El 6 de diciembre celebramos en España el día de la Constitución. Se trata, sin duda alguna, de la celebración más importante de todo el año, pues los españoles actuales somos hijos de la Constitución de 1978. Precisamente en este año de 2025, en que celebramos (sí, yo lo celebro) la muerte de Franco, hecho que constituyó la condición “sine qua non” del final de la dictadura y que permitió caminar hacia la democracia. Pero los tres años que transcurrieron entre 1975 y 1978 (aprobación de la CE) fueron unos años terroríficos, con atentados y asesinatos prácticamente a diario, por parte de radicalismos de izquierda y derecha. No hay más que recordar el asesinato múltiple en el despacho de CCOO en la calle de Atocha de Madrid y el posterior y fallido golpe de estado del 23F de 1981. Y, sobre todo, con una incertidumbre política y social tremenda de cuál iba a ser nuestro futuro, pues los interrogantes y dudas eran muy numerosos.
Menos mal que ese
tiempo que llamamos Transición, fue un tiempo modélico y transcendente, pues el
consenso que se logró entre las distintas fuerzas políticas fue realmente
espectacular. Los Pactos de la Moncloa (entonces la inflación española estaba
en el 26%) y la aprobación de la Constitución, junto a la presión de la
sociedad española a favor de las libertades y de la instauración formal de una
democracia, fueron hitos dignos de recordar porque dieron lugar a la época más
fructífera de la historia de España.
Durante aquellos años,
muchos políticos recordaban el discurso que Manuel Azaña pronunció en Barcelona,
casi al final de la Guerra Civil, y que en sus frases finales decía: “Cuando
a otras generaciones les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español
vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de
destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen el mensaje de la patria
eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón…” Ya sé que es un
texto muy reproducido en artículos y libros, pero a mí me sigue emocionando.
Por eso lo cito.
La ponencia que elaboró
la CE la formaban 7 parlamentarios representantes de todo el espectro político
existente en las cortes constituyentes de 1977: UCD, PSOE, PCE, AP y minoría
catalana. Y, aunque el tiempo todo lo relativiza, hubo discusiones muy fuertes,
especialmente en torno al modelo económico, educativo y autonómico. Sin
embargo, la urgencia para dar forma a una constitución y asentar la democracia
era algo tan necesario que todos cedieron en cuestiones esenciales hasta ese
momento. Y recalco esto porque, en la actualidad, estamos tan lejos de un
consenso semejante que sonroja a cualquiera que tenga un poco de sensatez.
La CE es, en opinión de
muchos expertos, una de las más progresistas del mundo. La definición de España
como un “estado social y democrático de derecho”, cuyos valores superiores son
la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, supone un giro
de 180 grados a la España que estábamos abandonando. Y, a modo de ejemplo, hay
que citar la incidencia que tuvo Carrillo (Secretario General del Partido Comunista
de España) para llegar a un consenso, cuando en plena discusión sobre el tipo
de régimen para España, dijo aquello de que no nos estábamos jugando si
República o Monarquía, sino que lo que estábamos dilucidando era Democracia sí
o no. Es significativa aquella foto de la primera reunión del Comité Ejecutivo
del PCE ya legalizado, con la bandera rojigualda presidiendo la reunión.
La España fruto de
estos 47 años constitucionales ha conseguido tres logros fundamentales:
consolidar la democracia, desarrollar un Estado moderno e integrarse plenamente
en Europa. Y aunque en la actualidad se comenta la dispersión de los jóvenes en
cuestión de opciones electorales, hay que discernir entre lo que es consecuencia
de una opción seria y argumentada de lo que es consecuencia del desconocimiento
y desinformación. Para ello, propongo que por parte de todos los elementos
sociales (no solo profesores) nos esforcemos en explicar a los jóvenes la
España del siglo XX. Algo así como una Unidad Didáctica con los siguientes
apartados: 1) II República (1931-1936); 2) Guerra Civil (1936-1939); 3)
Dictadura franquista (1939-1975); 4) Democracia (1975-2025). Uso términos
objetivos con nomenclatura histórica. Y a partir de ahí, cada uno se esfuerza
en argumentar y contraargumentar lo que estime procedente al interior de cada
época. La objetividad de los hechos históricos sirve, entre otras cosas, para
decir menos tonterías.
Mariano
Berges, profesor de filosofía

No hay comentarios:
Publicar un comentario