Ante la avalancha de artículos y opiniones, desde distintas perspectivas, yo voy a tirar en parte por un apunte testimonial de mi propia vida, sin afán de epatar ni modelizar, y un comentario más general de conjunto.
Cuando Franco
muere, el 20 de noviembre de 1975, yo tengo 29 años y, lógicamente, ya tenía plena
conciencia de lo que la dictadura franquista suponía para el conjunto de
España, incluidos los vencedores, pues en estos casos de flagrante injusticia,
apoyada en leyes inicuas e inmorales, los vencidos son los vencedores morales y
los vencedores son los vencidos morales. Yo, entonces, soy un profesional de la
docencia en el Instituto de Bachillerato de Ejea desde el año 1972. Y desde ese
año hasta 1979 en que soy elegido alcalde de Ejea, mi dedicación es doble: en
mi tiempo laboral lo dedico a mis tareas docentes lo mejor que sé y puedo, y
durante mi tiempo libre me dedico a una función eminentemente moral: luchar en
la medida de mis posibilidades contra la dictadura franquista. En el
tardofranquismo y en la Transición, y en un ámbito rural, esta labor política
estaba teñida de un barniz cultural progresista y antifranquista como
envoltorio de su matriz política. Era obligado. Si como dice George Steiner, en
el fondo todo es traducción, se trataba de traducir lo que pasaba y lo que no
pasaba. La gente entendía más que antes de la traducción y, sobre todo, intuía
dónde estaba la razón y la verdad.
Como eran
tiempos anteriores a la existencia legal de los partidos políticos, mi
actuación era formalmente al margen de ellos. Y ese fue el procedimiento que
yo, con mucha más gente, usé para llegar a la alcaldía: al frente de una
candidatura independiente, integrada por los sindicatos, las asociaciones de
vecinos y los partidos políticos de izquierdas (excepto el PSOE). Que una
candidatura independiente se imponga a la UCD y al PSOE de aquel momento no fue
una tarea fácil.
El
tardofranquismo y la Transición fueron para mí emocionantes y laboriosos. Hice
cuanto pude y, honestamente, no lo hice mal del todo. Al menos, esa es mi
autopercepción. Aunque la memoria siempre es selectiva y autocomplaciente con
uno mismo. Luego, a partir de 1979, vino la gestión municipal, con el 23 de
febrero incluido, pero esto ya es otra historia.
Desde una
perspectiva más general, la España franquista era, sobre todo, un erial
político, pero también fue un vacío tremendo en lo cultural y en lo
existencial. Cierto es que, en la distancia, las cosas se edulcoran y se
relativizan, pero en el momento de su vivencia la adrenalina se disparaba. Las
fechas de 1977, primeras elecciones generales democráticas, de 1978, aprobación
de la Constitución Española, de 1982, las elecciones ganadas por el PSOE y que
constituyeron las primeras elecciones “normales” en España, son referencias
indispensables en la España de hoy. La entrada de España en Europa constituye
nuestra mayoría de edad política. A partir de ahí, la sociedad española es
semejante a la europea, aunque siempre con un origen que no acabamos de
digerir.
Contar el
franquismo a los 50 años de la muerte del dictador constituye una labor
imposible en un artículo breve y divulgativo como este. Quizás habría que
dejarlo para ponencias académicas de mayor extensión y preguntarnos sencillamente
qué significa hoy ser demócratas, pues no parece que, en estos momentos de
excesiva polarización y cainismo políticos, lo tengamos muy claro. Ser
demócrata hoy, y siempre, está muy por encima de cualquier adhesión a cualquier
partido político.
Documentar exhaustivamente los crímenes del franquismo (golpe de 1936, la
Guerra Civil, 40 años de dictadura con represión, torturas, ejecuciones,
desaparecidos…) no se ha hecho realmente, y menos aún se ha explicado en fase
escolar a los españoles. Y si el pasado no se entiende bien, el presente y el
futuro no se pueden diseñar bien. Por eso hay algunos jóvenes en la actualidad
que ven aspectos positivos en el franquismo. ¿Por qué? Sin duda ninguna, por
desconocimiento escolar y vivencial. La censura solo se conoce, sufriéndola;
como la falta de libertad; como la pobreza… Era una
vida sin derechos fundamentales y de silencios indigestos. Quizás sea esta la
mejor consecuencia que podamos extraer: reforzar la educación histórica y así
poder valorar una democracia que hoy no la valoramos suficientemente.
Mariano Berges, profesor
de filosofía

