jueves, 29 de mayo de 2025

JOSÉ MUJICA, UN POLÍTICO AUTÉNTICO



El 13 de mayo del año en curso moría José Mujica a los 89 años, expresidente de Uruguay y ex muchas otras cosas.

 

La muerte de Mujica cierra una vida que fue en si misma una lección de política, entendida ésta como compromiso y coherencia. Esto fue lo que hizo que un humilde presidente de un pequeño país destacara en un tiempo de desconfianza ciudadana hacia los liderazgos políticos. Mujica representó hasta el final de su vida esa autoridad que se gana, que no se impone. Lo que los clásicos llaman auctoritas o autoridad moral. Y que en el caso que nos ocupa la ejerció con su ejemplo personal, fuera de todo espectáculo político y de cualquier prebenda personal. Lo que decía y lo que hacía eran totalmente coherentes entre sí. Su ejemplo dignificó la política, que buena falta hace.

 

Pero no solo fue un ejemplo personal, sino que su acción de gobierno fue valiente y sin estridencias, con logros que quedarán para siempre: la legalización del aborto, el matrimonio igualitario, la regulación del mercado de la marihuana. Su objetivo siempre fue la igualdad y el bienestar para todos y el sufrimiento para nadie. Ése era su objetivo, aunque otra cosa fueran sus logros, que fueron buenos y malos como toda gestión humana, y más en él que no se tenía como gestor. Solía decir que gobernar bien era crear condiciones para un buen gobierno. Luego, había cosas que salían y otras que no.

 

La política que ejerció Mujica trasciende a su pequeño país y fue comentada y valorada por todo el mundo. Las entrevistas le llovían de todas partes, y realmente las aprovechaba bien. Una entrevista con Mujica era todo un tratado de buen gobierno, porque Mujica era culto; sus citas, implícitas y explícitas, eran variadas y profundas; sus selectivas lecturas también afloraban en sus palabras. De alguna manera, encarnaba al rey-filósofo de Platón, donde el poder era la herramienta para la impartición de la justicia y el conocimiento y no para para acarrear prebendas y beneficios propios.

 

Pero también era pragmático, siempre sintonizando con los sectores populares sin prescindir de sus convicciones existenciales. Pero no era pose teatral lo que hacía-decía, sino que era su forma de estar en el mundo. Él era así y no tenía que esforzarse para llamar la atención en Uruguay y en el mundo. Incluso cuando le preguntaban el porqué de su carisma, contestaba irónicamente que quizás se debiera a la medianía universal.

 

Su vida es casi un viaje propio de un personaje homérico: pobre de cuna, guerrillero de joven y menos joven, trece años de prisión y crueles torturas, participó en la vida política democrática y fue elegido presidente de su país. Sin embargo, él le imponía lógica al proceso externo pues era la misma lógica que tenía su proceso interno. Él era así y se manifestaba así y lo decía así. No es que no cometiera errores, pero también los explicaba y los admitía. Su coherencia admitía casi todo porque todo era humano. Y, recordando a Nietzsche, nada de lo humano le era ajeno.

 

Su evolución mental, intelectual y moral marca un proceso digno de estudio que, si, recordando a Wittgenstein, “el hombre es lo que habla”, este hombre es un portentoso ejemplo de filósofo autodidacta cuyo discurso político-moral tiene una fuerza digna de ser estudiada como referencia para todos los políticos. Su sencillez, su verdad intelectual y existencial, su fuerza política y moral, en definitiva, su autenticidad, muestran a un ciudadano cuya verdad política se basa en su fundamento moral. En Mujica hay, a la manera aristotélica, una estrecha relación entre la ética y la política, pues ambas son lo mismo, aunque la primera opera en el plano individual y la segunda en el plano social. Pero el hecho es que no hay ética sin política ni política sin ética. Ambas son obligatorias moralmente para el ciudadano.

 

Su verdad se basa en su existencia y en su moral. Los resultados de su acción política son aleatorios, mejores o peores en función de las circunstancias, pero la intencionalidad es la fuerza motriz que salva su política. “Yo me dediqué a cambiar el mundo y no cambié un carajo, pero estuve entretenido y le di un sentido a mi vida”, dijo en una entrevista. “La clave está en la moral”, solía repetir.

 

No eran los cambios materiales lo más importante sino el cambio cultural. El verdadero cambio está dentro de la cabeza. Decía un tanto irónico que “muchos que eran de convicción socialista emigraron hacia el capitalismo y después hay otros como yo que tratamos de administrar lo que podemos del capitalismo. Pero la solución no es el capitalismo; hay que encontrar otra cosa, otros caminos. Nosotros pertenecemos a esa búsqueda”

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

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