Parece inevitable hablar de la tragedia acaecida en Valencia como consecuencia de la dana y sus efectos devastadores. La dificultad radica en no repetir lo que insistentemente hemos visto y oído en los medios de comunicación. Intentaré aportar algo propio.
Cuando hablo de lo público me refiero a los gobiernos y administraciones de
todos los niveles. Y si hay una palabra que define bien lo público es la
palabra Estado. El Estado es el mejor constructo que han inventado las
sociedades más civilizadas desde la Modernidad para salvaguardar los intereses
de su parte social más vulnerable. Cuanto más fuerte es un Estado mejor
defendidos están los intereses de sus ciudadanos, al menos potencialmente. Aunque
los intentos de menoscabar al Estado por parte de los sectores más
reaccionarios de la sociedad son constantes y siempre envueltos en una poesía
falsa, populista y demagoga. En Valencia se ha oído eso de “solo el pueblo
salva al pueblo”. Incluso los ingenuos
lo han enviado por las redes sociales y wasap con la mejor de sus intenciones.
El romanticismo en política es prólogo del fascismo. Por el contrario, el
pueblo más inteligente y civilizado ayuda a configurar un Estado fuerte desde
el que sus representantes democráticamente elegidos organicen la convivencia
pacífica y salvífica de sus conciudadanos. Otra cosa es que los políticos
elevados a los puestos representativos en ese Estado cumplan con su obligación.
Ahí radica la mejora continua con que debemos fortalecerlo. La democracia solo se
salva con más democracia. En una Administración Pública todo es Estado, desde
los impuestos de los ciudadanos hasta el jefe del Estado, y todo debe estar
coordinado. Si el gobierno central y los gobiernos autonómicos no están
coordinados, el Estado de las autonomías no nos sirve, y poco habremos avanzado
desde la España cantonalista.
Lo sucedido en Valencia no es un ejemplo del mal funcionamiento de la
política española y, como consecuencia, de los servicios públicos, sino que es
un ejemplo del mal funcionamiento de algunos políticos, porque no todos los
políticos son iguales. Está claro que la gestión de la catástrofe valenciana
por parte del gobierno autonómico ha sido un desastre: un gobierno autonómico irresponsable
e incapaz. Que incluso ha querido tapar sus carencias con mentiras y medias
verdades. No voy a enumerar conductas, horarios ni efectos, por entender que ya
todos los hemos visto y leído hasta la saciedad. Pero la percepción negativa de
su mala gestión es general y total.
Casi todos los agentes intervinientes para paliar la tragedia son funcionarios
públicos pertenecientes al Estado y han frenado una tragedia mayor. ¿Desde
cuándo han estado presentes? He aquí una pregunta que convendría responder con
propiedad. Se trata de la ya famosa duda de si la catástrofe era calificable
como de nivel 2 o su entidad eran tan colosal que el gobierno central debería
haber recabado para sí la gestión, como emergencia nacional y, por tanto, de
nivel 3. Yo así lo creo, sobre todo después de ver la desastrosa gestión
autonómica valenciana. Cuando los que están en primera línea son unos inútiles,
tiene que operar la subsidiareidad estatal. ¿Pecó de prudente el gobierno de la nación? ¿Recordaba
el varapalo judicial de su primera alarma en la pandemia de la covid? ¿Temía
que lo acusaran de invasión competencial en la autonomía valenciana? (acusación
muy frecuente por parte de los nacionalismos). Estas y más preguntas se pueden
formular sobre la descoordinación central y autonómica. Esperar a que lo pidan
unos malísimos políticos que no saben ni cómo funcionan las alarmas, pronostica
lo que sucedió. Lo que está claro es que un mecanismo más rápido y eficaz desde
que Aemet y la Confederación Hidrográfica del Júcar sueltan su voz de alarma al
principio del día 29, hubiera evitado muchas muertes.
En estos casos, sirve el ejemplo de Países Bajos, donde el 60% de sus
habitantes viven por debajo del nivel de sus aguas. Y tienen un mecanismo cuyo
funcionamiento automático y jerarquizado funciona con toda normalidad cuando
sucede una emergencia. Es cierto que tras catástrofes pretéritas con resultados
de muchas muertes. Pero han aprendido.
¿Aprenderemos nosotros, mejor dicho, nuestros políticos? ¿O nos pasará como
con la pandemia de la covid? Que ha dejado el sistema sanitario español con un
déficit de recursos materiales y personales tremendo y, sobre todo, con un
vacío muy preocupante en cuanto a la toma de decisiones en sus inercias
funcionales. ¿Dónde están todos los buenos propósitos al finalizar la pandemia
para aumentar la resiliencia de nuestro sistema sanitario?
Como síntesis: 1) La naturaleza actúa y seguirá actuando libremente; 2) El
urbanismo ilegal, alegal o irregular produce esos efectos tan devastadores; 3)
Los malos políticos ni solucionan estos desmanes ni ninguno; 4) No se crean
elementos neutralizadores que eviten las catástrofes naturales; 5) No
aprendemos de los errores anteriores.
Mariano Berges, profesor de filosofía

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