sábado, 7 de junio de 2014

TRAS EL 25-M: PERCEPCIONES Y REALIDADES


Esto ya no es rapidez, esto es puro vértigo. Desde la noche del domingo 25 hasta el momento en que usted lea este artículo, han sucedido infinidad de cosas, o dicho más propiamente, los españoles hemos tenido tal número de sensaciones que esto parece un vendaval. Si de las sensaciones pasamos a las percepciones (lo que implica una mayor racionalidad) podemos llegar a pensar que estamos en un final de ciclo. Yo, al menos, tengo esa percepción.

Sobre las elecciones europeas del 25M es prácticamente imposible decir algo original, pero vamos a arriesgarnos. Hay dos preguntas que me hago constantemente. La primera es ¿por qué el PP sigue ganado elecciones tras dos años de duros recortes al Estado de bienestar y a los derechos básicos de los españoles? Lógicamente, hay que pensar que sigue teniendo una cierta credibilidad, pues la gente vota interesadamente al partido con el que piensa que le irá mejor en el futuro. Y si los dirigentes del PP tienen credibilidad es porque su discurso es mínimamente creído. ¿Qué dice básicamente el PP? Que lo que está haciendo es, aunque duro, necesario para volver a crecer después y poder crear empleo; que el PSOE ha malgastado a manos llenas y eso de la herencia recibida. Y este discurso hay gente que lo cree, al menos los que votan al PP. Cuesta creerlo pero así es.

La segunda pregunta es ¿por qué el PSOE, estando en la oposición, no solo no se beneficia de los votos que pierde el PP, sino que sigue perdiendo votos? Lógicamente, porque tiene poca credibilidad. Y ¿cómo tiene poca credibilidad un partido que ha liderado la mayor y mejor transformación histórica de España? Porque el Estado de bienestar que ahora se reivindica en las manifestaciones de la calle y de los centros de trabajo es algo que se consiguió en España fundamentalmente con el PSOE de los gobiernos de Felipe González (educación, sanidad y pensiones) y de Zapatero (libertades individuales y civiles). Insisto ¿por qué el PSOE no tiene credibilidad? Porque Zapatero abrió el melón de la austeridad impuesto por la Troika. Melón que Rajoy ha desarrollado con una saña infinita. ¡Y qué mal explicó Zapatero lo que hizo! Ni en la calle ni en el Parlamento ni en su partido.

Y llegamos al concepto que explica casi todo: la crisis. La gente, que no acostumbra a pensar a medio y largo plazo, sino que todo lo procesa según le vaya a él, piensa que todos los políticos son unos corruptos porque él está muy mal. Si profundizamos un poco, veremos que el español se había acostumbrado a estar muy bien durante los treinta años que van desde 1986 (año de entrada de España en la UE) y 2008 (comienzo de la crisis). Y ese bienestar proveniente de los fondos europeos y de la gestión socialista constituye, por comparación, el punto de referencia de su actual malestar.

Deductivamente, si todos los políticos son unos corruptos y causantes de lo mal que yo estoy, hay que probar con políticos nuevos a ver qué tal nos va. Ésa, y no otra, es la cuestión clave, desde la perspectiva de los partidos y su traducción electoral. De ahí el éxito de Podemos, UPyD, Ciudadanos y no tanto de IU porque, según la nueva terminología, también IU son casta aunque casi no hayan gobernado.

Otra cuestión muy distinta es que nos pongamos a pensar en la realidad objetiva y en los indicios del futuro próximo que nos acecha. Aquí se impone pensar la complejidad: economía, política, globalización, energía, demografía, educación, sociología, poderes emergentes y hasta filosofía. Y en esta inflexión es donde procede hablar de final de ciclo. Las mentes que hasta ahora han servido, mejor o peor, quizás no sirvan para gestionar el nuevo ciclo. Pero los cambios hay que hacerlos con sabiduría: ni lo nuevo es bueno por nuevo ni lo viejo es malo por viejo. Está demostrado que todo cambio de paradigma viene de una nueva forma de mirar, y por tanto de gestionar, la realidad. Eso solo lo pueden hacer mentes nuevas o mentes que hayan integrado en su estrategia el concepto de cambio permanente. El cambio es la mejor forma de permanecer (no pensar en Lampedusa).

Como final, insistiré en que los partidos políticos son meros instrumentos para la organización de la sociedad, y que la ideología es un esquema de una serie de ideas, mucho más importantes que el propio esquema (la ideología) en que están encerradas. Desde la perspectiva de la sociedad, lo que de verdad importa son las instituciones, tanto públicas como privadas, que son desde donde emanan las decisiones que benefician o no al común de la sociedad. Son las instituciones el ámbito donde se muestra la verdad o falsedad de los partidos y los políticos. Y una institución bien gestionada no suele tener frutos a corto plazo. De ahí la paciencia, la serenidad y la prudencia (pro-videre: ver antes o más allá que los demás) de todo buen político.

Mariano Berges, profesor de filosofía



martes, 27 de mayo de 2014

VARAPALO AL BIPARTIDISMO

Como aperitivo, algunos titulares de prensa:
“Gana el PP, pierde el bipartidismo” (EL PA“Golpe al bipartidismo en España y Aragón” (EL PERIODICO DE ARAGÓN) –el titular más objetivo-.

“El PP gana al PSOE, pero ambos sufren un duro castigo en las urnas” (HERALDO DE ARAGÓN)

“Rubalcaba tira la toalla y convoca un congreso extraordinario para julio.” (EL PAÍS)

“Pablo Iglesias (Podemos): Nuestro objetivo es echar del poder a PP y PSOE” (EL PAIS)



Parece claro que en las elecciones europeas ha habido dos perdedores, PP y, especialmente, PSOE. Ambos han sufrido la desafección ciudadana de una manera dura e indubitable. No les sirve decir que han sido los primeros y los segundos. El resultado hay que analizarlo con perspectiva y prospectiva. Bajar del 80% al 50% es un varapalo grave. Y aún queda recorrido por ver, porque, si no cambian su manera de interpretar la política, la bajada puede ser un descenso a los infiernos. Hay ejemplos de desaparición de grandes partidos muy cercanos en tiempo y espacio: el Partido Socialista italiano, el Partido Comunista francés, de alguna manera también el Partido Comunista italiano. El domingo bajaron el Partido Socialista francés y el español vertiginosamente. Por otro lado, parece un gran triunfo de partidos pequeños y/o emergentes: IU, UPyD, Ciudadanos y, especialmente, Podemos. Y así es si analizamos los datos en sí y de una manera absoluta.



Sin embargo, toda elección lleva en sí una carga de espectáculo mediático y litúrgico. La política, realidad más prosaica de lo que parece, empieza a funcionar una vez desaparecida la liturgia mediática. Y vemos que en el Parlamento europeo va a haber una mayoría clara semejante a la que ya había anteriormente, o sea, la coalición que ha venido funcionando entre los populares y los socialistas europeos. El resto, incluidos los antieuropeos, meterán ruido pero acordarán poco.



Al llegar aquí hago dos preguntas-respuestas nada retóricas: 1) La gran coalición popular-socialista ¿seguirá haciendo en Europa la misma política que hasta ahora? 2) Si es que sí, el descenso a los infiernos de los dos partidos mayoritarios está garantizado. Si es que no, el gran varapalo del domingo habrá surtido efecto y la política habrá vuelto a triunfar.



Esto sucederá en Europa. ¿Y en España? Algo parecido, aunque con matices, porque ni el PP español es homologable con la derecha europea (es peor), ni el PSOE español tiene una situación interna como la socialdemocracia/socialismo/laborismo europeos. Añádase a ello, el proceso soberanista catalán y la incógnita del nacionalismo vasco, aún por ver. De momento, el PSOE anuncia cambios radicales, mientras que el PP (Rajoy) dice que no hay nada que cambiar.



Remontando un tanto la vista, me viene a la mente un problema de tipo filosófico: ¿qué es más real, la apariencia o la realidad? Ontológicamente, la realidad; perceptivamente, la apariencia. La gente, sobre todo cuando vota, funciona por la percepción (que es su realidad subjetiva). Y, en España, yo he llegado a la conclusión de que la gente vota correctamente, o sea, que marca la tendencia del momento. ¿Qué nos ha dicho la gente en las elecciones europeas? Que sigue amando la política, pero otra política. La gente no tiene que concretar más. La gente marca la tendencia, y son los partidos, consecuentemente con los resultados, los que tienen que hacer política. A veces, parece que dos partidos –PP y PSOE- van de la mano y la gente los castiga semejantemente, como si ambos gobernaran juntos. Pero esto es apariencia. La ontología (realidad objetiva) nos dice que son muy distintos, por historia y por ideología. Otra cosa es que en la globalización económica, los intereses multinacionales los obligue a ir de la mano. Por eso, si la política se impone a la economía, volveremos a ver las diferencias entre los dos. Si la economía sigue mandando sobre la política, ambos partidos se asemejarán.



Dentro de un año (municipales y autonómicas) y dentro de año y medio (generales) habrá nuevas elecciones. ¿Se pueden extrapolar los resultados? Depende de lo que haga cada partido en este tiempo. Si todo sigue igual, puede suceder lo mismo pero más agudizado. Si la práctica política cambia (radicalmente) la situación puede cambiar. Rubalcaba ha dado un ejemplo: ha dimitido aún siendo la mejor cabeza política del PSOE. Los sondeos, las elecciones, la gente, no lo quiere. ¡Que los dioses iluminen a los socialistas! ¿Y en Aragón? Lambán, también la mejor cabeza del PSOE aragonés, va a tener problemas. Un partido es el líder y los acompañantes. Tendría que pensar seriamente en depurar a gran parte de sus acompañantes.



También se le entiende todo a P.Iglesias (Podemos). No quiere tanto transformar la sociedad como barrer a PP y PSOE. No entiende mucho de política y se le nota mucha prisa por estar en el poder.



Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 24 de mayo de 2014

JOSÉ MÚJICA, PRESIDENTE DE URUGUAY



El domingo día 18 de mayo de 2014, en el Programa “Salvados” de La Sexta, Jordi Évole nos presentó una entrevista con José Mújica, Presidente de Uruguay. Como siempre, el periodista Évole nos ofreció un documento interesantísimo, a lo que unía en este caso un ejemplo singular de político.

El Presidente Mújica se nos ofrece como una persona normal que, por circunstancias diversas, ha llegado a ser Presidente de su país. Lo inusual del caso es que el sustantivo persona no es alterado en su esencia ni en su conducta por un adjetivo tan potente como presidente. España, por ejemplo, es un país en el que se usan poco los sustantivos y mucho los adjetivos; se nota que se valora poco la sustancia. Pepe (así lo llaman en Uruguay) sigue siendo Pepe, pero con un oficio distinto, que lo ejerce con la misma coherencia y profundidad con las que ha ejercido otros oficios (ciudadano, guerrillero, preso, parlamentario…). Su aspecto, su hábitat, sus costumbres, su sentido de la vida, su relación con los otros, siguen siendo los mismos. Y todo ello, que debería ser lo habitual, resulta extraordinario porque lo ordinario, en todos los casos semejantes al suyo, ha desaparecido.

Ante la pregunta de qué siente cuando los políticos europeos lo reciben con el protocolo ceremonioso con que lo hacen y con la retórica habitual hacia un presidente de otro país, Mújica responde que “los políticos europeos son vacíos. Todos usan la misma retórica vacía”. Y lo dice con sencillez. Nadie se siente insultado porque lo dice desde la normalidad de su persona y su sentido de la verdad. “Hay que decir siempre la verdad. La verdad es la mejor comunicación”, sostiene nuestro persona-je, sin engolar la voz y con una sonrisa de niño pícaro que conoce perfectamente su disontonía con “lo normal”.

Ante el escándalo de su “modus vivendi” como Presidente, que muchos lo tildan de nuevo marketing, contesta que simplemente es la sobriedad que ha ejercido durante toda su vida. No usa la palabra austeridad porque dice que Europa la ha prostituido. Ironía profunda.

Évole hace una pregunta con carga dialéctica. Le pregunta al Presidente Mújica si con su “no consumo” no estará destruyendo el crecimiento económico y el progreso de la sociedad, que se basa en la producción y consumo de artículos. La respuesta es que lo que habría que hacer es universalizar el consumo (también para asiáticos y africanos). De esta manera, el capitalismo ampliaría su negocio hasta niveles nunca vistos. Frente al consumo de unos pocos que consumen mucho y no necesario, el consumo de todos, que consumirían artículos básicos y necesarios. El negocio sería redondo y, de paso, aliviamos el problema de la emigración. Lección epicúrea.

Su concepto de Europa es magnífico, a pesar de la crisis que está padeciendo. Predice que Europa se salvará por el mucho talento que tiene, a pesar de sus políticos. Por el bien del mundo, Europa tiene que volver a ser la referencia universal de todo lo mejor que la humanidad ha construido.

Es curioso cómo reconoce sus fracasos como Presidente, por ejemplo en la educación, y cómo analiza las causas de los mismos. Esgrime como causa fundamental el pensamiento reaccionario de la gente normal, que posibilita todas las resistencias al cambio por parte de la oligarquía. De ahí la importancia de la educación. Es sibilino cuando él no se reconoce como revolucionario. Incluso habla de su gran error “revolucionario”. Se reconoce como una persona normal en una sociedad capitalista a la que poco a poco, pero con mucha decencia y dignidad, se puede ir transformando. Entiende que la patología de la izquierda es el infantilismo, que no es otra cosa que confundir los deseos con la realidad. Cuando el periodista le comenta que lo pueden tildar de conservador, contesta que ser conservador no es negativo, que lo malo es ser reaccionario, que no es más que una patología de ser conservador.

Ante la reiteración de su modo de vida “provocador”, que incluso mucha gente lo puede percibir como “indigno” en la representatividad de todo un país, Mújica no responde con una reivindicación ampulosa de su verdad-testimonio. Con una enorme sencillez, y casi con vergüenza, contesta “vivo como pienso; de lo contrario, acabaría pensando como vivo”.

Que Uruguay está lejos; qué vas a esperar de un guerrillero; que España-Europa es otra cosa, otra cultura, otra civilización. Incluso que “hay gente pa tó”. En definitiva, que no es extrapolable. Incluso un mal ejemplo que no “viste” el cargo. Mi asombro no fue tanto por su “modus vivendi”, sino por la coherencia entre sus ideas y su conducta. Pensé en nuestra desafección por la política y sonreí.

Tras la entrevista me desperté y el dinosaurio seguía allí.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 10 de mayo de 2014

25 M, ELECCIONES EUROPEAS


Escribía yo en un artículo de este diario, fecha 17.03.2012, lo siguiente:
¿Esperanza? Puestos a elucubrar, si en Francia venciese el socialista Hollande y en Alemania llegase a gobernar la socialdemocracia del SPD, aunque fuese en coalición con la democracia cristiana del CDU de Merkel, Europa podría empezar a modificar esos criterios hoy intangibles.” Me refería a las políticas de austeridad y recortes. Pues bien, dos años después observamos que eso ya ha sucedido pero el cambio no se ha producido. Incluso hay indicios de lo contrario en la actual política francesa. El dilema entre austeridad y crecimiento sigue. Ambos conceptos deben ser objeto de un análisis detallado desde las ópticas europea y nacional.

El 25 M se celebran elecciones europeas. Más de 400 millones tienen en sus votos la Europa de los próximos cinco años. Sin embargo, en España, el 57% dicen en los sondeos que no van a votar, y del 43% restante la mitad no sabe a quién votar. Es, pues, una elección que interesa a pocos españoles. Cierto que los grandes partidos no ayudan al esclarecimiento por usar estas elecciones en clave interna y hasta para colocar a políticos desubicados. Sin embargo, actualmente, hay más decisiones europeas que inciden en nuestras vidas que decisiones netamente españolas. ¿Qué habita en nuestras mentes para no dar importancia a lo que objetivamente la tiene? ¿Somos conscientes de estar actuando contra nuestros propios intereses? Pienso que ésta es la cuestión fundamental: Europa es un escenario nuevo al que todavía no nos hemos habituado y cuyos protagonistas no forman parte de nuestro paisaje conocido. Necesitamos una buena dosis de gimnasia mental para establecer la relación causa-efecto entre lo que pasa en Europa y nuestra calidad de vida personal. El Parlamento europeo que elegimos y la Comisión Europea que se configurará según los resultados parlamentarios son, junto al BCE, el núcleo duro de las decisiones europeas.

No hace falta repetir la situación negativa en que se encuentra Europa (y España, aún más): paro, recesión, deuda, desigualdad, pobreza, incertidumbre. Pero me parece más interesante analizar las causas que las consecuencias. Usando la terminología de Bauman, en la actual “modernidad líquida” el poder se ha separado de la política, por lo que ésta solo puede parchear los problemas que el poder fáctico genera. Y mientras el Estado (el nacional y el deseado Estado federal europeo) no recupere el poder, estaremos en la misma situación: supeditación de la política al poder real del mercado.

En una sociedad democrática las elecciones, por parciales que sean, son el instrumento más poderoso que tienen los ciudadanos para transformar la sociedad y sus vidas. Lo que sucede es que nuestras sociedades cada vez son más complejas y difíciles de comprender. Y la política se ha estancado en la fase anterior a la revolución cibernética y la consiguiente globalización. Como consecuencia de ello, la política carece de respuestas a los problemas actuales y la gente se desentiende de quien no puede arrojar esperanza a sus desesperanzadas vidas. Los partidos minoritarios piensan que es su momento por el desgaste de los mayoritarios, pero esa percepción no es más que fogonazo temporal. La cuestión verdaderamente importante es saber discernir que los partidos de derechas están cómodos en esta situación y los de izquierdas deben modificar sus procesos mentales y estratégicos si quieren aportar algo nuevo y eficaz al cambio demandado por los ciudadanos. Los conservadores se han apropiado del escenario y manejan el relato con ideas que calan fuerte como “no hay alternativa” y “estamos superando la difícil situación que hemos heredado”. Por el contrario, las izquierdas solo amagan con pequeños parches al enorme conglomerado de errores, frustraciones e incertidumbres.

¿Ensayar nuevas formas de hacer política? Sí, pero cuidado con los experimentos y los falsos profetas populistas. Los nuevos fenómenos sociológicos de calle no han demostrado nada nuevo, aparte de involucrar a la ciudadanía en la problemática concreta de cada día (que no es poco). Yo estoy convencido de que la gente normal sigue queriendo creer en la política pero con un nuevo formato. Son los partidos (sobre todo los de izquierdas) los que tienen que adaptarse a las nuevas circunstancias y saber elaborar los nuevos discursos y praxis que respondan a los nuevos problemas, que en el fondo son los de siempre: dignidad humana y una mínima calidad de vida. En definitiva, necesitamos una nueva inteligencia política que no solo perciba señales sino significados, y que entronice al ser humano como nuevo catalizador de las decisiones a tomar.

Mariano Berges, profesor de filosofía

lunes, 28 de abril de 2014

CREER EN EUROPA

La realidad por la que optamos se dará con mayores garantías de éxito cuanta mejor información y conocimiento se tenga de la situación. En la actual situación de crisis existen unas posibilidades concretas que se pueden transformar en realidades mejores o peores, dependiendo de las opciones que tomemos, tanto individualmente como colectivamente. En mi opinión, la opción más razonable e interesante se llama Europa.


Cuando hablamos de Europa solemos usar la palabra “gobernanza” en lugar de “gobierno” al hablar de sus dirigentes y competencias respectivas. Simplificando, la diferencia entre ambos términos estriba en que gobierno se refiere a quién decide y gobernanza más bien a cómo se decide. El primero nos habla del grupo de personas que lleva el control de una nación, mientras que el segundo se refiere a la manera como se ejerce el poder para gestionar los asuntos de esa nación. La gobernanza se plantea preguntas sobre métodos, procesos, participación, comunicación, resolución de conflictos, etc. La gobernanza tiene una dimensión cualitativa superior al gobierno.



Europa era hace unas décadas una brillante y afortunada idea que se transformó en un sólido proyecto económico-político, pero que, con la globalización mal entendida y peor ejecutada, ha ido degenerando en una sociedad dual, insolidaria y que ya no garantiza el mínimo de dignidad humana para sus ciudadanos. La crisis actual ha servido de coartada para que una Europa sin gobernanza haya consolidado ese modelo dual exterior de países ricos y países pobres, cada vez más desiguales, y, simultáneamente, otra dualidad al interior de cada país, de ciudadanos ricos y ciudadanos pobres, con una brecha de desigualdad injusta, inmoral y peligrosa.



La tesis que defiendo es que la crisis se puede y se debe aprovechar para que Europa busque una nueva legitimidad, volviendo a su proyecto de origen, y cuyo elemento clave de cambio debe ser una nueva gobernanza que mejore las Administraciones de todos los países europeos, especialmente de aquellos que tienen mayores problemas económicos y estructurales. El austericidio que la Europa del norte ha impuesto a la Europa del sur no solo no ha neutralizado las diferencias de todo tipo, sino que las ha aumentado. Y la clave no es tanto el legalismo economicista como el desigual funcionamiento de las instituciones y sus respectivas administraciones. Aunque constituya un tópico, es cierto que los países del sur son expertos en la mentira institucional, en el trapicheo estadístico, en la ingeniería financiera y en la retórica patriotera. Ya he repetido más de una vez que España no es un país serio, y que no tenemos credibilidad en nuestra rendición de cuentas a Bruselas. Estamos en manos de una casta política, empresarial y financiera para la que lo común es un concepto hueco que solo sirve como relleno de sus discursos.



Por eso España necesita ser cada día más Europa, pero una Europa con una gobernanza común, imparcial y de calidad. Solo así nuestra Administración puede generar unas instituciones cumplidoras de las leyes, eficientes, transparentes y equitativas, en definitiva, instituciones con una mayor calidad democrática. No puede ser que España, cuarta potencia económica europea, sea uno de los países con menor recaudación fiscal de la UE (causa de nuestra incapacidad económica). Este cambio es el que verdaderamente nos conducirá al crecimiento económico y a su correspondiente creación de empleo. Y no la retórica mentirosa e interesada de nuestra casta gobernante. Si la UE fuera la impulsora de esos cambios, incrementaría enormemente su popularidad y su legitimidad.



Los ciudadanos quieren algo tan sencillo como que pague más quien más tenga, que el Estado no malgaste lo recaudado y que lo redistribuya bien. Y la UE puede ser la instancia que obligue a este cambio estructural. También los países del norte estarían más dispuestos en su solidaridad si la gobernaza común europea obligara a que todos los países de la UE fueran serios y cumplidores en su rendición de cuentas. Y aquí tiene un papel importantísimo el estamento funcionarial, con su profesionalidad y su jerarquía bien entendida. Y que los políticos sean auténticos gestores del cambio. La Administración Pública española actual es una empresa sin jefes: los políticos no ejercen de directivos eficientes y los altos funcionarios no se fían de los políticos. Hay demasiada discrecionalidad en la ocupación de los puestos de responsabilidad. En cualquier caso, como diría un empresario, es la cuenta de resultados la que cuenta. Y en las AAPP la cuenta de resultados es la eficacia y eficiencia desde la óptica de una buena gobernanza.

Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 12 de abril de 2014

LA VERDAD POLÍTICA

El debate político no es fácil y frecuentemente se convierte en un “diálogo de besugos” donde cada uno va a lo suyo, despreciando la estructura conversacional. John Locke decía que antes de discutir hay que acordar lo que significan los términos que vamos a usar en la discusión. Porque, de lo contrario, una misma palabra significa cosas distintas para uno y otro. Veámoslo en el ejemplo de palabras como liberal, izquierda, derecha, socialismo, igualdad, diferencia, progreso, justo, moral… y procedamos a su definición. Intentemos un debate sin prejuicios sobre la búsqueda del mejor modelo viable de sociedad para nuestro país. Realmente difícil. Incluso podríamos consensuar modelos de construcción teórica impecable que, en su materialización social, nos conducirían a realidades muy distintas.

Hay que partir de un hecho claro: estamos en un sistema de democracia representativa. Y aunque imperfecta y necesitada de renovación, nos tenemos que atener a las reglas del sistema. La verdad de cada sistema esta en su propio interior y no podemos valorarlo con las reglas de otro sistema. El núcleo duro de la democracia representativa es el hecho electoral por el que la representatividad se plasma según unas reglas que nos hemos dado. El sistema electoral también es perfectible, pero contando siempre con la representatividad proporcional de mayorías y minorías.

La división tradicional por épocas de nuestra historia no está mal trazada ni por sus características ni por los hechos históricos elegidos para representar el cambio de paradigma. Pero, a continuación, nos vemos obligados a matizar que la vida, el progreso y la verdad son conceptos muy complejos que superan los esquemas. Si moviéndonos en las grandes épocas y modelos es imposible su esquematización, y atenta contra la realidad cualquier relato con pretensión de exactitud y verdad objetiva, ¿qué puede suceder con el rabioso presente y su trepidante secuenciación de realidades, conceptos y verdades? Si nos ceñimos a los partidos políticos como grupos organizados de las distintas opciones acerca de la mejor organización social, la discusión racional entre los distintos discursos y relatos es prácticamente imposible. Pero hay que intentarlo, ya que así nos lo exige el cuerpo electoral que representa a la sociedad. ¿Dónde ponemos el criterio de verdad entre todos los relatos? Paradójicamente, y a pesar de su enorme complejidad, no es difícil: donde diga la mayoría social. Siempre ha habido un cierto vanguardismo político que “acierta” con las minorías y se equivoca con las mayorías. Las utopías y los paraísos han existido siempre. Y realmente han servido como referencias. Su peligro consiste en dogmatizarlos e imponerlos.

La razón política en una democracia representativa, nos guste o no, está en el hecho electoral, en el lado de la mayoría. Las demás opciones deberán intentar convencer de la bondad de sus relatos al cuerpo electoral. Es cierto que los medios y recursos están siempre en manos de los poderosos, pero ¿quiénes son los poderosos? En una sociedad de masas, de consumo, de libre opinión, desarrollada cibernéticamente, no hay mayor poder que la mayoría social. Lo que pasa es que el arte de la persuasión es lento y necesita de estrategia. Y liberarse de la manipulación y alienación exige formación crítica. En política no debería haber más urgencias que los derechos básicos de los ciudadanos, y no tanto quién gobierna o quién está en la oposición. Si somos coherentes y persuadimos a la mayoría social de la bondad y de verdad nuestro relato, acabarán por imponerse. ¿Cuándo? Cuando esa mayoría lo diga.

Decía Bertrand Russell que si en un momento histórico alguien inventa o descubre algo importante para la humanidad, pero la sociedad no está preparada para su comprensión, ese alguien es declarado loco o necio. Cuando la sociedad está preparada para comprender ese descubrimiento, cualquiera que lo comunique, ése y no el anterior, será tenido como el auténtico inventor. Algo semejante sucede en la política. De ahí la importancia del análisis, del tempo y de la comunicación.

Solo en una sociedad donde el respeto intelectual sea la norma y los descalificativos la excepción rechazada, habrá progreso político y eficacia institucional. La verdad y coherencia de las diversas opciones políticas radica en su praxis, no en la publicidad de sus campañas electorales. Y tendrá credibilidad quien la haya adquirido en su práctica política. Para un partido serio no debería ser urgente la ocupación del poder sino la verdad de su teoría y de su práctica. Otra cosa es que quien tenga urgencia sean los ocupadores del poder. Pero eso no es política, eso es otra cosa.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 29 de marzo de 2014








ADOLFO SUÁREZ, MITO Y REALIDAD

Con ocasión de la muerte y exequias de Adolfo Suárez, se demuestra una vez más que en España no hay como morirse para ser aclamado y hasta mitificado por muchos de los que posiblemente en vida le habían vituperado. Cuánto nos gustan en España los homenajes a los muertos. Y qué poco analíticos somos. ¿Tendrá razón Freud cuando hablaba del complejo de culpa en la muerte del padre? Pienso que sí, especialmente en nuestra tradición judeocristiana. Pero casi siempre, la verdad suele ser objetiva y tirando al gris. Suárez ni fue tan malo antes ni tan bueno ahora.

Sin embargo, sí que podemos usar a Suárez como un ejemplo de que la juventud tiene un valor insustituible, aunque carezca de la escenografía de los mayores. La audacia, la intuición y, sobre todo, una nueva manera de entender la realidad, hacen que los jóvenes consigan resultados rápidos en cuestiones de estilo, de fronteras, de rupturas, en definitiva, de cambios rápidos y radicales. Otra cuestión muy distinta son los momentos de gestionar la normalidad y la cotidianeidad. Para ello hacen falta otros valores y capacidades que avalen una gestión y un liderazgo de coordinación, sin los que es imposible avanzar.

Suárez fue un importante líder en un momento en que se necesitaba la audacia propia de un joven ilusionado por pasar a la historia. Porque él era consciente de que lo que hacía era histórico. Y esa convicción funcionaba en él como una fuerza interior imparable. Pero también hay que mencionar a Torcuato Fernández Miranda por su gesto visionario al proponer su nombre al Rey. Y al propio Rey por aceptarlo. Y, sobre todo, hay que apuntar en el haber a toda la sociedad española, que estaba ansiosa por ser un país normal. Y tampoco hay que olvidar a otros líderes como Santiago Carrillo y Felipe González. En mi opinión, éstos son los mimbres importantes de la ahora discutible y antes indiscutible Transición.

Es original la perspectiva que toma Javier Cercas en su libro “Anatomía de un instante” cuando habla de que son tres “traidores” a sus orígenes -Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo- los que mejor representan el enfrentamiento al golpe de Estado del 23-F. Son las verdades paradójicas las que mejor suelen configurar la nueva realidad de los cambios políticos y sociales. En el caso que nos ocupa, una persona del franquismo, falangista, inferior en prestigio a otros personajes del momento (Areilza, Fraga, Silva…), pero joven, audaz, sin nada que perder y todo por ganar, es el elegido por las circunstancias para liderar el tránsito de la dictadura a la democracia. Su talante abierto a todo y a todos, su conocimiento de la etapa pretérita para desmontarla, su decisión, su convicción y por qué no, su seducción, jalonaron con gran éxito su primera etapa política. La Constitución de 1978 y los Pactos de la Moncloa son logros suficientes para pasar a la historia. Y otros logros, no menos importantes, fueron el Estatuto de los Trabajadores, la legalización de todos los partidos políticos y la aprobación del divorcio. Lo que hace de Suárez un estadista pionero y progresista. Los logros que he citado tienen un sustrato común: su carácter social y equitativo.

La segunda etapa de Suárez, en versión hagiográfica, no debió existir. No todo el mundo vale para todos los momentos y circunstancias. Cuando llega la normalidad de la política y la necesidad ya no era no romper, inventar, crear, sino gestionar, planificar, formar equipos, aparece su déficit para ese tipo de capacidades. Ahí Suárez pinchó, aunque también es verdad que acosado por todos los flancos, especialmente por el suyo propio. Pero, sobre todo, fracasó porque carecía de algo imprescindible en un país normalizado y que sí tenían el PSOE y el PCE, un aparato orgánico que mantuviese el esqueleto de un partido político. Suárez nunca tuvo partido político. La UCD era una buena idea pero sin aparato que lo sostuviese. Al PP le costó muchos años llegar a ser el partido de la derecha española. La UCD no era suficientemente de derechas como para consolidarse. La UCD era el centro geométrico, lo que conllevaba su inviabilidad.

La figura de Suárez aparece como un gran catalizador y exponente de la mísera condición natural del ser humano. No se reconocieron sus méritos en su apogeo y se le ninguneó en su etapa posterior. Ahora, muerto por una enfermedad de alta sensibilidad social, se le mitifica. Haríamos bien en aprovechar la circunstancia de la muerte de Suárez para copiar algunos de sus valores, como racionalizar y dignificar la política y fomentar una convivencia más equitativa en los costes sociales a los que la crisis actual nos obliga. Quizás, de esta manera, España no lideraría el ranking de los países por su desigualdad social.

Mariano Berges, profesor de filosofía


















































sábado, 15 de marzo de 2014

ELECCIONES PRIMARIAS


Alberto Garzón, diputado de IU por Málaga, escribía hace poco tiempo un artículo sobre las elecciones primarias en los partidos políticos. Contenía elementos de gran interés, desde una perspectiva de izquierdas. En breve síntesis, decía no ser un entusiasta de las primarias abiertas mientras que propugnaba otros cambios en el sistema electoral español y en las decisiones internas de los partidos.

Las elecciones primarias son un mecanismo entre otros para elegir al mejor candidato. No olvidemos que ése y no otro es el verdadero objetivo. Pero no es el único mecanismo. ¿Por qué hay tanta obsesión por las primarias abiertas? ¿Recurren a ellas los partidos, y a través de ellas a la sociedad, porque ya no son capaces de seleccionar a sus propios líderes? Además, las primarias son solo para elegir al candidato principal. ¿Y qué hacemos con el resto de la lista? El debate no es fácil ni simple. Adelanto mi posición: soy partidario de las primarias cerradas, no de las primarias abiertas. Ahí van mis argumentos.

Efectivamente, el sistema de primarias abiertas podría ser objeto de fuertes manipulaciones, directas o indirectas, por parte de poderes fácticos, ajenos y hasta contrarios a la ideología del propio partido. Por otro lado, convertiría en irrelevante la condición de militante de un partido, cuando es su esencia orgánica. El militante es una persona que entra en un partido para participar en la creación de una opinión organizada y de un proceso de toma de decisiones. Es libre la pertenencia a un partido. Aunque no fue posible durante cuarenta años en los que los partidos estuvieron prohibidos. La función de los simpatizantes y afines de un partido es ayudar, desde una posición de opinión crítica-constructiva, pero no tienen porqué participar en las votaciones internas. Igual que sucede en cualquier organización o Consejo de Administración. Otra cuestión muy distinta es preguntarse si hay verdadero interés en los partidos por potenciar el papel activo de los militantes.

El sistema de primarias cerradas, aunque tiene sus dificultades, especialmente en todo lo relativo a la transparencia del mecanismo, me parece un buen sistema porque da la palabra directamente a los militantes miembros de la organización. Aunque el mecanismo deberá pulirse mucho cuando los partidos se democraticen más y se imponga el interés general al particular. Interés particular que no tiene porqué diluirse sino articularse en buena armonía con el interés general. Las falsas modestias son peligrosas. Si alguien se propone -o se deja proponer- para ocupar un puesto de responsabilidad pública, es porque en su fuero interno se cree capacitado y con motivación suficiente para hacerlo bien. Incluso mejor que otros compañeros que también se pueden presentar. Esta es la esencia de la democracia. Un partido está integrado por aquellas personas que, compartiendo una ideología y un modelo de sociedad, elaboran una estrategia para la transformación social. Y todo ello con unas prácticas democráticas y de participación de toda la militancia. En plena desafección política, los partidos, lejos de ponerse a la defensiva, deberían intensificar los debates internos, la formación y la participación de sus militantes.

Las primarias abiertas, aparte de ser una moda peligrosa, invierte los intereses ideológicos de un partido político. Unas primarias abiertas parecen que no quieren transformar la sociedad desde los presupuestos ideológicos del partido en cuestión, sino que más bien escuchan la demanda de la mayoría social para adaptar la oferta partidaria y así poder gobernar. Lo que no está mal. Pero puede dejar sin sustancia los presupuestos políticos que deben hacer de levadura en la masa social. Quizás las primarias abiertas sean un buen mecanismo para llegar a gobernar y no tanto para transformar la sociedad. Porque un partido concebido ideológicamente no sólo se limita a escuchar las demandas de la ciudadanía sino que también trata de cambiarlas.

En el caso de España, los partidos de derechas no tienen ninguna necesidad de hacer primarias porque sintonizan suficientemente bien con la mayoría social, que no olvidemos es conservadora. Sea pues bienvenida la práctica de primarias (cerradas) en el PSOE de Aragón. Hágase un ejercicio limpio de las mismas y acéptese el resultado democrático de sus militantes. Por cierto, parece ser que mi nombre ha aparecido como avalista de dos candidaturas. Alguien ha hecho trampa, yo solo avalé a Lambán. Los autores de estas marrullerías intentan manchar un proceso, un partido y a un candidato.

¿Qué hago yo, inorgánico e inapetente a lo orgánico, loando la organicidad política? Porque es imprescindible, a pesar de su mala prensa y su trabajo poco poético.

Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 1 de marzo de 2014

ESTABILIZACIÓN DE LA CRISIS

Hoy vamos a jugar a política futurista. La crisis en la que estamos inmersos podría parir criaturas nuevas e inéditas hasta ahora. Por ejemplo, y aunque estamos lejanos, en las próximas elecciones generales de 2015, y dependiendo de la matemática electoral resultante, podría darse una “gran coalición” PP-PSOE. Aunque esto suene hoy como algo imposible y hasta negativo, podría ser algo necesario por causas internas y externas a la propia España. Cualquier cosa menos inestabilidad, dirá Bruselas. Alemania ya lo ha hecho.
Este podría ser el hecho. Otra cuestión distinta es el análisis del hecho. Todo dependerá de la perspectiva en que nos situemos y las prioridades que barajemos. Quedan casi dos años y pueden cambiar algunas cosas. Personalmente, pienso que no van a ocurrir demasiados cambios ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. En España se va a fragmentar el voto electoral en bastantes partidos, dadas las variadas sensibilidades que han aflorado con la crisis, que habrá que cambiarle el nombre porque está pasando de crisis -siempre provisional por principio- a situación estable.
Esta nueva situación tendrá como características más notables: depauperación creciente y estructural, juventud cualificada y tecnificada, mentalidad antisistema moderada -tanto desde la izquierda como desde la derecha-, relativismo ideológico, paro estructural, adelgazamiento del Estado, valor meramente instrumental de las instituciones públicas, ausencia de discurso social vertebrador, creciente importancia de Europa en las decisiones nacionales, tensiones territoriales e ideológicas con el modelo autonómico de fondo, populismos nacionalistas crecientes, etc.
El modelo neoliberal está en fase de consolidación y la dialéctica política se va a mover entre la derecha y la socialdemocracia, con matices y extensiones en ambos lados. Dependerá de la fuerza (fruto de las elecciones) de unos u otros para que la balanza se incline en un sentido u otro. La alternativa radical y global nos vendrá de fuera del actual mundo desarrollado: países emergentes y también de Sudamérica y África. Si los países islámicos consiguen separar la política de la religión, serán una referencia importante en el concierto global. Sin olvidar nunca a la nueva potencia de la Rusia de Putin. Y, como no, de Estados Unidos.
En definitiva, van a tener poca importancia los aspectos internos nacionales, incluida la ideología política, y van a ser los factores internacionales los que van a configurar el nuevo modelo globalizado. Los calificativos de peor o mejor son irrelevantes, el calificativo significativo será “diferente”, radicalmente diferente.
Dentro de este modelo neoliberal, uno de los “logros” fundamentales del PP ha sido la Reforma Laboral, cuyos efectos se van consolidando en España: paro, precariedad, inseguridad y pobreza son su traducción humana. Otros lo llaman economía competitiva. La derecha actúa con determinación y, a la vez, con ideología. La prueba es que ha calado fuertemente en la opinión pública la idea de que no hay alternativa a lo que el PP está haciendo, ya que la época en que el Estado de bienestar funcionaba era propio de gobiernos despilfarradores que gastaban lo que no tenían. De aquello barros estos lodos. Y en esto andamos, en un maniqueísmo de unos despilfarradores izquierdistas frente a otros eficaces gestores conservadores. Y esta idea tan simple de que para ser competitivo se tiene que flexibilizar el mercado laboral y acabar con el modelo social, se ha hecho potente porque los voceros mediáticos conservadores la reiteran hasta la saciedad.
La izquierda ha perdido el debate dialéctico de las ideas en esta crisis porque ha perdido la razón moral. Su discurso, si existe, tiene poca credibilidad ya que no plantea una lucha frontal contra el “statu quo”, que acepta y en el que solo se dedica a gestionar las consecuencias. Una política que no se eleva hasta las causas y solo se dedica a gestionar las consecuencias, nunca se convertirá en motor de la historia. Y las causas fundamentales son dos: la disminución del papel del Estado y la consecuente desregularización de los mercados.
Establecidas las causas y las consecuencias, solo queda la acción política, que debería traer como consecuencia la transformación económica y, en un segundo momento, el cambio social. La Europa social que pretendemos no puede caer en la trampa de la competitividad con países que no respetan los derechos humanos. Y esa actitud se llama política, no economía. Si tenemos que aceptar el capitalismo, al menos negociemos su reestructuración, que la economía productiva no sea suplida por la economía financiera y especulativa.

Mariano Berges, profesor de filosofía

viernes, 14 de febrero de 2014

ESCEPTICISMO OPTIMISTA


Recientemente he impartido minicursos de filosofía en algunos colectivos políticos y vecinales y he detectado un fuerte pesimismo sobre la situación actual. Y no solo pesimismo, también desmoralización. La crisis actual es también moral en los dos sentidos, anímico y ético. La crisis económica que padecemos sería más llevadera si hubiera al frente de la sociedad unas instituciones y unos dirigentes dignos que tuviesen credibilidad para pedir sacrificios a la ciudadanía. Es obvio que los cinco años que llevamos soportando la crisis dan razones más que suficientes para el pesimismo y el escepticismo (diferenciar los dos conceptos: el primero es anímico y el segundo, racional). Sin embargo, es una exageración afirmar que nunca hemos estado tan mal. Incluso algunos comparan en negativo ésta con otras épocas anteriores. Yo sostengo que nunca España ha disfrutado de un bienestar como en los últimos treinta años. Otra cuestión es la regresión de los últimos cinco años



Si queremos comparar épocas hay que tener una equilibrada perspectiva histórica y que la comparación sea entre secuencias temporales significativas. La crisis actual, que, reitero, es sistémica y, por lo tanto, significa un final de ciclo en todos los órdenes de la vida, exige un cambio de paradigma y, en consecuencia, un cambio de mentalidad para adaptarnos al nuevo modelo, cuyas características intuimos pero aún desconocemos. Las explicaciones simplistas de lo malos que son los bancos, los mercados, los políticos, los…, son simplificaciones groseras de una realidad compleja. Porque es cierto que lo que está pasando en el mundo desarrollado occidental ha tenido causas perfectamente explicables. Entender la crisis como el rapto de la política por la economía es no entender lo que está sucediendo. Es la política la que se ha dejado secuestrar por la economía para justificar su dejación de responsabilidades.



El siglo XX ha sido un siglo muy frágil sociopolíticamente. Sus notas más destacadas son dos guerras mundiales; el fracaso de la Sociedad de Naciones; el fracaso de la ONU, que evita las guerras en el primer mundo a costa de exportarlas a otros lugares estratégicamente seleccionados; el fracaso del modelo económico-político comunista y su desmoronamiento en 1989. Todo ello, más la revolución cibernética, obliga a una recomposición geoestratégica mundial. De ahí la globalización. Y ésta es la característica más profunda del momento actual. Depende de quién dirija la globalización, la estrategia que siga y la prioridad en sus objetivos, tendremos una globalización positiva o negativa para los intereses de las mayorías. Es el modelo de globalización lo que hay que modificar.



Por todo ello, y en línea con Gramsci, me declaro un escéptico optimista, escéptico cuando razono y optimista cuando actúo. Hay que dejar de mirarse el ombligo y trabajar por el futuro, que es la mejor manera de trabajar por el presente. Hay que regenerar todos los organismos y mecanismos que han sido útiles hasta ahora, sobre todo las instituciones públicas, de las que el Estado opera como clave de bóveda. Ellas son el fundamento de todo lo demás. Es urgente la regeneración institucional. Y para que esto sea posible hay que cambiar de mentalidad. La creencia de que nos han quitado lo que nos correspondía y nos lo tienen que devolver, es una creencia infantil que no resiste una mínima prueba racional.



Los humanos hemos inventado muchas cosas para nuestro desarrollo científico, económico y social. Entre ellas, la política. Sucede que el formato político actual no sirve para un futuro que ya está aquí. La desafección y la protesta social no son más que un indicio de que la solución no es la que estamos aplicando, aunque todavía no sepamos cuál sea la correcta. Los partidos políticos, los sindicatos y todas las organizaciones sociales pasan por una transición dura hacia la búsqueda de su nueva identidad y andan a la búsqueda de un discurso y un programa que se resisten. Pero han perdido el sentido de Estado: un Estado fuerte, racional, justo distribuidor de las plusvalías económicas y garante de una igualdad básica para todos. Parodiando a Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió el Estado? Por eso, en esta situación, y dada la tozudez de las cúpulas en no modificar su estrategia, ya sea por ignorancia o por interés, yo optaría por una opción biológica: incorporar a los jóvenes a la estructura en que se toman las decisiones. Ellos, a pesar de su lógica inexperiencia, poseen una nueva forma de mirar y están, por lo tanto, facultados para configurar otra cosmovisión, un futuro nuevo que, además, es el suyo. Los jóvenes no son un problema, sino la solución a nuestros problemas.



Mariano Berges, profesor de filosofía