¿Es la guerra la continuación de la política por otros medios, tal como dijo Clausewvitz? Si miramos a Gaza y Ucrania, parece que sí, incluidos los intervalos, como, ojalá no, podría ser esta tregua trumpista en Palestina. Y, a la inversa, ¿es la política una guerra por otros medios? No nos vayamos a EEUU, sino a España: la dialéctica entre PP y PSOE es terrible y no parece que pueda existir ninguna colaboración democrática entre los dos únicos partidos que pueden gobernar en España.
No siempre ha sido así, aunque
nunca haya habido entre ellos ningún gobierno de coalición. Pero, ¿qué pasará
si en las próximas elecciones, sean cuando sean, sale un resultado semejante al
anterior, incluso más ingobernable, y nadie puede formar gobierno con sus
coaligados “naturales”? Habría que pensar en cambiar de políticos. En Italia ya
lo hicieron con gobernantes tecnocráticos hace unos años.
Pero cabría pensar de otra
manera, porque la pluralidad de opciones con representación parlamentaria no es
sinónimo de ingobernabilidad. Sería una buena ocasión para hacer de la
necesidad virtud, y apareciese una nueva saga de políticos colaborativos y se
pusiesen a pensar en la sociedad y sus ciudadanos en vez de en sí mismos.
Porque la política es, fundamentalmente, colaborar en la solución de los
problemas del país. La política debe funcionar con proyectos sociales de
envergadura estatal, con un proyecto de país que marque el futuro y, sobre
todo, debe dar confianza a los ciudadanos. Sin confianza no puede haber
política ni país.
En la política, en cierto
modo, debe suceder algo parecido a la empresa. Los gestores han de ser
referentes de valores que coticen en la actualidad: integridad, capacidad de
dirección de equipos, accesibilidad, aptitud para la comunicación, empatía,
transparencia, confianza… En fin, menos ideología y más ideas. Ya hace muchos
años que la Nueva Política predicaba esto mismo, pues ya no estamos
en épocas de una ideología fuerte o de grandes paradigmas inamovibles. Gilles Lipovetsky,
con sus reflexiones sobre lo efímero, el consumo y las modas, hace
también muchos años que ha quitado solemnidad a la filosofía, en la línea que
hace aún más años, Guy Debord abordaba en La sociedad del espectáculo.
La empresa ha dejado de ser solo un negocio para convertirse en un proyecto
social, y el empresario es un líder con función de coordinador. Así entiendo yo
que debería ser la política, sin la fuerza avasalladora que tienen los líderes
y los aparatos, que convierten a los afiliados en meros fans o hooligans.
La clase dirigente debe ser
interpelada por los propios, con argumentos y con libertad. Porque si solo es
interpelada por los adversarios, la interpelación se convierte en batalla y ahí
los argumentos no existen, que son sustituidos por los insultos y las
descalificaciones. Y si los electores desean que el número de partidos
políticos con representación parlamentaria sea grande, es que está exigiendo
acuerdos transversales para solucionar los problemas de la sociedad española.
La sociedad ha cambiado tanto
que no somos capaces ni de conceptualizarla. Ya no es solo el tránsito de los
viejo a lo nuevo, como nos decía la vieja dialéctica. Es que nosotros mismo
como personas ya no somos los mismos, sino que tenemos que esperar a que nos
definan los nuevos valores emergentes con sus nuevas categorías. El laicismo,
el feminismo (con sus variantes), la globalización en la comunicación y la
digitalización en la economía son fenómenos que requieren nuevos políticos que,
de momento, no han salido todavía a la palestra. Transacción, pacto y
colaboración son palabras de futuro inmediato.
A los medios de comunicación
habría que dedicarles el mismo discurso anterior. También para ellos han
cambiado los tiempos, y no a mejor. La controversia medios-redes sociales no me
parece muy bien planteada. Déjese a las redes su ruidosa charlatanería y
dedíquense los medios a contar los hechos comprobados. El público de unos y
otros sabrá a qué atenerse. Lo peor es la mezcolanza de ambos, y ya no digamos
el partidismo de algunos medios, con su selección de hechos y su interpretación
sesgada.
Todos debemos contribuir a una
convivencia social de la mejor manera posible. No es necesario renunciar a
nuestras creencias, basta con respetar las de los demás y contrastarlas con las
nuestras. Y dudar. Solo de la duda sale la luz.
Mariano Berges, profesor de
filosofía

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