sábado, 3 de noviembre de 2018

LEGALIZACIÓN DE LA EUTANASIA

Parece que esta vez va en serio. Tras la moción de censura con la votación favorable al candidato Sánchez, el derecho a morir de manera digna ha entrado con paso firme en la agenda política española. El Congreso va a tramitar una proposición de ley sobre la eutanasia o buena muerte (de eu –buena- y tánatos –muerte), con el voto favorable de todos los grupos parlamentarios salvo el PP. Ojalá que el debate se haga alejado de prejuicios y sectarismos religiosos y/o ideológicos.
En la legislación comparada se plantean dos posibilidades: la eutanasia directa, que consiste en provocar la muerte del paciente, normalmente mediante inyección de fármacos que le aseguran una muerte dulce, y la ayuda al suicidio, en la que se le facilitan los medios para que él mismo ponga fin a su vida. Lo ideal sería la aprobación de la eutanasia sin cortapisas artificiales. Y en el caso del suicidio asistido, no penalizar a la persona que ayuda al enfermo, si se demuestra la libertad y voluntariedad  del enfermo.
La muerte sigue siendo un tabú. Por eso no hablamos de ella. Pero cuando a alguien se le pregunta si la teme, suele contestar que a lo que en realidad teme es al sufrimiento. El griego Epicuro (s.IV) lo expresó  y argumentó magistralmente en su Carta a Meneceo. Merece la pena leer lo que queda de esta obra clásica. Y el temor es al dolor físico, por supuesto, pero también al dolor psicológico de tener que seguir viviendo en condiciones insoportables. Morir bien es seguramente el deseo más universal pero el concepto de buena muerte no es igual para todos. Con los avances actuales de la medicina se puede alargar la vida muchísimo pero, con frecuencia, a costa de un gran sufrimiento o la pérdida irreparable de la mínima calidad de vida, bien sea por pérdida de facultades físicas o mentales. La perspectiva de un largo y penoso deterioro hace que muchos ciudadanos quieran decidir por sí mismos cuándo y cómo morir. Hay que decir que ya se dio un gran avance con la Ley de Autonomía del Paciente de 2002 que  garantiza que el enfermo pueda rechazar los tratamientos y soportes vitales que le mantienen con vida, pero esto no es eutanasia, pues solo adelanta el final irreversible en horas o días.
Sobre la eutanasia querría recomendar un título: Cartas desde el infierno de Ramón Sampedro (Edit.Planeta). En 1968 Ramón Sampedro quedó postrado en la cama por culpa de un accidente fatal. Se definía a sí mismo como “una cabeza viva en un cuerpo muerto”. Y en 1998 consiguió aquello por lo que luchaba legal e infructuosamente desde hacía treinta años: su propia muerte. Se trató de un suicidio asistido aunque no se pudo identificar a la persona que lo ayudó. El libro es un estremecedor testimonio de un hombre que buscó la libertad a través de la muerte. Se trata de un auténtico tratado de filosofía empírica. Sus reflexiones nos ilustran sobre el hecho de que la muerte no es más que una parte del proceso natural de la vida. En palabras de Sampedro “existe el derecho a la vida, pero no la obligación de vivir a cualquier precio”. Este es el principio del que parten quienes proponen despenalizar la eutanasia. Tener acceso a una muerte médicamente asistida supondría una extensión de los derechos civiles.
El libro es poético y duro y lo componen una serie de reflexiones, cartas y poemas que ponen la carne de gallina. Ya en el prólogo, Sampedro se queja de que si él “hubiese sido un animal habría recibido un trato acorde con los sentimientos humanos más nobles” y que “el Estado y la religión, por su intolerancia, son los enemigos naturales de la vida y los responsables de la destrucción del hombre como individuo”. En su poema ¿Por qué morir? dice que “Morir es un acto humano de libertad suprema. / Es ganarle a Dios la última partida. / Es un corte de mangas que democráticamente le / hacemos al dolor por amor a la vida.”. Para los que propugnan el sufrimiento como expiación dice que “justificar el sufrimiento como un medio de purificación moral solo se le puede ocurrir a un ser moralmente degenerado por una conciencia culpable. Y quien se siente culpable, o bien es injusto o idiota.”. Cómo no reconocer en este texto a Nietzsche.
Hay quien sostiene que si se pudiera garantizar a todos los enfermos unos buenos cuidados paliativos, la eutanasia no sería necesaria. Pero los mejores cuidados no pueden garantizar que un paciente no sufra y desee morir. La medicina paliativa no cubre ni todos los casos ni todos los tipos de sufrimiento. Eutanasia y cuidados paliativos no son opciones excluyentes.
La idea de fondo en la discusión sobre la eutanasia es que unos piensan (creen) que el dueño de la vida de uno es Dios y, por tanto, el hombre no puede disponer de ella. Mientras que otros piensan (no creen) que la vida es propiedad de cada uno y, por tanto, pueden disponer de ella cómo y cuándo quieran. No es justo que un principio de índole religiosa obligue  a todo el mundo. Los que estén en contra de la eutanasia que piensen que a ellos no les obliga, pero que no obliguen a los demás a seguir la misma pauta.  
Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 20 de octubre de 2018

IZQUIERDAS Y DERECHAS


La tesis que defiendo en este artículo es que la vieja dicotomía ideológica de izquierdas y derechas es insuficiente para explicar la complejidad del mundo actual. Tesis que no es de izquierdas ni de derechas sino un análisis que intenta entender qué pasa y qué nos pasa en la sociedad actual. Ya sé que esta tesis se ha defendido siempre desde la derecha para camuflar sus valores y preservarlos de cualquier derrota dialéctica. Pero ahora, al menos desde mi ventana, se observa una evolución social y humana que la vieja dialéctica es incapaz de explicar y aún menos de solventar. Los cambios en la forma de pensar y de vivir de los ciudadanos de hoy se modifican de una manera acelerada en progresión geométrica.
Fue Norberto Bobbio quién en su librito “Derecha e izquierda” (1994) clarificó la diferencia entre ambos términos. Decía que, aceptando ambas tendencias tradicionales los grandes valores ilustrados de libertad e igualdad, las derechas ponen un mayor acento en la libertad y las izquierdas en la igualdad. En teoría podría ser válida tal diferencia. Sin embargo, en la actualidad, la evolución un tanto caótica de ambos conceptos hace insuficiente esta diferencia. Por ejemplo, hay una izquierda que se declara antiglobalizadora, proteccionista, antieuropea y partidaria de la democracia directa. Valores que coinciden con cierta extrema derecha. Véase una cierta coincidencia entre el actual gobierno italiano y las últimas declaraciones de Anguita respecto a estos términos. Quizás debamos abandonar los antiguos prejuicios y esforzarnos en pensar. Con frecuencia recuerdo aquellos tiempos de mi juventud que, en plena orgía metafísico-política, zanjábamos la discusión con aquello de “lo importante no es creer o no creer sino pensar o no pensar”. La dicotomía derecha-izquierda todavía sirve, pero es  insuficiente para entender la complejidad del mundo actual. Despojémonos de muchos clichés izquierdistas sin que ello suponga renegar de ciertos principios
Habría que hablar menos de izquierdas y derechas y más sobre democracia. La democracia es la el auténtico fundamento de una sociedad justa y moderna, y supone implícitamente la prevalencia del gobierno de las leyes frente al gobierno de los hombres. Teniendo muy claro que las leyes, en una democracia de calidad, las hacen los hombres por consensos de mayorías y minorías.
En un universo como el político, constituido sobre todo por relaciones de antagonismo entre partes contrapuestas (partidos, grupos de intereses, facciones, pueblos, relaciones internacionales, naciones, ciudadanos…), la manera más propia de representarlas no es solo mediante la dicotomía izquierda-derecha.  Por ejemplo, hay, ha habido y habrá un fuerte debate sobre la gestión pública o privada (más propiamente “gestión por concesión administrativa”) de ciertos servicios públicos. Una izquierda tradicional apoya la gestión pública universal y una derecha también tradicional apuesta por una gestión privada también universal. Realmente se trata de una cuestión altamente controvertida que depende de muchos aspectos y perspectivas. No es éste el momento-espacio de su discusión, aunque yo defiendo alguna gestión privada para algunos servicios públicos siempre que la vigilancia pública sobre la eficacia y la eficiencia sean operativas.
Otro ejemplo es el concepto y la realidad sobre Europa: más o menos nación, más o menos austeridad, más o menos política, más o menos control europeo, más o menos parlamento europeo, etc. Otro ejemplo sería nuestra posición sobre la Renta Básica Universal y su relación con la desaparición de muchísimos puestos de trabajo que, por su obsolescencia, han desaparecido y/o desaparecerán para siempre: cuánto, a quién, derechos y obligaciones de los perceptores, control e inspección, etc. Otro ejemplo son las pensiones, que no es algo tan sencillo como algunos dicen verlo. Y qué decir sobre las migraciones.
En definitiva, la izquierda ha puesto mucho más el acento en los derechos que en los deberes o la responsabilidad que todos tenemos para con la comunidad en que vivimos. Ahora que hay un momento intenso sobre los presupuestos para 2019 y ha tenido lugar el pacto PSOE-Unidos Podemos, para que el resultado sea viable y sostenible habrá que guardar un equilibrio entre ingresos y gastos; habrá que pactar con los adversarios, lo que implica ceder, siempre que no sea humillante la cesión y cuando es el único medio de obtener algún resultado.  En una sociedad democrática, donde la dimensión electoral es de suma importancia, los moderados tienen mayores posibilidades de éxito y los ciudadanos castigan a los extremistas, por mucho ruido que metan.
En fin, anochece y ya casi no se ve desde mi ventana.          
Mariano Berges, profesor de filosofía

lunes, 8 de octubre de 2018

PEDRO SÁNCHEZ, UN PRESIDENTE PECULIAR



La ventana indiscreta


PEDRO SÁNCHEZ, UN PRESIDENTE PECULIAR
(Artículo publicado en “El Periódico de Aragón” en fecha 6-09-2018)
Pedro Sánchez es un peculiar presidente de gobierno. Sus 100 días de gobierno han dado ya para mucho, bueno y malo. Su audacia un tanto aventurera conlleva necesariamente aciertos, rectificaciones y poses políticas. El asunto de su tesis es una cuestión aparte, pues la cuestión de si hay o no plagio no parece existir ya que, al margen de la apropiación de una importante cantidad de datos públicos (eso, públicos), los test antiplagio de los programas internacionalmente reconocidos no aportan suficiente porcentaje de plagio. Por tanto, dejémosle en eso, en la medianía de una tesis doctoral más. El Dr. Sánchez no pasara a la historia académica  de la economía. Pasemos, pues, a analizar al presidente Sánchez.
Desde mi ventana indiscreta creo percibir que la clave de la peculiaridad de Sánchez radica tanto en su propia personalidad como en la de su jefe de gabinete. Generalmente se suele nombrar jefe de gabinete a una persona de confianza y que tenga visión política global, pues su función más importante es coordinar las políticas del presidente. Sin embargo, Iván Redondo, su jefe de gabinete, no es un político sino un consultor de comunicación política que ya ha trabajado con otros líderes del PP (Monago –de quien también fue jefe de gabinete en Extremadura-, García Albiol –al que llevó a la alcaldía de Badalona con la consigna de barrer a los inmigrantes-) y que también llevó a Sánchez a su triunfo en las primarias socialistas. Parece, pues, un cerebro brillante del márquetin político y quien le dicta al presidente todo tipo de ocurrencias políticas, muchas veces lejos de cualquier coordinación interministerial. De ahí las declaraciones por libre de algunos ministros y sus correspondientes rectificaciones. Por lo general, este tipo de globos acaban pinchando.
Alguno ha llegado a decir que Sánchez es un actor que hace de presidente, por lo que su puesta en escena está muy trabajada y suele generar aplausos fáciles. Pero ¿tiene credibilidad política? Veremos si, además de feminismo (importante moda sin la que no hay nada que hacer) y diálogo con los independentistas catalanes, avanzamos en crecimiento económico, lucha contra la desigualdad y regeneración democrática. Es cierto que la nómina de ministras y ministros es sonora y prometedora, aunque ya han caído dos en pocos días y otros dos andan algo tocados. El ritmo escenográfico es trepidante y casi da vértigo. Es lo que tiene el márquetin.
¿Cuándo convocará elecciones? Indudablemente cuando crea que le favorezcan los sondeos, independientemente de que acierte o no. Iván dirá. Y los presupuestos mandan, que se aprobarán o no en función de las expectativas de los partidos políticos. Y la retórica nacionalista (catalana y vasca) se estirará y encogerá en función del análisis coste-beneficio del momento político.
Tenemos, pues, un gobierno “prometedor” pero muy débil en musculatura parlamentaria. Cuando Pablo Iglesias recuerda que mejor gobernar con 156 diputados que con 84, no se trata de una frase retórica sino de una advertencia. Y cuando el independentismo catalán dice que el diálogo real será para determinar el carácter pactado o unilateral de la desconexión con España, inevitablemente hay que volver a pensar en el artículo 155 de la CE.
Entonces ¿qué margen de gobierno tiene Sánchez? La estrategia de Iván Redondo puede haber agotado las ocurrencias y, por lo tanto, su eficacia de corto vuelo. Y aún más con la entrevista incendiaria de la Sexta a Sánchez y con la  reforma constitucional exprés para un mínimo de aforamientos. Eso es matar moscas a cañonazos. Y, al igual que en Extremadura y Badalona, fue y no hubo nada. Si este gobierno jugaba a campaña electoral, el subidón demoscópico de agosto pasado difícilmente se repetirá. Más bien, los últimos acontecimientos bajan las expectativas socialistas, a pesar del nuevo CIS. Por lo que las próximas elecciones pueden estar cerca, y las elecciones municipales y autonómicas de 2019 podrían convertirse en la referencia fundamental. Sin entrar ahora en las elecciones andaluzas, que también incidirán en las generales.
Ahora bien, si por gobernar entendemos hacer una gestión estratégica del presente y del futuro, identificando las tendencias y anticipando las soluciones a la problemática social, todo lo dicho en este artículo sobra, porque lo que se está haciendo no es gobernar sino estar en el gobierno. Si lo que se intenta solucionar son los síntomas y no las causas, eso no es sino el populismo que tan en boga está: decir lo que la gente quiere oír, simplificar los mensajes y amagar las soluciones. Pero gobernar es otra cosa más rigurosa y más seria.
Como final hay una pregunta que me asalta: ¿algunos ministros solventes que hay en el gobierno conocían realmente a Sánchez? Mi ventana está un poco empañada.   
Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 22 de septiembre de 2018

NO AL TRANVÍA (CON PERDÓN)


La ventana indiscreta

NO AL TRANVÍA (CON PERDÓN)
Dos advertencias previas: 1) La cuestión a tratar es local (de Zaragoza), aunque extrapolable a otros lugares. 2) Soy consciente de dar un enfoque incorrecto políticamente y medioambientalmente. Reivindico el derecho a equivocarme.
Recuerdo que en los años sesenta la ciudad de Zaragoza hizo un esfuerzo económico y urbanístico enorme para encerrar y esconder el tren, que pasaba a la vista por todo el centro de la ciudad e hipotecaba las futuras grandes vías urbanas. Y también se quitaron los tranvías porque se declararon obsoletos. Y con el tiempo, Zaragoza configuró una de las mejores líneas de autobús urbano de España.
Actualmente, Zaragoza ha desarbolado la magnífica línea de buses urbanos y ha sacado al exterior, hipotecando todo el centro de la ciudad, un tren, que no otra cosa es el tranvía. Hemos vuelto a los años sesenta o a finales del XIX, que es cuando se inventó el tranvía, un sistema de transporte para llevar a las fábricas grandes masas de trabajadores que habitaban muy lejos del lugar de trabajo. Pero estamos en el siglo XXI y la complejidad de la movilidad urbana es mucho mayor de lo que les parece a expertos y sabios del momento. Soy consciente de que este párrafo concitará muchas iras y algunas alabanzas, aunque éstas sean más políticamente incorrectas. Por eso mismo voy a intentar razonar algo que tiene una no fácil interpretación
Es cierto que vivimos ya en sociedades posindustriales y necesitamos nuevos criterios de movilidad, pero no podemos tomar decisiones demagógicas u oportunistas, especialmente si carecemos de los 400 millones de euros que costó el tranvía de Zaragoza, además de mutilar y trocear una magnífica red de autobuses urbanos, a cambio de ocupar una gran parte del centro de la ciudad por un “tren” que ya ha producido muchos accidentes de tráfico y que pasa por una serie de calles en las que tan apenas vive gente, como es el Centro Histórico y la Gran Vía. De todo el trayecto del tranvía solo vive gente al principio y al final, ya extrarradios que tenían una facilísima y baratísima solución de conexión con el centro.

Se suelen propalar algunas opiniones con vitola de verdades apodícticas. 1) el coche ya no sirve, incluso es un estorbo en la vida de las ciudades modernas. 2) Todo el mundo debe ir en bicicleta o andando, aunque un gran porcentaje de la población urbana sean viejos a los que la ciudad tiene que proteger. 3) Todos a favor del transporte público. Por descontado que sí pero con matices.
En primer lugar, hay que tener conocimiento del contexto tecnológico y socioeconómico de la sociedad en que vivimos. En este sentido, el no al automóvil que se mueve con petróleo, que contamina y que hace ruido se paliaría con los coches de nueva generación, no contaminantes, con una estructura y dimensión que permiten su fácil almacenamiento y con un grado de automatismo que mejora sensiblemente la seguridad y el espacio urbano que necesitan. No solo hay que circular en bicicleta, también aquellos medios especiales de transporte que posibiliten el movimiento a una sociedad que envejece. Bicis y motos eléctricas, patines, 'segways', sillas rodantes, cintas peatonales de transporte… y todo el arsenal de minivehículos que están iniciando su comercialización y que por sus características caben en el ascensor y se pueden guardar en tu piso. Cara al futuro, estas técnicas disruptivas deben ser estimuladas urbanísticamente, reservándoles el espacio urbano necesario para que funcionen con seguridad, en lugar de penalizarlas expulsándolas de determinados ámbitos urbanos.
En cuanto a la generalización y mejora del transporte público, claro que estamos de acuerdo, pero con muchos matices. Si los flujos que debemos gestionar son muy fuertes la única solución factible es el metro, muy caro y muy complicado en su construcción. Pero los modernos buses funcionan con tracción no contaminante, pueden recibir la electricidad mediante una guía empotrada en el asfalto, y pueden funcionar automáticamente. Si a ello le añadimos un carril exclusivo para el bus, incluso con separación física, con el 15% del coste del tranvía tendríamos un transporte público moderno, económico, no contaminante, rápido, con mayor versatilidad y sin hipotecas urbanas de ocupación del espacio. Además, debe quedar claro que la velocidad comercial de un bus no es menor que la de un tranvía. Si un tranvía tiene mayor velocidad comercial es porque funciona en un espacio reservado, con lo que merma el espacio público disponible, o porque está soterrado, y eso equivale, especialmente a efectos económicos, a un metro ligero. Además, disminuir la efectividad del bus acortando sus trayectos para aumentar el “éxito” del tranvía es trampa.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 8 de septiembre de 2018

EL TRANSCURRIR DE LA VIDA






La ventana indiscreta
EL TRANSCURRIR DE LA VIDA
Retomo el contacto con mis lectores de “El Periódico de Aragón” tras una interrupción de cinco meses, debida a un episodio familiar, todavía no resuelto pero sí encauzado, que requería de mi atención plena. Espero que todo se vaya recomponiendo.
En este reencuentro, pongo título permanente a mi colaboración escrita: “La ventana indiscreta”. La ventana indiscreta es una película de Alfred Hitchcock del año 1954 y protagonizada por James Stewart, cuyo personaje se ve obligado a permanecer en reposo con una pierna enyesada, tras un accidente. Para luchar contra su aburrimiento se dedica a observar desde la ventana de su apartamento lo que ocurre en las viviendas de enfrente. Se trata de una obra maestra del voyeurismo.
De una manera semejante, desde mi ventana de jubilado, como un valor ya fuera del mercado, me dedicaré a observar lo que ocurre en mi entorno, como un voyeur interesado en el transcurrir de la vida y de la sociedad. Mis opiniones y comentarios procurarán ser educados, sin ánimo (ni capacidad) de influir en los acontecimientos, y mucho menos en las decisiones de los actores sociales. Si sirven para una pequeña reflexión por parte de algún lector… bienvenida sea. Mis opiniones serán epidérmicas y poco trascendentales. No cotizarán en bolsa ni impartirán conocimiento. Serán meros apuntes para pasar el rato sin desperdiciar el tiempo ni la inteligencia de cada cual.
Desde Abril hasta hoy han sucedido muchas cosas: Rajoy (PP) ha cesado como Presidente de Gobierno y ha sido sustituido por Sánchez (PSOE), tras una moción de censura apoyada, aparte de por el PSOE, por Podemos y los grupos nacionalistas vascos y catalanes. Sánchez montó un gobierno monocolor que gustó mucho a los medios y a la sociedad española. Pero tiene un gran problema: carece de mayoría parlamentaria para gobernar, pues sus socios de moción se lo van a poner difícil con sus reivindicaciones maximalistas y su poco pragmatismo coyuntural.
Los sondeos electorales se han disparado a favor del PSOE, lo que le hace ver como una fruta apetitosa un adelanto de las elecciones generales, especialmente, si se da el caso, con la excusa de no sacar adelante los presupuestos de 2019. Los movimientos políticos en la actualidad van a ir en la dirección de ver quién tiene la culpa de un adelanto electoral.
Por otro lado, el PP tiene nuevo presidente en la persona de Casado. Joven ambicioso (ahora en los cuatro partidos importantes todos los jefes son jóvenes ambiciosos, como es lógico en política) y con un discurso inicial escorado más a la derecha que su antecesor, aunque todo esté por ver.
Podemos ha sufrido un estancamiento tras la adquisición de la mansión residencial por parte de Iglesias y Montero para poder educar a sus gemelos con medios apropiados. A veces lo personal interfiere con lo general, y viceversa.
Ciudadanos sigue a lo suyo, sin haber rentabilizado su triunfo en las últimas elecciones catalanas y con una Arrimadas, flor de un día.
Pero, claro, en la vida no solo hay política, aunque sea muy importante. Existen muchas más cosas, aparentemente sin una gran importancia pero fundamentales muchas veces en la vida de cada cual. Sucesos cotidianos que alegran o entristecen, acontecimientos que condicionan tu vida, tragedias directas o indirectas que complican tu existencia, afectos y amistades que siguen funcionando por encima de los acontecimientos y que ayudan a superarlos.
Y cómo no, Cataluña sigue con su raca-raca. Si observase un solo indicio racional y/o lógico en la reivindicación independentista, juro por los dioses que lo respetaría y lo intentaría comprender. Pero no, todo lo más a lo que puede ceñirse el independentismo es a un sentimiento y, como tal, nada que ver con un Estado, construcción racional y contemporánea que sintetiza los anhelos y expectativas de un  territorio, de una manera histórica, económica y política. Pero nada de esto es Cataluña, sino un puro sueño sentimental y romántico, peligroso para la propia Cataluña y para España. El nacionalismo catalán (como el vasco) es puro intento por conquistar el poder a través de la nacionalización de la sociedad catalana. Eso sí, con envoltura romántica, que a los despistados e incultos les atrae mucho. Lo que quizás no sepan es que el romanticismo político ha sido siempre el prólogo de un fascismo que comienza en populismo y acaba en dictadura. Si a esto añadimos que Puigdemont no es Pujol, estamos ante una burda farsa sin ética ni estética. Y si añadimos al subordinado Torra, el esperpento está garantizado. Lo que no entiendo es cómo hay tantos catalanes que siguen creyendo en ellos.
Valga esta entrega como mi primera ventana indiscreta, desde la que me tendré que acostumbrar a observar el transcurrir de la vida para contárselo a ustedes.
Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 7 de abril de 2018

PENSIONES II

Este segundo artículo sobre las pensiones no es contradictorio con el anterior, aunque lo parezca, sino complementario. Cuando se habla sobre un asunto complejo como éste hay que poner las dos posturas dialécticas una frente a otra, y elaborar una síntesis que sea justa y progresiva procesualmente. Aunque en este asunto quizás fuese más útil aplicar el pensamiento lateral frente al pensamiento lógico, pues los considerandos son abundantes y no todos susceptibles de la dialéctica. Con una postura demagógica no solo nos situamos en una perspectiva imposible sino que damos argumentos al contrario. Además, tras las manifestaciones callejeras queda lo más difícil: traducir políticamente el descontento que ha desencadenado la decisión de salir a la calle, lo que no es tarea fácil. En esa especie de ebriedad colectiva muchas veces se quiere todo. Pero eso, al final, es lo mismo que pedir nada, humo. Son los políticos los que deben dar forma a las exigencias de ese colectivo que ha mostrado su insatisfacción. Para cambiar las leyes está el Parlamento. Si la izquierda lo olvida, o lo desprecia, es muy posible que al final perdamos todos.
La respuesta del gobierno de Rajoy a las pensiones ha sido vincular su subida a la aprobación del Presupuesto para el año 2018. Parece una solución lógica. Sin  Presupuesto no hay modificación posible en gastos ni ingresos. En segundo lugar, ha propuesto la subida de las pensiones más bajas. También parece lógico. Para redondear la cuestión solo tendría que haber añadido la puesta en marcha del Pacto de Toledo para hablar de la justicia y de la sostenibilidad del futuro sistema de pensiones. Hay que tener en cuenta que el todo o nada no es una solución, sino que todo proceso requiere de una orientación correcta en la que ir modulando los incrementos en función de las posibilidades.
Veamos algunas características de nuestro sistema de pensiones para así poder entender mejor su dificultad.
1. La primera cuestión que debe quedar clara es cómo es nuestro sistema de pensiones en comparación con el de otros países. Y observamos que la tasa de reposición española (la relación entre la pensión inicial y el salario antes de la jubilación) es del 72% frente al 56% de Suecia y el 38% de Alemania. Lo que nos conduce a una primera reflexión sobre la generosidad del sistema español de pensiones, al menos en lo que respecta a los salarios altos. No así respecto a los salarios bajos. Además hay que tener en cuenta que la tipología de las pensiones es muy variopinta. Algunas ni son técnicamente pensiones sino actos de solidaridad que el conjunto de los pensionistas tiene con aquellos que no han cotizado un mínimo a lo largo de su vida laboral. Por lo que no tiene sentido mezclar todas las pensiones en un totum revolutum.
2. Una segunda cuestión. La propuesta del PSOE de ligar las pensiones al IPC incrementaría el gasto en 1.600 millones al año. Y el Ministerio de Empleo calcula que España debería crecer 30 años al 4,2% (lo que es imposible) para poder subir siempre las pensiones con el IPC. Por lo que algunos expertos aconsejan no volver a vincular todas las pensiones al IPC. Asunto central en toda discusión sobre las pensiones, pues en una caja única no hay suma cero, sino que todo debe ser compensado en ingresos y gastos.
3. El déficit del sistema el año pasado rondará los 19.000 millones o un 1,6% del PIB. Aunque se trata de una cifra elevada, está todavía dentro de lo manejable. Lo peligroso sería que el déficit se disparase en el futuro si abandonamos los esfuerzos que se han hecho en los últimos años para contener el gasto, tanto por parte de Gobiernos del PP como del PSOE. Aquí entramos en cómo diseñar una política de rentas más justa y en una priorización de gastos más beneficiosa para los sectores más débiles. Eso sí, siempre con la cultura del trabajo y esfuerzo como elemento distribuidor.
4. ¿Es viable nuestro sistema de pensiones? Debe ser viable. Pero necesitará ciertos ajustes para capear una situación demográfica complicada. No hay riesgo de que nos quedemos sin pensiones públicas, pero esas pensiones tendrán que ser algo menos generosas en relación a los salarios durante las próximas dos o tres décadas. Hasta que la pirámide de población española vuelva a la normalidad, pues tras la brusca caída de la natalidad, cada vez habrá menos personas trabajando para pagar cada pensión.
En definitiva, nuestras autoridades han declarado que lo que se pretende es acompasar la actualización de las pensiones a la marcha de la economía. Ojalá fuese verdad, pero siempre desde una perspectiva de justicia y progresividad. Porque cuando hablamos de la positiva marcha de la economía hay que hablar de cantidad y calidad. La famosa precarización de los puestos de trabajo y sus raquíticos sueldos no puede ser el final de la crisis. Eso sería un fracaso general.
Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 24 de marzo de 2018

PENSIONES


¡Cómo no escribir sobre las pensiones! A pesar de su complejidad me meto en el charco con toda mi ingenuidad. Lo bueno de las movilizaciones en la calle es que luego aparecen en los medios de comunicación de masas y, así, se convierten en la cuestión principal de la agenda política. También es cierto que la voracidad y demagogia de los partidos políticos intentan hacerse con la tajada mayor de la tarta reivindicativa. Para ello usan expresiones genéricas, eslóganes improductivos, obviedades o utilizan información solo al alcance del gobierno.
Una cuestión previa: las pensiones son fundamentalmente un problema político, aunque con una dimensión fuertemente técnica. Pero en este orden. Una segunda cuestión: el asunto principal del que deberíamos hablar es de una política fiscal justa y progresiva, o sea, de donde sacamos los ingresos del Estado, y de una política de rentas, o sea, cómo se distribuye la renta de nuestro país. Más tarde, aparecen las pensiones como un subproducto de las dos cuestiones anteriores.
Como la cuestión de las pensiones es muy compleja voy a hacer algunas acotaciones puntuales de carácter general, teniendo como idea principal que el asunto de las pensiones es algo que hay que empezar a trabajar con rigor entre todos los partidos políticos, con sus asesores técnicos respectivos. Para ello existe el Pacto de Toledo, que data del año 1995 y que fue un acuerdo parlamentario aceptado por todos con buen resultado hasta 2013. Con la crisis financiero-económica, que no es más que un pretexto para modificar radicalmente el modelo funcional de sociedad, comienza a quebrarse el modelo de Seguridad Social y, por tanto, de las pensiones. Los recortes habidos desde 2010 y el adelgazado Estado de bienestar  marcan una regresión en el proceso social español desde la instauración democrática.
1. En primer lugar, y urgentemente, hay que derogar el índice de revalorización de las pensiones (vigente desde 2013), ya que el 0,25% reduce realmente el poder adquisitivo de las prestaciones. El gobierno del PP lo implantó siguiendo una propuesta del Fondo Monetario Internacional (FMI) de congelar las pensiones y que, curiosamente, coincide con un mayor desarrollo de los planes de pensiones privadas en nuestro país. Sembrar dudas acerca de la viabilidad de las pensiones públicas tiene también como finalidad potenciar los fondos privados de pensiones. Y no solo es grave la “congelación-devaluación” del 0,25% , sino que, según un informe reciente del Banco de España, esta “congelación-devaluación” podría llegar en el tiempo hasta 2060, si seguimos dando por bueno el desequilibrio de las cuentas de la Seguridad Social.
Esta devaluación va en contra de la práctica de casi todos los países de la UE, que garantizan como mínimo el mantenimiento del poder adquisitivo de sus pensionistas. Pero es que, además, es una práctica incumplidora de la Constitución Española (CE), que en su artículo 50 conmina expresamente a los poderes públicos a “garantizar la suficiencia económica de los mayores a través de pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas”. Por cierto que también es un incumplimiento del Pacto de Toledo que defiende como principio el mantenimiento del poder adquisitivo de los pensionistas.
2. La decisión de aumentar la edad laboral desde los 65 a los 67 años es una barbaridad teniendo en cuenta el paro de edad joven y media que hay en España. Porque lo importante no es tanto la ratio entre el número de empleados y el de pensionistas sino la productividad de los empleados. Y con las nuevas herramientas y técnicas laborales la productividad es progresivamente mucho mayor.  
3. El Estado es un todo en el que no cabe una distinción artificial entre la Seguridad Social y el Estado propiamente dicho. Por lo tanto, son los ingresos totales del Estado los que deben garantizar el mandato constitucional en un Estado social de derecho, independientemente de toda distinción formal y administrativa que quiera hacerse. La Seguridad Social es parte de la Hacienda Pública y su financiación no debe proceder solo de las cotizaciones sociales.
4. No contentos con la devaluación del 0,25%, nos amenazan con la aplicación de un próximo factor de sostenibilidad (vincular las pensiones a la esperanza de vida).  Máxime cuando el gasto actual en pensiones de jubilación en España es muy inferior al de los demás países de la UE, y cuando las proyecciones a largo plazo del propio Gobierno español y de la Comisión Europea acreditan la sostenibilidad de las pensiones públicas. Por lo que el factor de sostenibilidad es un mero pretexto para seguir con la merma del modelo social que hemos disfrutado hasta ahora.
Concluyendo: los dos hachazos infligidos al sistema de pensiones (la desvinculación de la pensión al IPC y la vinculación a la esperanza de vida) suponen una degradación del Estado de bienestar conseguido a lo largo de casi cuarenta años. Si a ello añadimos la falta de empleo y su precarización, la famosa crisis no solo no ha finalizado sino que constituye el núcleo esencial del nuevo modelo social.
Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 10 de marzo de 2018

ITALIA COMO ESPEJO


Yo soy un admirador de Italia. Su historia y su vitalismo son notables. Italia, al margen de su potencia clásica, renacentista y barroca, ha tenido momentos contemporáneos de gran brillantez: su heroica resistencia frente al fascismo; su enorme cultura política de los setenta (el eurocomunismo de Berlinguer); incluso su terrorismo (Brigadas Rojas) de los setenta tuvo grandeza trágica y un fundamento teórico potente (Toni Negri). Añadiré su espléndida cultura contemporánea: el neorrealismo cinematográfico, sus maravillosos directores y actores de cine y teatro, sus fabulosos museos. Sin olvidar su potente industria y sus hermosísimas ciudades. Y cómo no, Roma, siempre Roma. Y en ella el Papa. En fin, hasta la mafia siciliana es una marca universal italiana, no solo con copia en los USA sino que también ha impregnado cierta concepción del poder  (visión obligada de las tres partes de “El Padrino” como discurso brillante sobre el poder).
Sin embargo, en la actualidad, Italia no está de moda. Ni siquiera se ha clasificado directamente para el mundial de Rusia. Y respecto a la política, tras su brillante historia, ha caído en las peores manos posibles: el populismo antisistema del Movimiento 5 Estrellas (M5S) y la xenofobia de la Liga Norte.
Parece que la antigua Padania ha vencido tras muchos intentos y se ha colocado al frente de una coalición de derechas, incluido el hasta hace poco omnipotente Berlusconi. Tan extremado es el derechismo de la Liga Norte que Berlusconi aparecía como el centro moderado en las últimas elecciones de este domingo. En el otro extremo está el M5S de Bepe Grillo, vencedor como candidatura, con casi una tercera parte de los votos, y que no iba en coalición con nadie. El próximo gobierno italiano, si lo hay, lo encabezará la Liga Norte o el M5S, y dependerá de los apoyos que reciban uno u otro. El rechazo a la inmigración ha sido prácticamente el único argumento de la campaña, y el más demagogo ha vencido. Qué cosas hay que ver, los italianos, campeones históricos de la emigración a todos los puntos del planeta, pretenden encerrase en su cascarón de país rico y transforman en mayoría política todos los miedos e incertidumbres del momento actual. Y la izquierda, inerte e impotente, aparte de dividida como suele ser normal, contemplando el espectáculo.
Pero lo peligroso no es tanto el resultado como el análisis demográfico del voto italiano. El votante del M5S es menor de 45 años, precario o parado y con un nivel alto de estudios. Coincide con nuestros jóvenes españoles bien formados y sin opciones laborales, ni dignas ni indignas. La Liga Norte tiene un electorado de edad media y bajo nivel de estudios. Entre ambos tienen, en estos momentos, sujeto el voto joven, o sea, el futuro, por lo que no es raro que sigan ganando durante un tiempo. Por el contrario, los dos partidos más tradicionales, herederos de los partidos que parecían eternos, Democracia Cristiana (DC) y Partido Comunista de Italia (PCI), y que actualmente son Forza Italia (FI) de Berlusconi y el Partido Democrático (PD) (el centro izquierda heredero de socialistas y comunistas), tienen como votantes a la gente mayor, independientemente de su profesión y/o estatus económico. Los obreros ya no votan a la izquierda.
Por el contrario, en Alemania, los dos partidos tradicionales, CDU y SPD, han vuelto a pactar una coalición de gobierno, con fuerte riesgo electoral para ambos frente al ascenso de la fascista Alternativa para Alemania. Alemania y Europa deberían premiar su sentido de Estado a estos dos partidos y esperemos que, junto al todavía prometedor Macron, sepan sacar del marasmo a la fatigada Europa. Porque los populismos derechistas de la Europa del Este nos amenazan cada día más fuertemente.
Si colocamos en fila india el Brexit británico, a Trump, los populismos del Este europeo, la victoria populista en Italia, los peligrosos brotes populistas en Francia y Alemania, los populismos caudillistas de Sudamérica, más la ambigüedad indecisa de la izquierda europea, el momento es delicado y muy difícil. Es hora de pensar desde una perspectiva nueva y a largo plazo, tanto para España como para Europa. Y quienes mejor pueden tener esta perspectiva nueva son gente nueva. ¿Tan difícil es esto de entender? Y nueva no significa tanto gente joven como portadores de una nueva forma de pensar y de mirar. Hemos entrado en una época donde el paradigma viejo ya no funciona, y de ello se aprovechan todos los populismos y caudillismos que se atreven a saltar al ruedo. La socialdemocracia, en especial, lo tiene francamente difícil, pues su concepto redistribuidor del Estado se encuentra con un nuevo ecosistema con poca capacidad distribuidora. Se impone, pues, un reformismo de coyuntura, con claras prioridades y un colchón básico de bienestar.
Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 24 de febrero de 2018

IZQUIERDAS, DERECHAS Y ESPAÑA




En mi anterior artículo (“El PSOE tiene problemas”) señalaba alguna cuestión que me parece aprovechable en estos momentos. Instaba a que el PSOE se alejase de la imagen de partido conservador que tenía, que funcionase con nuevos liderazgos e ideas originales y pasara a ser percibido como fuerza transformadora y de futuro. Solo así estará en condiciones de elaborar un proyecto contemporáneo de país, el de la globalización y digitalización, sin abandonar los problemas cotidianos de la gente, especialmente el trabajo, por tratarse del elemento que realmente dignifica y posibilita un proyecto de vida al ser humano.   
Sin embargo, parece que toda la energía se va en el blindaje del nuevo Secretario General y en la desaparición de toda estructura intermedia entre la cúspide y la militancia de base. Personalmente pienso que hay mucha demagogia en esta nueva ola de primarias y preguntas a las bases sobre la última ocurrencia de coyuntura. Los partidos políticos son organizaciones que deben aspirar a ser duraderas en el tiempo y con un fuerte anclaje estructural, no eterno sino renovado cada cierto tiempo. El cambio de líderes y candidatos debe estar siempre determinado por los distintos tiempos y problemáticas, a los que deben responder las ideas y proyectos que en el seno del partido se elaboren. La energía debe usarse en los proyectos y no en los reglamentos, meros instrumentos de segundo o tercer nivel. Los reglamentos se convierten en fundamentales cuando no hay ni ideas ni proyectos, y el objetivo es mandar por mandar. No creo que cuando alguien piensa en el Estado de bienestar crea que su logro se debió a la fortaleza reglamentista interna de los partidos socialdemócratas.
Pero el mal de la izquierda no es exclusivo del PSOE. Parece ser que Podemos está condenado a ser flor de un día. Su virginidad política, unida al cansancio social del ciudadano hacia los viejos partidos, produjo un estallido juvenil comandado por una neodirigente clase universitaria que, ebrios de un peligroso “adanismo” iban a triunfar “porque sí”, porque eran los más listos de la clase. Ni se molestaron en aplicar elementales análisis marxistas a la compleja realidad en que nació. El 15-M no es una fórmula ni un programa ni un proyecto. El 15-M es un estallido que, como el Big Bang, (Gran Explosión) puede dar origen a un proceso largo y tedioso que podría encauzar la solución a los problemas sociales. Pero hace falta una fuerte organización, muchísimo trabajo y mucha generosidad. Y, sobre todo, ser conscientes de que un partido político es un mero instrumento en la organización de la convivencia social.
Por el contrario, parece que a la derecha le sientan mejor los aires de crisis. El PP aguanta, mal que bien, y Ciudadanos sube como la espuma, desde su virginidad política y sus simplísimas recetas a complejos problemas. ¿Le sucederá a Ciudadanos lo mismo que a Podemos? Lo veremos.
El adanismo no es exclusivo de Podemos, sino que se extiende a gran parte de los políticos actuales. Algunos piensan que hasta que ellos no llegaron no se habían hecho bien las cosas. “Ayuntamientos del cambio” se autodenominan unos, “nuevo PSOE”, otros. En vez de aprovechar el fuego que otros inventaron, prefieren volver a inventar el fuego aunque se quemen las manos. ¡Qué manía con inventar! Cuándo nos enteraremos que el hombre no crea sino que copia y, en todo caso, elabora combinaciones distintas con materiales ya existentes. Es la humildad científica la que nos permite progresar, el tener conciencia de nuestro permanente aprendizaje en contacto con los demás. Un genio es el que mejor aprovecha los saberes anteriores de los demás, con una nueva perspectiva y con una adaptación actualizada. De ahí la importancia de los clásicos, sin los que no existiríamos cultural y científicamente.
Y por último están los objetivos finales. ¿Para qué existe un partido? Para que el país funcione mejor. El partido político es el instrumento y el país es el objetivo final. Tomemos el ejemplo de Alemania tras las últimas elecciones. Ni la CDU puede gobernar en solitario ni el SPD  tampoco. Pues bien, haciendo de tripas corazón, los dos partidos mayoritarios han pactado (en contra de su deseo) para que su país, y Europa, tengan posibilidades de salir adelante en esta complicada encrucijada actual. Esto es patriotismo constitucional y lo demás, retórica populista y demagógica.
¿Es esto pensable para España? Los politólogos nos contestarán rápidamente que en España eso no es posible. Pero busquemos una nueva perspectiva. ¿Qué pasaría si el PSOE permitiera que el PP aprobara los Presupuestos Generales del Estado con una serie de contrapartidas en aras del bien general? En primer lugar, que los insaciables nacionalismos catalán y vasco no nos sangrarían al resto de españoles. Y que España sería un país más homogéneo, sin plurinacionalidades ni derechos a decidir la secesión. Y lograríamos la igualdad en posibilidades de todos los españoles, sin desgarros ni escisiones. No haría falta ni coalición, solo apoyos puntuales. Ya haremos política partidista cuando España recobre un bienestar básico.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 10 de febrero de 2018

EL PSOE TIENE PROBLEMAS



Que la socialdemocracia está en crisis es ya un lugar común en la politología actual. No hay más que ver sus sucesivas derrotas electorales en países donde hasta hace poco tiempo ganaban elecciones con relativa facilidad. Las clases trabajadoras, si es que siguen existiendo en su originario sentido marxista, no optan ya por el PSOE sino que hacen sus pinitos en partidos populistas, sean de izquierda o de derecha. Los jóvenes prefieren partidos nuevos (en España, Podemos y Ciudadanos) antes que a los de siempre, a los que dicen conocer y a los que acusan de corrupción estructural. Y muchos otros electores se refugian en la abstención, un tanto asqueados de una política que no soluciona sus problemas vitales.
Es curioso y paradójico que muchos problemas electorales del PSOE provienen de su propio éxito de otros tiempos. El Estado de bienestar es una expresión y una realidad que en España lleva la marca PSOE y en Europa lleva la patente socialdemócrata en sus distintas acepciones. Europa es el lugar del mundo con más derechos humanos y con mejores estándares de calidad de vida. Y ello a pesar del retroceso en los años de la crisis.
Indudablemente, hoy se dan otros retos nuevos, como son la globalización financiera y la revolución digital, cuyas soluciones son complejas y caras y no casan bien con las fronteras nacionales por excesivamente reducidas. Los partidos socialdemócratas están desorientados y ayunos de respuestas. Mientras que los poderes financieros parecen tener la varita mágica y han conseguido supeditar la política nacional a la economía financiera global. Esta inversión de factores ha causado la última crisis y, lo que es más peligroso, está condicionando fuertemente la solución de la crisis. Con lo que llegamos a la conclusión de que la crisis era la excusa para el cambio de modelo económico-político en este mundo tecnificado y globalizado.
¿Qué debe hacer el PSOE para recuperar la preferencia de los electores? Está claro que no basta con reivindicar su legado, aunque no vendría mal recordarlo y sentirse orgulloso, sino que se necesitan liderazgos nuevos e ideas originales que les alejen de la imagen de partido conservador que se dedica a contar la batallita de lo que hizo. Debe ser percibido como una fuerza transformadora y de futuro.
Soy consciente de haber dicho una obviedad y que su dificultad radica en la práctica de tal enunciado. Pero, al menos, sí que el PSOE debe ponerse en manos de personas que posibiliten lo que acabo de decir. Un partido no puede estar en manos de quienes ni siquiera saben formular los principios necesarios. Si el cambio de sistema es, hoy por hoy, imposible, el momento debe ser claramente reformista y abierto a un cosmopolitismo que siempre caracterizó a la socialdemocracia. El indicador de que se está en la senda correcta es que la sociedad perciba que se hace una política de progreso y que este progreso tiene sostenibilidad. Tampoco es que la gente pida grandes avances sino tener la percepción de estar en la línea correcta y poder manejar indicadores de dicha corrección. 
La situación de plaza reconquistada que explicita el nuevo Secretario General socialista de España no ha avanzado mucho en su proyecto de partido ni de país. O, al menos, yo no lo veo. La política de alianzas no existe. O, al menos, yo no la veo. Lo que sí existe, aunque sea de una manera larvada, es un cierto faccionalismo entre la cúpula estatal y casi todas las cúpulas regionales y/o poderes autonómicos. Y esto es malo. No culpabilizo a nadie en concreto pues todos son concausantes.
Cataluña ha sido y sigue siendo un test significativo de lo que digo. La ambigüedad y la ausencia de un lugar reconocible de la política socialista en el problema catalán le ha pasado factura. De acuerdo que esto no es nuevo, que viene desde los tiempos de Maragall como President. Entonces el PSC creyó que para conquistar la Generalitat había que “catalanizarse” y así lo hizo. Y así han seguido, con mayor o menor anhelo, el resto de dirigentes. Últimamente, el PSC también ha sido pagano del decaimiento socialista general. La gran ciudad de Barcelona era mucho más cosmopolita e internacional cuanto menos nacionalista decía ser. El reinado de Pujol la ruralizó. Lo mismo puede decirse de todo el resto de Cataluña. La excluyente exclusividad, el hallazgo de la bandera, el victimismo, la pérdida del mestizaje, han construido una Cataluña y una Barcelona más pequeñas y menos atractivas.
El socialismo necesita, pues, volver a tener un proyecto de país, una política de alianzas, y, sobre todo, un discurso futurista que afronte la globalización, la digitalización y sus consecuencias en el empleo y en la política de rentas. Solo así podrá, sin urgencias, volver a ser partido de gobierno en España y en Europa.

Mariano Berges, profesor de filosofía