viernes, 28 de noviembre de 2025

50 AÑOS sin franco

 


Ante la avalancha de artículos y opiniones, desde distintas perspectivas, yo voy a tirar en parte por un apunte testimonial de mi propia vida, sin afán de epatar ni modelizar, y un comentario más general de conjunto.

Cuando Franco muere, el 20 de noviembre de 1975, yo tengo 29 años y, lógicamente, ya tenía plena conciencia de lo que la dictadura franquista suponía para el conjunto de España, incluidos los vencedores, pues en estos casos de flagrante injusticia, apoyada en leyes inicuas e inmorales, los vencidos son los vencedores morales y los vencedores son los vencidos morales. Yo, entonces, soy un profesional de la docencia en el Instituto de Bachillerato de Ejea desde el año 1972. Y desde ese año hasta 1979 en que soy elegido alcalde de Ejea, mi dedicación es doble: en mi tiempo laboral lo dedico a mis tareas docentes lo mejor que sé y puedo, y durante mi tiempo libre me dedico a una función eminentemente moral: luchar en la medida de mis posibilidades contra la dictadura franquista. En el tardofranquismo y en la Transición, y en un ámbito rural, esta labor política estaba teñida de un barniz cultural progresista y antifranquista como envoltorio de su matriz política. Era obligado. Si como dice George Steiner, en el fondo todo es traducción, se trataba de traducir lo que pasaba y lo que no pasaba. La gente entendía más que antes de la traducción y, sobre todo, intuía dónde estaba la razón y la verdad.

Como eran tiempos anteriores a la existencia legal de los partidos políticos, mi actuación era formalmente al margen de ellos. Y ese fue el procedimiento que yo, con mucha más gente, usé para llegar a la alcaldía: al frente de una candidatura independiente, integrada por los sindicatos, las asociaciones de vecinos y los partidos políticos de izquierdas (excepto el PSOE). Que una candidatura independiente se imponga a la UCD y al PSOE de aquel momento no fue una tarea fácil.

El tardofranquismo y la Transición fueron para mí emocionantes y laboriosos. Hice cuanto pude y, honestamente, no lo hice mal del todo. Al menos, esa es mi autopercepción. Aunque la memoria siempre es selectiva y autocomplaciente con uno mismo. Luego, a partir de 1979, vino la gestión municipal, con el 23 de febrero incluido, pero esto ya es otra historia.

Desde una perspectiva más general, la España franquista era, sobre todo, un erial político, pero también fue un vacío tremendo en lo cultural y en lo existencial. Cierto es que, en la distancia, las cosas se edulcoran y se relativizan, pero en el momento de su vivencia la adrenalina se disparaba. Las fechas de 1977, primeras elecciones generales democráticas, de 1978, aprobación de la Constitución Española, de 1982, las elecciones ganadas por el PSOE y que constituyeron las primeras elecciones “normales” en España, son referencias indispensables en la España de hoy. La entrada de España en Europa constituye nuestra mayoría de edad política. A partir de ahí, la sociedad española es semejante a la europea, aunque siempre con un origen que no acabamos de digerir.

Contar el franquismo a los 50 años de la muerte del dictador constituye una labor imposible en un artículo breve y divulgativo como este. Quizás habría que dejarlo para ponencias académicas de mayor extensión y preguntarnos sencillamente qué significa hoy ser demócratas, pues no parece que, en estos momentos de excesiva polarización y cainismo políticos, lo tengamos muy claro. Ser demócrata hoy, y siempre, está muy por encima de cualquier adhesión a cualquier partido político.

Documentar exhaustivamente los crímenes del franquismo (golpe de 1936, la Guerra Civil, 40 años de dictadura con represión, torturas, ejecuciones, desaparecidos…) no se ha hecho realmente, y menos aún se ha explicado en fase escolar a los españoles. Y si el pasado no se entiende bien, el presente y el futuro no se pueden diseñar bien. Por eso hay algunos jóvenes en la actualidad que ven aspectos positivos en el franquismo. ¿Por qué? Sin duda ninguna, por desconocimiento escolar y vivencial. La censura solo se conoce, sufriéndola; como la falta de libertad; como la pobreza… Era una vida sin derechos fundamentales y de silencios indigestos. Quizás sea esta la mejor consecuencia que podamos extraer: reforzar la educación histórica y así poder valorar una democracia que hoy no la valoramos suficientemente.

Mariano Berges, profesor de filosofía

 

 

jueves, 13 de noviembre de 2025

LOS JÓVENES ESPAÑOLES: PRECARIOS Y DE DERECHAS



Las paradojas y contradicciones de nuestra época actual se reflejan espectacularmente en la juventud, una etapa que debería de ser puro entusiasmo y vitalidad y soñadora de un futuro brillante, y en la que, sin embargo, abundan la depresión y la ansiedad, con unas perspectivas de futuro peores que las de sus padres y con una situación económica difícil para consolidar un proyecto de vida.

 

Es lógico que los jóvenes sean los que más han caído en la depresión. Las escalas de felicidad han cambiado radicalmente y los adultos jóvenes son los más frustrados en la actualidad. Tan es así que los estudios de salud mental hoy se centran especialmente en esa edad. Parece ser que la proliferación de las redes sociales tiene bastante que ver con esta situación, como consecuencia de su abuso y su alta presión psicológica. El abuso de móviles y otros dispositivos electrónicos aíslan a los jóvenes de su entorno social de una manera patológica, de manera que la depresión, incluso el suicidio, operan de tal manera que convierten al joven en un ser asociado a la salud mental. El consumo de antidepresivos es habitual y, muchas veces, excesivo.

 

Un informe de FOESSA de esta semana pasada incide en esta misma tesis. Dice que “La juventud española vive con profundo pesimismo ante su futuro, marcado por la precariedad laboral, las dificultades de acceso a la vivienda, la dependencia familiar y la imposibilidad de construir un proyecto vital autónomo”. Por el contrario, nosotros, los mayores, estábamos seguros que nuestro futuro iba a ser muchísimo mejor que el de nuestros padres. Una vida que arranca de un pasado y presente con carencias y que camina hacia un futuro inevitablemente mejor, proporciona una vida plena. Justo lo contrario que nuestros sucesores.

 

Parece ser que los boomers hemos educado a nuestros hijos para un mundo que finalizó con nosotros. Nos hemos quedado con el mundo y con sus rentas. A los jóvenes solo les queda vivir muchos años para poder pagar nuestras deudas y excesos. Nuestros milenials (nuestros hijos), tildados de vagos, tontos o inútiles, han perdido no solo su futuro sino su presente. Siguen viviendo al amparo de sus padres, con lo que su persistencia va ser pura herencia biológico-económica y nunca conquista personal. La educación, especialmente la universidad, que fue un ascensor social para nosotros, no supone una solución ni para sobrevivir hoy: el 25% de los jóvenes de hoy está en el paro. Y los culpabilizamos a ellos, “que no han luchado como nosotros por un futuro mejor”.

 

Y, por si fuera poco, los jóvenes de ahora son mucho más de derecha que los de otras épocas. Su antiestablishment los sitúa en la derecha frente al izquierdismo de sus antepasados. Con una izquierda acomodaticia y segura de sí misma, los jóvenes se oponen desde la derecha, incluso desde la extrema derecha. Vox tiene una mina de votos con esta juventud precaria. Y, como casi todo en la vida, tiene una lógica. Si los jóvenes no ven un futuro claro, tienen que apostar por otro tipo de política, tienen que optar por otro orden social que les dé posibilidad de empleo y vivienda. He aquí las dos palabras clave: empleo y vivienda. Las dos palabras que hicieron triunfar a la socialdemocracia clásica. Ser de derechas hoy es lo contracultural, frente al gobierno y al orden establecido. Y aún más. Según el CIS (?), entre los jóvenes de entre 18 y 24 años hay mayoría que piensan que la democracia es peor que la dictadura franquista. ¿Ganas de epatar? Cierto es que los jóvenes siempre han necesitado un enemigo contra el que vivir y sentir.

 

Pero volviendo a terrenos más racionales, los jóvenes tienen razones para estar molestos, su emancipación no es posible en muchos casos: el empleo y la vivienda, elementos imprescindibles para la emancipación, o no existen o son tan precarios que no sirven. Cosa que los mayores la tenemos razonablemente resuelta hace muchos años. Sin embargo, los jóvenes coquetean con Vox, que niega el cambio climático (bandera juvenil), que no se oponen a la subida de precios de alquileres y ventas de viviendas, que propugnan la bajada de impuestos para fomentar el empleo y votan en contra de la reducción de jornada. Una aparente contradicción.

Pero no se trata de una crisis juvenil sino de sociedad, que nos afecta a todos y a todos nos hipoteca, pues desgarra la sociedad y amenaza el Estado de bienestar. En mi opinión, el problema de la precariedad de los jóvenes españoles es el problema político fundamental en estos momentos. Y no solo porque están en el paro sino porque incluso los que trabajan, tienen un sueldo tan mísero que no abandonarán nunca la pobreza. Nos estamos cargando la clase media, que ha sido tradicionalmente el colchón de España. Estadísticamente, nuestros jóvenes son ya pobres, incluso aunque trabajen. Y el mercado laboral español ofrece pocas alternativas.

Mariano Berges, profesor de filosofía