viernes, 1 de noviembre de 2024

A PROPÓSITO DE ERREJÓN

 


A PROPÓSITO DE ERREJÓN

¿Por qué el caso Errejón ha traído y traerá tanto ruido mediático? Porque se han juntado dos dimensiones que tienen mucho morbo: política y sexo. Ambos aspectos son materia incendiaria, especialmente cuando es un famoso el agresor o la víctima. Las opiniones y comentarios van desde justificaciones con apariencia de análisis hasta críticas durísimas desde una postura justiciera y ocultadora de otros comportamientos cercanos a uno mismo. Qué serenidad nos hubiera dado una secuenciación de los hechos con una descripción objetiva, una valoración, obligatoriamente subjetiva, de los protagonistas y esperar a que se pronuncie la justicia. Pero dudo que nuestros medios de comunicación se priven de tan gran festín. 

En mi caso, y aprovechando el caso Errejón, voy a intentar hablar de cuestiones más básicas, como la sexualidad como derecho básico, del feminismo como igualdad de todas las personas, y de la ética como fundamento de la conducta personal. Son todas ellas cuestiones básicas que con frecuencia solemos olvidar y que son el fundamento de otros asuntos que, por ser de una rabiosa actualidad, nos distraen de lo básico y fundamental. Veremos qué sale.

La tendencia a identificar el bien con el placer recibe en filosofía moral el nombre de hedonismo. Y hay tantas versiones del hedonismo como significados se dan al término placer.  Las ciencias de la conducta (psicología, sexología) consideran el placer sexual como un factor de equilibrio y autorrealización de la persona, a la vez que una forma de comunicación y conocimiento interpersonal. Epicuro ha sido y es quien mejor representa este planteamiento, considerando que el bien supremo es el placer. Así pues, el hombre sabio sería aquel que cultiva todo aquello que contribuye a aumentar la felicidad (el placer) y a suprimir todo aquello que se le oponga (el dolor). Hay muchos más matices en Epicuro que no vienen al caso, aunque sí hay que dejar claro que el bien-placer que persigue Epicuro es una vida plena y gozosa en sentido integral (bien material e intelectual). Y el mal que intenta evitar es también el material y el psicológico o intelectual.

Concretemos un poco más. Las relaciones sexuales éticamente entendidas son siempre relaciones de reciprocidad e igualdad. Esto es algo no asumido totalmente en nuestra tradición cultural, ya que el varón ha sido normalmente el vértice del poder y dominio económico, cultural y social. Por el contrario, la situación de inferioridad y sometimiento de la mujer ha sido casi una constante en la historia de nuestra civilización. La Revolución Francesa de 1789 es el primer hito reivindicativo de la igualdad de derechos. Pero es a final del siglo XIX cuando las mujeres comienzan a organizarse y a luchar en pro de la igualdad de derechos civiles (movimientos sufragistas). Y a partir de los años sesenta del siglo XX se comenzará a gestar un movimiento feminista, que luchará por la igualdad del hombre y la mujer en todos los terrenos.

Si analizamos las normas y leyes de la actualidad en los países occidentales, podríamos atrevernos a decir que se ha conseguido la igualdad entre hombre y mujer. Sin embargo, la concreción o realización en la vida cotidiana de lo que las leyes dictan es bastante deficitaria. Pero se sigue avanzando, las mujeres van alcanzando puestos directivos prácticamente en todos los aspectos de la vida y de la sociedad. El varón va compartiendo, poco a poco, las tareas domésticas. Y el sexo va ejerciéndose cada vez más en situación de igualdad. Por descontado que hay todavía mucho margen de mejora en todo ello.

Sin embargo, aparecen casi a diario noticias de violaciones o vejaciones de la mujer en diferentes ámbitos, bien sean actitudes discriminatorias o netamente machistas. Lo que desdice la igualdad teórica que parece haber. Porque esta igualdad solo avanzará a través de la práctica consciente de cada uno en su vida cotidiana.

El caso Errejón no es tanto una vejación sexual contra la mujer, que lo es, sino un caso de abuso de poder o dominio, que se traduce en acoso sexual como se podía haber traducido en acoso laboral. En definitiva, se trata de un acto contra la igualdad interpersonal que, lejos de aprovechar una diferencia sexual enriquecedora, aniquila la comunicación y cosifica a la parte femenina. Viene bien aquí el consejo kantiano de hacer con los demás lo que te gustaría que hicieran contigo.

Mariano Berges, profesor de filosofía

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