A pesar de que son famosos algunos pensadores sobre la política (Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Marx, MaxWeber…), lo cierto es que la realidad es mucho más prosaica, los pensadores y la política nunca se han llevado muy bien. El sentido de inmediatez de la política no casa bien con la quietud del pensamiento. Es inmensa la lista de los pensadores que han fracasado en política. Y viceversa, a pocos políticos se les ha sorprendido con un pensamiento en la mente, y menos aún, expresándolo. Sería descabalgado inmediatamente. En política se llevan más los estrategas, o mejor dicho, los tacticistas. Incluso los ideólogos (es distinta la ideología al pensamiento) se van también extinguiendo.
Pensar, reflexionar, filosofar, es una manera de entender el mundo y estar
en él, cultivando la acción racional, dudando y juzgando con imparcialidad. Y con
esos mimbres, ¿qué pensar sobre lo que está ocurriendo en este nuevo milenio?
Inseguridad, inestabilidad, populismos ineficaces y democracias en peligro. En
definitiva, se trata de una regresión del Estado de bienestar, que se plasma en
el deterioro de la sanidad, educación y servicios sociales. En este sentido,
hay una cierta contradicción, pues el bienestar está más extendido que nunca en
el mundo, aunque las diferencias en el disfrute de ese bienestar son mayores
que nunca, pues también las expectativas son mayores que nunca. Son las
democracias del primer mundo las que están en crisis, pues los nuevos fascismos
no son Hitler, Mussolini o Franco, sino una demagogia populista que se apodera
de las instituciones y de la mentalidad social. A veces, las llamamos
identidades, nacionalismos, xenofobia, racismo, aporofobia…
Parece ser que la caída del Muro de Berlín y la implosión de los regímenes comunistas
es la línea que separa el siglo XX del XXI. En Occidente creímos que ese derrumbe
supondría el triunfo de la civilización y la democracia liberal, que las
guerras acabarían y regiría la paz mundial. Y resulta que nos encontramos con
unas democracias debilitadas, con sucesivas crisis económicas y una paz mundial
amenazada. En estos momentos, Ucrania, Palestina y un sinfín de guerras
cronificadas, que ni aparecen en los medios, son el pan nuestro de cada día.
La socialdemocracia, que aparece tras la Segunda Guerra Mundial, fue la
manera política de solventar los problemas existenciales de las sociedades
democráticas y su receta es el famoso Estado de bienestar. La creación de las
plusvalías económicas y un reparto más o menos justo es la fórmula que se puso
de moda e hizo avanzar el derecho, la ciencia y la economía. En definitiva, la
política. Pero ese Estado de bienestar hay que estar alimentándolo
continuamente y ahí es donde nos encontramos, pues la fiscalidad democrática
que debe acompañar a esa política está fracasando. La UE, que quizás sea el
intento más serio en esta línea redistributiva, a pesar de muchos fallos y
renuncias, está intentando actuar de conciencia estimulante ante los renuentes
políticos europeos. Los italianos Draghi y Letta son los nombres de moda en la actualidad
en su intento de estimular la recuperación económico-política de Europa.
Sin embargo, los dirigentes políticos actuales van casi siempre por detrás
de los acontecimientos. Esto en política se llama incompetencia, pues al ser
envueltos por los problemas, carecen de la objetividad necesaria para su
comprensión y solución. Entonces, como la política siempre parece tener ese
carácter de urgencia, aparece el populismo como receta mágica, que no es otra
cosa que aplicar soluciones simples a problemas complejos. Esto es lo más ineficaz
que puede haber en política, aunque parezca que obtienen pequeños triunfos en
la inmediatez. El problema se complica, al no ser solo los políticos los que
entran en esa vorágine populista, también los medios de comunicación forman
parte del festín. Y, por si éramos pocos, las redes sociales nos acompañan en
esta farsa interminable.
En la actualidad, la palabra de moda en política es polarización.
Proliferan cuentos al gusto de cada bando. El discurso político y las opiniones
en los medios tienden al extremismo, provocando el sectarismo y la
polarización. La razón y los hechos tienen poca cabida. Todo son promesas y la
política es más propaganda que política. Los discursos son huecos y demagógicos.
Y la gente, votantes y militantes, se dividen en fans o enemigos. Las
discusiones políticas son tan futbolísticas que hacen que la política y el
fútbol sean las realidades más visibles y menos reales.
Mariano Berges, profesor de filosofía
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