domingo, 21 de septiembre de 2025

COMIENZA EL CURSO POLÍTICO

 



Todos recordamos la ilusión de comenzar curso y no repetir los fallos del curso anterior. La vida nos volvía a dar otra oportunidad y de nosotros dependía aprovecharla.

En política debería suceder algo parecido, pues conocemos perfectamente los fallos habidos y los remedios posibles. En el caso español, el ruido de la bronca y la crispación entre los partidos y los bloques políticos es ensordecedor. Y la consecuencia más llamativa de ello es que a la gente le entra un desasosiego que le obliga a emigrar de la política y pasar a militar en un ámbito de frivolidad y pasotismo realmente peligrosos. Si a los políticos no les importa la política, ¿por qué les tiene que importar a los ciudadanos de a pie? El ascenso de Vox como opción electoral cada día más firme, especialmente entre la juventud, es la plasmación más evidente de lo dicho. Votar a Vox es un castigo que muchos ciudadanos dan a los dos grandes partidos políticos españoles. Lo que supone un retroceso en nuestro itinerario democrático tras la superación de la dictadura franquista. Vox es el franquismo redimido. Y el PP, que procede de la Alianza Popular franquista que no apoyó la Constitución de 1978, y que tiene una derivada en Vox, está abandonando la senda democrática para entrar en aguas peligrosas. Su arrastre por Vox es escalofriante. Y un gobierno PP-Vox parece irreversible.

Ante esta situación, el PSOE está cayendo en la tentación de apoyarse en dos principios para seguir en el poder: 1) Fomentar el miedo a Vox, con lo que lo está engordando; y 2) Apoyarse en aliados más que peligrosos (los famosos socios de investidura), especialmente los nacionalismos separatistas, lo que supone pan para hoy y hambre para mañana. Hablar de España con Bildu, PNV, Esquerra, Junts y BNG de la mano, no es serio. La gente no se lo cree.

La política tiene una característica aristotélica fundamental: la prudencia. Que no consiste en ser pacato o temeroso, sino en pro-videre, en ver más allá de y antes que. Un buen político mira y ve más lejos que los demás. Y sabe esperar. Y no se vende al aparente mejor postor. Sabe que la política es a largo plazo y que la coherencia es el capital político más importante. La gente recuerda más de lo que parece y, como en el juicio final, premia a los buenos y castiga a los malos.

Por todo ello, para que la política vuelva a la senda de la ilusión que alumbró este país tras el estallido constitucional de 1978, los dos grandes partidos españoles deben regresar a la centralidad donde han conseguido sus mayores logros. Los pactos de Estado deberían volver a ser los instrumentos habituales para superar las grandes crisis como la actual (recuérdese los famosos y eficaces Pactos de la Moncloa en la Transición). Pero ello requiere de buenos y prudentes políticos que hagan viable esta reconversión. Políticos que piensen en lo general y no en lo particular.

Si, por el contrario, comenzamos este curso y volvemos a enzarzarnos en las broncas y peleas de insultos, chascarrillos y el “y tú más”, más propios de barras de bar que de políticos rigurosos, seguiremos profundizando en nuestros desvaríos y volveremos a ser un país sin ilusión y con regreso a la caverna de la que pensábamos haber salido. Si en este curso volvemos a la bronca política permanente, es posible que la mayoría social española explote. Cada vez hay más análisis hablando de las semejanzas de la actualidad política con los años treinta (recuerden a Mussolini, Hitler, Franco, Segunda Guerra mundial, Stalin). Hoy existen Trump, Putin y unos cuantos corifeos, sin hablar de los grandes regímenes orientales (sin elecciones, con partido único y economía centralistamente dirigida).

En estos momentos, en España no hace política el PP, pero tampoco la hace el PSOE. Ambos están enredados en si va a haber elecciones anticipadas o no. El primero las quiere para llegar al gobierno, y el segundo no las quiere para permanecer en él. Mientras tanto, no firman ningún acuerdo ni nada que se le parezca. Ahí siguen esperando la acción política asuntos tan graves como: la vivienda, el cambio climático, la crisis migratoria, la corrupción, nuestro papel internacional, el precario futuro de la juventud, la financiación autonómica, el asunto federalismo constitucional versus confederalismo inconstitucional… ¡Ah! Y la catarata de juicios y sentencias judiciales pendientes en uno y otro lado del espectro político. Y Feijóo, de karaoke.

¡En fin! Oscuro y difícil se presenta el futuro de nuestro país.  Vivimos de sorpresa en sorpresa. Como se suele decir en Aragón, esto es un sin vivir.

Mariano Berges, profesor de filosofía

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