domingo, 22 de agosto de 2021

EN AGOSTO NO PASA NADA

 



Agosto es un buen mes para colarse en sus casas y sus mentes, sin ruido ni aspavientos. Se trata de una entrada suave para hablar de nuestras cosas y, sobre todo, de nuestro estado de ánimo. ¿Cómo va la vida? Intuyo que mediocremente, pues los acontecimientos y, sobre todo, la falta de ellos han vuelto plana nuestra existencia. La epidemia, pandemia, postpandemia, vacunas, inmunidad, contagios, vacaciones sí/no, bares sí/no, viajes sí/no… hacen que nuestra vida sea un sinvivir, una duda universal, no cartesiana sino emocional. Nuestras mentes esperan no sé qué para no sé cuándo y nuestras expectativas se han diluido en un magma desconocido y abstracto. Si el futuro siempre ha sido incierto, ahora lo es mucho más.

Nuestras autoridades han desaparecido de nuestras preocupaciones y, por mucho que lo intenten, no ocupan ni preocupan nuestra atención. Tiene que ser duro para ellos no incidir en la realidad ni en las mentes de la gente. Aunque lo intentan no lo consiguen.

A los medios de comunicación les sucede algo parecido. Si ya es normal que en el mes de agosto los medios de comunicación adelgacen sus páginas y contenidos, este año se ha notado mucho más. Es como si los receptores no esperasen nada, o no supiesen qué se puede esperar. Vuelvo a citar el título de Beckett “Esperando a Godot”. Toda la obra esperando a Godot, que resolvería sus incertidumbres existenciales, pero Godot no llegó. ¿Qué fue de esas dos personas expectantes de no sabían qué o quién? No lo sabemos. Como no ponemos rostro a los contagiados, muertos y enfermos de esta época de nuestra existencia.

Me pregunto qué época es más auténtica, ésta nihilista o ésa otra desbordada de acontecimientos. Si lo pensamos serenamente, ambas son fases o épocas distintas de la misma vida. La mente humana debe conducir la existencia, y no al revés. Las contrariedades, desgracias, alegrías, van en el mismo paquete en esa existencia que, sartrianamente, solo podemos definir al final de nuestras vidas. Lo importante de la vida es darle sentido como tal vida humana. De lo contrario, es una mera vegetatividad.

Pues bien, podemos aprovechar este largo agosto de nuestra vida para reflexionar sobre el sentido de ella. Así como las leyes son imprescindibles, aunque solo sea para poder transgredirlas, las directrices y coordenadas existenciales son también imprescindibles para poder seguir caminando con un cierto orden. Orden que ponemos nosotros y no nos lo ponen desde fuera, pues nuestra vida es nuestra y no nos la debe vivir nadie.

Y vivir es siempre filosofar, despojando a este término de toda solemnidad. Y todo el mundo es filósofo, menos los estúpidos, que renuncian a filosofar. Y si la filosofía (reflexionar, vivir con sentido) sirve para algo es para perjudicar la estupidez, que no es una falta de inteligencia ni conocimiento, sino una manera de conformar el pensamiento en lo obvio, aceptar las respuestas sin haberse planteado las preguntas. Las respuestas nos esclavizan y las preguntas nos liberan. La filosofía es todo lo contrario a un libro de autoayuda que nos precariza inhabilitando nuestra capacidad de pensamiento crítico y nos esclaviza con el ruido atronador de lo banal. La filosofía, en fin, no es un saber ni una utilidad, sino una actitud que salvaguarda nuestra dignidad, que es la que da sentido a la condición humana. La filosofía es, básicamente, dar sentido a nuestra vida. De manera que si nosotros desaparecemos desaparece la filosofía, y si la filosofía desaparece es porque nosotros hemos desaparecido.

Agosto da para esto y para más. Pensar es gratis y no pensar sale caro, al menos colectivamente. Decía Francis Bacon que “quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. Por eso lo mejor de Occidente viene de los griegos. Ellos descubrieron el pensamiento, en el que, si nos fijamos bien, no solo no coinciden entre ellos sino que se contrarían dialécticamente, de manera que todos ellos configuran un mosaico capaz de abarcar todas las preguntas e incertidumbres del ser humano. Y cuantas más incertidumbres es capaz de soportar el hombre, más inteligente y más filósofo es.

Frente a la obviedad y la retórica hueca peleemos con la reflexión y el sentido crítico en nuestras vidas. La pandemia que nos asola podría ser así positiva.

Mariano Berges, profesor de filosofía


viernes, 25 de junio de 2021

HOY ENTRA EN VIGOR LA LEY DE LA EUTANASIA


Tras medio año sabático sin escribir artículos, me reincorporo, por la amabilidad receptora del director de EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, a este medio informativo, e intentaré reflexionar sobre algunas cuestiones de actualidad. Lo haré, como siempre, con humildad, reivindicando el derecho a equivocarme, pero con honestidad y con pasión. Y siempre con respeto y educación hacia los que no piensan como yo. Mi objetivo no es dictar doctrina sino enriquecer el debate público. Empezaré por la eutanasia, el último derecho que los españoles estrenamos hoy, 25 de junio de 2021.


El Congreso de los Diputados aprobó en marzo, con los únicos votos en contra de PP y Vox, la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE), una iniciativa del PSOE cuya aplicación real se producirá a partir del 25 de junio, según recoge el BOE publicado el pasado 25 de abril. En este artículo solo pretendo hacer alguna reflexión en voz alta sobre el fondo de la Ley, obviando las características técnicas, que son propias de otro tipo de escrito.


Por su novedad y sus características específicas, la LORE es una ley que tardará en implantarse con plena eficacia y generará una casuística diversa y esperemos que constructiva. Se trata de una ley que hará camino al andar De todo el contenido de la LORE hay dos aspectos que quisiera resaltar: 1) El sujeto pasivo de la Ley: cualquier persona mayor de edad y con un año de empadronamiento en España que sufra «un padecimiento crónico e imposibilitante» o «una enfermedad grave e incurable causante de un sufrimiento físico o psíquico intolerables», podrá pedir la eutanasia o el suicidio asistido. 2) La Comisión de Evaluación y Garantía es el filtro final que decidirá sobre la aplicación o no de la eutanasia a un paciente terminal. Gran importancia la de este órgano.


Tras tres años de guerra (in)civil y cuarenta de dictadura, el año 1978, con la aprobación de la Constitución Española, supone el principio de la contemporaneidad para España (exceptuando el breve paréntesis de la II República). Y tras una serie de derechos importantísimos como la educación y sanidad universales y gratuitas, han sido aprobados por el Parlamento español otros derechos civiles individuales que han colocado a España en un lugar privilegiado de Europa y del mundo. Estos derechos de última generación son el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual y, ahora, la eutanasia. Todos ellos tienen una característica común: para todos son derechos y para nadie son obligatorios. Por eso, desde una perspectiva sensata, racional y democrática, no se entiende tanta oposición a ellos, a no ser que se posicionen tras unos principios ideológicos, disfrazados de principios religioso-fundamentalistas. Hay otro tipo de cristianismo, como el de Hans Küng, que se pregunta “Todos tenemos una responsabilidad sobre nuestra vida. ¿Por qué vamos a renunciar a ella en la etapa final?”. Eso es teología seria y rigurosa.

La eutanasia es el último logro de la contemporaneidad en la victoria humana sobre la muerte. El hombre (genérico inclusivo) controla ya todo el proceso de la existencia humana, desde el nacimiento a la muerte. En definitiva, es el triunfo de la ciencia, la libertad y la autonomía humanas. 

Sin embargo, la muerte sigue siendo un tabú. Por eso hablamos poco de ella. Pero cuando a alguien se le pregunta si la teme, suele contestar que a lo que en realidad teme es al sufrimiento. El griego Epicuro (s. IV) lo expresó y argumentó magistralmente en su Carta a Meneceo. “Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros, porque todo bien y todo mal residen en la sensación y la muerte es privación de los sentidos. Nada temible hay en el vivir para quien ha comprendido realmente que nada temible hay en el no vivir. De suerte que es necio quien dice temer la muerte, no porque cuando se presente haga sufrir, sino porque hace sufrir en su demora. En efecto, aquello que con su presencia no perturba, en vano aflige con su espera. Así pues, el más terrible de los males, la muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente y, cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros”.


El temor es al dolor físico, por supuesto, pero también al dolor psicológico de tener que seguir viviendo en condiciones insoportables. Morir bien es seguramente el deseo más universal, pero el concepto de buena muerte no es igual para todos. Con los avances actuales de la medicina se puede alargar la vida muchísimo, pero, con frecuencia, a costa de un gran sufrimiento o la pérdida irreparable de la mínima calidad de vida, bien sea por pérdida de facultades físicas o mentales. La perspectiva de un largo y penoso deterioro hace que muchos ciudadanos quieran decidir por sí mismos cuándo y cómo morir. Dejémosles ejercer ese derecho que, desde hoy en España, para todos es posible y a nadie obliga.



Hay quien sostiene que si se pudiera garantizar a todos los enfermos unos buenos cuidados paliativos, la eutanasia no sería necesaria. Pero la medicina paliativa no cubre ni todos los casos ni todos los tipos de sufrimiento. Eutanasia y cuidados paliativos no son opciones excluyentes, sino complementarias. Seguramente, la legalización de la eutanasia extenderá la cobertura de los cuidados paliativos. Ojalá.


Mariano Berges, socio de DMD (Derecho a Morir Dignamente)



sábado, 26 de diciembre de 2020

ESTADO Y SOCIEDAD

 


La ventana indiscreta


Hace ya ocho años que comencé mi colaboración quincenal en El Periódico de Aragón. Creo que es momento de desconectar ustedes y yo, porque observo que las reiteraciones y la finitud de mis enfoques temáticos hacen prescindibles mis artículos. Todos necesitamos retroalimentarnos, y más si se trata de alimento intelectual.

Es un buen momento para despedirse: fin de año, comienzo de la vacunación covid, presupuestos nuevos para 2021 (por fin), ley de eutanasia, nueva ley de educación. En definitiva, 2021 se presenta en España con un horizonte esperanzado. Desde cualquier prisma que se mire hay que reconocer que el Gobierno de España y el Parlamento han trabajado mucho y bien durante este año pandémico. A pesar de la tragedia del covid-19, los logros conseguidos han sido muchos e importantes. Quizás la larga lista de muertos y afectados por la pandemia sea el terrible contrapunto a los logros políticos.

Y, sin embargo, hay una atmósfera bronca y conflictiva en España. Y no solo es por la fatiga pandémica, que también, sino porque la dialéctica política es de tono rastrero y los logros no se miran desde una perspectiva común sino desde la envidia cainita que piensa que lo bueno que consiga el rival es malo para mí. Ese electoralismo barriobajero que impide cualquier acuerdo, incluso en medio de una tragedia como la de este año que acaba.

El gran hallazgo de la política, desde la Modernidad hasta hoy, se llama Estado. El Estado es el concepto y la realidad que da sentido a todo en la convivencia social y política de una sociedad. Y el Estado lo conforman las diversas instituciones, dirigidas por una representación política que los ciudadanos han elegido para que gestionen los asuntos públicos. Unas veces un partido está en el gobierno de una institución y otras veces está en la oposición. Desde los dos lados se coadyuva al buen funcionamiento del Estado y desde los dos lados se adquiere responsabilidad de Estado.

Precisamente hace muy pocos días (el 17 de diciembre) se inauguró una exposición dedicada a Azaña, con motivo del 80º aniversario de su muerte en Montauban. Por cierto, presidida por el Rey. El Rey preside un acto que homenajea al Presidente de la II República española. Espléndido ejemplo a imitar. Pues bien, traigo a Azaña como un ejemplo paradigmático de político íntegro y moderno que entendió como nadie el concepto de Estado. Y, sin embargo, coincidiendo con su ejercicio del poder, se produjo en España la guerra (in)civil de 1936, ejemplo cruel del fracaso del Estado. Nefasto acontecimiento, a pesar de Azaña, como fruto de esa atmósfera densa, patriotera y justiciera de los años treinta en España.

A veces, se suele tener por parte de cierta izquierda una idea muy romántica de la II República española, cuando fundamentalmente fe un intento muy riguroso de europeizar España a través de la creación de un Estado moderno. Sin Estado, sin instituciones y sin acción política orientada al mantenimiento y progreso de esas instituciones, no puede haber convivencia ciudadana y progresista. Las derechas caciquiles y económicamente elitistas lucharon desde el primer momento contra ese intento que empezaba a sacar a España del pozo. Y muchas izquierdas abusaron de esa maldita dialéctica de buenos y malos, de ojo por ojo, en vez de intentar acordar salidas honrosas frente al abismo que se abría.

Azaña tenía como objetivo levantar un Estado que traería a España la modernidad europea. Lejos de ese constante gemir y lamentar, tan bien representado por la generación del 98. Santos Juliá recordaba en su obra sobre Azaña que su propósito era: “Un Estado que construir, una democracia por establecer y una acción política por desarrollar: ése es el camino para resolver el problema español o, lo que es igual, para hacer del Estado un instrumento al servicio de la transformación de la sociedad”.

No quiero comparar, pero esta atmósfera de derrota que actualmente lo impregna todo, no ayuda a salir de esta crisis, sino todo lo contrario. Todo aquel que está en contra sistemáticamente, con agravios impostados, segundas intenciones imaginadas, perversas interpretaciones de sus rivales políticos, ayuda poco a la gobernanza de su país. Y esto vale para izquierdas y derechas. En una sociedad democrática se acuerdan los desacuerdos y se busca una salida digna en los momentos comprometidos. Para eso sirve la política.

Bueno, como ya he dicho, éste es mi último artículo. Que la navidad y el nuevo año nos dé serenidad y sabiduría para articular y hacer funcionar este país que llamamos España.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 12 de diciembre de 2020

EUTANASIA: VIVIR BIEN, MORIR BIEN

 


La ventana indiscreta

El jueves último, 10 de diciembre, se aprobó en la Comisión de Justicia del Congreso la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). Y se espera que a principios de año la apruebe el Congreso en Pleno para su remisión al Senado. Es, pues, suficiente razón para dedicar este artículo a este asunto de enorme importancia y que extenderá los derechos individuales en España a un nivel parejo a los países más progresistas del mundo, que son muy pocos.

Éste es un artículo divulgativo, como corresponde a su publicación en un periódico generalista. No voy a entrar en tecnicismos legales sino que voy a intentar esgrimir argumentos básicos a favor de la legalización de la eutanasia en España.

Eutanasia, como todos ya sabemos, significa etimológicamente “buena muerte” y se puede definir como el acto deliberado de dar fin a la vida de una persona, producido por voluntad expresa de la propia persona y con el objeto de evitar un sufrimiento. Es obligación moral y legal de los poderes públicos atender a las demandas y valores de la sociedad de cada momento. Y en la actualidad hay una serie de causas que justifican la eutanasia. Entre ellas, la creciente prolongación de la esperanza de vida, lo que retrasa la edad de morir y, frecuentemente, en condiciones de un importante deterioro físico y psíquico; la secularización de la vida y su conciencia social derivada; el reconocimiento de la autonomía de la persona. En definitiva, estamos hablando de derechos fundamentales a la vida y a la integridad física y moral de la persona y de bienes constitucionalmente protegidos como son la dignidad, la libertad o la autonomía de la voluntad.

Soy consciente de que en una sociedad abierta y plural como la española hay opiniones y posturas contrarias a la eutanasia. Lo que es normal y sucede con otros asuntos igualmente importantes. Para eso existe la política, para discutir y pactar los desacuerdos y, así, garantizar la convivencia respetuosa y pacífica entre todos. Unas veces, lo aprobado en el Parlamento estará de acuerdo con mi opinión y otras en desacuerdo. Y el Parlamento debe ser cuidadoso para que lo aprobado, si es posible, no obligue a su práctica a los que estén en desacuerdo. Así pasó con el divorcio, con el aborto, con el matrimonio homosexual y con otros tipos de logros legales y morales que situaron a España entre los países avanzados del mundo. Ninguno de los derechos citados, como sucederá con la eutanasia, obliga a nadie que no quiera a ejercerlo. Es un derecho, no una obligación. Incluso a las personas que quieran practicar la eutanasia, la LORE establece garantías para que la decisión de poner fin a su vida se produzca con absoluta libertad, autonomía y conocimiento, libre de toda presión de cualquier índole.

Queda por discutir una cuestión que siempre está ahí: las posturas de tipo religioso, que, en el fondo, no son religiosas, y mucho menos morales, sino ideológicas. La idea de fondo en la discusión religiosa sobre la eutanasia es que unos piensan (creen) que el dueño de la vida del hombre es Dios y, por tanto, el hombre no puede disponer de ella. Mientras que otros pensamos (no creemos) que la vida es propiedad de cada uno y, por tanto, podemos disponer de ella cómo y cuándo queramos. No es justo que un principio de índole religiosa obligue a todo el mundo. Los que estén en contra de la eutanasia que piensen que a ellos no les obliga, pero que no obliguen a los demás a seguir la misma pauta. La sociedad contemporánea es secular y laica en su funcionamiento. Su procedimiento y normas lo marcan las leyes aprobadas en el Parlamento. Por lo tanto, las creencias de tipo religioso son respetables y dignas pero subjetivas e íntimas. Las religiones no deben intentar configurar el mundo según sus creencias. Eso cae fuera de su propio objeto. La buena teología debe supeditarse a un mundo justo, no caritativo. Y la fe no debe confundirse con la religión, pues son cuestiones muy distintas y, no pocas veces, opuestas. La eutanasia, pues, es una cuestión político-jurídica, que es lo propio de una sociedad democrática de derecho. La moralidad de ese acto, como la de todos, es una cuestión de nuestro fuero interno. No existe una moralidad objetiva, pues todas están condicionadas por principios sociales y políticos

Termino con una preciosa cita de nuestro amigo Antonio Aramayona en su carta de despedida antes de su suicidio, pues no estaba legalizada la eutanasia: He intentado que mi vida haya sido digna, libre, valiosa y hermosa. Y así he querido también mi último hálito de vida: digno, libre, hermoso y valioso. Así he querido vivir y así he querido morir. Toda una maravillosa síntesis de libertad y coherencia en la vida humana. Una buena vida se merece una buena muerte, pues ambas constituyen un solo proceso.

Mariano Berges, socio de DMD

sábado, 28 de noviembre de 2020

RACIONALIDAD POLÍTICA

 





La ventana indiscreta

En estos momentos existen en España muchos asuntos de suma importancia: la ya eterna pandemia y la aprobación del plan de vacunación general en España, la aprobación de los Presupuestos para 2021, el plan de recuperación europeo pos-covid y su consecuencia española, la aprobación de la LOMLOE, la próxima aprobación de la ley de la Eutanasia. Y todos ellos con un claro aspecto positivo. Y, sin embargo, la melodía ambiental que más suena es la crispación política, auspiciada fundamentalmente por el PP, partido que solo promueve el consenso cuando gobierna.

Claro que hay otros asuntos no tan positivos. Uno es ellos es la desnudez de nuestro sistema sanitario ante la prueba de esfuerzo a que lo ha sometido la pandemia, fundamentalmente de tipo organizativo y de falta de recursos materiales y humanos. El Roto, al que rindo frecuentemente mi admiración, lo mostraba en una viñeta espléndida. Decía el personaje de la viñeta “Teníamos el mejor sistema sanitario del mundo. Hasta que enfermamos”. La consulta médica telefónica puede ser el hallazgo del siglo.

Ante la orquestación de la bronca y la búsqueda del rédito por parte de casi todos, me pregunto si los medios de comunicación no podrían desarrollar más las cuestiones principales y menos las anecdóticas. Intentar poner racionalidad, sin jugar tanto a esto me gusta y esto me disgusta, sino a analizar todos los aspectos susceptibles de mejora desde una postura crítica (obligación ineludible en cualquier medio de comunicación) y no tanto a tomar partido por unos u otros. Todo proyecto y personaje público es susceptible de crítica, que por cierto significa valoración, ya sea ésta positiva o negativa. Y ése es el papel de los medios, depurar ante sus lectores-oyentes las casi siempre confusas manifestaciones del poder, cuya aparente claridad expositiva de sus discursos suele camuflar la confusión de sus objetivos.

En España, nos hemos instalado en el conflicto y la bronca, con la intolerancia como virtud máxima y la intransigencia frente a la necesaria flexibilidad política. Menos mal que la gente del común guarda mejor la estética que el Parlamento, con tanta retórica y sobreactuación. Estamos en un momento que, sin pretender historicismo alguno, se parece bastante al de la Transición. Propongo un juego de ficción pretérita. Imaginemos que, tras la muerte de Franco y para superar el centralismo decimonónico, los legisladores españoles hubiesen plasmado en la Constitución una profunda descentralización política y una radical modernización administrativa, en vez del Estado de las autonomías. O sea, más Francia y menos Alemania, cuya perfección de los landers es difícil de alcanzar. Si seguimos con el pretérito, estaba claro que, con las autonomías, solo se pensaba en contentar a vascos y catalanes, constituyendo el resto una escenografía de cartón-piedra y mero acompañamiento. Pero la historia no está escrita hasta que los hechos la escriben. Y las inéditas autonomías españolas comenzaron a exigir lo mismo que vascos y catalanes, y aparecieron las famosas competencias propias, que siempre eran pocas o transgredidas por el poder central. A su vez, vascos y catalanes se quejaron de que eso era “café para todos” y no lo prometido, con lo que su nacionalismo exclusivo y excluyente no se diferenciaba del resto de España.  De ahí a la concepción de la independencia como salto cualitativo específico y diferencial había poco trecho. A la vez que los nuevos virreyes instalados en sus taifatos autonómicos, le cogieron gusto a eso de las competencias propias, y el federalismo teórico acudía para dar una pátina de modernidad a lo ya inevitable.

En la primera fase u ola de la pandemia, todo resultó fácil con el mando único como instrumento político y como procedimiento idóneo de enfrentarse a la tragedia nacional. Vascos y catalanes sacaban a relucir sus competencias atacadas, pero con la boca pequeña, a los que se añadió el tercer nuevo nacionalismo, el madrileño. Luego vino la desescalada autonomizada y los brotes epidémicos a gogó. Lo que produjo un caos irracional por querer responder plural y diversificadamente a un grave y único problema. Con las navidades y el plan de vacunación a la vista, espero que volvamos al criterio de mando único. Eso de la cogobernanza no está nada claro, ni teórica ni prácticamente. Y lo de la lealtad institucional, salvo excepciones, que las hay, se practica poco. Y es difícil coordinar a quien no se deja. Por lo menos, para vencer al coronavirus, las autonomías no son muy eficaces.

Como los medios de comunicación son diversos (faltaría más), aunque muchos no son neutrales, el caldo mental de la gente es confuso, profuso y difuso. Es una auténtica futbolización de la política. Mi equipo-partido siempre tiene razón y el adversario es negativo por definición. Lo que me ratifica cuando leo mi periódico. Sin embargo, España tiene que intentar partir de un proyecto común y básico en esta situación que podría significar un cambio de época. ¿Existen elementos suficientes y suficientemente capacitados, intelectual y democráticamente, para elaborar y empezar este proyecto común? ¿O vamos a seguir jugando a nuestra supervivencia personal o partidista? No sé de dónde puede venir el principio de solución, pero todos debemos sentirnos interpelados por este proyecto. Ahora el juego es de futuro, porque el pretérito es irreversible y mi jacobinismo personal queda aparcado para mejor ocasión.

Mariano Berges, profesor de filosofía

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

CIENCIA Y NATURALEZA







La ventana indiscreta

Hoy es martes 10 de noviembre de 2020 y seguimos en plena pandemia del coronavirus. Tanto la vida como este artículo parecen un diario de adolescente: monótono, reiterativo y con poco tono vital. Eso si lo ves desde dentro, porque si lo miras desde fuera es más de lo mismo, algo pesado que aburre a todo el mundo que pierda el tiempo leyéndolo.

 

Y, sin embargo, no puedes hablar de otra cosa. Sería como escaquearte de la lucha contra el virus, de traicionar el sufrimiento, el temor y la esperanza de tantos conciudadanos que viven a golpe de dato y de noticia. Algo así como esperando a Godot, que nunca llegó pero cuya espera dio sentido a toda su vida a los dos vagabundos de Samuel Beckett.  

 

Desde el 14 de marzo hasta la desescalada del 21 de junio casi llegamos a acostumbrarnos. Nos acostumbramos al encierro y hasta descubrimos una cierta interioridad que hacía tiempo no sabíamos de ella. Reconstruimos rutinas que nos hacían más llevadero el encierro, descubrimos nuevos autores y volvimos a encontrarnos con viejos ensayos, novelas, películas y poemas que, en otro momento, nos iluminaron y nos guiaron.

 

Y llegó el verano, momento de soltar amarras y embeberse en la nueva normalidad. Tanto nos lo creímos que lo practicamos con plena dedicación.

“Hemos derrotado al virus y controlado la pandemia”, proclamó un exultante Sánchez el 5 de julio. Pero duró poco. Julio y agosto fueron como el espejo que nos devolvió nuestro rostro, el rostro de la pandemia. Aún hubo algunos que estiraron el verano: San Fermín, innumerables fiestas de agosto, el Pilar, todas con el no delante, como si fuera un camuflaje de la realidad. ¿Habrá también no-navidades? Y aquí nos encontramos, en noviembre-marzo, como en la concepción griega del tiempo circular, siempre pasa lo mismo aunque con formas distintas. Y aún decíamos durante el confinamiento que estábamos aprendiendo, que saldríamos más fuertes y más sabios. Pero no, no solo no hemos aprendido nada sino que cada vez somos más estúpidos. Con la salvedad de que a los ciudadanos de a pie no se les da más que una responsabilidad individual, pero a las autoridades se les encomienda una responsabilidad y un hacer colectivos, en nombre de todos. Por eso y para eso son autoridades; desde su libre voluntad quisieron ocupar esos lugares, pero a muchos les fue grande. Y no hablo de gobiernos y oposición por separado, sino de todos en general. Y no se pueden escudar en que han trabajado y sufrido mucho, lo que es cierto, porque la autoridad está para solucionar los problemas de sus conciudadanos y no tanto para sufrir. El sufrimiento no se delega, sino que se practica personalmente. Y los ciudadanos así lo han practicado.

 

Pero, de pronto aparecen dos buenas noticias: Una, que Trump ha perdido las elecciones del imperio y otra, que la farmacéutica Pfizer ha testado una vacuna con el 90% de eficacia. Los ánimos empiezan otra vez a calentarse y dentro de pocos días (porque esto se cuenta por días) habrá presión hacia las autoridades para que suelten cuerda y nos dejen vivir un poco. Ya estamos salvados, pues Jehová, una vez más, ha acudido a salvar a su pueblo elegido. Pero no olvidemos que el virus, como el dinosaurio, sigue con nosotros.

 

¿Y ahora, qué? El primero, Trump, ya ha recordado que profetizó la vacuna pero que han esperado a hacerlo público después de su derrota en las elecciones. Vamos a estar muchos días contando con los dedos de las manos cuánto nos falta para la liberación total. Pero ¡cuidado!, nos dicen, no estiremos mucho de la cuerda no sea que nos lastimemos y seamos los últimos caídos en esta guerra vírica. Pero alguien osa adelantarse, ya ha salido el Ministro de Sanidad de España a decirnos que esto ya estaba previsto, que ya hemos comprado no sé cuántos millones de dosis y que en Mayo esto se acabó. El verano de 2021 va ser muy especial, tan especial que muchos (turismo, hostelería…) ya están planificando la fiesta planetaria que va a tener lugar, posiblemente en España.

 

Y otra vez volveremos a las andadas. La ciencia y la investigación recibirán alguna inversión (a modo de subvención graciable) para que no digan; la sanidad y la educación recibirán alguna limosna; la Administración seguirá ufana haciendo lo mismo y de la misma manera, porque habrán vencido al virus. La gente olvidará 2020, el año que no existió, y el muerto al hoyo y el vivo al bollo y a vivir que son dos días. Pero la naturaleza sigue ahí y no habremos aprendido que el único progreso posible y sostenible consiste en un diálogo constructivo y respetuoso entre hombre y naturaleza. La ciencia, como la medicina, es más barata y eficiente, como prevención que como curación. Naturaleza y ciencia: binomio a reivindicar. Vida inteligente: pauta a seguir.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 31 de octubre de 2020

ESTADO DE ALARMA

 



La ventana indiscreta

La palabra clave de esta semana es “estado de alarma”. Es un término bélico porque eso es la actualidad, la guerra contra el virus. Quizás la característica más llamativa de este estado de alarma sea que la implementación de las medidas queda en manos de los presidentes autonómicos, con un órgano de cogobernanza (el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de salud) que se reúne periódicamente. Es una medida de corte federal. A ver si aprendemos. Pero no, ya han salido dos gobiernos a protestar, el nacionalismo catalán y el madrileño, más por autoafirmarse que por mejorar la propuesta. La postura de la presidenta madrileña ya se pasa de esperpento. Oyéndola se pasa vergüenza ajena. Su ignorancia y su atrevimiento van parejos. Sin embargo, casi todos los demás están de acuerdo en que el estado de alarma es una herramienta necesaria jurídicamente de la que cuelgan todas las medidas autonómicas que se quieran implementar por parte autonómica, sin necesidad de ninguna tutela judicial posterior.

 

La clase política nacional ya ha empezado a discutir, que si es mucho tiempo, que mejor dos meses y luego ya hablaremos. Cuando puede ser perfectamente al revés, aprobemos seis meses y si la situación mejora mucho, suspendemos la alarma. La cuestión de informar y controlar puede ser perfectamente compatible con los seis meses de vigencia. Prácticamente, todos los expertos están de acuerdo en que hay que poner un horizonte largo de tiempo, para no repetir el error de la trepidante desescalada de junio. Hasta que haya vacuna o tratamiento. Ni hay navidades ni puentes festivos ni Semana Santa. Solo hay virus, nuestro enemigo.

 

¿Han aprendido algo nuestros dirigentes? La gente sí que ha aprendido: a obedecer, a ser disciplinados, a ser prudentes, a tener paciencia, a sufrir. Excepto algunos, claro. Algunos dirigentes o no han aprendido nada o, lo que es peor, usan el coronavirus como instrumento político contra el Gobierno. Qué agradable sería que por unos días callasen algunos políticos sobre la pandemia y dejasen de decir tonterías. Se purificaría tanto el ambiente que hasta el virus pensaría en irse por falta de contaminación.

 

¿Qué ha fallado para que estemos como en marzo? Ha fallado, evidentemente, la prevención. Parece que en España solo actuamos cuando el peligro lo tenemos encima. En la primavera, cuando todo estaba fatal, todos nos pusimos las pilas y, mediante el heroico confinamiento, se atajó el virus. Luego vino la desescalada y volvimos a las andadas de “a vivir, que son dos días” y nos pegamos la segunda hostia. Ahora volvemos al segundo estado de alarma, tarde como siempre pero bienvenido sea. Y aún hay algunos que lo cuestionan. Dejémosles en paz y nosotros a hacer lo que hay que hacer. Pero, una vez más, volvemos a responsabilizar casi en exclusiva a la gente. Las autoridades no se atreven a prohibir, solo a recomendar. Así no vamos a ninguna parte. Las sociedades democráticas funcionan con leyes, y las leyes obligan democráticamente. Me estoy refiriendo al posible confinamiento domiciliario que posiblemente habrá que volver a hacer. Los números de los contagios lo dirán. Ojalá me equivoque.

 

¿Por qué los partidos políticos son tan incapaces de ponerse de acuerdo, cuando sindicatos y empresarios sí lo consiguen? Quizás sea porque los sindicatos-empresarios juegan con las cosas de comer. Los partidos no sé con qué juegan, ni siquiera en un momento como el actual en que nos estamos jugando el país, la gente del país. Y no es por el uso de la fina dialéctica, porque en España la dialéctica es de garrotazo goyesco. Los discursos de los partidos son distintos cuando están en el gobierno o en la oposición. Incluso intercambiables entre ellos. Mal está eso, pero en momentos cruciales como el actual eso es imperdonable. El español y su cainismo genético. Pero no, los partidos van por un lado y la sociedad (silenciosa) va por otro. Luego nos quejamos de la desafección política. ¿Será que el síndrome de la guerra civil aún sigue? ¿Siempre va a haber vencedores y vencidos? No, por favor, la Transición sí existió, y fue ejemplar, con sus olvidos y errores. Pero, ahora, suena estridente por comparación. Quizás por eso, a muchos no les gusta, y la zarandean o la falsea

 

¿Qué queremos? Algo tan sencillo y tan vulgar como una democracia que funcione. Y que los partidos se perciban a sí mismos como meros instrumentos al servicio de una sociedad democrática. Y no al revés, la sociedad al servicio de los partidos. Ahora toca derrotar al coronavirus, con las menos bajas posibles. Pues eso.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

 

sábado, 17 de octubre de 2020

NACIONALISMO MADRILEÑO Y ZOZOBRA NACIONAL

 


La ventana indiscreta

La extrema derecha del PP, dirigida por el infradotado Pablo Casado, en contra de muchos varones de su partido (gente normal, por lo demás), y personalizada por la figura surrealista de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de Madrid, están dando una batalla con ínfulas de ahora o nunca al tándem Sánchez-Iglesias, iconos del actual gobierno de coalición. Es difícil encontrar una actitud tan inmoral como supeditar la salud a la política. Y eso que todavía no han esgrimido (todo llegará) la dialéctica Madrid-Barcelona, tanto en el ámbito político como en el económico. O sea, nacionalismo español (madrileño) versus nacionalismo catalán. Futbolización de la política. Y Vox a engordar.

 

Sin embargo, no podemos obviar que la situación es mucho más compleja, ya que el partido que mayoritariamente sustenta al gobierno es el PSOE, partido de gobierno por antonomasia y el que más años ha gobernado España. Eso hace que si el PSOE gobierna en coalición con UP (sin duda ninguna ejemplo de populismo izquierdista, pero tan legítimo como cualquiera) y con la colaboración  imprescindible de los independentistas catalanes y algunos partidillos “unitarios” (de una unidad de escaños), su permanencia en el gobierno es bastante inestable y complicada.

 

Además de PP y PSOE, hay que citar ineludiblemente a Vox, partido claramente franquista, con una ideología intelectualmente rancia y poco estructurada, pero con 52 escaños y tercer partido del Parlamento, que va comiendo terreno al PP de Casado, por eso de mejor el original que la copia. Y también hay que citar a Cs, por lo que fue y por lo que puede llegar a ser. Y, cómo no, a Podemos, con la incertidumbre de qué serán de mayores. El resto, menos PNV y Bildu, son ya partidos “unitarios”. O sea, que ya no tenemos bipartidismo pero sí tenemos una fragmentación tal que es el bipartidismo de antes más los nacionalismos (que ahora sí son independentistas de verdad). Si a ello le añadimos la pandemia que no para de crecer y la crisis económica que ya está entre nosotros, el Estado español tiene ante sí una tremenda papeleta por resolver, pues, con una gravísima crisis política, social e institucional, lo hace poco creíble para superar el trágico momento actual sanitario y económico.

 

España está dando una imagen de incapacidad para resolver la crisis que nos envuelve, dada la crispación política que nos ahoga desde hace tiempo y que el nacionalismo madrileño ha acentuado hasta límites peligrosos. Y esto contrasta con la imagen de hace muy poco tiempo, tras haber alcanzado una gran credibilidad en Europa y en el mundo. Todo empezó a torcerse con la crisis de 2008, que España superó formalmente, pero el paro, el viejo modelo económico, la crisis institucional y la crispación política se enquistaron de tal manera  que solo permitieron un vuelo gallináceo. La corrupción política ayudó a frenar el progreso. Los dos nuevos partidos, Podemos y Cs, no solo no rejuvenecieron el panorama político, sino que, con su falta de horizontes, lo oxidaron más. El independentismo catalán, mal enfocado y peor resuelto, hizo el resto. De ahí surgió un nacionalismo español del que el nuevo nacionalismo madrileño, con la inestimable ayuda de Vox y la nuevamente irresponsable actitud de Cs, es su quintaesencia.

 

En los momentos actuales, se superponen varias crisis: sanitaria, económica, institucional, política y social. Y, en lugar de atajarlas, solo nos dedicamos a insultarnos. Da pena asistir a una sesión parlamentaria. La oposición no solo no propone sino que obstruye. El Gobierno no tiene el suficiente liderazgo y tampoco tiene capacidad de seducción, ni con la oposición  ni con los propios. Va en la línea de la viñeta de El ROTO de este último miércoles: “la gestión política consiste mayormente en hacer gestos”. La política actoral prima sobre la política real.

 

Pero no quiero acabar en negativo, porque el progreso no consiste en vociferar consignas ni catastrofismos, sino en una búsqueda incesante para resolver problemas. En estos momentos existe un gran peligro por la relación perversa existente entre la política y el lenguaje: el uso de la hipérbole, la exageración y la grandilocuencia suele arrastrar a la bronca política. Sin embargo, España necesita, como nunca, un diagnóstico, un proyecto y una estrategia. Y esto solo se consigue con unión de todos en lo fundamental y necesario. Si los políticos no saben, no quieren o no pueden, deberá ser la sociedad civil quien articule el proceso de reconstrucción.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 3 de octubre de 2020

2020, UN AÑO QUE NO EXISTIÓ

 





La ventana indiscreta

 

2020 será un año inexistente a efectos de lo que es típico de una vida: acontecimientos, vivencias, proyectos, emociones… Será el año del coronaviurus o covid-19. Y se caracterizará por una vida pasiva y receptiva de órdenes, normas y actos nada habituales y con no pocas contradicciones entre ellos. Nuestra vida habrá sido como un paréntesis, lleno de miedos y actos fallidos, de expectativas frustradas y de vidas interrumpidas. Sí que habrá habido acontecimientos, pero serán oscurecidos por la pandemia que fagocitará todo.

 

Precisamente por todo esto, dan risa o pena todos los rifirrafes políticos de personajes que se creen importantes y son entitativamente marginales y moralmente rechazables. Nuestra general ignorancia frente al virus que nos evapora este año de nuestras vidas, debería conducirnos a todos, ciudadanos públicos y ciudadanos privados, a una disposición de suma humildad y de gran receptividad a cualquier muestra de buen hacer por parte de los expertos (los de verdad). Los políticos deberían solicitar y agradecer consejos y propuestas que provengan de gente que tenga algo que decir. Y deberían guardarse sus peleas infantiles para mejor ocasión (para ninguna).

 

La ridícula batalla dialéctica entre el Gobierno de España y la Presidencia de Madrid sería de risa si no fuera de muerte. El rifirrafe entre el Gobierno de España, el Rey y el Presidente del CGPJ sería estúpido si no estuviera encarnado por las tres mayores instituciones del Estado. Lo que vaya a suceder en el comienzo del curso escolar sería para apostar si no fuera por los miedos y tragedias que conlleva dicho proceso. Las energías y frustraciones del sector sanitario son impropias de un sistema del que hasta hace poco estábamos orgullosos y que, a pesar de sus profesionales, va a quedar maltrecho y desprestigiado, porque la sociedad española está ahora con un sistema sanitario simbólico y telefónico. La enésima prórroga de los presupuestos de Montoro forma ya parte del mayor descrédito gestor de cualquier gobierno que se precie. Porque se van a volver a prorrogar. Y escribiendo este artículo sale la noticia de que el Supremo ratifica la condena a Torra, con lo que el circo catalán volverá a sacar sus monos, sus enanos, jirafas y elefantes por las vías públicas para ¿entretenimiento? y descrédito de Cataluña, que otrora fue digna de envidia sana y alabanza por parte de toda España. Y, para finalizar, las dudas sobre nuestra capacidad gestora para saber gastar los 140.000 millones de euros que la UE nos ofrece para superar los efectos económicos y sociales de la pandemia que nos asola. Ah! sin olvidar la omnímoda pandemia, que no solo no se acaba, sino que sigue golpeando y matando a cien españoles por día. En fin, parodiando un título de Almodóvar, qué habremos hecho para merecer tanto.

 

Ciñéndonos a la pandemia y su gestión política, hay que leer el manifiesto “Covid-19 en España”, dado a conocer por 55 sociedades científicas españolas, y que desglosa unas líneas maestras para mejorar la salud pública en España. Destaco tres: 1) Todas las sociedades médicas piden a los políticos unidad y que se guíen por evidencias científicas. Lo que no implica que se obvien factores económicos o sociales. 2) La gran importancia de unos buenos datos con coordinación territorial y lealtad institucional. 3) La creación de una Agencia Española de Salud Pública que proporcione liderazgo científico y articule funciones ahora dispersas en la Administración.

 

Los científicos ya han escrito un segundo aviso a las autoridades españolas para que aprendan de sus errores de la primera ola y corrijan sus conductas en esta segunda ola. Pero no está siendo así. Y los ciudadanos lo saben, o lo intuyen, y lo manifiestan. Hay una sensación de fracaso colectivo porque en vez de humildad y cooperación, se nota demasiado la prepotencia y el sálvese quien pueda. Y así, el fracaso está garantizado. La famosa cogobernanza no existe, porque no hay coordinación ni comunicación entre los distintos gobiernos. Solo hay críticas, amenazas y chantajes. Estamos asistiendo a la peor de las políticas posibles: personalismos, zancadillas, declaraciones exclusivamente contra el adversario… y la sociedad asiste indefensa a esto que sería un sainete si no fuese una tragedia. Y no podemos seguir así. No tenemos por qué defender a los nuestros frente a los adversarios, sino que tenemos que saltar de una vez para que los políticos se pongan de acuerdo, porque la pandemia sigue y se agrava. Tenemos que volver a un liderazgo estatal con intervención de todos y con científicos que propongan las soluciones. Además, con carácter de urgencia, ya que cada vez hay menos tiempo y la economía no funcionará si previamente no se ha resuelto la pandemia. En tiempos de tragedia solo vale la humildad y la cooperación científicas, no el chantaje ni los personalismos ridículos de actores de segunda fila.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 19 de septiembre de 2020

UNA ATMÓSFERA CONFUSA Y ESTÉRIL



 La ventana indiscreta

  En estos momentos, es difícil seleccionar un solo asunto para escribir un artículo. Por descontado que la pandemia sigue y el número de los contagiados aumenta exponencialmente, diga lo que diga la versión oficial. Pero también están pasando otras cosas en paralelo: políticas, económicas, sociales, morales. Por ello, procede hablar de una atmósfera un tanto caótica, con pocos criterios y mucha retórica hueca. Parece que lo que se dice es más para negar al adversario que para afirmar las ideas. Y así, mal vamos, pues toda la energía política se gasta más en neutralizar al contrario que en construir proyectos.

 

Tomemos, por ejemplo, el asunto más importante que tenemos entre manos, tras el encauzamiento de la pandemia. Me refiero a los deberes que tiene que hacer España para recibir los 140.000 millones de euros provenientes de la UE durante los próximos cuatros años. No vaya a ser que por causas internas no los podamos recibir.

 

Para poder recibir ese dinero (la mitad a fondo perdido) España debe tener un plan y unos programas que lo desarrollen. Y todo ello debe partir de los Presupuestos del Estado, todavía en mantillas y sin criterios firmes, pues aún se está debatiendo quiénes y en qué condiciones van a apoyarlos. Una vez que Europa ha demostrado una solidaridad nunca vista, España está enfrentada internamente por pequeños asuntos domésticos que nada favorecen la reconstrucción nacional. Porque los fondos deberán tener un destino muy preciso. Se trata de recuperar la actividad dañada por la pandemia pero también de cambiar radicalmente el modelo productivo español hacia una economía sostenible y digital. Y solo los proyectos que vayan en esa línea prosperarán en Bruselas.

 

El punto de partida español es, por el contrario, analógico, contaminante y precario. La construcción y el turismo siguen siendo sectores principales de la economía y del empleo. Recordemos que, junto con la emigración, constituían la economía española de los años sesenta. Además, son dos sectores de mano de obra muy poco cualificada. No hay por qué abandonarlos pero sí hay que reencauzarlos con tecnología punta y sostenibilidad. Otro sector importante es el transporte, que debe pasar de ser tan exhaustivo por carretera a un mayor transporte ferroviario. Lo mismo cabría decir de la movilidad urbana, que debe impulsar los vehículos híbridos o eléctricos y abandonar los coches más antiguos. Y podríamos seguir.

 

Lo escrito hasta aquí es la realidad que nos apremia, si queremos salir de una vez de nuestro anquilosado modelo productivo, Europa nos ayuda de la mejor manera posible, obligándonos: solo nos financia el modelo económico digital. Dicho de otra manera, si los fondos europeos los queremos usar para seguir como hasta ahora, con el puro ladrillo y el chiringuito de la playa, nuestros programas no serán aprobados por la UE y, por lo tanto, no habrá financiación.

 

¿Qué hacen nuestros dirigentes y nuestros partidos políticos? Discutir a ver quien la tiene más larga, en vez de cooperar conjuntamente en lo importante. Que en estos momentos son fundamentalmente dos aspectos: superar la pandemia y afrontar la economía inmediata. Esto y solo esto es lo importante. Lo demás son minucias para entretener al personal. Y el tiempo apremia, porque en ambos aspectos andamos muy mal. La segunda ola de la pandemia nos ha colocado a la cabeza de los contagios, sin nadie que nos dé una explicación congruente del porqué. Y económicamente, España ha sufrido el impacto más brutal de nuestro entorno: déficit público abultadísimo, desempleo brutal (41%  de desempleo juvenil) y, como ya he dicho antes, un modelo productivo obsoleto.

 

Hace falta, pues, una hoja de ruta clara, consensuada y apoyada por la mayoría de la sociedad y de los partidos políticos. Hace no mucho se hablaba de unos nuevos Pactos de la Moncloa. El momento actual necesita de ellos y de algo más. La responsabilidad de los partidos y sus dirigentes es muy superior a la praxis que están demostrando. Lo lógico sería un pacto entre los dos grandes partidos, evitando la confrontación y llegando a un acuerdo que permita la regeneración del país. Eso no está reñido con las diferencias políticas, eso es patriotismo del sano. Sin embargo, uno, el PSOE, además de ejercer su obligatoria labor de gobierno, no trabaja los pactos con generosidad y juega a arrinconar al PP, mientras que éste juega a intentar que su adversario fracase en el combate contra la pandemia, para que, como consecuencia, pierda el favor de los votantes. Así no vamos a ninguna parte.

 

Se critica a las generaciones de la Transición, pero las actuales generaciones en el poder están haciendo naufragar a la juventud menor de cuarenta años y la están dejando sin posibilidad de un desarrollo mínimo, pues sin un  trabajo digno ni vivienda no hay emancipación posible, y sin emancipación no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no existe sociedad. Si con 140.000 millones de euros a nuestra disposición seguimos fomentado la marginalidad económica y social de nuestros jóvenes, la historia nos hará reos de una época abortada.

 

Mariano Berges, profesor de filosofía