martes, 23 de noviembre de 2021

DE LA POLÍTICA Y LOS POLÍTICOS





En los últimos días ha habido mucho movimiento político-orgánico de los partidos políticos españoles: congresos del PSOE, PP, PAR, IU, asambleas varias y hasta algún “aquelarre”. En todos se da un mismo tipo de movimiento: desplazarse hacia donde los sondeos dicen que hay más voto: socialdemocracia, izquierda de la izquierda, centro derecha, transversalidad y varios ismos según la parte de territorio español en que nos situemos: aragonesismo, andalucismo, nacionalismo (a elegir entre español, catalán, vasco, gallego…). ¿Y las ideas dónde están? Ya Marx avisaba contra las ideologías y apostaba por las ideas. Pero ese señor ha sido uno de los filósofos peor leídos de la historia.

Y no digamos nada del uso (y abuso) de ciertos términos. Últimamente se ha abusado mucho del término derogación aplicado a la Reforma Laboral. Lo que en principio significa dejar una ley sin efecto, ahora parece que también se puede interpretar con dejar sin efecto una parte de la ley. Ya Locke decía en su tratado sobre la tolerancia que antes de discutir hay que ponerse de acuerdo en qué significan las palabras. De lo contrario acabaríamos en Alicia donde las palabras significan lo que quiere que signifiquen quien tiene el poder. Viene bien aquí uno de los últimos comics de El Roto: “Me acuerdo de cuando el ocio nocturno era dormir”, dice el marido. “Qué tiempos”, contesta la esposa.

Como siempre, hay dos grandes protagonistas en la política: gobierno y oposición. Los demás procuran aprovechar sus pequeños momentos de gloria para poder permanecer en la retina del espectador el mayor tiempo posible y de la mejor manera posible. Sánchez es el nombre del momento a nivel nacional, con otros nombres en el siguiente nivel: Casado, Yolanda Díaz. En las CCAA, cada una tiene su propia versión. En Aragón, estaría Lambán y… ¿nadie más?

¿Qué decir de Pedro Sánchez que no se haya dicho ya? Se ha hablado de él desde todos los ángulos posibles. Habría para una tesis doctoral. En mi opinión es un superviviente nato. Todo lo supedita a ello. ¿Maquiaveliano? No lo veo tan sutil. Cierto que casi todos los políticos tienen por objetivo máximo sobrevivir. Por eso no tratan con la realidad sino con su interpretación de la realidad. Y cuando tienen que rectificar con hechos distintos sus dichos anteriores, son maestros en dar coherencia a comportamientos incoherentes. Sánchez no duda. Habla como si siempre hubiera pensado así. Claro que con la tecnología actual de los medios, eso es imposible sostenerlo. Pero el votante medio no analiza ni compara, actúa por sus últimas impresiones. Siempre he pensado que un político debe poder explicar (y explicarlo) todo, sus aciertos y sus errores, sus coherencias y sus incoherencias. La gente lo agradecería y lo sentiría más próximo.

En el último congreso del PSOE, Sánchez se agarró a la socialdemocracia, abrazado al icono Felipe González ¿Es que no era socialdemócrata el PSOE? Parece ser que no. ¿Era izquierdista? ¿Era populista? ¿Era de centro izquierda? ¿Es ahora socialdemócrata? Menudo follón.

 

Tras dos años de gobierno en coalición con UP le quedan otros dos años (si acaba la legislatura) para zanjar muchos interrogantes y clarificar su política. Las decisiones económicas y sociales que tome, tras las promesas que ha hecho, definirán su perfil político y gestor. Hasta ahora, la crisis sanitaria ha dominado el panorama sin poder matizar políticas de unos u otros, porque todos han trabajado casi exclusivamente en controlar y superar la crisis sanitaria. De todos ellos, solo una ha destacado, Ayuso en Madrid, pero para mal. Independientemente de su clamoroso triunfo. Pero ésa es otra historia.

La UE y su banco central han resuelto las carestías del presente, sin pensar mucho en la deuda que nos envuelve. Pero, a partir de ahora, tendrá que ser la política económica la que decida. ¿Va ser socialdemócrata la política económica de Sánchez? Ésa es la cuestión. Para ello, primero hay que producir y luego repartir. No al revés. ¿Estarán UP y los socios de investidura por la labor? Lo dudo, pues la demagogia, el nacionalismo y el populismo son la antítesis de la racionalidad socialdemócrata. ¿Tendrá suficiente músculo el PSOE para imponer su política? Primero hay que querer, y luego poder. Para ello hay que abandonar las grandes frases publicitarias y robustecer las instituciones, cuya gestión servirá para bien o mal de los ciudadanos, pues los ciudadanos reciben la bondad o maldad de la política a través de las instituciones y no de los partidos políticos, meros instrumentos para hacer política institucional, que es la que realmente importa.

El cortoplacismo de los populistas es un grave peligro para la democracia. Sin horizonte no hay proyecto, y sin proyecto no hay política. Y, desde esta perspectiva, el gobierno de coalición es un gobierno inédito. Todo está por ver. Los fondos UE pueden ser una rampa de lanzamiento o una fosa. Todo dependerá de si hay política económica o todo se reparte a voleo, según la capacidad de presión de cada cual. Al tiempo.

Mariano Berges, profesor de filosofía


martes, 19 de octubre de 2021

CATALUÑA, ENTRE LA NADA Y LA ESPERANZA

 

Hace mucho tiempo que no escribo sobre Cataluña y, sin embargo, es una cuestión siempre importante, pues no deja de ser una caja de resonancia de muchas otras cuestiones que, supongo saldrán a lo largo de este artículo.

Las elecciones catalanas del 14 de febrero de 2021 supusieron un punto de inflexión en la reflexión sobre Cataluña, tanto interna como externamente. Con el cese de Torra, condenado por delito de desobediencia, finaliza el más triste y patético fracaso de Cataluña, caracterizado por la falta de gobernanza y la falta de horizonte. El fracaso económico catalán no ha sido solo por el cacareado dumping fiscal de Madrid, sino por la corrupción sistémica, acompañada por una penosa dejadez administrativa y una inseguridad jurídica artificial. Todo ello envuelto en una estelada gigante que dejó ciegos a casi todos los pensadores, catalanes y no catalanes. La ridiculez de las propuestas del Parlament, el posicionamiento inane del President y la gratuidad y frecuencia de la violencia callejera daban una versión bananera de Cataluña. A partir del resultado de las elecciones del 14 de febrero y la constitución del nuevo Govern, con Aragonés al frente, se observan ciertas expectativas de racionalidad, aunque sin exagerar. Al menos, el barniz bananero se ha modernizado un tanto y el futuro se muestra menos estridente.

Hay que tener en cuenta que el actual Estado autonómico español tuvo como una de sus causas principales a Cataluña. Y así funcionó durante algún tiempo. Pero el enquistamiento de la derecha catalana, y posteriormente de todo el nacionalismo catalán, supuso una regresión llena de ilegalidades que fue ampliándose gradualmente hasta llegar al encarcelamiento de sus principales dirigentes y la fuga al extranjero de otros, con el expresidente Puigdemont a la cabeza.

Hoy, Cataluña sigue en la encrucijada del qué hacer y por qué derroteros caminar, coqueteando con la ley y la Constitución. Un día da una de cal y al siguiente, otra de arena. Sigue empecinada en ser tratada como un Estado en igualdad de condiciones al Estado español. La paciencia española tiene unos límites que cada día son más estrechos. En estos momentos, están ambas partes en la archiconocida mesa de diálogo, más escenificación teatral que encuentro político. En noviembre, parece ser que el modelo de la financiación autonómica tiene que discutirse en el foro interterritorial   autonómico. Este año con unos fondos europeos que hacen una bolsa muy apetecible. Si Cataluña, una vez más, se ausenta y pretende una interlocución única con el Gobierno español, las CCAA restantes no creo que lo soporten. Y, menos aún, si recibe una financiación desproporcionadamente superior a las demás comunidades.

Cierto que posconvergentes y republicanos tienen una competencia interior muy fuerte electoralmente, en la que se enfrentan a un juego de poker muy peligroso. Pero pienso que ambas formaciones cada vez están más alejadas de la sociedad catalana, lo que puede acabar en un aislacionismo irrelevante de los partidos nacionalistas respecto a la propia Cataluña y a España, en la que hay otras 16 comunidades. Añádase a esto el compromiso autonomista clarísimo del Gobierno español.

En estos momentos, la famosa mesa de diálogo parece sostener todo el andamiaje. Pero, seamos serios, ¿por cuál de los dos objetivos políticos secesionistas empezamos, por la amnistía o por la autodeterminación? Todo el mundo, incluidos los indepes, saben que eso es un imposible. ¿O estamos haciendo tiempo hasta la aprobación de los presupuestos? ¿Con los presupuestos aprobados hablaremos en un lenguaje inteligible y mensurable para todos? ¿O estamos en un momento de precalentamiento y vuelve a ser Pujol (91 años), el único político catalán que reconoce que el procés fracasó y que, tal y como lo plantearon, era “una quimera”? “Se ha comprobado”, dice Pujol, “que ahora el independentismo no es lo bastante fuerte para conseguir la independencia, pero sí para crearle un problema muy serio a España”. ¿Cómo arreglar ese problema? Respuesta de Pujol: un apaño. Los nacionalistas, dice, “debemos estar abiertos a fórmulas no independentistas que (…) aseguren la identidad, la capacidad de construir una sociedad justa y de facilitar la convivencia”. Éste sí que es un camino transitable, aunque tengamos siempre la sospecha en lontananza. Si los vascos han aprendido lo que no hay que hacer, visto el fracaso de ETA, los catalanes pueden sacar las mismas consecuencias, visto el fracaso del proces.

Unos de estos últimos días, el Círculo de Economía catalán ha dicho nada menos que lo siguiente: “el futuro de Cataluña pide una política de Estado, y, por lo tanto, volver a tener presencia e influencia catalana en España, el único Estado realmente existente que tenemos los catalanes”. Toda una declaración de principios por parte de quien juega con las cosas de comer y no con sueños inoperantes y harto peligrosos. Hay esperanza. Igual hay que hacer tiempo.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 19 de septiembre de 2021

SABER MIRAR PARA PODER VER

Reconozco que soy más lector del periodismo de opinión que del meramente informativo. Y, además, de medios distintos y hasta contrarios. Ello hace que lea posiciones muy divergentes, y no solo por causas derivadas del enfoque político o partidista, sino del propio enfoque filosófico.

Por ejemplo, últimamente he visto dos artículos con dos enfoques distintos y que me han hecho pensar. Uno se refería al triste papel que personalidades importantes de la Transición, tanto de derechas como de izquierdas, jugaban en la actualidad, especialmente en la cuestión territorial y en el revisionismo histórico de los últimos cuarenta años (“Las élites enfurruñadas de la Transición” de Ignacio Sánchez-Cuenca). Entre ciertos protagonistas de la Transición ha habido una cierta derechización, que por cuestiones de edad no sería raro, sino también de una cierta intolerancia hacia la política y políticos actuales. Por ejemplo, la cuestión catalana, en la que el maximalismo de unos y la ausencia del Estado por parte de otros ha exacerbado la discusión hasta hacer imposible el diálogo. La intolerancia de los viejos políticos hacia los actuales no siempre es justa, y yo pienso que es más difícil hacer política hoy que ayer. Era más fácil y satisfactorio el salto de una dictadura a una democracia que batallar cotidianamente en la situación actual, donde el vértigo de los cambios y la incertidumbre del futuro hace difícil cualquier proyecto a medio plazo.

El otro enfoque es el triste papel que los partidos políticos actuales juegan en la actualidad con su desarraigo de la sociedad y su colonización del Estado y sus instituciones (“La deslegitimación de los partidos políticos”, de Rafael         Jiménez Asensio), a propósito de la glosa de un libro de Piero Ignazi. El magnífico artículo de mi amigo Rafael expone el bajo nivel de confianza por parte de la sociedad en los políticos y en los partidos políticos, especialmente en España. Desconfianza que se ha trasladado a las instituciones y a la propia democracia. Suscribe una frase muy dura de Ignazi: “Los partidos han firmado una suerte de pacto fáustico; han entregado su alma a cambio de una vida más larga”, a través de un parasitismo institucional de donde extraen recursos ingentes y variados a repartir entre sus clientelas y adláteres.

He reflexionado sobre ambos problemas, poniéndome en el lugar de todos ellos e intentando comprender el porqué de sus planteamientos. La dialéctica subjetivo-objetivo late en ellos. La perspectiva del pasado es distinta que la del presente, y siempre es más complejo el presente, aunque solo sea porque no puedes salir de él. Cualquier análisis que hagamos debe tener en cuenta la complejidad de la realidad, aunque ello suponga dudas y expresiones no taxativas. Para ello, me vienen bien algunos criterios que el filósofo Edgar Morin maneja para su formulación del pensamiento complejo, especialmente en su obra principal, El Método. Una idea básica de Morin es lo que él considera el fin del método, que no es otro que ayudar a pensar por uno mismo para responder a la complejidad de los problemas. No debemos dejarnos someter por las ideas, pero no podemos resistir a las ideas más que con ideas. Hay que abandonar las trincheras y salir a campo abierto, que nos dé el aire, que las ideas bien argumentadas sean la munición en el combate y no los prejuicios. Ser de izquierdas no es ser totalitario ni ser de derechas es ser fascista. Todo los totalitarismos y sectarismos acusan el mismo defecto: la pereza intelectual y la incapacidad argumentativa. Cambiar los insultos por argumentos sería un buen principio para acabar con la crispación política. La demonización del adversario, tanto interno como externo, casi siempre favorece al que está en el poder.

 

El papel de los medios de comunicación es fundamental en la depuración y configuración de la realidad. Diferenciar información y opinión es básico, siendo ambas necesarias. Sin esta función de intermediación que tienen los medios entre el poder y la ciudadanía, entre los políticos y la sociedad, es muy difícil avanzar. Nunca con tantos canales de comunicación ha habido tanta desinformación. ¿Son las redes sociales canales de comunicación?

 

Tenemos, pues, unos partidos políticos endogámicos y colonizadores de las instituciones, una sociedad polarizada llegando al sectarismo no pocas veces y unos medios poco propicios al análisis y más propensos al chascarrillo. Aunque unos más que otros, todos tenemos responsabilidad en esta falta de horizonte. Porque la tarea es clara aunque difícil: se trata de comprender la realidad para poder transformarla. Y la primera característica de la realidad es su complejidad, o lo que es lo mismo, saber ver las distintas dimensiones de ella. Y para ello tenemos que empezar por modificar nuestra disposición mental como nueva forma de abordar la realidad. Hay que saber mirar para poder ver.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 22 de agosto de 2021

EN AGOSTO NO PASA NADA

 



Agosto es un buen mes para colarse en sus casas y sus mentes, sin ruido ni aspavientos. Se trata de una entrada suave para hablar de nuestras cosas y, sobre todo, de nuestro estado de ánimo. ¿Cómo va la vida? Intuyo que mediocremente, pues los acontecimientos y, sobre todo, la falta de ellos han vuelto plana nuestra existencia. La epidemia, pandemia, postpandemia, vacunas, inmunidad, contagios, vacaciones sí/no, bares sí/no, viajes sí/no… hacen que nuestra vida sea un sinvivir, una duda universal, no cartesiana sino emocional. Nuestras mentes esperan no sé qué para no sé cuándo y nuestras expectativas se han diluido en un magma desconocido y abstracto. Si el futuro siempre ha sido incierto, ahora lo es mucho más.

Nuestras autoridades han desaparecido de nuestras preocupaciones y, por mucho que lo intenten, no ocupan ni preocupan nuestra atención. Tiene que ser duro para ellos no incidir en la realidad ni en las mentes de la gente. Aunque lo intentan no lo consiguen.

A los medios de comunicación les sucede algo parecido. Si ya es normal que en el mes de agosto los medios de comunicación adelgacen sus páginas y contenidos, este año se ha notado mucho más. Es como si los receptores no esperasen nada, o no supiesen qué se puede esperar. Vuelvo a citar el título de Beckett “Esperando a Godot”. Toda la obra esperando a Godot, que resolvería sus incertidumbres existenciales, pero Godot no llegó. ¿Qué fue de esas dos personas expectantes de no sabían qué o quién? No lo sabemos. Como no ponemos rostro a los contagiados, muertos y enfermos de esta época de nuestra existencia.

Me pregunto qué época es más auténtica, ésta nihilista o ésa otra desbordada de acontecimientos. Si lo pensamos serenamente, ambas son fases o épocas distintas de la misma vida. La mente humana debe conducir la existencia, y no al revés. Las contrariedades, desgracias, alegrías, van en el mismo paquete en esa existencia que, sartrianamente, solo podemos definir al final de nuestras vidas. Lo importante de la vida es darle sentido como tal vida humana. De lo contrario, es una mera vegetatividad.

Pues bien, podemos aprovechar este largo agosto de nuestra vida para reflexionar sobre el sentido de ella. Así como las leyes son imprescindibles, aunque solo sea para poder transgredirlas, las directrices y coordenadas existenciales son también imprescindibles para poder seguir caminando con un cierto orden. Orden que ponemos nosotros y no nos lo ponen desde fuera, pues nuestra vida es nuestra y no nos la debe vivir nadie.

Y vivir es siempre filosofar, despojando a este término de toda solemnidad. Y todo el mundo es filósofo, menos los estúpidos, que renuncian a filosofar. Y si la filosofía (reflexionar, vivir con sentido) sirve para algo es para perjudicar la estupidez, que no es una falta de inteligencia ni conocimiento, sino una manera de conformar el pensamiento en lo obvio, aceptar las respuestas sin haberse planteado las preguntas. Las respuestas nos esclavizan y las preguntas nos liberan. La filosofía es todo lo contrario a un libro de autoayuda que nos precariza inhabilitando nuestra capacidad de pensamiento crítico y nos esclaviza con el ruido atronador de lo banal. La filosofía, en fin, no es un saber ni una utilidad, sino una actitud que salvaguarda nuestra dignidad, que es la que da sentido a la condición humana. La filosofía es, básicamente, dar sentido a nuestra vida. De manera que si nosotros desaparecemos desaparece la filosofía, y si la filosofía desaparece es porque nosotros hemos desaparecido.

Agosto da para esto y para más. Pensar es gratis y no pensar sale caro, al menos colectivamente. Decía Francis Bacon que “quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. Por eso lo mejor de Occidente viene de los griegos. Ellos descubrieron el pensamiento, en el que, si nos fijamos bien, no solo no coinciden entre ellos sino que se contrarían dialécticamente, de manera que todos ellos configuran un mosaico capaz de abarcar todas las preguntas e incertidumbres del ser humano. Y cuantas más incertidumbres es capaz de soportar el hombre, más inteligente y más filósofo es.

Frente a la obviedad y la retórica hueca peleemos con la reflexión y el sentido crítico en nuestras vidas. La pandemia que nos asola podría ser así positiva.

Mariano Berges, profesor de filosofía


viernes, 25 de junio de 2021

HOY ENTRA EN VIGOR LA LEY DE LA EUTANASIA


Tras medio año sabático sin escribir artículos, me reincorporo, por la amabilidad receptora del director de EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, a este medio informativo, e intentaré reflexionar sobre algunas cuestiones de actualidad. Lo haré, como siempre, con humildad, reivindicando el derecho a equivocarme, pero con honestidad y con pasión. Y siempre con respeto y educación hacia los que no piensan como yo. Mi objetivo no es dictar doctrina sino enriquecer el debate público. Empezaré por la eutanasia, el último derecho que los españoles estrenamos hoy, 25 de junio de 2021.


El Congreso de los Diputados aprobó en marzo, con los únicos votos en contra de PP y Vox, la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE), una iniciativa del PSOE cuya aplicación real se producirá a partir del 25 de junio, según recoge el BOE publicado el pasado 25 de abril. En este artículo solo pretendo hacer alguna reflexión en voz alta sobre el fondo de la Ley, obviando las características técnicas, que son propias de otro tipo de escrito.


Por su novedad y sus características específicas, la LORE es una ley que tardará en implantarse con plena eficacia y generará una casuística diversa y esperemos que constructiva. Se trata de una ley que hará camino al andar De todo el contenido de la LORE hay dos aspectos que quisiera resaltar: 1) El sujeto pasivo de la Ley: cualquier persona mayor de edad y con un año de empadronamiento en España que sufra «un padecimiento crónico e imposibilitante» o «una enfermedad grave e incurable causante de un sufrimiento físico o psíquico intolerables», podrá pedir la eutanasia o el suicidio asistido. 2) La Comisión de Evaluación y Garantía es el filtro final que decidirá sobre la aplicación o no de la eutanasia a un paciente terminal. Gran importancia la de este órgano.


Tras tres años de guerra (in)civil y cuarenta de dictadura, el año 1978, con la aprobación de la Constitución Española, supone el principio de la contemporaneidad para España (exceptuando el breve paréntesis de la II República). Y tras una serie de derechos importantísimos como la educación y sanidad universales y gratuitas, han sido aprobados por el Parlamento español otros derechos civiles individuales que han colocado a España en un lugar privilegiado de Europa y del mundo. Estos derechos de última generación son el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual y, ahora, la eutanasia. Todos ellos tienen una característica común: para todos son derechos y para nadie son obligatorios. Por eso, desde una perspectiva sensata, racional y democrática, no se entiende tanta oposición a ellos, a no ser que se posicionen tras unos principios ideológicos, disfrazados de principios religioso-fundamentalistas. Hay otro tipo de cristianismo, como el de Hans Küng, que se pregunta “Todos tenemos una responsabilidad sobre nuestra vida. ¿Por qué vamos a renunciar a ella en la etapa final?”. Eso es teología seria y rigurosa.

La eutanasia es el último logro de la contemporaneidad en la victoria humana sobre la muerte. El hombre (genérico inclusivo) controla ya todo el proceso de la existencia humana, desde el nacimiento a la muerte. En definitiva, es el triunfo de la ciencia, la libertad y la autonomía humanas. 

Sin embargo, la muerte sigue siendo un tabú. Por eso hablamos poco de ella. Pero cuando a alguien se le pregunta si la teme, suele contestar que a lo que en realidad teme es al sufrimiento. El griego Epicuro (s. IV) lo expresó y argumentó magistralmente en su Carta a Meneceo. “Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros, porque todo bien y todo mal residen en la sensación y la muerte es privación de los sentidos. Nada temible hay en el vivir para quien ha comprendido realmente que nada temible hay en el no vivir. De suerte que es necio quien dice temer la muerte, no porque cuando se presente haga sufrir, sino porque hace sufrir en su demora. En efecto, aquello que con su presencia no perturba, en vano aflige con su espera. Así pues, el más terrible de los males, la muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente y, cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros”.


El temor es al dolor físico, por supuesto, pero también al dolor psicológico de tener que seguir viviendo en condiciones insoportables. Morir bien es seguramente el deseo más universal, pero el concepto de buena muerte no es igual para todos. Con los avances actuales de la medicina se puede alargar la vida muchísimo, pero, con frecuencia, a costa de un gran sufrimiento o la pérdida irreparable de la mínima calidad de vida, bien sea por pérdida de facultades físicas o mentales. La perspectiva de un largo y penoso deterioro hace que muchos ciudadanos quieran decidir por sí mismos cuándo y cómo morir. Dejémosles ejercer ese derecho que, desde hoy en España, para todos es posible y a nadie obliga.



Hay quien sostiene que si se pudiera garantizar a todos los enfermos unos buenos cuidados paliativos, la eutanasia no sería necesaria. Pero la medicina paliativa no cubre ni todos los casos ni todos los tipos de sufrimiento. Eutanasia y cuidados paliativos no son opciones excluyentes, sino complementarias. Seguramente, la legalización de la eutanasia extenderá la cobertura de los cuidados paliativos. Ojalá.


Mariano Berges, socio de DMD (Derecho a Morir Dignamente)



sábado, 26 de diciembre de 2020

ESTADO Y SOCIEDAD

 


La ventana indiscreta


Hace ya ocho años que comencé mi colaboración quincenal en El Periódico de Aragón. Creo que es momento de desconectar ustedes y yo, porque observo que las reiteraciones y la finitud de mis enfoques temáticos hacen prescindibles mis artículos. Todos necesitamos retroalimentarnos, y más si se trata de alimento intelectual.

Es un buen momento para despedirse: fin de año, comienzo de la vacunación covid, presupuestos nuevos para 2021 (por fin), ley de eutanasia, nueva ley de educación. En definitiva, 2021 se presenta en España con un horizonte esperanzado. Desde cualquier prisma que se mire hay que reconocer que el Gobierno de España y el Parlamento han trabajado mucho y bien durante este año pandémico. A pesar de la tragedia del covid-19, los logros conseguidos han sido muchos e importantes. Quizás la larga lista de muertos y afectados por la pandemia sea el terrible contrapunto a los logros políticos.

Y, sin embargo, hay una atmósfera bronca y conflictiva en España. Y no solo es por la fatiga pandémica, que también, sino porque la dialéctica política es de tono rastrero y los logros no se miran desde una perspectiva común sino desde la envidia cainita que piensa que lo bueno que consiga el rival es malo para mí. Ese electoralismo barriobajero que impide cualquier acuerdo, incluso en medio de una tragedia como la de este año que acaba.

El gran hallazgo de la política, desde la Modernidad hasta hoy, se llama Estado. El Estado es el concepto y la realidad que da sentido a todo en la convivencia social y política de una sociedad. Y el Estado lo conforman las diversas instituciones, dirigidas por una representación política que los ciudadanos han elegido para que gestionen los asuntos públicos. Unas veces un partido está en el gobierno de una institución y otras veces está en la oposición. Desde los dos lados se coadyuva al buen funcionamiento del Estado y desde los dos lados se adquiere responsabilidad de Estado.

Precisamente hace muy pocos días (el 17 de diciembre) se inauguró una exposición dedicada a Azaña, con motivo del 80º aniversario de su muerte en Montauban. Por cierto, presidida por el Rey. El Rey preside un acto que homenajea al Presidente de la II República española. Espléndido ejemplo a imitar. Pues bien, traigo a Azaña como un ejemplo paradigmático de político íntegro y moderno que entendió como nadie el concepto de Estado. Y, sin embargo, coincidiendo con su ejercicio del poder, se produjo en España la guerra (in)civil de 1936, ejemplo cruel del fracaso del Estado. Nefasto acontecimiento, a pesar de Azaña, como fruto de esa atmósfera densa, patriotera y justiciera de los años treinta en España.

A veces, se suele tener por parte de cierta izquierda una idea muy romántica de la II República española, cuando fundamentalmente fe un intento muy riguroso de europeizar España a través de la creación de un Estado moderno. Sin Estado, sin instituciones y sin acción política orientada al mantenimiento y progreso de esas instituciones, no puede haber convivencia ciudadana y progresista. Las derechas caciquiles y económicamente elitistas lucharon desde el primer momento contra ese intento que empezaba a sacar a España del pozo. Y muchas izquierdas abusaron de esa maldita dialéctica de buenos y malos, de ojo por ojo, en vez de intentar acordar salidas honrosas frente al abismo que se abría.

Azaña tenía como objetivo levantar un Estado que traería a España la modernidad europea. Lejos de ese constante gemir y lamentar, tan bien representado por la generación del 98. Santos Juliá recordaba en su obra sobre Azaña que su propósito era: “Un Estado que construir, una democracia por establecer y una acción política por desarrollar: ése es el camino para resolver el problema español o, lo que es igual, para hacer del Estado un instrumento al servicio de la transformación de la sociedad”.

No quiero comparar, pero esta atmósfera de derrota que actualmente lo impregna todo, no ayuda a salir de esta crisis, sino todo lo contrario. Todo aquel que está en contra sistemáticamente, con agravios impostados, segundas intenciones imaginadas, perversas interpretaciones de sus rivales políticos, ayuda poco a la gobernanza de su país. Y esto vale para izquierdas y derechas. En una sociedad democrática se acuerdan los desacuerdos y se busca una salida digna en los momentos comprometidos. Para eso sirve la política.

Bueno, como ya he dicho, éste es mi último artículo. Que la navidad y el nuevo año nos dé serenidad y sabiduría para articular y hacer funcionar este país que llamamos España.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 12 de diciembre de 2020

EUTANASIA: VIVIR BIEN, MORIR BIEN

 


La ventana indiscreta

El jueves último, 10 de diciembre, se aprobó en la Comisión de Justicia del Congreso la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). Y se espera que a principios de año la apruebe el Congreso en Pleno para su remisión al Senado. Es, pues, suficiente razón para dedicar este artículo a este asunto de enorme importancia y que extenderá los derechos individuales en España a un nivel parejo a los países más progresistas del mundo, que son muy pocos.

Éste es un artículo divulgativo, como corresponde a su publicación en un periódico generalista. No voy a entrar en tecnicismos legales sino que voy a intentar esgrimir argumentos básicos a favor de la legalización de la eutanasia en España.

Eutanasia, como todos ya sabemos, significa etimológicamente “buena muerte” y se puede definir como el acto deliberado de dar fin a la vida de una persona, producido por voluntad expresa de la propia persona y con el objeto de evitar un sufrimiento. Es obligación moral y legal de los poderes públicos atender a las demandas y valores de la sociedad de cada momento. Y en la actualidad hay una serie de causas que justifican la eutanasia. Entre ellas, la creciente prolongación de la esperanza de vida, lo que retrasa la edad de morir y, frecuentemente, en condiciones de un importante deterioro físico y psíquico; la secularización de la vida y su conciencia social derivada; el reconocimiento de la autonomía de la persona. En definitiva, estamos hablando de derechos fundamentales a la vida y a la integridad física y moral de la persona y de bienes constitucionalmente protegidos como son la dignidad, la libertad o la autonomía de la voluntad.

Soy consciente de que en una sociedad abierta y plural como la española hay opiniones y posturas contrarias a la eutanasia. Lo que es normal y sucede con otros asuntos igualmente importantes. Para eso existe la política, para discutir y pactar los desacuerdos y, así, garantizar la convivencia respetuosa y pacífica entre todos. Unas veces, lo aprobado en el Parlamento estará de acuerdo con mi opinión y otras en desacuerdo. Y el Parlamento debe ser cuidadoso para que lo aprobado, si es posible, no obligue a su práctica a los que estén en desacuerdo. Así pasó con el divorcio, con el aborto, con el matrimonio homosexual y con otros tipos de logros legales y morales que situaron a España entre los países avanzados del mundo. Ninguno de los derechos citados, como sucederá con la eutanasia, obliga a nadie que no quiera a ejercerlo. Es un derecho, no una obligación. Incluso a las personas que quieran practicar la eutanasia, la LORE establece garantías para que la decisión de poner fin a su vida se produzca con absoluta libertad, autonomía y conocimiento, libre de toda presión de cualquier índole.

Queda por discutir una cuestión que siempre está ahí: las posturas de tipo religioso, que, en el fondo, no son religiosas, y mucho menos morales, sino ideológicas. La idea de fondo en la discusión religiosa sobre la eutanasia es que unos piensan (creen) que el dueño de la vida del hombre es Dios y, por tanto, el hombre no puede disponer de ella. Mientras que otros pensamos (no creemos) que la vida es propiedad de cada uno y, por tanto, podemos disponer de ella cómo y cuándo queramos. No es justo que un principio de índole religiosa obligue a todo el mundo. Los que estén en contra de la eutanasia que piensen que a ellos no les obliga, pero que no obliguen a los demás a seguir la misma pauta. La sociedad contemporánea es secular y laica en su funcionamiento. Su procedimiento y normas lo marcan las leyes aprobadas en el Parlamento. Por lo tanto, las creencias de tipo religioso son respetables y dignas pero subjetivas e íntimas. Las religiones no deben intentar configurar el mundo según sus creencias. Eso cae fuera de su propio objeto. La buena teología debe supeditarse a un mundo justo, no caritativo. Y la fe no debe confundirse con la religión, pues son cuestiones muy distintas y, no pocas veces, opuestas. La eutanasia, pues, es una cuestión político-jurídica, que es lo propio de una sociedad democrática de derecho. La moralidad de ese acto, como la de todos, es una cuestión de nuestro fuero interno. No existe una moralidad objetiva, pues todas están condicionadas por principios sociales y políticos

Termino con una preciosa cita de nuestro amigo Antonio Aramayona en su carta de despedida antes de su suicidio, pues no estaba legalizada la eutanasia: He intentado que mi vida haya sido digna, libre, valiosa y hermosa. Y así he querido también mi último hálito de vida: digno, libre, hermoso y valioso. Así he querido vivir y así he querido morir. Toda una maravillosa síntesis de libertad y coherencia en la vida humana. Una buena vida se merece una buena muerte, pues ambas constituyen un solo proceso.

Mariano Berges, socio de DMD

sábado, 28 de noviembre de 2020

RACIONALIDAD POLÍTICA

 





La ventana indiscreta

En estos momentos existen en España muchos asuntos de suma importancia: la ya eterna pandemia y la aprobación del plan de vacunación general en España, la aprobación de los Presupuestos para 2021, el plan de recuperación europeo pos-covid y su consecuencia española, la aprobación de la LOMLOE, la próxima aprobación de la ley de la Eutanasia. Y todos ellos con un claro aspecto positivo. Y, sin embargo, la melodía ambiental que más suena es la crispación política, auspiciada fundamentalmente por el PP, partido que solo promueve el consenso cuando gobierna.

Claro que hay otros asuntos no tan positivos. Uno es ellos es la desnudez de nuestro sistema sanitario ante la prueba de esfuerzo a que lo ha sometido la pandemia, fundamentalmente de tipo organizativo y de falta de recursos materiales y humanos. El Roto, al que rindo frecuentemente mi admiración, lo mostraba en una viñeta espléndida. Decía el personaje de la viñeta “Teníamos el mejor sistema sanitario del mundo. Hasta que enfermamos”. La consulta médica telefónica puede ser el hallazgo del siglo.

Ante la orquestación de la bronca y la búsqueda del rédito por parte de casi todos, me pregunto si los medios de comunicación no podrían desarrollar más las cuestiones principales y menos las anecdóticas. Intentar poner racionalidad, sin jugar tanto a esto me gusta y esto me disgusta, sino a analizar todos los aspectos susceptibles de mejora desde una postura crítica (obligación ineludible en cualquier medio de comunicación) y no tanto a tomar partido por unos u otros. Todo proyecto y personaje público es susceptible de crítica, que por cierto significa valoración, ya sea ésta positiva o negativa. Y ése es el papel de los medios, depurar ante sus lectores-oyentes las casi siempre confusas manifestaciones del poder, cuya aparente claridad expositiva de sus discursos suele camuflar la confusión de sus objetivos.

En España, nos hemos instalado en el conflicto y la bronca, con la intolerancia como virtud máxima y la intransigencia frente a la necesaria flexibilidad política. Menos mal que la gente del común guarda mejor la estética que el Parlamento, con tanta retórica y sobreactuación. Estamos en un momento que, sin pretender historicismo alguno, se parece bastante al de la Transición. Propongo un juego de ficción pretérita. Imaginemos que, tras la muerte de Franco y para superar el centralismo decimonónico, los legisladores españoles hubiesen plasmado en la Constitución una profunda descentralización política y una radical modernización administrativa, en vez del Estado de las autonomías. O sea, más Francia y menos Alemania, cuya perfección de los landers es difícil de alcanzar. Si seguimos con el pretérito, estaba claro que, con las autonomías, solo se pensaba en contentar a vascos y catalanes, constituyendo el resto una escenografía de cartón-piedra y mero acompañamiento. Pero la historia no está escrita hasta que los hechos la escriben. Y las inéditas autonomías españolas comenzaron a exigir lo mismo que vascos y catalanes, y aparecieron las famosas competencias propias, que siempre eran pocas o transgredidas por el poder central. A su vez, vascos y catalanes se quejaron de que eso era “café para todos” y no lo prometido, con lo que su nacionalismo exclusivo y excluyente no se diferenciaba del resto de España.  De ahí a la concepción de la independencia como salto cualitativo específico y diferencial había poco trecho. A la vez que los nuevos virreyes instalados en sus taifatos autonómicos, le cogieron gusto a eso de las competencias propias, y el federalismo teórico acudía para dar una pátina de modernidad a lo ya inevitable.

En la primera fase u ola de la pandemia, todo resultó fácil con el mando único como instrumento político y como procedimiento idóneo de enfrentarse a la tragedia nacional. Vascos y catalanes sacaban a relucir sus competencias atacadas, pero con la boca pequeña, a los que se añadió el tercer nuevo nacionalismo, el madrileño. Luego vino la desescalada autonomizada y los brotes epidémicos a gogó. Lo que produjo un caos irracional por querer responder plural y diversificadamente a un grave y único problema. Con las navidades y el plan de vacunación a la vista, espero que volvamos al criterio de mando único. Eso de la cogobernanza no está nada claro, ni teórica ni prácticamente. Y lo de la lealtad institucional, salvo excepciones, que las hay, se practica poco. Y es difícil coordinar a quien no se deja. Por lo menos, para vencer al coronavirus, las autonomías no son muy eficaces.

Como los medios de comunicación son diversos (faltaría más), aunque muchos no son neutrales, el caldo mental de la gente es confuso, profuso y difuso. Es una auténtica futbolización de la política. Mi equipo-partido siempre tiene razón y el adversario es negativo por definición. Lo que me ratifica cuando leo mi periódico. Sin embargo, España tiene que intentar partir de un proyecto común y básico en esta situación que podría significar un cambio de época. ¿Existen elementos suficientes y suficientemente capacitados, intelectual y democráticamente, para elaborar y empezar este proyecto común? ¿O vamos a seguir jugando a nuestra supervivencia personal o partidista? No sé de dónde puede venir el principio de solución, pero todos debemos sentirnos interpelados por este proyecto. Ahora el juego es de futuro, porque el pretérito es irreversible y mi jacobinismo personal queda aparcado para mejor ocasión.

Mariano Berges, profesor de filosofía

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

CIENCIA Y NATURALEZA







La ventana indiscreta

Hoy es martes 10 de noviembre de 2020 y seguimos en plena pandemia del coronavirus. Tanto la vida como este artículo parecen un diario de adolescente: monótono, reiterativo y con poco tono vital. Eso si lo ves desde dentro, porque si lo miras desde fuera es más de lo mismo, algo pesado que aburre a todo el mundo que pierda el tiempo leyéndolo.

 

Y, sin embargo, no puedes hablar de otra cosa. Sería como escaquearte de la lucha contra el virus, de traicionar el sufrimiento, el temor y la esperanza de tantos conciudadanos que viven a golpe de dato y de noticia. Algo así como esperando a Godot, que nunca llegó pero cuya espera dio sentido a toda su vida a los dos vagabundos de Samuel Beckett.  

 

Desde el 14 de marzo hasta la desescalada del 21 de junio casi llegamos a acostumbrarnos. Nos acostumbramos al encierro y hasta descubrimos una cierta interioridad que hacía tiempo no sabíamos de ella. Reconstruimos rutinas que nos hacían más llevadero el encierro, descubrimos nuevos autores y volvimos a encontrarnos con viejos ensayos, novelas, películas y poemas que, en otro momento, nos iluminaron y nos guiaron.

 

Y llegó el verano, momento de soltar amarras y embeberse en la nueva normalidad. Tanto nos lo creímos que lo practicamos con plena dedicación.

“Hemos derrotado al virus y controlado la pandemia”, proclamó un exultante Sánchez el 5 de julio. Pero duró poco. Julio y agosto fueron como el espejo que nos devolvió nuestro rostro, el rostro de la pandemia. Aún hubo algunos que estiraron el verano: San Fermín, innumerables fiestas de agosto, el Pilar, todas con el no delante, como si fuera un camuflaje de la realidad. ¿Habrá también no-navidades? Y aquí nos encontramos, en noviembre-marzo, como en la concepción griega del tiempo circular, siempre pasa lo mismo aunque con formas distintas. Y aún decíamos durante el confinamiento que estábamos aprendiendo, que saldríamos más fuertes y más sabios. Pero no, no solo no hemos aprendido nada sino que cada vez somos más estúpidos. Con la salvedad de que a los ciudadanos de a pie no se les da más que una responsabilidad individual, pero a las autoridades se les encomienda una responsabilidad y un hacer colectivos, en nombre de todos. Por eso y para eso son autoridades; desde su libre voluntad quisieron ocupar esos lugares, pero a muchos les fue grande. Y no hablo de gobiernos y oposición por separado, sino de todos en general. Y no se pueden escudar en que han trabajado y sufrido mucho, lo que es cierto, porque la autoridad está para solucionar los problemas de sus conciudadanos y no tanto para sufrir. El sufrimiento no se delega, sino que se practica personalmente. Y los ciudadanos así lo han practicado.

 

Pero, de pronto aparecen dos buenas noticias: Una, que Trump ha perdido las elecciones del imperio y otra, que la farmacéutica Pfizer ha testado una vacuna con el 90% de eficacia. Los ánimos empiezan otra vez a calentarse y dentro de pocos días (porque esto se cuenta por días) habrá presión hacia las autoridades para que suelten cuerda y nos dejen vivir un poco. Ya estamos salvados, pues Jehová, una vez más, ha acudido a salvar a su pueblo elegido. Pero no olvidemos que el virus, como el dinosaurio, sigue con nosotros.

 

¿Y ahora, qué? El primero, Trump, ya ha recordado que profetizó la vacuna pero que han esperado a hacerlo público después de su derrota en las elecciones. Vamos a estar muchos días contando con los dedos de las manos cuánto nos falta para la liberación total. Pero ¡cuidado!, nos dicen, no estiremos mucho de la cuerda no sea que nos lastimemos y seamos los últimos caídos en esta guerra vírica. Pero alguien osa adelantarse, ya ha salido el Ministro de Sanidad de España a decirnos que esto ya estaba previsto, que ya hemos comprado no sé cuántos millones de dosis y que en Mayo esto se acabó. El verano de 2021 va ser muy especial, tan especial que muchos (turismo, hostelería…) ya están planificando la fiesta planetaria que va a tener lugar, posiblemente en España.

 

Y otra vez volveremos a las andadas. La ciencia y la investigación recibirán alguna inversión (a modo de subvención graciable) para que no digan; la sanidad y la educación recibirán alguna limosna; la Administración seguirá ufana haciendo lo mismo y de la misma manera, porque habrán vencido al virus. La gente olvidará 2020, el año que no existió, y el muerto al hoyo y el vivo al bollo y a vivir que son dos días. Pero la naturaleza sigue ahí y no habremos aprendido que el único progreso posible y sostenible consiste en un diálogo constructivo y respetuoso entre hombre y naturaleza. La ciencia, como la medicina, es más barata y eficiente, como prevención que como curación. Naturaleza y ciencia: binomio a reivindicar. Vida inteligente: pauta a seguir.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 31 de octubre de 2020

ESTADO DE ALARMA

 



La ventana indiscreta

La palabra clave de esta semana es “estado de alarma”. Es un término bélico porque eso es la actualidad, la guerra contra el virus. Quizás la característica más llamativa de este estado de alarma sea que la implementación de las medidas queda en manos de los presidentes autonómicos, con un órgano de cogobernanza (el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de salud) que se reúne periódicamente. Es una medida de corte federal. A ver si aprendemos. Pero no, ya han salido dos gobiernos a protestar, el nacionalismo catalán y el madrileño, más por autoafirmarse que por mejorar la propuesta. La postura de la presidenta madrileña ya se pasa de esperpento. Oyéndola se pasa vergüenza ajena. Su ignorancia y su atrevimiento van parejos. Sin embargo, casi todos los demás están de acuerdo en que el estado de alarma es una herramienta necesaria jurídicamente de la que cuelgan todas las medidas autonómicas que se quieran implementar por parte autonómica, sin necesidad de ninguna tutela judicial posterior.

 

La clase política nacional ya ha empezado a discutir, que si es mucho tiempo, que mejor dos meses y luego ya hablaremos. Cuando puede ser perfectamente al revés, aprobemos seis meses y si la situación mejora mucho, suspendemos la alarma. La cuestión de informar y controlar puede ser perfectamente compatible con los seis meses de vigencia. Prácticamente, todos los expertos están de acuerdo en que hay que poner un horizonte largo de tiempo, para no repetir el error de la trepidante desescalada de junio. Hasta que haya vacuna o tratamiento. Ni hay navidades ni puentes festivos ni Semana Santa. Solo hay virus, nuestro enemigo.

 

¿Han aprendido algo nuestros dirigentes? La gente sí que ha aprendido: a obedecer, a ser disciplinados, a ser prudentes, a tener paciencia, a sufrir. Excepto algunos, claro. Algunos dirigentes o no han aprendido nada o, lo que es peor, usan el coronavirus como instrumento político contra el Gobierno. Qué agradable sería que por unos días callasen algunos políticos sobre la pandemia y dejasen de decir tonterías. Se purificaría tanto el ambiente que hasta el virus pensaría en irse por falta de contaminación.

 

¿Qué ha fallado para que estemos como en marzo? Ha fallado, evidentemente, la prevención. Parece que en España solo actuamos cuando el peligro lo tenemos encima. En la primavera, cuando todo estaba fatal, todos nos pusimos las pilas y, mediante el heroico confinamiento, se atajó el virus. Luego vino la desescalada y volvimos a las andadas de “a vivir, que son dos días” y nos pegamos la segunda hostia. Ahora volvemos al segundo estado de alarma, tarde como siempre pero bienvenido sea. Y aún hay algunos que lo cuestionan. Dejémosles en paz y nosotros a hacer lo que hay que hacer. Pero, una vez más, volvemos a responsabilizar casi en exclusiva a la gente. Las autoridades no se atreven a prohibir, solo a recomendar. Así no vamos a ninguna parte. Las sociedades democráticas funcionan con leyes, y las leyes obligan democráticamente. Me estoy refiriendo al posible confinamiento domiciliario que posiblemente habrá que volver a hacer. Los números de los contagios lo dirán. Ojalá me equivoque.

 

¿Por qué los partidos políticos son tan incapaces de ponerse de acuerdo, cuando sindicatos y empresarios sí lo consiguen? Quizás sea porque los sindicatos-empresarios juegan con las cosas de comer. Los partidos no sé con qué juegan, ni siquiera en un momento como el actual en que nos estamos jugando el país, la gente del país. Y no es por el uso de la fina dialéctica, porque en España la dialéctica es de garrotazo goyesco. Los discursos de los partidos son distintos cuando están en el gobierno o en la oposición. Incluso intercambiables entre ellos. Mal está eso, pero en momentos cruciales como el actual eso es imperdonable. El español y su cainismo genético. Pero no, los partidos van por un lado y la sociedad (silenciosa) va por otro. Luego nos quejamos de la desafección política. ¿Será que el síndrome de la guerra civil aún sigue? ¿Siempre va a haber vencedores y vencidos? No, por favor, la Transición sí existió, y fue ejemplar, con sus olvidos y errores. Pero, ahora, suena estridente por comparación. Quizás por eso, a muchos no les gusta, y la zarandean o la falsea

 

¿Qué queremos? Algo tan sencillo y tan vulgar como una democracia que funcione. Y que los partidos se perciban a sí mismos como meros instrumentos al servicio de una sociedad democrática. Y no al revés, la sociedad al servicio de los partidos. Ahora toca derrotar al coronavirus, con las menos bajas posibles. Pues eso.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía