A
PROPÓSITO DE ERREJÓN
¿Por qué el caso
Errejón ha traído y traerá tanto ruido mediático? Porque se han juntado dos
dimensiones que tienen mucho morbo: política y sexo. Ambos aspectos son materia
incendiaria, especialmente cuando es un famoso el agresor o la víctima. Las
opiniones y comentarios van desde justificaciones con apariencia de análisis
hasta críticas durísimas desde una postura justiciera y ocultadora de otros
comportamientos cercanos a uno mismo. Qué serenidad nos hubiera dado una
secuenciación de los hechos con una descripción objetiva, una valoración, obligatoriamente
subjetiva, de los protagonistas y esperar a que se pronuncie la justicia. Pero
dudo que nuestros medios de comunicación se priven de tan gran festín.
En mi caso, y
aprovechando el caso Errejón, voy a intentar hablar de cuestiones más básicas,
como la sexualidad como derecho básico, del feminismo como igualdad de todas
las personas, y de la ética como fundamento de la conducta personal. Son todas
ellas cuestiones básicas que con frecuencia solemos olvidar y que son el
fundamento de otros asuntos que, por ser de una rabiosa actualidad, nos
distraen de lo básico y fundamental. Veremos qué sale.
La tendencia a
identificar el bien con el placer recibe en filosofía moral el nombre de
hedonismo. Y hay tantas versiones del hedonismo como significados se dan al
término placer. Las ciencias de la
conducta (psicología, sexología) consideran el placer sexual como un factor de
equilibrio y autorrealización de la persona, a la vez que una forma de
comunicación y conocimiento interpersonal. Epicuro ha sido y es quien mejor
representa este planteamiento, considerando que el bien supremo es el placer.
Así pues, el hombre sabio sería aquel que cultiva todo aquello que contribuye a
aumentar la felicidad (el placer) y a suprimir todo aquello que se le oponga
(el dolor). Hay muchos más matices en Epicuro que no vienen al caso, aunque sí hay
que dejar claro que el bien-placer que persigue Epicuro es una vida plena y
gozosa en sentido integral (bien material e intelectual). Y el mal que intenta
evitar es también el material y el psicológico o intelectual.
Concretemos un poco más.
Las relaciones sexuales éticamente entendidas son siempre relaciones de
reciprocidad e igualdad. Esto es algo no asumido totalmente en nuestra
tradición cultural, ya que el varón ha sido normalmente el vértice del poder y
dominio económico, cultural y social. Por el contrario, la situación de
inferioridad y sometimiento de la mujer ha sido casi una constante en la
historia de nuestra civilización. La Revolución Francesa de 1789 es el primer
hito reivindicativo de la igualdad de derechos. Pero es a final del siglo XIX
cuando las mujeres comienzan a organizarse y a luchar en pro de la igualdad de
derechos civiles (movimientos sufragistas). Y a partir de los años sesenta del
siglo XX se comenzará a gestar un movimiento feminista, que luchará por la
igualdad del hombre y la mujer en todos los terrenos.
Si analizamos las
normas y leyes de la actualidad en los países occidentales, podríamos
atrevernos a decir que se ha conseguido la igualdad entre hombre y mujer. Sin
embargo, la concreción o realización en la vida cotidiana de lo que las leyes
dictan es bastante deficitaria. Pero se sigue avanzando, las mujeres van
alcanzando puestos directivos prácticamente en todos los aspectos de la vida y
de la sociedad. El varón va compartiendo, poco a poco, las tareas domésticas. Y
el sexo va ejerciéndose cada vez más en situación de igualdad. Por descontado
que hay todavía mucho margen de mejora en todo ello.
Sin embargo, aparecen
casi a diario noticias de violaciones o vejaciones de la mujer en diferentes
ámbitos, bien sean actitudes discriminatorias o netamente machistas. Lo que
desdice la igualdad teórica que parece haber. Porque esta igualdad solo
avanzará a través de la práctica consciente de cada uno en su vida cotidiana.
El caso Errejón no es
tanto una vejación sexual contra la mujer, que lo es, sino un caso de abuso de
poder o dominio, que se traduce en acoso sexual como se podía haber traducido
en acoso laboral. En definitiva, se trata de un acto contra la igualdad
interpersonal que, lejos de aprovechar una diferencia sexual enriquecedora,
aniquila la comunicación y cosifica a la parte femenina. Viene bien aquí el
consejo kantiano de hacer con los demás lo que te gustaría que hicieran
contigo.
Mariano
Berges, profesor de filosofía

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