sábado, 13 de julio de 2019

CONTRA LA POLÍTICA DE BLOQUEO


La ventana indiscreta

La verdad es que el tiempo transcurrido desde el 28 de abril último, fecha de las últimas elecciones generales, es ya demasiado para que ni siquiera exista el más mínimo indicio de cualquier negociación con visos de prosperar. Ya decidieron los ayuntamientos el 15 de junio. Decidirán las CCAA, más pronto que tarde. Y la formación del gobierno de España parece una partida de póker entre jugadores avezados que solo esperan el fallo del adversario. En estos momentos, el PSOE dice optar por un gobierno monocolor con independientes. UP dice que votará no, si no entra en un gobierno de coalición. Cs sigue sin querer saber nada del PSOE. Y el PP, tan patriota siempre, jamás se abstendrá para que haya un gobierno del PSOE. Si esto es así, y si mantienen las posiciones así será, habrá elecciones en noviembre. Con lo cual seguirá la partida de póker, ya que el jugador de póker siempre tiene posibilidades de ganar aunque, al final, siempre pierda. Lean El jugador de Dostoievski para entender bien la psicología del jugador. La cuestión fundamental estriba en nuestro caso en que lo que estos jugadores se están jugando es  España, que no es de ellos.
¿Qué dirían ustedes si yo afirmase ahora que me es indiferente quién gobierne pero que gobierne alguien? Pues eso es lo que me está rondando la cabeza, a mí que he estado en política toda mi vida. Los líderes de los cuatro grandes partidos van a lo suyo, aunque lo disfracen con toda la retórica política y patriótica que quieran. Sigo pensando que la mejor solución hubiera sido la mayoría sólida de 180 diputados que sumarían PSOE y Cs. Algo que Cs abortó desde el principio. Aunque sigo sin conocer una causa política profunda que no sea la psicología patológica de los dos jugadores principales. Hay una segunda solución: gobierno PSOE en solitario con apoyo parlamentario de un número suficiente de diputados, UP como elemento imprescindible. Pero tampoco parece posible, pues los egos lo hacen imposible. Y queda la tercera opción: gobierno de coalición PSOE-UP. Aquí está la batalla en estos momentos, pero parece también una batalla perdida, pues los dos líderes desconfían profundamente uno de otro. Y quedaría todavía una cuarta posibilidad: abstención del PP, exactamente como hizo el PSOE en 2016 (aunque no Sánchez). Sería una nota de alto valor patriótico, pero no parece que estos personajes vuelen tan alto. 
Este bloqueo político sin argumentos sólidos no sale gratis al país. Las pensiones, la fiscalidad, el coste de las autonomías, el deterioro industrial, la reputación institucional, la falta de inversiones  por la inestabilidad política, tienen un alto coste económico y político. Y de todo esto la culpa, digámoslo claramente, la tienen los partidos políticos y sus líderes. Veremos una alta abstención, si se repiten las elecciones, como respuesta simbólica de los ciudadanos.
La sensación de optimismo y confianza que me produjo el resultado del 28-A se ha ido transformando en un hartazgo de signo creciente. Que el gran asunto y el tema de disputa en la izquierda resida en si Pablo Iglesias es ministro o no, solo puede producir melancolía. La situación de gobierno en funciones, más la de gobierno cesante, de Sánchez, que empezó en Junio de 2018 y puede acabar en la primavera de 2020, ¿es una circunstancia excepcional o un objetivo buscado? Porque Sánchez parece sentirse cómodo en esta situación, como si ésta fuese su ventaja fundamental en la partida de póker que está jugando. Mientras tanto, España y sus eternos problemas esperan. Todavía seguimos con los presupuestos prorrogados de Rajoy-Montoro. Ni ellos esperaban que duraran tanto. Incluso la economía estadística mejora. ¿Será que no es necesaria la política? A ver si los políticos, con su estulticia, van a matar su propia gallina de los huevos de oro. No confundir estulticia con estrategia. Urge una normativa que ponga plazo fijo a la formación de gobierno, dado que la cultura de pactos parece ser ajena a la política española, que no entiende otra cosa que la política de bloqueo.
Pero cuando solo hablamos de procedimientos y formalidades es que hemos perdido el horizonte político. Ciertamente la política ha cambiado poco, aunque la realidad sí que ha cambiado, y mucho. Lo que explica el fracaso político ante las grandes incertidumbres de la sociedad actual. Parece como si hubiera dos líneas paralelas condenadas a no encontrarse, la política y la vida (biología, sociología, economía, el progreso en general). La política parece existir como un juguete en manos de quienes creen dirigir la sociedad y no se dirigen ni a sí mismos, aunque sí se sitúan en cómodos sitiales. 
Siempre han existido dos grandes bloques: izquierda y derecha. A la derecha parece ser que le ha salido un grano: Vox. Y ahí andan, que si hablan que si no, que si pactan o solo toman café. A la izquierda no le hace falta ningún grano. Desde 1921, año en que surge el PCE, el antisocialismo comunista y el anticomunismo socialista siempre han estado a la greña. Recuérdese la II República, la Guerra Civil y la posguerra. Solo hubo una vez en que el pacto PSOE-PCE, en 1979, puso casi todos los ayuntamientos españoles en manos de la izquierda. Y que posibilitó el posterior triunfo del PSOE en las generales de 1982. Pero entonces éramos jóvenes y existía el futuro.
Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 29 de junio de 2019

Análisis de los pactos municipales




Desde el 28 de abril pasado no hemos
parado de elegir y pactar. Y lo que te rondaré. Total, dos meses, y algunos
hablan de que hasta septiembre no habrá investidura central. No es de recibo
esta demora en elegir gobiernos. Habrá que cambiar la normativa de manera que
haya un tiempo límite para su configuración. Y ya no digamos si se tuviese que
volver a nuevas elecciones.

El mapa de España tras los pactos
municipales es un mosaico de colores más variopinto que nunca. Y su lectura
política es también muy diversa, según la óptica que cada uno use. Desde mi
ventana siempre intento hacer un ejercicio de objetividad, separando los hechos
de las valoraciones subjetivas, que las tengo.

Veamos. Si el PSOE ganó en votos las
elecciones municipales, el PP es el partido que más las ha rentabilizado. Con
la ayuda de Cs, claro. Vox ha entrado por primera vez en las instituciones, y
única ciudad gobernada por IU, ésta se presentaba en solitario.
UP ha permanecido mudo por falta de papel en la obra. Porque en Zamora, la

Es evidente que los casos de Madrid y
Barcelona son los más significativos y simbólicos, aunque en claves distintas.
La conquista de la ciudad de Madrid es la guinda del PP. El PSOE (con la
presentó y Cs votó a favor del PP. Vox remató la faena. Carmena estuvo a punto
baloncestística apuesta personal de Sánchez) pinchó estrepitosamente, UP no se
los pactos autonómicos, aunque se prevé que van a ir en la misma dirección. En
de la victoria pero no lo consiguió. Bien es verdad que falta la segunda parte, el fondo, visto lo que pasó, todo entra dentro de una lógica. Otra cosa es que
te guste esa lógica.

En Barcelona no estaban tan nítidos los
bloques. Porque el independentismo de ERC estaba claro, la ambigüedad
independentista de Colau seguía a ver qué pescaba. El PSC se portó bien. Y
monsieur Valls puso la más alta nota democrática de la jornada. Hizo bueno el
principio de asumir las contradicciones eligiendo la menos mala. Bien por
Valls. Yo soy de los que piensa que Valls como alcalde hubiera hecho regresar a
Barcelona a ese cosmopolitismo que tuvo hace mucho tiempo (con Serra y P. Maragall; incluso en la dictadura) y que el provincianismo nacionalista ha
arruinado. 

En el resto de España pasó de todo. En
Zaragoza, mi ciudad, se impuso la lógica de bloques. Siempre ha sido así. En
2015 el PP fue la fuerza más votada con 10 concejales y se impuso el bloque de
izquierda. Aún fue más sonado en 2011, el PP sacó 15 concejales, a uno de la
mayoría absoluta, y se impuso el bloque de izquierda que sumó 16. Los que antes
esgrimían la democracia parlamentaria ahora parece que lo han olvidado: la ciudadanía elige a los concejales y éstos eligen por mayoría absoluta a los
los otros.
alcaldes. Solo en el caso de que no haya mayoría absoluta es elegido
automáticamente el alcaldable más votado. Pues eso es lo que hacen los unos y

Hubo unas cuantas anécdotas, no muchas,
siendo la más sonada la elección del alcalde socialista de Huesca, como
alcaldable más votado, ya que un voto en blanco de origen desconocido privó de
la mayoría absoluta al PP, según el teórico pacto al que supuestamente habían
llegado.

Pero tras la descripción del qué pasó
falta la pregunta de por qué paso. Está claro que fue el partido Ciudadanos
quien inclinó la balanza. ¿Es Cs un partido de derechas? Si es así, todo está
claro. Hace un tiempo decía ser un partido liberal de centro, incluso con
acuerdo reventado por la acción de UP. ¿Hay que atribuir su cambio a una
ínfulas socialdemócratas en lo social. De hecho llegó a pactar con el PSOE un animadversión personal de Rivera a Sánchez? Si es así, no es serio. Ya no
estamos hablando de política, sino de avatares de emocionalidad adolescente.

Cuando Cs nació pareció hacerlo como un
partido liberal contra el nacionalismo catalán, y contra la corrupción
política. Se decía un partido regeneracionista y reformista, cual un Azaña
contemporáneo. El primer error fue la no fusión con el partido de UPyD de Rosa
Díez (no sé de quién fue la culpa), pues hubiera dado lugar a ese partido
liberal de centro que existe en casi todos los países democráticos europeos. En
la actualidad, unos parece que lo quieren como muleta del PP y quizás otros
de alguien o autónomo? Aún faltan los pactos autonómicos, que da la impresión
como muleta del PSOE. La pregunta es ¿qué quiere ser Cs de mayor?, ¿complemento
presidencia socialista. Y para final de fiesta quedará la investidura del
que seguirán las mismas pautas de los pactos municipales, con alguna excepción como Aragón, donde la veteranía y habilidad política de Lambán salvará la
populistas e independentistas y generaría un gobierno muy inestable.
presidente de España. Será ahí, en la política estatal, donde la
responsabilidad de Cs será mayor, pues podría echar al PSOE en manos de

Los análisis se hacen en función de los
datos que uno maneja. Mi ventana se encuentra fuera del mercado político, por
lo que mis datos son los públicos que todo el mundo maneja más la intuición que
uno destila. Además de la práctica que uno haya podido desarrollar. Lo que yo
en las alturas. Y mucho menos los datos de los poderes fácticos y económicos,
no conozco son los datos internos de los partidos y de los políticos que están
desconocidos hasta por los propios políticos.

Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 15 de junio de 2019

MARIO GAVIRIA, UN SEDUCTOR








La ventana indiscreta


El domingo 2 de junio unos cuantos amigos celebramos en Zaragoza un sencillo homenaje a Mario Gaviria, fallecido en Zaragoza en abril de 2018. Inauguramos y paseamos un andador que lleva su nombre en la ribera del Ebro: Andador Mario Gaviria. Esto (si lo hubiese visto) le hubiera gustado más que una espectacular y llamativa avenida. Sirva este artículo, no como hagiografía, sino más bien como un sentido obituario para dejar constancia de que  ha pasado un gigante entre nosotros y apenas nos hemos enterado.

Mario Gaviria (Cortes de Navarra, 1938 - Zaragoza, abril de 2018). Sociólogo. Constructor de un pensamiento sociológico alternativo, participó fuertemente en el movimiento ecologista, coordinó la oposición antinuclear española y fue un gran urbanista social en los finales del siglo XX. Benidorm, la Extremadura “saqueada” y el Bajo Aragón “expoliado” siempre irán asociados a su nombre. Fue un adelantado de la sociología urbana. En sus últimos años fue profesor en la Universidad Pública de Navarra, donde profundizó en temas directamente socioeconómicos, como la exclusión social, con propuestas novedosas como los “ingresos mínimos de integración”. Fue, sobre todo, un agitador de ideas con un objetivo fundamental: que la gente normal fuese feliz. Todos sus trabajos de la más diversa índole perseguían ese objetivo: el buen vivir de la colectividad.

Mario Gaviria era un seductor por lo que decía y por cómo lo decía. Sabía mucho y lo sabía decir muy bien. “Las ideas solo convencen si seducen”, solía decir. Pero además de seductor era operativo y posibilista, además de autocrítico y cambiante cuando la realidad así lo indicaba (véase el ejemplo de “Zaragoza contra Aragón” y su rectificación). Fue el mejor detector de nuevos conflictos y contradicciones, un activista social y un brillante maestro heterodoxo. Era el poeta que ponía nombre a las cosas. En los debates públicos era imbatible porque hablaba en nombre de la mayoría silenciosa. Siempre decía con sorna que en los debates solía salir bien parado porque a sus contrincantes siempre les llevaba un libro de ventaja. A mí me enseñó a “nadar” en el urbanismo social, detectando peligros  y mirando en la buena dirección.

Fue alumno y amigo del filósofo-sociólogo francés Henri Lefebvre del que introdujo y tradujo algunas de sus obras. Y de esa relación hereda su más importante perspectiva en sus trabajos: la crítica de la vida cotidiana, el derecho a la ciudad y la producción del espacio urbano. Todo lo que Gaviria analizaba y producía tenía que servir para que la gente normal viviese mejor. Era todo lo contrario a cualquier tipo de academia, teórica y/o retórica. Era un productor permanente de ideas, más bien un agitador, unas más viables que otras, pero todas, al menos parcialmente, eran válidas. En un momento de mi vida, en el que casi llegué a ser alcalde de mi ciudad, uno de los factores que más me entusiasmaba era que había llegado a un acuerdo con Mario para que realizase en el ayuntamiento de Zaragoza una función de “proponente peripatético”, algo así como patear la ciudad y elaborar un breve informe cada cierto tiempo proponiendo pequeñas mejoras para la cotidianeidad de la ciudad y, en definitiva, para el humilde bienestar de cada día, esas pequeñas cosas que definen la auténtica calidad de vida.

Fue una de las figuras intelectuales más críticas, vitales, intuitivas y generosas de España. Me atrevo a decir que fue uno de los pensadores más importantes del último medio siglo. Nunca perdió su vitalismo y jocosidad. Recuerdo cómo definía a sus paisanos navarros en un artículo sobre las fiestas de San Fermín: “los navarros son gente de trago largo y coito corto”. Como su pensamiento fue eminentemente práctico, no figurará en la historia académica. Pero es igual, sus enseñanzas siguen teniendo hoy plena vigencia y continúan resultando tan atractivas ahora como entonces.

Aunque a algunos les parezca cursi, me veo impelido a decir como final que Mario Gaviria fue una persona ontológicamente buena. Y entiendo por ello que la bondad no es algo que se superpone a la persona, como una ética religiosa u ornamental, sino que la ética formaba parte de su ontología humana. Su ética era constitutiva de su humanidad. Nunca distinguió entre gentes más o menos importantes, entre trabajos cobrados o sin cobrar. Todo lo hacía con la misma pasión y generosidad. Los temas que Mario Gaviria analizaba y proponía siguen siendo atractivos y válidos en la actualidad. El mejor homenaje que le podemos hacer es heredar su vitalismo, su optimismo y su pasión por vivir la vida. Cada uno como pueda y con quien pueda.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 1 de junio de 2019

LAS GENERACIONES DE LA DEMOCRACIA






La ventana indiscreta
Con frecuencia oímos discutir sobre los políticos que formaron parte de la Transición y los posteriores, del año 2000 hasta la actualidad. Que si los de antes eran mejores, con mayor capacidad política y ética que los de ahora, que solo quieren medrar y vivir de la política. Y como lo he oído muchas veces, quiero reflexionar con ustedes sobre ello en estas líneas.
Los políticos de la Transición teníamos un objetivo fundamental: hacer el tránsito de una dictadura a una democracia. Lo que incluía, entre otros objetivos: hacer gestión, sembrar nuevas actitudes democráticas, instaurar una sociedad libre, tolerante y justa. Era un momento especial. Y muy atractivo, pues el pretérito dictatorial era malo, muy malo; el presente estaba preñado de oportunidades; y el futuro se presentaba pletórico. Y, además, éramos jóvenes. Cualquier proceso condicionado tan fuertemente por el futuro, sin ataduras con el pretérito y tocando la contemporaneidad representada por Europa, era una bicoca. A los que nos tocó actuar en esos momentos y condiciones, nos tocó la lotería. Casi era imposible hacerlo mal. Y la sociedad, que estaba por la labor, agradecía casi todo lo que se hacía. Fue una época gloriosa.
A los políticos actuales les supongo la misma intencionalidad, capacidad y ética. Pero ha cambiado el contexto. Ha cambiado la sociedad, el mundo, los medios de información, las coordenadas de nuestra percepción, y como consecuencia de todo ello, nuestra manera de pensar. Y la política no es más que traducir el pensamiento en hechos. Por lo tanto, el análisis comparativo entre los políticos de la Transición y los de la actualidad es fallido si no tenemos en cuenta la radical diferencial contextual.
Si nos agarramos solo a nombres y épocas, tenemos el peligro de caer en la mitomanía: Adolfo Suárez, Felipe González… Además, la distancia sacraliza las personas y poetiza los momentos, mientras la cercanía los vuelve prosaicos y grises (“Qué cerca cuando no estás, qué lejos cuando te veo”). También depende de los acontecimientos que tuvieran lugar simultáneamente al mandato o gobierno de un cualquier político, a los que asociamos sin que necesariamente existiese una relación de causa-efecto. Si el análisis lo extendemos a los partidos políticos, empecemos por reconocer el tránsito del bipartidismo al, de momento, cuatripartidismo. Y añadamos la propia evolución de cada partido y de cada dirigente. Evolución paralela a la de la sociedad y a los tiempos que nos toca vivir. Todo ello eleva el instrumento de la negociación a la categoría de gran herramienta política y condiciona el valor de los votos de los electores.
Se suele decir que ahora los miembros de los partidos pelean agresivamente por ir en las listas, que los políticos actuales solo piensan en ellos mismos y en trepar, que la sociedad les importa un bledo, que no saben gestionar, que son unos corruptos. Y, por último, que la sociedad actual es fácilmente manipulable por la enorme capacidad comunicativa (o incomunicativa) de los actuales medios de comunicación.
Yo respondería que, excepto en lo relativo a los medios de comunicación, todo lo demás es exactamente igual hoy que ayer; solo cambia el contexto. Y como el contexto actual es mucho más rico, complejo y difícil, eso hace que el ejercicio de la política sea más difícil hoy que ayer. Si a ello añadimos que la sociedad española se ha acostumbrado a vivir democráticamente, trae como consecuencia que las expectativas y las exigencias actuales son mayores que en la Transición. Los políticos, los de antes y los de ahora, son de todos los colores: buenos, malos y regulares. Nunca el comportamiento humano debe analizarse uniformemente. Los individuos existen y existirán, y son ellos los que singularizan las políticas dentro del contexto que les toca vivir.
Otra cuestión a tener en cuenta es la dimensión teórica de la política. En la Transición había mucha y buena teoría política. La habíamos adquirido en la dictadura. Contra viento y marea las ideas arraigan más fuertemente. Y el tránsito a la democracia estaba jalonado con éxitos cotidianos. En la actualidad, esa teoría se ha anquilosado y no ha sido reemplazada. Las propuestas que resuelvan la complejidad actual todavía están sin elaborar. No seamos tan duros con los políticos y ayudemos a desentrañar esta tela de araña que nos envuelve. Porque la política es algo imprescindible antes y ahora; los políticos son necesarios antes y ahora, y los ciudadanos debemos exigir a nuestros políticos lo que la sociedad necesita. Cada uno debemos saber elegir el rol que nos toca jugar en cada momento y comprometernos con él.                            Mariano Berges, profesor de filosofía


sábado, 18 de mayo de 2019

LA GLOBALIZACIÓN Y LO IDENTITARIO EN LA POLÍTICA




La muerte de Pérez Rubalcaba, independientemente de las alabanzas a su persona (merecidas: fue un político
con autoridad intelectual y moral), permite hablar de la política como concepto y como praxis. La elaboración de proyectos colectivos, seguidos de la coherencia y la discreción, configuran cualquier política que pretenda ser respetada.
El propio Rubalcaba dijo en un momento irónico, seguramente atosigado por tantas loas a algún notable fallecido, que “España es un país que entierra bien  a sus muertos”. Sería injusto atribuir tal expresión a su caso, pues no cabe duda de la objetividad y veracidad de todos los comentarios sobre su biografía. Más bien, en su caso, cabría hablar del poco reconocimiento que tuvo en vida y de lo despiadada que, a veces, es la política con sus profesionales. Pues bien, en honor de Rubalcaba, hablemos de política, de la buena praxis de la política, de la coherencia del buen político, de la política con proyectos, de los políticos partidarios de los hechos más que de las palabras, aunque también elaboradores de un buen discurso.
Posiblemente, el concepto más influyente en la interpretación de los datos sea el de globalización, pues interviene en la emisión y en la recepción de las noticias, además de todos los añadidos colaterales del proceso entre la emisión y la recepción. Estamos en la galaxia Internet y sus correspondientes redes sociales, donde se confunde lo verdadero y lo falso, donde la excesiva información deja de ser tal para convertirse en ruido ocultador de la verdadera información. Si durante la dictadura franquista nos convertimos en verdaderos expertos en la lectura interlineal, en la traducción de lo simbólico, en la interpretación de los silencios más que de las palabras, actualmente, para estar informados hay que ser verdaderos genios en varias disciplinas para saber desvelar la verdad escondida bajo multitud de  velos.
Otro concepto importante es el de las identidades. Como no te declares feminista, ecologista, pacifista, igualitarista… (todo a la vez), prepárate a, como mínimo, que te acusen por la vaciedad de tu discurso y por tu poca sensibilidad social. Recuerdo a este respecto una viñeta de El Roto en que aparecían dos potentados regocijándose porque ahora estamos enfrascados en la revolución feminista y ya no hablamos de la lucha de clases. Cada uno califica como lo más importante lo específico de su identidad, todo lo demás es secundario. Esta perspectiva reduccionista se debe combatir con otra perspectiva más amplia e integradora.
Por cierto, una de las identidades más aplaudida es la generacional. Ser joven es una prima de salida. Si, además, es bien parecido, mejor todavía. El citado Rubalcaba dijo en una ocasión que posiblemente no era presidente porque era calvo y feo. Podríamos seguir con otras identidades (nacionalistas, feministas, tecnológicos, homosexuales, ecologistas, inmigrantes, alternativos…) cuyo peso excesivo deja ocultos otros valores, especialmente los laborales y económicos. Porque, recordando a los jóvenes iracundos ingleses de los sesenta, está bien que te guste bailar, el problema es que no sepas más que bailar; o no está mal que te guste el fútbol, el problema es que solo te guste el fútbol. Cada uno cultiva su parcelita identitaria.
Cuando lo cultural brilla excesivamente, debajo hay escondida una derrota social. Yo siempre me he preguntado si las reivindicaciones cultural-identitarias son una distracción de otros retos más importantes y difíciles de conseguir: trabajo, salario, vivienda, pensiones, vejez, dependencia… En fin, lo básico desde que el hombre es hombre. Este capitalismo actual que nos rodea y que nos habla de un futuro lleno de oportunidades, diverso y tecnológico, juvenil y colorista, no nos da una mirada integradora que permita dar respuestas a asuntos vitales y esenciales. Y, desde luego, está configurando un mundo menos democrático y más desigual. Lo identitario sí, pero en su sitio y en su momento. No nos dejemos manipular.
Si analizamos someramente esta eterna campaña electoral (pobres electores, pero también pobres candidatos, repitiendo todos los días lo mismo. Qué aburrimiento), podemos observar que la mayor parte del contenido de los mítines y actos públicos están impregnados de elementos identitarios, y poco, casi nada, de elementos básicos y vitales. Serían necesarios más proyectos y objetivos políticos, y menos obviedades y expresiones huecas. Si pensásemos que los políticos son anecdóticos y coyunturales mientras que la política es categórica y estructural, otro sería el paisaje. Y los ciudadanos electores serían tratados como mayores de edad, no como marionetas. Los políticos serios no hacen populismo (propuestas simples para problemas complejos) sino que intentan convencer a la sociedad de que su proyecto político es el mejor. La política es un proyecto a largo plazo, donde el decir y el hacer deben ser coherentes y no estar a la última moda (tacticismo). La opinión popular cuenta y condiciona, pero no determina la política.
Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 4 de mayo de 2019

Preguntas sin respuesta









Hay preguntas básicas que siempre es conveniente volver sobre ellas. Por ejemplo, ¿qué es ser de izquierdas? O sobre la identidad de cada uno (¿quién soy yo?, ¿a qué grupo/identidad pertenezco?), en función de la cual analizo casi todas las cuestiones y que hace que, a veces, el factor cultural esconda aspectos relevantes del ser humano.

Recientemente hemos celebrado unas
elecciones generales en España cuyo resultado varía en función de los dos
interrogantes que he puesto como ejemplos. ¿Es el PSOE de izquierdas? ¿Debe
configurar un gobierno de izquierdas? ¿Qué es un gobierno de izquierdas? ¿Quién
es de izquierdas? ¿Qué es ser de izquierdas? ¿Soy yo de izquierdas? ¿Es
desde cada perspectiva identitaria: ser español, ser aragonés/catalán/vasco,
conveniente ser de izquierdas? A su vez, todo estos interrogantes se analizan
agnóstico… En definitiva, ¿existe la objetividad?, ¿qué es la objetividad?,
ser joven o viejo, ser rico o pobre, ser culto o inculto, ser urbano o rural,
ser varón o mujer, estar sano o enfermo, soltero o casado, creyente o
¿soy yo objetivo cuando escribo o hablo?

Si el número de interrogantes es
abundante, añadamos el concepto de globalización y el cóctel se complica
muchísimo más. La tecnología, la innovación permanente, el cambio como esencia
permanente, parecen avalar a la juventud como progresista y, por el contrario,
obsolescencia a todos los niveles. ¿Y si fuera al revés? Porque el futuro
los adultos, con su inmovilismo, parecen justificar el conservadurismo y la
parece que viene con un barniz políticamente conservador bajo el brillante
envoltorio tecnológico y futurista.

Cualquier cambio de época y de paradigma
suele conllevar sus ganadores y sus perdedores. Sin embargo, el cambio de época
que nos ocupa no parece tener esto tan claro. Yo, al menos, no veo claramente
estos momentos, veo claramente a los perdedores, que son casi todos, sin
quiénes son los ganadores o perdedores de la globalización. Mejor dicho, en
diferenciar identidades de jóvenes o viejos, de nacionalistas o cosmopolitas,
la mayoría parecíamos tener claras nuestras expectativas de clase, escala u
de pobres o ricos. Todos parecemos perdedores, pues antes, hasta hace muy poco,
opción. Hoy, hasta les élites parecen habitar en arenas movedizas sin
desconocemos.
referencias sólidas a medio plazo. El nuevo orden global no parece tener dueño, o lo desconocemos. No nos permite una mínima planificación existencial ni para
nosotros ni para los nuestros. Ya no existen las grandes referencias nacionales
donde ubicarnos. Solo hay actores internacionales cuyas claves funcionales

Es curioso que los líderes actuales de la
política española, que andan en torno a los cuarenta años, no tengan un
proyecto de país mínimamente de futuro. Sus recetas son para pasar el rato. Su
conducta principal consiste en evitar errores, o lo que suponen errores. Los
preparar la puesta en escena del día en curso sin saber muy bien qué preparar
gurús, tácticos (coyuntura) más que estratégicos (estructura), tienen que
que por su pensamiento o proyecto propio. Hablan de la caducidad u obsolescencia
para mañana, ya que sobreviven más en función de lo que hacen o dicen los demás
apariencia o aspecto formal. Hablan de un futuro que desconocen, aunque dicen
de lo anterior, incluido su propio partido, para hacer valer exclusivamente su
encarnarlo. Tanto enfatizan el futuro que desprecian el presente. Solo vale lo
mínima entidad. Posmodernidad, pensamiento débil, pensamiento líquido,
que no tiene definición, como si su indeterminación fuese lo más valioso. Esto
explica el electoralismo que impregna todo y que rehúye todo lo que tenga una
Absurdo) para decir que no tenemos nada que decir.
fragmentarización… son palabras nuevas pero insuficientes. Aproximativas más
que definidoras. Necesitamos decir muchas palabras (cf. Ionesco: Teatro del

Aplico mi ejercicio teórico a la
actualidad española. ¿Qué pretende Sánchez? Según dice, encarar la España del
futuro. Nadie se puede oponerse a tan buen propósito. Para lograr esto, ¿se
gobierno monocolor con acuerdos puntuales de geometría variable? Yo,
necesita un gobierno de coalición de izquierdas o de centro? ¿O es mejor un
personalmente, me considero una persona de izquierdas en una sociedad
reglas de juego que deben ser respetadas. En una democracia de corte liberal y
democrática pluralista, donde existen varios grupos en libre competición, y con
representativa, los electores suelen favorecer a los moderados y castigan a los
compromiso cuando éste no sea humillante y cuando es el único medio de obtener
extremistas. Por lo tanto, quien quiera hacer política real debe moderar el
tono para obtener un buen fin, llegar a pactos con el adversario, aceptar el
algún resultado. Estos son mis principios, y no tengo otros. La fórmula elegida
es instrumental, siempre que se cumplan los principios.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 21 de abril de 2019

La España vacía



De vez en cuando adquieren fortuna palabras o expresiones, que a veces no se sabe por qué. Unas veces es el título de un libro, “La España vacía”, por ejemplo; otras veces es el contenido de una novela, “La lluvia amarilla”. Este último título muy anterior al primero. Y a partir de ahí esa expresión se pone de moda y salta a las conversaciones, tertulias y, como no, a la política.
Cuando algo salta a la política lo hace como arma arrojadiza de unos contra otros. Casi nadie define el asunto, ni lo acota ni explica su génesis y, mucho menos, su solución. Si es algo negativo la culpa es del gobierno, que no ha hecho nada por corregir lo que sea. Sin tener en cuenta que eso quizás ha sucedido con gobiernos de todos los colores. Si es algo positivo son los méritos del suceso de los que nos intentamos apropiar. Sin tener en cuenta que cualquier proceso importante, un gobierno lo planifica, otro lo ejecuta y otro lo paga. Lo inaugura aquel que ejerce el gobierno en ese momento. ¡Qué pocos políticos suelen recordar a otros políticos coautores del éxito que se celebra!
Pues bien, ciñéndonos a la última expresión con éxito, “La España vacía o vaciada”, que hace referencia a la despoblación rural, empezaré diciendo que es una cuestión que, hoy por hoy, no creo que tenga solución, puesto que es un fenómeno que obedece a un modelo de civilización urbana, que arranca en España en los años sesenta, siguiendo la pauta de otros países más avanzados. La economía manda y en la economía del conocimiento los trabajadores cualificados interactúan entre ellos en los lugares de relación, que son las ciudades desarrolladas. Ése es el espacio donde se ubica y se interrelaciona la tecnología, la inteligencia social y la política. Por eso, la población se concentra en las ciudades. ¿Por qué ha sucedido así? Porque la dinámica social y económica así lo han impuesto. ¿Eso es malo o bueno? No es ni malo ni bueno. Sí que es, como casi todo, mejorable. Si en España, además de Madrid y Barcelona, hubiese seis u ocho ciudades más con un mayor desarrollo, la igualdad sería mayor y el desarrollo más equilibrado. Pero esto no tiene nada que ver con la despoblación rural.
Hay problemas de los que desconocemos su solución. El despoblamiento rural y su empobrecimiento es uno de ellos. Reconozcámoslo y dediquémonos a aquello que sí tiene solución: el paro en general y, especialmente el paro de los jóvenes, la desigualdad, el acceso a la vivienda, la corrupción, la eficacia institucional, la sanidad, la educación… Porque la despoblación rural no es un castigo divino, sino que es un fenómeno que hemos generado nosotros como sociedad. La globalización mundial, el proceso de producción, la economía financiera, las nuevas tecnologías, la manera de relacionarnos con la naturaleza… Todo ello exige grandes concentraciones urbanas. ¿Quién ha dirigido esta operación? Los dos factores que han configurado nuestra civilización: el capital y la ciencia. Sin capital no hay ciencia y sin ciencia no hay cambios significativos. Otra cosa distinta es que la globalización está desregularizada, lo que genera desigualdad y desequilibrio en la distribución de la riqueza. Mientras la política no controle algo más el desarrollo de la riqueza, el problema de la despoblación seguirá aumentando. Los problemas de la deslocalización industrial, del final de algunos procesos energéticos, de la necesidad de una mayor capacidad técnica en los trabajadores, está modificando tan rápidamente y tan radicalmente nuestra sociedad, que nuestros políticos parecen meras marionetas en el escenario de la tragedia. Nada evitan y casi nada aportan, aunque ellos crean lo contrario.
Conclusión: la gente va donde está el empleo y la riqueza. Las grandes ciudades desarrolladas seguirán creciendo y los pueblos seguirán siendo abandonados. Y el proceso sigue, ya que la despoblación también empieza a aparecer en algunas poblaciones intermedias. Lo que no quiere decir que la calidad de vida de los supervivientes rurales y de los que usan los pueblos como segunda residencia, no pueda tener un mínimo de dignidad en servicios y conexiones, en forma de infraestructuras e Internet. Pero nunca revertirá la tendencia. Podemos mejorar los servicios públicos en las zonas rurales, mejorar sus infraestructuras, incluso concederles privilegios fiscales, como algún político ha prometido Pero estas soluciones no atacan la raíz de los problemas, pues la razón por la cual los jóvenes se van de estos lugares no son los altos impuestos o las malas escuelas, sino la ausencia de oportunidades.
Un pequeño alivio sería dar mucho más juego en servicios e infraestructuras a esas ciudades intermedias que hacen de centro comarcal de los pequeños pueblos de alrededor. En Aragón, por ejemplo, en lugar de crear las comarcas políticas y administrativas como servicio redundante de las diputaciones provinciales, deberían haber potenciado esta red de ciudades intermedias, sin crear nuevas estructuras políticas. Más barato y más complementario con las diputaciones. Si a ello añadimos conexiones informáticas y de elementos móviles (carreteras, ambulancias, transporte escolar, guarderías ambulantes…) la vida rural mejoraría bastante.
Eso sí, en la larga campaña electoral que estamos sufriendo, todos los políticos van a “luchar” contra la despoblación rural. No deja de ser, como mucho, una postura romántica. Y en política, el romanticismo es peligroso o mentiroso.
Soy consciente del peligro de ser malentendido y que muchos habitantes de la España rural pueden sentirse ofendidos por alguien que habla desde la ciudad. Pero, como decía Hume, “contra la tozudez de los hechos no hay teoría que se sostenga”.
Mariano Berges, profesor de filosofía




sábado, 6 de abril de 2019

40 años de democracia municipal


 Este último miércoles 3 de abril se celebró el cuarenta aniversario de las primeras elecciones municipales tras la guerra (in) civil española. La izquierda española, con el pacto PSOE-PCE, según el cual el partido menos votado de los dos apoyaba al otro para lograr la alcaldía, tomó el poder en la mayoría de los ayuntamientos españoles. Fue un mandato lleno de ilusión y con un cambio de rumbo radical respecto a los ayuntamientos franquistas. Hubo alcaldes importantes que se constituyeron en símbolos de la nueva época: Tierno Galván en Madrid, Maragall (tras un breve período de Serra) en Barcelona, Sainz de Varanda en Zaragoza, Vázquez en Coruña, Anguita en Córdoba… Y otros muchos, más desconocidos, pero portadores de la nueva democracia.
Cuando llegan las elecciones de 1979, los españoles, en su aparente pasividad, se rebelan contra cuarenta años de silencio y humillación. Lo hacen en silencio, como se ejecutan las grandes decisiones, con toda su rabia contenida y contra la historia, contra su triste historia. Votan masivamente. Aunque ya había rey en España, la cultura republicana estaba presente en gestos, palabras y lágrimas. Muchas personas, ya mayores, confesaron que había merecido la pena vivir hasta entonces. El 3-A-79 fue un clamor en España. Los sectores progresistas tomaron democráticamente el poder local y ante nosotros se abría un futuro espléndido. Las expectativas populares eran muchas y profundas. El primer mandato municipal fueron cuatro años maravillosos en los que lo emotivo, lo simbólico y lo eficaz se interrelacionaron armónicamente.
Lo más hermoso y rupturista fue ver las caras nuevas en los sitiales representativos. La gente anónima sentía que había entrado en su ayuntamiento, tras muchos años de expulsión ilegítima e inmoral. Personas hasta entonces perseguidas o, como mínimo, mal vistas, rojos se decía entonces, fueron puestas por los españoles para gestionar la cosa pública en su localidad. Palabras como ciudadano, solidaridad, democracia, constitucional, memoria histórica… eran nuevas en las conversaciones. Las primeras fiestas que se celebraron en 1979 en todas las ciudades y pueblos de España fueron fiestas fundamentalmente de exaltación democrática. La calle era el escenario recobrado por el pueblo. En esos momentos se comprende la humildad y la grandeza de un voto. Se entiende la transformación colectiva de los esfuerzos individuales, por insignificantes que parezcan. Y, sobre todo, se entiende la grandeza de la democracia, donde todos los votos son iguales, como traducción fiel de la igualdad universal.
Con la llegada de los primeros ayuntamientos democráticos se produce el final efectivo del franquismo y se da el cambio real en la vida de las ciudades, un cambio que incide muy positivamente en la vida cotidiana de sus habitantes. Este cambio fue percibido tan nítidamente por los ciudadanos que la victoria socialista de Felipe González en 1982 no se entiende políticamente sin la relación causa-efecto que tuvo la revolución municipal de 1979. Curioso paralelismo con las elecciones municipales de abril de 1931, que trajeron la II República.
Es evidente que, tras muchos años de democracia y progreso, la sociedad española se ha complejizado mucho. Ha desaparecido el esplendor de la hierba y la atmósfera se ha vuelto más gris. No obstante, prosigue impertérrita la figura del alcalde como símbolo de la decisión de una ciudad-pueblo sobre cómo llevar las riendas de una comunidad. La cercanía del alcalde y la corporación con los ciudadanos sigue siendo lo más cálido de la acción política. Para bien y para mal la primera interpelación del ciudadano es con su alcalde. El proyecto de felicidad al que todos aspiramos tiene más conexión perceptiva con el ayuntamiento que con la autonomía o con el Estado. La democracia municipal es la principal escuela de ciudadanos, donde el ciudadano es el sujeto político básico y, como tal, acepta los valores democráticos y participa de la vida política y social.
Pero no solo hay poesía municipal. Un ayuntamiento también debe ser competente y de calidad. Existe un principio constitucional de autonomía local y un mandato de la Carta Europea de Autonomía Local que exige que una parte sustancial de los asuntos públicos sean gestionados por el gobierno local bajo la propia responsabilidad y en beneficio de sus habitantes. Todo ello exige una gran fortaleza del gobierno municipal en todo lo relativo a políticas de proximidad. Por lo tanto, si queremos que los ayuntamientos actuales prosigan con su historia de éxitos, que en mi opinión y generalizando así ha sido, necesitan de la autonomía local y la suficiencia financiera. La racionalización y la optimización de los recursos son intangibles en que los ayuntamientos son auténticos expertos.
*Profesor de filosofía

sábado, 23 de marzo de 2019

La eterna campaña electoral


La ventana indiscreta

La eterna campaña electoral





Si contamos los nueve meses de Sánchez en la Moncloa (gobierno preelectoral), más la precampaña común a todas las elecciones de abril y mayo, más las dos campañas oficiales propiamente dichas, sumamos un año de electoralismo. O sea, de propaganda. En teoría, una campaña electoral sirve para que cada partido político comunique su programa y sus propuestas, pero por qué será que nadie lo percibe así sino como una letanía monótona y aburrida de vendedor publicitario y de insultos al adversario. Ciertamente tiene poca credibilidad porque, como decía Orwell, toda propaganda es mentira, incluso cuando es verdad.

Anteriormente a la campaña oficial ha tenido lugar la confección de listas para cada una de las elecciones a celebrar. No voy a entrar aquí en las batallas internas, algunas realmente sangrientas, de los partidos y militantes para conseguir que unos vayan y otros no en las listas. La relación dialéctica entre los aparatos de los partidos (en sus distintos niveles: local, provincial, regional y estatal), los militantes, los electores, las élites sociopolíticas, las modas de cada momento, la identificación de los partidos… es difícil de articular. Porque un partido político no es algo sencillo de gestionar, pues es una combinación de luchas internas y de competición externa, todo lo cual conforma la estructura de su organización, sus procesos de decisión y los mecanismos de control sobre los políticos.

Desde hace algún tiempo, y ahora más que nunca, la presencia de mujeres y de jóvenes en las listas es algo necesario y obligado. Otra cosa distinta es que ello haya movido el régimen de poder interno. Porque tanto las mujeres como los jóvenes, en general, hacen uso del ascensor social y político en tanto en cuanto tienen comportamientos al gusto del poder. Lo mismo que hacen los varones, por descontado. Sin embargo, yo al menos no lo he percibido, aún no se ha notado significativamente el diferencial femenino y juvenil en la gestión pública. Y cuanto antes se note, mejor, porque son necesarias nuevas perspectivas en la política, pues la entidad de los políticos actuales deja mucho que desear.

La ausencia de ideas es otra característica común en la campaña electoral. Unas veces por la propia incompetencia de los políticos, y otras por miedo a decir lo que piensan. Pero cuidado, que quien teme decir lo que piensa termina por dejar de pensar lo que no dice. Algunos se parapetan en su ideología como en una trinchera cómoda para esconder su vacío intelectual o su miedo a ser descabalgados por no estar en la línea oficial. Siempre ha habido miedo a las ideas, que son imprescindibles y que solo como efecto secundario configuran una ideología como corpus referencial, pero que nunca puede suplir a la producción de ideas. Marx llegó a pedir, en su desmenuzamiento de la superestructura ideológica, menos ideología y más ideas. Pues si en el XIX esto era así, qué decir en el XXI en el que todas las seguridades han desaparecido y todo está abierto. Las ideas son más necesarias que nunca. Estamos en una época donde el ser humano parece anonadado ante el inmenso poder tecnológico. Hay mucha tecnología pero poca sabiduría para controlarla y encauzarla.

Y como final de todo el proceso electoral aparece, por fin, la configuración de las diversas instituciones. Es la hora de la verdad. Es el momento de demostrar la inteligencia política y la capacidad gestora de los elegidos. Porque en España se ha hablado mucho, y necesariamente, de la corrupción, pero el mal que los políticos han causado a España ha sido más por ineficacia que por corrupción, más por omisión que por comisión, aunque la percepción social sea otra.  Hace más daño público un político ineficiente que un político corrupto. Es más, la ineficacia es la más básica de las corrupciones. Aunque el coste económico de la corrupción es alto (el 1% del PIB en España), el coste de la no-acción y la no-gestión en la Administración Pública es muy superior. Por eficacia y por eficiencia, los partidos deberán proveerse de candidatos honestos y capacitados para las instituciones, lo que casa mal con el clientelismo interno y orgánico de los mismos. Ésta es la única manera de volver a conectar con la sociedad civil, donde los individuos no saben ni quieren saber de las artimañas y picaresca partidistas.  Me gustó esa idea de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, de que las listas deberían adelantar qué gestión iban a desempeñar cada uno de sus componentes, como información a los potenciales electores y como garantía de la propia eficiencia.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 9 de marzo de 2019

Teología nacionalista




Teología nacionalista
El nacionalismo es una semilla que se planta en la infancia y condiciona el resto de la vida de la persona
Ya he manifestado anteriormente que en el juicio al separatismo catalán se está juzgando a unas personas que, presuntamente, han cometido una serie de delitos contra el orden constitucional. No se están juzgando ideas independentistas, que siempre las ha habido en Cataluña y en el País Vasco, pues si así fuera habría que procesar a muchos políticos que así claramente se expresan.
La primera parte del juicio a los independentistas catalanes está resultando un acontecimiento interesante, además de importante. Las declaraciones de los acusados han sido toda una constatación de la percepción psicológica que ellos tienen de sí mismos y del resto de la humanidad, especialmente del resto de los españoles, pues ellos, paciencia que todo llegará, todavía son españoles.
Ha habido algún caso realmente místico como Junqueras, con momentos casi teológicos (mala teología), elevándose (él a si mismo) por encima de los vulgares mortales, aunque tenía el detalle de amarnos, a nosotros, los impuros. Su discurso estaba en otra onda, ajena totalmente al juicio que se celebraba. Es más, el juicio lo convirtió en una magnífica plataforma para predicar su mística independentista. Otros han sido más prácticos y se han justificado de su nula intención de delinquir y si lo han hecho nunca ha sido con intencionalidad delictiva. En todo caso por error: «la democracia está por encima de la ley», repiten joviales.
Pero el que más me ha interesado ha sido el testimonio de Jordi Cuixart. Su testimonio ha sido todo un tratado en defensa de la desobediencia civil. Sonriente y coloquial, relajado y ajeno al mundanal ruido, y con un aura mística por el orgullo que supuso para él el 1-O, seguido de su metanoia o conversión interior durante el tiempo en prisión. Y no era para menos, pues no solo reivindicó el referéndum sino que lo elevó a acontecimiento mundial: «constituyó el ejercicio de desobediencia civil más grande que ha habido en Europa». Su prioridad no es quedar absuelto sino solucionar el conflicto Cataluña-España, al menos eso dijo. «Cuixart es un torrente luminoso en medio de una oscuridad aterradora», escribió en Twitter Carlos Puigdemont. Tanto iluminó al ex presidente que declaró arrepentirse de haber dejado «sin efecto» la declaración de independencia el 10 de octubre del 2017. Efecto contagioso típico del contacto con lo divino.
Pero para entender bien el nacionalismo hay que recurrir a la mística de la pureza, como si fuesen cátaros medievales (que, por cierto, se movieron mucho por Cataluña).
Agradezco esta idea de la pureza a un buen amigo vasco que me lo hizo ver claro y del que tomo alguna expresión suya (gracias, José Ignacio). El nacionalismo no es algo exterior u objetivo, sino algo mental, propio de una percepción psicológica y subjetiva. Se trata de definir «cómo somos los nuestros» y un sagrado título de propiedad de los nuestros sobre un territorio. Y eso siempre implica superioridad sobre los demás. La independencia no es el objetivo, es el camino. El objetivo último es ser puros (de ahí nuestra superioridad) y para ello hay que ser independientes. El problema grave se plantea posteriormente para los no independentistas que habitan el mismo territorio. Porque no se trata tanto de la independencia sino del modelo de convivencia que se implantaría en «nuestra patria». Si con los impuros los nacionalistas habían sido duros, con aquellos de los «nuestros» que se niegan a ser de los «nuestros» serían implacables, porque tendrían el poder, material y espiritual. No hay mayor totalitarismo que el teológico. Y los asuntos teológicos no se argumentan, solo se enuncian. Por lo tanto, no cabe la dialéctica.
El nacionalismo es una semilla que se planta desde la infancia y condiciona durante todo el resto de la vida lo que cree, piensa y hace la persona. De ahí la importancia de la inmersión educativa y cultural. Obviamente la persona tiene necesidades básicas de supervivencia y necesitará equilibrar ambas pulsiones. Pero en cuanto tenga la más mínima percepción de que sus necesidades básicas están garantizadas, el sentimiento nacionalista brotará con toda su fuerza y perseguirá siempre objetivos máximos, porque esa es su naturaleza.
En Cataluña esta semilla está muy extendida en la población. Y cuando se han dejado engañar al decirles que sus necesidades básicas están garantizadas, que la independencia era posible y les iba a salir gratis, muchísima gente, esos nacionalistas conservadores y moderados de Pujol, se han permitido dar rienda suelta a su sentimiento nacionalista, porque ya estaba la semilla.
Algunos de semilla tibia e incluso sin semilla, se han dejado engañar con eso de que España nos roba y cuando seamos independientes vamos a vivir mucho mejor. También acompaña un señuelo emocional: aunque ahora seas algo impuro, te dejamos entrar en la comunidad sagrada de la nación elegida como un igual a nosotros los puros. A mucha gente esta oferta le resulta irresistible, no están sobrados de autoestima. Obviamente, es mentira eso de que te tratarán como a un igual. Nunca serás como ellos. Pero cuando te enteres ya será tarde.
Conclusión: amamos tanto a los catalanes que impedimos que se independicen.
*Profesor de filosofía  Mariano Berges