Este es el título del programa de actos
que el Gobierno de España está celebrando durante el año 2025 para conmemorar
el cincuenta aniversario de la muerte de Franco. Manifiesta con ello que la muerte del dictador
es el momento cero desde el que arranca nuestro Estado democrático. Como los
españoles somos de mucho discutir, enseguida salió a la palestra si es ese el
punto de partida indicado o si es 1977, año de las primeras elecciones
generales en libertad, o si 1978, año de la aprobación de la Constitución
Española, o 1979, primeras elecciones generales plenamente democráticas, o 23 de
febrero de 1981, superación del golpe de Estado del 23-F.
En mi opinión, y respetando todos los
gustos, el año 1975 me parece un punto de partida perfectamente válido, pues la
muerte de Franco es el momento y condición sine qua non para que el
proceso de recobrar las libertades democráticas perdidas con el golpe de Estado
de 1936 comience a andar.
Los cuarenta años de dictadura, añadidos
a los tres de Guerra (in)Civil, fueron una prueba de fuego para la sociedad
española, incluidos aquellos españoles que pensaban que eran afortunados. Grave
error, pues una dictadura proveniente de un golpe de Estado contra un régimen
legal y legítimo, como fue la II República española, nunca es bueno para nadie.
Por cierto, que entre los que más sufrieron la dictadura franquista están los
militantes de todos los grupos de izquierda: anarquistas, comunistas, maoístas,
socialistas …, pero si algún partido puede representar mejor que nadie la lucha
antifranquista, ese fue el PCE. No sobraría durante este año, un reconocimiento
público al PCE, independientemente de los posicionamientos políticos de cada
uno. Su sacrificio y su coste en vidas y sufrimientos bien lo merece. No hay
que identificar a los comunistas españoles con el totalitarismo dictatorial y
asesino de Stalin. Si acaso, al principio de su existencia, cuando la URSS fue
un espejismo para muchos. Y Carrillo fue un personaje clave en el advenimiento
de la democracia española.
Entre los objetivos que debería tener
este año de celebración deberían estar fundamentalmente los jóvenes, pues
tienen el peligro de pensar que esto de la democracia es algo gratuito que
viene de la nada, por simple nacimiento dentro de unas coordenadas espacio-temporales
que les ha caído en suerte. Pues no, y los mayores deberíamos dedicar algo de nuestro
tiempo a explicar a los más jóvenes algo de la génesis de esta democracia, sin
miedo a caer en batallitas de abuelo cebolleta ni a resucitar enfrentamientos fratricidas
ni sectarios. La verdad histórica, con sus precedentes y sus consecuencias, no
tiene por qué ofender a nadie. Ni nadie tiene que sentirse culpable por
proximidad familiar a unos u otros. Incluso muchos de los combatientes en el
bando fascista lo fueron por puro azar geográfico, cronológico o laboral.
Especialmente los jóvenes son hijos de
la democracia española que brota de la Constitución de 1978 y que algunos de
sus mayores peleamos y pusimos nuestro granito de arena para su advenimiento. Actualmente,
en sondeos rigurosos, parece ser que un gran porcentaje de jóvenes,
acostumbrados a gobiernos democráticos y a una sociedad madura y avanzada, no
valora en su justa medida la situación que han heredado. Y van a la contra de
sus mayores, haciendo la ola a Vox y similares, por eso de ir en contra de la
situación establecida (propio de jóvenes, dirán algunos). Como si eso fuera
condición de modernos. Pues no, eso, aparte de un error científico, es un error
histórico propio de una sociedad acrítica, bastante huérfana de valores
democráticos y con una instalación acomodaticia de los mayores de la tribu, que
no somos capaces de mostrar el hilo histórico y procesual de nuestro país. Alguna
razón de ello la tiene el fracaso del 11-M y la responsabilidad política
correspondiente.
Y lo peor aún es que, en el mundo
occidental, ese que creíamos el más civilizado, ilustrado y democrático, esas
fuerzas ciegas de la ultraderecha, nacidas en los aledaños de una derecha
revanchista, cada día son más numerosas e influyentes. Estamos, pues, en un
momento de fuerte crisis interna y externa. Con el emperador Trump como jefe
máximo de la economía y del poder militar, no estamos para trivialidades. Debemos
retomar nuestro orgullo europeo, proveniente de la Ilustración (inglesa y
francesa), y volver a indicar el horizonte humanista y progresista que nos hizo
merecedores de los mejores años de la humanidad. Eso sí, teniendo en cuenta que
el cambio de paradigma mundial por el giro estadounidense es brutal.
Mariano Berges,
profesor de filosofía

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