jueves, 20 de marzo de 2025

LA COTIDIANEIDAD Y LA CONTEMPORANEIDAD

 


En la actualidad, si uno quiere ejercer de persona contemporánea (obligación antropológica), estando medianamente informado, y participar mínimamente del debate público, corre el riesgo de terminar exhausto al final de cada día. Los asuntos son muchos y variados, los enfoques son también diversos, las perspectivas y los intereses son muy distintos, inclusos opuestos. Y lo más confuso todavía es que entre lo que los políticos piensan y lo que dicen hay una gran diferencia, pues la apariencia cotiza más que el ser y los medios retratan al personaje público más que su propia entidad personal, que, por si acaso, permanece oculta. La política, en estos momentos, es más propaganda que comunicación fidedigna de los objetivos a conseguir.

 Si intentamos hacer un listado de asuntos calientes de la actualidad, veremos que se extiende excesivamente, aún sin citar los conflictos más lejanos a nuestra curiosidad occidental (léase África, por ejemplo). Pero no acaba ahí la cosa, porque la política de alianzas e intereses cambia cada muy poco tiempo y cuando aparecen especímenes singulares e influyentes (Trump), que gobiernan a golpe de tuits caprichosos y lo privado se impone sobre lo público, entonces las neurosis de nuestras percepciones y pensamientos pueden estallar.

 De ahí el título de este artículo. Refugiarse en la cotidianeidad, al menos por un tiempo, puede ser una solución oxigenante y salvífica. En estos momentos, yo al menos, necesito respirar y desentrañar todos los hilos de esta maraña que nos envuelve y amenaza con asfixiarnos. Los interrogantes se imponen sobre las respuestas y las dudas sobre las seguridades. Nuestras opiniones son como cañas movidas por los vientos de cada día y su base de confort dura lo que dura el efecto de la última noticia.

 Se me ocurre pensar que, si prestamos un poco más de atención a nuestra cotidianeidad, podremos apreciarla mejor y disfrutar del bienestar que nos ofrece. La RAE define la cotidianidad como “la característica que distingue lo que es rutinario o común de todos los días”. Si acampamos en la cotidianeidad, observaremos que es un ámbito donde no pasa nada especial ni extraordinario. Se trata de miles de gestos, de acciones imperceptibles, ritualidades, saludos, funciones y tareas de cada día… que constituyen lo cotidiano. Aunque no hay que confundir lo cotidiano con lo rutinario, que es trivial e insignificante. Lo rutinario está incluido en lo cotidiano, que es mucho más amplio y rico.

 Pues bien, esta es mi tentación en estos momentos. Pero sé que no habrá transcurrido mucho tiempo en que la contemporaneidad y el compromiso existencial y antropológico me exigirán volver a las andadas e intentar desentrañar los signos de los tiempos para clarificar e intentar influir, más bien poco, lo sé, en el entorno de mi existencia.

 Hace pocos días, en Roma hubo una concentración de cincuenta mil personas de casi todos los credos e ideologías, con una sola reivindicación: Europa es nuestra patria. La única bandera visible era la de Europa y todas las intervenciones giraban sobre la misma idea: Europa como realidad a confirmar frente a los imperialismos actuales y la ausencia de lógica en el mundo actual. Ejemplo a seguir. Otro caso que yo siempre recuerdo es la derrota del mayor ejército del mundo (EEUU) en un pequeño país asiático (Vietnam) en la década de los años sesenta del siglo pasado. La clave de ese resultado final no fueron las armas ni las tácticas militares, sino los múltiples actos, manifestaciones y declaraciones a favor de Vietnam en todo el mundo y durante mucho tiempo. La opinión cuenta y los pequeños gestos suman.

 Al final, siempre se impone la síntesis. Siempre he pensado, supongo que por influencia de Hegel y Marx, que la historia avanza a base de síntesis. Los elementos aparentemente contradictorios (tesis y antítesis) se autoalimentan y se enriquecen en la oposición entre si, dando lugar a una situación nueva, alumbrada por elementos anteriores que se complementan y dan lugar a algo nuevo que denominamos síntesis, que, a su vez, se convierte en la tesis del movimiento siguiente. En el fondo es la energía que fluye y con la que hay que estar conectados para no dejar de ser contemporáneos. Y la contemporaneidad exige de nuestro compromiso, pequeño o grande. Pues ahí estamos, desde la cotidianeidad a la contemporaneidad.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

jueves, 6 de marzo de 2025

TRUMP Y EUROPA ANTE UCRANIA

 


Es evidente que Trump es el personaje del momento. Y de alguna manera, tiene su lógica, pues, de aquello que podemos conocer en la distancia, se adapta perfectamente a los tiempos líquidos que vivimos y a la superficialidad que nos rodea. La política es ya pura propaganda.

Acabo de leer un discurso reciente de Jeffrey Sachs en el Parlamento Europeo sobre la política estadounidense desde hace 30 años. Me ha puesto la carne de gallina. Tanta sinceridad y tanta claridad en desmontar la política exterior y la manipulación estadounidense te hace entender mucho mejor lo que ha pasado y lo que está pasando. Y lo que sí se entiende mucho mejor es el papel de Ucrania y la extensión de la OTAN hacia el Este europeo.

Trump, con su visceralidad congénita y su arrogancia multimillonaria, acaba de decidir que va a acabar con la guerra de Ucrania. ¡Ojalá! El papel de Europa puede ser aquí realmente ridículo si pretende convertirse de la noche a la mañana en una potencia bélica con el pretexto de “frenar a Rusia”. Porque si de modificar fronteras a la fuerza nos escandalizamos, qué es lo que ha estado haciendo Estados Unidos toda su vida en Sudamérica, en Palestina, en África, etc.

Europa tiene que dejar de bailar solo con EEUU y debe empezar a bailar también con Rusia y con China. El problema de Ucrania es mucho más complejo que esa historia de un pobre país (Ucrania) invadido por una gran potencia (Rusia). Obviando toda la política de EEUU de ampliar la OTAN hacia el Este europeo, ahogando el “ansia imperialista” de Rusia.

Desde que a Gorbachov se le juró y perjuró que, tras su faena de dinamitar la URSS, la OTAN permanecería fiel a su estricta vocación defensiva y no se extendería hacia el Este, en los países limítrofes con Rusia no han parado de ocurrir guerras y modificación de fronteras. Recuérdese la guerra de Yugoeslavia con tantas modificaciones de fronteras, mientras, por el contrario, Alemania se reunifica.

Ucrania, que es en lo que estamos ahora, ha tenido muchos conflictos internos por la intervención, directa o indirecta de EEUU y por la innegable expansión imperialista de Rusia. No dejan de ser coletazos de la guerra fría. Por eso, si Trump, por razones que no están claras, o al menos yo no las percibo, intenta acabar con esta guerra, bienvenido sea. Europa debería jugar un papel importante en esta paz posible y colaborar en la configuración de una geoestrategia más justa y posible en estos momentos. Europa no tiene por qué estar a la contra de Rusia ni de China ni de EEUU, sino que debe empezar a jugar un papel de gran potencia como una unidad de 450 millones de habitantes que constituyen el mercado económico más importante del mundo.

Europa debe empezar a dejar cierto romanticismo ilustrado y convertirse en mayor de edad, para lo bueno y para lo malo. Parece ser que Trump, en cierto modo, ha declarado la guerra a Europa. Si se cumple la amenaza de EEUU de los aranceles a los productos europeos, o es una amenaza mafiosa para otros fines no confesables, Europa no debe limitarse solo a contrarrestar con otros aranceles propios, sino que debe empezar a situarse en una posición de gran potencia frente/con EEUU, Rusia y China. Si Trump suprime la ayuda militar a Ucrania y Europa prosiguiera con su exiguo poder armamentista, sería el auténtico perdedor de una guerra imposible de ganar por parte de Ucrania. Porque Ucrania acabará, y sería lo mejor, como una zona de seguridad entre el Oeste y el Este. Cuanto antes se vea esto claro, antes se acabará la guerra. No será el último país de la antigua URSS que modifique sus fronteras.

Es curioso que, ante nuestras narices, esté desapareciendo otro país, Palestina, y Europa prácticamente no ha dicho ni mu. La conexión Netanyahu-EEUU, no solo con Trump, también con los presidentes anteriores, parece imbatible, teórica y prácticamente, para Europa. Y eso es mucho más peligroso que lo que acaece en Ucrania. Aunque la propaganda nos diga otra cosa.

Concluyo. Europa debe trabajar más en persuadir a Trump que una paz sostenible en Ucrania solo será posible con EEUU, Rusia, Europa y la ONU en la mesa de negociaciones. A eso debe dedicar Europa sus esfuerzos.

Mariano Berges, profesor de filosofía