sábado, 30 de julio de 2016

HASTÍO POLÍTICO

Visto el número, bastante alto, de electores en las últimas generales, habrá que reconocer que los españoles tienen una vocación política a prueba de bomba. Y si hay terceras elecciones y la gente sigue votando en magnitudes semejantes, habrá que pensar en un masoquismo digno de mejor causa. En conversaciones coloquiales de bar o peluquería todos afirman estar hartos de los políticos, pero, como ya he dicho otras veces, desde una perspectiva futbolística de la política todos están con su equipo-partido, haga lo que haga y diga lo que diga. De lo contrario, no se entienden los votos a un partido que los jueces han definido como una organización configurada para delinquir y que, de hecho, está imputado como tal organización delictiva. Se confirma una vez más aquel dicho mafioso de “es un hijo de p., pero es nuestro hijo de p.”.
¿Y ahora qué? Ya llevamos más de un mes desde el 26-J y siete meses desde el 20-D y nada se ha movido. Y el que especialmente no se ha movido se llama Mariano Rajoy. Da la impresión que busca la mayoría absoluta en unas terceras elecciones. Que, visto lo visto y su progresión electoral, todo es posible. La táctica de Rajoy cada vez está más clara: o gobierna por aclamación o por agotamiento. Y, además, haciendo parecer culpables a los demás partidos por no permitir su gobierno, el más votado futbolísticamente pero el más regresivo de la democracia. ¿Y los demás partidos, especialmente el PSOE, qué hacen, qué piensan, qué estrategia siguen? Porque el PSOE, una vez evitado el sorpasso de Podemos, parece haber caído en una estéril somnolencia, carente de objetivos estratégicos y de metas tácticas. La presión de los barones socialistas hacia su líder Sánchez es tan agobiante que no necesita adversario externo, porque está situado en medio de tal sofisma que haga lo que haga lo coge el toro. Si se abstiene posibilitando un gobierno PP con Rajoy de presidente (especialmente si no se exigen contrapartidas significativas), la irrelevancia del PSOE está garantizada. Si vota en contra del PP una y otra vez, va a aparecer como el malo de la película y el causante principal de unas terceras elecciones, con el consiguiente coste electoral. Y si intenta otra vez someterse a una investidura, con Podemos y otros, no se sabe si es mejor que le salga o que no le salga. Está claro que el PSOE, antes con 90 y ahora con 85 escaños, es el elemento catalizador en la política de este país. Lo que no sé si es suerte o desgracia.
Este humilde articulista no se atreve a jugar a profeta, pues queda mucho tiempo todavía antes de concluir esta fase del proceso. Y como decía un buen amigo, más vale ser historiador que profeta. Aunque sí que me atrevo a afirmar que un gobierno vehiculado por el PSOE y apoyado por Ciudadanos y Podemos, supondría una auténtica transversalidad y un equilibrio ideológico con  los contrapesos necesarios para una mínima duración. Y podría garantizar una regeneración política e institucional mínima y unos objetivos en la esfera española y europea válidos para, al menos, un par de años. Y, de paso, dejar de hacer el ridículo. ¿Es eso posible? Si los tres partidos dijesen la verdad cuando hablan, no solo sería posible sino obligatorio. Estoy de acuerdo con el presidente de Extremadura cuando dijo aquello de que si hay terceras elecciones, deberían dimitir los cuatro líderes estatales. Por incapacidad individual y colectiva.
Porque es mucho más preocupante la degradación democrática que conseguir una estabilidad provisional; es preferible subsanar el descrédito de las instituciones y la corrupción sistémica y modificar una errónea política económica que una falsa estabilidad de empecinamiento en el error. Porque en todas estas cuestiones negativas, el Gobierno del Partido Popular ha tenido un papel determinante.   
Durante esos días están apareciendo documentos que defienden distintas opciones. Eso está bien. Ya era hora de que los expertos e intelectuales se mojasen. Porque no vale cualquier Gobierno, sino que queremos un ejecutivo que prime el bienestar de la ciudadanía y que defienda el modelo social europeo, y que recupere y amplíe los derechos y libertades ciudadanas, laborales y sociales quebrados.

Vuelvo al título de mi escrito. Los españoles ya no están dispuestos a dejarse engañar inocentemente. Están hartos de la politiquería (juego engañoso de los partidos que dicen defender una cosa cuando en realidad defienden otra muy distinta, incluso contraria). Si vamos a unas terceras elecciones (lo que cada vez es menos imposible), el fracaso político será tremendo y el descrédito político, mayúsculo. ¿Dónde está la nueva política?                                                Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 16 de julio de 2016

Antonio Aramayona, ciudadano libre

“Cuando estés leyendo estas líneas, ya estaré muerto. He decidido finalizar mi vida, ejercer mi derecho inalienable a disponer libre y responsablemente de mi propia vida”. Así empieza Antonio Aramayona su último artículo en su blog. Lo que constituye su carta de despedida para amigos y conocidos. Antonio Aramayona murió el martes 5 de julio de 2016. Su despedida apareció en las redes sociales al día siguiente. Nadie debe sentirse responsable de nada. El propio interesado lo dice muy claramente: “soy libre, soy dueño de mis actos y errores, de mis sueños y luchas, y por eso mismo decido si y cómo y hasta cuándo existir”.
Este artículo mío no es un obituario al uso, ni periodismo amarillo ocasional, ni una laudatio del suicidio, sino un homenaje a Antonio, al que yo conocía poco personalmente, pero del que sabía mucho por amigos comunes. Fue un ciudadano ejemplar y su último texto es una delicadeza exquisita que nos regala para, entiendo yo, proclamar, desde su ejemplo, el ejercicio pleno de su libertad personal, en la vida y en la muerte. Su carta emociona por la proclamación de su libertad: “He intentado que mi vida haya sido digna, libre, valiosa y hermosa. Y así he querido también mi último hálito de vida: digno, libre, hermoso y valioso. Así he querido vivir y así he querido morir.” Toda una maravillosa síntesis de libertad y coherencia en la vida humana.
Antonio era un ciudadano ejemplar. Profesor de filosofía en Educación Secundaria en Zaragoza (antes había ejercido en otros lugares), profesor apasionado en sus clases, educador entregado y eficaz para con sus alumnos, ciudadano libre e implicado en todas las causas dignas con las que tuviese relación, especialmente con la educación pública y la sociedad laica.
Su carta de despedida no tiene desperdicio. Independientemente de cualquier valoración filosófica o religiosa sobre el suicidio, la libertad ejercida por Antonio es plena y digna de todo respeto. Su fundamento es muy sencillo: el ser humano es dueño de su vida, y por lo tanto de su muerte, que no es más que el final de la vida. Su humanismo es pleno y autónomo, sin dependencias ni responsabilidades ultramundanas. Cada uno es básicamente responsable (lo que no es poco) ante sí mismo.  Su ejercicio de libertad lo ejerce sin  presiones de ningún tipo. Deja bien claro que “no soy un enfermo terminal, no me han detectado una enfermedad grave e incurable. Tampoco estoy deprimido. Simplemente, ha llegado mi momento de morir”
Sí que en algún momento se atisba en la carta algún resquicio de depresión intelectual y moral por la sociedad en que vive: "Todo ser humano ha de vivir bien, dejar vivir, hacer que los demás vivan del mejor modo posible. Solo cuando se acaban los caminos desde los que se atisban horizontes, o cuando se otea un deterioro imparable o cuando se decide libre y responsablemente, es posible plantearse con fiereza y también con una sonrisa el propio acabamiento”.
El suicidio es el único problema filosófico serio, decía Albert Camus. Y en verdad la casuística es muy variada, pero en los casos que constituyen un acto pleno de libertad humana se trata de una proclamación de la autonomía y la grandeza del hombre, dueño y señor de su vida y de su muerte. ¡Cuánta hipocresía y cuánta opresión en la negación de la eutanasia! Por eso, aprovecho el hecho acaecido para exaltar la libertad, que solo en el hombre se da y que es indivisible de él, pues pertenece a su ontología más que a su moral, o bien ésta es parte de aquella.
Castilla del Pino ha sido, para mí, el autor que más claro ha explicado la complejidad de la libertad. Sigo sus ideas. La libertad no es algo dado, sino algo que se obtiene como resultado de la existencia de una necesidad. La libertad no es algo que se obtiene una vez y ya está definitivamente obtenida, sino que ha de obtenerse cada vez y en cada instante. El movimiento hacia la libertad es, pues, permanente: hay que estar “liberado de” para ser “libre para”. Traducido a un lenguaje más cotidiano, la libertad no es “poder hacer lo que uno quiera”. Eso es una pura posibilidad. La libertad real es hacerlo, aunque te complique la vida. Hasta que no ejerces la libertad no eres libre, y ese acto de libertad te lleva a otros más cualificados, exigencia de la nueva realidad que tú has ayudado a configurar. La liberación es, por tanto, un proceso interminable.  
Ésta es la libertad real, la única existente. Hasta que no la ejerces no eres libre. Hay muchos más seres sin libertad que con libertad, pues ésta es incómoda y te compromete existencialmente. De ahí que la mayor parte de la gente no siente la necesidad de libertad. Y no me refiero al no poder ser sino al no ser, al no hacer. Porque solo haciendo, eres.
Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 2 de julio de 2016

26-J: UN ANÁLISIS PONDERADO

Hoy toca análisis del 26-J, que no es fácil, pues los resultados parecen muy semejantes a los del 20-D, pero hay matices importantes.
En primer lugar veamos una secuencia de los datos principales: Clara victoria del PP; el PSOE aguanta la embestida de Podemos, que es el gran perdedor; papel anodino de C´s y mantenimiento de los partidos nacionalistas. En consecuencia, ninguno de los dos bloques por separado suma mayoría suficiente para gobernar. Pero hay un sentimiento importante: todos  parecen convencidos de que unas terceras elecciones dejarían a España como un país poco serio y con poco protagonismo en plena crisis europea. Y también parece lógico que sea el PP quien, aunque sea en minoría, gobierne España, como consecuencia de los resultados electorales habidos.
Ha habido un cierto fracaso de los sondeos previos a la jornada electoral. Y cierta sorpresa, especialmente por el gran éxito del PP y la clara derrota de Unidos Podemos (UP), pues sus expectativas eran muy altas. Yo suelo hablar de la futbolización de la política. Muchos votantes actúan como los fans futboleros: uno es hincha de un equipo y basta. No cuentan para nada ni la corrupción ni los recortes ni la desigualdad producida. El voto de la derecha es, en este sentido, fuertemente ideológico y partidista. Si la cuestión electoral se presentaba como un gobierno del PP frente a otro nucleado en torno a Podemos, cada uno vota a su equipo y ya está, sin matices. Lo que ha polarizado excesivamente las elecciones. También pienso que el Brexit ha tenido incidencia porque añade incertidumbre, y mucha gente, especialmente la gente mayor (no olvidemos que el 20% de los votantes son mayores de 60 años), es refractaria a lo nuevo.
En el caso del PSOE, el sorpasso no se ha dado porque el PSOE es mucho partido y Podemos (de momento, al menos) no es un partido sino una amalgama de muchos elementos sin un proyecto común, con objetivos muy dispares y con vinculaciones de puro interés electoral.  El conjunto de eslóganes, corazones, sonrisas, La Sexta, las alegres muchachadas… puede ser hasta gracioso, pero con las cosas de comer no se juega. Y con la política territorial no se admiten bromas.
Pero yo creo que lo importante ahora es que seamos capaces de mirar panorámicamente el país. Con  perspectiva e inteligencia estratégica. En estos momentos tenemos dos partidos tradicionales que siguen fuertes, especialmente el PP, cuyo oculto ideario neoliberal ha interiorizado la mayor parte de la sociedad española y que le parece la opción menos mala de lo que se le ofrece. Además la derecha nunca ha necesitado discurso ni teoría, solo obviedades. Rajoy cumple a rajatabla con este esquema. El otro partido es el PSOE, falto de renovación y de discurso propio actualizado. A un partido de izquierdas siempre se le pide más. Y su votante es menos hooligan que uno de derechas. El PSOE debe pensar que cuando la fiel militancia que tiene (la mayor parte mayores) languidezca, no tiene recambio de jóvenes votantes. Por lo tanto, o se decide a actualizar su discurso y su práctica, y por tanto rejuvenecer y diversificar un nuevo tipo de electorado, o su futuro está amenazado.
Por otro lado está Podemos, que ya ha fagocitado a IU sin rentabilidad electoral (el quintacolumnismo de Tania Sánchez y Alberto Garzón no ha servido para nada, aparte de sacrificar a IU), cuyo momento de gloria parece estancado. España no es Hispanoamérica. Y, por último, Ciudadanos, cuya aparición como franquicia del PP no ha dado resultado, pues en tiempo de dudas y turbulencias la gente prefiere la matriz. De los nacionalismos no hablo por tener poco conocimiento sociológico de ellos y por mi tendencia jacobina. Los nacionalismos hay que resignarse a sufrirlos y no avivar el fuego. La famosa conllevancia que formulaban Ortega y Azaña sigue teniendo sentido.
Conclusión: la iniciativa debe partir del PP y el protagonismo es suyo en el intento de configurar un gobierno. ¿Cuál es el papel del PSOE? Si no le queda más remedio, tendrá que negociar con el PP duramente y permitirle formar gobierno. La contrapartida exigida debe ser fuerte: aparte de liderar la oposición, retirada de las tres leyes fuertemente negativas del PP (la LOMCE, la ley “mordaza”, y la Reforma Laboral), una regeneración institucional de verdad, una política fiscal más justa y eficaz, trabajar por un cambio de modelo productivo más acorde con el siglo XXI, encauzamiento de una reforma constitucional, negociar una ralentización con Bruselas en la reducción del déficit y presentación de una moción de confianza al cabo de dos años. Creo que así los españoles podrían entender que el Estado está por encima de todos y todos se deben a la sociedad a través del Estado.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 18 de junio de 2016

ASALTO A LA SOCIALDEMOCRACIA

Viñeta de El Roto: Le dice el gurú al político para el que trabaja: “¡Recuerda: frases simples e ideas subordinadas!” Pues eso, que estamos en plena campaña electoral y la televisión es el medio por antonomasia. Las formas, la simpatía, la “sonrisa de un país”, el corazón como logotipo, los “significantes vacíos” como frase simple e idea ausente, la socialdemocracia como palabra-bandera prestada o robada. Pongamos que estoy hablando de Podemos y de Pablo Manuel Iglesias. Indudablemente, Podemos es un partido nuevo, con nueva envoltura pero con pocas ideas, y las que tiene son viejas. Otra cosa es el envoltorio: original, seductor y brillante.
Tras el debate a cuatro del lunes 13 de junio, las cosas y las expectativas de los ciudadanos españoles están prácticamente igual que antes del debate, incluso igual que el 20 de diciembre pasado. El sorpasso de Podemos al PSOE es lo único destacable. Lo que era y es su verdadero objetivo. Una vez fagocitada IU, se trata de desbancar al PSOE y convertirse en el representante hegemónico de la izquierda. Objetivo legítimo si así se explicita; objetivo no tan legítimo si se hace engañando a los votantes.
 ¿Qué sucedió tras las elecciones del 20-D? Que ningún pacto “natural” sumaba suficientemente y lo que sí funcionó fueron los vetos de unos a otros. El pacto PSOE-C´s fue algo original y nuevo que podría haber funcionado si las ideologías no se hubieran impuesto a la instauración del bien principal, que era un gobierno de progreso. A este posible gobierno de progreso se opuso el PP (normal) y se opuso también Podemos porque no era el hegemónico en el pacto. Ahora, ante la perspectiva del sorpasso, Podemos pretende que el PSOE lo apoye. ¿Por qué antes no y ahora sí? Porque se trata de ocupar el poder hegemónicamente, y luego ya llenaremos de contenido los “significantes vacíos”. Es más, a Podemos no le urge tanto gobernar como ser el partido hegemónico de la izquierda. La razón es sencilla: si Podemos gobierna, su discurso del bla-bla-bla se diluye y se impone la práctica política que demandan las expectativas de los ciudadanos. El discurso del bl-bla-bla se agiganta en la oposición y se diluye en el gobierno. A ello responde la obviedad del cachazudo Rajoy “gobernar no es fácil”.

¿Qué votar el 26-J? Cada uno debe votar a aquel partido que piensa que puede solucionar mejor los problemas de España. El famoso voto útil es falso, o dicho de otra manera, el voto más útil es el voto en conciencia, pues es la única manera de saber qué quieren los electores. Es votar por principios en vez de por intereses. Por lo tanto, a los votantes hay que convencerlos, no intimidarlos. Solo votando en conciencia se pueden dirimir posteriormente las posiciones reales de las ideas de un país.
¿Qué pasa con la socialdemocracia? En principio parece que es la panacea de todos los males. De ahí que ahora todos sean socialdemócratas. Fracasadas las teorías y prácticas anarquistas y comunistas, permanece esta síntesis de liberalismo y marxismo que llamamos socialdemocracia, cuyos objetivos son conectar con la ciudadanía, redistribuir la riqueza y promover el progreso social. Es el espíritu de la Ilustración y de la Modernidad adaptado a las nuevas circunstancias del incierto, complejo y fascinante tiempo de hoy. Frente al neoliberalismo (exacerbación del liberalismo primigenio), que ha aprovechado la desaparición del comunismo soviético para instaurar el monopolio de sus anónimas y no explicitadas ideas, cuya sola descripción ofendería los oídos de la mayoría de sus ingenuos allegados. El éxito del neoliberalismo radica en el anonimato de sus ideas. La literatura política no las admite, son impronunciables.
P.M. Iglesias intenta apropiarse de la “nueva socialdemocracia”, y para ello convierte a Marx y Engels en socialdemócratas (¡!). Pero los problemas humanos evolucionan mucho más lentamente que los términos para designarlos. Y mientras no se demuestre lo contrario, el PSOE es el partido que ha ocupado siempre el espacio socialdemócrata. Bien es verdad que últimamente (3ª vía socialista; nuevo art.135 de la CE; insuficiente relato explicativo y corrupción de algunos de sus dirigentes), el PSOE ha perdido parte de ese espacio propio que ahora intenta ocupar Podemos. Y si ser socialdemócrata era poco, ahora Iglesias se proclama también el detentador del patriotismo nacional. No del patriotismo constitucional de Habermas, sino del patriotismo hueco y verbenero. ¿De cuál de ellos, del español, del catalán, del vasco, del gallego? La última de P.M.I. es su declaración de que Zapatero ha sido el mejor presidente de la democracia. ¿Quién da más? ¡Lo que hay que hacer en estos tiempos tan triviales!

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 4 de junio de 2016

EL 15-M CUMPLE AÑOS (y 2)

“A Podemos le estorba el término comunista, incluso socialista, incluso izquierda, porque pretenden acoger a todos, vengan de donde vengan. Ése y no otro es el sentido de su populismo, que surge cuando los cauces institucionales bloquean las demandas colectivas. Si hubiese eficacia institucional no cabría el populismo”. Éste es un párrafo de mi artículo anterior que me parece central en mi exposición. El punto de arranque de la situación política actual radica en una sociedad (“pueblo”) empobrecida, que se siente excluida y que muestra su indignación en las calles al “no sentirse representada” por la representación popular existente. Ahí aparecen unos candidatos (Podemos) a ocupar esa representación popular, para lo que construyen un relato catastróficamente negativo de la situación, sin elaborar un discurso alternativo creíble. La sociedad (“la gente”) les otorga esa opción ante la confianza perdida en los partidos tradicionales (súmese el mal funcionamiento institucional a la corrupción galopante). A partir de aquí todo se traduce en liturgia de la persuasión, televisión mediante.
Todo ello trae como consecuencia un parlamento mucho más fragmentado, en el que cuatro partidos (PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos) ocupan el espacio que antes ocupaban solamente los dos primeros. Y los discursos de todos ellos intentan convencer al cuerpo electoral de que todos han tomado nota de la indignación popular, cada uno a su manera, y que su receta es la que va servir de terapia contra la crisis que nos embarga. Lógicamente, en este discurso a la caza de la credibilidad, tienen ventaja los nuevos, incontaminados aún y con legítimo derecho a una oportunidad. El PP tiene que predicar que lo hecho en estos cuatro últimos años, aunque doloroso, ha sido necesario. Y para ello saca su arsenal estadístico de creación de puestos de trabajo, cuando la realidad es que desde 2011 se trabaja un 7% menos de horas. Y de creación de riqueza, otorgándose el mérito que realmente lo tienen la bajada del precio del crudo y la política monetaria del Banco Central Europeo, a costa de la depauperación salarial, la bajada del fondo de pensiones y el aumento de la deuda española. El PSOE tiene que asumir sus dos últimos años (2010 y 2011) en los que, asustado por la crisis que no vio llegar, comenzó el austericidio que luego desarrolló y profundizó el PP. El PSOE también reivindica, con evidente razón, su innegable y trascendental papel en la salida de la dictadura y en la modernización de España.
Pero el problema no está solo en los partidos sino en el sistema. Hasta hoy, Europa estaba instalada en un sistema que se autoprotegía del comunismo soviético. Funcionaba la dialéctica entre el liberalismo (partidos conservadores) y la socialdemocracia (partidos socialistas). Era un capitalismo que negociaba un cierto reparto de la tarta entre el capital y el trabajo. Y funcionó bien, especialmente en los países nórdicos. Desaparecido el comunismo soviético, el reparto entre las rentas del capital y las rentas del trabajo se convierte en un monopolio del capital, con una exacerbación egoísta y corrupta del liberalismo (neoliberalismo) y la derechización de la socialdemocracia al perder la referencia comunista ante la que siempre salía bien parada (social-liberalismo). Todo ello teledirigido por los poderes financieros mundiales que encuentran en la globalización y en Internet una magnífica herramienta para su expansión dominadora. La crisis actual empieza en financiera y acaba en crisis política. La política queda sin margen de maniobra ante los fuertes condicionamientos (casi determinismos) de la economía financiera.
Ante la imposibilidad actual de un cambio de sistema, hay que pertrecharse con un buen discurso explicativo y una práctica política reformista, donde las prioridades sean sociables pero sostenibles. No cabe la demagogia populista ni siquiera para desmontar o desaprender, sino que hay que articular una teoría y una práctica potentes encarnadas en líderes creíbles. Todo esto no es fácil, pero pienso que la socialdemocracia sigue siendo la mejor herramienta política para reconducir el proceso europeo y español, ambos unidos en la misma dirección reformista socialdemócrata. Tan es así que todos los partidos a la izquierda del PSOE se declaran socialdemócratas, unos a cara descubierta y otros con una mayor discreción. ¿Puede el PSOE elaborar un relato explicativo de sus virtudes y defectos habidos y prometer con credibilidad una teoría/práctica política que permita volver a ilusionar? Inténtelo, pues en este momento de incertidumbre es más necesario que nunca ante los populismos seudoencantadores que nos rodean.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 21 de mayo de 2016

EL 15-M CUMPLE AÑOS (1)

El pasado domingo se cumplían cinco años del movimiento 15-M (15 de mayo de 2011), fecha referente de las concentraciones que tuvieron lugar en la madrileña Puerta del Sol y en otros muchos sitios de España y, posteriormente, en otras partes del mundo. Actualmente se está dando un movimiento semejante en París. El movimiento de los “indignados” no representa el monopolio de todas la reivindicaciones posibles, pero sí es una vacuna contra la indiferencia y un cuestionamiento de la democracia representativa que opera en España. El empobrecimiento creado por la crisis económica y la precariedad de las expectativas de la juventud, más su divulgación en las redes sociales, fue el caldo de cultivo idóneo para su explicitación.
Es evidente que el partido político Podemos y otras coaliciones municipales son una consecuencia del 15-M. Y que en estos momentos previos a las elecciones generales del 26-J sería conveniente aproximarnos reflexivamente, sin ruidos ni maximalismos retóricos, a una realidad incuestionable aunque no definitiva. Vamos a ello.
Parece fuera de toda duda que el 15-M, y su producto Podemos, surgen en el desierto político de unos partidos políticos que no son capaces de dar una respuesta válida a una crisis que empieza siendo financiera, que se transforma en económica y deviene en política, social y moral. Los dos grandes partidos, PP y PSOE que junto con IU (PCE) son la herencia de la Transición, están marchitos y no están en condiciones de dar una salida digna a la crisis de nuestras pesadillas. Personalmente, ni puedo ni quiero plantearme el momento actual de una manera maniquea: un enfrentamiento dialéctico entre los buenos (los míos) y los malos (los otros). En política las organizaciones son meros aunque poderosos instrumentos para buscar respuestas a los problemas de la sociedad, empezando por los más vulnerables y finalizando en todos. Pues bien, frente a los dos viejos y mayoritarios partidos surgen como adversarios dos partidos jóvenes y, en principio, limpios de corrupción. Y según ha empezado la precampaña, hay un partido, el PSOE, que parece que va a ser la víctima principal del nuevo escenario. Por dos causas: una externa, la potencia electoral de la nueva coalición Unidos Podemos, y otra interna, el aparato mayoritario del PSOE no parece pretender la victoria de Sánchez (caso típico de esquizofrenia política). Hay que reconocer que no lo tiene fácil la socialdemocracia, deficitaria en teoría, en estrategia y en líderes.
Nadie duda de que el espíritu del 15-M, del que se ha apoderado Podemos y del que los viejos partidos no han tomado nota, tiene razón en el cuestionamiento de la democracia española, ya que no resuelve ni encauza el conflicto económico-político-social existente. Es más, el aparato conceptual del nuevo partido (extraído fundamentalmente del filósofo y politólogo argentino Ernesto Laclau) aporta a la política española conceptos nuevos y operativos, más para un proyecto destituyente que constituyente. Lo que no es poco. Casta, populismo, arriba-abajo, la gente… son vulgarizaciones de los “significantes vacíos” de Laclau, y han servido efectivamente de vehículo para la llegada al poder de Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Chávez en Venezuela y, en cierto modo también, de los Kirchner en Argentina. Los significantes (términos/conceptos/símbolos)  vacíos no están vacíos sino que son ambiguos y están abiertos  a un desarrollo posterior sin determinar. Por eso, no es incoherente que Podemos diga que lo importante es llegar al poder y luego ya hablaremos. Indudablemente exigen un acto de fe, pero la gente se agarra a un clavo ardiendo, por probar no se pierde nada. ¿O sí?
Por eso a Podemos le estorba el término comunista, incluso socialista, incluso izquierda, porque pretenden acoger a todos, vengan de donde vengan. Ése y no otro es el sentido de su populismo, que surge cuando los cauces institucionales bloquean las demandas colectivas. Si hubiese eficacia institucional no cabría el populismo. Podemos elabora un relato populista que se mueve entre el rechazo de los conservadores (es una afrenta vulgar a su refinado elitismo) y la incomprensión de la izquierda (ve su espacio ocupado por unos intrusos). Pero no es un populismo latinoamericano, sino que lo intenta reformular y traducirlo a la realidad española.
Pero Podemos tiene un gran problema, su adanismo: todo ha sido malo hasta su llegada al poder, y con él (Adán) empieza todo. Para enmendar esta tesis ni siquiera hace falta pensar en Venezuela ni en Grecia, solo hace falta pensar en Europa, de la que no podemos-debemos salir sino trabajar para mejorarla, a pesar del reducido margen de maniobra que tenemos en la actualidad.
Seguiremos reflexionando.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 7 de mayo de 2016

ESPAÑA, UN PROCESO

Parece evidente que para hablar de la España de hoy hay que remontarse al 20 de noviembre de 1975, fecha de la muerte del dictador que había supuesto el final de una España republicana cuyos anhelos europeos y modernizadores que tan bien personalizó Azaña. No procede aquí hablar de si la Transición pudo ser mejor o no. La Transición fue la que fue y fue buena. Hubo generosidad política y se pactó un calendario de prioridades sensato. Como siempre, hubo hitos y nombre propios que destacan sobre otros. En primer lugar hay que nombrar al presidente Suárez, que supo ver que el progreso de España y el suyo confluían y se necesitaban. La juventud  es siempre buena apuesta en momentos de cambio fuerte. En segundo lugar, hay que recordar la fecha de 3 de abril de 1979, con la llegada de los primeros ayuntamientos democráticos, gracias al pacto entre el PSOE y el PCE. Fueron unos años de práctica democrática y escuela de ciudadanía que posibilitó el gran triunfo del PSOE en 1982. Felipe González, a lo largo de catorce años de gobierno, con sus luces y sus sombras, fue y sigue siendo la máxima personalidad de la política española. Aznar, en tono menor, supuso la normalización de la alternancia política que toda democracia consolidada necesita.  Posteriormente, a partir del segundo mandato de Aznar, da la impresión de que la política española se ha reducido y vamos transitando cuatrienalmente con una resignación ciudadana digna de mejor causa. También hay que citar al rey Juan Carlos y a Carrillo como elementos favorecedores de la Transición.
El paseo histórico del párrafo anterior supone 41 años de recorrido en el que, bajo su  apariencia de levedad esquemática, hay todo un entramado de vidas, ideas, progresos y regresiones. Pero lo que nadie puede negar es que ha sido un proceso intenso y fructífero para España y los españoles. Se consiguió mucho: salir de la dictadura pacíficamente y con un nivel político muy digno; un Estado de bienestar muy razonable; unas infraestructuras espléndidas a raíz de nuestra entrada en Europa; unas cifras de empleo muy satisfactorias a pesar de la crisis industrial y, eso sí, con la hipoteca de la burbuja inmobiliaria. Pero, en mi opinión, hubo un gran fallo: la reconversión del Estado en un Estado de las Autonomías. La presión de catalanes y vascos se quiso zanjar con un enorme tiro por elevación, otorgando la autonomía incluso a los que no la pedían, no cayendo en la cuenta de que los nacionalismos funcionan más por la cuota diferencial con los demás que por su propia entidad. Se dio luz verde a todo un reino insaciable de taifas. No hay economía que pueda soportar 17 miniestados en continua postura reivindicativa. Yo hubiera preferido una profunda e inteligente descentralización del viejo Estado centralista y una cuota diferencial de tipo cultural e idiomático para los viejos nacionalismos. Nos hubiera ido mucho mejor. Ahora es prácticamente imposible la vuelta atrás, aunque sí cabrían algunos retoques importantes en sanidad y educación, con un sentido de Estado. Soy consciente de que esta opinión será poco compartida, pero qué vamos a hacer.
En la actualidad estamos posiblemente en un segundo momento histórico, consecuencia del enquistamiento político de los viejos partidos, con una mayor pluralidad y cuya necesidad de renovación es manifiesta, pero cuya arquitectura política aún no somos capaces de articular. En principio es imprescindible un cambio radical de personas en la política española. Como en 1975, la juventud vuelve a ser una apuesta segura para el cambio necesario. Las mentes jóvenes tienen una visión más ajustada de “su” realidad, mientras que los mayores son, a veces, una rémora para el cambio necesario. Aunque no siempre es biología, también es filosofía.
La cantidad de cosas que hay que hacer necesita savia nueva. Entre otras, salir de la crisis (todos, no unos pocos), racionalizar la política territorial, profesionalizar las instituciones, reformar la Constitución, cambiar el modelo productivo español, acordar un pacto de Estado sobre la educación (incluyendo a la universidad), sobre la sanidad y sobre las pensiones, para que de una vez tengamos una visión mínimamente común en cuestiones fundamentales, elaborar una postura clara y progresista sobre nuestro papel en Europa; garantizar la real y efectiva división de poderes, especialmente la independencia judicial. Y como herramientas políticas sigue habiendo dos referencias claras, siempre que estén libres de corrupción y clientelismo: la socialdemocracia, que debe encontrar sus nuevas coordenadas y sus líderes, y un partido conservador moderno, más europeo. Los partidos emergentes no han descubierto espacios nuevos, solo estilos distintos por consolidar.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 23 de abril de 2016

INSTALADOS EN LA INCERTIDUMBRE

Hoy es 23 de abril y esto es España. Si observamos la sociedad, a la gente real, en sus muchos contextos y circunstancias, vemos que no hay excesivo desgarro por la ausencia de gobierno tras cuatro meses de incapacidad pactista entre nuestros dirigentes. La gente ha sobrellevado su vida, buena o mala, exactamente igual que cuando había gobierno. Es como si la inercia de la estructura Estado funcionase más allá de las características de sus ocupantes. Ésta es la ventaja fundamental de una sociedad bien configurada sociopolíticamente, como es la española. Esto es Europa y los españoles tenemos la inmensa fortuna de ser europeos, esencia de la españolidad contemporánea. Efectivamente, la globalidad existe. Y tiene muchas ramificaciones y consecuencias, generalmente buenas y, a veces, malas, por un deficiente equilibrio y armonía entre las partes. Pero nuestra energía la debemos usar en nuestro entorno: España-Europa. Es ahí donde debemos seguir transformando y desarrollando nuestras vidas y el sentido que demos a ellas. Con la seguridad de que mantener el statu quo de nuestro entorno es bueno para nosotros y para el planeta. Que tenemos que mejorar, cierto. Pero siempre sin abandonar nuestra propia entidad y nuestro entorno más inmediato. La solidaridad internacional debe ser fundamentalmente política, y no paternalismo caritativo de dudosa eficacia.

No obstante lo dicho, no hay que abusar de la inercia y hay que seguir alimentando el sistema. Por lo tanto, hay que elegir gobierno. A poder ser sin nuevas elecciones. Pero si los tacticismos partidarios y personales lo impiden, celebraremos el 26-J como otra fiesta democrática, hablando los ciudadanos otra vez a ver si hay mejor sintonía. Porque está claro que los partidos políticos españoles no estaban preparados para el aumento de la pluralidad política que emanó del 20-D y sus consecuentes e inexcusables pactos. Todos los partidos, y digo todos, se han preocupado más de cubrirse las espaldas ante las próximas elecciones del 26-J que de buscar un pacto en serio. ¿Quién tiene una responsabilidad más negativa? Como lo que se dice públicamente en política es solo lo que interesa decir, no sabemos ni las posibilidades reales que ha habido ni los objetivos reales que cada partido y sus dirigentes han buscado. La sociedad asiste impasible al espectáculo y se refugia en su realidad cotidiana que bastante tiene. Y éste es el gran problema del momento actual: que los partidos abusan de su imprescindibilidad (de momento) en medio de la atonía popular y así aparece el enorme coste de la no gestión institucional. Uno se harta de oír las quejas e improperios de unos contra otros sin que nadie se ponga en serio a hacer funcionar las instituciones. Porque bien está que se explicite el déficit económico y competencial de la institución que uno dirige, pero una vez dicho eso, hay que ponerse a trabajar por la mejora constante de las instituciones, lo que constituye la auténtica  revolución política. Hay muchas cosas, muchísimas, que se pueden hacer a coste cero. Todas las de carácter ejemplificador y todas las de gestión interna. Posiblemente sean las que la sociedad más demanda. No es momento de grandes aspavientos ideológicos ni retóricos. En momentos críticos, y éste lo es, hay que usar las energías en poner orden y marcar la dirección, a fin de estar preparados para el momento del crecimiento. La inspiración nos tiene que sorprender trabajando, no lamiendo nuestras supuestas heridas.

Todo lo que está sucediendo actualmente es consecuencia del cambio tan rápido y profundo que está teniendo lugar en nuestra sociedad. Y el cambio tiene siempre la característica de la incertidumbre sobre un futuro que no está escrito. Los hechos de hoy son meros condicionantes del futuro que no anulan ni la libertad ni la creatividad humanas. Para eso nos regaló Zeus la política a los humanos, para acabar con las guerras y las disputas y ser capaces de organizar una feliz y justa convivencia, que no otra cosa es la política. Lo de menos es quien ocupa el poder, sino que lo importante es el control social de ese poder. Y ahí está nuestro actual Parlamento, el más plural y rejuvenecido de la historia democrática española. ¿Por qué tanto miedo sobre quién gobierna? Lo importante es un acuerdo sobre media docena de cuestiones fundamentales y urgentes y el impulso y control del Parlamento. Posiblemente estamos ante una ocasión de oro para la separación del poder ejecutivo respecto del poder legislativo. Y si una de esas seis cuestiones fundamentales es la independencia real del poder judicial, estaríamos ante el mayor avance democrático tras la superación de la dictadura y la aprobación de la Constitución de 1978.  


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 9 de abril de 2016

F. GONZÁLEZ y M. RAJOY

Seguimos sin Gobierno. Cada vez está más difícil por los tacticismos partidarios y personales de todos los agentes públicos, políticos y no políticos. A nadie parece importarle España, su Estado y sus instituciones, que lo demás ya es secundario. Este artículista va a seguir dando una oportunidad más a nuestros representantes a ver de qué son capaces. Por lo tanto, y para hacer tiempo, vamos a hablar de dos acontecimientos televisivos, significativos por sus contenidos. Me refiero al programa sobre Felipe González (F.G.) y a la entrevista de Mariano Rajoy. Ambos en La Sexta.

El viernes 01-04-16, la Sexta emitió un programa sobre Felipe González. Fue una especie de balance biográfico y lo estructuró en tres apartados: 1) F.G., el idealista; 2) F.G., el pragmático; y 3) F.G., el jubilado.

Me pareció interesante porque fue una especie de historia de la España democrática de los últimos años. Y, a la vez, una referencia de nuestras propias vidas para los que ya tenemos una edad. Desde el González revolucionario (aparece en un mitin donde grita “Gora Euzkadi Askatuta”), pasando por el González pragmático de la reconversión industrial y la entrada de España en la OTAN, y llegando al González consejero de ENDESA, para escándalo de muchos y arma arrojadiza contra el PSOE. En cualquier caso, es innegable que F.G. es la figura central de la política española democrática. De una manera u otra todos lo reconocen, incluso sus adversarios.

La parte con la que no comulgo es aquella del programa que habla de la caída de F.G., y que el programa atribuye a  tres causas: el Gal, la crisis económica de 1992 y la corrupción del último mandato. Yo añadiría una cuarta, en mi opinión la más importante, que fue el cansancio por parte de los españoles de ver durante catorce años la misma cara al frente del gobierno. Y además, no esperar ya nada nuevo de él.

Porque el Gal, legal y moralmente rechazable, no fue repudiado por la gente, sino que lo interpretó como una manera no ortodoxa de intentar acabar con ETA. Las famosas cloacas del poder. La generalidad de los gobiernos democráticos practicaba terrorismo de Estado. Pero España hizo lo que ningún otro país: usar (por parte de Aznar y Pedro J. Ramírez) el terrorismo de Estado como arma arrojadiza electoral. En esta cuestión, todos los gobiernos y contragobiernos han respetado con su silencio cómplice eso que se llama secretos de Estado. Todos menos Aznar.

La crisis económica tras los fastos 1992 en Barcelona (Olimpiada) y Sevilla (Exposición Universal), dejo a España encantada y exhausta económicamente, pero los gobiernos de F.G. habían demostrado solvencia suficiente en economía. Yo no pienso que esta fuese una razón muy fuerte en el final del felipismo. ¿Y la corrupción? Los Filesa y algunos pequeños asuntos sueltos de la época son calderilla al lado de la Gurtel y otros asuntos negros de la actualidad. Lo que sí le hizo mella al felipismo fue Roldán. Esa foto del “jefe de los guardias” apresado por los guardias fue mortal. Previamente, Pedro J. en El Mundo  nos radió la vida y milagros de Roldán, un día sí y otro también. Sin Pedro J. Aznar no hubiese sido presidente. Insisto en que la caída de F.G. fue más por el cansancio de ver la misma cara durante tantos años. Aunque todo junto suma.

El segundo asunto televisivo a comentar es la entrevista de Rajoy por parte de Jordi Évole, también en La Sexta (03-04-16). Fue un ejercicio boxístico total. El púgil Évole, con agilidad, buen juego de piernas y con mucha insistencia, hizo un combate aguerrido y atacando en todo momento. Rajoy, púgil cercano a la retirada pero gran encajador, supo aguantar bien los golpes. En algún momento se le vio expresión de arrojar la toalla pero decidió seguir y solo perdió a los puntos, evitando un rotundo K.O. La primera parte, de pie en los jardines de la Moncloa, Rajoy aprovechó su gran envergadura para dominar la perspectiva e intentar asustar al púgil Évole. Pero, una vez sentados en la mesa del despacho presidencial, y recobrada la igualdad en la perspectiva, Évole volvió a atacar y el combate finalizó con victoria a los puntos. 

Fue un espectáculo realmente patético a la vez que interesante como ejercicio dialéctico. No llegó a haber sangre pero al espectador no le quedó  ninguna duda de la culpabilidad, por pasiva y por activa, del jefe de los corruptos. “Nadie es perfecto”, “la generalidad de los políticos es decente”, “la corrupción son casos aislados”, fueron muletillas constantemente reiteradas. Una pregunta fue clave: ¿cuántos casos aislados tiene que haber para poder hablar de corrupción sistémica? El cachazudo de Mariano no sabe no contesta.


Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 27 de marzo de 2016

Educación y Política

Hoy dejamos la formación de gobierno en España. Ya hemos hablado demasiado. Dejemos a los políticos que demuestren su capacidad constructiva y vamos a hablar de cuestiones más fundamentales, como son la educación y la política.

 En la situación de estancamiento político en que nos encontramos debemos cambiar de estrategia para poder generar una nueva perspectiva desde la que podamos configurar una nueva sociedad. Todo ello supone pararse a pensar desde el análisis de lo realmente existente. Y la mejor práctica que podemos hacer es observar y analizar las mejores sociedades de nuestro entorno: cómo son y por qué son como son. Lo primero que nos llama la atención es el fuerte sentido que tienen todos sus ciudadanos de lo público y el uso de la educación como el instrumento idóneo para llegar a ello.

Tener sentido de lo público es justo lo contrario que la corrupción, porque si yo no pago impuestos o robo lo que es de todos o no rindo en mi puesto de trabajo, estoy individualizando-privatizando lo público, o lo que es lo mismo, me estoy desentendiendo del bien común. El individualismo que rige entre nosotros es feroz, lo que nos esteriliza intelectual y socialmente. Y la herramienta más eficaz para que el sentido de lo público sea nuestra divisa más preciada es la educación. Que es distinta de la enseñanza. La educación de la que hablo es la que va desde los 0 a los 100 años, no de la enseñanza reglada. La cual puede ser también educación si, además de darse materialmente, está  bien impartida. En los centros educativos cada vez hay menos ventanas para adaptarse a lo de fuera. La alternativa pasa por llenar las clases de acontecimientos en los cuales el profesor no resulte redundante.

La crisis política actual es una crisis de valores y de conceptos básicos. Y si algo tienen los valores y los conceptos es que deben cambiar a medida que va cambiando la sociedad. Por ello nuestra primera obligación es saber analizar la sociedad en que vivimos, la de 2016, esta sociedad que cambia a velocidad de vértigo en cuestiones materiales (nuevas tecnologías, confort material, capacidad industrial productiva, comunicación planetaria…) pero que permanece estancada para mucha gente en problemas básicos (trabajo, vivienda, alimentos, educación, comunicación…). Si pensamos en ambas dimensiones observaremos que la primera es técnica material mientras que la segunda es lo que podríamos llamar sabiduría. Si no tenemos sabiduría la técnica puede ser incluso regresiva y, en cualquier caso, causa de desigualdad insoportable. Decía B. Farrington que lo auténticamente revolucionario no son los descubrimientos sino su divulgación, que es lo que realmente hace evolucionar a las sociedades.

Desde que existe la política mínimamente democrática (otra vez los griegos) sabemos que la política es la consecuencia moralmente obligatoria de nuestra condición de ciudadanos. Si en nuestras sociedades de masas delegamos el ejercicio profesional de la política en unos pocos representantes es por pura necesidad de eficacia, lo que no anula la característica fundamental de la política que es la participación de todos. El representante público que no fomenta la participación está haciendo un uso perverso de la política. Si las elecciones se limitan a elegir a nuestros representantes cada cuatro años, es puro mecanismo estéril que solo sirve para justificar un sistema que tarde o temprano estallará. Si los partidos políticos solo usan a sus militantes para justificar la aprobación de sus listas en asambleas que apenas duran diez minutos, esos partidos son todo menos instrumentos de democracia. En definitiva, sin participación no hay democracia.

Y para participar hace falta educación, formación, criterio, autonomía decisional, libertad de expresión. En definitiva, personas con ejercicio de su personalidad, conscientes de que vivimos en sociedad y de que el vínculo más propio de la sociedad es la solidaridad. El cultivo de la individualidad debe servir para ser más solidarios y no para retraernos en nosotros mismos. J. Subirats dice que más que de participación hemos de hablar de coproducción política de la ciudadanía. Lo que implica incorporar a la gente en esa tarea de búsqueda de soluciones, ya que los ciudadanos deben participar en la solución del problema, porque la sociedad actual adolece de problemas que las estructuras administrativas actuales, construidas y pensadas para otra época, no son capaces de solucionar.

No es, pues, tanto un problema de modelo sino de la calidad del modelo. La democracia representativa es un buen modelo, el menos malo de todos, pero la calidad de nuestros dirigentes y la educación de los ciudadanos deja mucho que desear.


Mariano Berges, profesor de filosofía