No cabe ninguna duda de que el actual Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es uno de los personajes públicos más fascinantes de la España actual. Entiéndase descriptivamente en cualquiera de los posibles significados de fascinar: atraer, encantar, seducir, cautivar, maravillar, alucinar, asombrar, deslumbrar, embelesar, hipnotizar, magnetizar, sugestionar, embrujar. Aunque otros usos menos propios son: engañar, ofuscar.
Puesto que en varios de mis artículos anteriores he dicho
cosas muy variopintas de él (a favor y en contra), y que reconozco su capacidad
magnética, voy a intentar relativizar y objetivar mi juicio, sin que los datos
favorables me confieran condición alguna de sanchista (palabra que odio)
ni los datos desfavorables me la confieran de antisanchista (palabra aún
más odiosa). Manifestar mi libre opinión es una obligación ética como ciudadano
y como socialista.
Su manera de llegar a la Secretaría General del PSOE, en
las dos ocasiones, ha sido a través de elecciones primarias, sin formar parte
del aparato, y con mucha carga épica a sus espaldas. Su manera de llegar a la Presidencia
del Gobierno por primera vez fue a través de una moción de censura contra
Rajoy, procedimiento tan constitucional como el de unas elecciones generales.
La segunda vez fue a través de unas elecciones generales que no ganó, pero
consiguió la investidura por su capacidad de aglutinar una mayoría
parlamentaria, frente a la incapacidad de su adversario Feijóo. Por lo tanto,
es un Presidente del Gobierno de España y un Secretario General del PSOE, legal
y legítimo. Cualquier descalificativo en su contra atenta al sistema
democrático español.
¿Qué tal le ha ido a España durante sus mandatos? Bastante
bien. Para llegar a tal evaluación positiva, podríamos repasar algunos datos de
este tiempo: La economía española ha crecido, la inflación se ha controlado, el
paro ha bajado, las pensiones y el salario mínimo han subido, se han aprobado
muchas leyes con gran aceptación social, el independentismo ha disminuido, hay
paz social, España tiene prestigio en Europa, y, a pesar de los catastrofistas,
el apocalipsis no ha llegado. Quizás los españoles somos demasiado duros con la
política española.
Entre los peros, algunos esgrimen que gobierna con
separatistas vascos y catalanes. Aunque no es la primera vez que esto pasa ni,
casi seguro, la última. Lo de etarras no tiene sentido porque ETA ya no existe.
Otro argumento importante es que ha aprobado leyes de dudosa
constitucionalidad: indultos y amnistía para los separatistas catalanes y,
especialmente, el pacto fiscal con ERC (que aún no sabemos exactamente en qué
consiste y, sobre todo, cómo se concretará). En mi opinión, los indultos fueron
positivos; pero la amnistía, aunque yo pienso que es constitucional, me parece
un grave error político. Los indultos ya habían desinflado el suflé
independentista y la cárcel había serenado los ánimos de los delincuentes. Pero
no me parece aceptable el pacto fiscal firmado con ERC, ni jurídicamente ni
políticamente, ya que es un agravio a todos los españoles. Y dudo mucho de su
viabilidad jurídica por su posible inconstitucionalidad.
Que la derecha política y mediática se han cebado en el antisanchismo
es algo evidente. Sus argumentos son tan reiterativos como poco entitativos.
Por mi parte, opino que, de todo lo expuesto, el argumento más grave que se
puede oponer a Sánchez es el alto precio que ha pagado por los pactos con los
independentistas catalanes. Alto precio que están constantemente cobrando. Podríamos
aceptar los indultos y la amnistía, en los que hay dos claros ganadores:
Sánchez, que se mantiene en el poder, y los propios separatistas catalanes, que
son perdonados, aunque estos últimos, por su parte, no salvan ni la estética ni
la ética. Pero así es la política.
Y hay otro grave defecto orgánico de Sánchez, aunque éste
lo comparte con todos sus antecesores socialistas y con los de todos los partidos
políticos: no acepta la más mínima crítica interna en su partido y cualquier
discrepancia es rápidamente cortada con el castigo que proceda y sea posible. La
autocracia orgánica parece ser connatural. Tampoco explica/razona algunas
medidas que toma. Por ejemplo, el abandono saharaui en favor de Marruecos. Sus
discursos políticos son, con frecuencia, más promesas publicitarias que
acciones políticas. Y cómo no, el clientelismo político, también compartido con
casi todos los políticos.
Entonces, ¿cuál es la razón de tanta inquina contra
Sánchez? Sin duda ninguna, el estéril concepto que casi todos los políticos
tienen del hecho de ser oposición. Piensan que su objetivo casi único es
desacreditar al adversario gobernante. Pero, sobre todo, en el caso de un
gobierno socialista, la oposición, llena de prejuicios y de tautologías, se
basa en un sentimiento de que el poder, por naturaleza, debe ser ocupado por la
derecha. Mientras que la ocupación por parte de la izquierda es un paréntesis
erróneo y provisional de la historia.
Mariano Berges, profesor de
filosofía

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