El 13 de mayo del año en curso moría José Mujica a los 89 años, expresidente de Uruguay y ex muchas otras cosas.
La muerte de Mujica cierra una vida que fue en si misma una lección de
política, entendida ésta como compromiso y coherencia. Esto fue lo que hizo que
un humilde presidente de un pequeño país destacara en un tiempo de desconfianza
ciudadana hacia los liderazgos políticos. Mujica representó hasta el final de
su vida esa autoridad que se gana, que no se impone. Lo que los clásicos llaman
auctoritas o autoridad moral. Y que en el caso que nos ocupa la ejerció
con su ejemplo personal, fuera de todo espectáculo político y de cualquier
prebenda personal. Lo que decía y lo que hacía eran totalmente coherentes entre
sí. Su ejemplo dignificó la política, que buena falta hace.
Pero no solo fue un ejemplo personal, sino que su acción de gobierno fue
valiente y sin estridencias, con logros que quedarán para siempre: la
legalización del aborto, el matrimonio igualitario, la regulación del mercado
de la marihuana. Su objetivo siempre fue la igualdad y el bienestar para todos
y el sufrimiento para nadie. Ése era su objetivo, aunque otra cosa fueran sus
logros, que fueron buenos y malos como toda gestión humana, y más en él que no
se tenía como gestor. Solía decir que gobernar bien era crear condiciones para
un buen gobierno. Luego, había cosas que salían y otras que no.
La política que ejerció Mujica trasciende a su pequeño país y fue comentada
y valorada por todo el mundo. Las entrevistas le llovían de todas partes, y
realmente las aprovechaba bien. Una entrevista con Mujica era todo un tratado
de buen gobierno, porque Mujica era culto; sus citas, implícitas y explícitas,
eran variadas y profundas; sus selectivas lecturas también afloraban en sus
palabras. De alguna manera, encarnaba al rey-filósofo de Platón, donde el poder
era la herramienta para la impartición de la justicia y el conocimiento y no
para para acarrear prebendas y beneficios propios.
Pero también era pragmático, siempre sintonizando con los sectores
populares sin prescindir de sus convicciones existenciales. Pero no era pose
teatral lo que hacía-decía, sino que era su forma de estar en el mundo. Él era
así y no tenía que esforzarse para llamar la atención en Uruguay y en el mundo.
Incluso cuando le preguntaban el porqué de su carisma, contestaba irónicamente que
quizás se debiera a la medianía universal.
Su vida es casi un viaje propio de un personaje homérico: pobre de cuna,
guerrillero de joven y menos joven, trece años de prisión y crueles torturas, participó
en la vida política democrática y fue elegido presidente de su país. Sin embargo,
él le imponía lógica al proceso externo pues era la misma lógica que tenía su
proceso interno. Él era así y se manifestaba así y lo decía así. No es que no
cometiera errores, pero también los explicaba y los admitía. Su coherencia
admitía casi todo porque todo era humano. Y, recordando a Nietzsche, nada de lo
humano le era ajeno.
Su evolución mental, intelectual y moral marca un proceso digno de estudio
que, si, recordando a Wittgenstein, “el hombre es lo que habla”, este hombre es
un portentoso ejemplo de filósofo autodidacta cuyo discurso político-moral
tiene una fuerza digna de ser estudiada como referencia para todos los políticos.
Su sencillez, su verdad intelectual y existencial, su fuerza política y moral,
en definitiva, su autenticidad, muestran a un ciudadano cuya verdad política se
basa en su fundamento moral. En Mujica hay, a la manera aristotélica, una
estrecha relación entre la ética y la política, pues ambas son lo mismo, aunque
la primera opera en el plano individual y la segunda en el plano social. Pero
el hecho es que no hay ética sin política ni
política sin ética. Ambas son obligatorias moralmente para el ciudadano.
Su verdad se basa en su existencia y en su moral. Los resultados de su
acción política son aleatorios, mejores o peores en función de las
circunstancias, pero la intencionalidad es la fuerza motriz que salva su
política. “Yo me dediqué a cambiar el mundo y
no cambié un carajo, pero estuve entretenido y le di un sentido a mi vida”,
dijo en una entrevista. “La clave está en la moral”, solía repetir.
No eran los cambios materiales lo más importante sino el cambio cultural.
El verdadero cambio está dentro de la cabeza. Decía un tanto irónico que
“muchos que eran de convicción socialista emigraron hacia el capitalismo y
después hay otros como yo que tratamos de administrar lo que podemos del
capitalismo. Pero la solución no es el capitalismo; hay que encontrar otra
cosa, otros caminos. Nosotros pertenecemos a esa búsqueda”
Mariano Berges, profesor de filosofía

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