viernes, 29 de noviembre de 2024

PEDRO SÁNCHEZ, PRESIDENTE DEL GOBIERNO

 


No cabe ninguna duda de que el actual Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es uno de los personajes públicos más fascinantes de la España actual. Entiéndase descriptivamente en cualquiera de los posibles significados de fascinar: atraer, encantar, seducir, cautivar, maravillar, alucinar, asombrar, deslumbrar, embelesar, hipnotizar, magnetizar, sugestionar, embrujar. Aunque otros usos menos propios son: engañar, ofuscar.

Puesto que en varios de mis artículos anteriores he dicho cosas muy variopintas de él (a favor y en contra), y que reconozco su capacidad magnética, voy a intentar relativizar y objetivar mi juicio, sin que los datos favorables me confieran condición alguna de sanchista (palabra que odio) ni los datos desfavorables me la confieran de antisanchista (palabra aún más odiosa). Manifestar mi libre opinión es una obligación ética como ciudadano y como socialista.

Su manera de llegar a la Secretaría General del PSOE, en las dos ocasiones, ha sido a través de elecciones primarias, sin formar parte del aparato, y con mucha carga épica a sus espaldas. Su manera de llegar a la Presidencia del Gobierno por primera vez fue a través de una moción de censura contra Rajoy, procedimiento tan constitucional como el de unas elecciones generales. La segunda vez fue a través de unas elecciones generales que no ganó, pero consiguió la investidura por su capacidad de aglutinar una mayoría parlamentaria, frente a la incapacidad de su adversario Feijóo. Por lo tanto, es un Presidente del Gobierno de España y un Secretario General del PSOE, legal y legítimo. Cualquier descalificativo en su contra atenta al sistema democrático español.

¿Qué tal le ha ido a España durante sus mandatos? Bastante bien. Para llegar a tal evaluación positiva, podríamos repasar algunos datos de este tiempo: La economía española ha crecido, la inflación se ha controlado, el paro ha bajado, las pensiones y el salario mínimo han subido, se han aprobado muchas leyes con gran aceptación social, el independentismo ha disminuido, hay paz social, España tiene prestigio en Europa, y, a pesar de los catastrofistas, el apocalipsis no ha llegado. Quizás los españoles somos demasiado duros con la política española.

Entre los peros, algunos esgrimen que gobierna con separatistas vascos y catalanes. Aunque no es la primera vez que esto pasa ni, casi seguro, la última. Lo de etarras no tiene sentido porque ETA ya no existe. Otro argumento importante es que ha aprobado leyes de dudosa constitucionalidad: indultos y amnistía para los separatistas catalanes y, especialmente, el pacto fiscal con ERC (que aún no sabemos exactamente en qué consiste y, sobre todo, cómo se concretará). En mi opinión, los indultos fueron positivos; pero la amnistía, aunque yo pienso que es constitucional, me parece un grave error político. Los indultos ya habían desinflado el suflé independentista y la cárcel había serenado los ánimos de los delincuentes. Pero no me parece aceptable el pacto fiscal firmado con ERC, ni jurídicamente ni políticamente, ya que es un agravio a todos los españoles. Y dudo mucho de su viabilidad jurídica por su posible inconstitucionalidad.

Que la derecha política y mediática se han cebado en el antisanchismo es algo evidente. Sus argumentos son tan reiterativos como poco entitativos. Por mi parte, opino que, de todo lo expuesto, el argumento más grave que se puede oponer a Sánchez es el alto precio que ha pagado por los pactos con los independentistas catalanes. Alto precio que están constantemente cobrando. Podríamos aceptar los indultos y la amnistía, en los que hay dos claros ganadores: Sánchez, que se mantiene en el poder, y los propios separatistas catalanes, que son perdonados, aunque estos últimos, por su parte, no salvan ni la estética ni la ética. Pero así es la política.

Y hay otro grave defecto orgánico de Sánchez, aunque éste lo comparte con todos sus antecesores socialistas y con los de todos los partidos políticos: no acepta la más mínima crítica interna en su partido y cualquier discrepancia es rápidamente cortada con el castigo que proceda y sea posible. La autocracia orgánica parece ser connatural. Tampoco explica/razona algunas medidas que toma. Por ejemplo, el abandono saharaui en favor de Marruecos. Sus discursos políticos son, con frecuencia, más promesas publicitarias que acciones políticas. Y cómo no, el clientelismo político, también compartido con casi todos los políticos.

Entonces, ¿cuál es la razón de tanta inquina contra Sánchez? Sin duda ninguna, el estéril concepto que casi todos los políticos tienen del hecho de ser oposición. Piensan que su objetivo casi único es desacreditar al adversario gobernante. Pero, sobre todo, en el caso de un gobierno socialista, la oposición, llena de prejuicios y de tautologías, se basa en un sentimiento de que el poder, por naturaleza, debe ser ocupado por la derecha. Mientras que la ocupación por parte de la izquierda es un paréntesis erróneo y provisional de la historia.

Mariano Berges, profesor de filosofía

viernes, 15 de noviembre de 2024

La dana y el estado



Parece inevitable hablar de la tragedia acaecida en Valencia como consecuencia de la dana y sus efectos devastadores. La dificultad radica en no repetir lo que insistentemente hemos visto y oído en los medios de comunicación. Intentaré aportar algo propio.

 

Cuando hablo de lo público me refiero a los gobiernos y administraciones de todos los niveles. Y si hay una palabra que define bien lo público es la palabra Estado. El Estado es el mejor constructo que han inventado las sociedades más civilizadas desde la Modernidad para salvaguardar los intereses de su parte social más vulnerable. Cuanto más fuerte es un Estado mejor defendidos están los intereses de sus ciudadanos, al menos potencialmente. Aunque los intentos de menoscabar al Estado por parte de los sectores más reaccionarios de la sociedad son constantes y siempre envueltos en una poesía falsa, populista y demagoga. En Valencia se ha oído eso de “solo el pueblo salva al pueblo”.  Incluso los ingenuos lo han enviado por las redes sociales y wasap con la mejor de sus intenciones. El romanticismo en política es prólogo del fascismo. Por el contrario, el pueblo más inteligente y civilizado ayuda a configurar un Estado fuerte desde el que sus representantes democráticamente elegidos organicen la convivencia pacífica y salvífica de sus conciudadanos. Otra cosa es que los políticos elevados a los puestos representativos en ese Estado cumplan con su obligación. Ahí radica la mejora continua con que debemos fortalecerlo. La democracia solo se salva con más democracia. En una Administración Pública todo es Estado, desde los impuestos de los ciudadanos hasta el jefe del Estado, y todo debe estar coordinado. Si el gobierno central y los gobiernos autonómicos no están coordinados, el Estado de las autonomías no nos sirve, y poco habremos avanzado desde la España cantonalista.

 

Lo sucedido en Valencia no es un ejemplo del mal funcionamiento de la política española y, como consecuencia, de los servicios públicos, sino que es un ejemplo del mal funcionamiento de algunos políticos, porque no todos los políticos son iguales. Está claro que la gestión de la catástrofe valenciana por parte del gobierno autonómico ha sido un desastre: un gobierno autonómico irresponsable e incapaz. Que incluso ha querido tapar sus carencias con mentiras y medias verdades. No voy a enumerar conductas, horarios ni efectos, por entender que ya todos los hemos visto y leído hasta la saciedad. Pero la percepción negativa de su mala gestión es general y total. 

 

Casi todos los agentes intervinientes para paliar la tragedia son funcionarios públicos pertenecientes al Estado y han frenado una tragedia mayor. ¿Desde cuándo han estado presentes? He aquí una pregunta que convendría responder con propiedad. Se trata de la ya famosa duda de si la catástrofe era calificable como de nivel 2 o su entidad eran tan colosal que el gobierno central debería haber recabado para sí la gestión, como emergencia nacional y, por tanto, de nivel 3. Yo así lo creo, sobre todo después de ver la desastrosa gestión autonómica valenciana. Cuando los que están en primera línea son unos inútiles, tiene que operar la subsidiareidad estatal.  ¿Pecó de prudente el gobierno de la nación? ¿Recordaba el varapalo judicial de su primera alarma en la pandemia de la covid? ¿Temía que lo acusaran de invasión competencial en la autonomía valenciana? (acusación muy frecuente por parte de los nacionalismos). Estas y más preguntas se pueden formular sobre la descoordinación central y autonómica. Esperar a que lo pidan unos malísimos políticos que no saben ni cómo funcionan las alarmas, pronostica lo que sucedió. Lo que está claro es que un mecanismo más rápido y eficaz desde que Aemet y la Confederación Hidrográfica del Júcar sueltan su voz de alarma al principio del día 29, hubiera evitado muchas muertes.

 

En estos casos, sirve el ejemplo de Países Bajos, donde el 60% de sus habitantes viven por debajo del nivel de sus aguas. Y tienen un mecanismo cuyo funcionamiento automático y jerarquizado funciona con toda normalidad cuando sucede una emergencia. Es cierto que tras catástrofes pretéritas con resultados de muchas muertes. Pero han aprendido.

 

¿Aprenderemos nosotros, mejor dicho, nuestros políticos? ¿O nos pasará como con la pandemia de la covid? Que ha dejado el sistema sanitario español con un déficit de recursos materiales y personales tremendo y, sobre todo, con un vacío muy preocupante en cuanto a la toma de decisiones en sus inercias funcionales. ¿Dónde están todos los buenos propósitos al finalizar la pandemia para aumentar la resiliencia de nuestro sistema sanitario?

 

Como síntesis: 1) La naturaleza actúa y seguirá actuando libremente; 2) El urbanismo ilegal, alegal o irregular produce esos efectos tan devastadores; 3) Los malos políticos ni solucionan estos desmanes ni ninguno; 4) No se crean elementos neutralizadores que eviten las catástrofes naturales; 5) No aprendemos de los errores anteriores.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

 

viernes, 1 de noviembre de 2024

A PROPÓSITO DE ERREJÓN

 


A PROPÓSITO DE ERREJÓN

¿Por qué el caso Errejón ha traído y traerá tanto ruido mediático? Porque se han juntado dos dimensiones que tienen mucho morbo: política y sexo. Ambos aspectos son materia incendiaria, especialmente cuando es un famoso el agresor o la víctima. Las opiniones y comentarios van desde justificaciones con apariencia de análisis hasta críticas durísimas desde una postura justiciera y ocultadora de otros comportamientos cercanos a uno mismo. Qué serenidad nos hubiera dado una secuenciación de los hechos con una descripción objetiva, una valoración, obligatoriamente subjetiva, de los protagonistas y esperar a que se pronuncie la justicia. Pero dudo que nuestros medios de comunicación se priven de tan gran festín. 

En mi caso, y aprovechando el caso Errejón, voy a intentar hablar de cuestiones más básicas, como la sexualidad como derecho básico, del feminismo como igualdad de todas las personas, y de la ética como fundamento de la conducta personal. Son todas ellas cuestiones básicas que con frecuencia solemos olvidar y que son el fundamento de otros asuntos que, por ser de una rabiosa actualidad, nos distraen de lo básico y fundamental. Veremos qué sale.

La tendencia a identificar el bien con el placer recibe en filosofía moral el nombre de hedonismo. Y hay tantas versiones del hedonismo como significados se dan al término placer.  Las ciencias de la conducta (psicología, sexología) consideran el placer sexual como un factor de equilibrio y autorrealización de la persona, a la vez que una forma de comunicación y conocimiento interpersonal. Epicuro ha sido y es quien mejor representa este planteamiento, considerando que el bien supremo es el placer. Así pues, el hombre sabio sería aquel que cultiva todo aquello que contribuye a aumentar la felicidad (el placer) y a suprimir todo aquello que se le oponga (el dolor). Hay muchos más matices en Epicuro que no vienen al caso, aunque sí hay que dejar claro que el bien-placer que persigue Epicuro es una vida plena y gozosa en sentido integral (bien material e intelectual). Y el mal que intenta evitar es también el material y el psicológico o intelectual.

Concretemos un poco más. Las relaciones sexuales éticamente entendidas son siempre relaciones de reciprocidad e igualdad. Esto es algo no asumido totalmente en nuestra tradición cultural, ya que el varón ha sido normalmente el vértice del poder y dominio económico, cultural y social. Por el contrario, la situación de inferioridad y sometimiento de la mujer ha sido casi una constante en la historia de nuestra civilización. La Revolución Francesa de 1789 es el primer hito reivindicativo de la igualdad de derechos. Pero es a final del siglo XIX cuando las mujeres comienzan a organizarse y a luchar en pro de la igualdad de derechos civiles (movimientos sufragistas). Y a partir de los años sesenta del siglo XX se comenzará a gestar un movimiento feminista, que luchará por la igualdad del hombre y la mujer en todos los terrenos.

Si analizamos las normas y leyes de la actualidad en los países occidentales, podríamos atrevernos a decir que se ha conseguido la igualdad entre hombre y mujer. Sin embargo, la concreción o realización en la vida cotidiana de lo que las leyes dictan es bastante deficitaria. Pero se sigue avanzando, las mujeres van alcanzando puestos directivos prácticamente en todos los aspectos de la vida y de la sociedad. El varón va compartiendo, poco a poco, las tareas domésticas. Y el sexo va ejerciéndose cada vez más en situación de igualdad. Por descontado que hay todavía mucho margen de mejora en todo ello.

Sin embargo, aparecen casi a diario noticias de violaciones o vejaciones de la mujer en diferentes ámbitos, bien sean actitudes discriminatorias o netamente machistas. Lo que desdice la igualdad teórica que parece haber. Porque esta igualdad solo avanzará a través de la práctica consciente de cada uno en su vida cotidiana.

El caso Errejón no es tanto una vejación sexual contra la mujer, que lo es, sino un caso de abuso de poder o dominio, que se traduce en acoso sexual como se podía haber traducido en acoso laboral. En definitiva, se trata de un acto contra la igualdad interpersonal que, lejos de aprovechar una diferencia sexual enriquecedora, aniquila la comunicación y cosifica a la parte femenina. Viene bien aquí el consejo kantiano de hacer con los demás lo que te gustaría que hicieran contigo.

Mariano Berges, profesor de filosofía