sábado, 10 de marzo de 2018

ITALIA COMO ESPEJO


Yo soy un admirador de Italia. Su historia y su vitalismo son notables. Italia, al margen de su potencia clásica, renacentista y barroca, ha tenido momentos contemporáneos de gran brillantez: su heroica resistencia frente al fascismo; su enorme cultura política de los setenta (el eurocomunismo de Berlinguer); incluso su terrorismo (Brigadas Rojas) de los setenta tuvo grandeza trágica y un fundamento teórico potente (Toni Negri). Añadiré su espléndida cultura contemporánea: el neorrealismo cinematográfico, sus maravillosos directores y actores de cine y teatro, sus fabulosos museos. Sin olvidar su potente industria y sus hermosísimas ciudades. Y cómo no, Roma, siempre Roma. Y en ella el Papa. En fin, hasta la mafia siciliana es una marca universal italiana, no solo con copia en los USA sino que también ha impregnado cierta concepción del poder  (visión obligada de las tres partes de “El Padrino” como discurso brillante sobre el poder).
Sin embargo, en la actualidad, Italia no está de moda. Ni siquiera se ha clasificado directamente para el mundial de Rusia. Y respecto a la política, tras su brillante historia, ha caído en las peores manos posibles: el populismo antisistema del Movimiento 5 Estrellas (M5S) y la xenofobia de la Liga Norte.
Parece que la antigua Padania ha vencido tras muchos intentos y se ha colocado al frente de una coalición de derechas, incluido el hasta hace poco omnipotente Berlusconi. Tan extremado es el derechismo de la Liga Norte que Berlusconi aparecía como el centro moderado en las últimas elecciones de este domingo. En el otro extremo está el M5S de Bepe Grillo, vencedor como candidatura, con casi una tercera parte de los votos, y que no iba en coalición con nadie. El próximo gobierno italiano, si lo hay, lo encabezará la Liga Norte o el M5S, y dependerá de los apoyos que reciban uno u otro. El rechazo a la inmigración ha sido prácticamente el único argumento de la campaña, y el más demagogo ha vencido. Qué cosas hay que ver, los italianos, campeones históricos de la emigración a todos los puntos del planeta, pretenden encerrase en su cascarón de país rico y transforman en mayoría política todos los miedos e incertidumbres del momento actual. Y la izquierda, inerte e impotente, aparte de dividida como suele ser normal, contemplando el espectáculo.
Pero lo peligroso no es tanto el resultado como el análisis demográfico del voto italiano. El votante del M5S es menor de 45 años, precario o parado y con un nivel alto de estudios. Coincide con nuestros jóvenes españoles bien formados y sin opciones laborales, ni dignas ni indignas. La Liga Norte tiene un electorado de edad media y bajo nivel de estudios. Entre ambos tienen, en estos momentos, sujeto el voto joven, o sea, el futuro, por lo que no es raro que sigan ganando durante un tiempo. Por el contrario, los dos partidos más tradicionales, herederos de los partidos que parecían eternos, Democracia Cristiana (DC) y Partido Comunista de Italia (PCI), y que actualmente son Forza Italia (FI) de Berlusconi y el Partido Democrático (PD) (el centro izquierda heredero de socialistas y comunistas), tienen como votantes a la gente mayor, independientemente de su profesión y/o estatus económico. Los obreros ya no votan a la izquierda.
Por el contrario, en Alemania, los dos partidos tradicionales, CDU y SPD, han vuelto a pactar una coalición de gobierno, con fuerte riesgo electoral para ambos frente al ascenso de la fascista Alternativa para Alemania. Alemania y Europa deberían premiar su sentido de Estado a estos dos partidos y esperemos que, junto al todavía prometedor Macron, sepan sacar del marasmo a la fatigada Europa. Porque los populismos derechistas de la Europa del Este nos amenazan cada día más fuertemente.
Si colocamos en fila india el Brexit británico, a Trump, los populismos del Este europeo, la victoria populista en Italia, los peligrosos brotes populistas en Francia y Alemania, los populismos caudillistas de Sudamérica, más la ambigüedad indecisa de la izquierda europea, el momento es delicado y muy difícil. Es hora de pensar desde una perspectiva nueva y a largo plazo, tanto para España como para Europa. Y quienes mejor pueden tener esta perspectiva nueva son gente nueva. ¿Tan difícil es esto de entender? Y nueva no significa tanto gente joven como portadores de una nueva forma de pensar y de mirar. Hemos entrado en una época donde el paradigma viejo ya no funciona, y de ello se aprovechan todos los populismos y caudillismos que se atreven a saltar al ruedo. La socialdemocracia, en especial, lo tiene francamente difícil, pues su concepto redistribuidor del Estado se encuentra con un nuevo ecosistema con poca capacidad distribuidora. Se impone, pues, un reformismo de coyuntura, con claras prioridades y un colchón básico de bienestar.
Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 24 de febrero de 2018

IZQUIERDAS, DERECHAS Y ESPAÑA




En mi anterior artículo (“El PSOE tiene problemas”) señalaba alguna cuestión que me parece aprovechable en estos momentos. Instaba a que el PSOE se alejase de la imagen de partido conservador que tenía, que funcionase con nuevos liderazgos e ideas originales y pasara a ser percibido como fuerza transformadora y de futuro. Solo así estará en condiciones de elaborar un proyecto contemporáneo de país, el de la globalización y digitalización, sin abandonar los problemas cotidianos de la gente, especialmente el trabajo, por tratarse del elemento que realmente dignifica y posibilita un proyecto de vida al ser humano.   
Sin embargo, parece que toda la energía se va en el blindaje del nuevo Secretario General y en la desaparición de toda estructura intermedia entre la cúspide y la militancia de base. Personalmente pienso que hay mucha demagogia en esta nueva ola de primarias y preguntas a las bases sobre la última ocurrencia de coyuntura. Los partidos políticos son organizaciones que deben aspirar a ser duraderas en el tiempo y con un fuerte anclaje estructural, no eterno sino renovado cada cierto tiempo. El cambio de líderes y candidatos debe estar siempre determinado por los distintos tiempos y problemáticas, a los que deben responder las ideas y proyectos que en el seno del partido se elaboren. La energía debe usarse en los proyectos y no en los reglamentos, meros instrumentos de segundo o tercer nivel. Los reglamentos se convierten en fundamentales cuando no hay ni ideas ni proyectos, y el objetivo es mandar por mandar. No creo que cuando alguien piensa en el Estado de bienestar crea que su logro se debió a la fortaleza reglamentista interna de los partidos socialdemócratas.
Pero el mal de la izquierda no es exclusivo del PSOE. Parece ser que Podemos está condenado a ser flor de un día. Su virginidad política, unida al cansancio social del ciudadano hacia los viejos partidos, produjo un estallido juvenil comandado por una neodirigente clase universitaria que, ebrios de un peligroso “adanismo” iban a triunfar “porque sí”, porque eran los más listos de la clase. Ni se molestaron en aplicar elementales análisis marxistas a la compleja realidad en que nació. El 15-M no es una fórmula ni un programa ni un proyecto. El 15-M es un estallido que, como el Big Bang, (Gran Explosión) puede dar origen a un proceso largo y tedioso que podría encauzar la solución a los problemas sociales. Pero hace falta una fuerte organización, muchísimo trabajo y mucha generosidad. Y, sobre todo, ser conscientes de que un partido político es un mero instrumento en la organización de la convivencia social.
Por el contrario, parece que a la derecha le sientan mejor los aires de crisis. El PP aguanta, mal que bien, y Ciudadanos sube como la espuma, desde su virginidad política y sus simplísimas recetas a complejos problemas. ¿Le sucederá a Ciudadanos lo mismo que a Podemos? Lo veremos.
El adanismo no es exclusivo de Podemos, sino que se extiende a gran parte de los políticos actuales. Algunos piensan que hasta que ellos no llegaron no se habían hecho bien las cosas. “Ayuntamientos del cambio” se autodenominan unos, “nuevo PSOE”, otros. En vez de aprovechar el fuego que otros inventaron, prefieren volver a inventar el fuego aunque se quemen las manos. ¡Qué manía con inventar! Cuándo nos enteraremos que el hombre no crea sino que copia y, en todo caso, elabora combinaciones distintas con materiales ya existentes. Es la humildad científica la que nos permite progresar, el tener conciencia de nuestro permanente aprendizaje en contacto con los demás. Un genio es el que mejor aprovecha los saberes anteriores de los demás, con una nueva perspectiva y con una adaptación actualizada. De ahí la importancia de los clásicos, sin los que no existiríamos cultural y científicamente.
Y por último están los objetivos finales. ¿Para qué existe un partido? Para que el país funcione mejor. El partido político es el instrumento y el país es el objetivo final. Tomemos el ejemplo de Alemania tras las últimas elecciones. Ni la CDU puede gobernar en solitario ni el SPD  tampoco. Pues bien, haciendo de tripas corazón, los dos partidos mayoritarios han pactado (en contra de su deseo) para que su país, y Europa, tengan posibilidades de salir adelante en esta complicada encrucijada actual. Esto es patriotismo constitucional y lo demás, retórica populista y demagógica.
¿Es esto pensable para España? Los politólogos nos contestarán rápidamente que en España eso no es posible. Pero busquemos una nueva perspectiva. ¿Qué pasaría si el PSOE permitiera que el PP aprobara los Presupuestos Generales del Estado con una serie de contrapartidas en aras del bien general? En primer lugar, que los insaciables nacionalismos catalán y vasco no nos sangrarían al resto de españoles. Y que España sería un país más homogéneo, sin plurinacionalidades ni derechos a decidir la secesión. Y lograríamos la igualdad en posibilidades de todos los españoles, sin desgarros ni escisiones. No haría falta ni coalición, solo apoyos puntuales. Ya haremos política partidista cuando España recobre un bienestar básico.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 10 de febrero de 2018

EL PSOE TIENE PROBLEMAS



Que la socialdemocracia está en crisis es ya un lugar común en la politología actual. No hay más que ver sus sucesivas derrotas electorales en países donde hasta hace poco tiempo ganaban elecciones con relativa facilidad. Las clases trabajadoras, si es que siguen existiendo en su originario sentido marxista, no optan ya por el PSOE sino que hacen sus pinitos en partidos populistas, sean de izquierda o de derecha. Los jóvenes prefieren partidos nuevos (en España, Podemos y Ciudadanos) antes que a los de siempre, a los que dicen conocer y a los que acusan de corrupción estructural. Y muchos otros electores se refugian en la abstención, un tanto asqueados de una política que no soluciona sus problemas vitales.
Es curioso y paradójico que muchos problemas electorales del PSOE provienen de su propio éxito de otros tiempos. El Estado de bienestar es una expresión y una realidad que en España lleva la marca PSOE y en Europa lleva la patente socialdemócrata en sus distintas acepciones. Europa es el lugar del mundo con más derechos humanos y con mejores estándares de calidad de vida. Y ello a pesar del retroceso en los años de la crisis.
Indudablemente, hoy se dan otros retos nuevos, como son la globalización financiera y la revolución digital, cuyas soluciones son complejas y caras y no casan bien con las fronteras nacionales por excesivamente reducidas. Los partidos socialdemócratas están desorientados y ayunos de respuestas. Mientras que los poderes financieros parecen tener la varita mágica y han conseguido supeditar la política nacional a la economía financiera global. Esta inversión de factores ha causado la última crisis y, lo que es más peligroso, está condicionando fuertemente la solución de la crisis. Con lo que llegamos a la conclusión de que la crisis era la excusa para el cambio de modelo económico-político en este mundo tecnificado y globalizado.
¿Qué debe hacer el PSOE para recuperar la preferencia de los electores? Está claro que no basta con reivindicar su legado, aunque no vendría mal recordarlo y sentirse orgulloso, sino que se necesitan liderazgos nuevos e ideas originales que les alejen de la imagen de partido conservador que se dedica a contar la batallita de lo que hizo. Debe ser percibido como una fuerza transformadora y de futuro.
Soy consciente de haber dicho una obviedad y que su dificultad radica en la práctica de tal enunciado. Pero, al menos, sí que el PSOE debe ponerse en manos de personas que posibiliten lo que acabo de decir. Un partido no puede estar en manos de quienes ni siquiera saben formular los principios necesarios. Si el cambio de sistema es, hoy por hoy, imposible, el momento debe ser claramente reformista y abierto a un cosmopolitismo que siempre caracterizó a la socialdemocracia. El indicador de que se está en la senda correcta es que la sociedad perciba que se hace una política de progreso y que este progreso tiene sostenibilidad. Tampoco es que la gente pida grandes avances sino tener la percepción de estar en la línea correcta y poder manejar indicadores de dicha corrección. 
La situación de plaza reconquistada que explicita el nuevo Secretario General socialista de España no ha avanzado mucho en su proyecto de partido ni de país. O, al menos, yo no lo veo. La política de alianzas no existe. O, al menos, yo no la veo. Lo que sí existe, aunque sea de una manera larvada, es un cierto faccionalismo entre la cúpula estatal y casi todas las cúpulas regionales y/o poderes autonómicos. Y esto es malo. No culpabilizo a nadie en concreto pues todos son concausantes.
Cataluña ha sido y sigue siendo un test significativo de lo que digo. La ambigüedad y la ausencia de un lugar reconocible de la política socialista en el problema catalán le ha pasado factura. De acuerdo que esto no es nuevo, que viene desde los tiempos de Maragall como President. Entonces el PSC creyó que para conquistar la Generalitat había que “catalanizarse” y así lo hizo. Y así han seguido, con mayor o menor anhelo, el resto de dirigentes. Últimamente, el PSC también ha sido pagano del decaimiento socialista general. La gran ciudad de Barcelona era mucho más cosmopolita e internacional cuanto menos nacionalista decía ser. El reinado de Pujol la ruralizó. Lo mismo puede decirse de todo el resto de Cataluña. La excluyente exclusividad, el hallazgo de la bandera, el victimismo, la pérdida del mestizaje, han construido una Cataluña y una Barcelona más pequeñas y menos atractivas.
El socialismo necesita, pues, volver a tener un proyecto de país, una política de alianzas, y, sobre todo, un discurso futurista que afronte la globalización, la digitalización y sus consecuencias en el empleo y en la política de rentas. Solo así podrá, sin urgencias, volver a ser partido de gobierno en España y en Europa.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 27 de enero de 2018

LA RESPONSABILIDAD DEL POLÍTICO

Advertencia previa: este artículo, aunque generaliza lo hace por economía literaria, pero generalización no es sinónimo de universalización. Hay muchos políticos honestos.

Lo primero que debe tener un político es responsabilidad, o sea, que tiene la obligación de responder de sus actos ante la institución para la que sirve, y en última instancia, ante la justicia. Todos somos sabedores de la picaresca como característica específica de los españoles y a la que atribuimos la frecuente corrupción en la política española. Sin embargo, no es ésa la verdadera razón causal, sino que la causa fundamental radica en la facilidad que dan las instituciones españolas para la irresponsabilidad de sus políticos. El diseño de nuestras instituciones deja mucho espacio para la picaresca y la corrupción de sus directivos políticos.

Pongamos un ejemplo. El Ejecutivo de una institución debe rendir cuentas, en teoría, ante el Legislativo. Sin embargo, al no haber separación real de estos dos poderes, pues ambos (el Ejecutivo y la mayoría del Legislativo) dependen directamente del mismo partido político, el segundo no está en disposición de exigir responsabilidades a los miembros del Ejecutivo. Si a ello añadimos que las mayorías de los órganos de control están cooptados por dicho partido político mayoritario, la impunidad se acentúa. Quedaría el poder judicial como última instancia de exigir responsabilidades, pero también aquí la larga mano de los partidos políticos mayoritarios construye mayorías en los distintos órganos judiciales, especialmente en su máximo órgano, el Consejo General del Poder Judicial. Del Fiscal ni hablamos, pues está nombrado directamente por el Gobierno de turno.

Ésta y no otra es la cuestión fundamental a la hora de analizar las causas de la corrupción estructural en la política española. Los políticos de los países nórdicos, no es que sean genéticamente más honestos que los españoles, sino que están en unas instituciones mucho más difíciles de trampear. A lo que habría que añadir la altísima permisividad social que existe en España, pero esto es también consecuencia ambiental del mal diseño de sus instituciones.

Sigamos la secuenciación. Y los partidos políticos ¿ante quién responden? En teoría, ante sus afiliados y ante sus electores. Los afiliados de un partido, generalmente, son hooligans de “su partido” y segregan poca sustancia gris y menos masa crítica. Respecto a los electores, un sistema bipartidista, como el tenido hasta ahora, poco problema plantea, pues ambos dos partidos tienen su respectivo lecho electoral, con un segmento intermedio que oscila periódicamente y que da la victoria a uno u otro partido alternativamente. Actualmente los dos partidos se han convertido en cuatro. Haría falta que los cuatro fuesen realmente diferentes e hicieran un juego parlamentario honesto y eficaz para la mayoría de la sociedad. En cualquier caso, el aumento de pluralidad política enriquece a la sociedad.

Elaborar y mantener toda esta maraña relacional entre los distintos poderes y sus adláteres consume casi toda la energía de los partidos, por lo que queda poca para elaborar proyectos de país e imaginar soluciones a los diversos problemas que tiene la sociedad. Estamos ante un régimen realmente endogámico, donde, salvo ligeros matices, todos van a lo mismo: su propia supervivencia.

El sistema surgido de la Transición primó el papel de los partidos políticos como instrumento central de la política. Lo que tiene su lógica cuando se sale de una larga dictadura que había prohibido los partidos. Pero con el tiempo y la ayuda de una ley electoral que ha favorecido el bipartidismo, los partidos que se alternan en el poder han aprovechado las ventajas que les otorgó la arquitectura diseñada en la Transición para colonizar todo el espacio institucional, de modo que aquellas estructuras creadas para canalizar y facilitar la pluralidad política, han acabado asfixiándola. El resultado ha sido un empobrecimiento de las élites políticas. Lo que impera es un sistema que da a unas pocas personas situadas en las cúpulas de los partidos un poder casi absoluto sobre todos los niveles de la administración. Los mecanismos de elección partidaria tienden a expulsar fuera del sistema a quienes se mueven por otros impulsos o no se avienen, por razones éticas o de exigencia política, a las reglas de ese ecosistema. Mediocridad política y corrupción son, en realidad, dos caras de la misma moneda.

No obstante todo lo dicho, la política y los políticos son, de momento, imprescindibles. Por favor, modifiquemos el diseño de nuestras instituciones para que la política sea eficaz además de ética.  Solo es cuestión de voluntad política.   


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 13 de enero de 2018

Vegetar o vivir

¡Es tremenda la uniformidad de esta sociedad! Los medios de comunicación nos igualan a todos, y hasta las percepciones, siempre hasta ahora subjetivas, son cada vez más “objetivas”. La búsqueda de una objetividad aséptica ha sido siempre una seña identitaria del orden establecido. Donde no hay uniformidad es en la brecha ricos-pobres. Su distancia no es física sino conceptual. Eso sí que son dos mundos y no los de Platón. La visión uniforme se alimenta de obviedades, de lugares comunes y de declaraciones de intención universales. Con mayor o menor gracejo, casi todos decimos lo mismo. La receptividad o credibilidad depende de circunstancias de poder o de estar en los medios. Casi nadie conoce realmente a nadie. Como mucho, tenemos un conocimiento delegado o indirecto: “me han hablado bien/mal de él”. Incluso presencialmente se da la incomunicación por causa del lenguaje políticamente correcto y de la educación formal inoperante. Leer la prensa, oír la radio/TV, se ha convertido en una pérdida de tiempo. Lo seguimos considerando necesario pero cada vez menos. Internet sirve pero no tanto como se piensa ni para lo que se piensa: la manipulación y el doble juego han encontrado su nuevo sitial de poder.

La formación, educación o enseñanza, dudo que sirva de mucho más que para disciplinar a los jóvenes: si quieres formar parte de esta sociedad tienes que hacer esto, pensar así, aprobar lo otro y obtener tal título. Después hasta podrás ser libre. Pero la cabeza ya no responde, los hábitos intelectuales están ya predeterminados y no hay capacidad de libertad. Además, la libertad mete ruido en el sistema y supone riesgo personal, aunque siga siendo fascinante y lo más erótico que se ha inventado. Cuando uno empieza a leer u oír conceptos sobre estrategia o planificación, uno de los primeros consejos que recibes es aprender a distinguir entre lo urgente y lo importante. Y algo tan elemental como eso sigue sin clarificarse en la esfera pública. El conflicto catalán, por ejemplo, ¿es urgente o importante? O las dos cosas. O ninguna. Porque ésta es una cuestión ya muy vieja.

Todo esto me lleva a la reflexión básica de qué es lo importante, qué interesa realmente a la gente. El concepto interesante procede del latín inter-est, lo que está entre nosotros, lo que incide en mi vida. Aunque algunos tienen por interesante lo que no les interesa y otros no tienen ni idea de lo que es interesante o les interesa. Entonces quizás nos enteremos que lo que nos interesa no siempre coincide con lo que importa a los dirigentes. Esta esquizofrenia social tiene su origen en la anomia sobre los valores y prioridades, lo que conduce a la despolitización y a la inconsciencia personal.

Cabe preguntarse por la salida o solución a todo esto, o lo que es lo mismo, por la función social de los medios y de los intelectuales. Su lenguaje ¿sirve para algo más que para el mantenimiento del statu quo? O en el otro lado de la barrera, ¿qué dice la gente? ¿qué comunica? ¿qué quiere comunicar? Parece claro que cada época tiene unas necesidades distintas respecto de lo que comunicar. ¿Cuáles son las necesidades actuales? No es fácil la respuesta porque existe una censura sutil y difusa (autocensura) muy potente que genera un silencio ruidoso y una incomunicación llena de palabrería y obviedades. Y esto sucede tanto en la estructura social como en la estructura interpersonal.

La comunicación (cf. Castilla del Pino: “La incomunicación”) tiende a ser meros “yo” artificiosos de personas “sociales” y de sujetos que representan su papel en las relaciones de intercambios sociales. Y por debajo de la comunicación de lo trivial y baladí existe un amplio sector del hombre y de la sociedad del que no se habla porque no se puede o no se sabe decir. Sólo se puede hablar de determinadas cosas y con un determinado lenguaje. Lo que supone la prohibición de hablar de otras muchas cosas. El que lo intenta se expone a la exclusión como elemento del grupo al que hasta entonces pertenecía. Realidad, lenguaje, y mundo son tres ámbitos íntimamente conexos. Ante una misma realidad los sujetos se sitúan de forma tal que cada uno aprehende un distinto nivel de esa misma realidad, de modo que, en el fondo, el resultado de la comunicación es idéntico al “diálogo de sordos”.

En definitiva, esquizofrenia, anomia, incomunicación, aburrimiento… son elementos del diagnóstico de nuestra época y posiblemente sean también requisitos obligatorios de aceptar como forma única de sobrevivir en el sistema. Esta es la cuestión: aprender a vivir con la enfermedad o intentar curarse. Parece ser que la mayor parte de la gente intenta sobrevivir, ante la indulgencia y la lástima de los poderosos de siempre, aunque ahora sean invisibles o anónimos. La cuestión se puede plantear también en otros términos: cantidad o calidad de vida, vegetar o vivir.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 30 de diciembre de 2017

CATALUÑA: PROCÉS 1 y PROCÉS 2

Perdón por autocitarme. En un artículo publicado en este periódico (21-10-17), previamente a las últimas elecciones, decía lo siguiente: “Y con un nuevo gobierno en la Generalitat ¿qué va a pasar? Posiblemente seguiremos en las mismas, aunque entonces hablaremos ya del procés-2. Porque un nuevo gobierno en Cataluña no solucionará el conflicto. En la continua búsqueda de comparaciones con otros conflictos independentistas en el mundo (Escocia, Quebec, Kosovo, Eslovenia…), Cataluña se parece cada día más al Ulster, que se hizo eterno y finalizó por extinción. El enquistamiento del problema va para lejos y la solución no se atisba por ningún lado, ya que las posturas son claramente irreconciliables”.
Pues en ésas estamos. En las últimas elecciones de Cataluña, celebradas el 21 de este mes de diciembre, no se han movido los porcentajes. El bloque independentista se sigue moviendo en torno al 48%, exactamente igual que hace 18 años. Ni aumenta ni disminuye. Y el bloque no independentista se mueve en torno al 52%, también igual que hace otros tantos años. Ahora ha habido más participación, pero el incremento se ha repartido a partes iguales. Ha habido modificaciones entre los partidos individualmente, pero por bloques los números no se han movido.
¿Y ahora, qué? Los 70 escaños logrados por JxC, ERC y la CUP no despejan el horizonte, más bien dicho resultado augura un incierto comienzo de la próxima legislatura que no parece asegurar de entrada una automática estabilización de su vida política. Quizás los dos aspectos más llamativos hayan sido el gran triunfo de Ciudadanos y la leve pérdida de votos y escaños de los independentistas. Pero ninguno de los dos aspectos es relevante ya que los posicionamientos de los bloques se mantienen básicamente igual. Los independentistas carecen de una mayoría social desde la que legitimar la ruptura y los constitucionalistas no han avanzado significativamente. Una vez más, la CUP, una organización antisistema, tiene la llave de la mayoría absoluta. Vista la experiencia de la legislatura anterior, Puigdemont y Junqueras deben calibrar hasta qué punto compensa arrojarse en sus brazos sabiendo cómo ha terminado el procés 1. 
Por otro lado, la peculiar situación judicial de sus principales dirigentes (fugados o encarcelados) presentan una endiablada casuística jurídica para ocupar los escaños obtenidos, y más aún para investir a un presidente. Todo ello implica una preocupante incertidumbre, porque la independencia, entendida como proyecto de ruptura unilateral ha fracasado, y volverá a fracasar, puesto que el Estado ya ha demostrado que sabe impedirlo, la UE lo rechaza y la economía catalana no lo aguanta.
Todos los partidos tienen problemas para hacer valer sus posturas. Los que han ganado en escaños (en una democracia parlamentaria gana quien es capaz de aglutinar más escaños en torno a su propuesta), o sea los independentistas, no pueden volver a seguir la misma hoja de ruta que en su última época, por inviable, inconstitucional y peligrosa, incluso para ellos mismos. Tampoco pueden renunciar totalmente a sus postulados soberanistas, pues sus votantes quedarían frustrados. Difícil papeleta. Ciudadanos proseguirá su larga marcha por ocupar el lugar del PP, ahora fuera de Cataluña. Y el PSOE tendrá que finalizar con sus equilibrios y ambigüedades, para lo que el PSC le ayuda más bien poco. Lo mismo que le sucede con el PSE en el país vasco. Quizás fuera éste un buen momento para que los dos grandes partidos cedan por fin en su rechazo al cambio de la ley electoral en lo tocante a la prima electoral que tienen los partidos nacionalistas.
Con una participación del 82%, el resultado de este 21-D ofrece una fotografía muy precisa de la realidad catalana. Y más aún cuando este resultado se repite una y otra vez. Los soberanistas catalanes tienen acceso a un poder legítimo aunque no tengan una mayoría social. Estamos hablando de una sociedad dividida en dos partes prácticamente iguales. Tan catalanes unos como otros. Por lo tanto, sobran todas las descalificaciones de unos y otros contra los adversarios. Parece ser que más elecciones no desempatan la cuestión demográfica y social sino que la ratifican. Ahora la conllevancia ya no es entre España y Cataluña sino entre los propios catalanes. Quizás sea el  momento de empezar a preocuparse por los problemas reales de la gente de Cataluña, cada uno desde sus legítimos postulados. Porque los que piden diálogo fuera de la Constitución o un referéndum pactado son perfectamente conscientes de la imposibilidad de tales soluciones. Lo que hace falta ahora es que reaparezca la razón política y el concepto de Estado regulador, con equidad y solidaridad. Al final habremos descubierto el Mediterráneo.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 16 de diciembre de 2017

REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN SIN URGENCIAS


Solo los españoles que ahora tienen más de 59 años han votado la vigente Constitución. Lo que quiere decir que solo la ha votado en torno al 25 % de los españoles actuales. Desde 1978 la Constitución solo ha sido modificada en dos ocasiones y las dos por exigencia de la Unión Europea. La primera en 1992, por unanimidad de los grupos parlamentarios, para incluir el derecho de los ciudadanos europeos a votar y ser elegidos en elecciones municipales; la segunda, mucho más polémica, en 2011, para consagrar en el artículo 135 el principio de estabilidad presupuestaria. Aparte de estos dos cambios ha habido amagos de propuestas reformadoras, siempre provenientes desde uno de los dos grandes partidos (PSOE y PP), y siempre estando en la oposición. Cuando llegan al gobierno se olvidan de sus propuestas reformadoras. 
La última propuesta la hizo el PSOE, en su Congreso de Granada (julio de 2013). Era una propuesta interesante aunque no concretaba su modelo federalizante y supeditaba la reforma excesivamente al conflicto catalán.  Sin embargo, era fundamental su intención de blindar los derechos sociales y convertirlos en derechos subjetivos. En general, podría ser un buen punto de partida siempre que todos los partidos lo asuman básicamente para una negociación patriótica y no partidaria. No podemos exigir el consenso de 1978 porque hoy es imposible. Entonces se trataba de transitar de una dictadura a una democracia. Y se hizo muy bien. Ahora se trata de perfeccionar la CE, y eso es no es algo tan trascendente.
Hay que decir con énfasis que la CE de 1978 ha posibilitado uno de los periodos más brillantes de la historia de España. Y la reforma no supone renegar de la misma, sino perfeccionarla para que siga cumpliendo su cometido de configurar la mejor convivencia posible entre los españoles. La Constitución española figura entre las mejores constituciones europeas, que es como decir mundiales. Y, por eso mismo, quizás sea más urgente implementarla socialmente que reformarla. O reformarla y durante su proceso (que será lento) implementarla con leyes y normas que no requieren de su reforma. El primer problema de España no es la Constitución ni Cataluña, sino la economía y la consolidación del Estado de bienestar.

Hay una perspectiva desde la que hacerse la pregunta de si hay que modificar la CE. Consiste en identificar los grandes problemas de España y pensar si cambiar la Constitución puede ayudar a resolverlos. Y el primer problema español es el paro, para el que me temo que pocas recetas pueden ofrecer los constitucionalistas, más allá de las que ya contiene nuestra Constitución económica: derecho al trabajo y a una remuneración suficiente, libertad de empresa, seguridad social, negociación colectiva, etc. Ahora se habla mucho de la Renta Básica, pero para eso tampoco hace falta modificar la CE.  

Tampoco me parece que haya que cambiar la Constitución para combatir la corrupción, el segundo problema español según todos los sondeos. Todas las propuestas normativas que se han propuesto para luchar contra ella tienen perfecta cabida en la legislación ordinaria: castigar con más dureza la prevaricación, reforzar las competencias del Tribunal de Cuentas, incrementar la transparencia de las instituciones, prohibir los indultos, etc. Una medida casi revolucionaria sería tramitar con celeridad los 1.700 sumarios abiertos en España por casos de corrupción, y eso solo requiere medios y organización y, sobre todo, voluntad política.
Por último, y entrando directamente en el conflicto catalán, podría teorizarse el independentismo catalán desde el déficit social. El independentismo catalán ha sido promovido por una élite nacionalista con capacidad de destilar un discurso ideológico que se ha impuesto hegemónicamente en la sociedad catalana. Si ese discurso ha calado es por un motivo: porque las clases medias y las clases populares están sufriendo el desmantelamiento del Estado social y se les ha hecho creer que con la independencia recobrarían los beneficios sociales que les ha arrebatado el Gobierno popular. Silencian el expolio de CiU a los catalanes. Engaño, manipulación y misticismo.
Pero, al menos, se ha abierto el camino de la reforma constitucional. Ahora bien, entre la urgencia de la reforma constitucional y el inmovilismo hay una vía intermedia y gradual: ir hacia una reforma pero sin urgencias. Y esa reforma debería abarcar fundamentalmente el modelo territorial y el modelo social de España. Para ello hay que  diseñar un proyecto de futuro para España e ir trabajando un consenso patriótico y no partidario. Mientras tanto, hay que  ir elaborando las normas y leyes que no requieren reforma constitucional y que solucionen los grandes problemas que no tienen espera: paro, desigualdad social, sostenimiento de las pensiones, corrupción, mayor independencia judicial, regeneración institucional, etc.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 2 de diciembre de 2017

DEFENSA DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

Hay mucha gente que piensa que la democracia podría funcionar sin partidos políticos y  serían las plataformas sociales y ciudadanas las que gestionarían los asuntos públicos. Idea peligrosa que abre la puerta a todo tipo de demagogias y populismos rampantes. La cuestión importante que aquí se plantea no es tanto la desafección política que hay detrás de esa creencia, lo que puede tener su lógica, como el cuestionamiento de la imprescindibilidad de los partidos, lo que abre una espita peligrosa.
El desprestigio de los partidos políticos es algo que se detecta desde hace bastantes años y que se ha incrementado por su escaso papel en la crisis que comienza en 2008 y no sabemos cuándo finalizará. Si añadimos que la corrupción que se ha adueñado de todos los sectores (no solo del político), incrementada por la percepción ciudadana desde su propia situación de precariedad y/o expectativas fallidas, nos hallamos ante un dilema difícil de solucionar.
No obstante, es importante recordar que en los últimos doscientos años (modernidad y contemporaneidad) no ha habido democracias sin partidos políticos ni sindicatos de trabajadores. Por lo que es una tesis difícil de mantener la de dejar a los partidos fuera de la gestión de los asuntos públicos. No quiere esto decir que los partidos sean los únicos actores de tal encomienda,  pero sí que  son los más idóneos en las democracias representativas, pues la democracia directa, incluso hoy con toda la potencia cibernética a su alcance, no es capaz de armonizar los intereses de millones de ciudadanos y sus necesidades.
No nos debe extrañar, pues, la desafección política ciudadana hacia unos representantes que “no pueden cambiar el orden de las acontecimientos”. Los movimientos extrapolíticos (15-M y las mareas de todos los colores) no vienen de la nada sino que son manifestaciones lógicas de una sociedad frustrada y desencantada de sus representantes políticos. Si esta escisión aumentara y se consolidara desaparecería la política, el más hermoso y digno de los saberes humanos. Y si nos instalamos en este nihilismo político, estamos abocados a una situación de suma gravedad, porque no existe alternativa al sistema de representación política, salvo utopías trascendentales. La alternativa, como siempre ha sucedido en los avances históricos, consiste en síntesis audaces e inteligentes entre la frescura de los movimientos sociales y la estructura de las organizaciones políticas. Por lo tanto, la alternativa sigue siendo política, pero una nueva política donde la conexión de la representación política con la sociedad se refuerce en grado sumo, de manera que la soberanía popular nunca pierda la consciencia de que es ella el origen del poder, y siempre la detentadora de ese poder. El partido político cuyo armazón programático fuese éste y estuviese encarnado en personas con credibilidad para ejercerlo, se convertiría en el eje articulador del sistema.
Lo que parece imposible es que los movimientos sociales o ciudadanos se basten solos para generar esos cambios. Tradicionalmente, estos  movimientos se orientan hacia metas concretas (ecología, feminismo, movimientos sociales varios…), pero no elaboran un proyecto global de sociedad y suelen rechazar los elementos organizativos de tipo estructural, más propios de los partidos políticos.  No obstante, la sociedad siempre necesitará mediadores estables que articulen las demandas ciudadanas.
Es evidente que la democracia española requiere reformas importantes. Y no solo constitucionales.  Más aún, hay una serie de aspectos tan urgentes que no necesitarían de modificación constitucional y que deberían ser previos. Por ejemplo, una mayor separación de poderes, que se conseguiría modificando el mecanismo de elección de jueces y fiscales, sin cooptación por parte de los partidos políticos. Lo mismo puede decirse de otros organismos vigilantes de cuentas y acuerdos públicos. Y lo mismo respecto de la normativa electoral, manifiestamente mejorable. En definitiva, se trata de profundizar en una transparencia real de las instituciones y las organizaciones públicas y en la participación ciudadana respecto de las decisiones institucionales y públicas. La trasparencia y la participación deben darse tanto en los partidos como en los movimientos sociales.
Conclusión: los partidos políticos son organizaciones imprescindibles en la organización de una sociedad compleja y de masas, pues, junto a su estructura estable y organizada, posee una determinada visión del mundo y un proyecto global para la sociedad en la que actúa.  Lo que no evita la existencia de los movimientos sociales, pues en una sociedad moderna debe haber espacio para ambos, y canales de comunicación entre unos y otros. Se trata de sumar y no de restar. Nos falta cultura interactiva pero todo es cuestión de voluntad y práctica.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 18 de noviembre de 2017

EL DERECHO A LA FELICIDAD

Estoy leyendo un libro interesantísimo, cuyo título pongo a disposición de mis lectores, pues estos artículos no dejan de ser una humilde ventana informativa de mis reflexiones, lecturas, dudas, conversaciones… Se titula “Homo Deus” (breve historia del mañana), de Yuval Noah Harari. Su información bien integrada, su perspectiva comparativa entre el ayer, hoy y mañana, sus aperturas intelectuales, sus dudas, su humildad científica, convierten el libro en una joya, en una máquina de pensar los proyectos, los sueños y hasta las pesadillas de nuestro siglo XXI. Este artículo es una pobre inspiración de una lectura parcial.
A lo largo de la historia en general, y especialmente en la historia de la filosofía, numerosos autores definieron la felicidad como el bien supremo, incluso por encima de la vida misma. Pero no vamos a enumerar un listado de teorías sino más bien a reflexionar sobre esta objetivo tan comúnmente aceptado por todos y tan diversamente interpretado por todos también. En la antigua Grecia, son Aristóteles y Epicuro los más notables en la materia. El primero circunscribe la felicidad a un vivir bien con una virtuosidad intelectual y racional. Para Aristóteles la felicidad se convierte en el centro de la ética, que es la buena vida. Epicuro, en cambio, circunscribe la felicidad a un vivir bien desde la materia, más bien a una supervivencia digna en la difícil época alejandrina, exentos del miedo a los dioses, a la muerte y a la eternidad (los tres miedos producidos por la ignorancia y que hay que evitar para conseguir la felicidad). Epicuro defiende una vida moderada y austera, que satisfaga los placeres indispensables para vivir, a fin de conseguir la ataraxia  o serenidad del espíritu.  
Los pensadores modernos, en cambio, tienden a ver la felicidad como un proyecto colectivo. A finales del XVIII, Jeremy Bentham declaró que el bien supremo es “la mayor felicidad para el mayor número de gente” y llegó a la conclusión de que el único objetivo digno del Estado, el mercado y la comunidad científica es aumentar la felicidad global. El utilitarismo es el tipo de ética que más ha influido en la política. El Estado de bienestar puede considerarse un producto de esta escuela.
Las naciones industrializadas establecieron gigantescos sistemas de educación, salud y prestaciones sociales, pero que se centraban en fortalecer la nación en lugar de asegurar el bienestar individual. Incluso cuando, a finales del XIX, Otto von Bismarck estableció por primera vez en la historia las pensiones y la seguridad social estatales, su objetivo principal era asegurarse la lealtad de los ciudadanos, y no tanto aumentar su calidad de vida. Incluso, en 1776, los Estados Unidos establecen en su Constitución, no el derecho a la felicidad, sino el derecho a la búsqueda de la felicidad. De todo ello, se deduce que la felicidad ha sido desde siempre un objetivo, individual o colectivo, de primerísima magnitud. Pero los ciudadanos no la estiman tanto como un derecho del Estado sino de los individuos. Piensan que es el Estado quien debe servir a los individuos, y no al revés.
En el siglo XX, el PIB (Producto Interior Bruto) es quizá el criterio supremo para evaluar el éxito nacional, pero no siempre los ciudadanos de los países con más PIB tienen una percepción de una mayor felicidad. Lo que hace que, en la actualidad, se pida que el PIB se complemente o incluso se sustituya por el FIB (Felicidad Interior Bruta). A fin de cuentas, la gente quiere ser feliz, no producir. Y aunque la producción es la base material, es solo un medio y no un fin.
Si en estos momentos, las tres grandes tragedias de la humanidad: el hambre, la peste y la guerra, han desaparecido o están en camino de hacerlo, si existen una paz y una prosperidad sin precedentes, y la esperanza de vida aumenta  espectacularmente, habrá que concluir que la felicidad del ser humano es un hecho.
Falso. A pesar de nuestros logros, no es cierto que las personas de hoy estén más significativamente  satisfechas que sus antepasados. Parece como si existiese un techo de cristal que frenase nuestra felicidad, a pesar de los logros obtenidos. Nuestra felicidad está determinada por nuestra bioquímica, más que por nuestra situación económica, social o política. Y, psicológicamente, la felicidad depende de las expectativas, y no de las condiciones objetivas. Nos sentimos satisfechos cuando la realidad se ajusta a nuestras expectativas. La mala noticia es que, a medida que las condiciones mejoran, las expectativas se disparan.
Quizá todo sea culpa de la evolución, que solo recompensa los actos que conducen a la supervivencia y reproducción, pero por si misma no produce una mayor felicidad. ¿Perseguimos una utopía?

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 4 de noviembre de 2017

CATALUÑA Y ESPAÑA (fin de la serie)


En septiembre de 2014 escribía yo lo siguiente: “La mayoría política parlamentaria de Cataluña dice ser independentista y pretende que, incumpliendo la legalidad vigente española, la sociedad catalana vote si quiere o no ser un Estado independiente. Estos mismos políticos catalanes llevan cuatro años eludiendo sus obligaciones en combatir la crisis con el señuelo independentista como solución mágica para todo. El gobierno catalán no ha ejercido la función de gobernar en estos cuatro años, y su mayor caudal de energía lo ha dedicado a destruir el Estado de bienestar de los catalanes”
Tras la eclosión de la Cataluña nacionalista, y al margen del uso y abuso del magma independentista, podemos destacar dos hechos objetivos: 1) La estructura territorial de la Constitución de 1978 es actualmente insuficiente para responder a los problemas que el Estado español tiene en la actualidad. 2) En Euskadi y Cataluña, crece un movimiento independentista que pone en grave riesgo la unidad del Estado, con consecuencias nefastas para todos. Parecen dos argumentos suficientes para que todas las fuerzas políticas españolas trabajen por un consenso para modificar la Constitución en un sentido federal. Una España federal en una Europa federal sería un magnífico escenario para la regeneración democrática que la sociedad española exige y necesita.

Ahora bien, el federalismo es algo igualitario y solidario por definición, además de constituir un proceso largo en el tiempo y muy complejo  técnicamente. Lo del federalismo asimétrico no deja de ser una trampa saducea. Reconocer identidades diversas en España no supone otorgar privilegios a nadie. La lealtad y la cooperación recíprocas son exigencias fundamentales para todas las autonomías en una estructura federal. Lo mismo que la claridad competencial, una financiación justa y equilibrada y la corresponsabilidad fiscal. Sería también un momento idóneo para replantearse los conciertos vasco y navarro, especialmente en lo concerniente a los cupos económicos entre el Gobierno de España y los gobiernos autonómicos de Euskadi y Navarra, que suponen un injusto agravio para el resto de España.

Sin embargo, los dirigentes independentistas catalanes, imbuidos por un complejo de superioridad sin argumento social ni histórico de ningún tipo y contra toda lógica europea y contemporánea, pretenden mangonear su “pequeño país” a favor de la burguesía catalana, siempre insolidaria con España y Cataluña. Y ahora, con la escapada empresarial de Cataluña, hasta se puede dudar de a favor de quién están trabajando los independentistas catalanes. La nostalgia me lleva a recordar aquella Barcelona cosmopolita del tardofranquismo y la Transición, auténtica ventana abierta a la modernidad europea y punta de lanza de la España cultural y vanguardista en pleno desierto de la dictadura. Hoy, Barcelona es más pueblerina y más pobre políticamente.

Una referencia histórica y filosófica. Ya Kant (s. XVIII) soñaba con la desaparición futura de los Estados soberanos, las guerras y las fronteras, sustituido todo por una federación internacional de poderes que implantaría una “paz perpetua”. La paz sería la victoria del “progreso de la razón” frente a las emociones irracionales y ancestrales. Ahora, con la crisis, la UE está ocupada por los egoísmos nacionales que segregan brotes etnológicos prefascistas e independentismos irracionales fuera de contexto y tiempo. Cataluña es un buen ejemplo de ello.

¿Y ahora, qué? ¿Qué hacemos con los legítimos sentimientos y emociones independentistas de muchos catalanes, exacerbados por algunos partidos, con el objetivo de la rentabilidad electoral? Tienen derecho a intentarlo dentro del marco establecido por la Constitución Española. Ya se ha dicho hasta la saciedad que constitucionalmente es imposible la independencia catalana por ser el pueblo español el único sujeto político soberano en España. Pero eso no soluciona totalmente la cuestión, porque Cataluña (y el País Vasco), efectivamente, tienen diferencias específicas a las que hay que dar una salida política madura que vaya encauzando una solución federal para todo el Estado español.

El problema territorial en España es casi eterno. La famosa “conllevancia” entre España y Cataluña de Ortega  ya se ha estirado mucho y quizás haya llegado el momento de empezar a hacer otro traje. Además el cambio de traje que se hizo con las autonomías, especialmente con su desarrollo uniforme e insaciable, ha devenido en inviable. La situación actual es un buen punto de partida para la reflexión y la acción política federal (la única posible). Entre el nacionalismo separatista y el nacionalismo centralista, el federalismo español. ¿Están los partidos españoles maduros para ello?

Mariano Berges, profesor de filosofía