EL
PORQUÉ DE LAS COSAS Y DE LAS OPINIONES
Normalmente enunciamos
situaciones, opiniones y pensamientos un tanto dogmáticamente, sin matices y
sin argumentos que justifiquen lo enunciado. Lo que trae como consecuencia que
no haya debates ni discusiones mínimamente aceptables dialécticamente. Y lo que
es peor, las opiniones que vencen públicamente son las impulsadas por los
altavoces más potentes o por el poder más consistentemente establecido.
Actualmente (ya hace
tiempo) se habla mucho sobre Cataluña. Y el gobierno frankestein, que
bautizara Rubalcaba, fue una consecuencia del posicionamiento pro
independentista catalán de Sánchez para conseguir su investidura. Hablamos de
Cataluña, pero no argumentamos por qué son buenos o malos los distintos
posicionamientos u opiniones sobre Cataluña.
Pues bien, pienso que
habría que razonar y motivar el porqué de nuestras opiniones. No sirven ni
enriquecen el debate las declaraciones taxativas sin argumentar ni razonar ni
secuenciar los considerandos en que nos basamos. Y si tomamos como ejemplo el
debate público sobre Cataluña, habría que empezar diciendo que cuando hablamos
de Cataluña, en estos momentos, hablamos del nacionalismo catalán, y más
todavía, del nacionalismo independentista catalán. Y entonces tendríamos que
analizar y discutir sobre el nacionalismo. Respecto del cual mi opinión es que
el nacionalismo es incompatible con la libertad, pues, en el fondo es una forma
de racismo, ya que se cree superior respecto a los que no pertenecen a su
credo. Es, en definitiva, renunciar a la razón por un acto de fe. Y los
nacionalismos (catalán y vasco) hay que combatirlos políticamente, sin
complejos de inferioridad, en aras de una convivencia más democrática y más justa.
Ello supone que los grandes partidos (PSOE y PP) deben posicionarse
democráticamente en una defensa del Estado, resistiendo los chantajes nacionalistas
y redistribuyendo los recursos por los distintos territorios autonómicos en
función de los criterios que conjunta y democráticamente se acuerden. La Constitución
ha propugnado un federalismo embrionario que casa mal con las bilateralidades
que los nacionalismos defienden, y que los partidos con vocación de Estado
deben atajar por todos los medios.
Y así debemos proceder
con todas las cuestiones, arrancando de conceptos básicos para ir avanzando
hacia conclusiones válidas, en principio para mí, y posteriormente intentar
convencer a los demás de la bondad de mis argumentos. Y siempre bajo el imperio
de la ley. Hay que convencer, no vencer. Kant, nada sospechoso de sectarismo,
decía que “la historia es la historia de la educación de la humanidad hacia la
libertad bajo el imperio de la ley”.
Y seguimos razonando.
¿Por qué cada partido, en concreto el PSOE y los partidos nacionalistas
catalanes, hacen lo que hacen, si ya se vio en 2017 que la independencia no era
viable? Es más, hasta la mayoría de los partidarios de la independencia han
corregido su postura. ¿Por qué, pues, se posicionan en defensa de lo inviable?
Da la impresión de que los chantajes de unos, las mentiras de otros, la
estigmatización de los disidentes y, sobre todo, la cada día menor presencia
del Estado en los territorios nacionalistas independentistas, va aumentando,
contra toda lógica constitucionalista y democrática.
La consecuencia de todo
ello es la pérdida de la centralidad política por parte del PSOE, su declive en
los sondeos (menos en el CIS), su incapacidad para legislar y su imposibilidad
para aprobar los presupuestos. No tiene mucho sentido estar por estar en el
gobierno de la nación si la utilidad para los españoles es casi nula. Incluso
las muy buenas estadísticas de la macroeconomía española empequeñecen ante la
tozuda realidad de la microeconomía de los muchos españoles reales, a los que
no les llega la bonanza de las grandes cifras. España sigue siendo el país de
más paro en Europa, donde los jóvenes son más precarios y más tarde se
emancipan de los hogares paternos (añádase su imposibilidad para adquirir una
vivienda), la sanidad y la educación pública han bajado de calidad (y mucho) respecto
a tiempos recientemente anteriores, la atención a la dependencia deja mucho que
desear, etc.
Como colofón formulo
una pregunta: ¿qué pasaría si el PSOE no cediera al chantaje nacionalista,
aunque fuera al precio de perder el poder? Nada. El PSOE necesita rearmarse, ideológica
y orgánicamente, volver a ocupar la centralidad política y esperar mejores
tiempos. Si algo han demostrado las sucesivas elecciones es que la sociedad española
tiene un fino olfato para estructurar mayorías. El confusionismo y la
polarización actuales son consecuencia del confusionismo y polarización políticas.
Debemos trazar proyectos, defender ideas lógicas y tratar de convencer a la
mayoría social de que nuestra propuesta es la más conveniente para nuestro
país. Eso y no otra cosa es una política madura.
Y, como siempre,
reivindico el derecho a equivocarme.
Mariano
Berges, profesor de filosofía

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