jueves, 12 de mayo de 2022

AYER, HOY… Y MAÑANA

 



Como yo soy mayor recuerdo con emoción el 28 de octubre de 1982, fecha de la primera victoria socialista, con mayoría absoluta, la máxima habida hasta ahora -202 escaños-, y el surgimiento de la figura de Felipe González con su propósito, en gran parte cumplido, de modernizar y europeizar a España. Fueron catorce años de potente gobierno socialista hasta que el cansancio y ciertos pasajes de corrupción agotaron esa fuerza política. Todo fue bien mientras duró. Pero se trata de una lógica aplicable a todas las cosas, inanimadas y animadas, y más todavía a la conducta humana, tanto individual como colectiva.

De entonces a ahora han pasado muchos años y muchas cosas. Pero si lanzamos una mirada panorámica, exenta de prejuicios, observamos que cada época tiene sus características y sus protagonistas. Que no es justo ni sano analizar el presente con criterios del pasado. Yo siempre he defendido que cada generación tiene el derecho y el deber de construir su presente y preparar su futuro. Y que los mayores tenemos la obligación de ponernos en su lugar e intentar entender qué y por qué hacen lo que hacen. El análisis del presente no se puede hacer desde nuestras viejas coordenadas, alimentadas por una nostalgia improductiva y estéril.

Pues bien, en la actualidad, tenemos un gobierno de coalición entre PSOE y una presunta izquierda de la izquierda, que a trancas y barrancas va sacando adelante una legislatura nada fácil. Su presidente es un socialista joven, desconocido hasta hace muy poco tiempo, audaz hasta casi la temeridad, que se ha atrevido a elaborar unas fórmulas, alianzas y propuestas, a las que desde unos parámetros seniors, entre los que me incluyo, les dábamos poco tiempo de duración. Le hemos negado el pan y la sal. Lo hemos tildado de superviviente a costa de las esencias socialistas que estaba dilapidando. Y él ha aguantado carros y carretas; ha surfeado como nadie todo tipo de olas, amigas y enemigas; ha mantenido el tipo y nunca ha dejado de pergeñar un futuro más o menos borroso pero mínimamente viable. Hacer todo eso solo y aún en contra de las esencias socialistas, de insultos de los suyos y de los contrarios, de análisis descalificadores de los medios amigos, menos amigos y enemigos y, a lo máximo, con la indiferencia de los más, todo ello no deja de tener su mérito, si no poético sí épico.

Sí que hay algo a lo que, ni en la actualidad ni en el pasado, se le ha metido mano: la poca calidad de nuestras instituciones. Se trata de un mal endémico y sistémico de nuestro país de cuya regeneración huimos permanentemente. Lo nuestro es el presentismo y no la planificación estratégica. Nunca hemos entendido que la política es un proceso donde unos lo planifican, otros lo llevan a cabo y los terceros lo modifican. Si quitásemos de nuestra liturgia tanta inauguración y todos tuviéramos la dignidad de reconocer los méritos de los demás, todo sería más limpio.

Pues bien, sigo con lo que estábamos: el “gobierno Frankestein” sigue impertérrito su andadura entre la pandemia vírica, la guerra de Ucrania y la crisis energética que nos rodean. Nadie nace aprendido y todos tenemos que desaprender para volver a mirar con un nuevo visor lo que ocurre en la actualidad. Lo que no es fácil y exige eso que los clásicos llamaban la metanoia o reconversión de la mente.

No me he reconvertido en fan de Sánchez, pero algún mérito habrá que otorgarle. Y junto a Sánchez a todos los acompañantes bajo palio, que sin exquisitez pero con aguerrida militancia (¿interesada?) lo siguen y corean. ¿Es Sánchez el problema? ¿Es la solución? Quizás sea el problema y la solución.

He escrito este artículo desde y contra mis prejuicios y, como siempre, reivindicando el derecho a equivocarme. Pensar y opinar nos hace más libres.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 10 de abril de 2022

SIGUE LA GUERRA EN UCRANIA



Aunque en mi artículo anterior me negaba a comentar la geoestrategia de la guerra en Ucrania, hoy me siento impelido a hacerlo por: 1) no evadirme de la realidad imperante; y 2) evitar las obviedades al uso. Como consecuencia, me meto en un charco no fácil de vadear. Pero lo hago desde la duda, nunca desde el dogmatismo. Intento buscar una línea intermedia que evite un análisis simplista para un problema tan complejo. La primera pregunta es ¿estamos al borde del abismo con la guerra en Ucrania? Varias imágenes vienen a la mente: los misiles cubanos de Kruschev, la guerra de Yugoslavia y, desde luego, las guerras de Afganistán, Siria, Libia, Irak… Y siempre nos encontramos con las dos superpotencias en escena: USA y Rusia (antigua URSS). Ahora se ha añadido una tercera, que ya es segunda superpotencia, China, que está en modo observador pero no neutral. La UE con su parte proporcional de OTAN, está en medio y debe reflexionar sobre su papel futuro en el nuevo orden mundial.  Y, por favor, no identifiquemos UE con OTAN, porque la perspectiva USA no siempre favorece a la UE. Véase el Brexit.

En el escenario de Ucrania, el débil es invadido por el poderoso, como ha pasado en todas las guerras citadas. ¿O no recordamos que la invasión de Irak se hizo al margen de la ONU? Pero lo que no podemos olvidar es la cantidad de causas y consecuencias que tal acontecimiento tiene. Y lo seguro es que al final habrá un final de paz pactado. No sabemos cuándo ni qué características tendrá, pero sí que es seguro que el precio en vidas y éxodos va a ser incalculable e irreversible. La pregunta que me hago y volveré a hacerme en su momento es ¿no pudo hacerse eso mismo sin empezar la guerra? Y entre los causantes incluyo, por descontado a Putin, autor material del desaguisado, pero también al resto de países diletantes en la preguerra, incluida responsabilidad de la propia Ucrania, a pesar de ser la agredida. Quizás sea mi vena poco patriótica la que me hace dudar del papel de la propia Ucrania no cediendo en algo que va a tener que ceder (neutralidad, desmilitarización y federalismo). Porque si al final lo hace, como supongo, pero a este precio altísimo en vidas y éxodos, ¿qué se ha conseguido? Porque ya se sabía que la OTAN no iba a intervenir directamente en la guerra, y que Rusia era infinitamente superior en medios a Ucrania. Yo, personalmente, cuando oigo las palabras héroe y patriota me pongo a temblar y procuro evitar esa situación. Cada día soy más cosmopolita y menos nacionalista, ni de Aragón ni de España.

¿Es o no es cierto que se le prometió a Gorbachov, aunque fuese verbalmente, que la OTAN no se ampliaría hasta incluir a las antiguas democracias populares? Sin embargo, desapareció el Pacto de Varsovia y no así la OTAN, aunque muchos europeos lo pidieron. Y entraron como nuevos socios en la OTAN: Polonia, Chequia, Hungría, Rumanía, Eslovenia, Albania y Croacia. Y el autoritario Putin no se lo piensa dos veces y salta.

Ya sé que, tras la desmembración de la URSS, los citados países son plenamente independientes y dueños de su destino, pero todas las guerras, incluso la guerra fría, acaban con armisticios y reparto de zonas de influencia. En el fondo, Ucrania solo pretendía lo mismo que los antiguos países comunistas, entrar en la UE y la OTAN, o lo que es lo mismo, alejarse de la influencia de los sucesores de Stalin. Cada uno huye de lo malo conocido.

Ya se sabe que en las guerras hay más propaganda que información. Es también sospechosa la ausencia de un debate profundo sobre las causas y las consecuencias del conflicto. No es blanco o negro todo lo que aparentemente se ve. Lo único claro es que le geopolítica y la geoeconomía están detrás de esta guerra, que ya constituye una amenaza, fundamentalmente para Europa, que puede ser la mayor pagana de todo.

Si nunca funciona el aplicar fórmulas simplistas (democracia contra autocracia) para problemas complejos, mucho menos funciona cuando mientras se piensa o se negocia, la gente muere. De momento, España va a doblar su presupuesto armamentístico en dos años (lo mismo el resto de la UE), por lo que ya sabemos que USA va a extraer la mayor porción de la tarta económica derivada de la guerra. Independientemente de la reconstrucción de Ucrania.

Para finalizar, una pregunta elemental: ¿Dónde está la ONU? Si después de esta guerra no se replantea el papel y el funcionamiento de la ONU, casi mejor es que desaparezca. Porque se ha constatado, una vez más, que la guerra no es otra cosa que la continuación de la política por los procedimientos más indeseables. Con ONU y sin ONU.

Mariano Berges, profesor de filosofía

viernes, 11 de marzo de 2022

GUERRAS

 



¡Vaya mes! Ante tantos, variados y graves acontecimientos, uno no sabe a cuál atender. Tampoco es cuestión de jerarquizarlos por su gravedad, proximidad o conocimiento. Son tantos y tan graves que uno se anonada y opta por el silencio. Un silencio, aparte de lógico por el desconocimiento propio de los factores y causas de su desarrollo, que no interfiera en la liturgia del sufrimiento y no nos distraiga de lo que realmente hay que hacer, que no es otra cosa que acabar con ellos.

La guerra de Ucrania es impensable en la Europa del siglo XXI. Y si lo impensable ocurre, es que alguien lo ha pensado y lo ha llevado a cabo. No voy a ser tan impúdico y temerario como para opinar de geoestrategia mundial. Ya sabemos que España es un país de genios y que de la nada ha surgido una pléyade de epidemiólogos como ahora surge de “putinólogos”. Bastante tiene uno con intentar entender algunos artículos de expertos y guardar silencio ante el sufrimiento, muerte y migraciones de los ciudadanos de un país libre y soberano llamado Ucrania. Para no pecar de impúdico, solo me queda pedir el final de esta agresión por parte de la comunidad internacional. Si es por la vía diplomática, mejor, pero si es necesaria la guerra profesional contra el agresor… hágase, y cuanto más rápidamente, mejor. Una vez más, los pacifistas de pacotilla saben más que nadie y nos dan lecciones de moral a los demás. ¿O no aprendimos en Yugoeslavia? Hay un sector de la izquierda española que todavía no ha entendido que estar en la OTAN es la única manera de que España esté alineada con la UE en materia de defensa. Y esos titubeos de hoy no envío armas y mañana sí.

La guerra del PP es, aunque grave políticamente, más leve en sufrimiento y consecuencias. Sin embargo, políticamente es muy grave que uno de los dos grandes partidos estatales españoles se descomponga porque dos niñatos (Ayuso y Casado) se pongan a reñir sobre quién la tiene más larga. Al menos, alguien ha abierto una solución sensata y con perspectiva de futuro. Feijóo es la solución propuesta y parece que, visto lo visto, es la menos mala. Veremos. Los dos dirigentes peperos han dado una muestra de inmadurez que aterra ver la clase política que tenemos. Porque de eso ha ido la cosa, de una riña en el patio del colegio que a punto ha estado de hundir el colegio. Pobre PP, no sale de una y se mete en otra.

Casado, que surgió de la nada y a todos se les coló, ha demostrado ser políticamente un desastre. Para empezar, no ha sabido definir su espacio político. Vox lo ha asfixiado y no lo ha dejado respirar desde el primer momento. Y el PSOE lo ha encogido de tal manera que solo ha sabido insultar a su líder, sin ningún contenido político ni de Estado ni nada que se le parezca. Una de las primeras frases de Feijóo retrata bien la impericia de Casado, “no vengo a insultar a Sánchez sino a ganarlo”. Al menos, la cuestión principal está centrada. Pienso que no merece la pena seguir hablando de quien ha sido una mera anécdota en el PP.

La niñata Ayuso se ha quedado sin juguete si no insulta a Sánchez, pues la gestión ya sabemos que no va con ella. Su intervención en el último acto del PP, pidiendo la hoguera para los demás, siendo ella la investigada por la fiscalía, es un auténtico sainete madrileño. Pero, claro, no nos vamos a reír. El nuevo líder del PP va a tener un grave problema con ella. Y con su asesor áulico (MAR). Vamos a respetar el mes de marzo que le queda al PP antes de su congreso extraordinario y manifiesto mis mejores deseos de que acierte en la solución, para su propio bien y el de España, que necesita partidos fuertes, rigurosos y democráticos.

¿Será ésta la ocasión en que la radicalización y el deterioro del debate público español incluya también reflexión y negociación, y no solo insultos y/o mercantilismo? Desde el fallido pacto entre PSOE y Cs, que llegaban a los 180 escaños parlamentarios, España ha ido de mal en peor. PSOE y PP han sido incapaces de negociar la más mínima propuesta o ley en el Parlamento. El bipartidismo imperfecto no ha podido ser ocupado por los nuevos partidos, Podemos y Cs, y tampoco aún por Vox. Cierto que las denominaciones partidistas son todas provisionales y la ciudadanía sigue situada oscilando entre el centro izquierda y el centro derecha. El poder lo da el centro. Las oscilaciones forman parte del paisaje político y se nutren de los premios y castigos que el cuerpo electoral otorga a su hacer en el gobierno.

Ojalá que ambas guerras, una internacional y otra nacional, entren en fase de solución a la mayor brevedad. Desde mi humilde atalaya de voyeur brindo porque así sea.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 6 de febrero de 2022

ANGEL GUINDA, POETA

El pasado día 29 de enero murió Ángel Guinda, un enorme poeta y un hombre ontológicamente bueno, sin retóricas ni adjetivos. Este artículo sirve de recuerdo y personal homenaje.

 

Es difícil encajar en un artículo la personalidad y la amplia panorámica poética y humana de Ángel Guinda, amigo, hermano y maestro. Para ello voy a usar las notas que preparé para hacer la presentación de un libro suyo, “Poemas para los demás”, editado por Olifante en 2009. Este poemario no es ni mejor ni peor que otros poemarios suyos. En todos se autorretrata y nos habla de todas sus obsesiones. Cualquiera de ellos sirve para trazar una panorámica de su ser y su estar en el mundo.

 

Cuando leo a Ángel Guinda me conozco mejor, me siento mejor. Y siempre hago una lectura interesada, porque me interesa y desde mis intereses que sus poemas excitan: Epicuro, Marx (los dos), la Escuela de la Sospecha (Marx-Nietzsche-Freud), Existencialismo, Wittgenstein. Guinda siempre hace una poesía, además de estética, filosófica y moral, principio laico robado por las religiones para domesticarlo y diluirlo, y que él reivindica para su tarea subversiva. Todos dicen que Guinda ha sido un poeta influyente, pero a mí me interesa más como poeta influido, por la realidad social de su tiempo.

 

En este texto, “Poemas para los demás”, el subvertidor Guinda usa la subversión como único modo de supervivencia y, siempre solidario, hace para los demás, propuestas de subversión. Su vasta cultura asoma permanentemente en sus versos, en los que, con una profunda humildad alcanza altas cotas de significado. Maneja la ironía como distanciamiento hermenéutico de la realidad. Como casi siempre en sus poemas, habla de la muerte, siempre integrada en la vida. Usa la paradoja y la dialéctica, como explicación de la apariencia externa y de la realidad oculta. Proclama su solidaridad con los vulnerables, siempre y total (el poeta habla por los “sin voz”). Sobre la actualidad, solo el poeta es capaz de entenderla y ponerle nombre. A la manera del gran poeta Valente, también Guinda es el poeta  que pone nombre a las cosas. Toca, cómo no, la religión, las creencias, la iglesia. Recordando a Buñuel, no podemos no tenerlos en cuenta; solo nos queda subvertirlo. Y, cómo no, el poeta nos habla de la vida, siempre vencedora de la muerte, hasta después de la muerte. He visto pocos poetas tan vitales como Guinda. Así, su poesía es su inmortalidad. Y siempre está latente la esperanza. El poeta nunca es derrotado porque nunca se siente derrotado. Siempre sujeto, nunca objeto. Y, cómo no, en este poemario aparece su homenaje a Trasmoz, desde cuya intimidad llega a la trascendencia: “y el sobrio cementerio / que en silencio me espera”.

 

Hay un poema que me encanta, “Semillas”, donde, desde su materialismo histórico alcanza la trascendencia terrena, con una magnífica síntesis de escritura y vida: Escribo con palabras / rotundas y sinceras, / con palabras de pan, / de aceite, vino, agua, / de casa, de la calle, / con ideas en bruto, / para que tú me entiendas… /Escribo con semillas. / Sencillamente escribo. / Escribo como vivo. / Escribo como soy.

 

No concibe su existencia  sin ser poeta. El poeta reivindica su oficio hasta más allá de la muerte. El poeta es siempre poeta, haga lo que haga: Si me quitan la palabra escribiré con el silencio. / Si me quitan la luz escribiré en tinieblas. / Si pierdo la memoria me inventaré otro olvido. /… Si me quitan la vida escribiré con la muerte.

 

Hay un poema “Credo” que, en su brevedad, es una impresionante oración, laica, atea, pero profundamente teológica. Aparecen conceptos como la muerte de Dios, Jesucristo como la negación de Dios y el hombre que se atreve a ser Dios, el cielo como cristalización de lo hecho en la tierra.

 

Hasta cuando es escéptico, su firmeza es sólida: Todo lo trae y se lo lleva el tiempo. / La vida es una trampa incorregible. / ¿En qué creer después de haber creído? / Todo lo crea el tiempo y lo destruye. / La muerte es la verdad de haber vivido.

 

Finalizo con su poema “A pie de página”, que dice así: El poeta Ángel Guinda / desertó de este mundo. / De espaldas a la muerte / y abrazado a la vida. Definitivo. Adiós, amigo.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

 

domingo, 23 de enero de 2022

Lo mediático y lo real

 



Los medios juegan a futbolizar la política, cada uno es de su equipo y lo que importa es ganar

Estamos a mitad de una teórica legislatura de cuatro años. Con un gobierno de coalición de izquierdas por primera vez desde la instauración de la democracia. Un gobierno que hace bastantes cosas, que promete muchas más, que finaliza bastantes menos, que tiene una oposición mucho peor que él, que ha estado acompañado de una pandemia nunca vista, desde el principio de legislatura, y que la hemos sorteado igual de bien o mal que nuestros países del entorno. Un gobierno del que se tiene una percepción social positiva, a pesar de las muchas críticas que recibe, que ha aprobado algunas leyes y otras medidas necesarias y aplaudidas. Por tanto, la coalición funciona y el PSOE aparece como el partido preferido por los españoles para gobernarlos.

Y, sin embargo, la imagen del gobierno no es buena. Se le acusa de inestable, de estar dividido, de incompetente, de más efectista que efectivo y, sobre todo, no inspira confianza de cara al futuro. Es una sensación poco creíble la que transmite el gobierno de coalición, porque los trabajadores siguen con sus altas cuotas de paro, con sus bajos salarios, la juventud sigue en tierra de nadie (¿hasta dónde llega la juventud?, porque hay jóvenes de 40 que aún no se han estrenado), la desigualdad sigue sin reducirse, el modelo económico sigue sin modificarse, la dependencia del exterior sigue dejándonos en la minoría de edad como país y, sobre todo, la pandemia sigue sin estar controlada ni con una hoja de ruta clara.

Con la pandemia nos pasa una cosa rara. Bueno, tan rara como lo que hemos comentado hasta ahora. Nuestra autoridades, locales, autonómicas y estatales, nos cuentan que están haciendo todo lo posible por defendernos de ella. Nuestra red sanitaria, aún sin ser tan buena como nos decían hasta hace poco, ha aguantado bastante bien la presión hospitalaria. La vacunación ha ido bien, al menos tan bien como en nuestro entorno. La sociedad se ha portado bastante bien en la disciplina que se le ha pedido. Y, sin embargo, en estos momentos, estamos a la cabeza de los contagios. Cierto que esto de los ranking suben y bajan con mucha facilidad y frecuencia. También en esto la ciudadanía tiene la mosca detrás de la oreja: tiene difícil la crítica, pero no está enamorada de sus autoridades. ¿Será la genética española, que nada le parece bien? Y aquí también aparece la nefasta oposición española. Ambos, oposición y gobierno, se acusan mutuamente de imposibilitar acuerdos básicos en cuestiones importantes de salud, economía, política. Pero ambos usan toda su energía en desacreditar al adversario en vez de seducirlo.

Ni siquiera los 140.000 millones de euros provenientes de Europa (la mitad a fondo perdido y la otra mitad con devolución) nos permiten ver el futuro con tranquilidad. Es como si el ambiente político español, con su permanente toxicidad, nos impidiera conciliar el sueño, y la incertidumbre se apoderara de todos nosotros hasta convertirse en ansiedad y depresión.

Mientras tanto, los medios de comunicación juegan a futbolizar la política. Cada uno es de su equipo y lo que importa es ganar. Nadie es de España, y mucho menos los que afirman solemnemente ostentar el monopolio de lo español. Y los independentistas, claro. Porque los medios, a pesar de la caída en las ventas, siguen siendo los que marcan la importancia de los asuntos y dictaminan sobre la posición, correcta o no, de los distintos agentes políticos. Y más aún en el caso de los ciudadanos españoles, que solo compran o solo leen el periódico de sus amores. A muy pocos se les ocurre leer algún periódico que no sea «el suyo». Y así, lo único que hacemos es ratificar lo que «ya sabía» de antemano. Y, sabedores de esto, los agentes políticos se dedican a hablar de lo qué y cómo les gusta leer-oír a los lectores.

Todo esto hace que exista una doble España, la real, que casi nadie conoce aunque la sufra, y la mediática, que casi todo el mundo cree conocer y la confunden con la real. Y esto es lo que llena a España de ruido y la vacía de debates sobre la realidad. Tenemos ejemplos todos los días en los distintos medios. Las ya famosas macrogranjas y un político llamado Garzón (falso debate pero mucho ruido). Una política llamada Yolanda, que no sabemos de qué partido es ni a quién representa ni qué propone, pero a la que parece que van a votar todos. Un presidente llamado Sánchez, que no enamora y al que todos criticamos, pero que saca todo adelante y que prácticamente tiene asegurada su legislatura. Una reforma laboral, que nadie ha leído, que a todos gusta (menos a los que no les gusta más que lo suyo) y que ha sido calificada, cómo no, como «histórica». Una pandemia que nos ha hecho a todos epidemiólogos y virólogos en cuatro días. Pero prácticamente nadie habla del paro real, de los salarios reales, de la juventud real, de la sanidad real, de la pobreza real, del mal funcionamiento de las instituciones. En definitiva, nadie habla de la realidad. Y así nos va.

Por cierto ¿qué es la realidad? Es la cuestión fundamental de toda filosofía seria.

viernes, 24 de diciembre de 2021

MENOS RETÓRICA Y MÁS DIGNIDAD

 


Ciertamente los acontecimientos sociales, económicos y políticos suceden con una velocidad trepidante. Uno tiene la percepción de que los diversos agentes implicados están ansiosos con finalizar el puzle que tienen entre manos. Pero un puzle tiene poco que ver con los objetivos y procesos de cualquier planificación pública. No se trata solo de finalizar sino de finalizar bien, y, sobre todo, de responder a las expectativas de los receptores. En un proceso es más importante el proceso que el final. Todo proceso bien gestado cuenta con la participación de los afectados, que son los que realmente elaboran el proceso. Es más lento pero más real.                                                     

Si analizamos someramente la secuenciación mediática seguida  en cualquiera de las leyes aprobadas o en fase de aprobación, vemos que es muy semejante: 1) declaraciones mayestáticas acerca del cambio radical que supone la ley y que va a suponer una mejoría nunca vista en la vida de los españoles; 2) discusión interna PSOE-UP-socios de investidura sobre el alcance de la nueva ley; 3) enfriamiento de las mayestáticas declaraciones de principio del proceso; 4) suspense hasta el último minuto previo a la aprobación; 5) episodio final: el parto de los montes es un ratón; 6) epílogo: explicación a posteriori de que hemos hecho lo máximo que podíamos hacer, seguida de una declaración solemne y autolaudatoria del presidente.

Se trata, pues, de una política de finales mágicos y no de procesos. Unos finales un tanto artificiales y rimbombantes, carentes de la reflexión que todo proceso conlleva. Mientras tanto, faltan referencias para saber si la acción política supone un progreso social o es un mero adorno estético. Fundamentalmente hay una referencia muy significativa, y es la percepción ciudadana de que el efecto buscado por los políticos es el mantenimiento del estatus personal más que la utilidad de los resultados finales. En el fondo, es tal como una viñeta de El Roto nos decía hace poco tiempo: Dos varones trajeados (políticos) se abrazan, mientras uno dice “yo te respaldo y tú me apoyas”. “Vale ¿y qué hacemos luego?”, contesta el otro. “Nos mantenemos” responde el primero.

Conclusión: “e la nave va”. Por inercia de los hechos, por explicación populista y demagógica, por correlación de debilidades y necesidades de los agentes pactantes.

Tanto cuenta la magia del discurso y la teatral puesta en escena que ya no hablamos de las cosas de siempre: trabajo, seguridad familiar, dignidad. Hablamos de unas cosas raras: tecnología, cambio climático, ecología, feminismo, trabajo online… No niego la importancia de estas cuestiones, fundamentales para el futuro próximo que nos espera, pero la pregunta es también cómo afecta esto en lo electoral. Pues penalizando más a la izquierda que a la derecha, ya que las clases populares se sienten abandonadas, incluso insultadas, mientras la derecha demagógica ha entrado en ese lenguaje antiguo pero básico. El discurso de Vox y la ultraderecha europea es el ejemplo más claro. Al contrario que la izquierda, que ha abandonado un terreno que le era propio, y eso escuece a los suyos (o que antes eran suyos). Porque si las cosas básicas materiales faltan, también falta algo tan espiritual y necesario como la dignidad. No nos pasemos de listos

Puede ser que, en este escenario, la izquierda tenga la tentación de olvidarse de plantear la batalla en términos económicos, e insistir en otras variables más modernas y paradigmáticas. Claro que hay que reformar el mercado laboral y que hay que insistir en la digitalización, ecología, feminismo…, pero me temo que, aparte de conceptos de los que no se priva ningún discurso político, no son realidades sino soluciones mágicas. Porque ¿qué pasa con los puestos de trabajo que la digitalización destruye? España necesita una opción económica sólida, precisa más trabajo y mejores salarios, y que empleados, autónomos y pymes tengan un futuro mucho más razonable. Con las soluciones actuales, seguiremos en la misma dinámica decadente. Necesitamos que la política encare el problema material de otra manera, que se vuelque en la economía productiva. Y esta época se presta a hacerlo.

Los fondos procedentes de la UE podrían y deberían ser una ocasión magnífica para poder compatibilizar el presente y el futuro. Pero me temo que la burocracia española no está preparada para gastarlos con una planificación secuenciada y dirigida a una transformación radical de nuestra estructura productiva. Gastar por gastar entra dentro de los discursos retóricos y de los finales mágicos, pero no de procesos racionales y dirigidos a la modificación de nuestra estructura productiva. El futuro se construye desde el presente, no ignorándolo. Y el presente se soluciona desde la política, no desde la retórica.

Mariano Berges, profesor de filosofía

 

martes, 23 de noviembre de 2021

DE LA POLÍTICA Y LOS POLÍTICOS





En los últimos días ha habido mucho movimiento político-orgánico de los partidos políticos españoles: congresos del PSOE, PP, PAR, IU, asambleas varias y hasta algún “aquelarre”. En todos se da un mismo tipo de movimiento: desplazarse hacia donde los sondeos dicen que hay más voto: socialdemocracia, izquierda de la izquierda, centro derecha, transversalidad y varios ismos según la parte de territorio español en que nos situemos: aragonesismo, andalucismo, nacionalismo (a elegir entre español, catalán, vasco, gallego…). ¿Y las ideas dónde están? Ya Marx avisaba contra las ideologías y apostaba por las ideas. Pero ese señor ha sido uno de los filósofos peor leídos de la historia.

Y no digamos nada del uso (y abuso) de ciertos términos. Últimamente se ha abusado mucho del término derogación aplicado a la Reforma Laboral. Lo que en principio significa dejar una ley sin efecto, ahora parece que también se puede interpretar con dejar sin efecto una parte de la ley. Ya Locke decía en su tratado sobre la tolerancia que antes de discutir hay que ponerse de acuerdo en qué significan las palabras. De lo contrario acabaríamos en Alicia donde las palabras significan lo que quiere que signifiquen quien tiene el poder. Viene bien aquí uno de los últimos comics de El Roto: “Me acuerdo de cuando el ocio nocturno era dormir”, dice el marido. “Qué tiempos”, contesta la esposa.

Como siempre, hay dos grandes protagonistas en la política: gobierno y oposición. Los demás procuran aprovechar sus pequeños momentos de gloria para poder permanecer en la retina del espectador el mayor tiempo posible y de la mejor manera posible. Sánchez es el nombre del momento a nivel nacional, con otros nombres en el siguiente nivel: Casado, Yolanda Díaz. En las CCAA, cada una tiene su propia versión. En Aragón, estaría Lambán y… ¿nadie más?

¿Qué decir de Pedro Sánchez que no se haya dicho ya? Se ha hablado de él desde todos los ángulos posibles. Habría para una tesis doctoral. En mi opinión es un superviviente nato. Todo lo supedita a ello. ¿Maquiaveliano? No lo veo tan sutil. Cierto que casi todos los políticos tienen por objetivo máximo sobrevivir. Por eso no tratan con la realidad sino con su interpretación de la realidad. Y cuando tienen que rectificar con hechos distintos sus dichos anteriores, son maestros en dar coherencia a comportamientos incoherentes. Sánchez no duda. Habla como si siempre hubiera pensado así. Claro que con la tecnología actual de los medios, eso es imposible sostenerlo. Pero el votante medio no analiza ni compara, actúa por sus últimas impresiones. Siempre he pensado que un político debe poder explicar (y explicarlo) todo, sus aciertos y sus errores, sus coherencias y sus incoherencias. La gente lo agradecería y lo sentiría más próximo.

En el último congreso del PSOE, Sánchez se agarró a la socialdemocracia, abrazado al icono Felipe González ¿Es que no era socialdemócrata el PSOE? Parece ser que no. ¿Era izquierdista? ¿Era populista? ¿Era de centro izquierda? ¿Es ahora socialdemócrata? Menudo follón.

 

Tras dos años de gobierno en coalición con UP le quedan otros dos años (si acaba la legislatura) para zanjar muchos interrogantes y clarificar su política. Las decisiones económicas y sociales que tome, tras las promesas que ha hecho, definirán su perfil político y gestor. Hasta ahora, la crisis sanitaria ha dominado el panorama sin poder matizar políticas de unos u otros, porque todos han trabajado casi exclusivamente en controlar y superar la crisis sanitaria. De todos ellos, solo una ha destacado, Ayuso en Madrid, pero para mal. Independientemente de su clamoroso triunfo. Pero ésa es otra historia.

La UE y su banco central han resuelto las carestías del presente, sin pensar mucho en la deuda que nos envuelve. Pero, a partir de ahora, tendrá que ser la política económica la que decida. ¿Va ser socialdemócrata la política económica de Sánchez? Ésa es la cuestión. Para ello, primero hay que producir y luego repartir. No al revés. ¿Estarán UP y los socios de investidura por la labor? Lo dudo, pues la demagogia, el nacionalismo y el populismo son la antítesis de la racionalidad socialdemócrata. ¿Tendrá suficiente músculo el PSOE para imponer su política? Primero hay que querer, y luego poder. Para ello hay que abandonar las grandes frases publicitarias y robustecer las instituciones, cuya gestión servirá para bien o mal de los ciudadanos, pues los ciudadanos reciben la bondad o maldad de la política a través de las instituciones y no de los partidos políticos, meros instrumentos para hacer política institucional, que es la que realmente importa.

El cortoplacismo de los populistas es un grave peligro para la democracia. Sin horizonte no hay proyecto, y sin proyecto no hay política. Y, desde esta perspectiva, el gobierno de coalición es un gobierno inédito. Todo está por ver. Los fondos UE pueden ser una rampa de lanzamiento o una fosa. Todo dependerá de si hay política económica o todo se reparte a voleo, según la capacidad de presión de cada cual. Al tiempo.

Mariano Berges, profesor de filosofía


martes, 19 de octubre de 2021

CATALUÑA, ENTRE LA NADA Y LA ESPERANZA

 

Hace mucho tiempo que no escribo sobre Cataluña y, sin embargo, es una cuestión siempre importante, pues no deja de ser una caja de resonancia de muchas otras cuestiones que, supongo saldrán a lo largo de este artículo.

Las elecciones catalanas del 14 de febrero de 2021 supusieron un punto de inflexión en la reflexión sobre Cataluña, tanto interna como externamente. Con el cese de Torra, condenado por delito de desobediencia, finaliza el más triste y patético fracaso de Cataluña, caracterizado por la falta de gobernanza y la falta de horizonte. El fracaso económico catalán no ha sido solo por el cacareado dumping fiscal de Madrid, sino por la corrupción sistémica, acompañada por una penosa dejadez administrativa y una inseguridad jurídica artificial. Todo ello envuelto en una estelada gigante que dejó ciegos a casi todos los pensadores, catalanes y no catalanes. La ridiculez de las propuestas del Parlament, el posicionamiento inane del President y la gratuidad y frecuencia de la violencia callejera daban una versión bananera de Cataluña. A partir del resultado de las elecciones del 14 de febrero y la constitución del nuevo Govern, con Aragonés al frente, se observan ciertas expectativas de racionalidad, aunque sin exagerar. Al menos, el barniz bananero se ha modernizado un tanto y el futuro se muestra menos estridente.

Hay que tener en cuenta que el actual Estado autonómico español tuvo como una de sus causas principales a Cataluña. Y así funcionó durante algún tiempo. Pero el enquistamiento de la derecha catalana, y posteriormente de todo el nacionalismo catalán, supuso una regresión llena de ilegalidades que fue ampliándose gradualmente hasta llegar al encarcelamiento de sus principales dirigentes y la fuga al extranjero de otros, con el expresidente Puigdemont a la cabeza.

Hoy, Cataluña sigue en la encrucijada del qué hacer y por qué derroteros caminar, coqueteando con la ley y la Constitución. Un día da una de cal y al siguiente, otra de arena. Sigue empecinada en ser tratada como un Estado en igualdad de condiciones al Estado español. La paciencia española tiene unos límites que cada día son más estrechos. En estos momentos, están ambas partes en la archiconocida mesa de diálogo, más escenificación teatral que encuentro político. En noviembre, parece ser que el modelo de la financiación autonómica tiene que discutirse en el foro interterritorial   autonómico. Este año con unos fondos europeos que hacen una bolsa muy apetecible. Si Cataluña, una vez más, se ausenta y pretende una interlocución única con el Gobierno español, las CCAA restantes no creo que lo soporten. Y, menos aún, si recibe una financiación desproporcionadamente superior a las demás comunidades.

Cierto que posconvergentes y republicanos tienen una competencia interior muy fuerte electoralmente, en la que se enfrentan a un juego de poker muy peligroso. Pero pienso que ambas formaciones cada vez están más alejadas de la sociedad catalana, lo que puede acabar en un aislacionismo irrelevante de los partidos nacionalistas respecto a la propia Cataluña y a España, en la que hay otras 16 comunidades. Añádase a esto el compromiso autonomista clarísimo del Gobierno español.

En estos momentos, la famosa mesa de diálogo parece sostener todo el andamiaje. Pero, seamos serios, ¿por cuál de los dos objetivos políticos secesionistas empezamos, por la amnistía o por la autodeterminación? Todo el mundo, incluidos los indepes, saben que eso es un imposible. ¿O estamos haciendo tiempo hasta la aprobación de los presupuestos? ¿Con los presupuestos aprobados hablaremos en un lenguaje inteligible y mensurable para todos? ¿O estamos en un momento de precalentamiento y vuelve a ser Pujol (91 años), el único político catalán que reconoce que el procés fracasó y que, tal y como lo plantearon, era “una quimera”? “Se ha comprobado”, dice Pujol, “que ahora el independentismo no es lo bastante fuerte para conseguir la independencia, pero sí para crearle un problema muy serio a España”. ¿Cómo arreglar ese problema? Respuesta de Pujol: un apaño. Los nacionalistas, dice, “debemos estar abiertos a fórmulas no independentistas que (…) aseguren la identidad, la capacidad de construir una sociedad justa y de facilitar la convivencia”. Éste sí que es un camino transitable, aunque tengamos siempre la sospecha en lontananza. Si los vascos han aprendido lo que no hay que hacer, visto el fracaso de ETA, los catalanes pueden sacar las mismas consecuencias, visto el fracaso del proces.

Unos de estos últimos días, el Círculo de Economía catalán ha dicho nada menos que lo siguiente: “el futuro de Cataluña pide una política de Estado, y, por lo tanto, volver a tener presencia e influencia catalana en España, el único Estado realmente existente que tenemos los catalanes”. Toda una declaración de principios por parte de quien juega con las cosas de comer y no con sueños inoperantes y harto peligrosos. Hay esperanza. Igual hay que hacer tiempo.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 19 de septiembre de 2021

SABER MIRAR PARA PODER VER

Reconozco que soy más lector del periodismo de opinión que del meramente informativo. Y, además, de medios distintos y hasta contrarios. Ello hace que lea posiciones muy divergentes, y no solo por causas derivadas del enfoque político o partidista, sino del propio enfoque filosófico.

Por ejemplo, últimamente he visto dos artículos con dos enfoques distintos y que me han hecho pensar. Uno se refería al triste papel que personalidades importantes de la Transición, tanto de derechas como de izquierdas, jugaban en la actualidad, especialmente en la cuestión territorial y en el revisionismo histórico de los últimos cuarenta años (“Las élites enfurruñadas de la Transición” de Ignacio Sánchez-Cuenca). Entre ciertos protagonistas de la Transición ha habido una cierta derechización, que por cuestiones de edad no sería raro, sino también de una cierta intolerancia hacia la política y políticos actuales. Por ejemplo, la cuestión catalana, en la que el maximalismo de unos y la ausencia del Estado por parte de otros ha exacerbado la discusión hasta hacer imposible el diálogo. La intolerancia de los viejos políticos hacia los actuales no siempre es justa, y yo pienso que es más difícil hacer política hoy que ayer. Era más fácil y satisfactorio el salto de una dictadura a una democracia que batallar cotidianamente en la situación actual, donde el vértigo de los cambios y la incertidumbre del futuro hace difícil cualquier proyecto a medio plazo.

El otro enfoque es el triste papel que los partidos políticos actuales juegan en la actualidad con su desarraigo de la sociedad y su colonización del Estado y sus instituciones (“La deslegitimación de los partidos políticos”, de Rafael         Jiménez Asensio), a propósito de la glosa de un libro de Piero Ignazi. El magnífico artículo de mi amigo Rafael expone el bajo nivel de confianza por parte de la sociedad en los políticos y en los partidos políticos, especialmente en España. Desconfianza que se ha trasladado a las instituciones y a la propia democracia. Suscribe una frase muy dura de Ignazi: “Los partidos han firmado una suerte de pacto fáustico; han entregado su alma a cambio de una vida más larga”, a través de un parasitismo institucional de donde extraen recursos ingentes y variados a repartir entre sus clientelas y adláteres.

He reflexionado sobre ambos problemas, poniéndome en el lugar de todos ellos e intentando comprender el porqué de sus planteamientos. La dialéctica subjetivo-objetivo late en ellos. La perspectiva del pasado es distinta que la del presente, y siempre es más complejo el presente, aunque solo sea porque no puedes salir de él. Cualquier análisis que hagamos debe tener en cuenta la complejidad de la realidad, aunque ello suponga dudas y expresiones no taxativas. Para ello, me vienen bien algunos criterios que el filósofo Edgar Morin maneja para su formulación del pensamiento complejo, especialmente en su obra principal, El Método. Una idea básica de Morin es lo que él considera el fin del método, que no es otro que ayudar a pensar por uno mismo para responder a la complejidad de los problemas. No debemos dejarnos someter por las ideas, pero no podemos resistir a las ideas más que con ideas. Hay que abandonar las trincheras y salir a campo abierto, que nos dé el aire, que las ideas bien argumentadas sean la munición en el combate y no los prejuicios. Ser de izquierdas no es ser totalitario ni ser de derechas es ser fascista. Todo los totalitarismos y sectarismos acusan el mismo defecto: la pereza intelectual y la incapacidad argumentativa. Cambiar los insultos por argumentos sería un buen principio para acabar con la crispación política. La demonización del adversario, tanto interno como externo, casi siempre favorece al que está en el poder.

 

El papel de los medios de comunicación es fundamental en la depuración y configuración de la realidad. Diferenciar información y opinión es básico, siendo ambas necesarias. Sin esta función de intermediación que tienen los medios entre el poder y la ciudadanía, entre los políticos y la sociedad, es muy difícil avanzar. Nunca con tantos canales de comunicación ha habido tanta desinformación. ¿Son las redes sociales canales de comunicación?

 

Tenemos, pues, unos partidos políticos endogámicos y colonizadores de las instituciones, una sociedad polarizada llegando al sectarismo no pocas veces y unos medios poco propicios al análisis y más propensos al chascarrillo. Aunque unos más que otros, todos tenemos responsabilidad en esta falta de horizonte. Porque la tarea es clara aunque difícil: se trata de comprender la realidad para poder transformarla. Y la primera característica de la realidad es su complejidad, o lo que es lo mismo, saber ver las distintas dimensiones de ella. Y para ello tenemos que empezar por modificar nuestra disposición mental como nueva forma de abordar la realidad. Hay que saber mirar para poder ver.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 22 de agosto de 2021

EN AGOSTO NO PASA NADA

 



Agosto es un buen mes para colarse en sus casas y sus mentes, sin ruido ni aspavientos. Se trata de una entrada suave para hablar de nuestras cosas y, sobre todo, de nuestro estado de ánimo. ¿Cómo va la vida? Intuyo que mediocremente, pues los acontecimientos y, sobre todo, la falta de ellos han vuelto plana nuestra existencia. La epidemia, pandemia, postpandemia, vacunas, inmunidad, contagios, vacaciones sí/no, bares sí/no, viajes sí/no… hacen que nuestra vida sea un sinvivir, una duda universal, no cartesiana sino emocional. Nuestras mentes esperan no sé qué para no sé cuándo y nuestras expectativas se han diluido en un magma desconocido y abstracto. Si el futuro siempre ha sido incierto, ahora lo es mucho más.

Nuestras autoridades han desaparecido de nuestras preocupaciones y, por mucho que lo intenten, no ocupan ni preocupan nuestra atención. Tiene que ser duro para ellos no incidir en la realidad ni en las mentes de la gente. Aunque lo intentan no lo consiguen.

A los medios de comunicación les sucede algo parecido. Si ya es normal que en el mes de agosto los medios de comunicación adelgacen sus páginas y contenidos, este año se ha notado mucho más. Es como si los receptores no esperasen nada, o no supiesen qué se puede esperar. Vuelvo a citar el título de Beckett “Esperando a Godot”. Toda la obra esperando a Godot, que resolvería sus incertidumbres existenciales, pero Godot no llegó. ¿Qué fue de esas dos personas expectantes de no sabían qué o quién? No lo sabemos. Como no ponemos rostro a los contagiados, muertos y enfermos de esta época de nuestra existencia.

Me pregunto qué época es más auténtica, ésta nihilista o ésa otra desbordada de acontecimientos. Si lo pensamos serenamente, ambas son fases o épocas distintas de la misma vida. La mente humana debe conducir la existencia, y no al revés. Las contrariedades, desgracias, alegrías, van en el mismo paquete en esa existencia que, sartrianamente, solo podemos definir al final de nuestras vidas. Lo importante de la vida es darle sentido como tal vida humana. De lo contrario, es una mera vegetatividad.

Pues bien, podemos aprovechar este largo agosto de nuestra vida para reflexionar sobre el sentido de ella. Así como las leyes son imprescindibles, aunque solo sea para poder transgredirlas, las directrices y coordenadas existenciales son también imprescindibles para poder seguir caminando con un cierto orden. Orden que ponemos nosotros y no nos lo ponen desde fuera, pues nuestra vida es nuestra y no nos la debe vivir nadie.

Y vivir es siempre filosofar, despojando a este término de toda solemnidad. Y todo el mundo es filósofo, menos los estúpidos, que renuncian a filosofar. Y si la filosofía (reflexionar, vivir con sentido) sirve para algo es para perjudicar la estupidez, que no es una falta de inteligencia ni conocimiento, sino una manera de conformar el pensamiento en lo obvio, aceptar las respuestas sin haberse planteado las preguntas. Las respuestas nos esclavizan y las preguntas nos liberan. La filosofía es todo lo contrario a un libro de autoayuda que nos precariza inhabilitando nuestra capacidad de pensamiento crítico y nos esclaviza con el ruido atronador de lo banal. La filosofía, en fin, no es un saber ni una utilidad, sino una actitud que salvaguarda nuestra dignidad, que es la que da sentido a la condición humana. La filosofía es, básicamente, dar sentido a nuestra vida. De manera que si nosotros desaparecemos desaparece la filosofía, y si la filosofía desaparece es porque nosotros hemos desaparecido.

Agosto da para esto y para más. Pensar es gratis y no pensar sale caro, al menos colectivamente. Decía Francis Bacon que “quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. Por eso lo mejor de Occidente viene de los griegos. Ellos descubrieron el pensamiento, en el que, si nos fijamos bien, no solo no coinciden entre ellos sino que se contrarían dialécticamente, de manera que todos ellos configuran un mosaico capaz de abarcar todas las preguntas e incertidumbres del ser humano. Y cuantas más incertidumbres es capaz de soportar el hombre, más inteligente y más filósofo es.

Frente a la obviedad y la retórica hueca peleemos con la reflexión y el sentido crítico en nuestras vidas. La pandemia que nos asola podría ser así positiva.

Mariano Berges, profesor de filosofía