“Sócrates al paredón” titulaba Carlos Sánchez hace unos días su artículo en El Confidencial. Y desgranaba una serie de ideas y realidades sobre la ausencia de pensamiento crítico dignas de tener en cuenta. Dicho artículo me ha inspirado este.
Situándonos en la esfera pública,
los pensadores, ensayistas, intelectuales, o como se quiera llamarlos, han
desparecido de un tiempo a esta parte. Históricamente,
la labor de interpretación de la realidad social ha correspondido a los intelectuales.
Ya no es así: las tertulias, las redes sociales,
las controversias triviales, las denuncias vacías de contenido… campan cual Cid
Campeador por las tierras de España. El famoseo es un término venido a más y su
campo de acción es cada día más amplio. Siendo nulo el contenido intelectual
que emana de su cerebro. Y no es eso lo peor, sino que los tradicionales medios
de comunicación dedican gran parte de su tiempo y contenido a extender el eco
de redes y famosos, con lo que el efecto multiplicador de las tonterías y
chorradas se eleva a la enésima potencia. ¿Cuánto durará esta maldita moda con
apariencia de modernidad? Que los dioses nos protejan, porque Trump y su
multimillonario amigo Elon Musk van a posibilitar que esta inercia tan negativa
se extienda por todo el mundo. En la actualidad, están apoyando a la extrema
derecha en Alemania.
Además, este tipo de inercia
funciona como un tsunami de la trivialidad, que opera con envoltorio “crítico”
contra el pensamiento y la política tradicionales. La consecuencia es que la agenda pública la fijan hoy las redes sociales, cuya capacidad de polarización social es infinita, con las
consecuencias que ello tiene. Y si los pensadores y políticos tradicionales insisten
en vencerlos con sus propias armas, mal nos irá. Mal nos está yendo. Corren
malos tiempos para la lírica. Como mucho, nos da para una épica tozolonera y chapucera,
donde la magnitud cuantitativa se impone a la cualitativa de una manera
escandalosa. La retórica y la autopublicidad de los políticos ocupa la mayor
parte de su espacio expositivo. Y los oyentes y potenciales seguidores de estos
altavoces políticos responden exclusivamente al ruido atronador y al folklore
de los charlatanes de moda en cada momento. Nunca como ahora han sido tan
necesarios la humildad y el silencio para, al menos, no embotar las
inteligencias ajenas con tanta vaciedad y ruido.
Yo, personalmente, que procuro
estar informado de lo que entiendo importante para mi tiempo y espacio, tengo
la percepción de que los medios de comunicación fundamentalmente se dedican a llenar
mi silencio de ruido publicitario y a imposibilitar lo poco que mi humilde
pensamiento podría producir. Y, aunque mi ausencia de las redes sociales es
total, me entero sin remedio de las tonterías que estas transmiten a través del
eco en los medios públicos. Imposible evitar el interesado ruido “crítico” de
nuestro tiempo. Añádase a esto la falsa batalla cultural de la educación donde
la cantidad vuelve a imponerse abrumadoramente sobre la calidad. Qué labor tan
poco grata tienen y les espera a los docentes de todos los niveles. Recuerdo una
viñeta de mi admirado El Roto en la que dos niños estaban dedicados
afanosamente a descifrar sus respectivos dispositivos electrónicos y uno le
dice al otro “nos dan esto para que no miremos por la ventana”. Los cambios de
perspectiva, de paradigma, de modelo, de vida, han cambiado tanto en tan poco
tiempo que el lenguaje ya no sirve para comunicar, sino para manipular y, por
tanto, para engañar.
Si la información solo sirve para
llegar al poder y, desde el poder, manipular la siguiente información, el bucle
esterilizador del progreso está garantizado. La estética y la ética (¡ay Hegel!)
han caído bajo las garras del algoritmo que nos marca el itinerario si queremos
estar al día. De lo contrario, nos convertiremos en fósiles descontextualizados
respecto de la “modernidad” que nos invade.
Ya siento lo negra que me ha salido
esta crónica quincenal, pero no puedo dejar de expresarla. No tanto por mí, que
ya tengo la existencia amortizada, ni por mis hijos, que, de alguna manera, ya
están fuertemente condicionados y casi determinados (espero que para bien). La
negritud de mi crónica es aviso para navegantes, como mi nieto Eliot, y todo
aquel que tenga a bien pensar sobre todo esto.
Para neutralizar un poco la
oscuridad de lo dicho, cierto es que el futuro no está escrito, aunque sí
pergeñado, y pueden surgir rebeldes con causa, a los que no les va a faltar un
arduo trabajo de desbroce y clarificación. De momento, hagamos buena política y
buen periodismo. Y hasta me atrevo a pedir una especie de cruzada: boicoteemos
las malas redes sociales, que suelen ser las tecnológicamente fuertes, y que
son las que están engordando a la extrema derecha.
Mariano Berges, profesor de filosofía

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