Un discurso es impune si no se compara. El discurso de Rudi no aguanta un mínimo contraste con la realidad. Su optimismo cósmico deriva de la fanfarronería de Aznar y del cinismo de Rajoy. Oyendo a Rudi uno duda de si miente o se cree lo que dice. Ha constatado el "final de la crisis" y ha añadido que Aragón aún está mejor que la media española. No solo no hay final de la crisis sino que hay que aclarar que Aragón ha mantenido tradicionalmente una situación algo mejor que la media nacional. Pero esta ventaja va disminuyendo con el Gobierno de Rudi. Solo un ejemplo: la desigualdad está creciendo el doble de rápido en Aragón que en España (6,5 puntos en Aragón, 3,1 en España) y el riesgo de pobreza y exclusión social (7 puntos en Aragón y 2,5 en España).
noticias sobre todos los partidos políticos tanto de izquierda como de derecha
jueves, 17 de julio de 2014
sábado, 5 de julio de 2014
NUEVO PSOE (I)
La situación actual del PSOE recuerda a aquel letrero de los escaparates de las tiendas pre-electrónicas que decía “cerrado por balance”. Porque, efectivamente, el PSOE está haciendo una fuerte revisión o balance de su acción política de los últimos años y la correspondiente percepción ciudadana.
El primer momento crítico hay que situarlo al final del “felipismo”. Las cuatro legislaturas de Felipe González transformaron España y los españoles comenzamos a saborear qué era aquello del Estado de bienestar. España se puso de moda en Europa y en el mundo. ¡Qué peligrosas son las modas! Y aunque muchos atribuyen el final del “felipismo a la corrupción, yo siempre he pensado que los españoles estaban aburridos de ver siempre la misma cara y decidieron cambiar. Un rasgo muy español eso de cambiar por cambiar.
A partir de la generales de 2000 el PSOE entra en crisis. Almunia, Secretario General, es vencido en primarias por Borrell como candidato a la Presidencia de Gobierno y se entra en una bicefalia que el aparato de Ferraz hizo descarrilar. El batacazo para la izquierda fue de nota y el PP de Aznar consiguió su primera mayoría absoluta. Por cierto que en esas elecciones PSOE e IU (Almunia y Frutos) hicieron listas conjuntas para el Senado y apoyaban la supuesta investidura de Almunia. O sea, que eso de juntarse las izquierdas en un cartel común ni es nuevo ni garantiza el éxito.
Tras ocho años de “aznarismo”, en 2004, con la guerra de Irak mediante, irrumpe el joven Zapatero que abruma con un primer cuatrienio lleno de nuevos derechos civiles como nunca había soñado España, que se pone a la cabeza mundial en derechos de minorías y de género. Y se aprueba la ley de la Dependencia que, aunque deficitaria de presupuesto, marcó un hito en la política social. Pero el segundo cuatrienio lo comienza Zapatero con las reiteradas negaciones de la crisis y finaliza su crédito el 12 de mayo de 2010 con el inicio de las políticas de ajuste. Es curioso como la sociedad ha hecho pagar al PSOE un final puntualmente negativo frente a todo un balance global enormemente positivo. Desde una perspectiva racional me atrevo a proclamar la injusticia de tal ajuste de cuentas. En la actualidad, y aunque no lo sepan, los movimientos reivindicativos de calle están reivindicando la restauración de la situación anterior al 12 de mayo de 2010, o sea, el modelo social de la socialdemocracia que nunca debió abandonar el PSOE.
A partir de noviembre de 2011, con la mayoría absoluta del PP, España avanza con paso militar en el desguace del Estado de bienestar. La gente cree eso de que no hay alternativa posible y que si nos portamos bien los mercados nos premiarán y volverán las oscuras golondrinas, perdón, las inversiones extranjeras, porque España volverá a estar de moda. El PSOE, tras las derrotas municipales-autonómicas-generales de 2011, y que otorgaron al PP el mayor poder que nunca un partido político ha tenido en España, toma conciencia de su fracaso y celebra un Congreso en Sevilla que no cierra bien las heridas orgánicas. Su contenido programático se enriquece notablemente con la Conferencia Política de Granada, cerrando con una propuesta de reforma constitucional que, aunque deficitaria de concreción y de modelo federal, supone un estimulante punto de partida del que ningún partido ha acusado recibo.
En éstas estábamos cuando las elecciones europeas del 25-M han manifestado que el conformismo no se adueñado de nuestra sociedad. Todavía no sabemos cómo enfocarlo pero los resultados electorales fueron un aldabonazo a quien empezó con las políticas de ajuste y a quién las ha proseguido con una ingente energía, digna de mejor causa. Los nervios están tan a flor de piel que hasta el PP pide regeneración democrática. Surrealista. Y los nuevos “triunfadores” (alístese quien quiera) sienten el vértigo del vacío programático y de una mínima arquitectura de configuración social e institucional.
El PSOE ha terminado el balance y se dispone a cambiar la estructura del negocio. El gerente se ha jubilado y tres prometedores herederos están educadamente porfiando por la herencia. Pero, claro, no se trata solo de cambiar de gerente sino de negocio, que ha quedado un tanto obsoleto por la rapidez de las nuevas tecnologías y de los correspondientes procesos mentales de la clientela. La demanda ha cambiado y los demandantes han madurado y se atreven a pedir lo que antes no se atrevían. ¿Gustará el nuevo negocio PSOE a los potenciales clientes-electores?
Cuidado con cambiar solo de imagen, aunque a veces el mercado solo pida eso. Sería mortal para el PSOE y para España, que siempre ha necesitado al PSOE como elemento fundamental y necesario de modernidad y progreso.
Mariano Berges, profesor de filosofía
sábado, 21 de junio de 2014
MONARQUÍA O REPÚBLICA
Comienzo con dos autores de mi devoción. Sócrates:
“La ley está para cumplirla, sea oportuna o inoportuna”. El segundo es una
viñeta de El Roto: un mendigo responde a una pregunta sobre Monarquía o
República, “un trabajo”. Tanto si nos situamos en el cumplimiento de la ley
como en la cotidiana realidad, no toca ahora discutir sobre monarquía o
república. Es más, pienso que ni siquiera toca en este artículo ni en este
momento, hacer gala ni de republicanismo ni de monarquismo. A mí no me
interesa, en estos momentos, el debate sobre la Jefatura del Estado, sino el
debate sobre el Estado. ¿Qué queda del Estado de la Constitución de 1978 y de
sus grandes principios políticos? Parece, como decía Azaña, que en
España cada generación tiene que descubrir el fuego. Pero escribo sobre el tema
de moda para que no se me interprete evasivamente.
Puede haber dos baterías de argumentos para defender
una postura y la otra. Y posiblemente ambas sean igual de brillantes pero no igual
de eficaces. Y una política democrática, si algo debe ser, es legal y eficaz.
Conscientes de que la legalidad puede ser meramente formal y la eficacia
ineficiente, hay que intentar realizar el concepto material (no solo el formal)
de la ley y la dimensión eficiente de la eficacia. De lo contrario, no habría
una buena política democrática
¿Cuál es la esencia de un Estado social de derecho? El
cumplimiento exquisito de las leyes, especialmente de la Constitución, y una
línea progresiva y continua en el cumplimiento de los derechos humanos por
parte del Estado para con sus ciudadanos. Y ello no se puede lograr sin un
funcionamiento legal y eficaz de nuestras instituciones. Si nos fijamos bien,
en lo dicho no aparece ni la forma de ejercer la Jefatura del Estado ni los
partidos políticos. Ambas son dos entidades instrumentales aunque muy
importantes, que se ejercen convencionalmente, o sea, como la mayoría social a
través de sus representantes haya establecido. El establecimiento legal de ese
convencionalismo son las leyes, especialmente la ley de leyes. Y hasta que esas
leyes no sean modificadas legalmente no cabe otro planteamiento.
¿Caben los debates? Absolutamente todos.
Imprescindibles la argumentación, el respeto y la pluralidad. ¿Para qué sirven
los debates? Para crear opinión y procurar una mayoría social a favor de mi
posicionamiento, suponiendo que lo que yo creo es lo más correcto socialmente.
¿Cabe un debate sobre monarquía y república? Cabe y procede. También sobre
otros temas, p.e. el modelo autonómico y su relación con el Estado y la
igualdad de todos los españoles. Comience, pues, la sesión. Con serenidad, sin
urgencias y con la vista siempre puesta en la dignidad y, a poder ser, en la
felicidad de nuestros conciudadanos. Aporto el primer envite: la república es
pura racionalidad frente a la teocracia monárquica. Sin embargo, caben
circunstancias históricas que hagan aconsejable esta última, aunque siempre
entre paréntesis. Mi posicionamiento personal es que hoy procede la sucesión y
procede también el debate. No son contradictorios ambos hechos. La realidad no
está configurada por el blanco y el negro, sino por grises de la más diversa
tonalidad. Y hoy, entre monarquía y república, hay que optar por una democracia
de alta calidad que garantice los derechos de todos los españoles.
Un concepto que aparece frecuentemente en esta
discusión es el de la Transición y el pacto o consenso que hizo posible la
Constitución de 1978. En la Constitución del 78 se prevé como forma de Estado
la monarquía parlamentaria y los correspondientes mecanismos de sucesión. El
pacto constitucional lo rubricaron, entre otros, UCD, PSOE y PCE. Ciertamente
que han transcurrido ya treinta y cinco años y que sería conveniente una
actualización de la CE por los procedimientos que ella misma establece, aunque
yo siempre he mantenido que es más urgente el cumplimiento de la Constitución
vigente que su modificación. Algunos afirman que el pacto constitucional ya
está roto de facto en su dimensión social. Aunque trágico, discutible, ya que
el momento crítico actual es reversible con la ley en la mano. Solo hace falta
una mayoría social plasmada en una mayoría parlamentaria progresista y su
correspondiente cumplimiento político.
Otra cuestión es la evaluación que pueda hacerse del
reinado de Juan Carlos I. Aunque no es éste el lugar, puede hablarse de
luces y sombras: grandes luces públicas y no pocas sombras privadas. Esperemos
(más le vale) que el sucesor se tiente más la ropa, pues en ello le va su
supervivencia política. No cabe duda que el reinado de Juan Carlos I ha
coincidido con la mejor época de la historia española (a pesar de la crisis
actual). La causalidad del éxito hay que compartirlo entre muchos agentes, el
rey entre ellos.
Mariano
Berges, profesor de filosofía
sábado, 7 de junio de 2014
TRAS EL 25-M: PERCEPCIONES Y REALIDADES
Esto ya no
es rapidez, esto es puro vértigo. Desde la noche del domingo 25
hasta el momento en que usted lea este artículo, han sucedido
infinidad de cosas, o dicho más propiamente, los españoles hemos
tenido tal número de sensaciones que esto parece un vendaval. Si de
las sensaciones pasamos a las percepciones (lo que implica una mayor
racionalidad) podemos llegar a pensar que estamos en un final de
ciclo. Yo, al menos, tengo esa percepción.
Sobre las
elecciones europeas del 25M es prácticamente imposible decir algo
original, pero vamos a arriesgarnos. Hay dos preguntas que me hago
constantemente. La primera es ¿por qué el PP sigue ganado
elecciones tras dos años de duros recortes al Estado de bienestar y
a los derechos básicos de los españoles? Lógicamente, hay que
pensar que sigue teniendo una cierta credibilidad, pues la gente vota
interesadamente al partido con el que piensa que le irá mejor en el
futuro. Y si los dirigentes del PP tienen credibilidad es porque su
discurso es mínimamente creído. ¿Qué dice básicamente el PP? Que
lo que está haciendo es, aunque duro, necesario para volver a crecer
después y poder crear empleo; que el PSOE ha malgastado a manos
llenas y eso de la herencia recibida. Y este discurso hay gente que
lo cree, al menos los que votan al PP. Cuesta creerlo pero así es.
La segunda
pregunta es ¿por qué el PSOE, estando en la oposición, no solo no
se beneficia de los votos que pierde el PP, sino que sigue perdiendo
votos? Lógicamente, porque tiene poca credibilidad. Y ¿cómo tiene
poca credibilidad un partido que ha liderado la mayor y mejor
transformación histórica de España? Porque el Estado de bienestar
que ahora se reivindica en las manifestaciones de la calle y de los
centros de trabajo es algo que se consiguió en España
fundamentalmente con el PSOE de los gobiernos de Felipe González
(educación, sanidad y pensiones) y de Zapatero (libertades
individuales y civiles). Insisto ¿por qué el PSOE no tiene
credibilidad? Porque Zapatero abrió el melón de la austeridad
impuesto por la Troika. Melón que Rajoy ha desarrollado con una saña
infinita. ¡Y qué mal explicó Zapatero lo que hizo! Ni en la calle
ni en el Parlamento ni en su partido.
Y llegamos
al concepto que explica casi todo: la crisis. La gente, que no
acostumbra a pensar a medio y largo plazo, sino que todo lo procesa
según le vaya a él, piensa que todos los políticos son unos
corruptos porque él está muy mal. Si profundizamos un poco, veremos
que el español se había acostumbrado a estar muy bien durante los
treinta años que van desde 1986 (año de entrada de España en la
UE) y 2008 (comienzo de la crisis). Y ese bienestar proveniente de
los fondos europeos y de la gestión socialista constituye, por
comparación, el punto de referencia de su actual malestar.
Deductivamente,
si todos los políticos son unos corruptos y causantes de lo mal que
yo estoy, hay que probar con políticos nuevos a ver qué tal nos va.
Ésa, y no otra, es la cuestión clave, desde la perspectiva de los
partidos y su traducción electoral. De ahí el éxito de Podemos,
UPyD, Ciudadanos y no tanto de IU porque, según la nueva
terminología, también IU son casta aunque casi no hayan gobernado.
Otra
cuestión muy distinta es que nos pongamos a pensar en la realidad
objetiva y en los indicios del futuro próximo que nos acecha. Aquí
se impone pensar la complejidad: economía, política, globalización,
energía, demografía, educación, sociología, poderes emergentes y
hasta filosofía. Y en esta inflexión es donde procede hablar de
final de ciclo. Las mentes que hasta ahora han servido, mejor o peor,
quizás no sirvan para gestionar el nuevo ciclo. Pero los cambios hay
que hacerlos con sabiduría: ni lo nuevo es bueno por nuevo ni lo
viejo es malo por viejo. Está demostrado que todo cambio de
paradigma viene de una nueva forma de mirar, y por tanto de
gestionar, la realidad. Eso solo lo pueden hacer mentes nuevas o
mentes que hayan integrado en su estrategia el concepto de cambio
permanente. El cambio es la mejor forma de permanecer (no pensar en
Lampedusa).
Como final,
insistiré en que los partidos políticos son meros instrumentos para
la organización de la sociedad, y que la ideología es un esquema de
una serie de ideas, mucho más importantes que el propio esquema (la
ideología) en que están encerradas. Desde la perspectiva de la
sociedad, lo que de verdad importa son las instituciones, tanto
públicas como privadas, que son desde donde emanan las decisiones
que benefician o no al común de la sociedad. Son las instituciones
el ámbito donde se muestra la verdad o falsedad de los partidos y
los políticos. Y una institución bien gestionada no suele tener
frutos a corto plazo. De ahí la paciencia, la serenidad y la
prudencia (pro-videre: ver antes o más allá que los demás) de todo
buen político.
Mariano Berges,
profesor de filosofía
martes, 27 de mayo de 2014
VARAPALO AL BIPARTIDISMO
Como aperitivo, algunos titulares de prensa:
“Gana el PP, pierde el bipartidismo” (EL PA“Golpe al bipartidismo en España y Aragón” (EL PERIODICO DE ARAGÓN) –el titular más objetivo-.
“El PP gana al PSOE, pero ambos sufren un duro castigo en las urnas” (HERALDO DE ARAGÓN)
“Rubalcaba tira la toalla y convoca un congreso extraordinario para julio.” (EL PAÍS)
“Pablo Iglesias (Podemos): Nuestro objetivo es echar del poder a PP y PSOE” (EL PAIS)
Parece claro que en las elecciones europeas ha habido dos perdedores, PP y, especialmente, PSOE. Ambos han sufrido la desafección ciudadana de una manera dura e indubitable. No les sirve decir que han sido los primeros y los segundos. El resultado hay que analizarlo con perspectiva y prospectiva. Bajar del 80% al 50% es un varapalo grave. Y aún queda recorrido por ver, porque, si no cambian su manera de interpretar la política, la bajada puede ser un descenso a los infiernos. Hay ejemplos de desaparición de grandes partidos muy cercanos en tiempo y espacio: el Partido Socialista italiano, el Partido Comunista francés, de alguna manera también el Partido Comunista italiano. El domingo bajaron el Partido Socialista francés y el español vertiginosamente. Por otro lado, parece un gran triunfo de partidos pequeños y/o emergentes: IU, UPyD, Ciudadanos y, especialmente, Podemos. Y así es si analizamos los datos en sí y de una manera absoluta.
Sin embargo, toda elección lleva en sí una carga de espectáculo mediático y litúrgico. La política, realidad más prosaica de lo que parece, empieza a funcionar una vez desaparecida la liturgia mediática. Y vemos que en el Parlamento europeo va a haber una mayoría clara semejante a la que ya había anteriormente, o sea, la coalición que ha venido funcionando entre los populares y los socialistas europeos. El resto, incluidos los antieuropeos, meterán ruido pero acordarán poco.
Al llegar aquí hago dos preguntas-respuestas nada retóricas: 1) La gran coalición popular-socialista ¿seguirá haciendo en Europa la misma política que hasta ahora? 2) Si es que sí, el descenso a los infiernos de los dos partidos mayoritarios está garantizado. Si es que no, el gran varapalo del domingo habrá surtido efecto y la política habrá vuelto a triunfar.
Esto sucederá en Europa. ¿Y en España? Algo parecido, aunque con matices, porque ni el PP español es homologable con la derecha europea (es peor), ni el PSOE español tiene una situación interna como la socialdemocracia/socialismo/laborismo europeos. Añádase a ello, el proceso soberanista catalán y la incógnita del nacionalismo vasco, aún por ver. De momento, el PSOE anuncia cambios radicales, mientras que el PP (Rajoy) dice que no hay nada que cambiar.
Remontando un tanto la vista, me viene a la mente un problema de tipo filosófico: ¿qué es más real, la apariencia o la realidad? Ontológicamente, la realidad; perceptivamente, la apariencia. La gente, sobre todo cuando vota, funciona por la percepción (que es su realidad subjetiva). Y, en España, yo he llegado a la conclusión de que la gente vota correctamente, o sea, que marca la tendencia del momento. ¿Qué nos ha dicho la gente en las elecciones europeas? Que sigue amando la política, pero otra política. La gente no tiene que concretar más. La gente marca la tendencia, y son los partidos, consecuentemente con los resultados, los que tienen que hacer política. A veces, parece que dos partidos –PP y PSOE- van de la mano y la gente los castiga semejantemente, como si ambos gobernaran juntos. Pero esto es apariencia. La ontología (realidad objetiva) nos dice que son muy distintos, por historia y por ideología. Otra cosa es que en la globalización económica, los intereses multinacionales los obligue a ir de la mano. Por eso, si la política se impone a la economía, volveremos a ver las diferencias entre los dos. Si la economía sigue mandando sobre la política, ambos partidos se asemejarán.
Dentro de un año (municipales y autonómicas) y dentro de año y medio (generales) habrá nuevas elecciones. ¿Se pueden extrapolar los resultados? Depende de lo que haga cada partido en este tiempo. Si todo sigue igual, puede suceder lo mismo pero más agudizado. Si la práctica política cambia (radicalmente) la situación puede cambiar. Rubalcaba ha dado un ejemplo: ha dimitido aún siendo la mejor cabeza política del PSOE. Los sondeos, las elecciones, la gente, no lo quiere. ¡Que los dioses iluminen a los socialistas! ¿Y en Aragón? Lambán, también la mejor cabeza del PSOE aragonés, va a tener problemas. Un partido es el líder y los acompañantes. Tendría que pensar seriamente en depurar a gran parte de sus acompañantes.
También se le entiende todo a P.Iglesias (Podemos). No quiere tanto transformar la sociedad como barrer a PP y PSOE. No entiende mucho de política y se le nota mucha prisa por estar en el poder.
Mariano Berges, profesor de filosofía
sábado, 24 de mayo de 2014
JOSÉ MÚJICA, PRESIDENTE DE URUGUAY
El domingo día 18 de mayo de 2014, en el Programa
“Salvados” de La Sexta, Jordi Évole nos presentó una entrevista con José
Mújica, Presidente de Uruguay. Como siempre, el periodista Évole nos
ofreció un documento interesantísimo, a lo que unía en este caso un ejemplo
singular de político.
El Presidente Mújica se nos ofrece como una persona
normal que, por circunstancias diversas, ha llegado a ser Presidente de su
país. Lo inusual del caso es que el sustantivo persona no es alterado en su
esencia ni en su conducta por un adjetivo tan potente como presidente. España,
por ejemplo, es un país en el que se usan poco los sustantivos y mucho los
adjetivos; se nota que se valora poco la sustancia. Pepe (así lo llaman en
Uruguay) sigue siendo Pepe, pero con un oficio distinto, que lo ejerce con la
misma coherencia y profundidad con las que ha ejercido otros oficios
(ciudadano, guerrillero, preso, parlamentario…). Su aspecto, su hábitat, sus
costumbres, su sentido de la vida, su relación con los otros, siguen siendo los
mismos. Y todo ello, que debería ser lo habitual, resulta extraordinario porque
lo ordinario, en todos los casos semejantes al suyo, ha desaparecido.
Ante la pregunta de qué siente cuando los políticos
europeos lo reciben con el protocolo ceremonioso con que lo hacen y con la
retórica habitual hacia un presidente de otro país, Mújica responde que “los
políticos europeos son vacíos. Todos usan la misma retórica vacía”. Y lo dice
con sencillez. Nadie se siente insultado porque lo dice desde la normalidad de
su persona y su sentido de la verdad. “Hay que decir siempre la verdad. La
verdad es la mejor comunicación”, sostiene nuestro persona-je, sin engolar la
voz y con una sonrisa de niño pícaro que conoce perfectamente su disontonía con
“lo normal”.
Ante el escándalo de su “modus vivendi” como
Presidente, que muchos lo tildan de nuevo marketing, contesta que simplemente
es la sobriedad que ha ejercido durante toda su vida. No usa la palabra
austeridad porque dice que Europa la ha prostituido. Ironía profunda.
Évole hace una pregunta con carga dialéctica. Le
pregunta al Presidente Mújica si con su “no consumo” no estará destruyendo el
crecimiento económico y el progreso de la sociedad, que se basa en la
producción y consumo de artículos. La respuesta es que lo que habría que hacer
es universalizar el consumo (también para asiáticos y africanos). De esta
manera, el capitalismo ampliaría su negocio hasta niveles nunca vistos. Frente
al consumo de unos pocos que consumen mucho y no necesario, el consumo de
todos, que consumirían artículos básicos y necesarios. El negocio sería redondo
y, de paso, aliviamos el problema de la emigración. Lección epicúrea.
Su concepto de Europa es magnífico, a pesar de la
crisis que está padeciendo. Predice que Europa se salvará por el mucho talento
que tiene, a pesar de sus políticos. Por el bien del mundo, Europa tiene que
volver a ser la referencia universal de todo lo mejor que la humanidad ha
construido.
Es curioso cómo reconoce sus fracasos como Presidente,
por ejemplo en la educación, y cómo analiza las causas de los mismos. Esgrime
como causa fundamental el pensamiento reaccionario de la gente normal, que
posibilita todas las resistencias al cambio por parte de la oligarquía. De ahí
la importancia de la educación. Es sibilino cuando él no se reconoce como
revolucionario. Incluso habla de su gran error “revolucionario”. Se reconoce
como una persona normal en una sociedad capitalista a la que poco a poco, pero
con mucha decencia y dignidad, se puede ir transformando. Entiende que la
patología de la izquierda es el infantilismo, que no es otra cosa que confundir
los deseos con la realidad. Cuando el periodista le comenta que lo pueden
tildar de conservador, contesta que ser conservador no es negativo, que lo malo
es ser reaccionario, que no es más que una patología de ser conservador.
Ante la reiteración de su modo de vida “provocador”,
que incluso mucha gente lo puede percibir como “indigno” en la
representatividad de todo un país, Mújica no responde con una reivindicación
ampulosa de su verdad-testimonio. Con una enorme sencillez, y casi con
vergüenza, contesta “vivo como pienso; de lo contrario, acabaría pensando como
vivo”.
Que Uruguay está lejos; qué vas a esperar de un
guerrillero; que España-Europa es otra cosa, otra cultura, otra civilización.
Incluso que “hay gente pa tó”. En definitiva, que no es extrapolable. Incluso
un mal ejemplo que no “viste” el cargo. Mi asombro no fue tanto por su “modus
vivendi”, sino por la coherencia entre sus ideas y su conducta. Pensé en
nuestra desafección por la política y sonreí.
Tras la entrevista me desperté y el dinosaurio seguía
allí.
Mariano
Berges, profesor de filosofía
sábado, 10 de mayo de 2014
25 M, ELECCIONES EUROPEAS
Escribía yo
en un artículo de este diario, fecha 17.03.2012, lo siguiente:
“¿Esperanza?
Puestos a elucubrar, si en Francia venciese el socialista Hollande
y en Alemania llegase a gobernar la socialdemocracia del SPD, aunque
fuese en coalición con la democracia cristiana del CDU de Merkel,
Europa podría empezar a modificar esos criterios hoy intangibles.”
Me refería a las políticas de austeridad y recortes. Pues bien, dos
años después observamos que eso ya ha sucedido pero el cambio no se
ha producido. Incluso hay indicios de lo contrario en la actual
política francesa. El dilema entre austeridad y crecimiento sigue.
Ambos conceptos deben ser objeto de un análisis detallado desde las
ópticas europea y nacional.
El 25 M se
celebran elecciones europeas. Más de 400 millones tienen en sus
votos la Europa de los próximos cinco años. Sin embargo, en España,
el 57% dicen en los sondeos que no van a votar, y del 43% restante la
mitad no sabe a quién votar. Es, pues, una elección que interesa a
pocos españoles. Cierto que los grandes partidos no ayudan al
esclarecimiento por usar estas elecciones en clave interna y hasta
para colocar a políticos desubicados. Sin embargo, actualmente, hay
más decisiones europeas que inciden en nuestras vidas que decisiones
netamente españolas. ¿Qué habita en nuestras mentes para no dar
importancia a lo que objetivamente la tiene? ¿Somos conscientes de
estar actuando contra nuestros propios intereses? Pienso que ésta es
la cuestión fundamental: Europa es un escenario nuevo al que todavía
no nos hemos habituado y cuyos protagonistas no forman parte de
nuestro paisaje conocido. Necesitamos una buena dosis de gimnasia
mental para establecer la relación causa-efecto entre lo que pasa en
Europa y nuestra calidad de vida personal. El Parlamento europeo que
elegimos y la Comisión Europea que se configurará según los
resultados parlamentarios son, junto al BCE, el núcleo duro de las
decisiones europeas.
No hace
falta repetir la situación negativa en que se encuentra Europa (y
España, aún más): paro, recesión, deuda, desigualdad, pobreza,
incertidumbre. Pero me parece más interesante analizar las causas
que las consecuencias. Usando la terminología de Bauman,
en la actual “modernidad líquida” el poder se ha separado de la
política, por lo que ésta solo puede parchear los problemas que el
poder fáctico genera. Y mientras el Estado (el nacional y el deseado
Estado federal europeo) no recupere el poder, estaremos en la misma
situación: supeditación de la política al poder real del mercado.
En una
sociedad democrática las elecciones, por parciales que sean, son el
instrumento más poderoso que tienen los ciudadanos para transformar
la sociedad y sus vidas. Lo que sucede es que nuestras sociedades
cada vez son más complejas y difíciles de comprender. Y la política
se ha estancado en la fase anterior a la revolución cibernética y
la consiguiente globalización. Como consecuencia de ello, la
política carece de respuestas a los problemas actuales y la gente se
desentiende de quien no puede arrojar esperanza a sus desesperanzadas
vidas. Los partidos minoritarios piensan que es su momento por el
desgaste de los mayoritarios, pero esa percepción no es más que
fogonazo temporal. La cuestión verdaderamente importante es saber
discernir que los partidos de derechas están cómodos en esta
situación y los de izquierdas deben modificar sus procesos mentales
y estratégicos si quieren aportar algo nuevo y eficaz al cambio
demandado por los ciudadanos. Los conservadores se han apropiado del
escenario y manejan el relato con ideas que calan fuerte como “no
hay alternativa” y “estamos superando la difícil situación que
hemos heredado”. Por el contrario, las izquierdas solo amagan con
pequeños parches al enorme conglomerado de errores, frustraciones e
incertidumbres.
¿Ensayar
nuevas formas de hacer política? Sí, pero cuidado con los
experimentos y los falsos profetas populistas. Los nuevos fenómenos
sociológicos de calle no han demostrado nada nuevo, aparte de
involucrar a la ciudadanía en la problemática concreta de cada día
(que no es poco). Yo estoy convencido de que la gente normal sigue
queriendo creer en la política pero con un nuevo formato. Son los
partidos (sobre todo los de izquierdas) los que tienen que adaptarse
a las nuevas circunstancias y saber elaborar los nuevos discursos y
praxis que respondan a los nuevos problemas, que en el fondo son los
de siempre: dignidad humana y una mínima calidad de vida. En
definitiva, necesitamos una nueva inteligencia política que no solo
perciba señales sino significados, y que entronice al ser humano
como nuevo catalizador de las decisiones a tomar.
Mariano Berges,
profesor de filosofía
lunes, 28 de abril de 2014
CREER EN EUROPA
La realidad por la que optamos se dará con mayores garantías de éxito cuanta mejor información y conocimiento se tenga de la situación. En la actual situación de crisis existen unas posibilidades concretas que se pueden transformar en realidades mejores o peores, dependiendo de las opciones que tomemos, tanto individualmente como colectivamente. En mi opinión, la opción más razonable e interesante se llama Europa.
Cuando hablamos de Europa solemos usar la palabra “gobernanza” en lugar de “gobierno” al hablar de sus dirigentes y competencias respectivas. Simplificando, la diferencia entre ambos términos estriba en que gobierno se refiere a quién decide y gobernanza más bien a cómo se decide. El primero nos habla del grupo de personas que lleva el control de una nación, mientras que el segundo se refiere a la manera como se ejerce el poder para gestionar los asuntos de esa nación. La gobernanza se plantea preguntas sobre métodos, procesos, participación, comunicación, resolución de conflictos, etc. La gobernanza tiene una dimensión cualitativa superior al gobierno.
Europa era hace unas décadas una brillante y afortunada idea que se transformó en un sólido proyecto económico-político, pero que, con la globalización mal entendida y peor ejecutada, ha ido degenerando en una sociedad dual, insolidaria y que ya no garantiza el mínimo de dignidad humana para sus ciudadanos. La crisis actual ha servido de coartada para que una Europa sin gobernanza haya consolidado ese modelo dual exterior de países ricos y países pobres, cada vez más desiguales, y, simultáneamente, otra dualidad al interior de cada país, de ciudadanos ricos y ciudadanos pobres, con una brecha de desigualdad injusta, inmoral y peligrosa.
La tesis que defiendo es que la crisis se puede y se debe aprovechar para que Europa busque una nueva legitimidad, volviendo a su proyecto de origen, y cuyo elemento clave de cambio debe ser una nueva gobernanza que mejore las Administraciones de todos los países europeos, especialmente de aquellos que tienen mayores problemas económicos y estructurales. El austericidio que la Europa del norte ha impuesto a la Europa del sur no solo no ha neutralizado las diferencias de todo tipo, sino que las ha aumentado. Y la clave no es tanto el legalismo economicista como el desigual funcionamiento de las instituciones y sus respectivas administraciones. Aunque constituya un tópico, es cierto que los países del sur son expertos en la mentira institucional, en el trapicheo estadístico, en la ingeniería financiera y en la retórica patriotera. Ya he repetido más de una vez que España no es un país serio, y que no tenemos credibilidad en nuestra rendición de cuentas a Bruselas. Estamos en manos de una casta política, empresarial y financiera para la que lo común es un concepto hueco que solo sirve como relleno de sus discursos.
Por eso España necesita ser cada día más Europa, pero una Europa con una gobernanza común, imparcial y de calidad. Solo así nuestra Administración puede generar unas instituciones cumplidoras de las leyes, eficientes, transparentes y equitativas, en definitiva, instituciones con una mayor calidad democrática. No puede ser que España, cuarta potencia económica europea, sea uno de los países con menor recaudación fiscal de la UE (causa de nuestra incapacidad económica). Este cambio es el que verdaderamente nos conducirá al crecimiento económico y a su correspondiente creación de empleo. Y no la retórica mentirosa e interesada de nuestra casta gobernante. Si la UE fuera la impulsora de esos cambios, incrementaría enormemente su popularidad y su legitimidad.
Los ciudadanos quieren algo tan sencillo como que pague más quien más tenga, que el Estado no malgaste lo recaudado y que lo redistribuya bien. Y la UE puede ser la instancia que obligue a este cambio estructural. También los países del norte estarían más dispuestos en su solidaridad si la gobernaza común europea obligara a que todos los países de la UE fueran serios y cumplidores en su rendición de cuentas. Y aquí tiene un papel importantísimo el estamento funcionarial, con su profesionalidad y su jerarquía bien entendida. Y que los políticos sean auténticos gestores del cambio. La Administración Pública española actual es una empresa sin jefes: los políticos no ejercen de directivos eficientes y los altos funcionarios no se fían de los políticos. Hay demasiada discrecionalidad en la ocupación de los puestos de responsabilidad. En cualquier caso, como diría un empresario, es la cuenta de resultados la que cuenta. Y en las AAPP la cuenta de resultados es la eficacia y eficiencia desde la óptica de una buena gobernanza.
Mariano Berges, profesor de filosofía
sábado, 12 de abril de 2014
LA VERDAD POLÍTICA
El debate
político no es fácil y frecuentemente se convierte en un “diálogo
de besugos” donde cada uno va a lo suyo, despreciando la estructura
conversacional. John
Locke decía que antes
de discutir hay que acordar lo que significan los términos que vamos
a usar en la discusión. Porque, de lo contrario, una misma palabra
significa cosas distintas para uno y otro. Veámoslo en el ejemplo de
palabras como liberal, izquierda, derecha, socialismo, igualdad,
diferencia, progreso, justo, moral… y procedamos a su definición.
Intentemos un debate sin prejuicios sobre la búsqueda del mejor
modelo viable de sociedad para nuestro país. Realmente difícil.
Incluso podríamos consensuar modelos de construcción teórica
impecable que, en su materialización social, nos conducirían a
realidades muy distintas.
Hay que
partir de un hecho claro: estamos en un sistema de democracia
representativa. Y aunque imperfecta y necesitada de renovación, nos
tenemos que atener a las reglas del sistema. La verdad de cada
sistema esta en su propio interior y no podemos valorarlo con las
reglas de otro sistema. El núcleo duro de la democracia
representativa es el hecho electoral por el que la representatividad
se plasma según unas reglas que nos hemos dado. El sistema electoral
también es perfectible, pero contando siempre con la
representatividad proporcional de mayorías y minorías.
La división
tradicional por épocas de nuestra historia no está mal trazada ni
por sus características ni por los hechos históricos elegidos para
representar el cambio de paradigma. Pero, a continuación, nos vemos
obligados a matizar que la vida, el progreso y la verdad son
conceptos muy complejos que superan los esquemas. Si moviéndonos en
las grandes épocas y modelos es imposible su esquematización, y
atenta contra la realidad cualquier relato con pretensión de
exactitud y verdad objetiva, ¿qué puede suceder con el rabioso
presente y su trepidante secuenciación de realidades, conceptos y
verdades? Si nos ceñimos a los partidos políticos como grupos
organizados de las distintas opciones acerca de la mejor organización
social, la discusión racional entre los distintos discursos y
relatos es prácticamente imposible. Pero hay que intentarlo, ya que
así nos lo exige el cuerpo electoral que representa a la sociedad.
¿Dónde ponemos el criterio de verdad entre todos los relatos?
Paradójicamente, y a pesar de su enorme complejidad, no es difícil:
donde diga la mayoría social. Siempre ha habido un cierto
vanguardismo político que “acierta” con las minorías y se
equivoca con las mayorías. Las utopías y los paraísos han existido
siempre. Y realmente han servido como referencias. Su peligro
consiste en dogmatizarlos e imponerlos.
La razón
política en una democracia representativa, nos guste o no, está en
el hecho electoral, en el lado de la mayoría. Las demás opciones
deberán intentar convencer de la bondad de sus relatos al cuerpo
electoral. Es cierto que los medios y recursos están siempre en
manos de los poderosos, pero ¿quiénes son los poderosos? En una
sociedad de masas, de consumo, de libre opinión, desarrollada
cibernéticamente, no hay mayor poder que la mayoría social. Lo que
pasa es que el arte de la persuasión es lento y necesita de
estrategia. Y liberarse de la manipulación y alienación exige
formación crítica. En política no debería haber más urgencias
que los derechos básicos de los ciudadanos, y no tanto quién
gobierna o quién está en la oposición. Si somos coherentes y
persuadimos a la mayoría social de la bondad y de verdad nuestro
relato, acabarán por imponerse. ¿Cuándo? Cuando esa mayoría lo
diga.
Decía
Bertrand Russell que
si en un momento histórico alguien inventa o descubre algo
importante para la humanidad, pero la sociedad no está preparada
para su comprensión, ese alguien es declarado loco o necio. Cuando
la sociedad está preparada para comprender ese descubrimiento,
cualquiera que lo comunique, ése y no el anterior, será tenido como
el auténtico inventor. Algo semejante sucede en la política. De ahí
la importancia del análisis, del tempo y de la comunicación.
Solo en una
sociedad donde el respeto intelectual sea la norma y los
descalificativos la excepción rechazada, habrá progreso político y
eficacia institucional. La verdad y coherencia de las diversas
opciones políticas radica en su praxis, no en la publicidad de sus
campañas electorales. Y tendrá credibilidad quien la haya adquirido
en su práctica política. Para un partido serio no debería ser
urgente la ocupación del poder sino la verdad de su teoría y de su
práctica. Otra cosa es que quien tenga urgencia sean los ocupadores
del poder. Pero eso no es política, eso es otra cosa.
Mariano Berges,
profesor de filosofía
sábado, 29 de marzo de 2014
ADOLFO SUÁREZ, MITO Y REALIDAD
Con ocasión
de la muerte y exequias de Adolfo Suárez,
se demuestra una vez más que en España no hay como morirse para ser
aclamado y hasta mitificado por muchos de los que posiblemente en
vida le habían vituperado. Cuánto nos gustan en España los
homenajes a los muertos. Y qué poco analíticos somos. ¿Tendrá
razón Freud cuando
hablaba del complejo de culpa en la muerte del padre? Pienso que sí,
especialmente en nuestra tradición judeocristiana. Pero casi
siempre, la verdad suele ser objetiva y tirando al gris. Suárez ni
fue tan malo antes ni tan bueno ahora.
Sin embargo,
sí que podemos usar a Suárez como un ejemplo de que la juventud
tiene un valor insustituible, aunque carezca de la escenografía de
los mayores. La audacia, la intuición y, sobre todo, una nueva
manera de entender la realidad, hacen que los jóvenes consigan
resultados rápidos en cuestiones de estilo, de fronteras, de
rupturas, en definitiva, de cambios rápidos y radicales. Otra
cuestión muy distinta son los momentos de gestionar la normalidad y
la cotidianeidad. Para ello hacen falta otros valores y capacidades
que avalen una gestión y un liderazgo de coordinación, sin los que
es imposible avanzar.
Suárez fue
un importante líder en un momento en que se necesitaba la audacia
propia de un joven ilusionado por pasar a la historia. Porque él era
consciente de que lo que hacía era histórico. Y esa convicción
funcionaba en él como una fuerza interior imparable. Pero también
hay que mencionar a Torcuato Fernández
Miranda por su gesto visionario al proponer
su nombre al Rey. Y al propio Rey por aceptarlo. Y, sobre todo, hay
que apuntar en el haber a toda la sociedad española, que estaba
ansiosa por ser un país normal. Y tampoco hay que olvidar a otros
líderes como Santiago
Carrillo y Felipe
González. En mi opinión, éstos son los
mimbres importantes de la ahora discutible y antes indiscutible
Transición.
Es original
la perspectiva que toma Javier
Cercas en su libro
“Anatomía de un instante” cuando habla de que son tres
“traidores” a sus orígenes -Suárez, Gutiérrez
Mellado y Carrillo- los que mejor representan
el enfrentamiento al golpe de Estado del 23-F. Son las verdades
paradójicas las que mejor suelen configurar la nueva realidad de los
cambios políticos y sociales. En el caso que nos ocupa, una persona
del franquismo, falangista, inferior en prestigio a otros personajes
del momento (Areilza,
Fraga, Silva…),
pero joven, audaz, sin nada que perder y todo por ganar, es el
elegido por las circunstancias para liderar el tránsito de la
dictadura a la democracia. Su talante abierto a todo y a todos, su
conocimiento de la etapa pretérita para desmontarla, su decisión,
su convicción y por qué no, su seducción, jalonaron con gran éxito
su primera etapa política. La Constitución de 1978 y los Pactos de
la Moncloa son logros suficientes para pasar a la historia. Y otros
logros, no menos importantes, fueron el Estatuto de los Trabajadores,
la legalización de todos los partidos políticos y la aprobación
del divorcio. Lo que hace de Suárez un estadista pionero y
progresista. Los logros que he citado tienen un sustrato común: su
carácter social y equitativo.
La segunda
etapa de Suárez, en versión hagiográfica, no debió existir. No
todo el mundo vale para todos los momentos y circunstancias. Cuando
llega la normalidad de la política y la necesidad ya no era no
romper, inventar, crear, sino gestionar, planificar, formar equipos,
aparece su déficit para ese tipo de capacidades. Ahí Suárez
pinchó, aunque también es verdad que acosado por todos los flancos,
especialmente por el suyo propio. Pero, sobre todo, fracasó porque
carecía de algo imprescindible en un país normalizado y que sí
tenían el PSOE y el PCE, un aparato orgánico que mantuviese el
esqueleto de un partido político. Suárez nunca tuvo partido
político. La UCD era una buena idea pero sin aparato que lo
sostuviese. Al PP le costó muchos años llegar a ser el partido de
la derecha española. La UCD no era suficientemente de derechas como
para consolidarse. La UCD era el centro geométrico, lo que
conllevaba su inviabilidad.
La figura de
Suárez aparece como un gran catalizador y exponente de la mísera
condición natural del ser humano. No se reconocieron sus méritos en
su apogeo y se le ninguneó en su etapa posterior. Ahora, muerto por
una enfermedad de alta sensibilidad social, se le mitifica. Haríamos
bien en aprovechar la circunstancia de la muerte de Suárez para
copiar algunos de sus valores, como racionalizar y dignificar la
política y fomentar una convivencia más equitativa en los costes
sociales a los que la crisis actual nos obliga. Quizás, de esta
manera, España no lideraría el ranking de los países por su
desigualdad social.
Mariano Berges,
profesor de filosofía
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