viernes, 29 de marzo de 2013

Godot o el final de la crisis Los partidos y los sindicatos han perdido la inocencia y la credibilidad, y la gente ha perdido la paciencia

Recuerdo la obra de Samuel Beckett Esperando a Godot (1952), en la que dos personajes (Vladimir y Estragón) se pasan los dos actos de la obra esperando a un tal Godot, que no llegará nunca. Varias veces, un niño les dice que Godot no llegará hoy "pero mañana seguro que sí". Pero Godot nunca llegó. La cita viene a cuento de la crisis. Vamos ya para seis años de crisis formalizada. La génesis viene de mucho más atrás. Y nos han contado un relato que va desde el inicio de la deuda financiera reforzada por la burbuja inmobiliaria y nuestra vida por encima de nuestras posibilidades, hasta un final con equilibrio presupuestario y salida triunfal de la crisis. En medio está la tragedia: países mucho más endeudados, hasta la imposible devolución; proceso de desmantelamiento de todo lo más genuinamente público (educación, sanidad, servicios sociales) y desprestigio de las instituciones, con la progresiva creencia de que solo funciona lo privado; políticos predicadores de la austeridad como única manera de derrotar a nuestros adversarios los mercados; aparición de movimientos de todo pelaje y condición; sociedad socorrida por la caridad y la beneficencia en la que muchos encuentran el sentido de su vida. Cada cierto tiempo, actúan la bolsa y la prima de riesgo como elementos de tensión y recordatorio de que, si no nos disciplinamos, no llegará el final de la crisis y todo se irá al traste. Lo último, el expolio de los depósitos bancarios en Chipre. Por malos. Pero todo este sufrimiento adquirirá su sentido cuando finalice la crisis y España-Europa ¡por fin! encuentren la senda del crecimiento, la creación de puestos de trabajo y volvamos a ser ricos y felices como hace diez años. Hasta aquí el relato. Pero cada día tengo más claro que, como Godot, el final no va a llegar. Que la crisis que estamos viviendo va a ser, ya es, la situación normal y definitiva en nuestras vidas. Que el relato de la crisis opera como un mito que solo los dioses (oráculos financieros) entienden, pero que, como todos los mitos habidos en la historia de la humanidad, sirven para justificar acciones, conductas y reglas sociales. Una vez sabido que Godot-final de la crisis no va a llegar, ¿qué va a ser de nosotros? Estamos ante una situación en la que hemos llegado a descubrir la terrible verdad: que esto no es una transición sino que ya es el final. Que una vez más nos han engañado. Que nos han cambiado el modelo y no nos hemos enterado. Que no existe la salvación tan predicada y acariciada. Da igual que Dios no exista o que el silencio de Dios sea un clamor. A los efectos es lo mismo. Como diría Nietzsche, nos tenemos que reinventar, nos tenemos que hacer a nosotros mismos, sin esperar nada del más allá (ni del más acá). Estamos solos, con un ser intangible que nos castiga continuamente, frente al que no nos atrevemos a rebelarnos. El relato está teniendo un gran éxito. Desde la frase de Rajoy "no puedo cumplir mis promesas porque tengo que cumplir con mi obligación", ya hay gente que se está acomodando a la situación. Es más, los partidos de izquierda y los sindicatos de clase, instrumento fundamental para salir de la terrible explotación industrial del XIX y llegar al modelo europeo del Estado de bienestar, se han quedado sin papel en este relato. Ante esto solo hay dos posturas posibles: la resignación o la lucha. Muchos ya han optado por la primera. Si otros optamos por la segunda, tenemos que aprender de la historia y trazar una estrategia inteligente que nos conduzca a recobrar lo que habíamos conseguido y que nadie nos había regalado. Mi coherencia me invita a finalizar aquí el artículo, pues Godot no va a venir. Pero ni yo soy Samuel Beckett ni esto es el Teatro del Absurdo. Por lo que, con un cierto voluntarismo e incoherencia, pienso que los partidos políticos de izquierda y los sindicatos de clase podrían ser elementos coadyuvantes en una posible alternativa. Pero la clave fundamental debe estar, y si no nada es posible, en una auténtica y potente participación popular, que ha demostrado ser el único elemento de resistencia para que la depresión social no haya llegado a ser una patología incurable. Porque los partidos y los sindicatos han perdido la inocencia y la credibilidad, y la gente ha perdido la paciencia. La catarsis tiene que ser tan radical que dudo si está a nuestro alcance. Sabemos todos dónde está la tentación, y en eso me temo que están los partidos: en esperar a que pase la tormenta y volver a las andadas con una cierta estética meramente ornamental. Eso sería la ruina, para ellos y para todos. Profesor de filosofía

sábado, 16 de marzo de 2013

Benedicto XVI La renuncia se puede valorar como un reconocimiento de la ausencia de trascendencia y espiritualidad

La renuncia del papa Benedicto XVI es algo casi inédito en la Iglesia católica y suficientemente importante como para una valoración de tal acontecimiento. En primer lugar, la abdicación de un Papa tiene una dimensión extraordinariamente humana, ya que es un reconocimiento de que la persona-Papa actúa y se cansa, lejos de cualquier metafísica estéril. La falta de vigor físico y espiritual la ha transformado Benedicto XVI en una enorme fortaleza. Porque, al no poder hacer frente a lo que él ha denominado "suciedades de la Iglesia", las ha dejado al descubierto con su renuncia, causando admiración hasta en la intelectualidad agnóstica y descreída (ver artículos de Vargas Llosa1 y Flores d'Arcais en El País). EL GESTO tan humano de Ratzinger lo podemos valorar los agnósticos como un reconocimiento de la ausencia del concepto de trascendencia y espiritualidad propias de todo lo humano, y su usurpación por unos contravalores vulgarmente materiales. La ética y la cultura son elementos vehiculares de esta dimensión humana y su espiritualidad adjunta. Parece que Vatileaks y el informe encargado a tres cardenales es "excesivamente humano" para un intelectual astuto y viejo, que posiblemente ha realizado con su renuncia una jugada maestra para el desenmascaramiento y una posible catarsis de las "suciedades que desfiguran el rostro de la Iglesia". ¿Cuál es el balance del Papa, o mejor, de J. Ratzinger? Yo distinguiría tres etapas: 1) como teólogo; 2) como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; 3) como Papa. Todo un sumario de una biografía densa e interesante. 1) El teólogo Ratzinger marca un momento propio de una persona joven, brillante en sus búsquedas intelectuales y teológicas, pero que pronto se decantó por posturas más ortodoxas y conservadoras. Esta etapa me parece la más interesante intelectualmente. Su conferencia inaugural cuando entró en la Universidad de Bonn (1959) fue El Dios de la fe y el Dios de la filosofía, marcando los campos del teólogo intelectual que ha sido y del filósofo que no quiso ser. Dios es un concepto inefable y fuera de la racionalidad, lo que deja a la filosofía, como máximo, como un mero discurso sobre Dios. Se trata de una cuestión principal de la teología, pues solo ella puede tratar de Dios, previa creencia en Él. Como buen teólogo, afirmó que la fe cristiana no tiene nada que ver con la religiosidad, la cual no es más que un camino exclusivamente humano hacia la salvación. La salvación en la que Ratzinger creía, posiblemente influida por el pensamiento protestante de Barth, se basaba en la gracia recibida de Jesús, más allá del mérito personal. Su actividad teológica adquiere prestigio con su trabajo en el Concilio Vaticano II, como asesor teológico. Posiblemente, su aportación más interesante de esta época sea la fundación en 1972, junto con Hans Urs von Balthasar y Henri de Lubac, de la publicación teológica Communio, una de las más influyentes en el mundo católico. En un principio fue un reformista, admirador de Karl Rahner y su Nueva Teología. Como profesor de Teología, fue considerado un avanzado y explicaba el pensamiento de teólogos "sospechosos" (Yves Congar o Henri de Lubac.), incluso el pensamiento de otros teólogos protestantes de una enorme categoría, como Barth o Bonhoeffer. 2) Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo un papel muy cualificado en la Iglesia. Su papel como fiscalizador de la doctrina oficial de la Iglesia fue apabullante, posiblemente debido a su talla intelectual y a su precisión teológica al servicio de una fuerte ortodoxia. Su persecución intelectual a "peligrosos" teólogos progresistas (Küng, Boff, y algún español como G. Faus y Tamayo) califica suficientemente su trayectoria. Igualmente se opuso a la Teología de la Liberación, por su planteamiento marxista y revolucionario. En su haber hay que decir que también denunció el empobrecimiento que supuso el abandono de la liturgia tradicional por la Iglesia Católica, con el consecuente abandono del gregoriano y del latín, que supuso la pérdida irreparable de un arte y de una estética. 3) El papado es la fase más conocida y, paradójicamente, la menos interesante, excepto por sus últimos momentos y, especialmente, por su último gesto de abdicar. Posiblemente, su abdicación por el caso Vatileaks, que reveló un espantoso número de intrigas, luchas de poder, corrupción y deslices sexuales en la curia, puede dar sentido no solo a un Papa sino a toda una época de la Iglesia. Finalizado este artículo, habemus Papam Franciscum. ¿Comenzará la revolución de la normalidad? Profesor de Filosofía

sábado, 2 de marzo de 2013

Italia, siempre Italia Desprecian al tecnócrata, respetan al excomunista, mantienen al populista y dan la llave a un cómico

Yo soy un admirador de Italia. Su vitalismo y su iconoclastia son notables. Italia, al margen de su potencia clásica, renacentista y barroca, ha tenido momentos contemporáneos de gran brillantez: su heroica resistencia frente al fascismo; su enorme cultura política de los setenta (el eurocomunismo de Berlinguer); incluso su terrorismo de los setenta tuvo grandeza trágica y un fundamento teórico potente (Toni Negri). Añadiré su espléndida cultura contemporánea: neorrealismo cinematográfico, sus maravillosos directores y actores posteriores. Sin olvidar su potente industria y sus hermosas ciudades. Y Roma, siempre Roma. En fin, hasta la mafia siciliana es una marca universal italiana, no solo con copia en USA sino también en muchas estructuras de poder (visión obligada de El Padrino). Ahora, tras unos años grises y dos décadas berlusconianas, aparece un panorama político original: un excomunista, un populista hortera y millonario, un cómico y un tecnócrata han competido en unas elecciones generales. Y los italianos, sin miedo a la UE, han despreciado al tecnócrata avalado por la troika, han respetado al excomunista, han mantenido al populista y le han dado la llave del sistema a un cómico que no iba en listas pero ha hecho creer a mucha gente que la sociedad italiana da por agotado el esquema tradicional de los partidos políticos convencionales. Como dice Erri de Luca, "Italia se ha despertado dividida en tres partes. Hay dos obvias y un aguafiestas que ha traído al parlamento un gran número de mujeres y de jóvenes". El uso de las redes, la participación popular y el desprecio por los recursos tradicionales (dinero, televisión-) han dado una espléndida lección de democracia. Al menos, de momento. Las elecciones italianas dan como resultado una situación complicada desde una perspectiva clásica: ninguno de los dos partidos convencionales puede gobernar en solitario y parece muy difícil cualquier coalición entre ellos dos. Los mercados y las bolsas ya han protestado haciendo bajar sus cotizaciones. Temor y presión. El tercero en discordia, el cómico Grillo, es el árbitro y parece no tener un plan de gobierno. Sus votantes reflejan un voto protesta frente al convencionalismo político y al inmovilismo institucional. Monti, el descubrimiento de la burocracia europea, ha sido claramente rechazado por los italianos. Personalmente, no soy tan pesimista como algunos medios respecto a la solución italiana. Primero, porque la sociedad ha votado, y lo que vota la sociedad es el mandato que la gente normal da a los políticos para que entre ellos acuerden la mejor fórmula para el bien general. En segundo lugar, porque una de las tres opciones mayoritarias (el M5S o Movimiento Cinco Estrellas, de Grillo) representa una renovación de la vida política italiana, desde su creencia de que los partidos políticos profesionales ya no sirven. Y en tercer lugar, porque los elegidos del M5S, conocido el mecanismo usado de autopropuesta de cada uno y la configuración de cada lista por una votación de todos en la red, garantiza que cada uno de los elegidos supone una cierta garantía de honestidad y transparencia personal. Posteriormente, estará por ver su capacidad política en la que son novatos y su flexibilidad para entenderse con otros. Si observamos el resultado numérico vemos que el PD de Bersani más el M5S de Grillo suman la mayoría absoluta tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Las dos mayorías absolutas son necesarias porque el italiano es un sistema bicameral real, no como el español que con la mayoría absoluta del Congreso es suficiente. Y aunque esa coalición no sea formal, sí que puede ser efectiva, con el aliciente añadido de que cada ley y cada acuerdo van a tener que ser profundamente negociados entre el partido más serio de los tradicionales (PD) y la espontaneidad recién llegada a la política (M5S), que tendrá que aprender a ejercer el poder sin renunciar a la conexión con la gente normal. Va a ser una buena síntesis de tradición y modernidad, en la que ambos van a tener que aprender lo mejor de su coaligado. Italia no es Grecia. Esperemos que la situación actual, aunque incierta, sea el principio para un cambio de perspectiva y de praxis política. Al final, Italia ha redescubierto a la gente normal, que, sin negar la política, ha autogestionado una manera inédita de estar en la política. La UE va a tener que cambiar el ritmo en la adaptación económica de los países del Sur. Y lo que es más importante, Italia puede ser de gran ayuda para un cambio de modelo en la salida de la crisis. Profesor de filosofía

sábado, 16 de febrero de 2013

Crisis institucional Los países serios de nuestro entorno deben su desarrollo sostenido y equilibrado al rigor de sus instituciones

La crisis actual ha hecho aparecer en España otras crisis casi eternas, de las que nunca se ha intentado seriamente su transformación. Una de ellas, en mi opinión la más importante, es la crisis institucional. Vengo repitiendo hace tiempo que España no es un país serio. Los asuntos públicos interinstitucionales se tratan como meras relaciones personales. No existen conexiones interinstitucionales operativas, solo son formales y retóricas. Nada digamos cuando un particular tiene alguna propuesta interesante que hacer a cualquier institución. Tiene que ir mendigando una entrevista ya que no hay ningún cauce real de interlocución con la Administración. Los filtros de los dirigentes institucionales con la sociedad no son filtros cualitativamente selectivos sino vulgares pantallas impenetrables. El peso del amiguismo y del clientelismo se impone al del mérito y la objetividad. España ha tenido un sistema institucional elitista casi siempre. El final de la dictadura en 1975, que da origen a un cambio radical de régimen, fue una ocasión histórica desaprovechada para haber acabado con las prácticas clientelares o el mal uso de los recursos público (corrupción) que han pervivido en el seno de un sistema que formalmente se construye con pautas institucionales abiertas e inclusivas (cualquier sistema auténticamente democrático lo es) pero que materialmente sigue funcionando con fuertes elementos y raíces de carácter opaco y extractivo. Los partidos políticos han heredado un pesado legado institucional y una cultura política opaca y endogámica de la que no han sabido ni querido desprenderse. El ser miembros de la UE tampoco nos ha estimulado a implantar un sistema institucional riguroso, transparente y auténticamente democrático Todo ello explica el estado de profundo deterioro en el que se encuentra el sistema institucional español (estatal, autonómico y local) en su conjunto y de la creciente erosión de la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Y cuando hablamos de instituciones hablamos de todas: desde la Corona hasta el último ayuntamiento, pasando por el sistema judicial, los parlamentos varios, partidos, sindicatos, patronales, órganos de control cooptados, universidades, iglesia, etc. Habíamos llegado a saborear las mieles de un incipiente Estado de bienestar, especialmente en sanidad y educación, y estamos viendo como se evapora ante nuestros ojos y ante nuestra impotencia. Pero es que, además, la crisis se está llevando por delante la poca credibilidad que tenían nuestras instituciones. Habría que aprovechar la superación de la crisis y la corrupción para barrer definitivamente este modelo institucional tan antiguo y nefasto. La obsesión por mejorar la competitividad económica debe ir acompañada de una profunda reforma de la función pública, apostando por la profesionalidad, la excelencia y el talento. De no ser así, es posible que la crisis financiero-económica se vaya superando (eso sí, con el adelgazamiento del Estado de bienestar que es el objetivo real de esta crisis), pero nos habremos instalado en un subdesarrollo institucional casi definitivo que hará inoperante el posible crecimiento económico. Es tan importante el cambio institucional que, de lo contrario, nuestro país nunca será un país moderno y desarrollado, ya que las instituciones son el factor fundamental del desarrollo integral de un país. Los países serios de nuestro entorno (Alemania, Inglaterra, Francia, Países Bajos y países nórdicos) deben su desarrollo sostenido y equilibrado al rigor de sus instituciones y de sus dirigentes, siempre controlados por aquellas. En España tenemos un enorme margen de mejora. Pongo dos ejemplos de nuestro atraso institucional. El primero es que cuando hay un cambio de gobierno a cualquier nivel institucional, los cambios llegan hasta los más bajos niveles de la Administración. El mismo cambio en Francia no baja de la Dirección General porque la profesionalización de la Administración ni lo permite ni lo hace necesario. El segundo ejemplo es la poca práctica en nuestras administraciones por desarrollar los instrumentos de planificación estratégica que ponga orden y sentido en los objetivos políticos generales. Claro que la planificación exige visión, coraje y transparencia en su puesta en marcha. Todo lo contrario a la opacidad y clientelismo endogámicos a los que estamos acostumbrados. Esperemos que la política, esa "nueva política" que todos anhelamos, asuma este nuevo perfil de nuestras instituciones y lo convierta en tradición. Será la única manera de estabilizar el desarrollo de nuestro país. Profesor de filosofía

sábado, 2 de febrero de 2013

La corrupción pública (II) El momento actual de deterioro en España me recuerda mucho a la Italia de los años ochenta y noventa

Posiblemente el principal problema de la corrupción en España es que no está reconocida con la gravedad penal y con la trascendencia social que debiera. Tiene más ruido mediático que consecuencias para los delincuentes. He leído en algún sitio que un fiscal afirmaba que "la corrupción política es crimen organizado", y realmente tiene muchas de sus características: actuación en grupo, gravedad de la acción, blanqueo de dinero, influencia política- Y como tal hay que atacarla hasta extirparla, especialmente en sus dos campos fundamentales: el urbanismo y la contratación pública de obras. Por ejemplo, acabar con el abuso del concurso frente a la subasta en los contratos de obras, con el pretexto de criterios cualitativos en la elección. La corrupción es mucho más grave de lo que pensamos. Ya hace muchos años, el pensador y periodista francés J.F. Revel explicaba en su ensayo El conocimiento inútil que la causa del retraso de los países africanos no era el colonialismo ni las multinacionales explotadoras ni la falta de instrucción de sus habitantes, sino la enorme corrupción y opacidad de sus élites gobernantes (por cierto, todos ellos graduados en las mejores universidades del mundo), que posibilitaban y se aliaban con los corruptores para su propio beneficio. Muchas son las causas de la corrupción en España y todas sobradamente conocidas: desde la deficiente y opaca ley de financiación de los partidos hasta la irresponsabilidad en la gestión de los recursos públicos. Casi nunca se suele citar la incompetencia, que también es otra forma de corrupción. Ocupar un cargo público sin tener capacidad es grave responsabilidad de quien lo pone y del que lo acepta. Y va a posibilitar, aunque sea inconscientemente, todo tipo de errores y corruptelas. Pero también en la lucha contra la corrupción hay que matizar. Hay que ser menos categóricos y más eficaces. En todos los sistemas políticos hay corrupción, ya que es algo consustancial con la política. Que la corrupción ocupe mucho espacio en los medios y genere gran rechazo social es positivo, pues significa una mayor sensibilidad social y una mayor movilización en contra. Pero esto solo no es suficiente sino que hay que elaborar leyes que regulen la actividad interna de las instituciones y de los partidos políticos. Lo que causa más rechazo no es tanto los distintos casos que afloran en los medios sino los pocos indicios que se observan en su neutralización. ¿Para cuándo una ley de Transparencia realmente eficaz? Debería ser objetivo urgente de todos los partidos políticos. ¿Para cuándo una ley de Partidos Políticos que les obligue realmente a ser democráticos y transparentes, interior y exteriormente? El sistema actual no se va a regenerar de manera endógena. ¿Quién se hace el harakiri voluntariamente? Actualmente, la opacidad y cooptación son instrumentos fundamentales de los partidos, y sus dirigentes constituyen una barrera difícil de traspasar. Debe ser la presión social y la de los propios militantes la que obligue a los dirigentes a ser más democráticos. Porque la corrupción es eso, déficit democrático. Y ser militante de un partido no debe equivaler a ser un "hooligan". En España sabemos lo que ha pasado. No es cierto que estemos secuestrados por la corrupción, como algunos proclaman. Es cierto que existe un alto grado de corrupción entre las élites de todo tipo que dirigen este país. Eso es indiscutible. Pero sabemos cuál es el origen: la especulación inmobiliaria, la "necesidad" de los partidos para financiarse y el ansia de enriquecimiento desmedido de algunos dirigentes. Es eso lo que hay que destruir y no a la clase política en su conjunto. El momento actual de deterioro en España me recuerda mucho a la Italia de los años ochenta y noventa (Tangentopoli se llamaba en el argot periodístico), que acabó con el Partido Socialista Italiano y la Democracia Cristiana. Con una diferencia: en Italia las cárceles estaban llenas de políticos y mafiosos, en España no. Pero, cuidado con el populismo, luego aterrizó Berlusconi, puro populismo hortera, mafioso e ineficiente. La regeneración democrática demanda más y mejor política. Profesor de filosofía

sábado, 19 de enero de 2013

La corrupción pública La percepción social de estas conductas por parte de los españoles es de bastante comprensión

En el breve tiempo transcurrido de 2013 han aparecido en los medios de comunicación muchísimos casos de corrupción pública: casosPallerols, Díaz Ferrán, Baltar, Güemes, Rato, las cuentas suizas de Bárcenas y su redistribución entre los jefes del PP, las cuentas y negocios de los Pujol... Habiendo dejado atrás el gravísimo asunto de los ERE andaluces, la trama Gurtel y los pelotazos urbanísticos de los años 90 y primera década del actual siglo. Me planto aquí para no aburrir y tener espacio para la reflexión. La corrupción se da en España en todos los sectores y de todos los colores. Y no es de ahora sino de siempre. Ya Séneca decía que "La corrupción es un vicio de los hombres, no de los tiempos". La corrupción puede ser privada (cualquier comportamiento desleal, incluido el no trabajar) o pública (el político y/o funcionario que recalifica especulativamente un solar para beneficio particular). Lógicamente es la corrupción pública la que tiene mayor repercusión, al utilizarse perversamente los instrumentos públicos por parte de quienes tienen encomendada la tarea de administrarlos adecuadamente. Son innumerables las veces que se ha intentado neutralizar la corrupción pero con poco éxito. A veces, incluso, se complejiza tanto el procedimiento administrativo que el resultado es la demora de los actos administrativos sin conseguir avances significativos en la transparencia final. Un ejemplo es la actual Ley de Contratos. Los que tienen medios violan la ley, sea sencilla o compleja. Y es que la mera modificación de normas y leyes no funciona sin una ética política que sea el principio rector de los actos públicos. Y quien verifica la ética es el pueblo soberano. Pero no nos engañemos, la ética política es ética pública, mucho más compleja que la ética privada. Y sobre esta cuestión, ha sido Maquiavelo quien mejor ha teorizado planteando el conflicto que puede surgir entre la moral que conviene a la vida privada y la que conviene a la vida pública, que no siempre coinciden. "El fin justifica los medios" es una de las expresiones más citadas, y también una de las más manipuladas y tergiversadas. Ciertamente existen "razones de Estado", aunque no hay que abusar de ellas. No es fácil parametrizar la ética pública. Observamos con preocupación que no se percibe ninguna actitud firme para acabar con la corrupción pública. Es más, la percepción social de la corrupción por parte de los españoles es de bastante comprensión. Algo así como "qué haría yo si tuviese esas oportunidades y creyese que no me iban a pillar". Tenemos un amplio refranero español que comprende y ampara ese tipo de debilidades humanas. Además, los grandes corruptos crean la opinión de que todo es igual y que todos somos iguales, las pequeñas corruptelas y los grandes pelotazos. Y, con frecuencia, los medios generalizan y estandarizan todo tipo de "debilidades". Incluso, con muchísima frecuencia (casi siempre), las pequeñas corruptelas o delitos son ilegales y debidamente castigados, mientras que las grandes corrupciones son legales o prescriben o son anuladas por pruebas ilegales o son ventajosamente negociadas con la fiscalía. Siempre ha habido clases. La gente poco analítica suele condenar mayoritariamente la corrupción política, frente a otros tipos de corrupción, pero hay muchas corrupciones que no son políticas y pasan desapercibidas. Por ejemplo, es cierto que el político dirige, pero es el funcionario quien provee los procedimientos y elabora las propuestas de resolución y debe velar por la observancia del principio de legalidad. Los que hemos gestionado públicamente sabemos que "no hay políticos corruptos sin funcionarios permisivos". ¿Qué hacen los partidos políticos para atajar la corrupción pública? Poco o nada. Al menos, hasta ahora, no ha habido avances significativos. Ni siquiera han sido capaces de apartar de sus listas o puestos públicos a aquellos sobre los que hay indicios serios y graves de su conducta delictiva o poco ética. Apelar al "principio de la presunción de inocencia" no deja de ser muchas veces una excusa para no cumplir con el principio ético de todo representante público. Porque si esperamos a una sentencia firme, la dilación temporal se convierte en un premio para los delincuentes con medios suficientes para recurrir una y otra vez hasta llegar a la prescripción o "negociación formal con la fiscalía". Y esto, en medio de la crisis que nos rodea, genera desafección, si no indiferencia y apatía, que es mucho más grave. Profesor de filosofía

sábado, 5 de enero de 2013

¡Feliz año nuevo!

Hay, no solo un cierto derecho, sino también una cierta obligación de ser felices y hacer felices a los demás ¿Por qué repetimos esta utopía y ucronía tan machaconamente? Sabemos que hoy (cronos/tiempo), en España (topos/lugar), es difícil ser feliz y, sin embargo, invitamos y deseamos a nuestros próximos que lo sean. ¿Es ironía o apertura al infinito? El análisis que podemos hacer sobre la felicidad es muy variado y complejo, ya que son varias las disciplinas que la estudian: la filosofía estudia su concepto y realidad; la psicología estudia los factores endógenos del individuo que hacen posible la felicidad; la sociología se ocupa de analizar qué factores sociales son necesarios para ser feliz; la antropología muestra cómo conciben la felicidad las distintas culturas; para las religiones teístas la felicidad solo se logra en la unión con Dios. Como factor común y general podemos decir que todas las disciplinas conciben la felicidad como un estado de ánimo que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada. Hagamos un brevísimo recorrido conceptual. Posiblemente, el autor que más y mejor ha trabajado el concepto de felicidad haya sido Aristóteles. Dice que todos estamos de acuerdo en que queremos ser felices, pero en cuanto intentamos aclarar cómo podemos serlo empiezan las discrepancias. No obstante, él considera que ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano (eudemonismo). Otros autores griegos conciben la felicidad como ser autosuficiente (cínicos y estoicos) o evitar el sufrimiento mental y físico (Epicuroy hedonistas). Ya en la modernidad, Kant no garantiza la felicidad al hombre moral, sino que la remite a Dios. Dice que "la moral no es propiamente la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos hacernos dignos de la felicidad". Cuestión compleja y fascinante. Si llegamos a perspectivas más actuales, según la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica la misión de los gobiernos es la provisión de seguridad y de felicidad. El psiquiatra Luis Rojas Marcos llega a la conclusión de que, a pesar de todo, la mayoría de las personas se consideran felices la mayor parte del tiempo. El filósofo Alfredo Fierroentiende que la ciencia o arte del vivir feliz se extiende a una práctica y una ética de la feliz convivencia, privada y pública. Hay dos disciplinas que tratan en profundidad sobre la felicidad. Son la ética (dimensión individual) y la política (dimensión pública). Ambas son innatas al ser humano y necesarias para su autorrealización. No sería mala idea pedir a los políticos que se dedicaran a ser felices y que procuraran la felicidad al resto de sus conciudadanos. Muchas veces he pensado que a los políticos debería juzgárseles por lo que son y no por lo que hacen (sí, no me he equivocado). De esta manera podrían decidirse a ser y, siendo, estarían posibilitados para hacer. También he pensado que el político debería preocuparse menos de la gente y más de sí mismo (tampoco me he equivocado). Quizás así nos enteremos de quién es quién. En el fondo, la gente normal solo pide que le dejen vivir. Su vida la pone él. Porque, tras la muerte de Dios, los políticos han querido ocupar su lugar. Vamos a peor, Dios era más dios. No está garantizada ninguna relación causa-efecto entre la acción moral y la felicidad. Algunos dirán que más bien al contrario, ya que hay muchos ejemplos de delincuentes y corruptos no condenados, ni siquiera socialmente. Algunos llegan a preguntarse si es rentable, al menos psicológicamente, ser honesto o buena persona. Lo que conllevaría un cierto tipo de felicidad personal o íntima. Pero la felicidad no es algo simple, ni teóricamente, como hemos visto, ni prácticamente. Porque nadie es feliz sin los otros, ya que la felicidad dejó de ser asunto solo privado para pasar a ser cuestión también pública, política y civil. El ímpetu revolucionario en los dos pasados siglos podía transformarlo todo en bien de todos. Y, de hecho, así lo hicieron: transformaron todas las desdichas y miserias en bienestar de todos y cada uno, siguiendo al pie de la letra el principio marxiano "los filósofos se han contentado hasta le fecha con interpretar el mundo, ahora es preciso transformarlo". Hay no solo un cierto derecho, sino también una cierta obligación de ser felices y hacer felices a los demás. Aunque no son buenos tiempos para la épica ni para la revolución, desistir de ello no lleva forzosamente a abdicar de cualquier práctica transformadora. Ninguna acción de rebeldía y transformación es inútil. Pues bien, amable lector, sea usted feliz, dentro de un orden (constitucional, por supuesto). Profesor de Filosofía

domingo, 23 de diciembre de 2012

Socialismo, de la realidad a las ideas

Los partidos tienen que modificar no solo sus ideas, sino sus estructuras y su modelo de liderazgo Esta noticia pertenece a la edición en papel de El Periódico de Aragón. Para acceder a los contenidos de la hemeroteca debe ser usuario registrado de El Periódico de Aragón y tener una suscripción. Pulsa aquí para ver archivo (pdf) El significado de crisis nos habla de un momento decisivo en un proceso o una situación. Si a la crisis la adjetivamos sistémica, hablamos de algo más que de una coyuntura, y hay que entender que tras la crisis económico-política que nos envuelve, subyace la crisis de un modelo o paradigma social que finaliza, y, en consecuencia, la necesidad de ir configurando otro modelo cuyos elementos debemos saber extraer de lo que sucede en el entorno que nos rodea. En definitiva, saber leer e interpretar los signos de los tiempos. Históricamente, el socialismo que surge en el siglo XIX ha evolucionado por varias fases ideológicas y programáticas, desde el abandono de la socialización de los medios de producción hasta la aceptación del sistema capitalista y su integración en una economía de mercado. No hay que olvidar que para transformar la sociedad hay que llegar al gobierno, y que para llegar al gobierno hay que presentar al cuerpo electoral una oferta programática que tenga suficiente credibilidad como para solucionar los problemas existentes en un corto, medio y largo plazo. La política democrática es algo muy contemporáneo. Es curioso constatar cómo todos los creadores de finales del XIX hasta 1914 son "antidemócratas": Nietzsche, Lenin, Maurras, infinidad de artistas... "El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona", decía Hölderlin. SI ANALIZAMOS la historia, parece claro que las ofertas programáticas de los partidos socialistas han ido decantándose paulatinamente por una línea más liberal y menos izquierdista, especialmente en los últimos tiempos. Pero en una sociedad de competitividad electoral, donde los distintos partidos tienen que convencer a una mayoría de ciudadanos para poder llegar al gobierno, las ideas no pueden provenir solo de las mentes más o menos capacitadas de las organizaciones políticas. De ser así, caeríamos en un idealismo platónico, hegeliano o metafísico, sistemas en los que las ideas crean la realidad. El socialismo, en cambio, bebe de la filosofía materialista, con una interpretación dialéctica de la materia-realidad, donde las ideas son creaciones mentales provenientes de la realidad y que, en un segundo momento, vuelven a la realidad para transformarla. Por lo tanto, las ideas programáticas deben proceder fundamentalmente de la interpretación que hagamos de la realidad a transformar. No caben, pues, propuestas reiterativas y anquilosadas. Hay que pensar, y el pensar es siempre un acto de indisciplina. En los foros izquierdistas, es habitual observar en discusiones poco técnicas y excesivamente coloquiales una especie de competición por ver quién es más radical en su exposición ideológica o en su forma de pensar. Pero casi nunca se habla de cómo es la realidad y sus gentes, que son los que realmente demandan unas soluciones u otras. Y mucho menos, solemos preguntar a los ciudadanos o nos ponemos a dudar y reflexionar junto a ellos. Si la mayoría social no demanda las propuestas que un partido les oferta, por muy brillantes que sean, no votarán por ellas, y esos partidos estarían haciendo revoluciones de café o vanguardismos estériles que solo conducen a la melancolía. El momento actual de crisis sistémica, o sea, crisis total, en la que las estructuras y modelos de todas las organizaciones tienen que morir para dar a luz otro formato nuevo, puede suponer una buena oportunidad para reflexionar sobre la realidad en que vivimos y la manera de conectar con sus múltiples y diversas manifestaciones. Porque la realidad está constantemente transformándose, seamos conscientes o no de ello. Y, en consecuencia, los partidos tienen que modificar radicalmente no solo sus ideas, sino sus estructuras, su modelo de organización y de liderazgo, y su saber estar en la realidad. Posiblemente la nueva variable más importante sea nuestra pertenencia a la UE. Tal como funciona actualmente, con sus instituciones contramayoritarias no representativas (Comisión, BCE), con un indudable déficit democrático y con pérdida de soberanía del Estado-nación, la UE avala gobiernos conservadores. Hay que tener en cuenta que un Estado fuerte ha sido el principal instrumento del socialismo para el crecimiento y la redistribución de rentas y servicios, especialmente a los más vulnerables. Lo público primaba sobre lo privado. Pero esta circunstancia reductora del Estado puede cambiar con los programas y elecciones europeas próximas, que los partidos y la ciudadanía deben afrontarlas como las más importantes y transcendentes para la configuración del auténtico modelo europeo: más social, con una mejor redistribución de rentas, garante de una igualdad de mínimos entre las naciones y con una menor rigidez monetaria. Pofesor de Filosofía

sábado, 8 de diciembre de 2012

Necesidad de la política En realidad, los mercados tienen la presencia que la política les ha permitido

Cuando la situación es tan compleja como la actual, cundo tenemos muchas preguntas y pocas respuestas, cuando todo se desmorona a nuestro alrededor, cuando se toman decisiones irreversibles sobre cuestiones vitales, cuando el elemento fundamental de nuestra sociedad --la juventud-- se siente fracasada antes de haber empezado a vivir, en estas circunstancias hay que pararse a pensar. Pensar sobre asuntos fundamentales para todos, incluso para los que no los tienen como tales. Asuntos como lo público y lo privado, la economía y la política, los líderes sociales, la pobreza y la riqueza, la dignidad humana, etc. El Estado y sus manifestaciones radiales (autonomías, ayuntamientos) se deben a lo público, que es la única manera de proteger a sus ciudadanos más vulnerables; los fuertes ya se protegerán ellos solos. Respecto a lo privado, el Estado lo debe proteger, posibilitar, regular, pero no necesariamente fomentar. Y si hay ayudas, siempre con condicionamientos sociales. Como los actuales Memorandos de Bruselas pero al revés. Hay sectores estratégicamente públicos, educación, sanidad, servicios públicos en general, que deben ser blindados sobre un mínimo de dignidad dentro de nuestras posibilidades económicas. Caben externalizaciones en ellos sobre aspectos colaterales no esenciales, pero siempre sin perder el objetivo y el control público desde la perspectiva ciudadana. Para ello es necesaria una buena dirección estratégica, donde la ética actúe como tecnología punta entre otras no más importantes. De ahí la importancia de la formación para nuestros jóvenes, y no tanto de la erudición. La erudición se refiere al conocimiento repetitivo de datos y resultados, la formación fomenta la capacidad de aprendizaje y la asunción del cambio como categoría mental. LA POLÍTICA es más necesaria que nunca, pero una política capaz de seducir. "La información no funciona verdaderamente sino cuando seduce", solía decir mi amigo Mario Gaviria. Una política que, sin abandonar el día a día, tenga un relato y un proyecto seductores y creíbles, con objetivos claros, con medios viables y hasta con dudas razonables. Que pueda explicar sus aciertos y sus errores cuando los ciudadanos así lo exijan. Pero esa política demanda políticos éticamente inteligentes, con capacidad para una tarea fundamental e imprescindible. El político no hace falta que sea bien parecido, ni gracioso, ni siquiera entusiasta, sino capaz y honrado. "Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa", decía el pesimista Schopenhauer. Hoy se habla mucho de la desafección política, pero desde posiciones políticas, desde otro tipo de política embrionaria, todavía sin desarrollar y con elementos juveniles no configurados. Haríamos mal en desoír esta manifestación política-antipolítica. La clave consiste en saber traducir. "Entender es traducir", dice G. Steiner. Los partidos políticos actuales son excesivamente tradicionales y "los tiempos están cambiando" ya desde Bob Dylan. Su fuerte jerarquización y su interesada endogamia los hace vivir en una auténtica burbuja, sin información del entorno cambiante que está demandando otro tipo de pensar y hacer. Que los mercados existen es obvio. Siempre han existido, aunque no con tanta presencia. En realidad, los mercados tienen la presencia que la política les ha permitido. Y en la política hay correlaciones de fuerzas e influencias que marcan una dirección u otra. Las políticas conservadoras van detrás de los mercados, a los que sostienen, tras los que se esconden y con los que se justifican. Las políticas progresistas deberían ir delante de los mercados, a los que deberían dirigir y corregir. Y nunca debemos olvidar que detrás de la economía y la política están los ciudadanos, que quitamos y ponemos gobiernos que se supeditan o dirigen los mercados. Las patologías sociales, igual que las médicas, se detectan por los síntomas. Si la cohesión social falla, la política no es la correcta. Si en un país desarrollado como España, la exclusión social es noticia diaria, la armonía social que el gobierno está obligado a proteger falla. Y es aquí donde los ciudadanos se quejan de los políticos y les exigen que sigan pero que cambien, de fondo y de forma, que abandonen su "irresponsable grandiosidad retórica" (Tony Judt) y que armen un relato creíble, con unos medios visibles y viables y con una dimensión utópica y ucrónica que marque la buena dirección. No son importantes las metas sino la dirección. La crisis, paradójicamente, podría convertirse en una oportunidad política si la transformásemos en un punto de inflexión reflexiva. Profesor de filosofía

NECESIDAD DE LA POLÍTICA


Cuando la situación es tan compleja como la actual, cundo tenemos muchas  preguntas y pocas respuestas, cuando todo se desmorona a nuestro alrededor, cuando se toman decisiones irreversibles sobre cuestiones vitales, cuando el elemento fundamental de nuestra sociedad –la juventud- se siente fracasada antes de haber empezado a vivir, en estas circunstancias hay que pararse a pensar. Pensar sobre asuntos fundamentales para todos, incluso para los que no los tienen como tales. Asuntos como lo público y lo privado, la economía y la política, los líderes sociales, la pobreza y la riqueza, la dignidad humana, etc.
El Estado y sus manifestaciones radiales (autonomías, ayuntamientos) se deben a lo público, que es la única manera de proteger a sus ciudadanos más vulnerables; los fuertes ya se protegerán ellos solos. Respecto a lo privado, el Estado lo debe proteger, posibilitar, regular, pero no necesariamente fomentar. Y si hay ayudas, siempre con condicionamientos sociales. Como los actuales Memorandos de Bruselas pero al revés. Hay sectores estratégicamente públicos, educación, sanidad, servicios públicos en general, que deben ser blindados sobre un mínimo de dignidad dentro de nuestras posibilidades económicas. Caben externalizaciones en ellos sobre aspectos colaterales no esenciales, pero siempre sin perder el objetivo y el control público desde la perspectiva ciudadana. Para ello es necesaria una buena dirección estratégica, donde la ética actúe como tecnología punta entre otras no más importantes. De ahí la importancia de la formación para nuestros jóvenes, y no tanto de la erudición. La erudición se refiere al conocimiento repetitivo de datos y resultados, la formación fomenta la capacidad de aprendizaje y la asunción del cambio como categoría mental.
La política es más necesaria que nunca, pero una política capaz de seducir. “La información no funciona verdaderamente sino cuando seduce”, solía decir mi amigo Mario Gaviria. Una política que, sin abandonar el día a día, tenga un relato y un proyecto seductores y creíbles, con objetivos claros, con medios viables y hasta con dudas razonables. Que pueda explicar sus aciertos y sus errores cuando los ciudadanos así lo exijan. Pero esa política demanda políticos éticamente inteligentes, con capacidad para una tarea fundamental e imprescindible. El político no hace falta que sea bien parecido, ni gracioso, ni siquiera entusiasta, sino capaz y honrado. “Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa”, decía el pesimista Schopenhauer.

Hoy se habla mucho de la desafección política, pero desde posiciones políticas, desde otro tipo de política embrionaria, todavía sin desarrollar y con elementos juveniles no configurados. Haríamos mal en desoír esta manifestación política-antipolítica. La clave consiste en saber traducir. “Entender es traducir”, dice G. Steiner. Los partidos políticos actuales son excesivamente tradicionales y “los tiempos están cambiando” ya desde Bob Dylan. Su fuerte jerarquización y su interesada endogamia los hace vivir en una auténtica burbuja, sin información del entorno cambiante que está demandando otro tipo de pensar y hacer.
Que los mercados existen es obvio. Siempre han existido, aunque no con tanta presencia. En realidad, los mercados tienen la presencia que la política les ha permitido. Y en la política hay correlaciones de fuerzas e influencias que marcan una dirección u otra. Las políticas conservadoras van detrás de los mercados, a los que sostienen, tras los que se esconden y con los que se justifican. Las políticas progresistas deberían ir delante de los mercados, a los que deberían dirigir y corregir. Y nunca debemos olvidar que detrás de la economía y la política están los ciudadanos, que quitamos y ponemos gobiernos que se supeditan o dirigen los mercados.
Las patologías sociales, igual que las médicas, se detectan por los síntomas. Si la cohesión social falla, la política no es la correcta. Si en un país desarrollado como España, la exclusión social es noticia diaria, la armonía social que el gobierno está obligado a proteger falla. Y es aquí donde los ciudadanos se quejan de los políticos y les exigen que sigan pero que cambien, de fondo y de forma, que abandonen su “irresponsable grandiosidad retórica” (Tony Judt) y que armen un relato creíble, con unos medios visibles y viables y con una dimensión utópica y ucrónica que marque la buena dirección. No son importantes las metas sino la dirección. La crisis, paradójicamente, podría convertirse en una oportunidad política si la transformásemos en un punto de inflexión reflexiva.
Mariano Berges, profesor de filosofía