sábado, 31 de enero de 2015

Nominalismo político

Cada época tiene una serie de palabras endiosadas. En épocas pasadas, hubo algunas maravillosas palabras (libertad, democracia, justicia social) que marcaban el pálpito de la época. Luego fueron tergiversadas, abusadas, perdieron su sentido real, quedaron vacías de contenido, y entraron en el limbo nominalista. Actualmente, hay otras palabras de moda (modernización, reducción del Estado, desregulación, globalización), con sentido equívoco o ambiguo que, a veces, solo sirven para incomunicar.
Podemos, cuyos dirigentes son hábiles comunicadores, están elaborando un catálogo de términos nominalistas: la gente, la casta, la mafia, la corrupción, la regeneración, la participación en red... y unos modos de no contestar, jugar con eslóganes y no entrar en la pelea dialéctica. De esta manera, construyen un discurso puramente nominalista (mero juego de palabras y puros métodos formales), sin propuestas programáticas, y cuyo único capital político consiste en un nominal descrédito de los rivales, que no son más que casta, mafia, corrupción... Los suyos son "la gente". ¿Desde cuándo la gente es un término diferenciador? Gente son los votantes de todos los partidos políticos. Está claro que ningún término se adapta mejor a su indefinición política. La futbolización de la política convierte a muchos en forofos del equipo-partido que parece va a ganar. Mero nominalismo emocional, con vacío conceptual y vivencial, que no entra a considerar sobre qué partido político está en condiciones de mejorar la organización de la sociedad.
El objetivo de Podemos no es tanto transformar la sociedad como la ocupación del poder. Para ello tienen que matar al padre, o sea, diluir al PCE-IU, como primera tarea. Posteriormente, "desplazar al PSOE de su espacio político y competir directamente con el PP" (P.Iglesias, Valencia, 25-1-15), y, por fin, la ocupación del poder. A eso lo llaman "nuevo ciclo", pero en ningún momento aparecen propuestas programáticas, sino que prosiguen con su discurso nominalista.
Según los sondeos, el proyecto les va bien. Lo que sería penoso porque, al no proponer nada significativamente nuevo, podría hacer caer a la ciudadanía en una depresión de segunda generación, realmente grave para una regeneración social. Y ante ello ¿qué hacer? Me voy a permitir la libertad de hablar solo de los dos partidos auténticamente de izquierdas, y que se autoproclaman como tal: PSOE e IU.
Yo, que nunca he comulgado con el extendido anticomunismo que tradicionalmente se respira en el PSOE, le aconsejaría a IU, que se despojara de todos los añadidos que se han ido pegando al PCE, antes de que se pasen a Podemos, en ayuda del vencedor. Que recobrara la desnudez de sus siglas, aquellas por las que padecieron y murieron sus heroicos militantes en la resistencia a la dictadura franquista. Esos tiempos en que al PCE se le llamaba "el partido" porque no había otro. Aldía siguiente de recobrar sus siglas, haría un congreso extraordinario y cambiaría las siglas por otras, por ejemplo PDI --Partido Democrático de la Izquierda--, como han hecho todos los partidos comunistas importantes de Europa. Porque la "C" de comunista no vende en el mercado actual. Comenzaría una andadura nueva en solitario. Y, a partir de ahí, a hacer políticas que posibiliten una mayoría social de progreso. Sin urgencias.
Al PSOE le aconsejaría que volviese a ser el partido reformador que ha modernizado este país. Pero para ello necesita de una renovación de caras y formas que, de momento, no se percibe. Y todo ello, con las prioridades bien interiorizadas: 1) Las personas, individualmente, tienen poca importancia política. Su sentido político lo adquieren en la organización, que debe ser dirigida por los mejores. 2) Las organizaciones políticas o partidos tampoco son importantes en sí, sino que son meros instrumentos al servicio de la sociedad. 3) La sociedad es la auténtica detentadora del poder, la que lo da y lo quita. Y es ella, mejor dicho los ciudadanos, cada uno individualmente, quien tiene que ejercer su responsabilidad, participando en la política, especialmente, votando. Y a votar se va leído.
Profesor de filosofía


sábado, 17 de enero de 2015

PARTIDOS Y ELECCIONES

La realidad de los partidos políticos es servir de instrumento para la transformación de la sociedad en la que se integran y de la que viven. Hay dos momentos fundamentales en la vida de los partidos. Uno es la fase electoral, en la que los ciudadanos le dan o retiran su confianza para gestionar sus intereses sociales. En esta fase es la credibilidad la que manda. Y la credibilidad es un concepto volátil y coyuntural, que adquiere firmeza cuando se convierte en mayoría social a través del hecho aparentemente frágil de echar una papeleta en una urna. Ésta es la grandeza de la democracia, transformar un gesto individual en un mandato que se otorga a un partido durante un tiempo para llevar a cabo sus propuestas políticas de organizar la sociedad. El otro momento fundamental es el tiempo de gobierno y gestión, en el que los partidos demuestran su capacidad o incapacidad para traducir en hechos su discurso público y su programa de acción política.

Junto a estos dos momentos claves hay otras manifestaciones que ayudan a configurar la opinión de los ciudadanos sobre cada partido. Especialmente importante es la función de los medios de comunicación, cuestión de la que se habla poco y que es el principal elemento intermediario entre la realidad de los partidos y su apariencia fenoménica. Y otra dimensión importante es la capacidad de análisis de cada ciudadano desde su perspectiva de pensamiento individual y desde la defensa de sus intereses colectivos.

Pues bien, en estos momentos de proximidad electoral sería conveniente un análisis de cada partido político, lo más objetivo posible, a fin de ayudar a la configuración de la decisión en cada ciudadano, sujeto único e imprescindible del hecho electoral. Indudablemente, Podemos es el primero del que hay que hablar, lo que no es fácil, pues carece de historia y, por tanto, no es verificable su capacidad de gobierno. Su discurso es un listado de las carencias y déficits de la política española en estos últimos años. Discurso que está en la mente de casi todos los españoles y que Podemos ha puesto en orden, con música afinada y con una eficacia comunicativa propia de una sociedad informatizada, mediática y favorecedora de lo trivial y efímero. Pero, repito, no hay ninguna verificación de su eficacia política, aspecto que sí es posible comprobar en la mayoría de los otros partidos. Pero, aunque no hay verificación, sí que hay indicios en Podemos que se pueden rastrear e interpretar. Sus dirigentes no vienen de la nada, tienen sus trayectorias, hablan, escriben. Todo ello son manifestaciones, más ocultas que expresas, que habría que saber traducir. Incluso la ciudadanía española tendría que tener en cuenta algún consejo bursátil de que no hay que poner todos los huevos en una sola cesta sino distribuir bien las inversiones en distintos fondos.

Del PP no hablamos por tratarse de un espacio único, sin competencia partidaria (con la pequeña excepción de UPyD y Ciudadanos), y porque representa el modelo social que el neoliberalismo globalizador y minimalista está instaurando en el mundo. No es mi película.

El PSOE podría ser el auténtico damnificado del fenómeno Podemos en las próximas elecciones. Por lo que su análisis se hace necesario y urgente. Y, reducido al breve espacio de un artículo, hay que decir que ha sido el partido fundamental en la salida democrática de la dictadura y en la modernización española. Y por eso mismo (típica bipolaridad española), en la percepción de la gente es el mayor culpable del retroceso económico y social. Es el socialista Zapatero quien el 12 de mayo de 2010 lleva al Congreso de los Diputados las primeras y timoratas propuestas de regresión social. Y en esto pasa como con los primeros amores, que son los que más se recuerdan. Aunque haya sido la política del PP la que realmente ha desarrollado y profundizado en el reduccionismo neoliberal. Pero el PSOE tiene que salir de su letargo, creer en si mismo y actuar con la inteligencia política propia de un partido imprescindible para un modelo social progresista en España. Y hay que decir que en esto, el PSOE es manifiestamente mejorable. Debe afrontar su proceso terapéutico: reconocimiento de sus errores, diagnóstico de situación, renovación del discurso y de gentes y propuesta de un Programa moderno. Este Programa debería ir en la línea de la Planificación Estratégica, con objetivos claros y medibles, indicadores de calidad y controles externos de legalidad, eficacia y eficiencia. Este Programa debería sustituir al convencionalismo del “todo a cien” donde todos los programas políticos (que no los lee casi nadie) parecen competir en una rifa de tómbola de feria rural.

Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 3 de enero de 2015

PODEMOLOGÍA

Es evidente que el fenómeno político de 2014 se llama Podemos. Filosóficamente, “fenómeno” es lo que se manifiesta directamente a los sentidos pero que no es la realidad verdadera. Podemos es, pues, un fenómeno que hay que analizar para llegar a la auténtica realidad, porque las cosas son lo que son y no lo que parece que son.

Actualmente asistimos a un cambio de paradigma, o lo que es lo mismo, a una manera distinta de mirar y configurar la realidad. Que, en definitiva, es una nueva realidad. El fenómeno Podemos es potente porque en su enorme visibilidad confluyen muchas circunstancias. 1) Surge en una situación de estancamiento de los partidos políticos convencionales. Desde 1976 los partidos han nacido, se han desarrollado y se han atrofiado. Mientras, han producido cosas buenas y menos buenas, especialmente al final del proceso, cuando el secuestro que han hecho de las instituciones ha aflorado con la corrupción sistémica y con la impotencia de las mismas instituciones-partidos para atajarla. 2) Esos mismos partidos políticos, en su esterilidad discursiva, no han sido capaces de formular un diagnóstico de situación ante la crisis, y menos aún han sabido formular soluciones a la misma. 3) Podemos sí que ha formulado un diagnóstico. Desde un cierto despotismo ilustrado han elaborado un discurso balbuceante, cuya música era mejor que la de sus rivales, pues manifestaba ordenadamente lo que la gente decía en las calles espontáneamente. Lo que unido a su virginidad política ha ocasionado la eclosión. Sin embargo, tampoco han explicitado soluciones de una cierta entidad. Solo unos deseos-intenciones que, de momento, parecen creíbles y que posiblemente merezcan una oportunidad. 4) El manantial de donde Podemos ha tomado el agua es el 15-M y sus ramificaciones. Y el 15-M no es más que la representación de una ciudadanía indignada. Un folleto de 50 páginas, aparecido en 2010, “¿Indignaos!” de Stéphane Hesel, puso letra y emoción a las concentraciones callejeras. Pero Podemos ha tenido la habilidad y la sabiduría de encajarlo en clave política. Pues eso, el momento de crisis, la indignación de la gente y la habilidad política de un grupo de teóricos, dan como resultado el fenómeno Podemos. La gente excitada por el nuevo fenómeno son personas variopintas, desde la clase media-alta, frustrada en sus expectativas de nuevos ricos, hasta las nuevas generaciones, sin trabajo y sin derechos sociales. Hay otros que intentan provocar a los partidos que han votado habitualmente (mayoritariamente PSOE e IU), tratando de hacerles ver que o reaccionan o se diluyen.

¿Qué hacen los otros partidos? Fundamentalmente descalificar a Podemos, con lo que la gente adicta aún se autoafirma más. Nunca hubo una campaña tan barata y potente a favor de un partido político. Pero esos partidos siguen sin hacer diagnóstico de situación y menos aún plantean soluciones. Y eso que el diagnóstico no es difícil: una desigualdad creciente, una pobreza también creciente, un deterioro democrático y una desafección política por parte de la gente, que siente que no forma parte de las decisiones que afectan a su vida. Posiblemente los partidos no se atrevan a decir en voz alta algo de lo que se sienten responsables. Pero hay que salir de la parálisis. En el caso del PSOE, debería empezar por asumir sus errores (Andalucía y otros. En Aragón, Plaza) y seguir con una regeneración-renovación de contenidos, modos y gentes. Y humildad, mucha humildad. Pero todo esto hay que hacerlo ya, porque Podemos compite fundamentalmente con el PSOE, no con el PP, al que le viene muy bien el surgimiento de Podemos y la fragmentación consiguiente de la izquierda. En cierto modo, a menos PSOE más Podemos, y viceversa. Al PSOE le falta la característica más fuerte de su rival, la conexión con la gente. Es momento de decisiones radicales.

Y al fondo Europa que, con su deriva mercantil y financiera, se lo está poniendo difícil a la socialdemocracia. La globalización está pasando por encima de las democracias nacionales y la economía se impone sobre la política. Y hay que invertir los términos: Europa debe ser el resultado de la convergencia social de los países de la UE, independientemente del colorido de sus gobiernos, y la política debe pautar los parámetros económicos. Es el Índice de Desarrollo Humano (IDH) el que debe indicar el grado de progreso y no la competitividad o los grandes números macroeconómicos.

Hay otros asuntos, como la reforma de la Constitución, Cataluña, la monarquía… a los que algunos le dan mucha importancia. En mi opinión, esto no es urgente, aunque quizás se esté usando para tapar la impotencia política ante las grandes cuestiones. Repito, nuestro reto urgente es empleo-desigualdad-pobreza.

Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 20 de diciembre de 2014

SALIDA DE LA CRISIS

¿Por qué habiendo tanto malestar hay tan poca rebelión? Hasta las protestas de la calle han reducido su frecuencia en este último año, a pesar de que la situación de muchos españoles es cada vez más crítica. Posiblemente la articulación política de Podemos ocupe el lugar del espíritu callejero. No sé si eso es bueno, pero, en cualquier caso, bienvenido sea todo elemento nuevo que agite las aguas estancadas.

Siempre he pensado, y así lo he expresado, que lo que está pasando con la famosa crisis es algo mucho más complejo y profundo de lo que se está diciendo y analizando. Está claro que no es una crisis coyuntural, de ésas que empiezan y acaban rápidamente y todos nos quedamos como estábamos al principio. Está cambiando muy rápidamente el modelo de sociedad: venimos de una sociedad in crescendo y estamos ya en una sociedad decreciente. Mi generación superó económicamente y culturalmente a la generación de nuestros padres. Nuestro proceso fue de menos a más, lo que psicológicamente nos ha generado una mentalidad muy optimista. Actualmente, la generación de nuestros hijos no solo no va a superar a sus padres sino que van a tener problemas de supervivencia. Tragedia para ellos y estrangulamiento del desarrollo de la sociedad española.

¿Ciclos? ¿Casualidad? Ante estos interrogantes siempre vuelvo a mi cultura de la sospecha: nada es casual ni inocuo. Más aún, poner el origen en 2008 es una ingenuidad o una tendenciosidad, ambas muy peligrosas. Esto viene de lejos. Hay una fecha ya histórica: 1989. La caída del muro de Berlín y la consiguiente desaparición de la URSS dejan al capitalismo como un solo polo económico-político. Como consecuencia colateral arrastra a la socialdemocracia hacia el único polo existente y exacerba la ambición desmesurada del capitalismo, más financiero que productivo.

Pero este cambio no tiene lugar con el clásico esquema de explotadores y explotados, tan visible y que tanta hostilidad generaba entre los explotados. Ahora hay seductores y seducidos. El nihilismo individualista como mentalidad generada por los nuevos parámetros de seducción social solo conduce a un “sálvese quien pueda”, nunca a intentar cambiar el mundo. Hace tiempo que ha desaparecido la utopía, esa maravillosa entelequia que aunque caminaras y nunca la alcanzabas, te servía para eso, para caminar. La trivialización social y mediática nos entretiene el hambre y el fracaso existencial. “Esto es lo que hay” es una de las últimas frases estúpidas que repetimos como loros. Y lo que hay son sueldos de 400 y 600 euros (¡qué suerte que tienes trabajo!), una ausencia total de pensamiento y de cualquier atisbo cultural y una cara de bueyes que se nos está poniendo cuando asumimos pasivamente lo que está sucediendo.

Ahora nos dice Rajoy que podemos dar por finalizada la crisis, incluso que estas navidades son ya las primeras de la recuperación. Lo grave de su afirmación es que es cierta. La crisis es un momento crítico en que el proceso mejora o declina. Esto es la salida de la crisis. Ya hemos configurado la nueva sociedad: los sueldos miserables, el paro estructural, especialmente el paro juvenil (53%), que supone no solo la ruina de una o dos generaciones sino también un enorme freno al desarrollo de nuestra sociedad, la desigualdad creciente, la impotencia política para cambiar esto, el determinismo económico, los WhatsApp “urbi et orbi” con sus “profundos” contenidos, el conformismo bienpensante, el inmovilismo… La crisis no era un estadio intermedio sino un final de época y principio de otra. Ya hemos llegado. Ahora hay que vivir con los nuevos parámetros mentales: esforzarse, no quejarse, no exigir lo imposible, tener paciencia, esperar, aceptar los nuevos 400 euros como comienzo de la campaña electoral del PP…

Sin embargo, lo que está pasando, simplemente está pasando. Lo que no implica que el futuro esté escrito en este agónico presente. Si siempre el futuro ha estado condicionado por el presente, modifiquemos el presente como única posibilidad de garantizar un mínimo futuro. ¿Cómo? Con las dos herramientas de siempre: educación y política. No por casualidad son las dos dimensiones más atacadas por el nuevo pensamiento único. Las nuevas tecnologías y la tecnopolítica son envolventes seductoras que nos distraen y nos alejan del pensamiento fuerte. La nueva “modernidad” nos mece cual droga de nuevo diseño, nos abduce y nos introduce en una especie de mística ateológica que imposibilita cualquier rebeldía. Incluso Europa nos está fallando, con el abandono gradual de su proyecto social, definidor de su historia y referencia universal.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 6 de diciembre de 2014

COMUNICACIÓN Y CRISIS POLÍTICAS

Populismo, demagogia, electoralismo, mediatismo, espectáculo, quedar bien, edulcorar, decir obviedades, simplificar, no molestar, no pensar, adormecer, trivializar, sonreír eternamente, hagiografias, hacer caridad, politizar el futbol, futbolizar la política… constituyen una terminología que desprecio a pesar de su actualidad. Precisamente ahora se cumplen veinte años de la publicación de “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord. Título profético que hay que volver a leer, a ver si ayudamos a dar sentido a esta sociedad trivial y anodina. La historia de la vida social se puede entender como “la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer”.

La ambigüedad del lenguaje y la ampulosidad del poder más la nula interpretación popular, convierten al tonto en inteligente, al mudo en discreto, al inteligente en impertinente, al crítico en envidioso, al adulador en amigo, al amigo en enemigo. Uno lee, habla, discute… y pocas veces queda satisfecho si lo que le impulsa es la búsqueda de la verdad. La mayoría de las veces te mueves en un ring dialéctico sin normas y sin respeto por el otro, donde la épica se impone a la retórica y la verdad no es más que un pretexto para aflorar una estéril vanidad personal.

Si eres mínimamente riguroso, las controversias del lenguaje y la comunicación te obligan a pensar y repensar qué dices y cómo lo dices. Porque, como dice George Steiner, todo es traducción. El sentido de lo que se dice depende más de la traducción del oyente que de la intencionalidad del dicente. Si yo digo, por ejemplo, que el PSOE como organización se ha convertido en un sistema cerrado, incapaz de recibir energía del exterior, energía necesaria para evolucionar pero que es vista por el aparato como algo perturbador contra su estado estacionario ¿qué sucede? Mi intencionalidad es honestamente crítica: sostengo que la socialdemocracia es el sistema político más idóneo para una organización social mínimamente igualitaria y justa, pero que en unos momentos de crisis material y crisis conceptual, el PSOE no está haciendo lo suficiente para renovarse y estar en condiciones mínimas de hacer frente, y por lo tanto ponerse al frente, a una situación compleja y complicada. Sin embargo, habrá otros que traducirán mi decir de otra manera, causada por su estilo cognitivo e interpretativo personal, o por su prejuicio pro o contra mí.

En la “Podemiología” que nos rodea, donde todos hablan y pocos entienden, donde los profetas reaparecen y hasta algunos reivindican la propiedad intelectual del invento, es imprescindible utilizar rigurosamente los términos y los conceptos para no confundir-nos. Porque hay tantas palabras en los medios que el pensamiento ya no cabe. Y en política la verdad del discurso depende más de la credibilidad del dicente que del contenido del discurso, pues las palabras se asemejan materialmente. Y la credibilidad es difícil demostrarla, más bien se huele. Podemos ha pasado de su fase negativista a una fase más posibilista. Empieza, lógicamente, a chirriar. Y aunque mantiene la virginidad, las contradicciones ya aparecen. ¡Qué largo se les va a hacer el año!

Actualmente, la situación problemática que nos envuelve es muy complicada. La trilogía paro / corrupción / desigualdad es pura dinamita. Si ya el diagnóstico es difícil, las propuestas son imposibles. Y si añadimos la incoherencia en decir una cosa y hacer otra, el caos está servido. Que la solución no es solo económica, cada vez está más claro. Pero tampoco es solo política. Porque es también moral, estratégica y mediática. Súmese a todo ello el contexto globalizador como coctelera. Y agítese antes de usarlo. Aléjese prudentemente por si explota.

Dmitry Orlov, formulador de la “crisis permanente”, explicaría así el proceso de la crisis: Fase 1) Problemas financieros: bancos-deudas-quiebras. Fase 2) Problemas de comercio: incapacidad para pagar la deuda por parte de Estados / individuos. Los bancos no prestan. Fase 3) Los servicios y las infraestructuras se deterioran: privatización. Fase 4) Incapacidad política / desafección / globalización. Solo queda la familia. Fase 5) Sálvese quien pueda.

¿Es posible modificar la lógica apocalíptica de Orlov? En teoría sí, en la práctica no lo sé. Necesitaríamos que los empresarios, los economistas, los políticos, los técnicos, los medios de comunicación, actuasen con principios éticos y con habilidades técnicas suficientes como para elaborar un diagnóstico urgente de situación y una propuesta de mínimos que posibilitase una solución de emergencia y generase tiempo para elaborar una solución más duradera.

¿Imposible? Más vale que sea posible, pues el polvorín cada día está más lleno y cualquier elemento casual puede servir de mecha.

Mariano Berges, profesor de filosofía




sábado, 22 de noviembre de 2014

2015, UN AÑO INTERESANTE

Durante este próximo año de 2015 va a haber elecciones municipales, autonómicas (salvo en algunas CCAA) y generales. No nos podemos quejar de emociones, dada la incertidumbre creada por los sondeos. El hecho electoral es el más importante en una democracia representativa. Se trata del momento en que la ciudadanía ejerce su papel más significativo cual es el de elegir a sus representantes, que van a legislar o gobernar en su nombre. Cada celebración electoral es una fiesta de la democracia.

En estos momentos, la ciudadanía española esta deprimida e indignada. La crisis en la que estamos inmersos y que está impidiendo nuestro crecimiento como personas, individual y colectivamente, nos ha llevado a una depresión nada subjetiva, sino constatable y evidente. Si a ello añadimos la atmósfera asfixiante por la poca ejemplaridad ética de algunos de nuestros representantes en las organizaciones sociales de todo tipo, caemos en una indignación exacerbada y peligrosa. Pues bien, la depresión y la indignación se curan con la serenidad. La serenidad posibilita el pensamiento. El pensamiento empuja a la acción. Y la acción genera la política, que es la manera más eficaz que el género humano ha inventado para organizar la convivencia social.

Hay muchas maneras de ejercer la política. Unos en cargos públicos, otros en su profesión y todos en su papel de ciudadanos (“politikós” en griego). Todos somos políticos por el mero hecho de ser ciudadanos. Más aún, para Aristóteles, en la medida en que no somos políticos dejamos de ser ciudadanos. Este planteamiento básico de la política convierte a ésta en una mezcla de ética y técnica. Ello exige que el político sea decente y capaz. Y a los ciudadanos les exige que elijan a sus representantes de entre los más decentes y capaces de la sociedad. Soy consciente de mi teorización y de su dificultad en practicarlo. Pero, también soy consciente de que hay que refrescar la teoría para alimentar nuestra práctica, que, de lo contrario, se convierte en puro mecanicismo.

Actualmente, ha surgido un partido político (Podemos) que se alimenta de la depresión y la indignación. Si solo se alimenta del detritus social y su única meta es ocupar el poder, poco recorrido le auguro. Esto no es óbice para que su discurso crítico contra el sistema sea razonable y cierto. Pero hace falta algo más, como es el discurso complementario positivo, alternativo al sistema. De lo contrario, la depresión y la indignación de segunda generación pueden ser mortales. La ciudadanía no lo soportaría y los cabreos violentos de las masas suelen acabar en cataclismos nunca sospechables, pero que se han dado en la historia y que se pueden volver a repetir.

En el discurso y planteamiento políticos de Podemos comienzan a verse algunos datos muy extraños. Por ejemplo, no van a concurrir a las elecciones municipales para proteger su marca. ¿Cómo hay que interpretar esto? No hay que olvidar que las elecciones municipales son las auténticas elecciones ciudadanas. La gente vive en su municipio, y no en el Estado o en la Comunidad Autónoma. El municipio es el principio y esencia de la democracia. No concurrir a unas elecciones municipales es una cobardía política o, como mínimo, un reconocimiento explícito de su déficit político. La política es dura y difícil. Y esconderse en mareas, plataformas y asambleas es poco serio y propio de niños jugando a ser mayores.

Otro elemento discursivo extraño es su declaración de que van a hacer un “proceso constituyente” para enterrar lo que llaman “el régimen de 1978”. Quien dice esto está invalidado para el ejercicio de una política seria, porque o es un iluso peligroso o encierra una intencionalidad no confesable también peligrosa. Cuidado con los idealismos y romanticismos, antesala de fascismos. El denominado “régimen de 1978” ha dado a España su mejor época histórica de paz, libertad y progreso. La Constitución de 1978 es una de las más avanzadas de Europa. Solo tiene un grave problema: que no se cumple. Todo ello no contradice la afirmación de que España, su Constitución y sus instituciones son mejorables y necesitadas de una profunda renovación que la crisis ha hecho evidente.

En definitiva, todos los partidos políticos, los viejos y los nuevos, deben tener claro que la clave de su buen hacer está en mantener la conexión con la sociedad, con toda la sociedad, y saber traducir políticamente sus necesidades y anhelos. Eso es la política. Y eso se puede hacer desde distintas perspectivas, siempre que el factor común sea el interés general y no el propio. Y, por favor, que se esmeren todos en el Programa Económico porque ya estamos hartos de escuchar sesudos análisis a posteriori.

Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 8 de noviembre de 2014

CORRUPCIÓN Y SONDEOS

Es difícil sustraerse al trepidante ritmo de las noticias que los medios nos traen cotidianamente, especialmente la corrupción y los sondeos, tan ligados ambos por la relación causa-efecto. El último caso fueron cincuenta y un detenidos de una tacada, conmoción nacional e internacional por la cantidad y la “calidad” de los detenidos. Y aparecerán más. En Aragón tenemos el asunto de Plaza, tras el de La Muela y otros. Sin embargo, yo pienso que la corrupción puntual y/o individual no es lo más preocupante, con serlo mucho. Es más grave la corrupción estructural, que es la que está instalada en España, donde las élites económicas y políticas se reparten el poder de todas los estamentos y organizaciones (políticas, económicas, judiciales, mediáticas, de control, culturales…), sin contrapesos ni controles de ningún tipo ni opciones de opinión popular, salvo en las elecciones. La corrupción estructural sistémica permite que de vez en cuando aflore algo que la misma estructura presenta como individual, para dar de comer algo a los medios. A veces hasta alguno (rarísimo) va a la cárcel, pero la estructura de la corrupción permanece. Las instituciones y el propio Estado están secuestrados por las élites económicas y políticas.

Posteriormente aparecieron los sondeos que daban a Podemos el primer lugar en aceptación electoral directa de los españoles. Otra conmoción de distinto tipo que rompía el bipartidismo habido desde la Transición y daba la victoria virtual a un todavía no-partido que ni ha dicho si se va a presentar a las próximas elecciones.

Ambas noticias hablan elocuentemente de un final de época y de un cambio mental en la mayoría de los españoles. La crisis ha aflorado un hartazgo contra las élites en general y contra la clase política en particular. Lo que implica el fracaso de una sociedad que hasta el momento no ha sabido dar una salida justa y ecuánime a la crisis. Más aún, la desigualdad entre los españoles es escandalosamente creciente y la percepción social sobre el final es totalmente negativa y pesimista, a pesar de las continuas falacias del gobierno y sus manipuladas estadísticas sobre el paro y la economía. La gente ya no cree nada ni a nadie. A los dirigentes económicos los odia por su arrogancia y su obscena ambición por la riqueza. A los dirigentes políticos los desprecia, a unos por su enriquecimiento inmoral e ilegal y a otros por su incapacidad en neutralizar la situación nefasta en que estamos.

Han pasado casi cuarenta años desde la muerte del dictador. Y aquella confianza que todos los españoles depositamos en los partidos políticos, criminalizados y perseguidos en la dictadura, parece que se ha agotado. Pocos dudan de que ha sido la época más fructífera y brillante de la historia de España. El esfuerzo y aciertos, junto con errores, de las organizaciones políticas y sindicales han sido imprescindibles en el proceso habido. La Constitución, los Pactos de la Moncloa y la instauración de una democracia avanzada fueron logros espléndidos de una Transición, ahora criticada, pero que fue el resultado de un consenso y un pacto inviables en la actualidad.

¿Qué ha pasado para que tan espléndido proceso se haya frustrado? Pienso que hay una palabra clave: cambio. Cambio fue la palabra mágica para Adolfo Suárez y cambio fue la palabra mágica para Felipe González, en mi opinión los dos personajes clave de la democracia española. Pero cambio no es un concepto estático que una vez usado hay que enterrarlo, sino que es un concepto que debe estar funcionando a lo largo de todo el proceso. Cambio es un concepto que debe formar parte permanentemente en todos los procesos y estrategias que se quieran conservar vivos y dinámicos. Si uno se instala y piensa que la sola inercia hace funcionar el sistema, la propia entropía agota y arruina el sistema. Y eso es lo que ha pasado en la sociedad española. Lo que funcionó bien y puso en marcha a esta sociedad se ha agotado. Las clases dirigentes llevan demasiados años haciendo lo mismo sin modificar objetivos ni métodos ni estrategias.

Podemos no es más que el reflejo del fracaso del sistema y la catalización de la indignación popular. No son tanto sus propuestas sino lo que ese movimiento significa: una posible oxigenación del sistema. Es cierto que no se trata de izquierda o derecha, sino de lo viejo y lo nuevo. La dialéctica se impone aunque los personajes del drama no sepan qué es. Lo nuevo arrampla con unos elementos viejos que no se han marchado voluntariamente pero que la ola de lo nuevo los va a arrastrar. Triste final para muchos políticos que debiendo haber renovado el sistema no han podido o no se han atrevido a hacerlo y posiblemente tengan que irse en el maremagnum del cambio.


Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 25 de octubre de 2014

RUIDO Y SILENCIO

El momento más crítico es antes de escribir. La angustia del folio en blanco te puede llegar a bloquear. ¿Sobre qué escribo? Lógicamente, sobre lo que uno cree saber. Y entonces te das cuenta de lo poco que sabes sobre casi todo. Y lo poco que sabes, lo has contado tantas veces… Un auténtico drama. Y, sobre todo, qué insensatez la mía la de ponerme a pontificar sobre lo que tan poco sabes. Qué prepotencia, qué vanidad.

Ante esta pequeña crisis personal uno empieza a escribir sobre su misma crisis personal a fin de clarificarse a si mismo. Tratando de quitarse la máscara que te esconde y protege de la mirada de los demás. Y lo que más te viene a la mente son interrogantes nada retóricos. ¿Qué quiero comunicar? ¿A quién? ¿Qué objetivo pretendo lograr? ¿Le interesa a alguien lo que yo piense o diga? ¿Tiene sentido mi reflexión? Y si lo tiene ¿para quién? Y mi acción, pública o privada ¿sirve para mí, para los demás, para nadie? Si dudo sobre mi utilidad ¿por qué tanto afán por imponerme? Para actuar o hablar hacia los otros, habría que pensarlo mucho ante tanto atrevimiento.

Y, sin embargo, estamos abrumados ante tanto temerario que nos da su opinión sin antes preguntarse si le interesa a alguien. Ante esto uno debería optar por no hablar. Y entonces viene el silencio. ¡Qué hermoso es el silencio entre tanta palabrería! El silencio nos permite ver nuestra desnudez y nuestra insignificancia. Todos los medios de comunicación, especialmente la televisión, deberían guardar un día de silencio para que la gente hablase y reflexionase consigo misma. Sería un silencio sonoro que retumbaría en la sociedad. Al día siguiente todos seríamos más sabios y más humildes. Todos hablaríamos menos y escucharíamos más. Todo sería más sencillo y más inteligible. Las personas adquirirían un lugar preeminente y las cosas se supeditarían a ellas. Distinguiríamos lo importante de lo secundario. Lo urgente podría esperar. Nos miraríamos unos a otros solicitando que el otro hablase primero para yo aprender de él. Si es el otro quien me gana en la discusión le daría las gracias por haberme enriquecido con una nueva perspectiva de la que yo carecía.

Sería una gran revolución silenciosa contra el ruido, tan peligroso y dañino. El ruido está en todas partes. La persona superficial no soporta el silencio. Aborrece la soledad. Busca el ruido exterior e interior para no escuchar su propio vacío. El ruido hace más soportable nuestro vacío, nuestra nada. Los medios de comunicación generan una sociedad llena de ruido y superficialidad. Lo trivial y lo epidérmico se imponen a nuestra capacidad de entender e interpretar. Hablamos todos a la vez para tener la coartada de no tener que escuchar. Escuchar al otro implica tenerlo en cuenta, dignificarlo. Con tanto ruido, se confunde la información con el conocimiento. Incluso para el creyente su creencia se evapora en el ruido distractivo de lo religioso. Se confunde religión (ruido) con teología (silencio y meditación), y así se nos escapa la trascendencia. Para el político, el ruido se transforma en activismo y no percibe la dirección y el sentido que la política debe dar a la sociedad. En los partidos políticos, yo obligaría a hacer ejercicios espirituales en lugar de elaborar programas políticos de “cortar y pegar”. Con ruido es imposible escuchar a los demás y a uno mismo. Con el ruido se impone la inmediatez y el presentismo, abandonando la planificación y el método. El ruido solo sirve para esconder nuestra nada y nuestra insignificancia.

Por el contrario, solo desde el silencio se pueden pronunciar palabras justas y con sentido. Pocas siempre. A veces, incluso sin palabras. Unos puntos suspensivos bien puestos hacen trabajar al lector y fuerzan su creatividad mental. Aprender a escuchar el silencio puede provocar una transformación personal. Atender al silencio es escuchar lo que usualmente se escapa, lo que pasa desapercibido. Para ello es preciso parar la actividad urgente. ¿Qué ocurre cuando uno se queda en silencio? Se escuchan las ideas que rondan la cabeza, lo que se ha vivido, tal vez lo que se espera vivir, se escucha el propio cuerpo.

Silencio y ruido son conceptos que describen dialécticamente nuestra contradicción personal y colectiva. El silencio nos prepara para la comunicación y la comunicación es hueca sin silencios previos. Más aún, el silencio forma parte de la comunicación igual que los silencios forman parte de la música. Se escucha en silencio para poder comprender. Y comprender, para después poder hablar, siempre se hace en soledad. Sería interesante buscar tiempos y lugares de silencio para serenarnos y resolver satisfactoriamente esa dialéctica entre ruido y silencio. 


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 11 de octubre de 2014

LA HISTORIA , LA EDUCACIÓN Y LA POLÍTICA

Esta semana he leído una entrevista que Ramón Lobo hace al historiador José Álvarez Junco. La sabiduría y el sentido común del historiador me sugieren recomendarla y comentarla a mis lectores. No hay por qué estar de acuerdo con todas sus opiniones, pero la honestidad intelectual y el rigor histórico de nuestro personaje se palpan en cada línea. Me ceñiré a plasmar algunas ideas.

Álvarez Junco se considera un historiador del XIX-XX, por lo que a ellos se remite continuamente. Cuando se le pregunta sobre la historia común de España en los últimos siglos, se remite al alto grado de subjetividad de la Historia y a la imposibilidad práctica de alcanzar un grado de consenso sobre una historia común. Ni en España ni en ningún otro sitio. Todos los conflictos humanos son complicados. Y siempre hay muchas versiones y, por lo tanto, muchas verdades. Y en esta cuestión, se llevan la palma los nacionalistas, grandes inventores de la historia. Tanto los nacionalistas periféricos como los nacionalismos centrales. Cuenta a propósito de esto que los papas y los señores feudales pagaban a los historiadores para que inventaran sus hazañas y, claro, se inventaban cosas increíbles.

Sobre la denominada Guerra de la Independencia de 1808, el historiador hubiera sido afrancesado, posicionándose con la racionalidad, el laicismo y la Ilustración francesas  frente al absolutismo reaccionario de Fernando VII. Entre las causas de los consecutivos desastres españoles, achaca no pequeña parte a la religión y al seguidismo de los muchos católicos españoles, gente más de rituales que de creencias y valores morales. La Iglesia, dice, ha estado completamente al margen o en contra de los avances del pensamiento político y social contemporáneos.

Sobre la II República, dice que la responsabilidad de su fracaso fue de todos. Los republicanos de verdad (Azaña y la Institución Libre de Enseñanza), liberales y modernizadores europeístas, frente a los que jugaron con fuego a hacer la revolución (anarquistas, comunistas y socialistas de izquierda), que nunca entendieron el verdadero espíritu republicano. Todavía hoy en la política española, la derecha es bastante retrógrada y la izquierda aún es bastante sectaria.
Álvarez Junco considera que “España es un país de trinchera: aquí o allá, con nosotros o contra nosotros”. Y lo atribuye a que España es un país inculto, y en la escuela no nos enseñan que tu verdad es tu verdad pero no La Verdad, que el de al lado tiene otra verdad distinta a la tuya y que aunque sea distinta es respetable. Cita a propósito de esta característica la obra de John Stuart Mill “Sobre la libertad”, autor poco leído en nuestro país y ejemplo de educación liberal (del liberalismo bueno, el filosófico). Por una vez que en España aparece una asignatura que suena bien en el sistema educativo (“Educación para la Ciudadanía”), la quitan, no sé si por el título o por el contenido, o por ambos. Y eso que se reducía a ser una asignatura más entre otras, en vez de ser un magma que impregnara todas las asignaturas del currículum. Dice que “España es un país que no escucha”. Ver el ejemplo de las tertulias y debates en los medios. Todos hablan y nadie escucha. O sea, que “tenemos una educación de baja calidad”, pero no necesariamente por nuestros políticos sino por nuestra ciudadanía, en parte. Nuestros políticos son resultados de nuestra ciudadanía. Así, por ejemplo, en la práctica docente, los profesores españoles asfixian al estudiante con demasiada información, que ya está en los libros y en internet, cuando lo que hay que darles son lecturas para discutirlas en clase.
Le preguntan por movimientos ciudadanos como Guanyem, Ganemos o Podemos. A lo que responde que le parece bien todo tipo de denuncias de la corrupción pero que son movimientos un tanto infantiles, populistas y redentoristas. Ironiza diciendo que “el pueblo es bueno, los políticos son malos, y si le dejamos el poder a la gente todo va a ir bien”. Pues depende, porque la gente es egoísta y malvada como todos los seres humanos. Y si la gente no tiene suficiente educación hará barbaridades. No hay que confiar tanto en la gente y sí en el cumplimiento a unas normas siempre perfectibles y en el respeto a una instituciones lo más ejemplificadoras posibles. No obstante, no acepta el anquilosamiento y clientelismo de los dos grandes partidos.
Ante la pregunta sobre el futuro de Cataluña, argumenta, inteligente y pesimistamente, que, en una situación democrática, habría que reconocer el derecho a decidir, pero ¿qué hacemos con los catalanes que no quieren separarse?, ¿hay que reconocerles el derecho a no separase? Habría que dividir en unidades cada vez más pequeñas. Asunto muy complicado.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 27 de septiembre de 2014

EL NACIONALISMO ESENCIALISTA DE CATALUÑA

Septiembre de 2014. La mayoría política parlamentaria de Cataluña dice ser independentista y pretende que, incumpliendo la legalidad vigente española, la sociedad catalana vote si quiere o no ser un Estado independiente. Estos mismos políticos catalanes llevan cuatro años eludiendo sus obligaciones en combatir la crisis con el señuelo independentista como solución mágica para todo. El gobierno catalán no ha ejercido la función de gobernar en estos cuatro años y su mayor caudal de energía lo ha dedicado a destruir el Estado de bienestar de los catalanes
Y por si esto fuera poco, el alma del soberanismo catalán, Jordi Pujol, se confiesa corrupto personalmente, familiarmente y políticamente. Lo que significa que han sido 23 años de corrupción y robo estructural y planificado por parte de los patriotas catalanes, especialmente por parte del “padre de la patria catalana”: Jordi Pujol i Soley. Cataluña se ha descapitalizado en todas sus dimensiones: económica, política y moral. Su grito patriótico de “Madrid nos roba” es patético, pues solo ha servido para justificar su durísima política de derechas en contra de los derechos sociales y laborales conseguidos a lo largo de muchos años. La reivindicación independentista ha sido un sucedáneo deformador de la realidad empobrecedora de Cataluña y silenciador de protestas y reivindicaciones sociales.
Y como nota final en esta descripción de la realidad y de este engaño al pueblo catalán, sostengo que los impulsores del proceso independentista han sabido en todo momento que el 9-N de 2014 no habría consulta. Todo habrá sido una farsa teatral y total(itaria). Pero el desastre está servido, especialmente en forma de fractura social difícil de recomponer. Mucho habría que decir también del resto de la Cataluña dirigente (políticos, empresarios, banqueros, intelectuales, iglesia, periodistas…), que sabían y callaban.
De alguna manera, el embrión de esta tendencia separatista está en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña y el uso demagógico que los catalanistas-soberanistas-independentistas han hecho de la sentencia (efecto buscado), empezando por la astucia tramposa de Maragall y complementada por la irresponsabilidad culpable de Zapatero, y la ambición electoral de ambos. Como dice Eliseo Aja, los autores intelectuales del Estatuto pretendían como aspecto fundamental “blindar las competencias” de la Generalitat frente a las hipotéticas vulneraciones por parte del Estado español. La liturgia victimista catalana comenzó en ese momento. Todo lo anterior había sido puro mercantilismo de Pujol.

Tras la descripción de la Cataluña nacionalista, y al margen del uso y abuso del magma independentista, podemos destacar dos hechos objetivos: 1) La estructura territorial de la Constitución de 1978 es actualmente insuficiente para responder a los problemas que el Estado español tiene en la actualidad. 2) En Euskadi y Cataluña, crece un movimiento independentista que pone en grave riesgo la unidad del Estado, con consecuencias nefastas para todos. Parecen dos argumentos suficientes para que todas las fuerzas políticas españolas trabajen por un consenso para modificar la Constitución en un sentido federal. Una España federal en una Europa federal sería un magnífico escenario para la regeneración democrática que la sociedad exige y necesita.

Ahora bien, el federalismo es algo igualitario y solidario por definición, además de constituir un proceso largo en el tiempo y muy complejo técnicamente. Lo del federalismo asimétrico no deja de ser una trampa saducea. Reconocer identidades diversas en España no supone otorgar privilegios a nadie. La lealtad y la cooperación recíprocas son exigencias fundamentales para todas las autonomías en una estructura federal. Lo mismo que la claridad competencial, una financiación justa y equilibrada y la corresponsabilidad fiscal. Sería también un momento idóneo para replantearse los conciertos vasco y navarro, especialmente en lo concerniente a los cupos económicos entre el Gobierno de España y los gobiernos autonómicos de Euskadi y Navarra, que suponen un agravio para el resto de España.

En definitiva, los dirigentes independentistas catalanes, imbuidos por un complejo de superioridad sin argumento social ni histórico de ningún tipo y contra toda lógica europea y contemporánea, pretenden mangonear su “pequeño país” a favor de la burguesía catalana, siempre insolidaria con España y Cataluña. La nostalgia me lleva a recordar aquella Barcelona cosmopolita del tardofranquismo y la Transición, auténtica ventana abierta a la modernidad europea y punta de lanza de la España cultural y vanguardista en pleno desierto de la dictadura. Hoy, Barcelona es más pueblerina y más pobre políticamente.

Mariano Berges, profesor de filosofía