio de Sanidad español es inferior en recursos a un hospital medio del país. Y así, ha tenido que echar mano del estado de alarma por un tiempo prolongado para tener operatividad. Si Pablo Iglesias hubiese sabido lo que saldría en la tele si hubiese aceptado ser Ministro de Sanidad…, pero era una maría y lo rechazó.

La pandemia, según nos cuentan, está entrando en su fase terminal, aunque con dudas y titubeos. Aquí escucho a Nietzsche contra el pesimismo del cansancio: “el optimismo como medio de curación, para tener después el derecho de volver a ser pesimista”.  Cuando volvamos a ser normales, hablaremos del gobierno, y de todos los demás. Pero ahora no toca. La prioridad es reducir al bicho.                         Mariano Berges, profesor de filosofía