sábado, 12 de abril de 2014

LA VERDAD POLÍTICA

El debate político no es fácil y frecuentemente se convierte en un “diálogo de besugos” donde cada uno va a lo suyo, despreciando la estructura conversacional. John Locke decía que antes de discutir hay que acordar lo que significan los términos que vamos a usar en la discusión. Porque, de lo contrario, una misma palabra significa cosas distintas para uno y otro. Veámoslo en el ejemplo de palabras como liberal, izquierda, derecha, socialismo, igualdad, diferencia, progreso, justo, moral… y procedamos a su definición. Intentemos un debate sin prejuicios sobre la búsqueda del mejor modelo viable de sociedad para nuestro país. Realmente difícil. Incluso podríamos consensuar modelos de construcción teórica impecable que, en su materialización social, nos conducirían a realidades muy distintas.

Hay que partir de un hecho claro: estamos en un sistema de democracia representativa. Y aunque imperfecta y necesitada de renovación, nos tenemos que atener a las reglas del sistema. La verdad de cada sistema esta en su propio interior y no podemos valorarlo con las reglas de otro sistema. El núcleo duro de la democracia representativa es el hecho electoral por el que la representatividad se plasma según unas reglas que nos hemos dado. El sistema electoral también es perfectible, pero contando siempre con la representatividad proporcional de mayorías y minorías.

La división tradicional por épocas de nuestra historia no está mal trazada ni por sus características ni por los hechos históricos elegidos para representar el cambio de paradigma. Pero, a continuación, nos vemos obligados a matizar que la vida, el progreso y la verdad son conceptos muy complejos que superan los esquemas. Si moviéndonos en las grandes épocas y modelos es imposible su esquematización, y atenta contra la realidad cualquier relato con pretensión de exactitud y verdad objetiva, ¿qué puede suceder con el rabioso presente y su trepidante secuenciación de realidades, conceptos y verdades? Si nos ceñimos a los partidos políticos como grupos organizados de las distintas opciones acerca de la mejor organización social, la discusión racional entre los distintos discursos y relatos es prácticamente imposible. Pero hay que intentarlo, ya que así nos lo exige el cuerpo electoral que representa a la sociedad. ¿Dónde ponemos el criterio de verdad entre todos los relatos? Paradójicamente, y a pesar de su enorme complejidad, no es difícil: donde diga la mayoría social. Siempre ha habido un cierto vanguardismo político que “acierta” con las minorías y se equivoca con las mayorías. Las utopías y los paraísos han existido siempre. Y realmente han servido como referencias. Su peligro consiste en dogmatizarlos e imponerlos.

La razón política en una democracia representativa, nos guste o no, está en el hecho electoral, en el lado de la mayoría. Las demás opciones deberán intentar convencer de la bondad de sus relatos al cuerpo electoral. Es cierto que los medios y recursos están siempre en manos de los poderosos, pero ¿quiénes son los poderosos? En una sociedad de masas, de consumo, de libre opinión, desarrollada cibernéticamente, no hay mayor poder que la mayoría social. Lo que pasa es que el arte de la persuasión es lento y necesita de estrategia. Y liberarse de la manipulación y alienación exige formación crítica. En política no debería haber más urgencias que los derechos básicos de los ciudadanos, y no tanto quién gobierna o quién está en la oposición. Si somos coherentes y persuadimos a la mayoría social de la bondad y de verdad nuestro relato, acabarán por imponerse. ¿Cuándo? Cuando esa mayoría lo diga.

Decía Bertrand Russell que si en un momento histórico alguien inventa o descubre algo importante para la humanidad, pero la sociedad no está preparada para su comprensión, ese alguien es declarado loco o necio. Cuando la sociedad está preparada para comprender ese descubrimiento, cualquiera que lo comunique, ése y no el anterior, será tenido como el auténtico inventor. Algo semejante sucede en la política. De ahí la importancia del análisis, del tempo y de la comunicación.

Solo en una sociedad donde el respeto intelectual sea la norma y los descalificativos la excepción rechazada, habrá progreso político y eficacia institucional. La verdad y coherencia de las diversas opciones políticas radica en su praxis, no en la publicidad de sus campañas electorales. Y tendrá credibilidad quien la haya adquirido en su práctica política. Para un partido serio no debería ser urgente la ocupación del poder sino la verdad de su teoría y de su práctica. Otra cosa es que quien tenga urgencia sean los ocupadores del poder. Pero eso no es política, eso es otra cosa.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 29 de marzo de 2014








ADOLFO SUÁREZ, MITO Y REALIDAD

Con ocasión de la muerte y exequias de Adolfo Suárez, se demuestra una vez más que en España no hay como morirse para ser aclamado y hasta mitificado por muchos de los que posiblemente en vida le habían vituperado. Cuánto nos gustan en España los homenajes a los muertos. Y qué poco analíticos somos. ¿Tendrá razón Freud cuando hablaba del complejo de culpa en la muerte del padre? Pienso que sí, especialmente en nuestra tradición judeocristiana. Pero casi siempre, la verdad suele ser objetiva y tirando al gris. Suárez ni fue tan malo antes ni tan bueno ahora.

Sin embargo, sí que podemos usar a Suárez como un ejemplo de que la juventud tiene un valor insustituible, aunque carezca de la escenografía de los mayores. La audacia, la intuición y, sobre todo, una nueva manera de entender la realidad, hacen que los jóvenes consigan resultados rápidos en cuestiones de estilo, de fronteras, de rupturas, en definitiva, de cambios rápidos y radicales. Otra cuestión muy distinta son los momentos de gestionar la normalidad y la cotidianeidad. Para ello hacen falta otros valores y capacidades que avalen una gestión y un liderazgo de coordinación, sin los que es imposible avanzar.

Suárez fue un importante líder en un momento en que se necesitaba la audacia propia de un joven ilusionado por pasar a la historia. Porque él era consciente de que lo que hacía era histórico. Y esa convicción funcionaba en él como una fuerza interior imparable. Pero también hay que mencionar a Torcuato Fernández Miranda por su gesto visionario al proponer su nombre al Rey. Y al propio Rey por aceptarlo. Y, sobre todo, hay que apuntar en el haber a toda la sociedad española, que estaba ansiosa por ser un país normal. Y tampoco hay que olvidar a otros líderes como Santiago Carrillo y Felipe González. En mi opinión, éstos son los mimbres importantes de la ahora discutible y antes indiscutible Transición.

Es original la perspectiva que toma Javier Cercas en su libro “Anatomía de un instante” cuando habla de que son tres “traidores” a sus orígenes -Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo- los que mejor representan el enfrentamiento al golpe de Estado del 23-F. Son las verdades paradójicas las que mejor suelen configurar la nueva realidad de los cambios políticos y sociales. En el caso que nos ocupa, una persona del franquismo, falangista, inferior en prestigio a otros personajes del momento (Areilza, Fraga, Silva…), pero joven, audaz, sin nada que perder y todo por ganar, es el elegido por las circunstancias para liderar el tránsito de la dictadura a la democracia. Su talante abierto a todo y a todos, su conocimiento de la etapa pretérita para desmontarla, su decisión, su convicción y por qué no, su seducción, jalonaron con gran éxito su primera etapa política. La Constitución de 1978 y los Pactos de la Moncloa son logros suficientes para pasar a la historia. Y otros logros, no menos importantes, fueron el Estatuto de los Trabajadores, la legalización de todos los partidos políticos y la aprobación del divorcio. Lo que hace de Suárez un estadista pionero y progresista. Los logros que he citado tienen un sustrato común: su carácter social y equitativo.

La segunda etapa de Suárez, en versión hagiográfica, no debió existir. No todo el mundo vale para todos los momentos y circunstancias. Cuando llega la normalidad de la política y la necesidad ya no era no romper, inventar, crear, sino gestionar, planificar, formar equipos, aparece su déficit para ese tipo de capacidades. Ahí Suárez pinchó, aunque también es verdad que acosado por todos los flancos, especialmente por el suyo propio. Pero, sobre todo, fracasó porque carecía de algo imprescindible en un país normalizado y que sí tenían el PSOE y el PCE, un aparato orgánico que mantuviese el esqueleto de un partido político. Suárez nunca tuvo partido político. La UCD era una buena idea pero sin aparato que lo sostuviese. Al PP le costó muchos años llegar a ser el partido de la derecha española. La UCD no era suficientemente de derechas como para consolidarse. La UCD era el centro geométrico, lo que conllevaba su inviabilidad.

La figura de Suárez aparece como un gran catalizador y exponente de la mísera condición natural del ser humano. No se reconocieron sus méritos en su apogeo y se le ninguneó en su etapa posterior. Ahora, muerto por una enfermedad de alta sensibilidad social, se le mitifica. Haríamos bien en aprovechar la circunstancia de la muerte de Suárez para copiar algunos de sus valores, como racionalizar y dignificar la política y fomentar una convivencia más equitativa en los costes sociales a los que la crisis actual nos obliga. Quizás, de esta manera, España no lideraría el ranking de los países por su desigualdad social.

Mariano Berges, profesor de filosofía


















































sábado, 15 de marzo de 2014

ELECCIONES PRIMARIAS


Alberto Garzón, diputado de IU por Málaga, escribía hace poco tiempo un artículo sobre las elecciones primarias en los partidos políticos. Contenía elementos de gran interés, desde una perspectiva de izquierdas. En breve síntesis, decía no ser un entusiasta de las primarias abiertas mientras que propugnaba otros cambios en el sistema electoral español y en las decisiones internas de los partidos.

Las elecciones primarias son un mecanismo entre otros para elegir al mejor candidato. No olvidemos que ése y no otro es el verdadero objetivo. Pero no es el único mecanismo. ¿Por qué hay tanta obsesión por las primarias abiertas? ¿Recurren a ellas los partidos, y a través de ellas a la sociedad, porque ya no son capaces de seleccionar a sus propios líderes? Además, las primarias son solo para elegir al candidato principal. ¿Y qué hacemos con el resto de la lista? El debate no es fácil ni simple. Adelanto mi posición: soy partidario de las primarias cerradas, no de las primarias abiertas. Ahí van mis argumentos.

Efectivamente, el sistema de primarias abiertas podría ser objeto de fuertes manipulaciones, directas o indirectas, por parte de poderes fácticos, ajenos y hasta contrarios a la ideología del propio partido. Por otro lado, convertiría en irrelevante la condición de militante de un partido, cuando es su esencia orgánica. El militante es una persona que entra en un partido para participar en la creación de una opinión organizada y de un proceso de toma de decisiones. Es libre la pertenencia a un partido. Aunque no fue posible durante cuarenta años en los que los partidos estuvieron prohibidos. La función de los simpatizantes y afines de un partido es ayudar, desde una posición de opinión crítica-constructiva, pero no tienen porqué participar en las votaciones internas. Igual que sucede en cualquier organización o Consejo de Administración. Otra cuestión muy distinta es preguntarse si hay verdadero interés en los partidos por potenciar el papel activo de los militantes.

El sistema de primarias cerradas, aunque tiene sus dificultades, especialmente en todo lo relativo a la transparencia del mecanismo, me parece un buen sistema porque da la palabra directamente a los militantes miembros de la organización. Aunque el mecanismo deberá pulirse mucho cuando los partidos se democraticen más y se imponga el interés general al particular. Interés particular que no tiene porqué diluirse sino articularse en buena armonía con el interés general. Las falsas modestias son peligrosas. Si alguien se propone -o se deja proponer- para ocupar un puesto de responsabilidad pública, es porque en su fuero interno se cree capacitado y con motivación suficiente para hacerlo bien. Incluso mejor que otros compañeros que también se pueden presentar. Esta es la esencia de la democracia. Un partido está integrado por aquellas personas que, compartiendo una ideología y un modelo de sociedad, elaboran una estrategia para la transformación social. Y todo ello con unas prácticas democráticas y de participación de toda la militancia. En plena desafección política, los partidos, lejos de ponerse a la defensiva, deberían intensificar los debates internos, la formación y la participación de sus militantes.

Las primarias abiertas, aparte de ser una moda peligrosa, invierte los intereses ideológicos de un partido político. Unas primarias abiertas parecen que no quieren transformar la sociedad desde los presupuestos ideológicos del partido en cuestión, sino que más bien escuchan la demanda de la mayoría social para adaptar la oferta partidaria y así poder gobernar. Lo que no está mal. Pero puede dejar sin sustancia los presupuestos políticos que deben hacer de levadura en la masa social. Quizás las primarias abiertas sean un buen mecanismo para llegar a gobernar y no tanto para transformar la sociedad. Porque un partido concebido ideológicamente no sólo se limita a escuchar las demandas de la ciudadanía sino que también trata de cambiarlas.

En el caso de España, los partidos de derechas no tienen ninguna necesidad de hacer primarias porque sintonizan suficientemente bien con la mayoría social, que no olvidemos es conservadora. Sea pues bienvenida la práctica de primarias (cerradas) en el PSOE de Aragón. Hágase un ejercicio limpio de las mismas y acéptese el resultado democrático de sus militantes. Por cierto, parece ser que mi nombre ha aparecido como avalista de dos candidaturas. Alguien ha hecho trampa, yo solo avalé a Lambán. Los autores de estas marrullerías intentan manchar un proceso, un partido y a un candidato.

¿Qué hago yo, inorgánico e inapetente a lo orgánico, loando la organicidad política? Porque es imprescindible, a pesar de su mala prensa y su trabajo poco poético.

Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 1 de marzo de 2014

ESTABILIZACIÓN DE LA CRISIS

Hoy vamos a jugar a política futurista. La crisis en la que estamos inmersos podría parir criaturas nuevas e inéditas hasta ahora. Por ejemplo, y aunque estamos lejanos, en las próximas elecciones generales de 2015, y dependiendo de la matemática electoral resultante, podría darse una “gran coalición” PP-PSOE. Aunque esto suene hoy como algo imposible y hasta negativo, podría ser algo necesario por causas internas y externas a la propia España. Cualquier cosa menos inestabilidad, dirá Bruselas. Alemania ya lo ha hecho.
Este podría ser el hecho. Otra cuestión distinta es el análisis del hecho. Todo dependerá de la perspectiva en que nos situemos y las prioridades que barajemos. Quedan casi dos años y pueden cambiar algunas cosas. Personalmente, pienso que no van a ocurrir demasiados cambios ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. En España se va a fragmentar el voto electoral en bastantes partidos, dadas las variadas sensibilidades que han aflorado con la crisis, que habrá que cambiarle el nombre porque está pasando de crisis -siempre provisional por principio- a situación estable.
Esta nueva situación tendrá como características más notables: depauperación creciente y estructural, juventud cualificada y tecnificada, mentalidad antisistema moderada -tanto desde la izquierda como desde la derecha-, relativismo ideológico, paro estructural, adelgazamiento del Estado, valor meramente instrumental de las instituciones públicas, ausencia de discurso social vertebrador, creciente importancia de Europa en las decisiones nacionales, tensiones territoriales e ideológicas con el modelo autonómico de fondo, populismos nacionalistas crecientes, etc.
El modelo neoliberal está en fase de consolidación y la dialéctica política se va a mover entre la derecha y la socialdemocracia, con matices y extensiones en ambos lados. Dependerá de la fuerza (fruto de las elecciones) de unos u otros para que la balanza se incline en un sentido u otro. La alternativa radical y global nos vendrá de fuera del actual mundo desarrollado: países emergentes y también de Sudamérica y África. Si los países islámicos consiguen separar la política de la religión, serán una referencia importante en el concierto global. Sin olvidar nunca a la nueva potencia de la Rusia de Putin. Y, como no, de Estados Unidos.
En definitiva, van a tener poca importancia los aspectos internos nacionales, incluida la ideología política, y van a ser los factores internacionales los que van a configurar el nuevo modelo globalizado. Los calificativos de peor o mejor son irrelevantes, el calificativo significativo será “diferente”, radicalmente diferente.
Dentro de este modelo neoliberal, uno de los “logros” fundamentales del PP ha sido la Reforma Laboral, cuyos efectos se van consolidando en España: paro, precariedad, inseguridad y pobreza son su traducción humana. Otros lo llaman economía competitiva. La derecha actúa con determinación y, a la vez, con ideología. La prueba es que ha calado fuertemente en la opinión pública la idea de que no hay alternativa a lo que el PP está haciendo, ya que la época en que el Estado de bienestar funcionaba era propio de gobiernos despilfarradores que gastaban lo que no tenían. De aquello barros estos lodos. Y en esto andamos, en un maniqueísmo de unos despilfarradores izquierdistas frente a otros eficaces gestores conservadores. Y esta idea tan simple de que para ser competitivo se tiene que flexibilizar el mercado laboral y acabar con el modelo social, se ha hecho potente porque los voceros mediáticos conservadores la reiteran hasta la saciedad.
La izquierda ha perdido el debate dialéctico de las ideas en esta crisis porque ha perdido la razón moral. Su discurso, si existe, tiene poca credibilidad ya que no plantea una lucha frontal contra el “statu quo”, que acepta y en el que solo se dedica a gestionar las consecuencias. Una política que no se eleva hasta las causas y solo se dedica a gestionar las consecuencias, nunca se convertirá en motor de la historia. Y las causas fundamentales son dos: la disminución del papel del Estado y la consecuente desregularización de los mercados.
Establecidas las causas y las consecuencias, solo queda la acción política, que debería traer como consecuencia la transformación económica y, en un segundo momento, el cambio social. La Europa social que pretendemos no puede caer en la trampa de la competitividad con países que no respetan los derechos humanos. Y esa actitud se llama política, no economía. Si tenemos que aceptar el capitalismo, al menos negociemos su reestructuración, que la economía productiva no sea suplida por la economía financiera y especulativa.

Mariano Berges, profesor de filosofía

viernes, 14 de febrero de 2014

ESCEPTICISMO OPTIMISTA


Recientemente he impartido minicursos de filosofía en algunos colectivos políticos y vecinales y he detectado un fuerte pesimismo sobre la situación actual. Y no solo pesimismo, también desmoralización. La crisis actual es también moral en los dos sentidos, anímico y ético. La crisis económica que padecemos sería más llevadera si hubiera al frente de la sociedad unas instituciones y unos dirigentes dignos que tuviesen credibilidad para pedir sacrificios a la ciudadanía. Es obvio que los cinco años que llevamos soportando la crisis dan razones más que suficientes para el pesimismo y el escepticismo (diferenciar los dos conceptos: el primero es anímico y el segundo, racional). Sin embargo, es una exageración afirmar que nunca hemos estado tan mal. Incluso algunos comparan en negativo ésta con otras épocas anteriores. Yo sostengo que nunca España ha disfrutado de un bienestar como en los últimos treinta años. Otra cuestión es la regresión de los últimos cinco años



Si queremos comparar épocas hay que tener una equilibrada perspectiva histórica y que la comparación sea entre secuencias temporales significativas. La crisis actual, que, reitero, es sistémica y, por lo tanto, significa un final de ciclo en todos los órdenes de la vida, exige un cambio de paradigma y, en consecuencia, un cambio de mentalidad para adaptarnos al nuevo modelo, cuyas características intuimos pero aún desconocemos. Las explicaciones simplistas de lo malos que son los bancos, los mercados, los políticos, los…, son simplificaciones groseras de una realidad compleja. Porque es cierto que lo que está pasando en el mundo desarrollado occidental ha tenido causas perfectamente explicables. Entender la crisis como el rapto de la política por la economía es no entender lo que está sucediendo. Es la política la que se ha dejado secuestrar por la economía para justificar su dejación de responsabilidades.



El siglo XX ha sido un siglo muy frágil sociopolíticamente. Sus notas más destacadas son dos guerras mundiales; el fracaso de la Sociedad de Naciones; el fracaso de la ONU, que evita las guerras en el primer mundo a costa de exportarlas a otros lugares estratégicamente seleccionados; el fracaso del modelo económico-político comunista y su desmoronamiento en 1989. Todo ello, más la revolución cibernética, obliga a una recomposición geoestratégica mundial. De ahí la globalización. Y ésta es la característica más profunda del momento actual. Depende de quién dirija la globalización, la estrategia que siga y la prioridad en sus objetivos, tendremos una globalización positiva o negativa para los intereses de las mayorías. Es el modelo de globalización lo que hay que modificar.



Por todo ello, y en línea con Gramsci, me declaro un escéptico optimista, escéptico cuando razono y optimista cuando actúo. Hay que dejar de mirarse el ombligo y trabajar por el futuro, que es la mejor manera de trabajar por el presente. Hay que regenerar todos los organismos y mecanismos que han sido útiles hasta ahora, sobre todo las instituciones públicas, de las que el Estado opera como clave de bóveda. Ellas son el fundamento de todo lo demás. Es urgente la regeneración institucional. Y para que esto sea posible hay que cambiar de mentalidad. La creencia de que nos han quitado lo que nos correspondía y nos lo tienen que devolver, es una creencia infantil que no resiste una mínima prueba racional.



Los humanos hemos inventado muchas cosas para nuestro desarrollo científico, económico y social. Entre ellas, la política. Sucede que el formato político actual no sirve para un futuro que ya está aquí. La desafección y la protesta social no son más que un indicio de que la solución no es la que estamos aplicando, aunque todavía no sepamos cuál sea la correcta. Los partidos políticos, los sindicatos y todas las organizaciones sociales pasan por una transición dura hacia la búsqueda de su nueva identidad y andan a la búsqueda de un discurso y un programa que se resisten. Pero han perdido el sentido de Estado: un Estado fuerte, racional, justo distribuidor de las plusvalías económicas y garante de una igualdad básica para todos. Parodiando a Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió el Estado? Por eso, en esta situación, y dada la tozudez de las cúpulas en no modificar su estrategia, ya sea por ignorancia o por interés, yo optaría por una opción biológica: incorporar a los jóvenes a la estructura en que se toman las decisiones. Ellos, a pesar de su lógica inexperiencia, poseen una nueva forma de mirar y están, por lo tanto, facultados para configurar otra cosmovisión, un futuro nuevo que, además, es el suyo. Los jóvenes no son un problema, sino la solución a nuestros problemas.



Mariano Berges, profesor de filosofía



sábado, 1 de febrero de 2014

NUESTROS HIJOS EUROPEOS

Nuestros hijos piensan radicalmente distinto que nosotros, sus padres. ¡Menos mal! Porque si tuvieran nuestra visión, configurada por conceptos como el paro, la seguridad, un proceso vital que ha ido de malo a bueno, con garantías sociales como la educación y la sanidad, que nos ha permitido una cierta comodidad denominada Estado de bienestar, y percibieran que todo esto está desapareciendo, su angustia vital sería peligrosa. La prolongada duración de la crisis económica ha provocado cambios radicales en la mentalidad de los jóvenes, que se enfrentan a su futuro con una mayor incertidumbre que las generaciones de sus padres. La juventud actual manifiesta especial preocupación por la denominada crisis del contrato social, que se puede formular como que si los jóvenes se forman correctamente la sociedad les garantiza una integración social digna cuando sean adultos. Sin embargo, el desempleo actual, las dificultades para la emancipación y la inseguridad en su futuro cuestionan ese contrato. Los jóvenes empiezan a dudar de la firmeza de ese contrato social.

Actualmente, el paraguas familiar está evitando la tragedia y la explosión social por parte de la juventud pero también está ocultando la realidad presente y futura. Los jóvenes tienen un conocimiento teórico sobre la crisis actual pero carecen de un conocimiento empírico y existencial, que es el enganche vital con la realidad. Han oído hablar del Estado de bienestar, incluso hasta lo han saboreado, pero todavía no han sentido en sus carnes la carencia del mismo. Su temor sobre la desaparición del Estado de bienestar es teórico y de prospectiva, pero aún no lo sufren. Las chicas de treinta y tantos años ya empiezan a dudar de su posible maternidad, dada su inestabilidad laboral y/o geográfica, tanto de ellas como de sus parejas. Si a ello añadimos que para muchos su futuro está en el extranjero, esta percepción se va confirmando.

Todo ello ocasiona en los jóvenes una adolescencia demasiado prolongada. La madurez y la autonomía solo se consolidan con la emancipación económica y física del hogar paterno y con unas condiciones dignas de trabajo y de confort. Si estos parámetros no existen, o tardan a existir, la visión fatalista del futuro comienza a aparecer, lo que puede ocasionar un deterioro físico y psíquico. ¡Que diferencia con la generación de sus padres, que sabíamos que nuestro trabajo en formarnos iba, casi seguro, a tener un final feliz. Nuestra vidas han caminado en un proceso progresivo de peor a mejor, lo que, psicológicamente, es lo mejor que le puede pasar a una persona. Sin embargo, el proceso inverso, que parece va a ser el de la juventud actual, que no van a superar a sus padres ni económicamente ni culturalmente, como sería lo natural, va generando en ellos un cambio de modelo existencial de mera supervivencia individual e individualista que va en perjuicio de ellos mismos y de la propia sociedad en su conjunto, que no se va beneficiar de las mejores energías juveniles. Si a ello añadimos que nuestra generación ocupa la casi totalidad de los puestos apetecibles en todos los ámbitos, nuestra responsabilidad como conjunto social, por comisión o por omisión, nos debería avergonzar.

Esas manifestaciones, y realidades, de que cualquier joven aceptaría cualquier trabajo, en cualquier sitio y por cualquier precio, supone la mayor degradación humana que podemos permitir. No sirve echar la culpa a los políticos y a los banqueros. Todos somos responsables, porque todos debemos ser políticos en el sentido griego de coadyuvar al justo desarrollo de la ciudad-estado. Todos, jóvenes y mayores, debemos armonizar las acciones formalmente legales (votaciones) con las menos formales (movilizaciones y movimientos sociales) para modificar la situación actual y, más aún, la situación que se vislumbra.

Precisamente, en breve tendrán lugar unas elecciones europeas en las que se va a elegir un Parlamento que, hasta ahora, ha dado muy poco juego y ha sido una especie de balneario donde los partidos políticos enviaban a sus egregios y viejos militantes. Pero el Parlamento Europeo debe ser la herramienta idónea para la modificación de esta realidad que es ya más europea que española. Europa es nuestra grandeza y nuestra miseria, porque el viejo proyecto federal europeo debe reaparecer frente a esta Europa de los mercados. Votemos para cambiar Europa y así cambiar nuestras vidas. No cometamos el error de perspectiva de que estas elecciones no van con nosotros.

Conclusión: nuestras vidas también dependen de nosotros mismos. Actuemos para que otros actúen. La pasividad y el “no hay nada que hacer” son nuestros peores enemigos.

Mariano Berges, profesor de filosofía


viernes, 17 de enero de 2014

Votamos Europa


Me excuso por autocitarme: “La próxima campaña electoral europea debería ser casi tan importante como la campaña española. Reivindicar la Europa de los ciudadanos y no solo la del euro. Desvelar y denunciar la nueva revolución conservadora, mutiladora del Estado de bienestar, del que predica su inviabilidad y propicia la idea-valor del “sálvese quien pueda”. Pero Europa no es solo una palabra, ni siquiera es solo un territorio, Europa es también un concepto, una idea moral, que inventa la Modernidad, la Ilustración, los Derechos del Hombre, el Estado de bienestar. Europa es la civilización europea, el modelo europeo que ha producido los mejores logros políticos y éticos de la humanidad. Lo más grave de lo que hoy está sucediendo no es tanto la famosa crisis financiero-económica sino todo un cambio de valores, criterios y parámetros que conllevan un radical cambio social hacia un empobrecimiento material y mental. Y esto se está haciendo desde una política ultraconservadora europea y española”. (artículo en “El Periódico de Aragón”, de fecha 17.3.12).


Sin embargo, a pesar de la estructura poco democrática de la toma de decisiones en la UE, la composición del próximo Parlamento es muy importante, como también lo es la votación de los candidatos para Presidente de la Comisión. Nos jugamos mucho en las elecciones del próximo mayo. En la nueva legislatura deberán tomarse decisiones significativas en materia económica. No está nada claro que una mayor liquidez monetaria signifique cambios positivos en producción y creación de puestos de trabajo, pues las plusvalías se volatilizan rápidamente en beneficios financieros y privados.

Si en la dictadura franquista veíamos a Europa como nuestro oasis salvador, y en 1986 nos hicimos europeos de fondo y forma, la realidad actual europea la percibimos como una amenaza a ese Estado de bienestar que la propia Europa nos posibilitó. Por lo que un cambio de rumbo a escala europea es imprescindible, pues la salida nacional-estatal no es válida en un capitalismo globalizado y financiero. Sí que cabe, y ahí están las elecciones, otra política más democrática y participativa que configure el marco en el que las decisiones económicas sean reguladas y supeditadas al bien general, lo que no es contradictorio con un beneficio privado legítimo y suficiente. Porque en Europa está aumentando la desigualdad entre países ricos y pobres y entre ciudadanos ricos y pobres. Y también aumenta la fuerza de los movimientos xenófobos, nacionalistas y excluyentes.

Ante todo esto, solo cabe una política progresista más decidida a favor del concepto originario de Europa, la de los pueblos y los ciudadanos, en la que el capital sea un instrumento para el bienestar social. Si optamos por la permanencia en Europa, ¿procede una alternativa radical o moderada? Pienso que lo importante es el sustantivo y no los adjetivos. Lo que hace falta es que sea alternativa viable y eficaz. Ser más radical no significa ser más eficaz. Ser radical en una dictadura tiene sentido, equivale a resistir. En una democracia no es tanto cuestión de resistir sino de construir modelos y ponerlos en práctica con el apoyo de una mayoría social que nunca seguirá una política radical.

Otra cuestión a considerar es si en unas elecciones europeas se vota en clave nacional. Sí y no. Inevitablemente, los partidos políticos van abusar en su campaña de enfrentamientos en los asuntos nacionales y, desde luego, la lectura posterior la van a extrapolar a las elecciones españolas. Si gana el PP lo venderá como una ratificación social a su política nacional. Si vence el PSOE hablará de resurrección. Y si suben los partidos minoritarios, será una constatación del cambio de ciclo electoral que predican. Las posibles listas que puedan surgir desde los movimientos sociales, dudan entre dar el paso hacia la nada o tratar de influir en los partidos. Yo les recomendaría lo segundo y seguir fortaleciendo sus propios movimientos. Sin embargo, los ciudadanos saben distinguir. Una abstención mayoritaria, por ejemplo, sería muy grave para la salud democrática. Una gran dispersión del voto supondría una lectura muy concreta y negativa para los partidos mayoritarios.



Lo ideal sería que la campaña electoral fuese en clave europea, que los ciudadanos españoles votasen en clave europea y que los efectos sirviesen para un cambio de modelo en Europa: que la tecnocracia y el elitismo se transformase en una mayor participación ciudadana y que esto se tradujese en una mayor influencia del parlamento europeo en la toma de decisiones. Al elegir al Presidente europeo damos un paso importante en la buena dirección.



Mariano Berges, profesor de filosofía

viernes, 3 de enero de 2014

EL CAMBIO INSTITUCIONAL ES IMPRESCINDIBLE

Creo que, a estas alturas, está suficientemente claro que la famosa crisis es una espléndida coartada para el auténtico objetivo, que no es otro que el cambio de modelo social en España y en Europa. Si analizamos con detenimiento los discursos públicos podremos observar que lo importante no es lo que explicitan, la crisis económica, sino lo que no dicen en el discurso pero lo hacen todos los días, las modificaciones-recortes en el modelo social habido hasta ahora. La sociedad asiste al espectáculo con una resignación propia de quien ha interiorizado que no hay alternativa posible a lo que nuestros mandatarios están haciendo.




Pero sí que hay alternativa, difícil pero posible. Es más, la única postura digna en las actuales circunstancias es la rebelión contra el aniquilamiento de lo público que está teniendo lugar. Las claves de la alternativa no pueden ser ajenas a las organizaciones políticas y sindicales. Pero estas dignísimas e imprescindibles organizaciones hay que renovarlas radicalmente. Voy a fijarme hoy no tanto en su estructura organizacional como en el ejercicio que hacen cuando llegan a las instituciones. Porque no hay que olvidar que lo que realmente incide en la vida de los ciudadanos son los actos de las instituciones y no los discursos de los políticos. Y, sin embargo, no oigo nunca a los partidos decir cómo ejercerán sus mandatos si llegan al poder. Sí que hablan de lo que harán… si pueden o si las leyes lo permiten o si las instituciones lo posibilitan. Muchos políticos llegan a las instituciones y siguen discurseando como si no estuvieran ya en el momento de aterrizar y traducir en actos, normas y resultados sus discursos anteriores. Sus fracasos en las instituciones frecuentemente los achacan al Secretario, Interventor o funcionarios en general, que “no colaboran en el logro de los objetivos políticos”. Pero lo que realmente sucede es que esos objetivos políticos no existen o no están bien formulados o bien secuenciados o bien programados.



Estoy hablando de la transformación de las instituciones españolas, del cambio que debe operar en su interior para que todas las excrecencias y corrupciones conocidas al rebufo de la crisis se conviertan, si no en imposibles al menos en excepcionales. Para ello hay que examinar dos vectores. Uno externo, el castigo de las leyes a los infractores y corruptos, que debe ser rápido y ejemplar, tanto por parte de los organismos judiciales y penales como por parte de las propias organizaciones a las que pertenecen. Y otro interno, el cambio político-técnico que debe darse al interior de las instituciones para que desde ellas se alcance con eficacia y eficiencia los objetivos previstos para la mejora de la sociedad y sus ciudadanos. Ambos vectores son imprescindibles, el primero para que la falta o delito de los cargos públicos nunca quede impune o salga excesivamente barato. Y el segundo, el más importante, porque sin una institución con visión estratégica que camine hacia el futuro desde parámetros socialmente avanzados, no hay posibilidad de desarrollo social.



Para conseguir este cambio o transformación institucional son más importantes los líderes institucionales que los orgánicos. Todo es necesario, movimientos sociales y partidos, pero la estrategia y el rigor institucional son imprescindibles si se quiere traducir la política en acción transformadora para la sociedad y los ciudadanos. Es curioso que tras 35 años de orden constitucional, no existe un modelo de Estado ni de Autonomía ni de Ayuntamiento. Curiosamente, el momento más “modélico” y planificado es el actual por su eficacia y eficiencia en la consecución de sus objetivos (nefastos, por cierto).



Los ciudadanos son la razón de ser de sus representantes políticos, especialmente en el caso de los concejales y alcaldes. Esta idea debe ser interiorizada y permanentemente revisada en su cumplimiento. Pero también hay que saber que la gestión institucional requiere de una gestión profesionalizada y compuesta por políticos y técnicos. La interrelación de ambos debe ser estrecha y cordial. Los dos sectores deben hacer confluir sus capacidades y dedicación en el logro de los objetivos políticos de la institución. Y el mejor instrumento para ello es la planificación estratégica de la institución, que no es otra cosa que la conexión inteligente del presente que tenemos con el futuro que añoramos. Y esto es válido tanto si gobiernas como si estás en la oposición. Porque la oposición pertenece dialécticamente al gobierno de la institución, ya que es la responsable de exigir a sus rivales políticos el cumplimientos de su programa, y no tanto la descalificación permanente.



Mariano Berges, profesor de filosofía







sábado, 21 de diciembre de 2013

¿ES EUROPA LA SALIDA DE LA CRISIS?


El problema teórico de la situación actual no es tanto de diagnóstico como de propuestas. No es agradable estar haciendo siempre de agorero y que no asome una ligera esperanza en el horizonte. Pero es profunda deshonestidad intelectual hablar de que la crisis se acaba. Decía J. Barnes que “Para obtener una reputación de lucidez hay que ser un pesimista que predice un final feliz”. No me atrevo yo a tanto. La globalización financiera de los mercados es tan abrumadora que los discursos progresistas, en su más amplio espectro, no transcienden la retórica.
No obstante, vamos a intentar cumplir con una mínima ética analítica y forzar alguna esperanza. ¿Es Europa la palabra clave? Actualmente, hay socialismo en los gobiernos de Alemania, Italia, Francia y no muy tarde posiblemente en Inglaterra. ¿España también? Ojalá. Estamos hablando de los principales países europeos y, sin embargo, no hay ninguna garantía de algún cambio positivo y significativo en el cambio de rumbo. ¿Se ha convertido Europa en una región irrelevante en la nueva globalidad? ¿Tiene Europa margen de maniobra para aplicar políticas distintas al neoliberalismo imperante? Ya sé que son muchos interrogantes, pero esta vez no son retóricos sino reales. La pregunta está bien hecha. La respuesta la ignoro.
Esta situación se parece mucho a la época alejandrina que surge en Grecia en los siglos IV y III a. C. Los griegos pasan de ser ciudadanos de la ciudad-estado ateniense a ser súbditos del imperio alejandrino. Los nuevos pensadores abandonan las grandes cuestiones para refugiarse en la individualidad ética. La política queda aparcada. La magnitud del imperio alejandrino hace imposible cualquier intento de influir en la nueva sociedad. El Jardín de Epicuro y la Stoa de Zenón son las nuevas escuelas. Actualmente, en España, estamos transitando de la condición de ciudadanos a la de súbditos, y además sospechosos (cf. Ley de Seguridad). La individualidad del sálvese quien pueda cada día es más palpable, a pesar de la escenografía benefactora que hemos montado, a la manera de cuidados paliativos que hacen menos sufriente la agonía. Hemos pasado del Estado de bienestar al Estado de beneficencia.
Hoy no toca hablar de la etiología de la crisis en España, por obvia y reiterada. Hoy propongo pensar en todo lo que tenemos pendiente: democratización de los partidos políticos, lucha contra la corrupción, defensa de lo público, igualdad de todos los españoles, regeneración de las instituciones y mejora de su gestión. En definitiva, cómo salir de las crisis varias que nos rodean. Todo ello se conseguirá más eficazmente con una mayor integración europea. Al menos, éste era nuestro horizonte político hasta ahora. Pero, ¿qué Europa nos espera? Los españoles, tras la dictadura, hemos conocido dos Europas: la primera es la incipiente y prometedora Europa de los años setenta y ochenta, que los españoles mirábamos con asombro y sana envidia y la percibíamos como la solución a todos nuestros males; la segunda es la que surge tras 1989 (caída del muro de Berlín y consiguiente monopolio capitalista) y que prosigue en la actualidad. Los objetivos que hoy se plantean pasan más por el control de los mercados financieros que por la puesta en marcha de un pacto europeo por un modelo social avanzado. Europa hoy es más económica que política. Para los españoles de hoy, Berlín o Bruselas son más decisorias que Madrid. Y las relaciones entre los Estados de la UE son más de tipo colonial que federal, con la consiguiente pérdida de su vertebración política, pues el poder radica fundamentalmente en el BCE.
¿Se decidirá Alemania, con su flamante y fuerte gobierno de gran coalición, a ejercer la hegemonía europea con decisión y generosidad? ¿O seguirá actuando más por omisión que por decisión? Sin duda, era más eficaz el eje franco-alemán de los ochenta que la soledad alemana actual. En definitiva, la ausencia de un liderazgo firme e integrador en Europa esta ralentizando y tergiversando el espíritu inicial de la UE, aquél que aspiraba a la configuración de los Estados Unidos de Europa.
Para finalizar, conecto con lo dicho en el segundo párrafo: la presencia actual del socialismo en los gobiernos de los principales países europeos debería suponer un salto cualitativo en la configuración política de la UE en pos de una dimensión social de la que ha carecido hasta ahora. Algo parecido a esa Europa que era Idea, Sueño y Proyecto en sus inicios. De lo contrario, la esperanza se habrá esfumado definitivamente y la ruptura de Europa y del euro se percibirá como la única posibilidad de supervivencia. Como en la época alejandrina.
Mariano Berges, profesor de filosofía


domingo, 8 de diciembre de 2013

LA CONSTITUCIÓN, EL PSOE Y CATALUÑA


La Constitución española (CE) de 1978 es la más democrática de todas las que ha tenido España. Por el fondo y por la forma. El Título I, de los derechos y deberes fundamentales, es una espléndida síntesis de los derechos humanos y sociales más avanzados. La forma consensuada de su elaboración, el clamoroso resultado de la votación en el Parlamento y el Referéndum del pueblo español dan fe de la forma solemnemente democrática con que se aprobó. El ejemplar proceso de su elaboración no es ajeno a la ruptura con los cuarenta años de dictadura franquista. Los españoles añoraban una constitución democrática y la tuvieron en plenitud. Pero la crisis que nos invade, y su malestar generalizado, propicia tambores de guerra en muchos campos. Y el texto constitucional se instrumentaliza por muchos para solventar unos problemas que son claramente políticos y no tanto constitucionales, especialmente en todo lo relacionado con el Título VIII, de la organización territorial del Estado.

Si observamos la pluralidad de opiniones, de juristas, políticos y todo tipo de expertos, vemos que los hay en ambas posiciones, por un lado los que abogan porque la CE tiene ya 35 años y que los cambios en la sociedad han sido tan numerosos e importantes que necesita una adaptación. Y efectivamente, hay motivos razonables para pensar que ciertos aspectos de la Constitución deben ser modificados, porque algunas instituciones políticas acusan desde hace años notorios defectos que exigen cambios profundos. Hay casos claros: ciertos aspectos de las autonomías territoriales, el sistema electoral o la injerencia política en el poder judicial. Por el contrario, hay otros expertos que argumentan que no es necesaria modificación alguna y que las disfunciones que haya se pueden paliar con modificaciones legales sin tocar el texto constitucional.

A todo ello hay que añadir los amagos separatistas de Cataluña como órdago de una inicial postura reivindicativa de mayores recursos económicos (el pacto fiscal). Ante el ruido mediático que rodea toda la parafernalia nacionalista catalana, los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, han tomado posiciones porque a los dos les está afectando electoralmente la deriva del estallido catalán. El PP se recentraliza en su silencio negador de cualquier diálogo que haga sospechar la mínima duda sobre su oposición al intento secesionista. El PSOE tiene un añadido que se superpone al relato central, ya que el PSC, su marca en Cataluña, navega por aguas ambiguas, con el “derecho a decidir” por bandera. En consecuencia, el propio PSOE se divide internamente sobre la relación orgánica con su marca catalana, dada la debacle actual del PSC en los sondeos electorales y su fuerte incidencia para que el PSOE pueda gobernar mañana en España.

Como solución, el PSOE adopta una postura intermedia: una reforma federal de la Constitución que solvente de una tacada el modelo territorial, el problema catalán y hasta ciertas carencias que la crisis ha aflorado, como el blindaje de la sanidad como derecho básico. De esta manera, el partido socialista piensa salir de su estancamiento electoral y tomar la delantera progresista. Indudablemente será la base de su próximo programa electoral. Y sería maravilloso que todos los partidos españoles, una vez solventadas todas las crisis que nos afectan, se pusieran manos a la obra en la tarea pendiente de modificar la CE, con serenidad y tiempo por delante. No es urgente. Siempre que no haya chantajistas que jueguen con las urgencias.

No cabe duda que la jugada es de alta calidad. Pero el problema viene por el lado de su viabilidad. ¿Es serio que un partido con vocación de gobierno proponga algo actualmente inviable en la vida política española como es una modificación en profundidad de la CE? En medio de tanta incertidumbre, aporto mi humilde opinión: abogo por dejar a la Constitución tranquila y centrar nuestras energías en mejorar la eficiencia de las administraciones, de los bancos, de las empresas y de los ciudadanos, que eso y no otra cosa es el meollo de nuestra crisis. En estos momentos, el problema más urgente e importante es propiciar un rigor económico e institucional a este país que se desangra por su propia ineficiencia. Además, el problema principal que tiene nuestra Constitución no es por déficit de contenido sino por incumplimiento en aspectos esenciales: trabajo, vivienda, igualdad… Nos quedaría el problema catalán. Recuerdo que el problema vasco era más sangrante, en su propia literalidad. Y se solucionó. Bueno, pues que los catalanes aguanten su vela, su cruz y su responsabilidad. Que hablen entre ellos (políticos y sociedad) y que piensen los dos partidos más negativamente afectados (CIU y PSC) si no están haciendo el caldo gordo a separatistas y centralistas.

Mariano Berges, profesor de filosofía