Las paradojas y contradicciones de nuestra época actual se reflejan espectacularmente en la juventud, una etapa que debería de ser puro entusiasmo y vitalidad y soñadora de un futuro brillante, y en la que, sin embargo, abundan la depresión y la ansiedad, con unas perspectivas de futuro peores que las de sus padres y con una situación económica difícil para consolidar un proyecto de vida.
Es lógico que los jóvenes sean los que más han caído en la depresión. Las
escalas de felicidad han cambiado radicalmente y los adultos jóvenes son los
más frustrados en la actualidad. Tan es así que los estudios de salud mental
hoy se centran especialmente en esa edad. Parece ser que la proliferación de
las redes sociales tiene bastante que ver con esta situación, como consecuencia
de su abuso y su alta presión psicológica. El abuso de móviles y otros
dispositivos electrónicos aíslan a los jóvenes de su entorno social de una manera
patológica, de manera que la depresión, incluso el suicidio, operan de tal
manera que convierten al joven en un ser asociado a la salud mental. El consumo
de antidepresivos es habitual y, muchas veces, excesivo.
Un informe de FOESSA de esta semana pasada incide en esta misma tesis. Dice
que “La juventud española vive con
profundo pesimismo ante su futuro, marcado por la precariedad laboral, las
dificultades de acceso a la vivienda, la dependencia familiar y la
imposibilidad de construir un proyecto vital autónomo”. Por el contrario, nosotros, los mayores, estábamos
seguros que nuestro futuro iba a ser muchísimo mejor que el de nuestros padres.
Una vida que arranca de un pasado y presente con carencias y que camina hacia
un futuro inevitablemente mejor, proporciona una vida plena. Justo lo contrario
que nuestros sucesores.
Parece ser que los boomers hemos educado a nuestros hijos para un
mundo que finalizó con nosotros. Nos hemos quedado con el mundo y con sus
rentas. A los jóvenes solo les queda vivir muchos años para poder pagar
nuestras deudas y excesos. Nuestros milenials (nuestros hijos), tildados
de vagos, tontos o inútiles, han perdido no solo su futuro sino su presente.
Siguen viviendo al amparo de sus padres, con lo que su persistencia va ser pura
herencia biológico-económica y nunca conquista personal. La educación,
especialmente la universidad, que fue un ascensor social para nosotros, no
supone una solución ni para sobrevivir hoy: el 25% de los jóvenes de hoy está
en el paro. Y los culpabilizamos a ellos, “que no han luchado como nosotros por
un futuro mejor”.
Y, por si fuera poco, los jóvenes de ahora son mucho más de derecha que los
de otras épocas. Su antiestablishment los sitúa en la derecha frente al
izquierdismo de sus antepasados. Con una izquierda acomodaticia y segura de sí
misma, los jóvenes se oponen desde la derecha, incluso desde la extrema
derecha. Vox tiene una mina de votos con esta juventud precaria. Y, como casi
todo en la vida, tiene una lógica. Si los jóvenes no ven un futuro claro,
tienen que apostar por otro tipo de política, tienen que optar por otro orden
social que les dé posibilidad de empleo y vivienda. He aquí las dos palabras
clave: empleo y vivienda. Las dos palabras que hicieron triunfar a la
socialdemocracia clásica. Ser de
derechas hoy es lo contracultural, frente al gobierno y al orden establecido. Y
aún más. Según el CIS (?), entre los jóvenes de entre 18 y 24 años hay mayoría
que piensan que la democracia es peor que la dictadura franquista. ¿Ganas de
epatar? Cierto es que los jóvenes siempre han necesitado un enemigo contra el
que vivir y sentir.
Pero volviendo a terrenos más
racionales, los jóvenes tienen razones para estar molestos, su emancipación no
es posible en muchos casos: el empleo y la vivienda, elementos imprescindibles
para la emancipación, o no existen o son tan precarios que no sirven. Cosa que
los mayores la tenemos razonablemente resuelta hace muchos años. Sin embargo, los
jóvenes coquetean con Vox, que niega el cambio climático (bandera juvenil), que
no se oponen a la subida de precios de alquileres y ventas de viviendas, que propugnan
la bajada de impuestos para fomentar el empleo y votan en contra de la
reducción de jornada. Una aparente contradicción.
Pero no se trata de una crisis
juvenil sino de sociedad, que nos afecta a todos y a todos nos hipoteca, pues
desgarra la sociedad y amenaza el Estado de bienestar. En mi opinión, el problema de la precariedad de los
jóvenes españoles es el problema político fundamental en estos momentos. Y no
solo porque están en el paro sino porque incluso los que trabajan, tienen un
sueldo tan mísero que no abandonarán nunca la pobreza. Nos estamos cargando la
clase media, que ha sido tradicionalmente el colchón de España.
Estadísticamente, nuestros jóvenes son ya pobres, incluso aunque trabajen. Y el
mercado laboral español ofrece pocas alternativas.
Mariano Berges, profesor de filosofía

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