viernes, 10 de enero de 2025

¿DÓNDE ESTÁN LOS PENSADORES?

 


 
“Sócrates al paredón” titulaba Carlos Sánchez hace unos días su artículo en El Confidencial. Y desgranaba una serie de ideas y realidades sobre la ausencia de pensamiento crítico dignas de tener en cuenta. Dicho artículo me ha inspirado este.

Situándonos en la esfera pública, los pensadores, ensayistas, intelectuales, o como se quiera llamarlos, han desparecido de un tiempo a esta parte. Históricamente, la labor de interpretación de la realidad social ha correspondido a los intelectuales. Ya no es así: las tertulias, las redes sociales, las controversias triviales, las denuncias vacías de contenido… campan cual Cid Campeador por las tierras de España. El famoseo es un término venido a más y su campo de acción es cada día más amplio. Siendo nulo el contenido intelectual que emana de su cerebro. Y no es eso lo peor, sino que los tradicionales medios de comunicación dedican gran parte de su tiempo y contenido a extender el eco de redes y famosos, con lo que el efecto multiplicador de las tonterías y chorradas se eleva a la enésima potencia. ¿Cuánto durará esta maldita moda con apariencia de modernidad? Que los dioses nos protejan, porque Trump y su multimillonario amigo Elon Musk van a posibilitar que esta inercia tan negativa se extienda por todo el mundo. En la actualidad, están apoyando a la extrema derecha en Alemania.

Además, este tipo de inercia funciona como un tsunami de la trivialidad, que opera con envoltorio “crítico” contra el pensamiento y la política tradicionales. La consecuencia es que la agenda pública la fijan hoy las redes sociales, cuya capacidad de polarización social es infinita, con las consecuencias que ello tiene. Y si los pensadores y políticos tradicionales insisten en vencerlos con sus propias armas, mal nos irá. Mal nos está yendo. Corren malos tiempos para la lírica. Como mucho, nos da para una épica tozolonera y chapucera, donde la magnitud cuantitativa se impone a la cualitativa de una manera escandalosa. La retórica y la autopublicidad de los políticos ocupa la mayor parte de su espacio expositivo. Y los oyentes y potenciales seguidores de estos altavoces políticos responden exclusivamente al ruido atronador y al folklore de los charlatanes de moda en cada momento. Nunca como ahora han sido tan necesarios la humildad y el silencio para, al menos, no embotar las inteligencias ajenas con tanta vaciedad y ruido.

Yo, personalmente, que procuro estar informado de lo que entiendo importante para mi tiempo y espacio, tengo la percepción de que los medios de comunicación fundamentalmente se dedican a llenar mi silencio de ruido publicitario y a imposibilitar lo poco que mi humilde pensamiento podría producir. Y, aunque mi ausencia de las redes sociales es total, me entero sin remedio de las tonterías que estas transmiten a través del eco en los medios públicos. Imposible evitar el interesado ruido “crítico” de nuestro tiempo. Añádase a esto la falsa batalla cultural de la educación donde la cantidad vuelve a imponerse abrumadoramente sobre la calidad. Qué labor tan poco grata tienen y les espera a los docentes de todos los niveles. Recuerdo una viñeta de mi admirado El Roto en la que dos niños estaban dedicados afanosamente a descifrar sus respectivos dispositivos electrónicos y uno le dice al otro “nos dan esto para que no miremos por la ventana”. Los cambios de perspectiva, de paradigma, de modelo, de vida, han cambiado tanto en tan poco tiempo que el lenguaje ya no sirve para comunicar, sino para manipular y, por tanto, para engañar.

Si la información solo sirve para llegar al poder y, desde el poder, manipular la siguiente información, el bucle esterilizador del progreso está garantizado. La estética y la ética (¡ay Hegel!) han caído bajo las garras del algoritmo que nos marca el itinerario si queremos estar al día. De lo contrario, nos convertiremos en fósiles descontextualizados respecto de la “modernidad” que nos invade.

Ya siento lo negra que me ha salido esta crónica quincenal, pero no puedo dejar de expresarla. No tanto por mí, que ya tengo la existencia amortizada, ni por mis hijos, que, de alguna manera, ya están fuertemente condicionados y casi determinados (espero que para bien). La negritud de mi crónica es aviso para navegantes, como mi nieto Eliot, y todo aquel que tenga a bien pensar sobre todo esto.

Para neutralizar un poco la oscuridad de lo dicho, cierto es que el futuro no está escrito, aunque sí pergeñado, y pueden surgir rebeldes con causa, a los que no les va a faltar un arduo trabajo de desbroce y clarificación. De momento, hagamos buena política y buen periodismo. Y hasta me atrevo a pedir una especie de cruzada: boicoteemos las malas redes sociales, que suelen ser las tecnológicamente fuertes, y que son las que están engordando a la extrema derecha.

Mariano Berges, profesor de filosofía

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