sábado, 21 de mayo de 2016

EL 15-M CUMPLE AÑOS (1)

El pasado domingo se cumplían cinco años del movimiento 15-M (15 de mayo de 2011), fecha referente de las concentraciones que tuvieron lugar en la madrileña Puerta del Sol y en otros muchos sitios de España y, posteriormente, en otras partes del mundo. Actualmente se está dando un movimiento semejante en París. El movimiento de los “indignados” no representa el monopolio de todas la reivindicaciones posibles, pero sí es una vacuna contra la indiferencia y un cuestionamiento de la democracia representativa que opera en España. El empobrecimiento creado por la crisis económica y la precariedad de las expectativas de la juventud, más su divulgación en las redes sociales, fue el caldo de cultivo idóneo para su explicitación.
Es evidente que el partido político Podemos y otras coaliciones municipales son una consecuencia del 15-M. Y que en estos momentos previos a las elecciones generales del 26-J sería conveniente aproximarnos reflexivamente, sin ruidos ni maximalismos retóricos, a una realidad incuestionable aunque no definitiva. Vamos a ello.
Parece fuera de toda duda que el 15-M, y su producto Podemos, surgen en el desierto político de unos partidos políticos que no son capaces de dar una respuesta válida a una crisis que empieza siendo financiera, que se transforma en económica y deviene en política, social y moral. Los dos grandes partidos, PP y PSOE que junto con IU (PCE) son la herencia de la Transición, están marchitos y no están en condiciones de dar una salida digna a la crisis de nuestras pesadillas. Personalmente, ni puedo ni quiero plantearme el momento actual de una manera maniquea: un enfrentamiento dialéctico entre los buenos (los míos) y los malos (los otros). En política las organizaciones son meros aunque poderosos instrumentos para buscar respuestas a los problemas de la sociedad, empezando por los más vulnerables y finalizando en todos. Pues bien, frente a los dos viejos y mayoritarios partidos surgen como adversarios dos partidos jóvenes y, en principio, limpios de corrupción. Y según ha empezado la precampaña, hay un partido, el PSOE, que parece que va a ser la víctima principal del nuevo escenario. Por dos causas: una externa, la potencia electoral de la nueva coalición Unidos Podemos, y otra interna, el aparato mayoritario del PSOE no parece pretender la victoria de Sánchez (caso típico de esquizofrenia política). Hay que reconocer que no lo tiene fácil la socialdemocracia, deficitaria en teoría, en estrategia y en líderes.
Nadie duda de que el espíritu del 15-M, del que se ha apoderado Podemos y del que los viejos partidos no han tomado nota, tiene razón en el cuestionamiento de la democracia española, ya que no resuelve ni encauza el conflicto económico-político-social existente. Es más, el aparato conceptual del nuevo partido (extraído fundamentalmente del filósofo y politólogo argentino Ernesto Laclau) aporta a la política española conceptos nuevos y operativos, más para un proyecto destituyente que constituyente. Lo que no es poco. Casta, populismo, arriba-abajo, la gente… son vulgarizaciones de los “significantes vacíos” de Laclau, y han servido efectivamente de vehículo para la llegada al poder de Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Chávez en Venezuela y, en cierto modo también, de los Kirchner en Argentina. Los significantes (términos/conceptos/símbolos)  vacíos no están vacíos sino que son ambiguos y están abiertos  a un desarrollo posterior sin determinar. Por eso, no es incoherente que Podemos diga que lo importante es llegar al poder y luego ya hablaremos. Indudablemente exigen un acto de fe, pero la gente se agarra a un clavo ardiendo, por probar no se pierde nada. ¿O sí?
Por eso a Podemos le estorba el término comunista, incluso socialista, incluso izquierda, porque pretenden acoger a todos, vengan de donde vengan. Ése y no otro es el sentido de su populismo, que surge cuando los cauces institucionales bloquean las demandas colectivas. Si hubiese eficacia institucional no cabría el populismo. Podemos elabora un relato populista que se mueve entre el rechazo de los conservadores (es una afrenta vulgar a su refinado elitismo) y la incomprensión de la izquierda (ve su espacio ocupado por unos intrusos). Pero no es un populismo latinoamericano, sino que lo intenta reformular y traducirlo a la realidad española.
Pero Podemos tiene un gran problema, su adanismo: todo ha sido malo hasta su llegada al poder, y con él (Adán) empieza todo. Para enmendar esta tesis ni siquiera hace falta pensar en Venezuela ni en Grecia, solo hace falta pensar en Europa, de la que no podemos-debemos salir sino trabajar para mejorarla, a pesar del reducido margen de maniobra que tenemos en la actualidad.
Seguiremos reflexionando.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 7 de mayo de 2016

ESPAÑA, UN PROCESO

Parece evidente que para hablar de la España de hoy hay que remontarse al 20 de noviembre de 1975, fecha de la muerte del dictador que había supuesto el final de una España republicana cuyos anhelos europeos y modernizadores que tan bien personalizó Azaña. No procede aquí hablar de si la Transición pudo ser mejor o no. La Transición fue la que fue y fue buena. Hubo generosidad política y se pactó un calendario de prioridades sensato. Como siempre, hubo hitos y nombre propios que destacan sobre otros. En primer lugar hay que nombrar al presidente Suárez, que supo ver que el progreso de España y el suyo confluían y se necesitaban. La juventud  es siempre buena apuesta en momentos de cambio fuerte. En segundo lugar, hay que recordar la fecha de 3 de abril de 1979, con la llegada de los primeros ayuntamientos democráticos, gracias al pacto entre el PSOE y el PCE. Fueron unos años de práctica democrática y escuela de ciudadanía que posibilitó el gran triunfo del PSOE en 1982. Felipe González, a lo largo de catorce años de gobierno, con sus luces y sus sombras, fue y sigue siendo la máxima personalidad de la política española. Aznar, en tono menor, supuso la normalización de la alternancia política que toda democracia consolidada necesita.  Posteriormente, a partir del segundo mandato de Aznar, da la impresión de que la política española se ha reducido y vamos transitando cuatrienalmente con una resignación ciudadana digna de mejor causa. También hay que citar al rey Juan Carlos y a Carrillo como elementos favorecedores de la Transición.
El paseo histórico del párrafo anterior supone 41 años de recorrido en el que, bajo su  apariencia de levedad esquemática, hay todo un entramado de vidas, ideas, progresos y regresiones. Pero lo que nadie puede negar es que ha sido un proceso intenso y fructífero para España y los españoles. Se consiguió mucho: salir de la dictadura pacíficamente y con un nivel político muy digno; un Estado de bienestar muy razonable; unas infraestructuras espléndidas a raíz de nuestra entrada en Europa; unas cifras de empleo muy satisfactorias a pesar de la crisis industrial y, eso sí, con la hipoteca de la burbuja inmobiliaria. Pero, en mi opinión, hubo un gran fallo: la reconversión del Estado en un Estado de las Autonomías. La presión de catalanes y vascos se quiso zanjar con un enorme tiro por elevación, otorgando la autonomía incluso a los que no la pedían, no cayendo en la cuenta de que los nacionalismos funcionan más por la cuota diferencial con los demás que por su propia entidad. Se dio luz verde a todo un reino insaciable de taifas. No hay economía que pueda soportar 17 miniestados en continua postura reivindicativa. Yo hubiera preferido una profunda e inteligente descentralización del viejo Estado centralista y una cuota diferencial de tipo cultural e idiomático para los viejos nacionalismos. Nos hubiera ido mucho mejor. Ahora es prácticamente imposible la vuelta atrás, aunque sí cabrían algunos retoques importantes en sanidad y educación, con un sentido de Estado. Soy consciente de que esta opinión será poco compartida, pero qué vamos a hacer.
En la actualidad estamos posiblemente en un segundo momento histórico, consecuencia del enquistamiento político de los viejos partidos, con una mayor pluralidad y cuya necesidad de renovación es manifiesta, pero cuya arquitectura política aún no somos capaces de articular. En principio es imprescindible un cambio radical de personas en la política española. Como en 1975, la juventud vuelve a ser una apuesta segura para el cambio necesario. Las mentes jóvenes tienen una visión más ajustada de “su” realidad, mientras que los mayores son, a veces, una rémora para el cambio necesario. Aunque no siempre es biología, también es filosofía.
La cantidad de cosas que hay que hacer necesita savia nueva. Entre otras, salir de la crisis (todos, no unos pocos), racionalizar la política territorial, profesionalizar las instituciones, reformar la Constitución, cambiar el modelo productivo español, acordar un pacto de Estado sobre la educación (incluyendo a la universidad), sobre la sanidad y sobre las pensiones, para que de una vez tengamos una visión mínimamente común en cuestiones fundamentales, elaborar una postura clara y progresista sobre nuestro papel en Europa; garantizar la real y efectiva división de poderes, especialmente la independencia judicial. Y como herramientas políticas sigue habiendo dos referencias claras, siempre que estén libres de corrupción y clientelismo: la socialdemocracia, que debe encontrar sus nuevas coordenadas y sus líderes, y un partido conservador moderno, más europeo. Los partidos emergentes no han descubierto espacios nuevos, solo estilos distintos por consolidar.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 23 de abril de 2016

INSTALADOS EN LA INCERTIDUMBRE

Hoy es 23 de abril y esto es España. Si observamos la sociedad, a la gente real, en sus muchos contextos y circunstancias, vemos que no hay excesivo desgarro por la ausencia de gobierno tras cuatro meses de incapacidad pactista entre nuestros dirigentes. La gente ha sobrellevado su vida, buena o mala, exactamente igual que cuando había gobierno. Es como si la inercia de la estructura Estado funcionase más allá de las características de sus ocupantes. Ésta es la ventaja fundamental de una sociedad bien configurada sociopolíticamente, como es la española. Esto es Europa y los españoles tenemos la inmensa fortuna de ser europeos, esencia de la españolidad contemporánea. Efectivamente, la globalidad existe. Y tiene muchas ramificaciones y consecuencias, generalmente buenas y, a veces, malas, por un deficiente equilibrio y armonía entre las partes. Pero nuestra energía la debemos usar en nuestro entorno: España-Europa. Es ahí donde debemos seguir transformando y desarrollando nuestras vidas y el sentido que demos a ellas. Con la seguridad de que mantener el statu quo de nuestro entorno es bueno para nosotros y para el planeta. Que tenemos que mejorar, cierto. Pero siempre sin abandonar nuestra propia entidad y nuestro entorno más inmediato. La solidaridad internacional debe ser fundamentalmente política, y no paternalismo caritativo de dudosa eficacia.

No obstante lo dicho, no hay que abusar de la inercia y hay que seguir alimentando el sistema. Por lo tanto, hay que elegir gobierno. A poder ser sin nuevas elecciones. Pero si los tacticismos partidarios y personales lo impiden, celebraremos el 26-J como otra fiesta democrática, hablando los ciudadanos otra vez a ver si hay mejor sintonía. Porque está claro que los partidos políticos españoles no estaban preparados para el aumento de la pluralidad política que emanó del 20-D y sus consecuentes e inexcusables pactos. Todos los partidos, y digo todos, se han preocupado más de cubrirse las espaldas ante las próximas elecciones del 26-J que de buscar un pacto en serio. ¿Quién tiene una responsabilidad más negativa? Como lo que se dice públicamente en política es solo lo que interesa decir, no sabemos ni las posibilidades reales que ha habido ni los objetivos reales que cada partido y sus dirigentes han buscado. La sociedad asiste impasible al espectáculo y se refugia en su realidad cotidiana que bastante tiene. Y éste es el gran problema del momento actual: que los partidos abusan de su imprescindibilidad (de momento) en medio de la atonía popular y así aparece el enorme coste de la no gestión institucional. Uno se harta de oír las quejas e improperios de unos contra otros sin que nadie se ponga en serio a hacer funcionar las instituciones. Porque bien está que se explicite el déficit económico y competencial de la institución que uno dirige, pero una vez dicho eso, hay que ponerse a trabajar por la mejora constante de las instituciones, lo que constituye la auténtica  revolución política. Hay muchas cosas, muchísimas, que se pueden hacer a coste cero. Todas las de carácter ejemplificador y todas las de gestión interna. Posiblemente sean las que la sociedad más demanda. No es momento de grandes aspavientos ideológicos ni retóricos. En momentos críticos, y éste lo es, hay que usar las energías en poner orden y marcar la dirección, a fin de estar preparados para el momento del crecimiento. La inspiración nos tiene que sorprender trabajando, no lamiendo nuestras supuestas heridas.

Todo lo que está sucediendo actualmente es consecuencia del cambio tan rápido y profundo que está teniendo lugar en nuestra sociedad. Y el cambio tiene siempre la característica de la incertidumbre sobre un futuro que no está escrito. Los hechos de hoy son meros condicionantes del futuro que no anulan ni la libertad ni la creatividad humanas. Para eso nos regaló Zeus la política a los humanos, para acabar con las guerras y las disputas y ser capaces de organizar una feliz y justa convivencia, que no otra cosa es la política. Lo de menos es quien ocupa el poder, sino que lo importante es el control social de ese poder. Y ahí está nuestro actual Parlamento, el más plural y rejuvenecido de la historia democrática española. ¿Por qué tanto miedo sobre quién gobierna? Lo importante es un acuerdo sobre media docena de cuestiones fundamentales y urgentes y el impulso y control del Parlamento. Posiblemente estamos ante una ocasión de oro para la separación del poder ejecutivo respecto del poder legislativo. Y si una de esas seis cuestiones fundamentales es la independencia real del poder judicial, estaríamos ante el mayor avance democrático tras la superación de la dictadura y la aprobación de la Constitución de 1978.  


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 9 de abril de 2016

F. GONZÁLEZ y M. RAJOY

Seguimos sin Gobierno. Cada vez está más difícil por los tacticismos partidarios y personales de todos los agentes públicos, políticos y no políticos. A nadie parece importarle España, su Estado y sus instituciones, que lo demás ya es secundario. Este artículista va a seguir dando una oportunidad más a nuestros representantes a ver de qué son capaces. Por lo tanto, y para hacer tiempo, vamos a hablar de dos acontecimientos televisivos, significativos por sus contenidos. Me refiero al programa sobre Felipe González (F.G.) y a la entrevista de Mariano Rajoy. Ambos en La Sexta.

El viernes 01-04-16, la Sexta emitió un programa sobre Felipe González. Fue una especie de balance biográfico y lo estructuró en tres apartados: 1) F.G., el idealista; 2) F.G., el pragmático; y 3) F.G., el jubilado.

Me pareció interesante porque fue una especie de historia de la España democrática de los últimos años. Y, a la vez, una referencia de nuestras propias vidas para los que ya tenemos una edad. Desde el González revolucionario (aparece en un mitin donde grita “Gora Euzkadi Askatuta”), pasando por el González pragmático de la reconversión industrial y la entrada de España en la OTAN, y llegando al González consejero de ENDESA, para escándalo de muchos y arma arrojadiza contra el PSOE. En cualquier caso, es innegable que F.G. es la figura central de la política española democrática. De una manera u otra todos lo reconocen, incluso sus adversarios.

La parte con la que no comulgo es aquella del programa que habla de la caída de F.G., y que el programa atribuye a  tres causas: el Gal, la crisis económica de 1992 y la corrupción del último mandato. Yo añadiría una cuarta, en mi opinión la más importante, que fue el cansancio por parte de los españoles de ver durante catorce años la misma cara al frente del gobierno. Y además, no esperar ya nada nuevo de él.

Porque el Gal, legal y moralmente rechazable, no fue repudiado por la gente, sino que lo interpretó como una manera no ortodoxa de intentar acabar con ETA. Las famosas cloacas del poder. La generalidad de los gobiernos democráticos practicaba terrorismo de Estado. Pero España hizo lo que ningún otro país: usar (por parte de Aznar y Pedro J. Ramírez) el terrorismo de Estado como arma arrojadiza electoral. En esta cuestión, todos los gobiernos y contragobiernos han respetado con su silencio cómplice eso que se llama secretos de Estado. Todos menos Aznar.

La crisis económica tras los fastos 1992 en Barcelona (Olimpiada) y Sevilla (Exposición Universal), dejo a España encantada y exhausta económicamente, pero los gobiernos de F.G. habían demostrado solvencia suficiente en economía. Yo no pienso que esta fuese una razón muy fuerte en el final del felipismo. ¿Y la corrupción? Los Filesa y algunos pequeños asuntos sueltos de la época son calderilla al lado de la Gurtel y otros asuntos negros de la actualidad. Lo que sí le hizo mella al felipismo fue Roldán. Esa foto del “jefe de los guardias” apresado por los guardias fue mortal. Previamente, Pedro J. en El Mundo  nos radió la vida y milagros de Roldán, un día sí y otro también. Sin Pedro J. Aznar no hubiese sido presidente. Insisto en que la caída de F.G. fue más por el cansancio de ver la misma cara durante tantos años. Aunque todo junto suma.

El segundo asunto televisivo a comentar es la entrevista de Rajoy por parte de Jordi Évole, también en La Sexta (03-04-16). Fue un ejercicio boxístico total. El púgil Évole, con agilidad, buen juego de piernas y con mucha insistencia, hizo un combate aguerrido y atacando en todo momento. Rajoy, púgil cercano a la retirada pero gran encajador, supo aguantar bien los golpes. En algún momento se le vio expresión de arrojar la toalla pero decidió seguir y solo perdió a los puntos, evitando un rotundo K.O. La primera parte, de pie en los jardines de la Moncloa, Rajoy aprovechó su gran envergadura para dominar la perspectiva e intentar asustar al púgil Évole. Pero, una vez sentados en la mesa del despacho presidencial, y recobrada la igualdad en la perspectiva, Évole volvió a atacar y el combate finalizó con victoria a los puntos. 

Fue un espectáculo realmente patético a la vez que interesante como ejercicio dialéctico. No llegó a haber sangre pero al espectador no le quedó  ninguna duda de la culpabilidad, por pasiva y por activa, del jefe de los corruptos. “Nadie es perfecto”, “la generalidad de los políticos es decente”, “la corrupción son casos aislados”, fueron muletillas constantemente reiteradas. Una pregunta fue clave: ¿cuántos casos aislados tiene que haber para poder hablar de corrupción sistémica? El cachazudo de Mariano no sabe no contesta.


Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 27 de marzo de 2016

Educación y Política

Hoy dejamos la formación de gobierno en España. Ya hemos hablado demasiado. Dejemos a los políticos que demuestren su capacidad constructiva y vamos a hablar de cuestiones más fundamentales, como son la educación y la política.

 En la situación de estancamiento político en que nos encontramos debemos cambiar de estrategia para poder generar una nueva perspectiva desde la que podamos configurar una nueva sociedad. Todo ello supone pararse a pensar desde el análisis de lo realmente existente. Y la mejor práctica que podemos hacer es observar y analizar las mejores sociedades de nuestro entorno: cómo son y por qué son como son. Lo primero que nos llama la atención es el fuerte sentido que tienen todos sus ciudadanos de lo público y el uso de la educación como el instrumento idóneo para llegar a ello.

Tener sentido de lo público es justo lo contrario que la corrupción, porque si yo no pago impuestos o robo lo que es de todos o no rindo en mi puesto de trabajo, estoy individualizando-privatizando lo público, o lo que es lo mismo, me estoy desentendiendo del bien común. El individualismo que rige entre nosotros es feroz, lo que nos esteriliza intelectual y socialmente. Y la herramienta más eficaz para que el sentido de lo público sea nuestra divisa más preciada es la educación. Que es distinta de la enseñanza. La educación de la que hablo es la que va desde los 0 a los 100 años, no de la enseñanza reglada. La cual puede ser también educación si, además de darse materialmente, está  bien impartida. En los centros educativos cada vez hay menos ventanas para adaptarse a lo de fuera. La alternativa pasa por llenar las clases de acontecimientos en los cuales el profesor no resulte redundante.

La crisis política actual es una crisis de valores y de conceptos básicos. Y si algo tienen los valores y los conceptos es que deben cambiar a medida que va cambiando la sociedad. Por ello nuestra primera obligación es saber analizar la sociedad en que vivimos, la de 2016, esta sociedad que cambia a velocidad de vértigo en cuestiones materiales (nuevas tecnologías, confort material, capacidad industrial productiva, comunicación planetaria…) pero que permanece estancada para mucha gente en problemas básicos (trabajo, vivienda, alimentos, educación, comunicación…). Si pensamos en ambas dimensiones observaremos que la primera es técnica material mientras que la segunda es lo que podríamos llamar sabiduría. Si no tenemos sabiduría la técnica puede ser incluso regresiva y, en cualquier caso, causa de desigualdad insoportable. Decía B. Farrington que lo auténticamente revolucionario no son los descubrimientos sino su divulgación, que es lo que realmente hace evolucionar a las sociedades.

Desde que existe la política mínimamente democrática (otra vez los griegos) sabemos que la política es la consecuencia moralmente obligatoria de nuestra condición de ciudadanos. Si en nuestras sociedades de masas delegamos el ejercicio profesional de la política en unos pocos representantes es por pura necesidad de eficacia, lo que no anula la característica fundamental de la política que es la participación de todos. El representante público que no fomenta la participación está haciendo un uso perverso de la política. Si las elecciones se limitan a elegir a nuestros representantes cada cuatro años, es puro mecanismo estéril que solo sirve para justificar un sistema que tarde o temprano estallará. Si los partidos políticos solo usan a sus militantes para justificar la aprobación de sus listas en asambleas que apenas duran diez minutos, esos partidos son todo menos instrumentos de democracia. En definitiva, sin participación no hay democracia.

Y para participar hace falta educación, formación, criterio, autonomía decisional, libertad de expresión. En definitiva, personas con ejercicio de su personalidad, conscientes de que vivimos en sociedad y de que el vínculo más propio de la sociedad es la solidaridad. El cultivo de la individualidad debe servir para ser más solidarios y no para retraernos en nosotros mismos. J. Subirats dice que más que de participación hemos de hablar de coproducción política de la ciudadanía. Lo que implica incorporar a la gente en esa tarea de búsqueda de soluciones, ya que los ciudadanos deben participar en la solución del problema, porque la sociedad actual adolece de problemas que las estructuras administrativas actuales, construidas y pensadas para otra época, no son capaces de solucionar.

No es, pues, tanto un problema de modelo sino de la calidad del modelo. La democracia representativa es un buen modelo, el menos malo de todos, pero la calidad de nuestros dirigentes y la educación de los ciudadanos deja mucho que desear.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 12 de marzo de 2016

SE BUSCA UN PRESIDENTE

Proceso de investidura: nada se sabe, nada se espera, todo se sospecha. Y aún quedan cincuenta larguísimos días. Solo se habla de políticos con nombre propio, pero poco de ideologías, ni de estrategias, ni de programas mínimos de coyuntura. Los documentos que pululan rozan las cien páginas y los doscientos acuerdos. ¿Para qué tanto? Al final, gobierne quien gobierne, tiene muy reducido su margen de maniobra desde la perspectiva de los recursos. De partida, lo imprescindible es la credibilidad, ya que nada de lo propuesto está garantizado. Y de credibilidad andan todos escasos. Pero el debate no ha supuesto ningún fracaso, ya que la percepción de la gente respecto a los líderes políticos ha aumentado cuantitativa y cualitativamente. Pero, aun con un debate intenso e ilustrativo, eso no supone mucho conocimiento. En los momentos previos a la decisión (de votar) lo importante es, después de la credibilidad, el discurso, que debe ser claro, original y atractivo. Porque  “para conquistar el poder en una democracia, primero hay que conquistar la hegemonía de las ideas”.

Se insiste mucho en si un pacto de izquierdas, de centro o de derechas. Sin embargo, hablar de ideologías hoy es muy complicado, porque las ideologías son un producto del siglo XIX y la sociedad actual es del XXI. Y los cambios sociológicos y técnicos que ha habido todavía no han sido procesados por ninguna teoría. Vivimos un presente muy intenso y muy abierto, cuya máxima característica es la incertidumbre. Y, sin embargo, nadie pone la duda en el centro de su discurso, cuando es el concepto en torno al cual deben girar las propuestas. Actualmente, la socialdemocracia (SD) no tiene espacio propio, pues la economía global lo dificulta. Por lo que se impone una coyuntura de reformismo progresista, gradual y riguroso en las prioridades. Marcar la buena dirección con transparencia y honradez da la credibilidad necesaria, al margen de los resultados, que no están garantizados.

Es difícil resistirse al análisis de la escenificación teatral de los políticos durante el proceso de investidura. A Rajoy, que es un buen parlamentario, le ha perdido su estilo prepotente de forma y simple de fondo. Humor gallego que se anula al usarlo despectivamente con el adversario (“¿lo entiende usted?”). Su mensaje ha sido coherente, lo que es su perdición, ya que tiene que defender lo que ha hecho durante cuatro años y justificar la corrupción. Sánchez ha sido el protagonista por haber conseguido, contra tirios y troyanos, ser el candidato a la investidura. Con un estilo épico, correoso y reiterativo, ha salido bien parado. Aunque no se sabía muy bien si estaba hablando a los parlamentarios o al comité federal de su partido. Su papel era muy difícil. Pero, insisto, ha aprobado con nota. Incluso ha puesto en circulación un concepto como el de “mestizaje ideológico”, que explicaría bien su intento de transversalidad entre partidos de ideología distinta, ante la imposibilidad de un gobierno socialdemócrata. Pablo Iglesias ha sido el gran perdedor del debate: mitinero desfasado, buen dialéctico aunque con trampas de fondo, adánico, presuntuoso en exceso, ha demostrado que su objetivo no era investir a nadie sino hacer el sorpasso al PSOE en las próximas e inmediatas elecciones. Rivera ha sido el gran triunfador: se ha apoderado del centro (su mención de Suárez fue muy significativa), ha mostrado habilidad estratégica, y se ha convertido en el político bueno que busca el bien de España a costa, si es preciso, de su sacrificio personal y de su partido.

Es curioso el ruido que ha armado, especialmente en el PSOE, la supresión de las diputaciones provinciales, de las que todos hablan cuando son las grandes desconocidas. Y es lógico ese desconocimiento, pues su cliente (en terminología de mercado) no son la gente sino los ayuntamientos. En esta cuestión, como en todas, lo importante es la función (servir a los pequeños  municipios y vertebrar el territorio) y lo secundario es qué organismo la realiza o cómo se llama dicho organismo. Son los ayuntamientos la clave del asunto. Y son ellos los que tienen que manifestarse acerca del instrumento que les va a posibilitar el ejercicio de sus potestades constitucionales. Que las diputaciones sean instituciones manifiestamente mejorables no es argumento para su supresión sino para su transformación. ¿O no son mejorables las comunidades autónomas o el propio Estado? Las que duplican la función son las comarcas o cualquier otro gobierno intermedio que se invente. No tiene sentido desnudar a un santo para vestir a otro, para realizar la misma función. En fin, asunto complejo y complicado que merece la pena discutirlo con sosiego y conocimiento.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 27 de febrero de 2016

EL PODER DE LAS PALABRAS

¡Vaya follón que tiene Pedro Sánchez! No sé si es peor el lío interno o el lío externo. Con la firma del pacto PSOE-Ciudadanos (C`s) se ha abierto la caja de Pandora.

Empecemos por el pacto, aunque no es el pacto en si sino el contexto del pacto lo que hay que considerar, tanto el contexto interno como el externo. Porque el pacto dice cosas interesantes, más con estilo de programa electoral que de pacto de gobierno. Pero si tenemos en cuenta que todavía quedan más de dos meses hasta el 3 de mayo (fecha de caducidad del tiempo hábil para pactar), hay que interpretar que dicho pacto es ampliable a otras fuerzas políticas y, por lo tanto, abierto y modificable. Por esta misma razón, la consulta a los militantes del PSOE no tiene mucho sentido. Fue una propuesta “hábil” de Sánchez frente a sus barones, que se puede volver contra él. Porque con la supresión de las diputaciones provinciales (no todas, siempre ha habido clases) los aparatos regionales del PSOE han aprovechado la ocasión para, “en defensa de nuestros pequeños pueblos”, cargarse el trabajo de Sánchez y su comisión negociadora. También es verdad que el pacto se les ha puesto “a huevo”. Si en vez de la palabra “supresión” hubiesen puesto “transformación”, todo hubiese sido distinto, al menos por ahora. Porque a nadie sensato y con un mínimo conocimiento de la cuestión se le escapa que las diputaciones provinciales deben ser objeto de una transformación radical para cumplir su función hacia los pequeños pueblos, sin discriminaciones ni clientelismo políticos. De las comarcas aragonesas ya ni hablamos, porque, como dijo Lambán, ni se tenían que haber creado ni dan valor añadido significativo a la gestión de los pequeños pueblos. En Aragón, en Andalucía, y supongo que en otros muchos lugares, se ha levantado el hacha de guerra por la palabra “supresión” (de las diputaciones). De todas formas, recuerdo que ya estaba en el programa electoral de Rubalcaba y no se armó tanto revuelo. Seguramente porque nadie se lo creía.

El PSOE ha pactado con C´s, o sea, con la derecha. Y no ha pactado con Podemos (POD), o sea, con la izquierda. Aquí la razón de la rebelión es eso de izquierda-derecha. Otra vez habría que volver a los documentos. Repito que el documento del pacto PSOE-C´s no está mal, es posibilista y razonable. Y lo que sí es viable. Pero el documento de POD no es viable. El referéndum de Cataluña ni es ni debe ser asumible por el PSOE. Y casi todas las propuestas con traducción económica son, hoy por hoy, inviables. Por lo tanto, la pregunta básica es ¿quería POD pactar o lo que quería era justificar su no-pacto?

A veces, da la impresión de que todos han empezado una especie de precampaña electoral para las elecciones del 26 de junio. Y que la palabra clave aquí es “culpa”. ¿Quién ha tenido la culpa de que se tengan que repetir las elecciones? Todos van a la búsqueda de la coartada. Una vez más el lenguaje sirve para engañar más que para decir la verdad. Ahora bien, para que haya realmente engaño hacen falta dos requisitos: engañador y engañado. El primero tiene que ser listo y el segundo, ¿tonto? Me viene a la mente un título precioso del filósofo Gómez de Liaño, La mentira como cohesión social. ¿Es posible nuestro tipo de sociedad sin mentira, propalada y aceptada por todos y entre todos? ¿Podríamos vivir sin publicidad (engañosa), medios de comunicación (parciales e interesados), mentiras cotidianas (otro título precioso de Monserrat Roig, Dime que me quieres aunque sea mentira), mentiras “salvadoras”, mentiras “terapéuticas”, elocuentes silencios…? Imposible. No hay tópico más ruinoso que ése de “no se debe mentir”. Hasta la moral católica, tan sabia como siempre, tiene en su catálogo salvífico la restricción mental, que es una forma de mentir sin que sea pecado. ¿Y qué decir del secreto de la confesión en caso de delitos?

Yo, como militante del PSOE, voy a ir a votar el sábado 27. Y votaré que SÍ a este pacto imperfecto, incompleto y fundamentalmente desiderativo. Porque no puede haber pacto real de gobierno si no hay un pacto embrionario del que partir. Otra cosa es para qué va servir esta consulta, que no es vinculante para nadie y va a ser instrumentalizada como arma arrojadiza de todos (internos y externos) contra todos.  Sánchez y Rivera han demostrado voluntad política para pactar. Otros todavía no. Yo espero y deseo que haya pacto. Entre otras razones porque si se repiten las elecciones, el resultado va ser muy parecido, y estaremos otra vez igual pero peor. En Europa nos ningunearán todavía más porque la interlocución con Bruselas bajará enteros y la confianza de los mercados con España quedará dañada. Es una barbaridad tomarse tanto tiempo para constituir gobierno.  


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 13 de febrero de 2016

HAY VIDA FUERA DE LA POLÍTICA

Tras tres capítulos sobre los pactos posibles entre los diversos partidos políticos con el objetivo de configurar un gobierno en España, uno se queda seco y extenuado sobre la cuestión. Llevamos una larga temporada de casi dos meses haciendo quinielas, desencriptando declaraciones generales y huecas y vetando unos a otros con argumentos solo válidos para los fans de cada cofradía. Lejos de patriotismos rancios y de fundamentalismos  que nadie cree, todos estamos en la obligación moral y política de configurar un gobierno decente que garantice un mínimo Estado de bienestar.

Pero hoy me interesa la vida cotidiana, esa cosa tan vulgar como son los pequeños placeres de cada día y las penas inevitables que dimanan de nuestra condición de seres humanos que tienen la obligación moral de vivir. Ese bien vivir y bien morir que predica la ética, contigo y con los demás. Porque sí, hay vida fuera de la política: la salud, los afectos, la amistad, la cultura, el arte, el sol, los paseos, la conversación, la lectura, la contemplación, la reflexión, el trabajo bien hecho… y muchas más cosas.

La vida cotidiana debe tener un sentido, el que cada uno le quiera dar. Y nuestras conversaciones con los familiares y amigos no son valiosas por el contenido propiamente dicho, sino por el sentido que le damos en cada momento. Permitidme que en este momento os trate como amigos a los que me apetece contar una experiencia gratificante que hace que la vida tenga sentido.

Hace poco tiempo estuve en Lanzarote, la isla de César Manrique, y aunque ya lo conocía superficialmente, lo redescubrí un poco más intensamente. En la actualidad, Lanzarote no se entiende sin César Manrique. Cada lugar de la isla lo vas viendo con los ojos de Manrique. Su obra y su espíritu están en cada rincón y en cada elemento, por ligero o efímero que sea. Su voluntad transformadora ha refundado la isla y la isla es la manifestación más elocuente de su sensibilidad acerca del hombre, la naturaleza y el arte. Hace bueno a Hegel en su concepción de la estética como estado superior del hombre y de la concepción ética del artista como obligación moral de defender el medio ambiente como contribución a la felicidad individual y colectiva de la humanidad.

La imposición de banderas, nacionalidades, religiones o sistemas políticos tienen poco que ver con saber ver la humilde felicidad en la naturaleza, el ser humano, la contemplación, la serenidad, la solidaridad. Ver la naturaleza explotada por el excesivo cemento que la esconde bajo su monotonía gris y esas alturas babélicas que nos esconden el sol, las estrellas y el horizonte, nos desquician y conducen a la humanidad a la confusión.

César Manrique no es solo un artista plástico, sino que es un poeta visual y, aunque no tiene obra escrita, sí que ha impartido conferencias y ha concedido entrevistas en las que se puede detectar su cosmovisión. Algunos de sus pensamientos o manifestaciones son dignos de retener por su sencillez y su profundidad. Veamos algunos ejemplos en sus pensamientos:

“Hay un fenómeno que tenemos la obligación de difundir, que es, sencillamente, enseñar a VER”. Cómo me recuerda a esa pequeña joya que es “Modos de Ver” de John Berger, donde el autor nos recuerda que el niño primero ve y mira y luego habla. Ya de mayores, no paramos de hablar. Manrique nos evoca el elocuente y profundo silencio.

“Creo que lo único inteligente es tener una conciencia del instante de una vida, para jugar con ese maravilloso y fantástico experimento y poderse reír de las ingenuidades, de lo llamado importante”. El eterno juego de la persona y el personaje, de lo real y lo aparente, del ruido y el silencio, de las palabras y los conceptos. En definitiva, de la verdad y la falsedad en la vida.

“Ya sabemos sencillamente del bien y del mal. Todo es demasiado simple. Hacer bien es crear felicidad. Hacer mal es crear dolor”. Cuando los principios no están claros, por su abstracción o por nuestra incapacidad, podemos elevarnos desde las consecuencias. La inducción es más científica que la deducción. Y en todo caso, ambas son complementarias.

Hasta con la muerte es creativo. No solo no la teme sino que se recrea en ella, la necesita. No puede entenderse la vida sin la muerte. Es más, sería algo insufrible vivir eternamente. “Saber que me voy a morir me permite crear el momento, porque no tengo la responsabilidad de seguir existiendo”.

Gracias por esta conversación. Me he sentido bien. El mayor negocio de un país es su educación: enseñar a mirar, a guardar silencio productivo, a no distraerse en lo trivial, atreverse a pensar, aprender a vivir. Los llamados contenidos son una mera herramienta en la educación.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 30 de enero de 2016

PACTOS POLÍTICOS PARA UN TIEMPO NUEVO (III)

En mi artículo anterior hablaba de póker y tacticismos. Ya ha empezado la partida y los tacticismos son muchos e interdependientes. Todas las fórmulas posibles de pacto tienen al PSOE (y a Pedro Sánchez) como eje central: puede pactar con la derecha, con la izquierda, con Ciudadanos, se puede abstener, puede intentar que otros se abstengan a su favor, etc. Y en todas las fórmulas se presenta un endiablado escenario para el PSOE, cuyas consecuencias pueden ser determinantes en su futuro próximo como partido. La sabiduría política va a ser fundamental en este envite tan importante para España y los españoles (y para el PSOE).

No voy a repetir todas las fórmulas posibles, por conocidas, ni voy a elucubrar sobre intenciones ocultas de unos y otros, por intuidas. Sino que voy a situarme en una perspectiva de interés general y de viabilidad posible. Hablo de España y Europa. Una visión general sobre ambas y sus posibilidades reales son las que mejor nos mostrarán el camino a seguir.

He repetido muchas veces que los partidos políticos son meros instrumentos para configurar una convivencia estable y satisfactoria para los ciudadanos de un Estado. Ése es el objetivo y lo demás es secundario. Pues bien, el escenario macro, mundial y europeo, nos lleva a hablar de dos dimensiones estrechamente interrelacionadas: economía y política. No se puede hablar de la una sin la otra, y ninguna de las dos debe ser fagocitada por la otra. Y en este escenario, España es una pieza de tamaño medio que no tiene autonomía plena para decidir. Por lo tanto, sin sumisiones ni prepotencias, debemos razonar qué es posible y deseable, ya que el margen de maniobra de cualquier gobierno español es muy reducido. Desterremos un concepto metafísico de la libertad (hacer lo que uno quiera sin depender de nada ni de nadie), y ejerzamos un concepto real de la libertad (hacer lo que uno quiera de entre lo que pueda). Una concepción metafísica de la política es ruina garantizada.

Europa representa nuestro modelo de sociedad. Con progresiones y regresiones. Actualmente estamos en una situación de crisis de modelo, pero Europa tiene capacidad intelectual, política y económica para superarla. Faltan líderes y voluntad política. Debemos, pues, estar en concordancia con el modelo europeo, como ha estado siempre la España progresista y avanzada de las distintas épocas. Y tras el excursus teórico en que fundamento mi opinión, la opción de pacto más fructífera que tiene España en estos momentos es un Pacto de gobierno (no solo de investidura) entre PSOE y Ciudadanos, con la abstención del PP. Esta opción posibilitaría una política reformista durante un tiempo, que produciría efectos positivos en la estabilidad y progreso de la economía española. El impulso de un gobierno reformista y modernizador, controlado por un Parlamento con fuerzas a su derecha y a su izquierda, podría situar a España en un lugar tranquilo del inmediato futuro europeo.

Todo ello es posible si todos los partidos políticos juegan a lo mismo: al interés general de España y de los españoles. Porque la situación actual y lo que yo propongo no se diferencia mucho del intento modernizador que Azaña se proponía para España en la II República. Y todos sabemos cómo fracasó este intento, por el poco sentido patriótico de las derechas y el poco sentido político de las izquierdas. Indudablemente, el hoy es muy diferente en todos los sentidos, pero la historia siempre es buen recordatorio.

En mi planteamiento está el interrogante de si el PP, siendo el partido más votado, lo aceptaría. Si es inteligente, esta fórmula le interesa para su propia renovación y regeneración, independientemente de los intereses personales de Rajoy y otros. Tras los cuatro años de corrupción continuada, si el PP gobernase en minoría, con la abstención de Ciudadanos y PSOE y el voto en contra de todos los demás, su mandato sería un tiempo de desgaste estéril frente a un Parlamento hostil, que haría caer al gobierno más pronto que tarde. Con lo que estaríamos casi en la misma situación que si se volviesen a repetir ahora mismo las elecciones. Y repetir unas elecciones es, además del fracaso de los políticos, decir a la gente que se ha equivocado votando como ha votado.

La otra opción posible es PSOE.-Podemos-IU más lo que haga falta. Legítimo y teóricamente progresista, aunque dudoso por la postura de Podemos. Decía Aristóteles que entre la nada y el ser está el poder ser. Y Podemos, hoy por hoy, es una entelequia que “no puede ser”. La ambigüedad, prepotencia, demagogia y vanidad infantiloide de Iglesias y sus muchachos hacen de Podemos un riesgo incalculable. Tienen que demostrar una entidad que todavía no tienen. Yo me considero de izquierdas y, como buen materialista, prefiero el ser a la nada y la ontología a la metafísica.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 16 de enero de 2016

PACTOS POLÍTICOS PARA UN TIEMPO NUEVO (II)

Cada vez más, esto se parece a una partida de póker, en la que los factores internos y personales tienen más importancia que los factores generales y sociales. Cada cual (personas y organizaciones) juega desde la defensa de sus intereses sin tener muy en cuenta los resultados sociales finales.

En estos momentos, y teniendo en cuenta que la mayoría para ser investido la dan 176 diputados, se definen tres grupos posibles: 1) Grupo de derechas (PP + C´s =163); 2) Grupo de izquierdas (PSOE + POD (y sus socios) + IU =161); 3) Grupo de nacionalistas (PNV + EC + DiL + Bildu + CC = 26).  Una vez más los nacionalistas tienen la capacidad de otorgar la mayoría a la derecha y a la izquierda. Aunque también C´s, una vez comprobado que no tiene mayoría con el PP, podría pactar o abstenerse a favor del PSOE. Hay que tener en cuenta que a C´s no le interesa la repetición de elecciones. Parece, pues, más probable un pacto de izquierdas, con apoyo o abstención de los nacionalistas y/o de C´s, que un pacto de derechas. En cualquier caso, la capacidad de acuerdos y de bloqueos va estar en el Parlamento y no en el Gobierno. Aunque para una reforma constitucional, el acuerdo PP-PSOE es condición imprescindible. 

Como se puede observar, los supuestos son muchos y el tacticismo  es infinito. Seguimos con el cálculo de posibilidades. Si PSOE y POD no pactan, habrá que poner sobre la mesa las razones reales (casi seguro que ocultas) de cada uno. Yo pienso que hay una razón general y social para que el pacto de izquierdas sea posible y real: que es la única posibilidad de un gobierno progresista y alternativo a la derecha. Si añadimos razones de tipo táctico o interesado, Sánchez parece obligado a intentarlo porque, de lo contrario, sus enemigos internos lo descabalgan. Ya se sabe que los políticos de otros partidos son adversarios y los de tu partido son enemigos. En el caso de POD, puede pensar que unas nuevas elecciones podrían suponerle el sorpasso al PSOE, independientemente del perjuicio social general para los españoles y el fracaso político general. La famosa “línea roja” del referéndum catalán no deja de ser una coartada que justificaría la voluntad de no pactar e ir a una nuevas elecciones, pues el referéndum es imposible sin reforma constitucional, y ésta es imposible sin acuerdo PP-PSOE. Lo mismo se puede decir sobre la petición de cuatro grupos parlamentarios por parte de POD, que es una presión de los socios sobre POD y no un deseo propio. Cada vez está más claro que POD tiene solo 42 escaños y que los otros 27 son confluencias coyunturales y tácticas. Difícil equilibrio el de POD: nacionalistas-soberanistas en la periferia y social-españoles en la meseta. De momento no les va mal, pero este juego no se sostiene por mucho tiempo.

Si acudimos a la lectura de los distintos medios de comunicación, la guerra de intereses ideológicos y económicos es brutal. A los pocos días de la investidura del Presidente de Cataluña, la presión sobre Sánchez y el PSOE es tremenda para que apoye o permita la investidura de Rajoy. Sin tener en cuenta la legitimidad democrática que tiene Sánchez para intentar pactar un gobierno progresista y reformista con POD, sin hacer caso al grito de “que viene el lobo” por parte de los medios de la derecha (casi todos). Viene al caso recordar que Pepe Múgica, expresidente de Uruguay, procede de la guerrilla uruguaya y se ha convertido en el paradigma universal de la ética, la austeridad y el sentido común de un gobernante. Cuando a uno le toca gobernar en serio, sabe que todos los ojos están sobre él y que sus decisiones y explicaciones (o la ausencia de ellas) van a ser examinadas con lupa. Por lo tanto, dejémonos de tonterías y hablemos en serio de lo conveniente o inconveniente desde la perspectiva de la sociedad en su conjunto, y no usemos coartadas engañosas que lo único que buscan es la supervivencia de cada cual. Lo que realmente le interesa a la sociedad española es el contenido programático de una coalición de izquierdas.

Y si pareciera que unas nuevas elecciones son inevitables, porque a POD le interesa, tras todo el espectáculo teatral que vamos a ver durante dos meses, yo aconsejo al PSOE que, con su abstención unida a la de C´s, permita la investidura de Rajoy. La lista de razonamientos será larga y dolorosa, pero si se hace bien podría ser un ejemplo de responsabilidad política y sentido de Estado. No olvidemos que el Parlamento tendrá, como nunca ha tenido, toda la capacidad para bloquear los excesos del PP. Y entonces, o el PP hace una política reformista o el gobierno tendrá una vida muy corta. En cualquier caso, es la hora de la responsabilidad por parte de los políticos y también es la hora de la inteligencia por parte de los ciudadanos. Ya vale de cuentos.

Mariano Berges, profesor de filosofía