viernes, 14 de febrero de 2014

ESCEPTICISMO OPTIMISTA


Recientemente he impartido minicursos de filosofía en algunos colectivos políticos y vecinales y he detectado un fuerte pesimismo sobre la situación actual. Y no solo pesimismo, también desmoralización. La crisis actual es también moral en los dos sentidos, anímico y ético. La crisis económica que padecemos sería más llevadera si hubiera al frente de la sociedad unas instituciones y unos dirigentes dignos que tuviesen credibilidad para pedir sacrificios a la ciudadanía. Es obvio que los cinco años que llevamos soportando la crisis dan razones más que suficientes para el pesimismo y el escepticismo (diferenciar los dos conceptos: el primero es anímico y el segundo, racional). Sin embargo, es una exageración afirmar que nunca hemos estado tan mal. Incluso algunos comparan en negativo ésta con otras épocas anteriores. Yo sostengo que nunca España ha disfrutado de un bienestar como en los últimos treinta años. Otra cuestión es la regresión de los últimos cinco años



Si queremos comparar épocas hay que tener una equilibrada perspectiva histórica y que la comparación sea entre secuencias temporales significativas. La crisis actual, que, reitero, es sistémica y, por lo tanto, significa un final de ciclo en todos los órdenes de la vida, exige un cambio de paradigma y, en consecuencia, un cambio de mentalidad para adaptarnos al nuevo modelo, cuyas características intuimos pero aún desconocemos. Las explicaciones simplistas de lo malos que son los bancos, los mercados, los políticos, los…, son simplificaciones groseras de una realidad compleja. Porque es cierto que lo que está pasando en el mundo desarrollado occidental ha tenido causas perfectamente explicables. Entender la crisis como el rapto de la política por la economía es no entender lo que está sucediendo. Es la política la que se ha dejado secuestrar por la economía para justificar su dejación de responsabilidades.



El siglo XX ha sido un siglo muy frágil sociopolíticamente. Sus notas más destacadas son dos guerras mundiales; el fracaso de la Sociedad de Naciones; el fracaso de la ONU, que evita las guerras en el primer mundo a costa de exportarlas a otros lugares estratégicamente seleccionados; el fracaso del modelo económico-político comunista y su desmoronamiento en 1989. Todo ello, más la revolución cibernética, obliga a una recomposición geoestratégica mundial. De ahí la globalización. Y ésta es la característica más profunda del momento actual. Depende de quién dirija la globalización, la estrategia que siga y la prioridad en sus objetivos, tendremos una globalización positiva o negativa para los intereses de las mayorías. Es el modelo de globalización lo que hay que modificar.



Por todo ello, y en línea con Gramsci, me declaro un escéptico optimista, escéptico cuando razono y optimista cuando actúo. Hay que dejar de mirarse el ombligo y trabajar por el futuro, que es la mejor manera de trabajar por el presente. Hay que regenerar todos los organismos y mecanismos que han sido útiles hasta ahora, sobre todo las instituciones públicas, de las que el Estado opera como clave de bóveda. Ellas son el fundamento de todo lo demás. Es urgente la regeneración institucional. Y para que esto sea posible hay que cambiar de mentalidad. La creencia de que nos han quitado lo que nos correspondía y nos lo tienen que devolver, es una creencia infantil que no resiste una mínima prueba racional.



Los humanos hemos inventado muchas cosas para nuestro desarrollo científico, económico y social. Entre ellas, la política. Sucede que el formato político actual no sirve para un futuro que ya está aquí. La desafección y la protesta social no son más que un indicio de que la solución no es la que estamos aplicando, aunque todavía no sepamos cuál sea la correcta. Los partidos políticos, los sindicatos y todas las organizaciones sociales pasan por una transición dura hacia la búsqueda de su nueva identidad y andan a la búsqueda de un discurso y un programa que se resisten. Pero han perdido el sentido de Estado: un Estado fuerte, racional, justo distribuidor de las plusvalías económicas y garante de una igualdad básica para todos. Parodiando a Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió el Estado? Por eso, en esta situación, y dada la tozudez de las cúpulas en no modificar su estrategia, ya sea por ignorancia o por interés, yo optaría por una opción biológica: incorporar a los jóvenes a la estructura en que se toman las decisiones. Ellos, a pesar de su lógica inexperiencia, poseen una nueva forma de mirar y están, por lo tanto, facultados para configurar otra cosmovisión, un futuro nuevo que, además, es el suyo. Los jóvenes no son un problema, sino la solución a nuestros problemas.



Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 1 de febrero de 2014

NUESTROS HIJOS EUROPEOS

Nuestros hijos piensan radicalmente distinto que nosotros, sus padres. ¡Menos mal! Porque si tuvieran nuestra visión, configurada por conceptos como el paro, la seguridad, un proceso vital que ha ido de malo a bueno, con garantías sociales como la educación y la sanidad, que nos ha permitido una cierta comodidad denominada Estado de bienestar, y percibieran que todo esto está desapareciendo, su angustia vital sería peligrosa. La prolongada duración de la crisis económica ha provocado cambios radicales en la mentalidad de los jóvenes, que se enfrentan a su futuro con una mayor incertidumbre que las generaciones de sus padres. La juventud actual manifiesta especial preocupación por la denominada crisis del contrato social, que se puede formular como que si los jóvenes se forman correctamente la sociedad les garantiza una integración social digna cuando sean adultos. Sin embargo, el desempleo actual, las dificultades para la emancipación y la inseguridad en su futuro cuestionan ese contrato. Los jóvenes empiezan a dudar de la firmeza de ese contrato social.

Actualmente, el paraguas familiar está evitando la tragedia y la explosión social por parte de la juventud pero también está ocultando la realidad presente y futura. Los jóvenes tienen un conocimiento teórico sobre la crisis actual pero carecen de un conocimiento empírico y existencial, que es el enganche vital con la realidad. Han oído hablar del Estado de bienestar, incluso hasta lo han saboreado, pero todavía no han sentido en sus carnes la carencia del mismo. Su temor sobre la desaparición del Estado de bienestar es teórico y de prospectiva, pero aún no lo sufren. Las chicas de treinta y tantos años ya empiezan a dudar de su posible maternidad, dada su inestabilidad laboral y/o geográfica, tanto de ellas como de sus parejas. Si a ello añadimos que para muchos su futuro está en el extranjero, esta percepción se va confirmando.

Todo ello ocasiona en los jóvenes una adolescencia demasiado prolongada. La madurez y la autonomía solo se consolidan con la emancipación económica y física del hogar paterno y con unas condiciones dignas de trabajo y de confort. Si estos parámetros no existen, o tardan a existir, la visión fatalista del futuro comienza a aparecer, lo que puede ocasionar un deterioro físico y psíquico. ¡Que diferencia con la generación de sus padres, que sabíamos que nuestro trabajo en formarnos iba, casi seguro, a tener un final feliz. Nuestra vidas han caminado en un proceso progresivo de peor a mejor, lo que, psicológicamente, es lo mejor que le puede pasar a una persona. Sin embargo, el proceso inverso, que parece va a ser el de la juventud actual, que no van a superar a sus padres ni económicamente ni culturalmente, como sería lo natural, va generando en ellos un cambio de modelo existencial de mera supervivencia individual e individualista que va en perjuicio de ellos mismos y de la propia sociedad en su conjunto, que no se va beneficiar de las mejores energías juveniles. Si a ello añadimos que nuestra generación ocupa la casi totalidad de los puestos apetecibles en todos los ámbitos, nuestra responsabilidad como conjunto social, por comisión o por omisión, nos debería avergonzar.

Esas manifestaciones, y realidades, de que cualquier joven aceptaría cualquier trabajo, en cualquier sitio y por cualquier precio, supone la mayor degradación humana que podemos permitir. No sirve echar la culpa a los políticos y a los banqueros. Todos somos responsables, porque todos debemos ser políticos en el sentido griego de coadyuvar al justo desarrollo de la ciudad-estado. Todos, jóvenes y mayores, debemos armonizar las acciones formalmente legales (votaciones) con las menos formales (movilizaciones y movimientos sociales) para modificar la situación actual y, más aún, la situación que se vislumbra.

Precisamente, en breve tendrán lugar unas elecciones europeas en las que se va a elegir un Parlamento que, hasta ahora, ha dado muy poco juego y ha sido una especie de balneario donde los partidos políticos enviaban a sus egregios y viejos militantes. Pero el Parlamento Europeo debe ser la herramienta idónea para la modificación de esta realidad que es ya más europea que española. Europa es nuestra grandeza y nuestra miseria, porque el viejo proyecto federal europeo debe reaparecer frente a esta Europa de los mercados. Votemos para cambiar Europa y así cambiar nuestras vidas. No cometamos el error de perspectiva de que estas elecciones no van con nosotros.

Conclusión: nuestras vidas también dependen de nosotros mismos. Actuemos para que otros actúen. La pasividad y el “no hay nada que hacer” son nuestros peores enemigos.

Mariano Berges, profesor de filosofía


viernes, 17 de enero de 2014

Votamos Europa


Me excuso por autocitarme: “La próxima campaña electoral europea debería ser casi tan importante como la campaña española. Reivindicar la Europa de los ciudadanos y no solo la del euro. Desvelar y denunciar la nueva revolución conservadora, mutiladora del Estado de bienestar, del que predica su inviabilidad y propicia la idea-valor del “sálvese quien pueda”. Pero Europa no es solo una palabra, ni siquiera es solo un territorio, Europa es también un concepto, una idea moral, que inventa la Modernidad, la Ilustración, los Derechos del Hombre, el Estado de bienestar. Europa es la civilización europea, el modelo europeo que ha producido los mejores logros políticos y éticos de la humanidad. Lo más grave de lo que hoy está sucediendo no es tanto la famosa crisis financiero-económica sino todo un cambio de valores, criterios y parámetros que conllevan un radical cambio social hacia un empobrecimiento material y mental. Y esto se está haciendo desde una política ultraconservadora europea y española”. (artículo en “El Periódico de Aragón”, de fecha 17.3.12).


Sin embargo, a pesar de la estructura poco democrática de la toma de decisiones en la UE, la composición del próximo Parlamento es muy importante, como también lo es la votación de los candidatos para Presidente de la Comisión. Nos jugamos mucho en las elecciones del próximo mayo. En la nueva legislatura deberán tomarse decisiones significativas en materia económica. No está nada claro que una mayor liquidez monetaria signifique cambios positivos en producción y creación de puestos de trabajo, pues las plusvalías se volatilizan rápidamente en beneficios financieros y privados.

Si en la dictadura franquista veíamos a Europa como nuestro oasis salvador, y en 1986 nos hicimos europeos de fondo y forma, la realidad actual europea la percibimos como una amenaza a ese Estado de bienestar que la propia Europa nos posibilitó. Por lo que un cambio de rumbo a escala europea es imprescindible, pues la salida nacional-estatal no es válida en un capitalismo globalizado y financiero. Sí que cabe, y ahí están las elecciones, otra política más democrática y participativa que configure el marco en el que las decisiones económicas sean reguladas y supeditadas al bien general, lo que no es contradictorio con un beneficio privado legítimo y suficiente. Porque en Europa está aumentando la desigualdad entre países ricos y pobres y entre ciudadanos ricos y pobres. Y también aumenta la fuerza de los movimientos xenófobos, nacionalistas y excluyentes.

Ante todo esto, solo cabe una política progresista más decidida a favor del concepto originario de Europa, la de los pueblos y los ciudadanos, en la que el capital sea un instrumento para el bienestar social. Si optamos por la permanencia en Europa, ¿procede una alternativa radical o moderada? Pienso que lo importante es el sustantivo y no los adjetivos. Lo que hace falta es que sea alternativa viable y eficaz. Ser más radical no significa ser más eficaz. Ser radical en una dictadura tiene sentido, equivale a resistir. En una democracia no es tanto cuestión de resistir sino de construir modelos y ponerlos en práctica con el apoyo de una mayoría social que nunca seguirá una política radical.

Otra cuestión a considerar es si en unas elecciones europeas se vota en clave nacional. Sí y no. Inevitablemente, los partidos políticos van abusar en su campaña de enfrentamientos en los asuntos nacionales y, desde luego, la lectura posterior la van a extrapolar a las elecciones españolas. Si gana el PP lo venderá como una ratificación social a su política nacional. Si vence el PSOE hablará de resurrección. Y si suben los partidos minoritarios, será una constatación del cambio de ciclo electoral que predican. Las posibles listas que puedan surgir desde los movimientos sociales, dudan entre dar el paso hacia la nada o tratar de influir en los partidos. Yo les recomendaría lo segundo y seguir fortaleciendo sus propios movimientos. Sin embargo, los ciudadanos saben distinguir. Una abstención mayoritaria, por ejemplo, sería muy grave para la salud democrática. Una gran dispersión del voto supondría una lectura muy concreta y negativa para los partidos mayoritarios.



Lo ideal sería que la campaña electoral fuese en clave europea, que los ciudadanos españoles votasen en clave europea y que los efectos sirviesen para un cambio de modelo en Europa: que la tecnocracia y el elitismo se transformase en una mayor participación ciudadana y que esto se tradujese en una mayor influencia del parlamento europeo en la toma de decisiones. Al elegir al Presidente europeo damos un paso importante en la buena dirección.



Mariano Berges, profesor de filosofía

viernes, 3 de enero de 2014

EL CAMBIO INSTITUCIONAL ES IMPRESCINDIBLE

Creo que, a estas alturas, está suficientemente claro que la famosa crisis es una espléndida coartada para el auténtico objetivo, que no es otro que el cambio de modelo social en España y en Europa. Si analizamos con detenimiento los discursos públicos podremos observar que lo importante no es lo que explicitan, la crisis económica, sino lo que no dicen en el discurso pero lo hacen todos los días, las modificaciones-recortes en el modelo social habido hasta ahora. La sociedad asiste al espectáculo con una resignación propia de quien ha interiorizado que no hay alternativa posible a lo que nuestros mandatarios están haciendo.




Pero sí que hay alternativa, difícil pero posible. Es más, la única postura digna en las actuales circunstancias es la rebelión contra el aniquilamiento de lo público que está teniendo lugar. Las claves de la alternativa no pueden ser ajenas a las organizaciones políticas y sindicales. Pero estas dignísimas e imprescindibles organizaciones hay que renovarlas radicalmente. Voy a fijarme hoy no tanto en su estructura organizacional como en el ejercicio que hacen cuando llegan a las instituciones. Porque no hay que olvidar que lo que realmente incide en la vida de los ciudadanos son los actos de las instituciones y no los discursos de los políticos. Y, sin embargo, no oigo nunca a los partidos decir cómo ejercerán sus mandatos si llegan al poder. Sí que hablan de lo que harán… si pueden o si las leyes lo permiten o si las instituciones lo posibilitan. Muchos políticos llegan a las instituciones y siguen discurseando como si no estuvieran ya en el momento de aterrizar y traducir en actos, normas y resultados sus discursos anteriores. Sus fracasos en las instituciones frecuentemente los achacan al Secretario, Interventor o funcionarios en general, que “no colaboran en el logro de los objetivos políticos”. Pero lo que realmente sucede es que esos objetivos políticos no existen o no están bien formulados o bien secuenciados o bien programados.



Estoy hablando de la transformación de las instituciones españolas, del cambio que debe operar en su interior para que todas las excrecencias y corrupciones conocidas al rebufo de la crisis se conviertan, si no en imposibles al menos en excepcionales. Para ello hay que examinar dos vectores. Uno externo, el castigo de las leyes a los infractores y corruptos, que debe ser rápido y ejemplar, tanto por parte de los organismos judiciales y penales como por parte de las propias organizaciones a las que pertenecen. Y otro interno, el cambio político-técnico que debe darse al interior de las instituciones para que desde ellas se alcance con eficacia y eficiencia los objetivos previstos para la mejora de la sociedad y sus ciudadanos. Ambos vectores son imprescindibles, el primero para que la falta o delito de los cargos públicos nunca quede impune o salga excesivamente barato. Y el segundo, el más importante, porque sin una institución con visión estratégica que camine hacia el futuro desde parámetros socialmente avanzados, no hay posibilidad de desarrollo social.



Para conseguir este cambio o transformación institucional son más importantes los líderes institucionales que los orgánicos. Todo es necesario, movimientos sociales y partidos, pero la estrategia y el rigor institucional son imprescindibles si se quiere traducir la política en acción transformadora para la sociedad y los ciudadanos. Es curioso que tras 35 años de orden constitucional, no existe un modelo de Estado ni de Autonomía ni de Ayuntamiento. Curiosamente, el momento más “modélico” y planificado es el actual por su eficacia y eficiencia en la consecución de sus objetivos (nefastos, por cierto).



Los ciudadanos son la razón de ser de sus representantes políticos, especialmente en el caso de los concejales y alcaldes. Esta idea debe ser interiorizada y permanentemente revisada en su cumplimiento. Pero también hay que saber que la gestión institucional requiere de una gestión profesionalizada y compuesta por políticos y técnicos. La interrelación de ambos debe ser estrecha y cordial. Los dos sectores deben hacer confluir sus capacidades y dedicación en el logro de los objetivos políticos de la institución. Y el mejor instrumento para ello es la planificación estratégica de la institución, que no es otra cosa que la conexión inteligente del presente que tenemos con el futuro que añoramos. Y esto es válido tanto si gobiernas como si estás en la oposición. Porque la oposición pertenece dialécticamente al gobierno de la institución, ya que es la responsable de exigir a sus rivales políticos el cumplimientos de su programa, y no tanto la descalificación permanente.



Mariano Berges, profesor de filosofía







sábado, 21 de diciembre de 2013

¿ES EUROPA LA SALIDA DE LA CRISIS?


El problema teórico de la situación actual no es tanto de diagnóstico como de propuestas. No es agradable estar haciendo siempre de agorero y que no asome una ligera esperanza en el horizonte. Pero es profunda deshonestidad intelectual hablar de que la crisis se acaba. Decía J. Barnes que “Para obtener una reputación de lucidez hay que ser un pesimista que predice un final feliz”. No me atrevo yo a tanto. La globalización financiera de los mercados es tan abrumadora que los discursos progresistas, en su más amplio espectro, no transcienden la retórica.
No obstante, vamos a intentar cumplir con una mínima ética analítica y forzar alguna esperanza. ¿Es Europa la palabra clave? Actualmente, hay socialismo en los gobiernos de Alemania, Italia, Francia y no muy tarde posiblemente en Inglaterra. ¿España también? Ojalá. Estamos hablando de los principales países europeos y, sin embargo, no hay ninguna garantía de algún cambio positivo y significativo en el cambio de rumbo. ¿Se ha convertido Europa en una región irrelevante en la nueva globalidad? ¿Tiene Europa margen de maniobra para aplicar políticas distintas al neoliberalismo imperante? Ya sé que son muchos interrogantes, pero esta vez no son retóricos sino reales. La pregunta está bien hecha. La respuesta la ignoro.
Esta situación se parece mucho a la época alejandrina que surge en Grecia en los siglos IV y III a. C. Los griegos pasan de ser ciudadanos de la ciudad-estado ateniense a ser súbditos del imperio alejandrino. Los nuevos pensadores abandonan las grandes cuestiones para refugiarse en la individualidad ética. La política queda aparcada. La magnitud del imperio alejandrino hace imposible cualquier intento de influir en la nueva sociedad. El Jardín de Epicuro y la Stoa de Zenón son las nuevas escuelas. Actualmente, en España, estamos transitando de la condición de ciudadanos a la de súbditos, y además sospechosos (cf. Ley de Seguridad). La individualidad del sálvese quien pueda cada día es más palpable, a pesar de la escenografía benefactora que hemos montado, a la manera de cuidados paliativos que hacen menos sufriente la agonía. Hemos pasado del Estado de bienestar al Estado de beneficencia.
Hoy no toca hablar de la etiología de la crisis en España, por obvia y reiterada. Hoy propongo pensar en todo lo que tenemos pendiente: democratización de los partidos políticos, lucha contra la corrupción, defensa de lo público, igualdad de todos los españoles, regeneración de las instituciones y mejora de su gestión. En definitiva, cómo salir de las crisis varias que nos rodean. Todo ello se conseguirá más eficazmente con una mayor integración europea. Al menos, éste era nuestro horizonte político hasta ahora. Pero, ¿qué Europa nos espera? Los españoles, tras la dictadura, hemos conocido dos Europas: la primera es la incipiente y prometedora Europa de los años setenta y ochenta, que los españoles mirábamos con asombro y sana envidia y la percibíamos como la solución a todos nuestros males; la segunda es la que surge tras 1989 (caída del muro de Berlín y consiguiente monopolio capitalista) y que prosigue en la actualidad. Los objetivos que hoy se plantean pasan más por el control de los mercados financieros que por la puesta en marcha de un pacto europeo por un modelo social avanzado. Europa hoy es más económica que política. Para los españoles de hoy, Berlín o Bruselas son más decisorias que Madrid. Y las relaciones entre los Estados de la UE son más de tipo colonial que federal, con la consiguiente pérdida de su vertebración política, pues el poder radica fundamentalmente en el BCE.
¿Se decidirá Alemania, con su flamante y fuerte gobierno de gran coalición, a ejercer la hegemonía europea con decisión y generosidad? ¿O seguirá actuando más por omisión que por decisión? Sin duda, era más eficaz el eje franco-alemán de los ochenta que la soledad alemana actual. En definitiva, la ausencia de un liderazgo firme e integrador en Europa esta ralentizando y tergiversando el espíritu inicial de la UE, aquél que aspiraba a la configuración de los Estados Unidos de Europa.
Para finalizar, conecto con lo dicho en el segundo párrafo: la presencia actual del socialismo en los gobiernos de los principales países europeos debería suponer un salto cualitativo en la configuración política de la UE en pos de una dimensión social de la que ha carecido hasta ahora. Algo parecido a esa Europa que era Idea, Sueño y Proyecto en sus inicios. De lo contrario, la esperanza se habrá esfumado definitivamente y la ruptura de Europa y del euro se percibirá como la única posibilidad de supervivencia. Como en la época alejandrina.
Mariano Berges, profesor de filosofía


domingo, 8 de diciembre de 2013

LA CONSTITUCIÓN, EL PSOE Y CATALUÑA


La Constitución española (CE) de 1978 es la más democrática de todas las que ha tenido España. Por el fondo y por la forma. El Título I, de los derechos y deberes fundamentales, es una espléndida síntesis de los derechos humanos y sociales más avanzados. La forma consensuada de su elaboración, el clamoroso resultado de la votación en el Parlamento y el Referéndum del pueblo español dan fe de la forma solemnemente democrática con que se aprobó. El ejemplar proceso de su elaboración no es ajeno a la ruptura con los cuarenta años de dictadura franquista. Los españoles añoraban una constitución democrática y la tuvieron en plenitud. Pero la crisis que nos invade, y su malestar generalizado, propicia tambores de guerra en muchos campos. Y el texto constitucional se instrumentaliza por muchos para solventar unos problemas que son claramente políticos y no tanto constitucionales, especialmente en todo lo relacionado con el Título VIII, de la organización territorial del Estado.

Si observamos la pluralidad de opiniones, de juristas, políticos y todo tipo de expertos, vemos que los hay en ambas posiciones, por un lado los que abogan porque la CE tiene ya 35 años y que los cambios en la sociedad han sido tan numerosos e importantes que necesita una adaptación. Y efectivamente, hay motivos razonables para pensar que ciertos aspectos de la Constitución deben ser modificados, porque algunas instituciones políticas acusan desde hace años notorios defectos que exigen cambios profundos. Hay casos claros: ciertos aspectos de las autonomías territoriales, el sistema electoral o la injerencia política en el poder judicial. Por el contrario, hay otros expertos que argumentan que no es necesaria modificación alguna y que las disfunciones que haya se pueden paliar con modificaciones legales sin tocar el texto constitucional.

A todo ello hay que añadir los amagos separatistas de Cataluña como órdago de una inicial postura reivindicativa de mayores recursos económicos (el pacto fiscal). Ante el ruido mediático que rodea toda la parafernalia nacionalista catalana, los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, han tomado posiciones porque a los dos les está afectando electoralmente la deriva del estallido catalán. El PP se recentraliza en su silencio negador de cualquier diálogo que haga sospechar la mínima duda sobre su oposición al intento secesionista. El PSOE tiene un añadido que se superpone al relato central, ya que el PSC, su marca en Cataluña, navega por aguas ambiguas, con el “derecho a decidir” por bandera. En consecuencia, el propio PSOE se divide internamente sobre la relación orgánica con su marca catalana, dada la debacle actual del PSC en los sondeos electorales y su fuerte incidencia para que el PSOE pueda gobernar mañana en España.

Como solución, el PSOE adopta una postura intermedia: una reforma federal de la Constitución que solvente de una tacada el modelo territorial, el problema catalán y hasta ciertas carencias que la crisis ha aflorado, como el blindaje de la sanidad como derecho básico. De esta manera, el partido socialista piensa salir de su estancamiento electoral y tomar la delantera progresista. Indudablemente será la base de su próximo programa electoral. Y sería maravilloso que todos los partidos españoles, una vez solventadas todas las crisis que nos afectan, se pusieran manos a la obra en la tarea pendiente de modificar la CE, con serenidad y tiempo por delante. No es urgente. Siempre que no haya chantajistas que jueguen con las urgencias.

No cabe duda que la jugada es de alta calidad. Pero el problema viene por el lado de su viabilidad. ¿Es serio que un partido con vocación de gobierno proponga algo actualmente inviable en la vida política española como es una modificación en profundidad de la CE? En medio de tanta incertidumbre, aporto mi humilde opinión: abogo por dejar a la Constitución tranquila y centrar nuestras energías en mejorar la eficiencia de las administraciones, de los bancos, de las empresas y de los ciudadanos, que eso y no otra cosa es el meollo de nuestra crisis. En estos momentos, el problema más urgente e importante es propiciar un rigor económico e institucional a este país que se desangra por su propia ineficiencia. Además, el problema principal que tiene nuestra Constitución no es por déficit de contenido sino por incumplimiento en aspectos esenciales: trabajo, vivienda, igualdad… Nos quedaría el problema catalán. Recuerdo que el problema vasco era más sangrante, en su propia literalidad. Y se solucionó. Bueno, pues que los catalanes aguanten su vela, su cruz y su responsabilidad. Que hablen entre ellos (políticos y sociedad) y que piensen los dos partidos más negativamente afectados (CIU y PSC) si no están haciendo el caldo gordo a separatistas y centralistas.

Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 23 de noviembre de 2013

Dos años de gobierno conservador Los movimientos sociales reivindican volver al momento dulce de los gobiernos socialistas anteriores a la crisis


La politología es árida, tanto para el que escribe como para el que lee, si no se tiene una mínima predisposición hacia ella y, sobre todo, si no se cree en lo público. Los españoles solemos hablar mucho de política en bares y peluquerías, pero debatimos poco con argumentos. Y hay opiniones para todos los gustos. Sin embargo, los hechos políticos son más claros y tozudos. Esquemáticamente hablando, los hechos van en dos direcciones, los que benefician a unos pocos y los que redistribuyen para la mayoría. Para armonizar todas las opiniones sirve la política, que no es más que el debate de las ideas humanas sobre la organización de la convivencia social.


Han pasado dos años y medio desde el 15-M, una movilización social contra el poder en general y reivindicando la participación ciudadana en la política. Pero todo ello se desarrolló instalándose en la antipolítica. Iban contra los partidos políticos y los sindicatos en exclusiva, sin mencionar a los auténticos causantes de la crisis. A ello se sumó cierta izquierda acrítica a la que no afecta mucho la crisis. Entonces, el poder estaba detentado mayoritariamente por el PSOE, por lo que fue el partido que pagó en sus carnes toda la virulencia antipolítica de los flujos izquierdistas del momento. Si a ello unimos la fecha fatídica del 12 de Mayo de 2010, con la intervención de Zapatero en el Congreso, más la posterior modificación de la Constitución, a instancias del propio Zapatero a Rajoy, que sonrió por el trabajo sucio que se ahorraba, estamos poniendo marco a la hecatombe que tuvo lugar para la izquierda en el año 2011. Primero en las municipales y autonómicas de Mayo y luego en las generales adelantadas de Noviembre. Hubo mucha abstención en la izquierda y la derecha aprovechó el regalo que se le ofrecía en bandeja.

¿Valió la pena todo aquello? No cabe duda de que las protestas movilizaron a una apática juventud y pusieron en cuestión muchas actitudes políticas del poder en general, de la izquierda en particular y del PSOE en especial. Pero lo que ha pasado en España durante estos dos años ha ido más lejos de lo que todos, incluso los votantes del PP, podían esperar. La regresión en derechos sociales, la terrorífica Reforma Laboral y la nueva Ley de Régimen Local son tres ejemplos contundentes que han traído como consecuencia un empobrecimiento material, político y social en la sociedad española, con una profundidad y un ritmo tan vivo que costará mucho remontar. Aunque no lo reconozcan explícitamente, los movimientos sociales actuales están reivindicando volver al momento dulce de los gobiernos socialistas anteriores a la crisis.

Crisis, he ahí la palabra mágica que explica todo. Lo explica tan bien que los causantes de ella son los grandes beneficiados de la misma. Y, además de los damnificados españoles, el principal hacedor del incipiente Estado de bienestar español (el PSOE) aparece como el gran perdedor de la ínclita crisis. Sin embargo, los versos de Bob Dylan, Los tiempos están cambiando. La respuesta está en el viento, siguen siendo válidos cuarenta años después. Es el viento de la historia lo que hay que escrutar y no los meros hechos puntuales de cada momento. La dialéctica procesual debe imponerse a la ontología del momento, de lo contrario siempre iremos detrás de los acontecimientos y de los manipuladores de los mismos. Hay que salvar cierto espíritu de los movimientos y mareas que quedan y se la juegan todos los días. Los partidos de izquierda deben estar junto a ellos y deben traducir políticamente, y posteriormente en normativa, toda la injusticia social que ahí se denuncia. Las reivindicaciones directas y asamblearias son una especie de termostato de la temperatura social que los partidos de izquierda deben saber leer y, sobre todo, traducir. De lo contrario, toda la movilización engordará al PP, que es lo que ha sucedido hasta ahora.

Po ahí tiene que ir la estrategia de la izquierda, el PSOE como partido catalizador e IU como aliado necesario. El anticomunismo de cierto socialismo y el antisocialismo de cierto comunismo deben finalizar. En primer lugar porque los términos socialismo y comunismo han evolucionado y fundamentalmente indican un punto de partida histórico. Sin pretender hacer ningún paralelismo, recuerdo una irónica frase de Vázquez Montalbán que decía que este país se dividía en dos grupos, ex-rojos y ex-azules. La transformación conceptual y real de nuestro mundo globalizado, para bien y para mal, es tan impresionante que hay que sentarse a pensar y volver a crear nuevos conceptos y nuevas realidades. Nuestra conexión con el futuro (estrategia) debe motivar más nuestras actitudes que lo que pasa en la actualidad, que puede ser mera coyuntura del presente.

Mariano Berges, profesor de filosofía







sábado, 9 de noviembre de 2013

POLÍTICA Y ESTRATEGIA




La toma de decisiones de las organizaciones políticas son importantísimas en estos momentos, ya que las consecuencias derivadas pueden ir desde la consolidación del modelo social neoliberal ya iniciado con el PP hasta la reconquista del Estado de bienestar que tan solo vislumbramos y que funcionó como una ráfaga más virtual que real.



Pero para situarnos bien hay que fundamentar algunas verdades básicas en el tiempo y en el espacio. No en todos los sitios se actúa igual y tampoco se tienen las mismas posibilidades. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que fue la segunda fase de la Primera, con el ensayo de la Guerra Civil Española, Occidente supo y aceptó que su bienestar dependía de la explotación del tercer mundo. J. P. Sartre lo expuso claramente en el Prólogo de “Los condenados de la tierra” de F. Fanon, con gran escándalo de la progresía europea de los años sesenta y setenta. A partir de los setenta hubo un pulso muy fuerte (“guerra fría”) entre el Este comunista y el Oeste capitalista. En medio estaba la inteligencia occidental de izquierdas, sin un espacio claro y con viajes de ida y vuelta. Stalin, Mao y Castro fueron los ídolos fugaces del momento, objeto de adhesiones inquebrantables y de repudios también inquebrantables. Las contradicciones de la izquierda europea todavía están sin solventar, ni en la teoría ni en la acción.



Pues bien, el momento actual no es más que el resultado lógico del “fracaso” del comunismo y del “triunfo” del capitalismo. Se intentó una síntesis socialdemócrata que duró lo que duró, y que algunos la consideran una especie de “levedad del ser” para acallar las malas conciencias de las izquierdas vivientes en los países occidentales. Normalmente, el triunfo de una parte se basa en el fracaso de la contraria, y viceversa. El fracaso de la implantación del socialismo o comunismo en una parte del mundo fue debido al anquilosamiento de la oligarquía política y económica (“nomenclatura”) hasta su autodestrucción. Muchas veces elucubro qué hubiese sucedido en el mundo comunista con una cierta libertad de pensamiento y de mercado. O qué hubiese sucedido si la experiencia de Allende en Chile no la hubiera truncado tan rápidamente la CIA americana. Lo que parece claro es que el poder real y económico del mundo siempre ha actuado de la misma manera aunque con formatos distintos. En definitiva, siempre se trata de lo mismo, de que unos pocos exploten a los muchos y que éstos discutan entre sí las responsabilidades culposas. Estoy convencido de que el Marx sociólogo volverá a ser leído e interpretado de otra manera a como lo hizo la oligarquía comunista.



Este fin de semana, el PSOE, el partido teóricamente catalizador de la izquierda española, celebra una Conferencia política para rejuvenecer su discurso y su praxis políticos. ¿Quiénes lo van a hacer? ¿Los cargos públicos que llevan varios trienios y quinquenios en el poder? Es prácticamente imposible que desde el poder se elaboren alternativas al poder. También ha aparecido un documento público en el que varias personas de IU y adyacentes se han ofrecido al PSOE para ayudarle a regenerarse. Me parece patético y un escarnio a todas las gentes que están intentando, desde sus posiciones, que haya luz al final de este negrísimo túnel.



El problema de las organizaciones políticas es muy difícil de solventar (tesis reiterada hasta la náusea), pues muchas de las personas que están al frente de ellas están impidiendo la solución con su mera presencia, ya que se trata de una renovación total de personas, ideas, discurso, métodos y praxis. Un partido político es una organización de la máxima importancia para la sociedad. Y, sin embargo, a ninguno se le ha ocurrido hacer lo que hacen la mayoría de las empresas, un Plan Estratégico de su actividad. O dicho de otra manera, incorporar el concepto de gestión en su desarrollo. Un Plan Estratégico puede ser la mejor herramienta para un nuevo modelo político, ya que la planificación estratégica es un método eficaz que permite desarrollar un proceso a través del cual los miembros de una organización visionan y crean su futuro, diseñando y poniendo en marcha los procedimientos necesarios para alcanzarlo. La planificación es un concepto profundamente operativo que se opone a la improvisación y que opera con ideas, que es lo más opuesto a las ocurrencias. La planificación se escribe, y la escritura ata el pensamiento, que de lo contrario se diluye y se esteriliza.



Para los directivos de cualquier organización, económica o política, mirar al futuro es una obligación. Si no se hace es porque no se sabe hacer. Peter Drucker dice que no se trata de adivinar el futuro sino de entender las conexiones entre el presente y el futuro que se quiere construir. Ése es el germen del pensamiento estratégico.





Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 26 de octubre de 2013

Reivindicación de la subjetividad Hay que evitar esa nostalgia estéril que solo produce melancolía; dejar de pensar en los buenos tiempos


Algunos amigos tienen la buena costumbre de comentar-valorar-criticar mis artículos. A todos escucho, lo agradezco y tengo en cuenta lo que dicen. Muchos suelen coincidir en que especulo bastante y concreto poco. También hablan de mi sesgo socialista o que mi temática toca poco la vida cotidiana. Voy a usar esta entrega para explicar mi perspectiva.



En primer lugar, mi deformación profesional me lleva siempre a pensar en lo variopinto de los posibles lectores. Y aunque procuro trabajar la síntesis, los 4.500 caracteres del artículo dan para pocos matices. De ahí las frecuentes preguntas retóricas, cuya respuesta ya sé pero que sustituyen a largos análisis y contraanálisis. Porque un artículo da poco de sí. Los míos intentan ser un mínimo espacio-tiempo de reflexión en un fin de semana. No aspiro a más. Ni a menos.



Respecto a mi perspectiva, uno es lo que es: la síntesis de mis condicionamientos circunstanciales y mi personal esfuerzo de búsqueda. Mi pesimismo intelectual y mi optimismo de la voluntad no suponen una contradicción sino una combinación de objetividad y subjetividad, según mi leal saber y entender. Pienso que no existe la objetividad total, que lo ético es operar cada uno desde su subjetividad y abierto siempre a las subjetividades de los demás. Solo desde mi subjetividad puedo hacerme entender y solo abriéndome a otras subjetividades puedo enriquecerme personalmente y evolucionar en mi conocimiento.



Cuando analizo la situación actual, lo hago, lógicamente, desde mi perspectiva. Ya he dicho otras veces que se trata de una crisis sistémica y como tal no es coyuntural sino que exige un cambio de paradigma para su comprensión y para posicionarse en el nuevo modelo. El monopolio capitalista presente como único poder fáctico frente a la dialéctica capitalista-comunista anterior hace que los viejos instrumentos (partidos, sindicatos y todo tipo de organizaciones) y sus viejas soluciones ya no sirvan. El gran problema es que solo los centros neurálgicos del capital tienen claro qué hacer. No porque sean los más inteligentes sino casi por lo contrario, porque unen en su decisión una enorme simplicidad filosófica (acumular poder y riqueza) con una enorme capacidad de intervención, debido a la globalización y a la nula incidencia de las políticas potencialmente alternativas.



¿Qué hacer? (pregunta aparentemente sencilla pero que contiene toda una estrategia). Estamos ya cansados de leer y oír todos los días distintas formulaciones de lo mismo, o sea, nada. Quizás sea éste un momento claramente kantiano, reconociendo el valor de la razón pero poniendo límites a sus exageradas pretensiones. Sus tres preguntas radicales: ¿Qué podemos conocer? ¿Qué debemos hacer? y ¿Qué nos cabe esperar? son perfectamente aplicables al momento presente. En primer lugar, hay que analizar, sin demagogia, qué esta sucediendo. Análisis nada fácil por los distintos intereses y prejuicios que todos tenemos. No obstante, es imprescindible tener un diagnóstico correcto y lo más objetivo posible de lo que (nos) pasa. En segundo lugar, hay que analizar también nuestra capacidad de incidir en mejorar la situación. Lejos de activismos estériles que solo sirven para tranquilizar falsas conciencias, la manera más efectiva de intervenir en la transformación social es tratar de modificar el sentido de la dirección desde nuestros conocimientos y desde nuestra profesionalidad. Hacer converger todas las energías positivas en la misma dirección. Con método y con estrategia. Y, en tercer lugar, solo podemos esperar lo que es viable, nunca aquello que esté fuera de nuestras posibilidades. Si la enfermedad actual es tan grave que no hay terapia posible (o en estos momentos no somos capaces), al menos procuremos unos cuidados paliativos que dignifiquen la vida.



Hay que evitar esa nostalgia estéril que solo produce melancolía. Hay que dejar de pensar en los buenos tiempos que ya pasaron y prepararnos mentalmente para el doloroso ajuste. Porque “aunque nada pueda hacer volver los días de esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos porque fuerza hallaremos en lo que aún permanece” (Hojas de hierba, W. Whitman). En definitiva, todos debemos adaptar las expectativas y las decisiones a los nuevos tiempos. Pero todos, ciudadanos a los que no les queda más remedio, pero también élites dirigentes y políticos en ejercicio, que tienen la obligación de marcar la dirección correcta a la sociedad. Porque la crisis tiene algo positivo: haber mostrado la verdadera naturaleza de un sistema cerrado y corrupto que sin cambios profundos se descompone.



Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 13 de octubre de 2013

Los PGE, paradigma y símbolo Montoro considera, frente a la realidad, que los Presupuestos Generales del Estado tienen carácter social


 El presupuesto anual es la expresión más significativa de la voluntad política de un gobierno. Es la más fiel traducción de la teoría política a la práctica cotidiana. "Presupuestos de la recuperación y con marcado carácter social", dice Montoro de los Presupuestos del Estado para 2014. No dirán lo mismo 29 millones de personas, entre empleados públicos, pensionistas y parados y el 80% de asalariados que seguirán perdiendo poder de compra (seguramente irrecuperable) en 2014. Y lo que es más grave, no serán los padres los más perjudicados, aún habiendo devaluado un 20% su salario unos y habiendo perdido el trabajo otros. Por primera vez los hijos van a vivir peor que sus padres. Eso los afortunados. Otros hijos no van a encontrar un trabajo mínimamente digno. Estos presupuestos prosiguen la castración del desarrollo material y mental de las próximas generaciones. Y, sin embargo, las calles no explosionan. Hay muchas manifestaciones, pero perfectamente asimiladas por el poder. Es el milagro de la "sagrada familia" como colchón protector de pobres desamparados. Cuando el manto protector de la sagrada familia desaparezca, los pobres desamparados permanecerán y posiblemente explotarán. ¿Será ya tarde?


LA DEUDA PÚBLICA española es del 92,2% del PIB (943.000 millones de euros), cuando hace 5 años era menos de la mitad. Y ya no se puede recortar más sin peligro de asfixiar a la enferma sociedad. Parece evidente que el problema fundamental no está en los gastos sino en la injusta política fiscal y en la megalománica estructura del Estado español. En cualquier caso, estamos ante una deuda imposible de pagar, que acabará siendo parcialmente condonada con contrapartidas políticas en la línea neoliberal de los últimos años. Como ha sucedido con la financiación de las cajas y bancos.

Por otro lado, según las encuestas, el PP baja en los sondeos electorales, el PSOE no sube, IU y UPD suben poco. ¿Quién gana? La depresión colectiva y el fracaso como sociedad. Pero al final, las frías matemáticas podrían dar la victoria otra vez al PP, con lo que se verían respaldados en su nefasta política llevada a cabo en los cuatro años anteriores. Que, aún en la situación en que estamos, el PP vuelva a ganar en las urnas, nos hace volver la mirada hacia el PSOE como principal partido de la oposición, incapaz de remontar y recoger votos de los que el PP va perdiendo. Siempre el partido de la oposición lo ha tenido más fácil en coyunturas difíciles por el simple hecho de no gobernar. Pero en nuestro caso no es así. La sociedad española todavía no ha perdonado al PSOE la política errónea del segundo mandato de Zapatero. Y no solo eso, sino que la corrupción tampoco le es ajena, aunque no con la intensidad del PP.

PERO LO QUE HAY que analizar es el modelo social que, con todos sus errores, la socialdemocracia ha configurado y que el PP en dos años va destruyendo a un ritmo trepidante y posiblemente irreversible. El paro, la desigualdad, la pobreza, la crisis institucional y, sobre todo, la percepción ciudadana de que todo es empeorable, no es algo achacable al gobierno anterior, sino cosecha propia conservadora. Sin embargo, nada de esto está siendo capitalizado por los socialistas en expectativas de voto. Es más, Rubalcaba es peor calificado que Rajoy en las encuestas. Quizás sea este el efecto más tangible de la atmósfera 15-M y otras colateralidades. Sin duda fue un aldabonazo en la conciencia colectiva y movilizó a una juventud conformista. Pero sus consecuencias han ido más allá de la voluntad de sus protagonistas, incluso contra ella. El resultado fue un aumento notable de la abstención, un duro castigo al PSOE, y la instalación en el poder de gobiernos profundamente regresivos. No puedo menos que recordar la abstención de los anarquistas españoles que dieron lugar al bienio negro en 1934.

La pregunta básica es ¿Por qué Rubalcaba, político inteligente y persona íntegra, no supera en las encuestas el mínimo histórico electoral y, por lo tanto, no es un buen candidato? ¿De qué estamos hablando, de nombres o de proyecto? Los próximos días 8, 9 y 10 de noviembre celebra el PSOE su esperada conferencia política, la que tendría que elaborar el discurso socialista del siglo XXI e iniciar la regeneración ética y política de la socialdemocracia española. El peligro está en que el ruido mediático de los sondeos se oiga más que las ideas. El cambio social que este país va a necesitar, tras el gobierno de la derecha, requiere de una amplia mayoría social, política y electoral. Y esto pasa por la socialdemocracia como eje fundamental. Solo con una política común de mínimos progresistas, y con unos candidatos creíbles y capaces, el ciudadano español podría volver a confiar en la política.



Profesor de Filosofía