Todos recordamos la ilusión de
comenzar curso y no repetir los fallos del curso anterior. La vida nos volvía a
dar otra oportunidad y de nosotros dependía aprovecharla.
En política debería suceder algo
parecido, pues conocemos perfectamente los fallos habidos y los remedios
posibles. En el caso español, el ruido de la bronca y la crispación entre los
partidos y los bloques políticos es ensordecedor. Y la consecuencia más llamativa
de ello es que a la gente le entra un desasosiego que le obliga a emigrar de la
política y pasar a militar en un ámbito de frivolidad y pasotismo realmente
peligrosos. Si a los políticos no les importa la política, ¿por qué les tiene
que importar a los ciudadanos de a pie? El ascenso de Vox como opción electoral
cada día más firme, especialmente entre la juventud, es la plasmación más
evidente de lo dicho. Votar a Vox es un castigo que muchos ciudadanos dan a los
dos grandes partidos políticos españoles. Lo que supone un retroceso en nuestro
itinerario democrático tras la superación de la dictadura franquista. Vox es el
franquismo redimido. Y el PP, que procede de la Alianza Popular franquista que
no apoyó la Constitución de 1978, y que tiene una derivada en Vox, está
abandonando la senda democrática para entrar en aguas peligrosas. Su arrastre
por Vox es escalofriante. Y un gobierno PP-Vox parece irreversible.
Ante esta situación, el PSOE está
cayendo en la tentación de apoyarse en dos principios para seguir en el poder:
1) Fomentar el miedo a Vox, con lo que lo está engordando; y 2) Apoyarse en
aliados más que peligrosos (los famosos socios de investidura), especialmente
los nacionalismos separatistas, lo que supone pan para hoy y hambre para mañana.
Hablar de España con Bildu, PNV, Esquerra, Junts y BNG de la mano, no es serio.
La gente no se lo cree.
La política tiene una
característica aristotélica fundamental: la prudencia. Que no consiste en ser
pacato o temeroso, sino en pro-videre, en ver más allá de y antes que.
Un buen político mira y ve más lejos que los demás. Y sabe esperar. Y no se
vende al aparente mejor postor. Sabe que la política es a largo plazo y que la
coherencia es el capital político más importante. La gente recuerda más de lo
que parece y, como en el juicio final, premia a los buenos y castiga a los
malos.
Por todo ello, para que la política
vuelva a la senda de la ilusión que alumbró este país tras el estallido
constitucional de 1978, los dos grandes partidos españoles deben regresar a la
centralidad donde han conseguido sus mayores logros. Los pactos de Estado
deberían volver a ser los instrumentos habituales para superar las grandes
crisis como la actual (recuérdese los famosos y eficaces Pactos de la Moncloa en
la Transición). Pero ello requiere de buenos y prudentes políticos que hagan
viable esta reconversión. Políticos que piensen en lo general y no en lo
particular.
Si,
por el contrario, comenzamos este curso y volvemos a enzarzarnos en las broncas
y peleas de insultos, chascarrillos y el “y tú más”, más propios de barras de
bar que de políticos rigurosos, seguiremos profundizando en nuestros desvaríos
y volveremos a ser un país sin ilusión y con regreso a la caverna de la que
pensábamos haber salido. Si en este curso volvemos a la bronca política permanente,
es posible que la mayoría social española explote. Cada vez hay más análisis
hablando de las semejanzas de la actualidad política con los años treinta
(recuerden a Mussolini, Hitler, Franco, Segunda Guerra mundial, Stalin). Hoy
existen Trump, Putin y unos cuantos corifeos, sin hablar de los grandes regímenes
orientales (sin elecciones, con partido único y economía centralistamente
dirigida).
En estos momentos, en España no hace política el PP, pero tampoco la hace
el PSOE. Ambos están enredados en si va a haber elecciones anticipadas o no. El
primero las quiere para llegar al gobierno, y el segundo no las quiere para
permanecer en él. Mientras tanto, no firman ningún acuerdo ni nada que se le
parezca. Ahí siguen esperando la acción política asuntos tan graves como: la
vivienda, el cambio climático, la crisis migratoria, la corrupción, nuestro
papel internacional, el precario futuro de la juventud, la financiación
autonómica, el asunto federalismo constitucional versus confederalismo
inconstitucional… ¡Ah! Y la catarata de juicios y sentencias judiciales
pendientes en uno y otro lado del espectro político. Y Feijóo, de karaoke.
¡En fin! Oscuro y difícil se presenta el futuro de nuestro país. Vivimos de sorpresa en sorpresa. Como se
suele decir en Aragón, esto es un sin vivir.
Mariano
Berges, profesor de filosofía

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