sábado, 23 de septiembre de 2017

HARTAZGO DE CATALUÑA

Realmente, el asunto de Cataluña resulta fatigoso y cansino, si no fuera porque es una cuestión realmente importante, tanto para Cataluña como para España. Se repiten los hechos, los ritos, los símbolos, las declaraciones, los insultos, las obviedades… “ad nauseam”. Aunque “la cuestión catalana” se remonta a tiempos lejanos, da la impresión de que en la actualidad la bola de nieve se ha hecho muy grande y parece difícil de parar. También es cierto que los medios de comunicación son reiterativos al máximo y aumentan la percepción de fatiga mental. De cualquier manera, el secesionismo catalán viene de largo y va para largo.
No voy a pasar lista sobre los hechos y declaraciones de los independentistas, de los no-independentistas y de los ambiguos, pues ya se suponen conocidos por todos los interesados. Me dedicaré, como suelo hacer, a pensar en voz alta. Si acaso, solo una afirmación de Juan José Sorozábal, insigne y ponderado constitucionalista, que aclara rotundamente la cuestión “La convocatoria del referéndum es ilegal e ilícita. El Ejecutivo catalán está sujeto a las normas, a la Constitución y a la ley. Y si hay dudas, quien resuelve es una instancia jurisdicional, en este caso el Tribunal Constitucional, que ha dicho que el referéndum no pasa el filtro de nuestro ordenamiento, y no respeta la Carta Magna porque implica un ejercicio de soberanía que le corresponde al pueblo español”.
A partir de aquí podemos hablar de varias dimensiones de unos y otros: políticas, económicas, culturales, jurídicas, territoriales, emocionales y hasta delictivas. Lo que sí parece claro es que, independientemente de qué y cómo transcurra el 1 de octubre de 2017, el bloqueo catalán seguirá, ya que entre las dos posiciones enfrentadas no hay un terreno intermedio sobre el que pactar. Jurídicamente está todo muy claro: España se ha configurado constitucionalmente como un Estado indivisible. Y nos ha ido bien. A unos mejor que a otros, por ejemplo a los catalanes y vascos. Existen en nuestra Constitución muchos aspectos mejorables y, sobre todo, hay una falta de traducción social, por ausencia de normativa que los desarrolle, de los derechos sociales que la CE proclama para todos los españoles. Y entre los derechos básicos, que sí son exigibles, destaca sobre todos el de la igualdad de todos los españoles, independientemente del lugar donde habiten. Por lo tanto, si tras la reforma de corte federalista (si la hubiese) se reconocen especificidades territoriales, lingüísticas, culturales, históricas… en ningún caso puede derivarse de ellas privilegios políticos, jurídicos o económicos. Y lo mismo vale para todo tipo de nominalismo territorial: regiones o nacionalidades, no así naciones que, aparte de confundir y excitar, es un término técnicamente impropio para las CCAA de un Estado único. Porque en el caso de Cataluña, la exigencia es de un Estado independiente, lo que constituye un desafío a todas luces improcedente y rechazable. Porque lo del “derecho a decidir” es un eufemismo de algo que no existe, el derecho de autodeterminación. Si alguien quiere que exista, habrá que cambiar la Constitución y eso, que es respetable, lleva su tiempo y requiere de diálogo (real, no virtual) y consensos.
Si tras el fracaso independentista, aparecen los ilusos de un mayor autogobierno catalán, habrá que esgrimir el derecho básico de la igualdad de todos los españoles. O sea, que no nos engañemos: o hay independencia de Cataluña o hay un Estado único que se llama España. Es curioso que las dos regiones españolas (vascos y catalanes) que mejor les ha ido en la época democrática (y antes) son las más independentistas. ¿Así quieren compensar el proceso histórico desfavorable para los pueblos que, a su propia costa, han permitido el desarrollo económico preferente de sus regiones? ¿Y cómo se entiende que una gran parte de la izquierda, históricamente internacionalista y solidaria, apoya el independentismo insolidario? Realmente imperdonable.
En el fondo de la cuestión catalana hay varios supuestos, de los que destaco dos. El primero, el narcisismo nacionalista de sentirse diferentes y superiores a los demás. Lo que, aparte de injusto, es falso. En segundo lugar, y aprovechándose del primero, la corrupta burguesía catalana (los del 3%) intenta apoderarse del poder para autoindultarse y seguir robando del patrimonio común. Porque no otra cosa es lo que han hecho el legislativo y el ejecutivo catalanes: dar un golpe de estado para apoderarse del poder. Quien no se sienta partícipe de ninguno de los dos supuestos está haciendo un papel de triste comparsa en detrimento propio.
Coda final. Si los tribunales declaran culpables de algún delito, como parece evidente, a los causantes de este desafuero, los delincuentes deberán cumplir rigurosamente las penas que se les imponga. Porque cumplir las penas, aparte de justo, es una buena pedagogía para no insistir en el delito.

Mariano Berges, profesor de filosofía

lunes, 18 de septiembre de 2017

LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA DEL FUTURO (y 3)

Tras dos entregas analíticas sobre la Administración Pública (AP) española, voy a finalizar con esta tercera entrega, intentando sintetizar algunas conclusiones.
Según el artículo 103 de la Constitución Española, la Administración Pública sirve con objetividad a los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento pleno a la ley y al Derecho. Creo que esta declaración es un buen espejo donde mirarse todos para saber qué podemos esperar y qué debemos exigir a la Administración.
Para hablar de la actual AP podemos usar dos referencias históricas: Max Weber y la NGP. Weber consolida el modelo legal racional weberiano de una Administración que está separada del y subordinada al poder político. Con Weber, sólo el político es responsable porque usa valores e ideologías. No así el funcionario, que ejecuta las propuestas del político.
Actualmente, la Administración se vuelve más compleja y se necesitan funcionarios con una mayor cualificación técnica en las distintas dimensiones de la Administración. Esta fase se conoce con el nombre de Nueva Gestión Pública (NGP). En ella se producen una serie de reformas administrativas que involucran una gestión por objetivos, usa indicadores de gestión, tiene un claro enfoque hacia el usuario de los servicios, no desprecia la externalización de aquellos servicios no esenciales, sin perder nunca el control y la propiedad del proceso. Y sobre todo, utiliza la evaluación como instrumento para mejorar los procesos productivos de servicios.
Para ser más concisos afirmo en forma de decálogo mis convicciones sobre la materia: 
1. El buen gobierno y la buena administración son conceptos cada día más consolidados en lo que se refiere al ejercicio del poder político dentro de una sociedad democrática y a la calidad de sus instituciones y de los servicios que ellas gestionan o producen.
2. Los partidos políticos han hecho todo lo posible por eliminar los controles administrativos y dejar el máximo espacio al arbitrio de las decisiones políticas. Construir una administración profesional, austera y eficiente es una tarea difícil, pero no imposible. Merece la pena intentar un gran acuerdo político para despolitizar la administración y hacerla de verdad profesional y eficiente.
3. Desde esta perspectiva, la Administración Pública  es esencial, pues sin Administración no hay gobierno posible, por muy buenas que sean las intenciones de la clase política.
4. Gobierno y Administración van de la mano y, por lo tanto, no administrar es desgobernar. Y en España hay instalado un sistema organizado de desgobierno, que está por encima de la política. Los partidos luchan mucho por llegar al poder y cuando llegan no saben qué hacer con él.
5. En el fondo, el desgobierno de la Administración es la constatación de un Estado débil. Y con un Estado débil el ciudadano es más vulnerable.
6. Para la instauración de una Administración decente y eficaz al servicio del ciudadano, se necesitan dos características básicas en los gestores públicos, tanto políticos como funcionarios: decencia y capacidad, especialmente en los cargos de máxima responsabilidad. La decencia es algo tan básico que ni se debería citar. La capacidad hay que demostrarla.
7. La decencia y la capacidad de los servidores públicos constituyen, en definitiva, la seguridad de una Administración Pública legal, eficaz y eficiente, o lo que es lo mismo, cumplidora de la ley, que responde a las necesidades ciudadanas y que lo hace con el coste más barato posible.
8. Una de las razones más claras de la desafección ciudadana hacia la política es la opacidad institucional, la patrimonialización de lo público, el desprecio al Parlamento, la persecución del discrepante, la manipulación de los medios de comunicación, la corrupción y el abuso de poder desde las instituciones. Los ciudadanos perciben  a sus representantes alejados de sus intereses, y a los partidos políticos impermeables a sus demandas.
9. La sociedad española ha evolucionado y demanda cambios. Los ciudadanos no están en contra de la democracia pero sí quieren reformarla para mejorarla.
10. La democracia es un sistema que no cree en la bondad universal y desconfía de la codicia humana. De ahí que exija contrapesos y controles rigurosos para impedir abusos de poder y sancionarlos cuando se produzcan.
Siguiendo a F.Longo, la reforma de la Administración debe ser más cualitativa que cuantitativa: más diseño institucional, más innovación normativa, más desarrollo de capacidades, y no tanto limitarse a los recortes y a la penalización del déficit. No se trata de hacer una Administración menor sino mejor.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 27 de agosto de 2017

LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA DEL FUTURO (2)

En esta segunda parte sobre la Administración Pública española vamos a fijarnos más en la mala calidad de la cultura política y de la cultura administrativa de nuestras administraciones públicas. Y así, se observa una gran desconfianza hacia los empleados públicos y hacia la maquinaria administrativa en general. Los políticos perciben a la Administración y a sus empleados como los enemigos que hay que combatir o superar para poder poner en marcha los programas y proyectos políticos. No se entiende a la Administración como lo que realmente es: el instrumento de la política  y de los políticos para ejecutar los proyectos políticos. Parece como si la política y la administración fuesen dos compartimentos estancos sin conexión ninguna. Más aún, yo detecto poco conocimiento de la administración por parte de los políticos, lo que trae como consecuencia una nula planificación de mejora y progreso. No existen modelos de gestión, cuando deberían ser un pacto de estado básico entre izquierda y derecha. Pues, aunque los modelos de gestión no son neutros ideológicamente (privatizar o no, externalizar o no, modelo gerencial o no), las diversas situaciones y circunstancias aconsejan una vía u otra en función de su eficacia y eficiencia. Y siempre hay que priorizar ámbitos y políticas.
Una frecuente y negativa característica generalizada en nuestros políticos es que son profesionales de la política y no acreditan una trayectoria profesional o empresarial previa  o paralela. Ello hace que su mayor y mejor energía se consume en mantenerse el máximo de tiempo en el cargo público. La mayoría de los cargos públicos que colonizan las administraciones públicas rehúyen tomar decisiones que hagan peligrar su permanencia en el cargo. Inhibirse y ponerse de perfil ante los problemas se suele llamar prudencia y no cobardía. A falta de proyectos políticos sí que suele haber un gran proyecto personal: permanecer en el cargo.
Pero también entre los empleados públicos existe una cultura administrativa muy acomodada y con escasa tensión profesional. Es frecuente un cierto clima negativo y una gran desmotivación, pues suele decirse que el inexperto (el político) dirige al experto (el funcionario), lo que genera una lógica desazón. Pero esto, que no es raro, debe ser modificado sustancialmente por los directivos, cuyo liderazgo debe ser claro y valiente. Y todo ello debe ser catalizado por un proyecto sólido y claro para la institución que se dirige, buscando la complicidad con sus profesionales. Para ello el directivo, sea político o funcionario, debe aspirar a ser un gran gestor. El concepto de gestión es el que dirime las falsas diferencias entre izquierda y derecha.
De todo lo dicho hasta aquí, podemos concluir que el gran problema de nuestra AP no es tanto un exceso de administraciones o empleados públicos como la baja productividad de nuestras administraciones públicas. Solo un ejemplo: un empleado público trabaja 200 horas menos al año que uno del sector privado. Las condiciones de trabajo de nuestros empleados públicos son excepcionales (vacaciones flexibles, días de asuntos propios, vulgo moscosos, y políticas de conciliación) con relación al sector privado. Los sindicatos de la AP ejercen una gran presión ante la debilidad de los políticos. Con gran frecuencia, los empleados públicos, por su egoísmo individualista, carecen de los valores vinculados a la acción pública.
Otro ejemplo de sinergia negativa entre la cultura política y la administrativa es la ausencia de regulación de la dirección pública profesional, o sea, el conjunto de puestos directivos que están justo debajo del nivel político y que representan la máxima categoría estrictamente profesional. La AP española requiere urgentemente una serie de innovaciones y mejoras: planificación estratégica, gestión por objetivos y proyectos, cuadros de mando, evaluación de políticas, carrera administrativa, evaluación del desempeño… Y sin dirección pública profesional todo esto no es posible. El Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP) propuso la figura del directivo profesional, pero no se ha traducido en nada. No confundir los directivos profesionales con funcionarios que ocupan cargos de libre designación. La clase política no está interesada en regular esta materia ya que se siente muy cómoda ejerciendo una gran discrecionalidad política, con frecuencia negativa.
Y finalmente, hay que hablar también de la mala cultura social de los españoles en su relación con las instituciones públicas, a las que valoran positiva y negativamente, en función de los servicios y circunstancias. Esta relación de amor y odio es compleja de análisis. Lo dejamos aquí.       

Mariano Berges, profesor de filosofía

lunes, 14 de agosto de 2017

LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA DEL FUTURO (1)

La crisis actual ha hecho aparecer en España otras crisis casi eternas, de las que  nunca se ha intentado seriamente su transformación. Una de ellas, en mi opinión la más importante, es la crisis institucional, o sea, la necesidad de una buena Administración Pública (AP). En un país, lo más importante es el buen funcionamiento de sus instituciones, en cuyo engranaje los partidos políticos no son más que una herramienta al servicio de las mismas.
 Pero es que, además, la crisis se está llevando por delante la poca credibilidad que tenían nuestras instituciones. Habría que aprovechar la superación de la crisis y la corrupción para barrer definitivamente este modelo institucional tan mejorable. La obsesión por mejorar la competitividad económica debe ir acompañada de una profunda reforma de la función pública, apostando por la profesionalidad, la excelencia y el talento. De no ser así, es posible que la crisis financiero-económica se vaya superando (eso sí, con el adelgazamiento del Estado de bienestar que es el objetivo real de esta crisis), pero nos habremos instalado en un subdesarrollo institucional casi definitivo que hará inoperante el posible crecimiento económico. Es tan importante el cambio institucional que, de lo contrario, nuestro país nunca será un país moderno y desarrollado, ya que las instituciones son el factor fundamental del desarrollo integral de un país.
Es unánime la percepción de que tiene que cambiar la AP, aunque nadie tenga un diseño y una hoja de ruta sobre cuál es el modelo conceptual de la AP del futuro. Y solo desde un diagnóstico preciso es posible construir una propuesta certera y sólida.
Para hacer el diagnóstico hay que empezar por el análisis físico de la AP. Se suele decir que nuestra AP es demasiado larga (exceso de niveles administrativos: Estado, CCAA, Diputaciones, Comarcas y Ayuntamientos) y demasiado gruesa (exceso de empleados públicos). Esto es cierto pero es demasiado superficial, porque hay que hacer una comparativa con los países de nuestro entorno. Y ahí vemos que todos los países tienen sistemas complejos articulados en tres niveles: Estado, nivel intermedio y Administración Local. El sistema autonómico, que es el último en aparecer en España, está muy consolidado como para echarse atrás, por mucha discusión que haya sobre recentralización y descentralización. Y aunque haya muchas CCAA excesivamente pequeñas, y difíciles de justificar económicamente, el elevado nivel de institucionalización y apoyo social hace imposible su retroceso. El momento oportuno fue el de la elaboración de la Constitución de 1978, de donde salió un sistema autonómico excesivamente fraccionado. El famoso “café para todos” en una sociedad que entonces tenía muy pocos anhelos autonómicos.
Como a nivel autonómico no hay nada que hacer, salvo su perfeccionamiento, las miradas se concentran en el nivel local, que en España es muy complejo: Diputaciones (Provinciales, Forales, Cabildos, Consejos Insulares), Ayuntamientos y, en algunos casos, Comarcas. La víctima más propicia a su eliminación son las Diputaciones. Mi opinión es que no son el problema sino una solución (eso sí, claramente mejorable) ante un problema de mayor calado que es el excesivo volumen de municipios que hay en España: más de 8.000 municipios y el 85% de los cuales agrupan a menos de 5.000 habitantes, es decir, tienen unas dimensiones insuficientes para ser eficaces y eficientes en su gestión. También Francia y Alemania tienen inframunicipalismo. Y Grecia ha sido obligado por la UE a suprimir de forma radical el número de sus municipios, y ha suprimido dos terceras partes de los mismos. España tiene un gran problema para reducir el número de sus municipios, pues la opción de agregación de municipios no se plantea por ser un país muy ligado al cantonalismo y a la aldea. Por lo tanto, si no se cambia el actual mapa municipal, la supresión de las Diputaciones es un disparate, ya que su función reside precisamente en subsanar parcialmente las disfunciones de unos Ayuntamientos excesivamente pequeños para afrontar sus retos diarios de gestión. ¿Se está dispuesto a pasar de 8.000 municipios a 2.000? Ni lo considero conveniente ni posible. En todo caso, eso sería una cuestión previa a cualquier reducción de las Diputaciones.
Respecto al excesivo número de empleados públicos (tres millones), debemos compáralo con el de otros países europeos. Y ahí vemos que el ratio población/empleados públicos de España está en la media baja. Por ejemplo, Gran Bretaña, país de tradición y práctica ultraliberal, posee en términos relativos más empleados públicos que España.

Mariano Berges, profesor de filosofía

domingo, 30 de julio de 2017

LA ESCLEROSIS INSTITUCIONAL COMO CORRUPCIÓN

Tras un breve paréntesis veraniego vuelvo a la vida normal y me encuentro con el asunto futbolero del “villarato”, con el suicidio de Blesa, más los asuntos de ya hace mucho tiempo, que siguen su proceso judicial, lento y farragoso, para beneficio de los imputados en la búsqueda de prescripciones temporales o de pactos con la fiscalía. Sin olvidarnos del culebrón catalán, cual esperpento en busca de mejor autor. En definitiva, son los estertores de un sistema que nació brillantemente como salida de una dictadura y que languidece en su inercia institucional por no haber modificado su funcionamiento según las pautas que los cambios sociológicos y demográficos demandaban.
El “villarato” es la denominación a los 29 años de Villar en la presidencia de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). Esa barbaridad de tiempo al mando de un organismo con tanto poder económico y su enorme capacidad clientelar interna y externa, da para los más de cien millones de euros que el juez maneja como hipótesis delictiva para Villar y sus corifeos. Cómo iba a quedar el futbol patrio fuera de esta ola de corrupción que nos invade. Seguiremos el asunto.
El suicidio de Blesa es un final trágico no raro, como consecuencia del choque emocional que suele habitar en las personas que son juzgadas por delitos contra el erario público y que pasan de ser los reyes del mambo a ser insultados y condenados socialmente en todos los lugares por los que pasan. A veces no es tanto el dinero como la vanidad el gran éxito mundano de los triunfadores. También el dinero, por descontado. Ante un suicidio, silencio por favor.
Ambos casos, la RFEF y Caja Madrid-Bankia, son organismos que han sufrido la esclerosis institucional y que han dado como resultado el funcionamiento anómalo y corrupto ante la inoperancia de los órganos que tenían que vigilar el correcto funcionamiento de todo organismo público. Es aquí donde radica la causalidad de toda esta ola de corrupción que nos invade: los órganos que deben velar  por el buen funcionamiento institucional no son lo suficientemente independientes y sus miembros son cooptados por las propias instituciones que deben ser vigiladas. Desde las humildes Intervenciones, Tesorerías y Secretarías Generales de las instituciones locales, pasando por las Cámaras de Cuentas y otros muchos órganos de control y llegando a las fiscalías y jueces del poder judicial, todo ello está condicionado, en mayor o menor grado, directa o indirectamente, por las formaciones políticas.
Sobre este asunto de máximo interés para la regeneración de nuestro país, no puedo menos que citar el libro de mi buen amigo Rafael Jiménez Asensio, doctor en Derecho y Consultor Institucional, “Los frenos del poder. Separación de poderes y control de las instituciones”, donde explica con claridad y eficacia cómo ha evolucionado, cuál es y qué papel cumple el correcto funcionamiento de los mecanismos de control del poder en la calidad y legitimación de las instituciones en las democracias avanzadas.  Con su permiso, me inspiro en alguna de sus propuestas. 
Una de las consecuencias más graves y que menos se suele citar de la crisis económico-financiera que padecemos es una crisis institucional de magnitudes desconocidas respecto del modelo de 1978. Y la omisión más flagrante es que ni se ha diseñado ni se ha garantizado que la arquitectura de separación de poderes actúe realmente como freno del poder. Y un gobierno sin frenos de poder se transforma con facilidad en despótico. ¿Será verdad esa imagen que España tiene como pueblo indolente y poco amigo de principios básicos como son la objetividad, la imparcialidad, el mérito o la responsabilidad?
Cuando hablamos de dictaduras o autoritarismos históricos nos viene a la mente el caciquismo como corrupción estructural de la sociedad. Pues bien, el clientelismo político que ahoga toda la vida político-institucional del país en la actualidad, es la  versión contemporánea del caciquismo. Es indudable el avance español como sociedad democrática avanzada, pero el sistema político-institucional de frenos y contrapesos del que se ha dotado tiene un  carácter meramente formal, sin función realmente operativa. Dicho de otra manera, la separación de poderes no es real.
En definitiva, los hechos son siempre consecuencia de una manera social de pensar, eso que Marx denominaba la superestructura ideológica y que todos llevamos interiorizado bajo el disfraz de pensamiento o idea. El origen social de las ideas se traduce en la imposición de los intereses oligárquicos en nuestra manera de proceder. Por eso es conveniente la lectura y reflexión sobre cualquier antítesis que nos violente nuestra cómoda manera de pensar.               

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 1 de julio de 2017

LA LEVEDAD DEL SER

Éste es un artículo leve, como el calor, como la política, como el paso del tiempo, o nuestra contingencia y nuestra radical innecesariedad. Todo es cuestión de perspectiva. Qué importantes nos creemos a veces y qué modestos nos vemos otras. Todo depende de nuestro estado de ánimo y de nuestra cosmovisión del momento. Qué poco uso hacemos de la racionalidad y cuánto abusamos de la emotividad y de la escenografía. En definitiva, qué poco objetivos somos. Viene esto a cuento de ciertas circunstancias, propias y ajenas, de conversaciones y discusiones con amigos y conocidos, y hasta de esta soporífera calor, que hace poco tiempo añorábamos y ahora maldecimos. Cómo deseamos lo ausente y despreciamos lo presente. Nuestra volatilidad anímica corre pareja con nuestra insustancialidad personal. Si aun conociendo cuatro cosas no aportamos nada significativo al mundo, cómo somos tan presuntuosos de intentar dar sentido a lo que sucede, en nuestro entorno y lejos de él.
¿Ha sido conveniente el resultado de las primarias socialistas? Conveniente ¿para quién? o ¿para qué? Vamos a dejarlo en que ha sido así, y que es lo que la gente, mucha gente, ha querido. Todos tenían el mismo derecho y, una vez consumado el acto electoral, solo queda acatarlo y procurar que sea positivo para el interés general. Porque  se trata de eso.  ¿O no? Ahora hay otra gente que es más visible, parece que más importante, que tienen una mayor responsabilidad. Pues que la ejerzan y que la fortuna les acompañe en sus intentos y proyectos por el bien general. Pues de eso se trata. ¿O no?
Si abandonamos la aceleración y la hiperactividad, si conseguimos, aunque sea discontinua, la serenidad, si dejamos de gritar, si cultivamos el silencio, si analizamos objetivamente y sin apasionamiento la realidad, nuestra realidad… alcanzaremos la relatividad de lo que (nos) pasa. Y cómo eso  mismo es visto de distinta manera por otros, pues su vinculación con lo que pasa es distinta que la nuestra. Si nos distanciamos, para poder verlo mejor, de lo que nos rodea, podremos observar que somos nosotros, cada uno de nosotros, los que damos sentido a nosotros y a nuestras vidas. Es la cotidianeidad, la gris y a veces aburrida cotidianeidad, la que marca la constante anímica de nuestro ser.
Todos somos contingentes y nadie es necesario. ¿A qué, pues, tanta presunción, importancia e imprescindibilidad por parte de nadie? Y, sin embargo, la relatividad y convencionalidad de los hechos y las personas no debe confundirse con la apatía y la banalidad. No todo es igual ni todos somos iguales. Hay hechos y personas más convenientes para el interés general. Porque a estas alturas ha quedado claro que de eso se trata. ¿O no?
Nuestra contingencia personal acaba y, a la vez, alcanza su máxima expresión con la muerte. Tras la cual la vida, la sociedad, la realidad, el sentido y sinsentido de los hechos, siguen su cotidiana existencia sin esperar mi opinión al respecto. Solo algunos, y por algún tiempo, recordarán que yo fui, pero su vida transcurrirá por sí misma. Y mientras el final llega, mi vida transcurre con el máximo bienestar o mínimo malestar que soy capaz de darle. Que depende de menos cosas de las que creemos. En primer lugar, de la propia muerte, que da el auténtico sentido a la vida, a la que otorga su finitud y, por tanto, sus múltiples posibilidades. Y la conciencia de nuestra finitud posibilita nuestra libertad, que es la característica más relevante y difícil de ejercer de todas las humanas. La libertad es tan importante que supera el mero ornato de dignidad humana y constituye la virtud más ontológica de la esencia humana. Sin ser libres, mejor aún, sin  ejercer nuestra libertad, somos menos humanos. Y, está claro, que el ejercicio de la libertad poco tiene que ver con sumisiones y obediencias debidas, con palabras al dictado o con miedos a ser descubiertos en nuestra auténtica realidad, con nuestras contradicciones y debilidades, que, por ser nuestras, posiblemente lo más nuestro de todo, supone nuestra máxima reivindicación existencial. Pero todo ello tiene un precio. La autenticidad, mostrar nuestra entidad, no avergonzarnos de ella, incluso reivindicarla, a veces es incómodo. Pero auténtico. Y de eso se trata, de tener entidad y saber aportarla, pues lo contrario es cosificar al ser humano. Degradar al hombre al nivel de cosa es la mayor de las aberraciones que se pueden hacer. Por tanto, ejerzamos de hombres desde la libertad y la autenticidad. Solo así daremos sentido, aunque siempre leve y contingente, a nuestra existencia.

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 17 de junio de 2017

UNA MOCIÓN DE CENSURA ÉTICAMENTE DISCUTIBLE

Esta vez toca otro tema obligado: la moción de censura de Podemos, con Iglesias como presidenciable, contra el gobierno del PP y su presidente Rajoy. Moción anunciada por Iglesias en plenas elecciones primarias del PSOE, y que permitían adivinar una intención espuria: el PP era la excusa y el PSOE era el objetivo. La moción fracasó: 82 votos a favor, 170 en contra, 97 abstenciones. 
El desarrollo del acto parlamentario ha sido largo y tedioso. Cinco horas de discurso inicial entre Montero e Iglesias, con el monotema de la corrupción del PP, dan para muchos bostezos y para muchas preguntas. La pregunta principal es ¿para qué esta moción? El resultado ya se sabía, las líneas maestras de los partidos ya se conocen, y las respuestas se adivinan. Lo único nuevo e intenso es la escenificación de Iglesias como falsamente presidenciable y su monopolio de la palabra frente a todos. Hay que reconocer una vez más la habilidad dialéctica de Iglesias, a la vez que un tacticismo éticamente cuestionable. Su soberbia y desprecio por lo no-suyo es otra cuestión que no viene al caso.
En política habrá que suponer que el objetivo a conseguir por todos los partidos políticos es perfeccionar la organización social  y posibilitar la felicidad colectiva e individual de los ciudadanos. Si Podemos pretende lograr dicho objetivo reforzando la figura de su líder no creo que sea una táctica conveniente para su estrategia, pues cuanto más visible es más rechazos genera. Ahora bien, si lo que pretende Podemos es reducir al PSOE, con un líder ausente del hemiciclo, y presentarse como el partido hegemónico de la izquierda y a su líder como el único presidenciable progresista y justo, estamos ante un abuso de un procedimiento parlamentario, aunque formalmente sea correcto. Una moción de censura la pone el líder de la oposición, pero Iglesias no es el líder de la oposición. Estamos, pues, ante un fraude político: hacer creer a la sociedad que el líder de la oposición es quien no lo es.
En respuesta a la moción, el PP, cuya defensa la asume el propio líder personalmente, se evade de todos los ataques de corrupción, de tal manera que convierte el acto en un auténtico “diálogo de besugos”: Montero-Iglesias exponen reiteradamente su letanía de corrupciones del PP y Rajoy contesta con su ya conocido discurso triunfalista de los logros económicos conseguidos en los últimos cinco años. A los ataques de corrupción no contestó. Elemental. Los dan por sabidos y amortizados.
En esta moción había un tercer personaje: el PSOE. Con un líder ausente, con un portavoz nuevo y desconocido, y con unas expectativas crecientes que Podemos pretende reducir. Y hay que decir que Ábalos ha cumplido en su estreno. Sin la erótica de Iglesias y sin los recursos y tablas de Rajoy, ha fijado claramente su posición sin cerrar puertas en ninguna dirección. El fondo de su discurso ha sido decir sí a la censura contra Rajoy, sin apoyar la presidencia de Iglesias. Según Ábalos, el PSOE comparte el diagnóstico, incluso muchas propuestas de Podemos, pero no comparte ni el momento ni las circunstancias, y, sobre todo, no comparte la verdadera intención de la moción. La lectura de un documento interno de la estrategia de Podemos por parte de Ábalos, explicitó clarísimamente que la moción iba contra el PSOE y el PP era la excusa. Y que Sánchez era su enemigo electoral. Ábalos debutó con una faena correcta pero no remató. No puede dejarse ocupar su lugar hegemónico en la izquierda con tanta levedad. El recuerdo de Iglesias votando con Rajoy en contra del PSOE, impidiendo así la investidura de Sánchez, no puede ser una anécdota, sino que fue un acto políticamente perverso desde una perspectiva progresista. Y eso hay que hacerlo notar.
Conclusión. Mientras la izquierda discute a ver quien la tiene más grande, el PP sigue gobernando, a pesar de los escándalos de corrupción. Iglesias ha conseguido reforzar a Rajoy por segunda vez en pocos meses. Una moción de censura se pone para ganarla, en ese momento o más tarde. Pero no se pone para el lucimiento personal o para reforzar internamente su posición. O lo que es peor, para hacerse pasar por el líder de la oposición.
El futuro es incierto. PSOE y Podemos deberían confluir mínimamente en cuestiones básicas. Sin embargo, ninguno se fía del otro. Item más, los proyectos políticos de ambos partidos difieren profundamente. La política territorial es un ejemplo de libro, pero hay otros. Pero también existe Ciudadanos. De los nacionalistas mejor no hablar, que salen muy caros. Si el mapa del centro izquierda no se ordena, tenemos derecha (y qué derecha) para rato.                        

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 3 de junio de 2017

SÁNCHEZ I y SANCHEZ II

En las elecciones primarias del PSOE Pedro Sánchez venció rotundamente a Susana Díaz. O lo que es lo mismo, y siguiendo la dialéctica argumental de la campaña, la militancia venció a la dirigencia o aparato. Pero, en mi opinión, fue una victoria un tanto futbolística, donde el equipo con más y mayor entusiasmo de hooligans venció a un adversario con mayor tradición y más conservadurismo. Porque por discurso y proyectos el partido era de empate a cero. El “no es no” de Sánchez frente al “PSOE de siempre” de Díaz fue un espectáculo intelectualmente deprimente.

Pero el caso es que el PSOE tiene un nuevo líder que, como los votantes, aunque menos que los militantes, también tienen su pequeña alma de hooligans, puede darle mejores resultados electorales. Porque no es cierto que el declive electoral socialista comenzase con Sánchez, sino que sucedió con Rubalcaba. Por cierto una de las mejores cabezas del PSOE, pero… el sagrado pueblo decidió que ya había tenido suficiente presencia política y lo jubiló. Lo mando fuera del mercado, que es donde estamos los jubilados. En el mercado están los mercaderes, que son más jóvenes y algo temerarios.

El título del artículo tiene como referencia al filósofo posiblemente más importante de la primera mitad del siglo XX: Ludwig Wittgenstein, que habiendo llegado a la cima en su primera fase de producción filosófica (Wittgenstein I), en su segunda fase (Wittgenstein II) no titubeó a la hora de tirar por tierra la idea principal de su primera etapa, por excesivamente teórica, pues llegó a la conclusión de que filosofía y vida no iban cada una por su lado, sino que una era reflejo de la otra, y viceversa.

Pues bien, Sánchez I, con sus vaivenes mentales y su aventurerismo peligroso, espero que esté enterrado. Y que Sánchez II va a ser totalmente distinto a Sánchez I. Porque, sin duda, habrá reflexionado y aprendido de la fase anterior. Su victoria ha sido una consecuencia de las formas con que fue derrocado, que lo han convertido en un héroe de la militancia, frente al “PSOE de siempre”, como Susana Díaz gustaba de autopresentarse. Un análisis en profundidad de la hemeroteca de esos meses constituirá para Sánchez y los suyos un ejercicio imprescindible. Y más todavía en la época de las redes sociales, donde casi todo funciona por eslóganes e ideas muy simples. Ni el populismo que le ha venido tan bien en la campaña de las primarias ni el conservadurismo que él mismo achacaba a su adversaria serán a partir de ahora tarjeta de presentación suficiente. La futbolización de la política seguirá actuando y, electoralmente, las consignas simples y sonoras, propias de una sociedad trivial, van a ser importantes para ganar unas elecciones, pero la acción de gobernar supone una entidad intelectual y política mucho mayor que lo demostrado hasta ahora.

Sánchez II puede venirle muy bien al decaído PSOE en unas próximas elecciones, ya que muchos de los votantes antaño socialistas y actualmente en Podemos o en la abstención (estamos hablando de más de cinco millones) han recibido con esperanza al nuevo líder. Pero, repito, gobernar es otra cosa mucho más compleja. Ha demostrado rebeldía, fuerza mental, dominio de la escena (el físico también ayuda, y mucho) y, sobre todo, representa la imagen de una víctima reconvertida en héroe. Intelectual y políticamente aún no ha demostrado nada, pero tampoco tenemos a muchos premios nobel en la política. El “no es no”, consigna simplista a más no poder, ya ha dado su beneficio con una eficacia inversamente proporcional a su entidad discursiva. Los relatos de ambos, el épico-heroico de Sánchez y el continuista de Díaz lo han construido los militantes, a pesar de la ausencia de discurso por ambas partes. La verdad es que el PSOE no ha hecho ninguna gran aportación a la socialdemocracia europea. Ha vivido de factores favorables en su aparición, fundamentalmente tres: salida de la dictadura, Estado de bienestar y Europa. Cuando vino la crisis de 2008 la cagó: comenzó el austericidio, que incluso lo elevó a exigencia constitucional, con sorpresa y alborozo del PP. No cayó en la cuenta de que la quinta potencia de la UE tenía más capacidad de resistencia a las presiones del nuevo modelo neoliberal.

Y ahora viene la hora de la verdad. Humildad (de los vencidos) y generosidad (de los vencedores) debería ser la clave para coser el partido socialista. . Por eso, Felipe González (la mejor referencia socialista), una vez más, ha dado ya la nueva consigna: “hay que arropar a Pedro Sánchez”. Que, traducido, significa: hay que estar unidos porque solo así se ganan las elecciones.  Luego ya hablaremos. Ahora empieza todo para el PSOE. Se trata de una nueva oportunidad. Ojalá la aproveche.


  
                       

Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 20 de mayo de 2017

PRIMARIAS EN EL PSOE

Tras medio año sabático, y con la purificación que genera el silencio, retomo mis reflexiones escritas en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN. Y como algún malpensado creyó que me escaqueaba de las inciertas y peligrosas elecciones primarias socialistas, reaparezco simbólicamente en la víspera de tales elecciones. Espero no aburrir al personal y aclararme conmigo mismo. Cuestiones ambas nada fáciles. Decía Proust a este respecto que cada cual llama ideas claras a las que se hallan en el mismo grado de confusión que las suyas propias.

Este pasado lunes, 15 de mayo, el PSOE realizó un debate con los tres candidatos que aspiran a dirigir el partido. Fue el acto principal de las primarias y creo que no defraudó. Solo hay que ver el eco que ha tenido en los distintos medios de comunicación. El debate fue interesante y vivo. Lo que sucede con este tipo de debates que van dirigidos a la rentabilidad electoral es que la racionalidad suele ceder espacio a la emotividad y hasta a la agresividad. El debate se planteó entre dos rivales a los que se les nota un cierto desprecio entre sí, con un tercero en plan pacífico y unitario, que consiguió hacerse un hueco en una ceremonia excesivamente polarizada. Aunque ninguno de los tres habló de proyectos políticos y estrategias de futuro.

El Comité Federal (CF) de 1 de octubre de 2016, las relaciones con Podemos y la cuestión territorial (Cataluña) fueron las ideas subyacentes al debate. El bochornoso espectáculo del CF fue efectivamente el detonante del actual conflicto socialista. Pedro Sánchez habla del derrocamiento que los barones regionales ejecutaron contra él. Susana Díaz habla de un momento crítico para el posicionamiento socialista en su política de alianzas y respecto a la gobernabilidad de España tras un año con un gobierno en funciones. El CF optó por la abstención como mal menor ante unas terceras elecciones que presagiaban un desastre, aparte de quitarse de en medio a Pedro Sánchez.  Los dos relatos son teóricamente defendibles, y la opción por uno u otro dependerá de los beneficios o perjuicios, colectivos o individuales, que cada cual prevea, consecuentemente con sus hechos. Me extrañó que Díaz no defendiese con más ahínco su postura a favor de la abstención, con lo que deja una autopista libre para el relato de Sánchez y su reiterado e infantil eslogan de “no es no”. Soy de los que piensan que la abstención socialista no constituyó el factor fundamental para que Rajoy gobernara, sino que fue el respaldo mayoritario del cuerpo electoral, dada la imposibilidad práctica de una alianza parlamentaria que superase en votos al PP. En esta cuestión, Podemos, no votando a favor de Sánchez o absteniéndose, sino votando en contra, jugó un papel muy importante que no viene al caso analizar.

Sobre la cuestión territorial en general, y sobre Cataluña en particular, tampoco hoy procede entrar. Solo decir que ha habido mucha negligencia por parte del gobierno central y mucha demagogia y mentiras por parte del gobierno catalán. Se ha llegado demasiado lejos como para que la Declaración de Granada (un posicionamiento teórico y generalista que le sirvió al PSOE para salvar la cara en ese momento) satisfaga a los actuales soberanistas catalanes.

Pero todo debate parece exigir un balance. Vamos a ello. El duelo Díaz-Sánchez fue un duelo excesivamente personalista y agresivo, aunque guardando las formas. El tercero, Patxi López, supo aprovechar bien su papel de comparsa y fue creciendo a lo largo del debate hasta llegar a proponer un esbozo de modelo de partido nada despreciable. Al final, tras el debate, se impondrá la interpretación mediática y los militantes dirigirán su voto en la dirección de las interpretaciones que confirmen su posición previa. Los dos relatos enfrentados son: el épico-heroico de Pedro Sánchez, adornado de un victimismo trágico (“estoy en el paro”), frente al orden establecido de Susana Díaz, sin aventuras peligrosas aunque con peligro de esclerosis. Era éste un momento idóneo para que el PSOE hubiese propuesto para Secretario General a una persona nueva (biológica y mentalmente), con capacidad intelectual y política para aglutinar, coordinar e ilusionar a los militantes socialistas y, como consecuencia, a los potenciales votantes.

Inquieta la victoria de Sánchez. La victoria de Sánchez podría suponer un fraccionamiento del partido, semejante al existente con anterioridad al CF de 1 de octubre, aparte de peligrar el poder del aparato actual. Por el contrario, la victoria de Díaz podría suponer la salida del partido de militantes “indignados”. Al margen de una perspectiva radicalmente diferente en la relación del PSOE con los otros partidos. ¿Se repite la dialéctica Prieto-Largo Caballero?

sábado, 3 de diciembre de 2016

COITUS INTERRUPTUS

Tras cinco años de colaboración quincenal ininterrumpida en “El Periódico de Aragón” suspendo mis artículos, al menos por un tiempo indefinido. No hay ninguna razón especial sino que cuatro ideas que creía tener, especialmente sobre política, me da la impresión de haberlas repetido ya suficiente número de veces como para estar abusando de la paciencia de mis lectores. Gracias a todos los que me habéis leído y especialmente a los que me habéis criticado, por lo que supone de vuestro tiempo para la lectura y aún más para la crítica.
Parece como si el tempo político se hubiese quedado detenido. En España, en Europa y en Estados Unidos, por nombrar los tres escenarios más incidentes en nuestras vidas. Da la impresión de que es  la ciencia y la técnica las que únicamente condicionan nuestras existencias. La política, que es la ciencia más al alcance de nuestra mano, avanza poco, si no retrocede. Lo viejo fenece y lo nuevo no aparece. La gente sufre innecesariamente ante la indiferencia de los confortablemente establecidos. El mundo privilegiado se desentiende de los mundos que no llegan a un mínimo de dignidad humana. Por eso celebramos todos los días del año “el día de…”. Nuestras conciencias descansan con esos “días de…” y con las distintas ONG,s, la mayoría de tipo caritativo. La poética cinematográfica de Buñuel se extendía mucho en esa idea de que cuando no hay justicia abunda la caridad. Y en el medievo, los ricos hacían ostentación de su fortuna por el número de pobres que mantenían con sus limosnas. Es como si las desgracias ajenas nos recordasen lo confortable de nuestra existencia.
El momento en que suspendo mi colaboración coincide con el comienzo de una legislatura, por fin normal, en España. Tras un año de fuertes emociones y de idas y venidas intra y extra partidos políticos, se impuso el sentido común y formó gobierno el partido al que la mayoría de los españoles había votado. Ya sé que la mayoría parlamentaria podría haber posibilitado otro tipo de gobierno, pero razones tácticas, políticas y personales lo impidieron. Ahora comienza el tono gris y cotidiano de la vida política y parlamentaria. Se han acabado los numeritos circenses y los espectáculos tan mediáticos como poco operativos para la transformación de nuestra sociedad.
También en Europa nos encontramos en un momento de incertidumbre económica y política, con expectativas populistas de extrema derecha a la puerta de los gobiernos. “Que vienen los bárbaros” se titulaba un ensayo de los años setenta, precisamente en un momento semejante al actual. Italia celebra mañana domingo un referéndum al que Matteo Renzi vincula su continuidad y que los sondeos dan el NO como vencedor. Francia celebrará en Mayo elecciones presidenciales con unos sondeos que dan a Marine Le Pen la mayoría en la primera vuelta. Esperemos que el cordón sanitario republicano francés detenga la catástrofe. En Austria podría gobernar un partido fascista. Y en otros muchos países europeos existen ya o existirán gobiernos peligrosos de extrema derecha, impensables en la Europa de los derechos humanos.   
En Estados Unidos acaba de ser elegido un producto del más viejo populismo de derecha y que ha sembrado todo tipo de dudas en el mundo, ya que estamos hablando del país más fuerte e influyente. Todos confiamos en que Trump ejerza de político e incumpla sus amenazas esparcidas durante la campaña electoral. Supongo que se repetirá el “éxito” de Reagan, lo que puede suponer un retroceso mundial desde una perspectiva de progreso.
Y para finalizar, acaba de fallecer Fidel Castro, el último icono del espíritu revolucionario del siglo XX. Como auténtico líder revolucionario con influencia mundial, al menos espiritualmente, Fidel Castro representa lo mejor y lo peor  de los personalismos elevados a la enésima potencia. Junto a sus logros de independencia, sanidad, educación y dignidad cubanas frente al imperialismo acosador y reduccionista, cometió el enorme error de no saber retirarse a tiempo. Los caudillos viven su sentido histórico hasta su muerte, soportan mal la disidencia y se sienten elegidos por los dioses para configurar la historia de sus pueblos.

Es, pues, un buen momento para hacer mutis por el foro y dedicarse a observar y reflexionar con un mayor distanciamiento de la inmediatez, sin urgencias ni recetas ni consejos. Espero que esta fase de sequedad espiritual revierta y se traduzca en algo más reflexivo hacia mí mismo y quizás hacia los demás. Estos cinco años han constituido un tiempo gozoso que me ha permitido hablar conmigo mismo en presencia de todos ustedes. “El Periódico de Aragón” ha sido una generosa plataforma que lo ha hecho posible. Gracias a todos.                             Mariano Berges, profesor de filosofía