Antes de entrar en materia, un matiz cordial a un lector de mi artículo anterior. En primer lugar, agradecerle que me lea y que sus comentarios sean tan respetuosos y razonados. Y ahora, el matiz. Yo escribí la siguiente frase: “Y el PP, que procede de la Alianza Popular franquista que no apoyó la Constitución de 1978, está abandonando la senda democrática, …”. Yo quiero decir que la que no aprobó la CE fue Alianza Popular. Sí que la aprobó Fraga Iribarne, aunque no la aprobaron otros 3 miembros de AP. Si hubiese una coma tras la palabra “franquista”, sí que tendría razón el lector, pero no hay coma. Vuelva a leer la frase. Sin afán de polémica.
Vayamos a la cuestión de hoy. El asunto importante en
la actualidad no es si gobierna la izquierda o la derecha, sino si hay
democracia o no la hay. En España hay en estos momentos un electoralismo que
apesta. Todo parece valer para poder gobernar, o más bien para poder estar en
el gobierno. Como sea o con quien sea. ¿Para hacer qué? ¿Para repartir cuotas
de poder entre los socios sin un proyecto de país coherente y con futuro? Eso
no es gobernar. Eso es subsistir en el gobierno a cualquier precio. Y esto vale
para PSOE y para PP. No hagamos de hooligans y, por el contrario,
analicemos sus prácticas de gobierno o sus proyectos políticos serios, no los
relatos para entretener al personal.
En las próximas elecciones, parece que otra vez la
cuestión se va a dilucidar entre los dos bloques: por un lado, la derecha de PP
más Vox; y por el otro, la izquierda de PSOE más la sopa de letras de
grupúsculos izquierdistas y separatistas (el ya famoso gobierno frankestein).
Y aquí es donde hay que meter la cuchara. Todos los partidos son respetables mientras
respeten la Constitución y las reglas democráticas. Y yo me atrevo a decir que
algunos partidos no lo son, por ejemplo, Vox, por sus principios neofranquistas
y su práctica no democrática ni constitucional. Pero tampoco lo son los
partidos separatistas, no en su doctrina sino en su práctica. A partir de ahí
todo sirve, aunque algunos compañeros de viaje sean más cómodos que otros. Allá
cada uno.
Si miramos globalmente el mundo, Oriente y Occidente,
podemos observar que sistemas democráticos realmente hay muy pocos. Y algunos
de los que hay están empezando a resquebrajarse peligrosamente. Incluso dentro
de la Unión Europea (UE), origen del sistema que entendemos más democrático. Si
añadimos el papel que está jugando Trump, actual amo del mundo, y su
quebrantamiento cotidiano de la democracia estadounidense, vemos que, por la influencia
del imperio, salpica a muchos partidos de países democráticos. Y estos partidos
de ultraderecha están ganado cada vez más votantes. Hasta tal punto que en
países como Italia y Hungría ya están gobernando, y en otros, como Francia,
Portugal y algunos nórdicos y centroeuropeos, están tocando el poder.
Concretamente, en España, Vox es ya el tercer partido
clarísimamente destacado, con tendencia en ascenso. Y, aparte de los votos
genéricos que la demoscopia le otorga entre los jóvenes (más varones que
mujeres), hay mucha procedencia de votos desde el PP. Aspecto potenciado por la
ambigüedad y la levedad de Feijóo y el fuerte influjo de Ayuso. Por eso de
mejor el original que la copia. Y aquí habría que distinguir entre los barones
autonómicos del PP, unos son más moderados-centrados que otros.
¿Cuál es mi propuesta? 1) Que haya elecciones
generales ya, pues la acción de gobierno, entre unas cosas y otras, está
paralizada; 2) Tras las elecciones, hay que pensar con serenidad y sentido de
Estado cuál es la fórmula más democrática posible. Para ello hace falta
políticos de verdad, que prefieran una España democrática y constitucional a
sus intereses personales o de partido; 3) Marcar un cordón
sanitario-democrático, aislando a los partidos no democráticos y/o
inconstitucionales (ultraderecha e independentistas); 4) De entre lo que queda,
negociar un gobierno que obedezca lo máximo posible a la Constitución, a la
democracia y a la voluntad soberana de los españoles.
De ahí pueden surgir muchas fórmulas, más o menos
raras hasta ahora, incluso inéditas. Pero a ser demócratas se aprende con el
ejercicio de la democracia.
De lo contrario a lo dicho hasta aquí, pienso que
sería otra vez volver a la polarización estéril y esterilizadora. Y la gente,
mayoría silenciosa en el argot elitista de los políticos profesionales, puede
hartarse y estallar. Y cuando la gente estalla, nada bueno acontece. A no ser
que estemos propiciando la revolución, de un sentido o su contrario. No
juguemos con fuego, que nos podemos quemar.
Mariano Berges, profesor de
filosofía

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