sábado, 28 de septiembre de 2013

El proyecto de reforma local del PP Está en juego el nivel de la calidad de los servicios públicos más cotidianos




El proyecto se ha presentado como un intento de racionalizar el sector local, eliminando duplicidades e ineficiencias entre distintas administraciones, limitando el número de cargos y asesores y persiguiendo un mayor control de su gestión. Esta es la literatura del texto oficial. Sin embargo, en mi opinión, lo que persigue realmente son dos objetivos claramente políticos: 1) El desmantelamiento de lo público. Tras la sanidad-educación-servicios públicos, le toca el turno a la subsidiareidad municipal. Los ayuntamientos han llegado siempre a las situaciones más apremiantes de sus ciudadanos, aun sin competencias ni obligaciones. Simplemente porque eran sus ciudadanos. Ahora eso estará prohibido. 2) Introducir la gestión privada en los servicios públicos. Y aún habría un tercer objetivo, la justificación ante las instituciones de la Unión Europea que España camina efectivamente hacia la puesta en marcha de reformas institucionales de carácter estructural y que, además, estas comportarán un considerable ahorro del gasto público: 7.129 millones de euros en el trienio 2013-15. Ahorro más que dudoso en su ejecución, y que, si se cumpliese, el 97% (6.911 millones) se usarían para supresión de servicios mediante "clarificación de competencias, eliminación de duplicidades y reducción del sector público local". Lo de la reducción en alcaldes y asesores es calderilla.

La reforma plantea limitar las competencias y servicios que pueden prestar los municipios, la prohibición de ejercer actividades distintas de las que expresamente se les atribuyan y la supresión de municipios que no alcancen un determinado umbral de población, convirtiendo a las diputaciones provinciales en el eje de la prestación de los servicios locales. Es decir, se pretende suprimir los pequeños municipios, que constituyen la administración más cercana y sensible a las necesidades de sus habitantes, para entregar sus competencias a las diputaciones provinciales. A los ayuntamientos que queden se les recortan competencias y, en último término, se les impide suplir con su actividad las carencias de los servicios prestados por otras administraciones. Este es el primer objetivo estratégico de la reforma: impedir que los municipios, diversos y menos manejables que otras instituciones, puedan seguir jugando uno de los papeles que históricamente han venido desempeñando, el de suplir las carencias de los servicios prestados por otras administraciones. O sea, el brillante papel de subsidiareidad que han jugado históricamente.

El procedimiento previsto para la aplicación de la ley es radical: los sectores de sanidad, educación y servicios sociales quedan vedados a los ayuntamientos. ¿Y qué ocurrirá con las actividades y servicios que dejarán de prestar los ayuntamientos? La respuesta a esta pregunta nos conduce al segundo gran objetivo de la reforma: pasarán a manos de la iniciativa privada. La exposición de motivos del anteproyecto de Ley enuncia este objetivo sin el menor pudor: "-las entidades locales no deben volver a asumir competencias que no les atribuye la Ley...", "-se suprimen monopolios municipales heredados del pasado y que recaen sobre sectores pujantes en la actualidad".

No menos importancia tiene la desaparición política de miles de pequeños núcleos rurales y Entidades Locales Menores que pone en peligro el futuro de los bienes públicos comunales que actualmente administran. Se estima que la enajenación de los mismos podría afectar a 3,5 millones de hectáreas, con un valor que podría rondar los 21.000 millones de euros.

El proyecto de ley culmina un proceso de marginación política del gobierno local. Se convierte a la institución política más próxima al ciudadano en una pura referencia administrativa con unas competencias muy reducidas y con una dependencia casi total de las instituciones superiores. Y, como consecuencia, está en juego el nivel de la calidad de los servicios públicos más cotidianos, nuestra capacidad de decidir sobre los mismos y, sobre todo, el precio que tendremos que pagar por ellos.

Curiosamente, con esta ley las diputaciones provinciales pasarían de ser consideradas casi obsoletas a constituir el eje de las competencias municipales. Su papel anterior de asistencia a los municipios era cuestionado por muchos y ahora pasa a ser el suplantador de las competencias municipales. Según M. Zafra, "el proyecto deshace la configuración constitucional de la provincia como agrupación de municipios y la realza como división territorial para el cumplimiento de los fines del Estado". Cuando lo necesario era un pacto de Estado que dignifique el gobierno local y le permita la autofinanciación.



Profesor de Filosofía



sábado, 14 de septiembre de 2013

Defensa de la política (y III) Lo que se está cuestionando no es solo el sistema de partidos sino la propia representación democrática

Tras el planteamiento y desarrollo de la cuestión, en esta tercera entrega intentamos elevarnos a los conceptos, clarificando la esencia de la democracia, en cuya defensa trabajamos y razonamos. Sin embargo, es difícil decir ideas nuevas sobre casi todo. Los prejuicios que cada uno tenemos antes de leer o escuchar, hacen que solo veamos correcto aquello que ratifica nuestros propios criterios y tildemos de erróneos los que discrepan de nuestras opiniones previas. Sócrates pensaba que cuando el otro nos vence en una discusión, lejos de sentirnos derrotados, deberíamos estar agradecidos porque nos ha introducido en una nueva perspectiva que enriquece nuestro proyecto personal: hemos transitado del error a la verdad. Si algo ha demostrado la crisis es la supeditación de lo político a lo económico, cuando lo correcto y lo conveniente para la sociedad es justamente lo contrario, puesto que a los cargos políticos los elegimos libremente y no así a los económicos. Si a ello añadimos que la economía actualmente es global y lo político, local, la contradicción y los perjuicios son aún más graves, pues una parte importantísima (la economía) cae fuera de nuestro control y la otra (la política) se convierte en irrelevante. Si esta inversión de roles sigue funcionando durante mucho tiempo, la democracia está en peligro y las fantasmales fuerzas del mercado se apoderan de todos los resortes que inciden en las sociedades desarrolladas, a las que intentan asemejar a las sociedades de los países emergentes, de menor desarrollo social. La competitividad económica se fortalece a costa de la vulneración de los derechos humanos. Todo ello, bien relatado en la línea de que "es algo inevitable", configurará una sociedad más pobre, más injusta, menos desarrollada y menos democrática. Pero más rentable para esos nuevos explotadores sin rostro que llamamos mercados. Todo esto sucederá a no ser que seamos capaces de invertir el pervertido orden de poderes, y sea la representación política la que controle y disponga sobre los mercados. Para ello, la política, sin dejar de ser local o nacional, debe crecer en la dimensión global. Hablamos de Europa, de occidente, del mundo. Y en esta misma línea, los representantes políticos deben interiorizar y convencerse de que ostentan la representación de ciudadanos-personas y no de esas entelequias denominadas fuerzas de mercado. Y un representante político debe tomar decisiones, porque la política es creativa y se basa en unos valores que configuran unos objetivos, que no son más que la satisfacción de las necesidades sociales, en un orden preferencial en función de las disponibilidades económicas. No nos debe extrañar, pues, la desafección política ciudadana hacia unos representantes que "no pueden cambiar el orden de las acontecimientos". Si esto realmente fuese así, habría desaparecido la política, el más hermoso y digno de los saberes humanos. Y si nos instalamos en este nihilismo político, estamos abocados a una situación de suma gravedad, porque no existe alternativa al sistema de representación política. La alternativa sigue siendo política, pero una nueva política donde la conexión de la representación política con la sociedad se refuerce en grado sumo, de manera que la soberanía popular nunca pierda la consciencia de que es ella el origen del poder, y siempre la detentadora de ese poder. El partido político cuyo armazón programático fuese éste, y estuviese encarnado en personas con credibilidad para ejercerlo, se convertiría en el eje articulador del sistema. Porque la gravedad es tal que no se trata de ganar elecciones o poder, sino de dar credibilidad a un sistema de representación política y de regenerar las instituciones. El cortoplacismo endémico de todos los partidos los condena a la ruina, a ellos y a todos nosotros. Pero ¿serán los partidos políticos capaces de transformarse para evitar su propia desaparición? ¿Pueden ser los mismos que controlan los instrumentos de decisión los que generen el cambio de modelo? Porque lo que se está cuestionando no es solo el sistema de partidos sino la propia representación democrática. Es lo que llamamos crisis institucional. Porque si hoy día los parlamentos no son ni cámaras de representación ni de debate ni de control, ¿qué son? El problema grave es que estamos ante un modelo que se agota pero cuyos elementos claves no precipitan la crisis final y, por lo tanto, imposibilitan la aparición del nuevo modelo. Indudablemente, la crisis económica cataliza y radicaliza todo. Pero el problema de la crisis, puede transformarse en una oportunidad para la calidad democrática y la regeneración institucional. Profesor de filosofía

sábado, 31 de agosto de 2013

Defensa de la política (II) El mal que los políticos han causado a España ha sido más por ineficacia que por corrupción

En el artículo anterior exponía mi tesis de que la percepción de la corrupción política estaba exacerbada por la crisis actual, y que esta estaba siendo aprovechada por la nueva ideología de la globalización tecnoeconomicista para acabar con la política democrática y progresista, bajo la idea subrepticia de que "los políticos son todos unos corruptos" y "cuanta menos política, mejor". Los nuevos caudillos populistas están esperando a la puerta. Ante esta situación, hoy más que nunca hay que distinguir entre partidos de izquierda y de derecha. Los partidos de derecha consolidan la idea de que la política sobra, pues no son más que la representación formal de los poderes fácticos tecnoeconómicos. Pero el problema se agudiza si los partidos de izquierda hacen una política de derecha. Entonces el caos es total y la idea de que la política sobra adquiere fundamento. Paradójicamente, la izquierda puede y debe salir fortalecida de esta crisis. No solo porque terminen radicalmente con la corrupción en sus filas (condición "sine qua non") sino porque asuman de verdad una gestión pública eficaz, eficiente y transparente. Pero, para ello, los partidos de izquierda tienen que volver a contar con la sociedad civil si quieren superar la situación actual de deterioro económico, social y moral que sufre España. El mal que los políticos han causado a España ha sido más por ineficacia que por corrupción, más por omisión que por comisión, aunque la percepción general sea otra. Hace más daño público un político ineficiente que un político corrupto. Es más, la ineficiencia es la más básica de las corrupciones. Aunque el coste económico de la corrupción es alto (el 1% del PIB en España), el coste de la no-acción y la no-gestión en la Administración Pública es muy superior. La lucha contra la corrupción política tiene que partir de una voluntad real de los propios partidos: desde el finiquito total a las financiaciones ilegales o irregulares a la expulsión de cualquier miembro con indicios serios de corrupción. Si es necesario, háganse leyes que garanticen una financiación justa y suficiente para los partidos, pero que sea algo público y transparente y acaben con la hipocresía de que los partidos no consumen recursos. La democracia, aunque cara, es mucho más barata que la dictadura y, desde luego, mucho más productiva para el bien común. Los partidos deben luchar realmente contra la corrupción y generar los resortes pertinentes para preverla y evitarla. En esta línea de eficiencia, los partidos deberán proveerse de candidatos honestos y capacitados para las instituciones, lo que casa mal con el clientelismo interno y orgánico de los mismos. Esta es la única manera de volver a conectar con la sociedad civil, donde los individuos no saben ni quieren saber de las artimañas y picaresca orgánicas partidistas, y que traducen el hacer político por los servicios que reciben de la Asdministración. La clásica disputa entre democracia representativa y democracia directa adquiere en nuestros días un nuevo sentido. Cada vez existe más demanda de creación de espacios de participación política que, sin llegar a cuestionar el modelo de la democracia representativa, buscan un mayor protagonismo de los ciudadanos a través de la puesta en práctica de mecanismos de democracia participativa y deliberativa. Crece el rechazo social contra la política tradicional a través de nuevos movimientos que reclaman una democracia real frente a la democracia que poseemos y que denominamos representativa. Se trata de un ataque directo a la línea de flotación del modelo. Como síntesis de todas las posturas, pienso que, hoy más que nunca, se hace necesario llevar a cabo una defensa de las capacidades democráticas que posee la representación política, pero reforzando el modelo con más participación y deliberación social, pues si la endogamia es siempre perniciosa, la endogamia política es letal. En definitiva, la crisis de los partidos solo se superará cuando haya mejores partidos. Hay que trabajar por mejorarlos pero nunca por destruirlos. El objetivo de los partidos políticos en una democracia constitucional es representar y configurar la voluntad política de un país. Y su característica fundamental es la organización, que no es otra cosa que el arma de los débiles contra el poder de los fuertes. Pero la democracia no solo se alimenta de partidos y sindicatos, imprescindibles, sino también de unas instituciones fuertes y de una burocracia profesional, competente e independiente. Si la derecha intenta desmantelar lo público es porque ese es el espacio de la izquierda, mientras que el suyo es el ámbito de lo privado. Profesor de filosofía

sábado, 17 de agosto de 2013

Defensa de la política (I) Hoy hace falta más política que nunca, con individuos éticos y capaces y con partidos renovados

Actualmente, en España, los políticos son el pim-pam-pum de los medios de comunicación y, consecuentemente, lo son también de la ciudadanía en general. Ignoro si tal intensidad de rechazo a los políticos se da en otros países de nuestro entorno europeo. Pienso que no. Y ello se deriva de que los españoles tenemos todavía un sustrato antipolítico derivado de los 40 años de dictadura y, sociológicamente, la sociedad española aún no ha interiorizado la democracia de una manera irreversible. En España, el fascismo no fue vencido, finalizó por extinción. Nuestros vecinos europeos, sin embargo, han construido su sistema político fundado en la victoria sobre el fascismo y por nada del mundo dudarán del sistema democrático, por imperfecto que sea. Este antipoliticismo español aparentemente se basa en los casos de corrupción política. Pero ¿solo hay corrupción en la política? Evidentemente, no. Prácticamente en todos los organismos y grandes empresas de España hay casos de corrupción y abusos. No creo que haga falta recordar las multimillonarias pensiones, sueldos y todo tipo de impunidades de los directivos de cajas, bancos y grandes empresas, a pesar de su gestión catastrófica. Los dineros que se mencionan en la política son calderilla en comparación con los citados. Y los citados organismos, aunque privados, son prácticamente todos alimentados por dinero público, de una manera u otra. Ya sé que no es lo mismo una corrupción que otra, pero sí que una es más jaleada que la otra. Cuidado, no estoy indultando a los políticos corruptos. Todo lo contrario. LA SEGUNDA pregunta es: ¿por qué, si el párrafo anterior es verdad, los casos de corrupción política permanecen muchísimo tiempo en las cabeceras de los medios, y las corrupciones financieras y empresariales --si es que aparecen en los medios-- duran tan poco tiempo en la actualidad? Premio para el que lo adivine. Los medios de comunicación son, en su mayoría, instrumentos del poder económico nacional e internacional para crear opinión en general y opinión política en especial. Inclúyase aquí a internet y las redes sociales, que, a pesar de su aparente libertad, están perfectamente controladas. Volvemos una y otra vez a la tesis marxista de las ideas como superestructura ideológica de la estructura económica vigente, a la que sirven y consolidan. La política ya no es aquella herramienta de las clases trabajadoras del XIX que, bien aplicada, servía para aliviar la terrible explotación por parte de la incipiente burguesía industrial. La burguesía ha desaparecido como clase social y es más bien una cosmovisión de cierta clase media acomodada. La estructura opresora hoy es la invisible oligarquía financiera mundial, sin rostros ni apellidos, cuyos agentes visibles son los sonoros nombres que conocemos y que reciben sus espectaculares prebendas por desarrollar su labor representativa y ejecutiva. Pues bien, la sociedad actual, en una situación de crisis y empobrecimiento progresivos, está siendo bombardeada constantemente por la misma idea general: los políticos son todos unos corruptos, por lo que cuanta menos política haya mejor para todos. Y los políticos corruptos, que los hay, aunque son minoría, coadyuvan a la divulgación de esa idea. Pero los que multiplican el efecto divulgador de esta idea son fundamentalmente los medios de comunicación no analíticos, casi todos conservadores, y que se dedican a ser la voz de su amo como mero altavoz reiterativo y propagandístico. SI A TODO ELLO añadimos un modelo educativo donde prima lo memorístico y lo productivista, sin educar críticamente a los nuevos ciudadanos, estamos configurando una sociedad propicia para recibir pasiva y asépticamente la nueva doctrina de la globalización neoliberal cuyas referencias son los nuevos países emergentes, China especialmente, donde los derechos humanos son casi inexistentes y la competitividad de sus productos imbatible. En definitiva, estamos hablando de calidad democrática, ya que la democracia como mera regla de juego electoral es algo ya superado y domesticado. Las fuerzas globales financieras, desde la caída del muro de Berlín, saben perfectamente cómo instrumentalizar a favor de sus intereses la democracia formal de los países llamados civilizados. Lo que hoy hace falta es más política que nunca, con políticos éticos y capaces, con partidos políticos renovados. Hay que llenar el aparente vacío antes de que lleguen los nuevos caudillos, que son la esperanza blanca de la nueva ideología tecnocrática y economicista. Profesor de Filosofía

sábado, 3 de agosto de 2013

Alfredo Pérez Rubalcaba, político Hacía tiempo que no leía un discurso tan ordenado y serio en las filas socialistas

Hoy toca hablar bien de un político:Alfredo Pérez Rubalcaba. El punto de partida de este artículo es la entrevista a Rubalcaba aparecida en el diario El País de fecha 21-7-2013. Se trata de una entrevista muy extensa. El contenido es muy bueno, tanto las preguntas (incisivas) como las respuestas (directas y concretas). El entrevistado sale con nota alta y en cuestiones importantes marca la dirección del PSOE con claridad y tempo. Como en cualquier entrevista o texto la interpretación depende en gran manera de la mente del comentarista, elemento subjetivo que pone orden (su orden) en el caos objetivo. Y los aspectos a tener en cuenta son varios. El periodista (que a su vez es el director) hace una entrevista oportuna y bien realizada técnicamente. El diario se impone como el más importante de España, aún con un tinte de sesgo tutelador del momento actual. Y el entrevistado tiene una actuación sincera, inteligente, humilde y con sentido de futuro. Rubalcaba aparece como el valor más importante del PSOE, tanto en el presente como en el futuro más inmediato. En definitiva, se trata de una entrevista importante, en un diario importante y, sobre todo, muy esclarecedora sobre asuntos que, hasta el momento, solo había habido manifestaciones muy obvias y genéricas. Como valores transversales en la entrevista me interesa resaltar los siguientes: 1) El entrevistado aparece como un político fuerte y contrastado, con ideas y con flexibilidad, con un talante claro de izquierda socialdemócrata. 2) Se trata de un discurso fuerte y muy pegado a la realidad del momento. Las dudas y condicionantes que plantea, lejos de indicar tibieza indican fortaleza y humildad científica. Y, sobre todo, cuenta con la participación de los demás elementos del problema. 3) La empatía y la apertura a otras izquierdas queda abierta, aunque el PSOE siempre es y debe ser un partido de gobierno, independientemente de que gobierne o no. 4) Define la crisis como muy profunda y duradera, lo que nos deparará un futuro con nuevos valores que hay que reivindicar ya. 5) Huye de la autocomplacencia y habla de haber escarmentado de errores anteriores. 6) Por último, abandona el electoralismo estrecho y juega a hacer país, en línea con la idea del patriotismo constitucional de Habermas. En la entrevista hay afirmaciones claras y rotundas sobre muchos asuntos. Y no elude casi ningún tema. Como aspectos concretos de la entrevista subrayo los siguientes: 1) Trata la posible moción de censura como un asunto de dignidad parlamentaria y eficacia política en la resolución de un problema grave. Hay que reconocer que la comparecencia parlamentaria de Rajoy es un éxito personal de Rubalcaba. 2) La alusión directa a la financiación ilegal del PP y la afirmación rotunda de que el PSOE no se financia ilegalmente. 3) Su defensa de la lealtad institucional del PSOE, esté o no en el gobierno. 4) Plantea prudentemente el problema del juez Pérez de los Cobos. 5) Explica claramente su propuesta de reforma constitucional sin esconder el fuerte condicionante del problema catalán y del PSC. 6) No se excluye como candidato a la jefatura de gobierno. ¿Por qué lo iba a hacer? A los 61 años no se es viejo en política y su capacidad intelectual sigue siendo potente. 7) La defensa que hace de la renovación para su partido es digna del mayor elogio teórico-práctico: oposición-proyecto-partido. 8) Establece claramente la división competencial entre Estado y comunidades autónomas. 9) Defiende la igualdad de todos los españoles, vivan donde vivan, a la vez que las singularidades territoriales, siempre que no supongan privilegios jurídicos ni económicos. 10) Reivindica la reforma y transparencia fiscal, optando por aumentar los ingresos frente al recorte en los gastos. 11) Ataca frontalmente la reforma Wert sin paños calientes y amaga con revisar los acuerdos con la Iglesia. 12) En política sanitaria y ley del aborto, reivindica la postura tradicional socialista. 13) Solo he detectado un renuncio: se escaquea de valorar los ERE de Andalucía. Todo lo expuesto, y algo más que he dejado, es un auténtico proyecto de gobierno. Hacía tiempo que no leía un discurso tan ordenado y serio en las filas socialistas. Me extraña el poco eco que ha tenido en los medios. Por mi parte, soy consciente de que éste es un artículo interpretable como interesado, pero igual que muchas otras veces he criticado lo que me parecía criticable, esta vez me parece justo hacer este elogio de Rubalcaba. En política no se debe criticar todo ni aplaudir todo, sino que se debe matizar y, sobre todo, argumentar. Profesor de Filosofía

sábado, 6 de julio de 2013

La reforma administrativa pendiente La única melodía que suena en los dos proyectos anunciados es la economicista

En cualquier reforma de gestión empresarial hay que tener en cuenta dos objetivos: eficacia y eficiencia, por este orden. Lo primero es cumplir con los objetivos obligatorios y los deseados; lo segundo, que sean al menor coste posible. En una reforma de la Administración Pública se deben enfatizar más aún esos dos objetivos y el orden de los mismos, ya que jugamos con dinero público y con las expectativas ciudadanas. Actualmente están en marcha dos proyectos de reforma administrativa, la local (Anteproyecto de Ley de racionalización y sostenibilidad local) y la estatal-autonómica (el Informe CORA --Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas--). La única melodía que suena en ellos es la economicista, y lo que es peor, tanto los favorables como los contrarios a las reformas usan una dialéctica de generalidades y obviedades poco significativas, con pocos argumentos fundados y desde apriorismos de dialéctica partidista que no conducen a ningún sitio. Según los primeros, los proyectos son maravillosos y pioneros; según los segundos, los proyectos son ideológicos y nada operativos. Los ciudadanos españoles asisten a este partido de ping-pong sin saber de qué va este asunto. Y, curiosamente, los partidos políticos (todos) defienden un statu quo que garantice sus intereses cuando debería ser el ciudadano el parámetro que da sentido al modelo de reforma. Es evidente que todos los gobiernos autonómicos han desarrollado sus posibilidades estatutarias hasta la enésima potencia, sobre todo los de los estatutos de segunda generación, enfatizando los orígenes históricos de sus instituciones, tradiciones y costumbres hasta hacer de cada región la piedra angular de España en un momento u otro de su historia. Cada región se convierte en el ombligo de España o de sí misma (qué más da) y no admite un gramo menos de entidad que cualquier otra región. España como Estado queda como algo residual, lo que resta tras la suma infinita de las ambiciones, a veces alicortas y paletas, de cada uno de los diecisiete "estados". Defender un Estado fuerte y justamente redistribuidor de su riqueza ha sido seña de identidad de la socialdemocracia. El estatalismo ha sido característica exacerbada del comunismo. Y ahora los dos partidos de izquierda, internacionalistas de toda la vida, parecen independentistas vergonzantes, escondiendo siempre el término "independencia" y usando eufemismos como "autodeterminación" o "derecho a decidir". ¿Por convicción o por electoralismo? El Gobierno tilda a su reforma de histórica cuando no es más un listado inconexo y desigual de propuestas y medidas, algunas interesantes aunque sin desarrollar, y otras leves e irrelevantes. Y se usa la economía como coartada para implantar el "programa oculto" del PP, pura ideología radical neocom, para desmantelar lo público bajo la idea latente de que la democracia es muy cara. En una reforma administrativa hay tres cuestiones de capital importancia. La primera es indicar la dirección hacia donde queremos ir, o lo que es lo mismo, formular el sentido de la reforma. Para esto se requiere un pacto de Estado lo más amplio posible. Ya desde el abandono por parte del PSOE, en 1982, de la reforma administrativa (solo quedaron de testigos los "moscosos", ahora laminados), no ha formado parte de las prioridades de ningún partido político la reforma de las administraciones, a pesar de que la Administración constituye el eje vertebrador de la acción del Estado y la traducción de la acción política en la vida del ciudadano. En estos momentos, no parece viable el pacto en esta cuestión. Sería imprescindible. La segunda cuestión es el método. Sin embargo, en los proyectos mencionados de reforma administrativa que ha presentado el Gobierno hay poca literatura que hable de racionalidad y planificación estratégica, que son los parámetros fundamentales de cualquier reforma a fin de conseguir esa eficacia y eficiencia, objetivos inexcusables de la misma. Y en tercer lugar, el elemento humano. Los funcionarios deben ser el instrumento principal para que la reforma llegue a buen puerto. Para ello se requiere unos empleados públicos bien formados y motivados. El Estatuto Básico del Empleado Público de 2007, aunque claramente imperfecto e insuficiente, ponía algunos fundamentos en el concepto y desarrollo del empleado público (expresión genérica que incluía funcionarios y laborales) así como en las tareas de la función pública y aportaba la novedad del directivo profesional, figura poco desarrollada. En estos momentos, el EBEP no se ha desarrollado en casi ninguna CA y los empleados públicos están constantemente "criminalizados", apareciendo como responsables de la situación crítica envolvente. Profesor de filosofía

sábado, 22 de junio de 2013

Los partidos políticos, una tarea de todos

(Artículo aparecido en “El Periódico de Aragón” en fecha 22-6-13) Una situación de crisis como la actual radicaliza las percepciones y los juicios. Ahora todo vale contra los partidos políticos y contra los sindicatos. Ellos son los culpables de todo lo malo que nos sucede. Deriva muy peligrosa y fomentada por la rancia derecha española de toda la vida. Vamos a serenarnos que bastante grave es la situación. Los partidos políticos de izquierda y los sindicatos de clase han sido desde el siglo XIX los instrumentos que han hecho posible los mayores avances sociales en Europa. Estos tiempos de modernidad y contemporaneidad han coincidido con la revolución industrial y el mayor progreso científico, económico y social en la historia de la humanidad. Desde 1989 (desaparición del muro de Berlín) hasta hoy, con la revolución informática, con un sistema económico único y la globalización planetaria, funciona otro paradigma que exige cambios radicales en la estructuras, en las instituciones y en todas las organizaciones que han servido de plataforma para el cambio habido hasta hoy. La crisis actual (económica, política y social) la denominamos sistémica porque es el final del modelo anterior. Incluso hay que precipitar el final del viejo modelo para que emerja pronto el nuevo. Tras la crisis el mundo no volverá a ser el mismo. Pero la modificación del esquema social no debe poner en riesgo la propia existencia de la democracia, causa real del bienestar contemporáneo. Y ante tal situación no cabe rebelarnos infantilmente por la pérdida de un esquema ya periclitado al que nos habíamos acostumbrado, sino que tenemos que esforzarnos por empezar cuanto antes a mentalizarnos y actuar consecuentemente con el nuevo paradigma o modelo. Sucede que en toda crisis portadora de un cambio de época los desgarros y sufrimientos se dan siempre en los segmentos más vulnerables (los pobres) y en los sectores más sensibles (educación, sanidad, acción social). Y aquí es donde deben actuar las organizaciones e instituciones, intentando que la transición de un modelo a otro sea lo más inocua posible. La política es uno de los más nobles inventos de la creatividad humana que, desde el siglo XVII hasta hoy, ha trabajado denodadamente para equilibrar las sociedades intentando que las desigualdades entre los seres humanos, inevitables siempre, no afecten al núcleo duro de la dignidad humana. Y los partidos políticos y los sindicatos han sido los instrumentos que, con aciertos y errores, han hecho posible la época más justa y con mayor libertad que ha gozado el ser humano. Pero estamos en 2013 y tiene que ser la espontaneidad social y el movimiento ciudadano los que denuncien la contradicción existente entre una época nueva que ya está aquí y unas organizaciones cuyo funcionamiento obedece a la época anterior. Los partidos han ido abandonando paulatinamente la letra y el espíritu del artículo 6 de la CE, que dice: Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos. Una regeneración democrática como la que es imprescindible acometer en España no es viable con partidos sin democracia interna. Necesitamos a los partidos políticos pero tienen que cambiar. La famosa desafección ciudadana hacia la política no es otra cosa que la constatación de que los partidos no solucionan los desajustes que esta situación crítica conlleva hacia los segmentos más vulnerables. Y las cúpulas orgánicas de los partidos están sufriendo el síndrome del esquimal (los esquimales se extinguieron no por falta de recursos sino por aislamiento). Yo percibo en la generalidad de los políticos una cierta burbuja política, una casta aislada del resto de la sociedad. Y como de unas cúpulas así no puede esperarse un suicidio de sí mismos a favor de un cambio radical, debe ser la sociedad y también los militantes de base de esos mismos partidos quienes introduzcan las nuevas formas de mirar la nueva realidad. Porque lo que necesitamos para salir de la crisis no es menos política, sino mejor política, con mejores partidos y más sociedad civil. Para lograrlo debemos reformar por ley su funcionamiento, porque el funcionamiento interno de los partidos no es un asunto privado (los partidos están subvencionados por el Estado), sino de calidad democrática tal como exige la CE. Y garantizar una mayor y más cualificada participación popular y una separación real de los poderes del Estado. Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 8 de junio de 2013

Más Estado y más sociedad Para este rearme moral la sociedad es el objetivo principal y los partidos e instituciones, herramientas necesarias


 ¿de qué hablo hoy? La crisis, los partidos, Rajoy, Rubalcaba, PP, PSOE, el 15-M, el paro, Europa. Enfrentarte a un folio en blanco con la mente desnuda y aburrida de tanta reiteración inútil es peligroso para la salud. Pero venzamos la tentación silente, aunque a veces sospechemos que estamos en un viaje en torno a la Nada que nos rodea. Voy a intentar ser optimista, aunque no es fácil, porque el ser humano necesita un mínimo horizonte y alguna esperanza. Al menos para poder levantarse cada día y poder seguir deprimiéndose. Hay dos maneras de situarse frente a la actual crisis: un optimismo racional y un negativismo autoflagelador. La primera aspira a una autocrítica superadora de la situación, y la segunda se posiciona en un victimismo estéril y neurótico. Los elementos negativos están claros: gobierno duro de derecha, sin voluntad política constructiva ni sentido de Estado, en manos de la facticidad económica transnacional y con consecuencias muy negativas en la vida cotidiana de los españoles (pobreza, paro, vivienda). Pero esto no es nuevo. Ya lo hemos tenido y lo hemos superado. Pero es que también los elementos progresistas están con poco espíritu, al menos los progresistas tradicionales. Es cierto que está surgiendo otro tipo de progresismo de nuevo cuño, pero le falta estrategia y estructura. Y corre el peligro del cansancio y el aburrimiento. Con ello cuenta el poder establecido: que, pasada la novedad, todo vuelva a su ser "natural". Se suele hablar de la Transición española. Para bien y para mal. Para unos fue un tiempo pleno y feliz del que han derivado treinta años de progreso y bienestar. Para otros, fue un reformismo parcial que no supo aprovechar la fuerza del momento para rematar un cambio histórico y definitivo. Yo me apunto a la primera interpretación, aunque algo hubo de la segunda. Pero no olvidemos que de ahí surgió una derecha liberal (UCD) que remó a favor de la historia con fuerza y supo entender perfectamente que, junto con otras fuerzas, podía jugar un papel progresista que colocase a España en Europa. Y de ahí surgió también un PSOE contemporáneo, que supo aparcar elementos de otro tiempo e impulsar a España hacia la modernidad más fecunda que nunca ha tenido. Pienso que tiene que haber elementos liberales (del liberalismo originario del XVII --Locke-- que proclamó las libertades individuales con los límites del bien general) en la actual derecha española que se posicionen en la línea progresista de la antigua UCD. También el PSOE necesita volver a esa dinámica fuerte y segura de los ochenta, a ese afán renovador y constructivo y con un proyecto identificable. Y hay que integrar a todo lo nuevo y útil que ha ido apareciendo en los últimos años, que es mucho. Especialmente a los elementos jóvenes, que están llegando a la cuarentena y todavía no se han estrenado. Pienso que quizás el concepto-fuerza que haga de argamasa en todo esto sea el concepto de Estado. Recuperar el sentido de Estado que todo partido serio nunca debió perder. Un Estado plural, tolerante, poliédrico, pero fuerte y coordinador del centro y las periferias. Un Estado con políticos que duden, deliberen y decidan. Sin seguridades apriorísticas. Un Estado con leyes justas e impuestos proporcionales y progresivos. Un Estado con límites. Un Estado con un Parlamento que sea auténtico controlador del poder ejecutivo y no un mero apéndice que no aporta valor añadido. Un Estado con unos partidos políticos con democracia interna y con sentido de su papel cohesionador y transformador de la sociedad a la que se deben. Y, sobre todo, un Estado, cuya soberanía resida en el pueblo, verdadero detentador del poder. Para este rearme moral son necesarias unas reglas de juego objetivas y claras, en las que la sociedad aparezca como objetivo principal y los partidos e instituciones como herramienta necesaria. Aquellos que la sociedad elija para un cargo público deberán siempre mantener esa capacidad y obligación de rendir cuentas al pueblo soberano (Ley de Transparencia y Ley de Partidos, ya). Los que reciban recursos públicos, que de alguna manera somos todos, debemos usarlos con sentido de Estado. Renovación y regeneración de políticos, dando paso a los jóvenes en las responsabilidades públicas. Y la sociedad debe volver a retomar ese espíritu reivindicador y controlador que tuvo y hacer evaluación continua de sus representantes. A los que aprobará o suspenderá con firmeza en función de su trabajo y resultados. Hagamos frente a la situación, no tanto desde la heroicidad y el sacrificio, sino desde la inteligencia y la responsabilidad colectivas. Profesor de filosofía

sábado, 25 de mayo de 2013

El 15-M y los partidos políticos Es evidente que significó un revulsivo capaz de movilizar políticamente a la juventud, hasta entonces desafecta



15-M ha sido intermitente durante estos dos años, pero ello se debe a que el movimiento se ha desplegado en diversas acepciones y reivindicaciones: DRY, PAH, preferentistas, mareas de distintos colores, especialmente las mareas blanca y verde en defensa de la sanidad y educación públicas, las plataformas sociales contra la crisis, la lucha contra la corrupción y los recortes, etc. Pero, sin duda ninguna, el origen y el tronco común de todas esas reivindicaciones es el mismo. Es evidente que el 15-M significó un revulsivo capaz de movilizar políticamente a la juventud, hasta entonces desafectos. Es el desplazamiento de las reivindicaciones políticas a la calle desde los escenarios tradicionales de los partidos y el Parlamento. Es un grito contra le democracia secuestrada y elitista. Es una apuesta por la participación política real. Y en cuanto a consecuencias o logros, ha habido más de lo que a simple vista parece. En estos momentos, la agenda política española está marcada por Europa y la crisis por un lado, y por el 15-M y sus epifenómenos, por el otro. Además, han dejado sin espacio público cualquier tentación fascista, que sí han surgido en otros países de nuestro entorno. Aunque también es cierto que esa deriva está bien cubierta por la parte más derechista del PP. El 15-M no obedece al esquema izquierda-derecha, sino que es el cuestionamiento de la propia democracia, de su calidad democrática. Por eso no es un partido ni debe caer en la provocación de la derecha de convertirse en un partido. Su balance es más espiritual que material. Su diagnóstico es básicamente correcto. Quizás el grito más radical y representativo del 15-M sea el de "no nos representan". Ello da lugar a interpretaciones interesadas por parte del sistema consolidado, tildándolos de antisistema y nihilistas. Lo que no es cierto. La derecha española teme al 15-M (de ahí su nerviosismo y agresividad) y la izquierda también le teme como competidor de un espacio que creía monopolísticamente suyo. El temor de la derecha es lógico, pues el 15-M constituye su frente político más radical. Sin embargo, el temor de la izquierda no parece tan lógico pues ambos están en la misma dirección teórica aunque con estrategias y prácticas distintas. Mientras el 15-M permite visualizar la crítica política de una manera nueva, los partidos de izquierda dudan sobre dónde situarse y lo ven como un intruso competidor. Conviene recordar que cuando muchos de los dirigentes políticos actuales eran jóvenes, la calle era su escenario favorito y el lugar donde se fraguó el dinamismo imparable de la transición política española que dio origen a la estructura institucional actual. Han pasado más de treinta años y el anquilosamiento de tal estructura es evidente. El 15-M no es ni más ni menos que la renovación de esa energía de los años setenta. Para poder observar el panorama completo, hay que distanciarse de lo sensorial inmediato y elevarse a los conceptos. Por esquematizarlo de alguna manera, el 15-M es la razón y los partidos políticos son la organización y la estructura. Al primero no se le puede discutir su razón en mucho de lo que dice y reivindica. Se pueden matizar algunos aspectos y formalidades, pero su diagnóstico es básicamente correcto: su lucha contra la corrupción, su denuncia de la deficiente representatividad institucional y política, en definitiva, su llamada a la regeneración democrática. Lo que tienen que hacer los partidos de izquierda, especialmente PSOE e IU, es recoger, humilde y agradecidamente, las propuestas, y sobre todo el espíritu, del 15-M y traducirlo políticamente, sin trampas ni enmascaramientos. Lo que implicaría un cambio radical en el funcionamiento interno de los partidos y un replanteamiento de su función pública. Este sería el gran éxito del 15-M: haber servido para la dinamización y puesta al día de los anquilosados partidos políticos de izquierda. Podrían empezar los propios partidos por retirar oropeles trasnochados, coches superfluos, dietas inmorales, escoltas innecesarios, y convertirse en ciudadanos que ostentan el impagable honor de trabajar por la sociedad. Nada más y nada menos. Este "aprovechamiento" del espíritu del 15-M por parte de los partidos es la única manera de aprovechar tanta energía y generosidad de los movimientos sociales. De lo contrario, todo se diluirá y quedará en una bonita historia. Pero ni los partidos se habrán renovado ni los movimientos sociales habrán perdurado. Profesor de filosofía

sábado, 11 de mayo de 2013

Un cambio de perspectiva para la crisis La palabra crisis se ha convertido en una entelequia que justifica todo y su contrario, con discursos vacíos


Hay una máxima conocida y repetida en varias disciplinas del saber: cuando un problema no tiene solución tras múltiples intentos, solo queda una opción, cambiar la perspectiva desde la que se analiza el problema. Solo así hay posibilidades de resolverlo. Aplíquese a la situación actual. La multicrisis que nos envuelve no tiene solución con los remedios convencionales aplicados hasta ahora. Ni económicos, ni políticos, ni legales. Hoy hace justamente tres años del bandazo que Zapatero dio tras la amenaza que Bruselas le dictó. El doce de mayo de 2010 comunicó en el Congreso de los Diputados la nueva práctica político-económica que España iba a inaugurar. La cara de los propios diputados socialistas, incluso de sus ministros, era la propia de quien no sabía nada de lo que estaba hablando el presidente. Lo cuenta bien Ekaizer en su librito Indecentes. Comenzaba la época de austeridad en la que estamos instalados. Los retrocesos que desde entonces hemos sufrido no son los coyunturales típicos de una crisis cíclica, sino que, al ser sistémica, afectan a aspectos clave de nuestra vida: el empleo, la vivienda, el poder adquisitivo, la protección social y la propia democracia. Y hay un temor mayor: que el retroceso sea irreversible. Zapatero instauró una práctica de gobierno sin contar con la voluntad ciudadana. La nueva política no era ni la de su ideología ni la de su programa ni la voluntad de la sociedad española. Como consecuencia del bandazo, el PSOE perdió estrepitosamente las elecciones de 2011 y apareció un programa salvador, el del PP, que manifestaba que con su sola presencia en el gobierno daría la suficiente confianza a los mercados y a Europa como para remontar la situación. Resultado final: el PP ganó con mayoría absoluta y vamos cada día peor, mucho peor. Y lo que es más significativo: la nueva realidad ha transformado la percepción de los españoles. Ahora, la resignación y la depresión intelectual son moneda corriente en nuestra pasiva cotidianeidad. No hay esperanza. Llevamos ya tres años de crisis formal y aceptada, y varios más de crisis larvada no aceptada. La palabra crisis se ha convertido en una entelequia que justifica todo y su contrario, que configura discursos vacíos que no aguantan ni dos días. Es como una palabra totem que nos recuerda nuestra mala conducta y la justicia de los castigos que los dioses nos han infligido. Solo nos queda aguantar resignados hasta que la voluntad divina se apiade de nosotros y volvamos a ser gratos a sus ojos. Sabíamos que la organización social era algo complejo y complicado, pero volver al fatum religioso es ya demasiado. Recomendaría releer a Freud en Totem y tabú y observaríamos cómo los totem y los tabúes son inventados por los poderes fácticos del momento, con un relato metafísico envolvente. Sin embargo, hay un parámetro muy potente que debe primar en la solución de lo que (nos) sucede. Me refiero a la mente humana. No hay situación por negativa que sea que no tenga solución desde la creatividad humana. Pero para que la mente humana construya soluciones válidas universalmente hace falta que instancias ejecutivas de ámbito mundial tomen las decisiones pertinentes y obligatorias para todos los países. En los últimos tiempos, al menos desde la Ilustración de Kant hasta la prodigiosa década de 1960 (Marcuse: El final de la utopía, Eros y civilización), las grandes narrativas habían sustentado el edificio de la modernidad y sus ideologías emancipadoras. Actualmente, desde 1989, la desactivación del talante crítico, el relevo de la ética del ser por la del tener, el consumismo de la trivialidad o la sustitución de fuertes ideologías por islotes ideológicos (feministas, ecologistas, identitarios), han creado el mejor caldo de cultivo para que el mayor monopolio capitalista que ha existido campe por sus fueros. Tenemos que ser capaces de elaborar, desde una nueva perspectiva, una potente narrativa capaz de dar un sentido humano y solidario a una globalización económica que se nos escapa y fagocita cualquier resistencia sectorial. Tras el fracaso de la evanescente posmodernidad y su pensamiento débil y fragmentario, y la obsolescencia de muchas recetas caducadas, hay que construir un nuevo sistema de pensamiento que, partiendo de elementos salvables pretéritos, que los hay, marque la buena dirección en el caos organizado desde las potentes plataformas fácticas. La elaboración de un nuevo contrato social intergeneracional, con una manera más sostenible de vivir, de producir y de consumir, podría ser un marco idóneo de referencia para esta nueva síntesis de futuro. Profesor de Filosofía