sábado, 16 de mayo de 2020

MI REENCUENTRO CONMIGO MISMO



Son ya dos meses de confinamiento epidémico. Se acaba de aprobar otra prórroga nueva, hasta el 24 de mayo. Esta vez estuvo muy ajustada la votación. Ciudadanos (Cs) volvió a aparecer como un partido de centro (a buenas horas) y enceló a PNV, ERC y UP. A ver si el PSOE va a cambiar de socios y volvemos a descubrir la geometría variable. Luego vino el paso a la fase 1 de algunas CCAA (o territorios parciales de ellas), con el cabreo de algunas (Madrid, Andalucía, Valencia) y el regodeo de otra (País Vasco) que, con tal de diferenciarse del resto (siempre a su favor), vota lo que haga falta. El PSOE siempre ha sido un partido que se ha movido bien bajo presión. 140 años de existencia dan mucha experiencia. Próximamente, el Presidente de Gobierno parece que llevará al Parlamento otra propuesta de prórroga, esta vez de un mes. Saldrán a relucir conceptos como “golpe de estado constitucional”, gobernanza, ruina económica, abuso de autoridad, responsabilidad y su contrario… A la vez que nervios en los partidos, se empieza a ver en la sociedad algo de relajación. Las dos cosas son malas.
Personalmente, vuelvo a solicitar lo de siempre: esperemos que el proceso epidémico vaya controlándose y podamos recobrar una cierta normalidad. Posteriormente, recordando a Tip y Coll, hablaremos del gobierno… y de todos los demás.

Este encierro es doméstico, existencial, psicológico e intelectual. Pocas veces, casi nunca, nos habíamos hallado en una situación como la actual. Nos obligan a no hacer nada, ni siquiera salir a la calle. Todo nos lo hacen. El gobierno dirige nuestras vidas en su totalidad. Nos dice que estemos sin salir de casa, que no hagamos nada, que nos dediquemos a nosotros mismos. Jamás nos habían hecho un regalo tan extraño y tan potencialmente productivo. Al principio, me sentía extraño, pues no estaba acostumbrado a no hacer nada. No hacer nada siempre lo relacionabas con una enfermedad grave, en la que te obligan a un quietismo pasivo y obediente a los médicos que van a intentar curarte.     

Pero, pasados los primeros días, y conscientes de que esto va para largo, te planteas cómo invertir el tiempo, cómo ejercer tu vida. Es curioso, al menos en mi caso, cómo lo intelectual configura lo existencial. O mejor dicho, sin intelectualidad no hay existencialidad. O, si la hay, se trata de una pura externalidad. Y una vida que no sea vivida por mí sino que me la vivan los demás, a través de sus órdenes y sus instrucciones, y yo me dedique a sobrevivir, a vegetar, a un simple y pasivo esperar, no es vida humana propiamente dicha.

El encierro, paradójicamente con mi coexistencia obligada con mi familia, me ha traído como regalo inesperado mi intimidad. He recuperado mi yo. Y he vuelto a redescubrir que sin mi yo no existe lo demás ni los demás. He vuelto a distinguir la vida consciente de la mera vegetatividad. No me ha desagradado en absoluto la escenografía temporal que ha organizado el gobierno de la nación. Ha tenido ritmo, ha marcado expectativas, ha creado un horizonte, ha creado un diálogo, más que con los españoles, con cada uno de los españoles. En el fondo, el gobierno solo ha creado las condiciones de la realidad, porque la realidad no es algo objetivo sino que lo único que existe es mi realidad, y ésa la creo yo. Porque la realidad está ahí. Me mira y la miro. Me forma y la formo. Me transforma y la transformo. Me duele y le duelo. Me frustra y la frustro. La realidad y yo somos parte de lo mismo.

Pero tengo que trascender la palabra realidad. Y así me encuentro con la gente, la sociedad, que también es realidad. La parte más intensa de la realidad. La gente condiciona mi yo, que soy gente para la gente. Sin yo la gente no sería mi gente. Sin gente yo no sería yo.

Pero, al mirar todo esto, corro el peligro de marearme y caer. Necesito algún elemento que me sustente. Y veo que la comunicación es el elemento conector entre las distintas partes de la realidad. Las junta y las disjunta. Dependen del espacio y el tiempo, o del lado de la frontera en que estás. O de la parte de realidad que seas. Porque según tu espacio y tu tiempo, eres uno u otro. Yo no soy mi yo de hace veinte años. Soy otro yo. Ni mejor ni peor, distinto. Mi vida, mi realidad, mi relación-comunicación con la gente no es la misma. Y ello hace que la gente sea distinta y yo también. Para ellos mismos y para mí.

Por todo ello necesito la escritura, para clasificar y ordenar esta endiablada dialéctica, para organizar mi existencia, para posibilitar la palabra en su sentido más poético de poner nombre a las cosas. Y así, la palabra configura mi realidad, vehicula el pensamiento y me dignifica. Sin la palabra yo no soy, pues sería mera vegetatividad y pura pasividad.

Aunque ahora estemos en situación de miedo a la enfermedad, nunca sobra la reflexión. Yo, en cuestiones de vida y muerte, estoy con Epicuro: la muerte no es problema, el problema es vivir (y morir) con dignidad.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 2 de mayo de 2020

COVID-19: PLAN DE TRANSICIÓN



La ventana indiscreta


Escribo este artículo después de oír al Presidente del Gobierno de España su declaración de una hora sobre el “Plan para la Transición hacia una nueva normalidad”. Fue una declaración solemne y rigurosa, bien estructurada y clara. Si bien, fue poco concreta y todo quedó aparentemente abierto en cuestión de contenido, fechas y territorios. Digo “aparentemente” porque se trata de una apariencia derivada de lo que es un Plan, que está en función de lo que depare la realidad, que es la que manda. El Gobierno ha hecho un trabajo bien organizado que deberá ser complementado con instrucciones posteriores, que son las que concretarán lo que se puede o no se puede hacer, cómo, dónde y cuándo. El objetivo del Plan no es tanto erradicar completamente la enfermedad sino ir reabriendo poco a poco la economía sin llegar a un nuevo colapso sanitario. La dialéctica sanidad-economía es muy difícil de conjugar. Que los dioses nos protejan.

Lo que el Gobierno ha aprobado es un Plan y no un Calendario. Un Plan marca el horizonte y la estrategia, condicionados a una realidad desconocida y cambiante, pero siempre con ese horizonte y estrategia claros e innegociables. Un Calendario pone fechas concretas y cerradas, casi exigiendo que la realidad se supedite a él, y expuestos a tener que rehacerlo si la realidad cambia. El Calendario es más rígido y apriorístico y, efectivamente, es más fácil de consensuar. Un Plan es más complejo y exige un pacto con la ciudadanía, que se convierte en coprotagonista y coautora del éxito o fracaso de dicho Plan. En mi opinión, este Plan, es más operativo, aunque como contrapartida sea abierto y exija concreciones y rectificaciones constantes en función de lo que la realidad nos depare, y que será mejor o peor según el comportamiento de los ciudadanos.

Este Plan tendrá, con toda seguridad, muchos objetores. El primero el PP, que exigirá que el Gobierno tendría que haberlo negociado y consensuado con él. Ya habrá observado mi agudo lector que nunca suelo nombrar a Vox, porque su discurso y su praxis están fuera de lugar y porque no quiero hacerle publicidad gratis. En segundo lugar están los nacionalismos vasco y catalán, que sin haber leído el Plan, protestarán por invasión de competencias. Y ya en tercer lugar, algunas CCAA protestarán con la boca pequeña porque el Gobierno central no ha seguido sus propuestas locales y singulares.

Parece que ninguno de ellos se ha percatado de que estamos ante una pandemia inédita y con un alto y letal grado de contagio, que exige medidas rápidas y decididas, para las que no había un protocolo previo que propiciara un posible consenso con los otros agentes políticos. ¿Qué puede hacer el Gobierno si ni siquiera hay unanimidad clara entre los técnicos? Especialmente si las medidas que pueden adoptar tienen graves e innegables contrapartidas.  Creo que no tiene ningún sentido enzarzarnos ni dedicar medio segundo al qué se debería haber hecho y no se hizo. Y menos a buscar culpables. Salvo que se demuestre que hubo indiscutible incompetencia o mala voluntad al actuar de una determinada manera, cuando la información disponible ya indicaba de manera clara e inequívoca que se debía actuar de otra. Suscitar ahora mismo este debate no hace otra cosa que dispersarnos del objetivo real, combatir a la epidemia, y, sobre todo, refuerza a demagogos y fanáticos, como el separatismo catalán.

Para bien y para mal es el Gobierno de España, con sus asesores científicos, quien tiene la responsabilidad de intentar frenar la pandemia y marcar el camino a la descacharrada economía que nos va a quedar. Y estas decisiones las tiene que tomar a velocidad de vértigo y entre inciertas nebulosas. Cuando la pandemia esté controlada y la economía comience a funcionar será el momento de evaluar a unos y otros: gobierno, oposición, CCAA, ayuntamientos, empresarios, sindicatos… sobre sus acciones y omisiones, sus juicos de valor, sus intentos inmorales de aprovechar la tragedia para su rentabilidad electoral, económica o social. Todos deberán ser evaluados por la sociedad a la que todos se deben.

Personalmente, me parece que, en principio y por primera vez, se ve luz al final del túnel. El Gobierno ha trabajado, se ha arriesgado y ha decidido. Como era su obligación. Si ha abusado del estado de alarma, si ha despreciado a la oposición, si ha ninguneado a las CCAA, si ha jugado con los ciudadanos, si ha cometido errores, si ha mentido, si ha jugado al rédito electoral, todo eso lo pagará. Pero si lo ha hecho razonablemente bien, se le premiará. Pero, como ya he dicho reiteradamente, todo eso se dilucidará cuando la pandemia quede controlada, la sociedad haya recobrado un estado de ánimo sereno y las fuerzas políticas hayan consensuado su Plan de reconstruir España (¿). Posiblemente entonces sea un buen momento para que haya elecciones generales y que un nuevo gobierno sea el encargado de poner rumbo a la reconstrucción económica y social de España.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 18 de abril de 2020

CONFINADOS Y REFLEXIVOS









La ventana indiscreta


Cierto es que volver al coronavirus por tercera vez da mucha pereza, pero parece que la realidad manda y el confinamiento acompaña. Es algo así como si, al estar confinado, este artículo tuviese que ser obligatoriamente sobre el virus.

Estos días, en la información hay de todo: sobreinformación, especialmente en las televisiones (singularmente la Sexta), cuadros de estadística, proyecciones de prospectiva, modelos matemáticos, mítines y antimítines en las comparecencias de los políticos, y, desde luego, mucho trabajo y dedicación de nuestras autoridades responsables, tanto nacionales como autonómicas y locales. Y, cómo no, un comportamiento ejemplar de la sociedad española, especialmente los que están en primera línea (sanitarios, asistencia social, investigadores, informáticos, agentes del orden, trabajadores esenciales, agricultores, transportistas, etc.). Pero, junto a todo ello, también hay aportaciones de pensadores muy interesantes en los medios de comunicación (Y. N. Harari, John Gray, Eduald Carbonell, el espacio televisivo de Gabilondo “Volver para ser otros”) que nos estimulan con sus visiones a largo plazo y sus contextualizaciones de lo que está pasando.

Paralelamente, en España, está teniendo lugar un comportamiento por parte de la oposición política (PP, Vox) verdaderamente lamentable. Parece mentira para el PP, partido con vocación de gobierno, que no esté a una mínima altura en medio de una pandemia mortal. La gente normal, que es mucho más inteligente de lo que parece, no les pagará en rentabilidad electoral. Paradójicamente, engordan al gobierno vigente, que, con sus errores y aciertos, se está dejando la piel todos los días. No toca ahora discutir ni criticar, sino unirse en el camino a seguir para parar la pandemia: animando, proponiendo acciones y estrategias, negociando y pactando la ruta a seguir hoy, sanitariamente, y mañana, social y económicamente.

Algunas ideas. N. Harari dice que mucha gente culpa de la epidemia de coronavirus a la globalización, y que la única forma de impedir que haya más brotes de este tipo es desglobalizar el mundo: construir muros, restringir los viajes, disminuir el comercio. Sin embargo, aunque en estos momentos la cuarentena es fundamental para detener la epidemia, instaurar el aislacionismo a largo plazo provocaría un derrumbe económico y no proporcionaría ninguna protección genuina contra las enfermedades infecciosas. Todo lo contrario. El verdadero antídoto contra una epidemia no es la segregación, sino la cooperación.

Las epidemias del siglo XIV (peste negra), XVI (viruela) y 1918 (la “gripe española”) mataban a millones de personas mucho antes de la era de globalización actual. Murieron muchos millones de personas sin que existiera la movilidad actual, que sí es un factor exponencial de contagio. Por el contrario, tenemos los ejemplos horribles del sida y el ébola en el siglo XXI, que, con una movilidad planetaria, mata a muchísima menos gente. Y está claro que el éxito no es por el aislamiento sino por la información compartida. Es la ciencia y la tecnología compartidas en todo el mundo lo que nos permitirá ganar este tipo de batallas. Sin obviar el hecho de la fragilidad humana respecto de cualquier epidemia nueva y del cambio climático, que ahora parece no existir en los medios.

La historia indica que la protección se obtiene con la solidaridad científica mundial. Cuando los científicos comprendieron lo que causan las epidemias, les fue mucho más fácil luchar contra ellas. Las vacunas, los antibióticos, una mayor y mejor higiene e infraestructuras médicas mucho mejores, han permitido que la humanidad ganara la partida a sus depredadores invisibles. El coronavirus actual lo parará el intercambio de informaciones científicas fiables y la solidaridad mundial.

Y allá en el fondo, siempre está la política, sin la que la ciencia y el progreso tendrían difícil su existencia.  Si los políticos tuviesen como objetivo principal de su acción pública el beneficio general, todo sería mucho más fácil. La responsabilidad política es una obligación de primer orden. No tienen los políticos por qué ser científicos, pero sí deben ser capaces de distinguir y ordenar las prioridades de su política. Nadie nace aprendido pero lo que sí debe tener el político es capacidad de aprendizaje. Sin ella y una mínima ética no deberían ser admitidos en puestos de responsabilidad. Una primera lección a aprender es fortalecer inteligentemente la ciencia en general y la sanidad en particular. Que, curiosamente, es lo que no se ha hecho en España en los últimos doce años. La pandemia actual no deja de ser un fracaso por el bajo nivel de la ciencia en España y su falta de coordinación.                                              

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 4 de abril de 2020

COVID-19: REFLEXIONES DESDE EL CONFINAMIENTO



La ventana indiscreta


En mi artículo anterior sobre el Covid-19 exponía una idea principal, que era la discusión entre los epidemiólogos y los matemáticos, y que consistía fundamentalmente en que los primeros dependían más del presente que querían evitar (número de contagiados y de muertos ocasionados por la pandemia) y los segundos, sin responsabilidad de presente, hacían estimaciones sobre cómo se comportaría la pandemia según modelos matemáticos provenientes de otras situaciones. Al final la consecuencia era que los primeros eran más prudentes, intentando equilibrar sanidad y economía, y los segundos más radicales a favor de la sanidad y posponiendo la economía. Este lunes 30 de marzo, los dos grupos de científicos se han aproximado en una mayor paralización de la economía del país, a fin de minorar la movilidad de la gente, intentar cortar la pandemia y no colapsar el sistema sanitario. Pero ahora son algunos economistas y empresarios, más los impresentables políticos de coyuntura y los voceros de siempre, los que se quejan porque dicen que se hunde la economía. Y ahí quedan los gobernantes, con sus expertos asesores, improvisando decisiones sobre la marcha, entre las críticas de unos y el respeto silencioso de otros.

Desde mi ventana indiscreta el panorama que veo este miércoles 1 de abril, cuando escribo, es incierto y peligroso, tanto desde el punto de vista sanitario como económico y político. El confinamiento nos ha impuesto una nueva “normalidad”, caracterizada por la incertidumbre y la vulnerabilidad. Las estremecedoras noticias cotidianas sacuden nuestro sentido de futuro. El virus enemigo nos amenaza el porvenir. El mundo se ha vuelto más frágil y algo tan pequeño que es invisible lo amenaza con destruirlo. De la fragilidad del gran mundo pasamos a la contingencialidad de nuestras pequeñas vidas. La proximidad entre los humanos sufrientes produce solidaridad y genera empatía. Valoramos más la cotidianeidad y las pequeñas cosas y afectos El confinamiento que acertadamente las autoridades han decidido para todo el país, nos ha hecho a todos más humildes y más sabios. Especialmente sobre aquello que no sabemos y en lo que debemos obedecer a los que saben. Nosotros tenemos la fuerza de la masa, 47 millones de habitantes, cuya conducta es clave para el éxito de la aventura. Nuestra obediencia en el confinamiento es el complemento en el éxito de las decisiones de los gobernantes y los expertos.

Son ya muchos muertos (y los que habrá) y muchos contagiados como para que no tengamos miedo. España es un país envejecido, precisamente gracias a su alta calidad de vida y a su sistema sanitario. Y es ese envejecimiento el que, en una situación de peligro vírico como la actual, nos hace más vulnerables y más temerosos. Nuestra contingencialidad es tan clamorosa que uno recuerda aquella terrible frase de Stalin “una muerte es una tragedia, muchas muertes son una estadística”. La frase, que es objetivamente cierta, revela, sin embargo, una ausencia tal de sensibilidad acerca de la condición humana, que uno se arrepiente de haberla citado. Porque la vida es nuestra vida, la mía y la de los nuestros. Y, aunque la vida sigue existiendo y sobreexistiendo a cualquier epidemia vírica y a cualquier catástrofe planetaria, si yo no existo, lo demás no existe. Soy yo el que da sentido a mi vida. Y la vida sin mi vida no es vida, es naturaleza.

Los políticos (gobernantes y oposición) y los científicos están en un momento clarísimo para unirse en el análisis de la situación y en la toma de decisiones, sin obscenos cálculos políticos. La situación en que estamos es inédita y, por lo tanto, las mejores cabezas y los mejores estrategas tendrían que estar trabajando codo con codo en la salvación del país. La nación requiere un empuje unitario para derrotar el virus y afrontar la monumental crisis económica posterior. Todos hemos cometido errores, como no podía ser de otra manera ante lo inédito de la situación. Nadie tiene una varita mágica y todos tenemos que coadyuvar a la solución. El gobierno está en una emergencia inédita para la que aún no existe protocolo y en la que las decisiones tienen que ser rápidas, sin posible exigencia de consensos, aunque nunca sobra la comunicación. Habrá tiempo de analizar y pedir responsabilidades, pero luego, cuando la situación se normalice. Y también habrá tiempo de cambiar nuestros hábitos y conductas, y de priorizar nuestras inversiones de otra manera; incluso de modificar nuestro concepto de vida y de convivencia. Quizás lleguemos a la conclusión de que nos sobra hiperactividad y nos falta reflexión, de que nos sobra cantidad y nos falta calidad, de que nos sobran españas y nos falta una idea de España plural y diversa pero con un proyecto común. Porque a lo mejor nos damos cuenta de que los nacionalismos no son tanto una manera distinta de sentirse como una vulgar manera de ser más a costa de otros que serían menos. Pura ley de la selva. Y para selva ya tenemos el coronavirus, que no es otra cosa que un pequeño zarpazo de la selva en nuestra civilizada sociedad.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 21 de marzo de 2020

COVID-19



La ventana indiscreta

“COVID-19” en lugar de coronavirus, porque parece nombre de agente secreto y camufla mejor mi ignorancia y atrevimiento para escribir sobre ello. Esta vez escribo desde mi cuarentena más que desde mi ventana, y lo que veo es difícil de describir. En realidad no veo nada sino que más bien oigo y leo. La nada que veo es la cuarentena generalizada, muy bien seguida por la generalidad de la población.

Lo que oigo y lo que leo me deja más preocupado, sobre todo por la novedad de la pandemia vírica y por la ignorancia que se deriva de dicha novedad. En el escenario de la pandemia en España observamos a tres tipos principales de actores: la propia enfermedad, los científicos y los políticos. De la enfermedad como tal no digo nada por ser leguleyo total. Solo obedezco a mis autoridades.

Entre los denominados expertos yo distingo dos grandes grupos: los biólogos (médicos, epidemiólgos, químicos, bioquímicos…) y los físico-matemáticos. Y me da la impresión de que no hay muy buena conexión entre ellos, al menos hasta ahora. Los biólogos estudian la enfermedad y hacen lo que pueden, que es mucho, gracias a sí mismos y a Internet, que les reporta los conocimientos de la comunidad científica internacional. Andan a la búsqueda de la vacuna, pero eso va para largo. Los físicos-matemáticos estudian las curvas epidemiológicas, los ritmos, los picos del contagio y otros parámetros de la pandemia, y dudan de que lo que se está haciendo hasta ahora podría colapsar el sistema sanitario español. Con lo cual, la solución se complicaría muchísimo. Hablan de que la alarma decretada por el Gobierno ha sido tardía y poco radical; los test que se hacen son pocos y falsean la estadística, pues podría haber muchos más contagios. Según ellos, el cierre de empresas tendría que haber sido antes y total (salvo las imprescindibles), para que hubiese movilidad cero, y así minorar los contagios. Lo mismo con los transportes públicos: cerrarlos. Esto es una guerra. Y en las guerras no se escatiman recursos.  

El tercer actor son los políticos. Nuestros jefes dicen que se limitan a obedecer a los científicos. Poco liderazgo muestra esa afirmación. Algunos, como los jefes institucionales del nacionalismo catalán y vasco, se han pasado de listos y han hecho el ridículo una vez más. Especialmente Torra, que ha demostrado ser el intelectual orgánico de la estupidez. Otros, los/las feministas, como mínimo ejercieron de irresponsables y realizaron su gigantesca manifestación, en la que se infectaron cientos y miles de personas. Los de Vox, más de lo mismo. Si bien es verdad que ese domingo abrieron bares, discotecas, campos de fútbol, transportes públicos saturados, etc. El gobierno de Sánchez anda tan hiperactivo que casi no tiene tiempo para equivocarse. Lo único que se ve demasiado es la dualidad esquizofrénica interior del Gobierno por hacerse con la rentabilidad electoral de unos supuestos aciertos, que están por ver. Iglesias, por ejemplo, ya ha conseguido salir en la tele como coordinador del reparto de 600 millones para residencias de mayores. Y de paso dar un mitin que no tocaba.

Como he dicho antes, las opiniones del bloque científico físico-matemático ponen la carne de gallina. No ven un final cercano y, lo que es más angustioso, no aprueban la estrategia seguida por los biólogos oficiales. La tildan, aparte de errónea, de mala comunicación, edulcorante y peligrosa. Mucho hablar de nuestro maravilloso sistema sanitario pero no sabemos adelantarnos a los acontecimientos epidémicos. Nuestras autoridades nos aconsejan no caer en el catastrofismo y a los dos días nos proclaman el “estado de alerta”. Lo que tampoco frena casi nada: ni curvas ni picos ni contagios ni muertes. Está claro que no estábamos preparados para esta pandemia. “La mejor sanidad del mundo” no tiene idea de qué hacer como no sea pronunciar grandes frases del tipo “viviremos tiempos difíciles” o “esto terminará”. Obviedades así, mejor no decirlas. O hablar de teletrabajo en un país de turismo y servicios. Alguno de los científicos físico-matemáticos ya reclama responsabilidades por la “falta de previsión” en la gestión de la crisis. Literalmente dice “Por falta de anticipación para hacer previsiones y predicciones epidemiológicas de una epidemia evitable. El no evitarla ha conllevado unas consecuencias en la salud pública y ésa, en términos médicos, es la definición de negligencia”.

Estamos, pues, ante un letal terremoto y seguimos dando unas ruedas de prensa “serenas” y “tranquilizadoras”. Creo que es infantilizar a la sociedad no decirle la verdad. Ante el miedo también hay que saber conservar la dignidad. Hemos (han) permitido que la epidemia avanzara demasiado, que el confinamiento no fuera efectivo por no parar totalmente el país desde el principio, con lo que se vislumbra el desbordamiento de nuestros hospitales.

Ayer habló el Rey. Tuve la impresión de que hacía el mismo papel que cuando la parroquia saca al Santo en procesión para frenar una peste. Hasta su gesto hierático lo sacralizaba. La eficacia supongo que será la misma en los dos casos.                                               Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 7 de marzo de 2020

8 DE MARZO



La ventana indiscreta

8 de marzo, día de la mujer. Voy a cumplir con el ritual, pero voy a intentar desmarcarme de tanta adulación imperante y voy a discriminar unas reivindicaciones respecto de otras.
De entrada, rechazo y condeno toda violencia de todo tipo: sexual, laboral, física, psicológica…, especialmente la que se da contra la mujer, por ser sistemática y, a veces, definitiva. Aclarado este punto, debemos distinguir y discutir otras reivindicaciones, porque, sin llegar a la “ideología de género”, existe un feminismo excesivamente ortodoxo y con una prepotencia que hace dudar de su autenticidad. En las grandes cuestiones, y el feminismo lo es, también hay que ser humildes, y hay que convencer, más que imponer. Como siempre, en cuestiones no pacíficas, expongo libremente mi opinión y revindico, cómo no, el derecho a equivocarme.
La defensa de la causa de la mujer es tan obvia racionalmente que me extraña tanto esfuerzo baldío. Diría más todavía, hay un excesivo ruido feminista que no siempre ayuda a la causa. Por ejemplo, está muy de moda, actualmente, incriminar a varones famosos por actos cometidos hace muchos años. Me parece bien, pero huelo más venganza que justicia. Alguien ha dicho, a este respecto, que hay varones que consiguen sexo desde el poder, pero que también hay mujeres que consiguen poder desde el sexo. Cierto es en ambos casos.
En esencia, la mujer es un ser humano (ni más ni menos que el varón), obviedad casi ofensiva pero que debería ser fundamento suficiente para reivindicar todo lo reivindicable. Por lo tanto, si esto no está claro debe ser porque hay una perspectiva o una variable, desde la que se falsean los roles y las consideraciones entre humanos. Y esta perspectiva es el poder.
Como nos recuerda el libro de Alicia, quien tiene el poder otorga el significado a las palabras. Y, salvo alguna época o lugar matriarcal, ha sido el varón quien  ha ocupado ese lugar. Y, efectivamente, el poder otorga roles y funciones, reparte premios y castigos y, sobre todo, da significado a la realidad y al lenguaje que la expresa. A partir de ahí ya no es el varón quien reparte directamente las tareas, sino el lenguaje que expresa la realidad, elaborada por el poder encarnado por varones. Ya no digamos nada si ese poder emana de Dios.
Sin embargo, es la mujer la que juega el papel determinante en los cambios históricos. Y no lo digo solo por el hecho biológico de parir, que también, sino por otros muchos que se derivan de ése, especialmente la crianza, factor esencial en la educación del homo sapiens, y no así en los animales. El parto y la crianza son los aspectos fundamentales del humano que van a condicionar su vida futura.  Y es esta función femenina la que, en mi opinión, mayormente discrimina a la mujer, aunque sean otras las reivindicaciones más ruidosas.
La secuenciación de los hechos y sus motivaciones es sencilla: tener un hijo puede ser, y generalmente lo es, una decisión catastrófica para cualquier carrera profesional de una mujer. Y esto, además de una injusticia, es una catástrofe social, pues se pierde una perspectiva enriquecedora y complementaria en la economía y gobernanza de la sociedad. La edad de tener hijos hoy se ha retrasado hasta los 33 y más años. La tasa de empleo en la mujer sin hijos pasa del 72,5% (en el varón es del 72,1%) a un 63,5% de madres (frente a un 82,8% de los padres). Es ahí donde empiezan todas las brechas antimujer: horas extras, pluses, promoción, y hasta abandono laboral. Ése es el momento crítico en la discriminación femenina. Ahí es donde la política tendría que intervenir con decisión, creando normativa y recursos para que la maternidad tenga mérito y no demérito para su protagonista. Embarazo, parto y crianza deben ser premiadas por la sociedad-Estado, sin detrimento laboral ni económico para la mujer. Las guarderías deben ser objetivo político prioritario, de manera que, por su abundancia, precios y horarios, no merme ni un ápice el progreso laboral y profesional de la madre. Tener hijos en una sociedad envejecida debe premiarse en vez de castigarse. No puede ser que quien soluciona el problema sea discriminada en su faceta humana, económica y profesional. Éste es el momento en el que aparece la desigualdad más flagrante contra la mujer. Hay otras desigualdades, pero no tan estructurales, generalizadas y definitivas como ésta. Sin embargo, otras reivindicaciones feministas meten más ruido, siendo más secundarias, llegando algunas a verdadero folklore. Quizás el patriarcado esté en muchas mentes, no siempre masculinas, más interiorizado de lo que creemos.                                               Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 22 de febrero de 2020

LEGALIZACIÓN DE LA EUTANASIA










La ventana indiscreta


El viernes 24 de enero de 2020, el PSOE registró en el Congreso de los Diputados la ley que legaliza la eutanasia, que será gestionada por el Servicio Nacional de Salud y financiada con dinero público. El 11 de febrero comenzó la tramitación, que fue aprobada para su toma en consideración con 201 votos a favor (la mayoría absoluta está en 176). Luego se remitió a la Comisión de Sanidad parlamentaria para su articulación. 2020 parece, pues, que será el año en el que se legalice la eutanasia en España. Se prevé que para el verano. Ojalá.

Salieron ya los primeros exabruptos y disparates, tanto por parte de PP (“la eutanasia solo servirá para recortar gastos”), de Vox (“la eutanasia como solución final”), de algún obispo y de alguna organización cristiano-dogmática.

El texto registrado por el PSOE explica que esta práctica será de aplicación a "toda persona mayor de edad y en plena capacidad de obrar y decidir" que pueda "solicitar y recibir dicha ayuda", siempre que lo haga "de forma autónoma, consciente e informada", y que se encuentre "en los supuestos de enfermedad grave e incurable o de enfermedad grave crónica, causantes de un sufrimiento físico o psíquico intolerables". Será, por tanto, el propio enfermo quien deba solicitar la eutanasia a su médico y éste deberá informarle debidamente del proceso que ha de seguir. Como habrá tiempo mientras dure la tramitación, no exponemos ahora otros aspectos susceptibles de mejora del todavía proyecto de ley, sino solo algunas consideraciones generales.

 Desde siempre se ha podido percibir que la huida del dolor y del sufrimiento ha sido una constante en la humanidad. A lo largo de la historia  se ha tratado de regular la muerte producida de forma voluntaria, tanto la realizada por el propio sujeto como la realizada por terceros, mediante normas escritas o no, siendo estas normas un reflejo de las concepciones imperantes en cada época, ya fueran religiosas, filosóficas, científicas o de cualquier otro orden. Las prácticas eutanásicas y el suicidio por motivos altruistas, eran bastante frecuentes en los pueblos primitivos.

Tanto en Grecia como en Roma, hubo numerosos defensores y algún detractor de la eutanasia, como lo atestiguan numerosos documentos y testimonios literarios. Epicuro sostenía que había que tener miedo al dolor pero no a la muerte, porque  “cuando tú estás (existes), la muerte no está; y cuando la muerte está, tú ya no estás”. Posteriormente, prácticamente todos los pensadores griegos, salvo Hipócrates, justifican la muerte voluntaria en el ser humano. El juramento hipocrático era, en su época, una defensa de los enfermos vulnerables para evitar los envenenamientos. Actualmente, se hace de él un uso impropio y descontextualizado. Pero son los estoicos los que de manera más clara mantienen en su concepción ética la prioridad humana y la libertad sobre la vida y la muerte. Séneca afirma taxativamente que "es preferible quitarse la vida, a una vida sin sentido y con sufrimiento". Incluso el cristianismo, en un principio no solo no condenó el suicidio, sino que incluso lo consideró como un gesto heroico, para escapar al deshonor o como una forma de aceptar el martirio. Es a partir del siglo IV cuando, para evitar el gran número de suicidios de creyentes fanáticos, que pretendían, a través de la inmolación, conquistar el paraíso, se comenzó a condenar la eutanasia.  Agustín de Hipona y Tomás de Aquino son las dos grandes referencias  de esta prohibición en el dogma católico. Podríamos seguir hasta la actualidad con grandes nombres justificadores de la eutanasia, pero no caben en la brevedad de un artículo.

Creo conveniente subrayar que la eutanasia es una cuestión político-jurídica, que es lo propio de una sociedad democrática de derecho. La moralidad de ese acto, como la de todos, es una cuestión de nuestro fuero interno. No existe una moralidad objetiva, pues todas están condicionadas por principios sociales y políticos. La propia etimología de “mos, moris” (moral) o de “ethos” (ética) significa “costumbre”, y no otra cosa es la Ética sino la consideración y selección de las costumbres de cada época. Si, en definitiva, la finalidad de la ética es la consecución del buen vivir, éste no se entiende sin un buen morir, secuela lógica e inevitable.

Frente a un 84% de la población española a favor de la eutanasia, ningún argumento justifica que no se regule. La creencia individual, de tipo religioso, en la sacralidad de la vida es por completo respetable, pero, obviamente, no se puede imponer a toda la sociedad. No olvidemos que el actual Código Penal español, en su artículo 43, condena al que induce o ayuda al suicidio de otro, a una pena de prisión de entre dos y diez años. Es tiempo ya de añadir la eutanasia a los derechos civiles e individuales que  tenemos en España.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 8 de febrero de 2020

INCENDIO EN EL CAMPO

La ventana indiscreta

INCENDIO EN EL CAMPO

Durante estos últimos días, los asuntos tratados en los medios de comunicación son muy numerosos. El primero, indudablemente, es la epidemia china del coronavirus y sus ramificaciones por todo el mundo.  Siguen la reforma del Código Penal y su posible consecuencia balsámica en Cataluña, el nombramiento de la nueva Fiscal General del Estado, y los superpoderes de Iván Redondo. De todos ellos habrá que hablar.

Pero de todas las noticias de los últimos días, la que más me ha interesado, por su incidencia en la vida real de muchas gentes y territorios de España, es la protesta de los agricultores: los herederos de la “Extremadura saqueada” de Mario Gaviria, los “aceituneros altivos” a los que cantaba Paco Ibáñez y los hijos de los agricultores fundadores de la UAGA aragonesa.

Ha habido dos declaraciones significativas al respecto: la del Presidente de Extremadura quejándose de la incidencia negativa que el nuevo SMI iba a tener entre los pequeños agricultores extremeños; y la del Secretario General de UGT diciendo que esos movimientos de protesta eran generados por “la derecha terrateniente y carca”. Así como la primera era una llamada a hablar del problema de los precios agrarios como problema de fondo; la segunda declaración era una gran metida de pata. Álvarez podría tener con los agricultores tanta comprensión como tiene con el separatismo catalán.

Ante el activismo verbal y mediático de nuestros políticos, se ha ido larvando este movimiento silencioso y alejado de los grandes medios de comunicación, hasta que ha estallado con ocasión  de la subida del salario mínimo profesional (SMI). Yo no pienso que el SMI sea causa del malestar agrario, sino una distorsión más del problema de los precios agrarios dentro del proceso de producción y distribución alimentaria. Porque está claro que el SMI tiene beneficios inmediatos para los trabajadores, aunque cause también distorsiones territoriales. La subida salarial ha hecho pupa entre los pequeños empresarios agrícolas, pero tendría gracia que la supervivencia de los pequeños agricultores se basase en la explotación de los inmigrantes. El problema es mucho más complejo y es un efecto más de la globalización, que tiene a los pequeños agricultores entre sus perdedores. Pero si la única respuesta es la que dio el Ministro de Agricultura, “yo no puedo hacer nada porque no puedo fijar los precios, ya que dependen de la oferta y la demanda”, entonces ¿para qué sirve la política? Cuidado con estas cosas, que la antipolítica de Vox está al acecho para recoger todo lo que los políticos tradicionales van dejando en la intemperie. No otro es el alimento de los populismos. La revuelta del campo se parece cada vez más al comienzo de la lucha de los chalecos amarillos en Francia. Clases desfavorecidas que se sienten olvidadas por un socialismo gobernante, más atento a la modernidad del norte y de lo urbano, acuciados por las exigencias nacionalistas, y que amenazan ahora con incendiar los feudos tradicionales del PSOE. Y faltan todavía por implementar las medidas de la transición ecológica (subida del diésel, medidas restrictivas para el porcino y la ganadería), que profundizarán el malestar agrícola-ganadero.

Está bien eso de definir el ideario de un partido progresista por el feminismo, ecologismo, digitalización, y otras solemnes reivindicaciones, pero todo eso está lejos de los ámbitos rurales. La perspectiva de un partido progresista no puede dejar de lado a tanta gente como se está quedando fuera de los objetivos de la modernidad. Toda esa gente se ha quedado fuera del visor político socialista. Y las cosas de comer siguen siendo, desde el homo sapiens, lo más básico de la subsistencia. La vergüenza universal es que lo sigan siendo hoy. 

Las ineficiencias del mercado se han disparado de tal forma que muchos agricultores van “a pérdidas” en sus ventas. La liberalización del mercado distribuye las rentas muy desigualmente, pero la política ha hecho poco-nada por contrarrestar los efectos de esta liberalización. Pero no todo es culpa de los políticos y de los oligopolios que controlan el proceso y fijan los precios, repartiendo así rentas y beneficios. También los agricultores han estado enquistados en una mera producción primaria de sus productos, sin darles valor añadido y sin constituir cooperativas fuertes de segundo grado que puedan discutir los precios en el mercado global.   

Siempre he pensado que Aragón en general y las Cinco Villas (especialmente Ejea y Tauste) en particular, tenían un enorme potencial en agua y territorio, y se han conformado con producir primariamente sus alimentos, malvendiéndolos a los controladores del proceso transformador y comercializador. Pero podían haberse convertido en transformadores de sus productos, beneficiándose de su propio valor añadido y ocupando un lugar en el mercado global. Eso que llamamos agroindustria. Pero hemos optado por otras cosas más modernas, en las que tenemos un papel secundario y dependiente. Nos hubiera ido mejor con el otro modelo, pero ahora quizás ya sea  tarde.
              Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 25 de enero de 2020

ENCERRADOS EN EL PRESENTE



La ventana indiscreta

ENCERRADOS EN EL PRESENTE

Este último domingo (19-01-2020), Fernando Vallespín escribía un artículo en “El País” (Hay que combatir el miedo al futuro) que me pareció una reflexión muy acertada sobre la crisis de credibilidad (y de miedo) que nos asalta hoy en medio del barullo socio-político que nos rodea. Me refiero, especialmente, a la investidura de Sánchez tras el pacto con UP y con la abstención activa de ERC y Bildu.

Ante la multitud de interrogantes posibles, casi todos basados en el temor hacia el futuro, uno se cabrea consigo mismo, se agarra al optimismo de la voluntad y decide que la vida sigue, que el futuro no está escrito y que ya veremos qué sucede. Los profetas y los alarmistas siempre han tenido un gran poder de atracción, a la vez que también mala prensa y, además, cierto tufillo de superioridad, pues solo ellos son capaces de prever lo que va a pasar.

En el otro lado puede uno jugar educadamente y fingir que las palabras y discursos de unos y otros son lógicos y hasta verdaderos: los que tienen el poder (que entre todos les hemos dado) tienen la obligación (¿y la convicción?) de asegurar que un mejor futuro nos aguarda con ellos al frente. Los que están en la oposición nos hablan del engaño urdido por los vencedores y nos quieren iluminar con su verdad objetiva.

Y en medio nosotros, y yo, con este artículo a mitad y sin tener muy claro por dónde seguir. Juro por los dioses que, en este momento, no tengo ni idea cómo acabará. Hay un cierto placer nietzscheano ante este abismo hacia lo incierto, en el que no nos queda más remedio que inventar nuestro futuro. Quizás hemos llegado a ser ese niño inocente capaz de todo, incluso de inventar la vida.

Con la Ilustración aprendimos a pensar que el hombre, basado en la razón y la ciencia, podía soñar con un futuro mejor. Incluso pensábamos en un progreso infinito. Y nos ha ido bien desde el siglo XVII. Los avances de la humanidad han sido espectaculares. Entre otras cosas, hemos inventado y perfeccionado la democracia representativa. Algo así como una cosa humilde y razonable que imposibilitara todas las utopías totalitarias que han existido. Hemos relativizado el bien y el mal. Sabemos que el ser humano es muy poderoso, capaz de crear el cielo y el infierno. No hay más que recordar el trágico y recién acabado siglo XX. Los avances científicos, económicos y políticos son superiores a nuestros sueños, pero las guerras, el holocausto, las dictaduras, las hambrunas, todo tipo de exilios… son el contrapunto maldito del gran poder humano.

Parece como si todas las utopías habidas hasta ahora se hubiesen pinchado y solo se vislumbrasen distopías climáticas y tercermundistas. Ya no estamos tan seguros del eterno progreso. Hasta la democracia, nuestro gran descubrimiento ilustrado, parece languidecer. Vuelven a aparecer las grandes potencias que nunca se fueron. La globalización no se deja domesticar y, aunque el crecimiento económico sigue imparable, la desigualdad entre iguales desdibuja monstruosamente el paisaje. 

Si las utopías parecen sueños fuera de nuestro alcance, las distopías producen agotamiento existencial. A mí, personalmente, lo que más me desmoraliza es la falta de capacidad intelectual para evitar caer rendidos ante esta inmediatez sin horizontes. Si hemos sobrevivido a dos guerras mundiales (los españoles sumamos nuestra guerra particular), si hemos superado los totalitarismos fascistas y bolcheviques, estamos capacitados para superar también esta opacidad consumista y mediática que nos envuelve.

Necesitamos resetearnos, paralizar el ritmo frenético y hueco de nuestras vidas, buscar el silencio de la cotidianeidad, huir de los grandes eventos que nos ensordecen, leer, escuchar, estudiar, pensar. Quizás sea éste un momento social por excelencia, en el que la sociedad reflexione sobre sí misma. Vivimos en un entorno privilegiado (Europa, España), y con unos mecanismos suficientes de convivencia y de solucionar los desacuerdos (la política). Solo nos falta dialogar, pero de verdad. No monólogos meramente formales, sin dirección y sin contexto. Eso es teatro. Si por algo salió adelante la Transición española fue porque los agentes del momento dialogaron en torno a un bien superior y común a todos ellos. Aunque, como diría Cercas, algunos tuvieran que traicionar a los suyos: Suarez a la Falange, Carrillo a los comunistas y Mellado a los militares.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 11 de enero de 2020

GOBIERNO HABEMUS



La ventana indiscreta

¡Por fin, Gobierno habemus! Lo nuestro nos ha costado. No ha sido fácil, ni lo va  a ser. El espectáculo parlamentario dado por la derecha ultramontana ha sido deplorable. Ahora que nos había acostumbrado Rajoy a una templanza más propia de un país moderno y democrático, regresa el espíritu del Aznar más cavernícola. Aquél de la guerra de Irak, el que hablaba con acento mejicano y ponía los pies encima de la mesa. Los asesores de Casado se están luciendo. Si Rivera ha fenecido por intentar sorpasar al PP, Casado puede fenecer por intentar competir con Vox. Yo siempre he pensado que el salto cualitativo de la política en España se dará cuando los políticos hagan aquello que piensan que deben hacer, independientemente de sus réditos electorales. Ese día, con aciertos y errores, la política, ese gran invento humano para organizar la convivencia social, habrá vuelto. Y se cumplirá aquel principio aristotélico de que no hay política sin ética ni ética sin política.

Vamos a intentar olvidarnos del espectáculo parlamentario, aunque no deja de ser el síntoma del mal de fondo, que no es otro que la ausencia de política. La mayoría de las intervenciones de nuestros diputados habitaban en la dialéctica amigo-enemigo. Fundamentalmente, perseguían la defensa de los intereses individuales  y los de partido. La agresividad era la melodía que todo lo envolvía. Incluso los aliados no se fiaban entre ellos, pero… “no había otra alternativa”. Pero la razón no era el bien de España, sino el suyo propio. No se oyó discutir sobre las distintas visiones del mundo o de España, que no otra cosa debería ser la política parlamentaria.

Los acontecimientos transcurridos y los contradictorios discursos pronunciados desde las elecciones del 28 de abril hasta hoy, dan para varios libretos de un sainete burlesco popular. Pero, tranquilos, no me voy a refocilar en el recordatorio. Solo quiero dejar constancia de que la lógica y la racionalidad que deben imperar en la política, se han diluido en la concreción del regate corto y de hacer valer ese dicho “ya se sabe, la política es así”. 

Si tras el 28-A todos los acuerdos eran imposibles, y hubo que ir a las elecciones del 10-N, ¿por qué ahora, con una mayor fragmentación parlamentaria, han sido posibles? No quiero hurgar en ninguna herida, sino pensar en voz alta para intentar entender lo que se me escapa. ¿Habrá sido por miedo? Los 3,5 millones de votos de Vox y sus correspondientes 52 escaños en el Congreso de los Diputados, más la casi desaparición de Cs (de 57 a 10 diputados), nos están hablando del verdadero protagonista de España y de toda sociedad democrática: los ciudadanos. Son ellos los que deciden, con su mucha o escasa información. Sin embargo, los políticos con sus secretos y sus mentiras juegan con ellos. A mí siempre me ha impresionado la seriedad y la responsabilidad con que van a votar los españoles. Y lo bien que suelen votar. Cada resultado electoral constituye una lección magistral sobre la actualidad política del momento. Pero, luego, los políticos no son capaces de traducir en acción política interesante esos votos ciudadanos.

En artículos anteriores me he preguntado por qué PSOE y Cs no pactaron tras el 28-A (123 + 57 = 180). ¿Nos enteraremos alguna vez de la razón verdadera? ¿Porque el  objetivo de CS era sorpasar al PP? ¿Por qué se trataba de una pelea de gallos? Por favor, un poco de rigor. Y tras ese fiasco ¿por qué el PSOE no pactó con UP y, ahora, que suman menos, sí pactan? Y ¿cómo se puede estar dependiendo de ERC, si según declaran públicamente, la gobernabilidad de España les importa un comino? ¿Cómo se puede pactar con un sedicioso político, condenado en sentencia firme? Me resisto a pensar que no había alternativa. ¿Se ha intentado en serio por unos y por otros? 

Tras mi fracaso personal para explicarme  tanta sinrazón, no me queda otra que dar por bueno el resultado final: la investidura de Sánchez y el gobierno de coalición con UP, con el apoyo abstencionista de ERC y de Bildu (ah! y los unitarios de ¡viva mi pueblo!, que han resultado imprescindibles). Como la investidura no es lo mismo que la gobernabilidad, habrá que esperar para ver si estos mimbres son capaces de soportar los nuevos tiempos que se avecinan. Ojalá que sí, y la capacidad de aprendizaje de nuestros políticos y de nuestros partidos nos deparen grandes sorpresas positivas. Al menos, que les dé para distinguir entre economía política y política económica. Y que sepan aplicar en sus decisiones el análisis coste-beneficio. Esperemos que si ERC gobierna en Cataluña, madure. Que UP aterrice en la realidad. Y que el PSOE encuentre una perspectiva más allá de la inmediatez.

Mariano Berges, profesor de filosofía