Mucha gente hemos escrito artículos sobre la corrupción política en muchos momentos distintos a lo largo de nuestra historia democrática. Y repasándolos, uno está tentado a repetir la misma tesis y casi la misma redacción. Porque un escándalo de corrupción política acaece en nuestro país cada cierto tiempo y casi siempre con las mismas características. Y siempre ligado a uno de los partidos políticos centrales, bien estatales bien regionales. Estas cosas solo son posibles en la maraña del poder. En la España democrática posfranquista la corrupción ha estado siempre en los entresijos de PP, PSOE, PNV y CDC, que han sido los partidos vertebradores del poder en sus respectivas demarcaciones. ¿Es la corrupción algo normal en las democracias representativas? Con alguna excepción, parece que sí. Y aparece también otra pregunta: ¿Es una acción de sujetos individuales o una red de financiación irregular-ilegal de un partido político? ¿O las dos cosas?
Y siempre se repite la
misma trama: políticos con poder y capacidad de decisión, con la colaboración
de empresas beneficiadas por las decisiones políticas. Añádase cargos públicos
y altos funcionarios, necesarios para dar apariencia de normalidad y legalidad.
Cambian los nombres, ahora son Cerdán-Ábalos-Koldo. En otro momento fueron
Bárcenas, Roldán, Pujol, el del 3% catalán de CDC, etc. Anteriormente, otros
nombres, pero siempre la misma historia. En los países autocráticos,
autoritarios y dictatoriales, la corrupción llama menos la atención porque esa
es la situación normal y los hechos pasan desapercibidos porque forman parte de
la estructura social y política del país.
En mi artículo anterior
había un párrafo que, aunque largo, no me resisto a transcribir porque es causa
imprescindible de lo acaecido estos días en España: “Una de las causas del
pobre nivel político español es la estructura imperante en los partidos
políticos. Y en esto, todos los partidos son prácticamente iguales. Son
excesivamente endogámicos, el debate interno es inexistente, el poder de los
dirigentes es oligárquico: el que manda manda y el resto no pinta nada; el
nivel intelectual-político del militante medio es muy pobre; se confunde la
política con el maniobrerismo: el más astuto es el mejor político; el bien
común es un concepto escaso, priman más los intereses personales. Negro
panorama el de unos partidos políticos que se han engordado demasiado tras el
ayuno de 40 años de dictadura”.
Todo el mundo mira a
Sánchez. Es lógico. Es el que manda y el que teledirige las grandes decisiones.
Ningún Secretario General del PSOE ha tenido tanto poder. Para ello son
necesarios muchos corifeos que le hagan la ola y ejecuten sus deseos. En todo
acontecimiento de corrupción política suelen ser tres los niveles: el nivel
individual, el nivel orgánico del partido y el nivel institucional de la
Administración. A veces funcionan por separado y a veces funcionan
conjuntamente. Unas veces se trata del enriquecimiento ilícito de personas
individualmente y otras, se trata de una financiación irregular-ilegal del partido
político. Y otras veces de ambas, pues el que reparte se suele quedar con la
mejor parte.
Y, por último, quedan
las repercusiones político-sociales que todo esto deja en la sociedad:
escándalo, desmoralización, desafección hacia la política y los políticos,
aparición de partidos extremistas salvadores, etc. Malos tiempos para la
lírica. En estos momentos, parece que Sánchez está maniatado por sus propios
socios de investidura, que intentan rentabilizar aún más las promesas hechas: completar
la amnistía; ejecutar la financiación catalana singular; progresar en el
independentismo vasco, etc. Pero el crédito de Sánchez parece agotado. Se nota
en la línea que siguen algunos medios: “El Confidencial” sigue en su línea
antisanchista; “El País” es más crítico con Sánchez que antes; igualmente “elDiario.es”
y “La Sexta”. Y los últimos sondeos parecen ir en esa dirección: todos los
partidos bajan menos Vox que casi dobla el número de diputados. Parecía que
España era la excepción en el advenimiento de la extrema derecha, pero no, parece
que hay extrema derecha para rato.
Pienso que la solución
que hay que estudiar no es ni personal ni coyuntural, sino estructural. Hay que
volver a rearmar una socialdemocracia potente, sin urgencias ni personalismos,
con propuestas a favor de la mayoría social y con gestos y decisiones que
favorezcan el bien general, independientemente de quien lidere cada momento. La
gente está harta de falsas soluciones y de peleas barriobajeras. El partido se
juega en la centralidad y no en los extremos. En fin, lo que exige el momento
es reflexión y generosidad, pues la política democrática se basa en el diálogo
y la cooperación. Solo así volverá la confianza de los ciudadanos hacia los
políticos, pues la confianza es la clave de todo sistema democrático.
Mariano
Berges, profesor de filosofía

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