Confieso de entrada que me aburren, y mucho, los debates políticos actuales en España (que son los únicos que conozco). La cantidad de obviedades y generalidades que se dicen, suponen auténticas fotocopias unos de otros. Prácticamente, puedes adelantar lo que va a decir uno y otro sin necesidad de oírlos. Los debates a 8 son difíciles de analizar, pues son monólogos con poca sinergia entre sí. En teoría son más fecundos los debates a 2. Al menos, cabe una cierta discusión sobre algunas cuestiones importantes. Aunque depende también de la entidad de los dos rivales, pues también se da el hecho de que los dos no discuten, sino que ejecutan dos monólogos, cada uno a su aire.
En principio,
los partidos con posibilidad de gobernar (en estos momentos, solo PSOE y PP)
tienen más responsabilidad en su discurso y sus propuestas, pues les puede
tocar ponerlas en práctica, y los ciudadanos pueden verificar la seriedad y
coherencia de sus planteamientos. Aunque en esta sociedad plagada de redes
sociales y una excesiva cantidad de medios de comunicación, no es fácil tal
verificación, pues entre “cambiar de opinión” y “hacer lo contrario de lo que
dije”, es difícil discernir. Y, además, para su traducción popular ya están los
hooligans de cada bando. En fin, francamente difícil y muy poco erótico.
Por el
contrario, los pequeños partidos sin posibilidad de gobernar (como mucho,
pueden complementar) son más atrevidos y variopintos en sus discursos y
propuestas. Pueden ser más divertidos. Pero España es ya un país veterano en su
práctica democrática y no suele tragar con casi nada. El escepticismo español
es histórico en todas sus épocas. La literatura está llena de ejemplos. Un
ejemplo magnífico de lo que digo es el libro “El legado de Galdós: los
mimbres de la política y su cuarto oscuro” (Los libros de la Catarata,
2023), de mi querido amigo Rafael Jiménez Asensio. Merece la pena leerlo.
Generalmente,
los discursos de los políticos en los debates se reducen a criticar lo que ha
hecho el rival, o su partido, y a exponer el retablo de las maravillas que
vamos a tener si gobierna él/ella. Tampoco aquí los españoles suelen tragar. Y
más bien las elecciones suelen traducir tendencias que los sondeos suelen
adelantar, y que actúan por ciclos de ocho años. En un momento dado, le toca
gobernar al PP y en otro momento, al PSOE. Es como si el elector español, en su
infinita bondad, permitiese a todos su oportunidad y su rectificación.
Llegado a este
momento del artículo, se me ocurre pensar lo fácil que sería para PSOE y PP
pactar media docena de grandes asuntos de Estado, dejando de lado sus
principios más ideológicos, y comprometerse a respetarlos y ejecutarlos. No
entrañaría ningún peligro para ninguno de los dos partidos, pues dichos asuntos
podrían dejarlos incluso al margen de cualquier debate público, previa asunción
pública de dichos asuntos por parte de ambos partidos.
Precisamente
en esto suelen fallar los debates, que son más un examen de líderes que un
conjunto de propuestas transformadoras reales y creíbles. Y lo que sí que
suelen reflejar los debates a nivel autonómico es la falsa creencia de que en
nuestra comunidad autónoma tenemos los resortes del magnífico futuro que nos
espera si somos nosotros los gobernantes. Porque una cosa está clara: que las
cuestiones importantes no se solucionan en Aragón, algunas ni en España. Europa
suele ser el horizonte de la solución. Y lo que sí deben hacer los partidos
aragoneses mayoritarios es presionar y convencer a sus cúpulas estatales para
que pacten los grandes asuntos de Estado: economía, empleo, arquitectura
institucional y el núcleo básico del Estado de bienestar. Y, juntos, negociar
en Europa qué papel queremos jugar, garantizando nuestro rigor y lealtad en los
objetivos a conseguir.
La situación
actual es, como casi en todas las épocas, de emergencia, pues casi siempre hay
objetivos o propuestas importantes que desarrollar. En estos momentos hay
asuntos de vital importancia como la vivienda; un empleo digno y dignamente
pagado; el empobrecimiento de nuestras clases medias; el problema de los
jóvenes precarios sin posibilidad de emancipación; el adelgazamiento paulatino
del Estado de bienestar, que se traduce especialmente en la sanidad, educación
y dependencia.
En definitiva,
los mítines y debates políticos deberían ser más sustanciosos y relacionados
con la realidad que nos rodea, pues el lenguaje político, con mucha frecuencia,
en vez de transformar la realidad sirve para enmascararla. Porque tanto callar
cuando hay que hablar como hablar sin decir nada es uno de los grandes fraudes
de la política.
Mariano Berges, profesor de
filosofía

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