El final de año siempre es una
tentación hacer balances analíticos y propósitos de enmienda. Y el principio de
año, el 1 de enero, es una fecha mítica que parece dotarnos de un impulso
adánico y transformador de toda la vulgaridad que ha sido el contexto en que
nos hemos movido hasta ahora.
Bueno, pues por qué no cumplir
con el tópico y, de paso, cumplir con mi obligación de articulista quincenal.
Veremos qué sale.
Desde mi perspectiva de
jubilado profesional, ya fuera del mercado, aunque con cosas por contar, me
sorprendo con una biografía de cuarenta años de vida pública, veinte como
docente y otros veinte como cargo público en distintas instituciones
(ayuntamientos, Gobierno de Aragón, Diputación Provincial de Zaragoza, Universidad
de Zaragoza). Nunca olvido ni renuncio de mi profesión. Mi docencia de la
filosofía en el Instituto de Ejea y en el mítico Mixto 4 de Zaragoza la
recuerdo con emoción y agradecimiento. No sé si mis alumnos aprendieron algo de
mí, espero que sí, pero yo sí que aprendí de mis alumnos, de mi esfuerzo por
comunicarme con ellos y de sus preguntas-respuestas hacia lo que yo daba por
sentado, pero que a ellos no les parecía tan sentado.
Sobre mi alter-ego político,
mi visión es algo más poliédrica. Empezaré diciendo que me siento un político
fracasado. Mis intenciones platónicas de convertirme en un filósofo-político
quedaron en eso… buenas intenciones. Puede ser que alguien recuerde algún
indicio prometedor, pero la falta de continuidad en la ajetreada vida política
y la ausencia total de coordinación y planificación institucionales dejan un
saldo raquítico para el común de la sociedad.
¿Quiere esto decir que mi vida
(u otras vidas semejantes) sea una vida sin sentido? No lo sé. Tendría que
profundizar en qué es eso de la vida y, sobre todo, qué es una vida con
sentido. Para ayudarme en tan ardua tarea vuelvo una y muchas veces a los Ensayos
de Montaigne. ¡Qué humildad, sentido común y sabiduría rezuman! Y, aunque toda
autobiografía es siempre selectiva, favorablemente selectiva, hay que evitar
cualquier mínimo sesgo hagiográfico. Aunque siempre te viene a la cabeza esa
cita de Hölderlin: “Si me analizo, un enano, pero, si me comparo…”. Al final,
siempre te agarras a un clavo ardiendo. Un poco de autoestima es imprescindible
para sobrevivir.
Pero a lo que íbamos. De mi
presencia a lo largo de cuarenta años en la vida pública ¿ha quedado algo? Y
aquí llega, para mi sorpresa, lo novedoso. Sí, ha quedado algo, ha quedado mi
vida. Lo que yo he aprendido y que me ha permitido vivir con una calidad
mínima. De lo que yo he dicho y hecho, ignoro si ha servido para alguien, pero
a mí sí que me ha servido. Mi vida se ha hecho “golpe a golpe, verso a verso” a
través de mi experiencia. Una experiencia, siempre consciente y reflexionada,
que me ha impulsado al tramo vital siguiente. Al final, me atrevo a sostener
que he tenido una vida interesante en su sentido etimológico de inter-est, lo
que está en mí, lo que me afecta, lo que me da sentido. El gran escultor
Chillida decía que solo se hace bien lo que no se sabe hacer, mientras uno aprende.
Luego, cuando ya lo sabe, se repite y se oxida. La creatividad ha desaparecido.
Quizás eso sea la vida, ir
aprendiendo y experimentando. Quizás la enseñanza sea pensar en voz alta y oír
tu eco en los demás. Quizás no existen los finales, y menos los finales felices.
Si algo son las utopías son horizontes lejanos, u-tópicos y u-crónicos (fuera
de lugar y de tiempo), imposibles de alcanzar, pero cuya visión y referencia te
indican el itinerario. Y ese itinerario, balbuceante, imperfecto, inacabado y
siempre futuro, constituye tu vida.
Bueno, pues aquí estoy,
intentando autodefinirme sartrianamente, en un proyecto de libertad inacabada.
Si el hombre son sus actos, cuya definición solo es posible al final de tu vida,
esta es mi vida, lo que soy, el resto es excipiente literario.
Y colorín colorado este
artículo se ha acabado.
¡Ah! Feliz año 2025. Sigamos
con nuestras vidas, que es nuestro único tesoro. Luego, ya muertos, alguien nos
recordará. Y mientras eso ocurra, mi vida seguirá existiendo como referencia
para otros. Esa y no otra es la única inmortalidad.
Mariano Berges,
profesor de filosofía

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