Hoy toca hablar bien de un político:Alfredo Pérez Rubalcaba. El punto de partida de este artículo es la entrevista a Rubalcaba aparecida en el diario El País de fecha 21-7-2013. Se trata de una entrevista muy extensa. El contenido es muy bueno, tanto las preguntas (incisivas) como las respuestas (directas y concretas). El entrevistado sale con nota alta y en cuestiones importantes marca la dirección del PSOE con claridad y tempo.
Como en cualquier entrevista o texto la interpretación depende en gran manera de la mente del comentarista, elemento subjetivo que pone orden (su orden) en el caos objetivo. Y los aspectos a tener en cuenta son varios. El periodista (que a su vez es el director) hace una entrevista oportuna y bien realizada técnicamente. El diario se impone como el más importante de España, aún con un tinte de sesgo tutelador del momento actual. Y el entrevistado tiene una actuación sincera, inteligente, humilde y con sentido de futuro. Rubalcaba aparece como el valor más importante del PSOE, tanto en el presente como en el futuro más inmediato. En definitiva, se trata de una entrevista importante, en un diario importante y, sobre todo, muy esclarecedora sobre asuntos que, hasta el momento, solo había habido manifestaciones muy obvias y genéricas.
Como valores transversales en la entrevista me interesa resaltar los siguientes: 1) El entrevistado aparece como un político fuerte y contrastado, con ideas y con flexibilidad, con un talante claro de izquierda socialdemócrata. 2) Se trata de un discurso fuerte y muy pegado a la realidad del momento. Las dudas y condicionantes que plantea, lejos de indicar tibieza indican fortaleza y humildad científica. Y, sobre todo, cuenta con la participación de los demás elementos del problema. 3) La empatía y la apertura a otras izquierdas queda abierta, aunque el PSOE siempre es y debe ser un partido de gobierno, independientemente de que gobierne o no. 4) Define la crisis como muy profunda y duradera, lo que nos deparará un futuro con nuevos valores que hay que reivindicar ya. 5) Huye de la autocomplacencia y habla de haber escarmentado de errores anteriores. 6) Por último, abandona el electoralismo estrecho y juega a hacer país, en línea con la idea del patriotismo constitucional de Habermas.
En la entrevista hay afirmaciones claras y rotundas sobre muchos asuntos. Y no elude casi ningún tema. Como aspectos concretos de la entrevista subrayo los siguientes: 1) Trata la posible moción de censura como un asunto de dignidad parlamentaria y eficacia política en la resolución de un problema grave. Hay que reconocer que la comparecencia parlamentaria de Rajoy es un éxito personal de Rubalcaba. 2) La alusión directa a la financiación ilegal del PP y la afirmación rotunda de que el PSOE no se financia ilegalmente. 3) Su defensa de la lealtad institucional del PSOE, esté o no en el gobierno. 4) Plantea prudentemente el problema del juez Pérez de los Cobos. 5) Explica claramente su propuesta de reforma constitucional sin esconder el fuerte condicionante del problema catalán y del PSC. 6) No se excluye como candidato a la jefatura de gobierno. ¿Por qué lo iba a hacer? A los 61 años no se es viejo en política y su capacidad intelectual sigue siendo potente. 7) La defensa que hace de la renovación para su partido es digna del mayor elogio teórico-práctico: oposición-proyecto-partido. 8) Establece claramente la división competencial entre Estado y comunidades autónomas. 9) Defiende la igualdad de todos los españoles, vivan donde vivan, a la vez que las singularidades territoriales, siempre que no supongan privilegios jurídicos ni económicos. 10) Reivindica la reforma y transparencia fiscal, optando por aumentar los ingresos frente al recorte en los gastos. 11) Ataca frontalmente la reforma Wert sin paños calientes y amaga con revisar los acuerdos con la Iglesia. 12) En política sanitaria y ley del aborto, reivindica la postura tradicional socialista. 13) Solo he detectado un renuncio: se escaquea de valorar los ERE de Andalucía.
Todo lo expuesto, y algo más que he dejado, es un auténtico proyecto de gobierno. Hacía tiempo que no leía un discurso tan ordenado y serio en las filas socialistas. Me extraña el poco eco que ha tenido en los medios. Por mi parte, soy consciente de que éste es un artículo interpretable como interesado, pero igual que muchas otras veces he criticado lo que me parecía criticable, esta vez me parece justo hacer este elogio de Rubalcaba. En política no se debe criticar todo ni aplaudir todo, sino que se debe matizar y, sobre todo, argumentar.
Profesor de Filosofía
noticias sobre todos los partidos políticos tanto de izquierda como de derecha
sábado, 3 de agosto de 2013
sábado, 6 de julio de 2013
La reforma administrativa pendiente La única melodía que suena en los dos proyectos anunciados es la economicista
En cualquier reforma de gestión empresarial hay que tener en cuenta dos objetivos: eficacia y eficiencia, por este orden. Lo primero es cumplir con los objetivos obligatorios y los deseados; lo segundo, que sean al menor coste posible. En una reforma de la Administración Pública se deben enfatizar más aún esos dos objetivos y el orden de los mismos, ya que jugamos con dinero público y con las expectativas ciudadanas.
Actualmente están en marcha dos proyectos de reforma administrativa, la local (Anteproyecto de Ley de racionalización y sostenibilidad local) y la estatal-autonómica (el Informe CORA --Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas--). La única melodía que suena en ellos es la economicista, y lo que es peor, tanto los favorables como los contrarios a las reformas usan una dialéctica de generalidades y obviedades poco significativas, con pocos argumentos fundados y desde apriorismos de dialéctica partidista que no conducen a ningún sitio. Según los primeros, los proyectos son maravillosos y pioneros; según los segundos, los proyectos son ideológicos y nada operativos. Los ciudadanos españoles asisten a este partido de ping-pong sin saber de qué va este asunto. Y, curiosamente, los partidos políticos (todos) defienden un statu quo que garantice sus intereses cuando debería ser el ciudadano el parámetro que da sentido al modelo de reforma.
Es evidente que todos los gobiernos autonómicos han desarrollado sus posibilidades estatutarias hasta la enésima potencia, sobre todo los de los estatutos de segunda generación, enfatizando los orígenes históricos de sus instituciones, tradiciones y costumbres hasta hacer de cada región la piedra angular de España en un momento u otro de su historia. Cada región se convierte en el ombligo de España o de sí misma (qué más da) y no admite un gramo menos de entidad que cualquier otra región. España como Estado queda como algo residual, lo que resta tras la suma infinita de las ambiciones, a veces alicortas y paletas, de cada uno de los diecisiete "estados". Defender un Estado fuerte y justamente redistribuidor de su riqueza ha sido seña de identidad de la socialdemocracia. El estatalismo ha sido característica exacerbada del comunismo. Y ahora los dos partidos de izquierda, internacionalistas de toda la vida, parecen independentistas vergonzantes, escondiendo siempre el término "independencia" y usando eufemismos como "autodeterminación" o "derecho a decidir". ¿Por convicción o por electoralismo?
El Gobierno tilda a su reforma de histórica cuando no es más un listado inconexo y desigual de propuestas y medidas, algunas interesantes aunque sin desarrollar, y otras leves e irrelevantes. Y se usa la economía como coartada para implantar el "programa oculto" del PP, pura ideología radical neocom, para desmantelar lo público bajo la idea latente de que la democracia es muy cara.
En una reforma administrativa hay tres cuestiones de capital importancia. La primera es indicar la dirección hacia donde queremos ir, o lo que es lo mismo, formular el sentido de la reforma. Para esto se requiere un pacto de Estado lo más amplio posible. Ya desde el abandono por parte del PSOE, en 1982, de la reforma administrativa (solo quedaron de testigos los "moscosos", ahora laminados), no ha formado parte de las prioridades de ningún partido político la reforma de las administraciones, a pesar de que la Administración constituye el eje vertebrador de la acción del Estado y la traducción de la acción política en la vida del ciudadano. En estos momentos, no parece viable el pacto en esta cuestión. Sería imprescindible.
La segunda cuestión es el método. Sin embargo, en los proyectos mencionados de reforma administrativa que ha presentado el Gobierno hay poca literatura que hable de racionalidad y planificación estratégica, que son los parámetros fundamentales de cualquier reforma a fin de conseguir esa eficacia y eficiencia, objetivos inexcusables de la misma.
Y en tercer lugar, el elemento humano. Los funcionarios deben ser el instrumento principal para que la reforma llegue a buen puerto. Para ello se requiere unos empleados públicos bien formados y motivados. El Estatuto Básico del Empleado Público de 2007, aunque claramente imperfecto e insuficiente, ponía algunos fundamentos en el concepto y desarrollo del empleado público (expresión genérica que incluía funcionarios y laborales) así como en las tareas de la función pública y aportaba la novedad del directivo profesional, figura poco desarrollada. En estos momentos, el EBEP no se ha desarrollado en casi ninguna CA y los empleados públicos están constantemente "criminalizados", apareciendo como responsables de la situación crítica envolvente.
Profesor de filosofía
sábado, 22 de junio de 2013
Los partidos políticos, una tarea de todos
(Artículo
aparecido en “El Periódico de Aragón” en fecha 22-6-13) Una situación de crisis como la actual radicaliza las percepciones y los juicios. Ahora todo vale contra los partidos políticos y contra los sindicatos. Ellos son los culpables de todo lo malo que nos sucede. Deriva muy peligrosa y fomentada por la rancia derecha española de toda la vida. Vamos a serenarnos que bastante grave es la situación.
Los partidos políticos de izquierda y los sindicatos de clase han sido desde el siglo XIX los instrumentos que han hecho posible los mayores avances sociales en Europa. Estos tiempos de modernidad y contemporaneidad han coincidido con la revolución industrial y el mayor progreso científico, económico y social en la historia de la humanidad.
Desde 1989 (desaparición del muro de Berlín) hasta hoy, con la revolución informática, con un sistema económico único y la globalización planetaria, funciona otro paradigma que exige cambios radicales en la estructuras, en las instituciones y en todas las organizaciones que han servido de plataforma para el cambio habido hasta hoy. La crisis actual (económica, política y social) la denominamos sistémica porque es el final del modelo anterior. Incluso hay que precipitar el final del viejo modelo para que emerja pronto el nuevo. Tras la crisis el mundo no volverá a ser el mismo. Pero la modificación del esquema social no debe poner en riesgo la propia existencia de la democracia, causa real del bienestar contemporáneo. Y ante tal situación no cabe rebelarnos infantilmente por la pérdida de un esquema ya periclitado al que nos habíamos acostumbrado, sino que tenemos que esforzarnos por empezar cuanto antes a mentalizarnos y actuar consecuentemente con el nuevo paradigma o modelo. Sucede que en toda crisis portadora de un cambio de época los desgarros y sufrimientos se dan siempre en los segmentos más vulnerables (los pobres) y en los sectores más sensibles (educación, sanidad, acción social). Y aquí es donde deben actuar las organizaciones e instituciones, intentando que la transición de un modelo a otro sea lo más inocua posible.
La política es uno de los más nobles inventos de la creatividad humana que, desde el siglo XVII hasta hoy, ha trabajado denodadamente para equilibrar las sociedades intentando que las desigualdades entre los seres humanos, inevitables siempre, no afecten al núcleo duro de la dignidad humana. Y los partidos políticos y los sindicatos han sido los instrumentos que, con aciertos y errores, han hecho posible la época más justa y con mayor libertad que ha gozado el ser humano.
Pero estamos en 2013 y tiene que ser la espontaneidad social y el movimiento ciudadano los que denuncien la contradicción existente entre una época nueva que ya está aquí y unas organizaciones cuyo funcionamiento obedece a la época anterior. Los partidos han ido abandonando paulatinamente la letra y el espíritu del artículo 6 de la CE, que dice: Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.
Una regeneración democrática como la que es imprescindible acometer en España no es viable con partidos sin democracia interna. Necesitamos a los partidos políticos pero tienen que cambiar. La famosa desafección ciudadana hacia la política no es otra cosa que la constatación de que los partidos no solucionan los desajustes que esta situación crítica conlleva hacia los segmentos más vulnerables. Y las cúpulas orgánicas de los partidos están sufriendo el síndrome del esquimal (los esquimales se extinguieron no por falta de recursos sino por aislamiento). Yo percibo en la generalidad de los políticos una cierta burbuja política, una casta aislada del resto de la sociedad. Y como de unas cúpulas así no puede esperarse un suicidio de sí mismos a favor de un cambio radical, debe ser la sociedad y también los militantes de base de esos mismos partidos quienes introduzcan las nuevas formas de mirar la nueva realidad. Porque lo que necesitamos para salir de la crisis no es menos política, sino mejor política, con mejores partidos y más sociedad civil. Para lograrlo debemos reformar por ley su funcionamiento, porque el funcionamiento interno de los partidos no es un asunto privado (los partidos están subvencionados por el Estado), sino de calidad democrática tal como exige la CE. Y garantizar una mayor y más cualificada participación popular y una separación real de los poderes del Estado.
Mariano Berges, profesor de filosofía
sábado, 8 de junio de 2013
Más Estado y más sociedad Para este rearme moral la sociedad es el objetivo principal y los partidos e instituciones, herramientas necesarias

¿de qué hablo hoy? La crisis, los partidos, Rajoy, Rubalcaba, PP, PSOE, el 15-M, el paro, Europa. Enfrentarte a un folio en blanco con la mente desnuda y aburrida de tanta reiteración inútil es peligroso para la salud. Pero venzamos la tentación silente, aunque a veces sospechemos que estamos en un viaje en torno a la Nada que nos rodea. Voy a intentar ser optimista, aunque no es fácil, porque el ser humano necesita un mínimo horizonte y alguna esperanza. Al menos para poder levantarse cada día y poder seguir deprimiéndose.
Hay dos maneras de situarse frente a la actual crisis: un optimismo racional y un negativismo autoflagelador. La primera aspira a una autocrítica superadora de la situación, y la segunda se posiciona en un victimismo estéril y neurótico. Los elementos negativos están claros: gobierno duro de derecha, sin voluntad política constructiva ni sentido de Estado, en manos de la facticidad económica transnacional y con consecuencias muy negativas en la vida cotidiana de los españoles (pobreza, paro, vivienda). Pero esto no es nuevo. Ya lo hemos tenido y lo hemos superado. Pero es que también los elementos progresistas están con poco espíritu, al menos los progresistas tradicionales. Es cierto que está surgiendo otro tipo de progresismo de nuevo cuño, pero le falta estrategia y estructura. Y corre el peligro del cansancio y el aburrimiento. Con ello cuenta el poder establecido: que, pasada la novedad, todo vuelva a su ser "natural".
Se suele hablar de la Transición española. Para bien y para mal. Para unos fue un tiempo pleno y feliz del que han derivado treinta años de progreso y bienestar. Para otros, fue un reformismo parcial que no supo aprovechar la fuerza del momento para rematar un cambio histórico y definitivo. Yo me apunto a la primera interpretación, aunque algo hubo de la segunda. Pero no olvidemos que de ahí surgió una derecha liberal (UCD) que remó a favor de la historia con fuerza y supo entender perfectamente que, junto con otras fuerzas, podía jugar un papel progresista que colocase a España en Europa. Y de ahí surgió también un PSOE contemporáneo, que supo aparcar elementos de otro tiempo e impulsar a España hacia la modernidad más fecunda que nunca ha tenido.
Pienso que tiene que haber elementos liberales (del liberalismo originario del XVII --Locke-- que proclamó las libertades individuales con los límites del bien general) en la actual derecha española que se posicionen en la línea progresista de la antigua UCD. También el PSOE necesita volver a esa dinámica fuerte y segura de los ochenta, a ese afán renovador y constructivo y con un proyecto identificable. Y hay que integrar a todo lo nuevo y útil que ha ido apareciendo en los últimos años, que es mucho. Especialmente a los elementos jóvenes, que están llegando a la cuarentena y todavía no se han estrenado.
Pienso que quizás el concepto-fuerza que haga de argamasa en todo esto sea el concepto de Estado. Recuperar el sentido de Estado que todo partido serio nunca debió perder. Un Estado plural, tolerante, poliédrico, pero fuerte y coordinador del centro y las periferias. Un Estado con políticos que duden, deliberen y decidan. Sin seguridades apriorísticas. Un Estado con leyes justas e impuestos proporcionales y progresivos. Un Estado con límites. Un Estado con un Parlamento que sea auténtico controlador del poder ejecutivo y no un mero apéndice que no aporta valor añadido. Un Estado con unos partidos políticos con democracia interna y con sentido de su papel cohesionador y transformador de la sociedad a la que se deben. Y, sobre todo, un Estado, cuya soberanía resida en el pueblo, verdadero detentador del poder.
Para este rearme moral son necesarias unas reglas de juego objetivas y claras, en las que la sociedad aparezca como objetivo principal y los partidos e instituciones como herramienta necesaria. Aquellos que la sociedad elija para un cargo público deberán siempre mantener esa capacidad y obligación de rendir cuentas al pueblo soberano (Ley de Transparencia y Ley de Partidos, ya). Los que reciban recursos públicos, que de alguna manera somos todos, debemos usarlos con sentido de Estado. Renovación y regeneración de políticos, dando paso a los jóvenes en las responsabilidades públicas. Y la sociedad debe volver a retomar ese espíritu reivindicador y controlador que tuvo y hacer evaluación continua de sus representantes. A los que aprobará o suspenderá con firmeza en función de su trabajo y resultados.
Hagamos frente a la situación, no tanto desde la heroicidad y el sacrificio, sino desde la inteligencia y la responsabilidad colectivas.
Profesor de filosofía
sábado, 25 de mayo de 2013
El 15-M y los partidos políticos Es evidente que significó un revulsivo capaz de movilizar políticamente a la juventud, hasta entonces desafecta

15-M ha sido intermitente durante estos dos años, pero ello se debe a que el movimiento se ha desplegado en diversas acepciones y reivindicaciones: DRY, PAH, preferentistas, mareas de distintos colores, especialmente las mareas blanca y verde en defensa de la sanidad y educación públicas, las plataformas sociales contra la crisis, la lucha contra la corrupción y los recortes, etc. Pero, sin duda ninguna, el origen y el tronco común de todas esas reivindicaciones es el mismo.
Es evidente que el 15-M significó un revulsivo capaz de movilizar políticamente a la juventud, hasta entonces desafectos. Es el desplazamiento de las reivindicaciones políticas a la calle desde los escenarios tradicionales de los partidos y el Parlamento. Es un grito contra le democracia secuestrada y elitista. Es una apuesta por la participación política real. Y en cuanto a consecuencias o logros, ha habido más de lo que a simple vista parece. En estos momentos, la agenda política española está marcada por Europa y la crisis por un lado, y por el 15-M y sus epifenómenos, por el otro. Además, han dejado sin espacio público cualquier tentación fascista, que sí han surgido en otros países de nuestro entorno. Aunque también es cierto que esa deriva está bien cubierta por la parte más derechista del PP.
El 15-M no obedece al esquema izquierda-derecha, sino que es el cuestionamiento de la propia democracia, de su calidad democrática. Por eso no es un partido ni debe caer en la provocación de la derecha de convertirse en un partido. Su balance es más espiritual que material. Su diagnóstico es básicamente correcto. Quizás el grito más radical y representativo del 15-M sea el de "no nos representan". Ello da lugar a interpretaciones interesadas por parte del sistema consolidado, tildándolos de antisistema y nihilistas. Lo que no es cierto. La derecha española teme al 15-M (de ahí su nerviosismo y agresividad) y la izquierda también le teme como competidor de un espacio que creía monopolísticamente suyo. El temor de la derecha es lógico, pues el 15-M constituye su frente político más radical. Sin embargo, el temor de la izquierda no parece tan lógico pues ambos están en la misma dirección teórica aunque con estrategias y prácticas distintas. Mientras el 15-M permite visualizar la crítica política de una manera nueva, los partidos de izquierda dudan sobre dónde situarse y lo ven como un intruso competidor. Conviene recordar que cuando muchos de los dirigentes políticos actuales eran jóvenes, la calle era su escenario favorito y el lugar donde se fraguó el dinamismo imparable de la transición política española que dio origen a la estructura institucional actual. Han pasado más de treinta años y el anquilosamiento de tal estructura es evidente. El 15-M no es ni más ni menos que la renovación de esa energía de los años setenta.
Para poder observar el panorama completo, hay que distanciarse de lo sensorial inmediato y elevarse a los conceptos. Por esquematizarlo de alguna manera, el 15-M es la razón y los partidos políticos son la organización y la estructura. Al primero no se le puede discutir su razón en mucho de lo que dice y reivindica. Se pueden matizar algunos aspectos y formalidades, pero su diagnóstico es básicamente correcto: su lucha contra la corrupción, su denuncia de la deficiente representatividad institucional y política, en definitiva, su llamada a la regeneración democrática. Lo que tienen que hacer los partidos de izquierda, especialmente PSOE e IU, es recoger, humilde y agradecidamente, las propuestas, y sobre todo el espíritu, del 15-M y traducirlo políticamente, sin trampas ni enmascaramientos. Lo que implicaría un cambio radical en el funcionamiento interno de los partidos y un replanteamiento de su función pública. Este sería el gran éxito del 15-M: haber servido para la dinamización y puesta al día de los anquilosados partidos políticos de izquierda. Podrían empezar los propios partidos por retirar oropeles trasnochados, coches superfluos, dietas inmorales, escoltas innecesarios, y convertirse en ciudadanos que ostentan el impagable honor de trabajar por la sociedad. Nada más y nada menos.
Este "aprovechamiento" del espíritu del 15-M por parte de los partidos es la única manera de aprovechar tanta energía y generosidad de los movimientos sociales. De lo contrario, todo se diluirá y quedará en una bonita historia. Pero ni los partidos se habrán renovado ni los movimientos sociales habrán perdurado.
Profesor de filosofía
sábado, 11 de mayo de 2013
Un cambio de perspectiva para la crisis La palabra crisis se ha convertido en una entelequia que justifica todo y su contrario, con discursos vacíos

Hay una máxima conocida y repetida en varias disciplinas del saber: cuando un problema no tiene solución tras múltiples intentos, solo queda una opción, cambiar la perspectiva desde la que se analiza el problema. Solo así hay posibilidades de resolverlo. Aplíquese a la situación actual.
La multicrisis que nos envuelve no tiene solución con los remedios convencionales aplicados hasta ahora. Ni económicos, ni políticos, ni legales. Hoy hace justamente tres años del bandazo que Zapatero dio tras la amenaza que Bruselas le dictó. El doce de mayo de 2010 comunicó en el Congreso de los Diputados la nueva práctica político-económica que España iba a inaugurar. La cara de los propios diputados socialistas, incluso de sus ministros, era la propia de quien no sabía nada de lo que estaba hablando el presidente. Lo cuenta bien Ekaizer en su librito Indecentes. Comenzaba la época de austeridad en la que estamos instalados. Los retrocesos que desde entonces hemos sufrido no son los coyunturales típicos de una crisis cíclica, sino que, al ser sistémica, afectan a aspectos clave de nuestra vida: el empleo, la vivienda, el poder adquisitivo, la protección social y la propia democracia. Y hay un temor mayor: que el retroceso sea irreversible.
Zapatero instauró una práctica de gobierno sin contar con la voluntad ciudadana. La nueva política no era ni la de su ideología ni la de su programa ni la voluntad de la sociedad española. Como consecuencia del bandazo, el PSOE perdió estrepitosamente las elecciones de 2011 y apareció un programa salvador, el del PP, que manifestaba que con su sola presencia en el gobierno daría la suficiente confianza a los mercados y a Europa como para remontar la situación. Resultado final: el PP ganó con mayoría absoluta y vamos cada día peor, mucho peor. Y lo que es más significativo: la nueva realidad ha transformado la percepción de los españoles. Ahora, la resignación y la depresión intelectual son moneda corriente en nuestra pasiva cotidianeidad. No hay esperanza.
Llevamos ya tres años de crisis formal y aceptada, y varios más de crisis larvada no aceptada. La palabra crisis se ha convertido en una entelequia que justifica todo y su contrario, que configura discursos vacíos que no aguantan ni dos días. Es como una palabra totem que nos recuerda nuestra mala conducta y la justicia de los castigos que los dioses nos han infligido. Solo nos queda aguantar resignados hasta que la voluntad divina se apiade de nosotros y volvamos a ser gratos a sus ojos. Sabíamos que la organización social era algo complejo y complicado, pero volver al fatum religioso es ya demasiado. Recomendaría releer a Freud en Totem y tabú y observaríamos cómo los totem y los tabúes son inventados por los poderes fácticos del momento, con un relato metafísico envolvente.
Sin embargo, hay un parámetro muy potente que debe primar en la solución de lo que (nos) sucede. Me refiero a la mente humana. No hay situación por negativa que sea que no tenga solución desde la creatividad humana. Pero para que la mente humana construya soluciones válidas universalmente hace falta que instancias ejecutivas de ámbito mundial tomen las decisiones pertinentes y obligatorias para todos los países. En los últimos tiempos, al menos desde la Ilustración de Kant hasta la prodigiosa década de 1960 (Marcuse: El final de la utopía, Eros y civilización), las grandes narrativas habían sustentado el edificio de la modernidad y sus ideologías emancipadoras. Actualmente, desde 1989, la desactivación del talante crítico, el relevo de la ética del ser por la del tener, el consumismo de la trivialidad o la sustitución de fuertes ideologías por islotes ideológicos (feministas, ecologistas, identitarios), han creado el mejor caldo de cultivo para que el mayor monopolio capitalista que ha existido campe por sus fueros.
Tenemos que ser capaces de elaborar, desde una nueva perspectiva, una potente narrativa capaz de dar un sentido humano y solidario a una globalización económica que se nos escapa y fagocita cualquier resistencia sectorial. Tras el fracaso de la evanescente posmodernidad y su pensamiento débil y fragmentario, y la obsolescencia de muchas recetas caducadas, hay que construir un nuevo sistema de pensamiento que, partiendo de elementos salvables pretéritos, que los hay, marque la buena dirección en el caos organizado desde las potentes plataformas fácticas. La elaboración de un nuevo contrato social intergeneracional, con una manera más sostenible de vivir, de producir y de consumir, podría ser un marco idóneo de referencia para esta nueva síntesis de futuro.
Profesor de Filosofía
sábado, 27 de abril de 2013
Defensa de la política ¿Pueden ser los mismos que controlan los instrumentos de decisión los que generen el cambio de modelo?

Si algo ha demostrado la crisis es la supeditación de lo político a lo económico, cuando lo correcto es lo contrario, puesto que a los elementos políticos los elegimos libremente y no así a los económicos. Si a ello añadimos que la economía actualmente es global y lo político sigue siendo local, la contradicción y los perjuicios son aún más graves, pues una parte importantísima (la economía) cae fuera de nuestro control y la otra (la política) se convierte en irrelevante. Si esta inversión de roles sigue funcionando durante mucho tiempo, la democracia está en peligro y las fantasmales fuerzas del mercado se apoderan de todos los resortes que inciden en la cantidad y calidad de vida de las sociedades desarrolladas, a las que intentan asemejar a las sociedades de los países emergentes, de menor desarrollo social. Todo ello, bien narrado en la línea de que "es algo inevitable", a lo largo de una década (2007-2017), configurará una sociedad más pobre, más injusta, menos desarrollada y menos democrática. Pero más rentable para esos nuevos explotadores sin rostro que llamamos mercados.
Todo esto sucederá a no ser que seamos capaces de invertir el pervertido orden de poderes, y sea la representación política la que controle y disponga sobre los mercados. Para ello, la política, sin dejar de ser local o nacional, debe crecer en la dimensión global. Y en esta misma línea, los representantes políticos deben interiorizar y convencerse de que ostentan la representación de ciudadanos personas y no de esas entelequias denominadas fuerzas de mercado.
Actualmente, hay pocos elementos tan criticados e insultados como los políticos. Y más en España, con todos nuestros antecedentes históricos y literarios, tan cerrados y tan intolerantes: desde nuestros fundamentos cristianos, mejor católicos, cuyos elementos más dogmáticos inventaron nuestra santa inquisición, pasando por nuestra magnífica literatura picaresca, símbolo de la España profunda, nuestra mala fortuna histórica (España ha sido un país sin feudalismo, sin burguesía y sin Ilustración), nuestra guerra (in)civil y nuestros cuarenta años de cruel dictadura. Llevamos poco más de treinta años en democracia, con algún susto intermedio. Es lógico que tras delegar en los partidos políticos el regreso a la democracia, haya habido por parte de ellos una excesiva autocomplacencia y desconexión con el cuerpo electoral, y las estructuras representativas de la sociedad (sus ocupantes), se hayan apoderado del espacio en lugar de representarlo. Los partidos políticos han olvidado que la sociedad es la depositaria de la soberanía popular y los políticos son unos liberados que, mediante un sueldo digno, representan a la sociedad y se deben a la resolución de los problemas de supervivencia, convivencia y organización de la propia sociedad.
No nos debe extrañar, pues, la desafección política ciudadana hacia unos representantes que "no pueden cambiar el orden de las acontecimientos". Los movimientos extrapolíticos (15-M, 5-S, mareas de todos los colores, etc.) no vienen de la nada sino que son manifestaciones lógicas de una sociedad frustrada y desencantada de sus representantes políticos. Si esta escisión aumentara y se consolidara habría desaparecido la política, el más hermoso y digno de los saberes humanos. Y si nos instalamos en este nihilismo político, estamos abocados a una situación de suma gravedad, porque no existe alternativa al sistema de representación política. La alternativa, como siempre ha sucedido en los avances históricos, consiste en síntesis audaces e inteligentes entre la frescura de los movimientos sociales y la estructura de las organizaciones políticas. Por lo tanto, la alternativa sigue siendo política, pero una nueva política donde la conexión de la representación política con la sociedad se refuerce en grado sumo, de manera que la soberanía popular nunca pierda la consciencia de que es ella el origen del poder, y siempre la detentadora de ese poder. El partido político cuyo armazón programático fuese este y estuviese encarnado en personas con credibilidad para ejercerlo, se convertiría en el eje articulador del sistema. Independientemente de que gane las próximas elecciones o no. Porque la gravedad es tal que no se trata de ganar elecciones, sino de dar credibilidad a un sistema de representación política y de regenerar las instituciones en España.
Pero ¿serán los partidos políticos capaces de transformarse para evitar su propia desaparición? ¿Pueden ser los mismos que controlan los instrumentos de decisión los que generen el cambio de modelo? El modelo se agota, pero sin crisis final no puede aparecer el nuevo modelo. Porque esta no es una crisis cíclica sino sistémica. Hagamos de la necesidad virtud en esta crisis inacabable.
Profesor de Filosofía
sábado, 13 de abril de 2013
Filosofía y política para la crisis Cuando reflexionamos se impone el escepticismo, pero cuando vivimos queremos ser optimistas
Vuelvo sobre mi artículo anterior acerca de la crisis. Algunos lectores me tildaron de excesivamente realista y negador de cualquier futuro digno. He pensado sobre ello y me he puesto en el lugar de muchos supuestos distintos al mío personal. Se trata de un buen ejercicio mental que te ayuda a redescubrir que hay muchas realidades y perspectivas, que hay condiciones objetivas y subjetivas, que la relatividad es cierta, y muchas otras cosas. Pero he hecho dos descubrimientos claros: 1) que la fuerza mental de uno mismo es un elemento superador muy potente ante cualquier situación, por negativa que sea; 2) que descubrir unas pocas ideas fuerza, cuya divulgación sea capaz de unir a mucha gente en la acción reivindicativa, es un buen complemento de lo anterior. B. Farrington (irlandés estudioso de la historia de la ciencia) decía que lo revolucionario no son tanto los inventos o descubrimientos de la humanidad como su divulgación social.
También la perspectiva temporal es muy importante en la acción social. No es lo mismo venir de un pasado pobre y tener un horizonte rico en posibilidades, como ha sido la realidad de mi generación, que lo contrario, cual es la situación actual, en la que caminamos hacia una realidad empobrecida en materia y espíritu, especialmente los jóvenes, que no solo no van a superar a sus padres, como sería lo natural, sino que van a ser un apéndice vergonzante de los recursos paternos. Por lo tanto, es procedente y saludable configurar un futuro, una esperanza por la que luchar. Pero hay que ser intelectualmente honestos, sin cantos de sirena ni propuestas inviables, y, sobre todo, hay que pensar-actuar a favor de la colectividad, incluyendo, por qué no, la salvación personal. La acción pública debe ser siempre eficaz, además de bienintencionada.
Hay que reconocer la habilidad de los guionistas del relato de la crisis. Siempre están pasando cosas. Ahora toca Chipre, Italia, Portugal. Y siempre se explican en la misma dirección: miedo, disciplina, recortes, vivir por encima de nuestras posibilidades. Palabras, palabras, palabras. La realidad es que el concepto de lo público desaparece de nuestras mentes. La gente se va acomodando. Las organizaciones esperan ¿a qué? Los sueldos se reducen-desaparecen. Las pensiones se endurecen. Los rostros fruncen sus ceños. Los jubilados aguantan relativamente bien. Algunos hasta sonríen. Dentro de diez o quince años, cuando ya no estén estos jubilados, los sueldos y pensiones serán de subsistencia y los parados serán objeto de caridad y beneficencia. Entonces, y solo entonces, se consumará el final de la crisis. No hay que olvidar que crisis significa cambio, no necesariamente a mejor.
Cuando reflexionamos se impone el escepticismo, pero cuando vivimos "queremos" ser optimistas.Gramsci lo expresó muy bien cuando, aplicándolo a la revolución, hablaba del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Pero el optimismo de la voluntad debe basarse en el pesimismo de la inteligencia, porque un ajustado análisis de la realidad es condición "sine que non" para la acción social transformadora. Y en esta acción transformadora y frentista ante el desmantelamiento de lo público, hay dos conceptos-herramientas que podríamos desarrollar y relacionar: la filosofía y la política. Y ambas tienen en común un objetivo precioso y sutil, sin cuyo ejercicio la vida humana no tiene sentido: la libertad. Pues bien, para hablar de un futuro mejor hay que ser serios y rigurosos, sin dilentantismos ingenuos ni propuestas inviables. Y para ello, es necesario saber lo que hemos perdido en la crisis (y sus causas) y cómo es posible su recuperación (objetivos, método y organización). Es todo un programa de acción. Cuanto antes empecemos, mejor.
La filosofía es una actividad liberadora, y entre sus principales preocupaciones siempre ha figurado la libertad, en sus vertientes social y política. Pero el concepto de libertad con frecuencia se ha entendido deficientemente y se ha usado abusivamente. Para no extenderme propongo la siguiente definición: libertad es hacer cada uno lo que quiera de entre lo que pueda. De esta manera, excluimos lo absoluto (hacer cada uno lo que quiera aunque no pueda, lo que conduce a la frustración) e incluimos una dimensión real de la libertad (libertad no es "ser" libre, sino "ejercer" mi libertad). La política comporta una tensión permanente entre la institucionalización de la libertad y el cuestionamiento filosófico. Sin libertad no hay vida política, y sin cuestionamiento democrático no hay sociedad democrática.
Profesor de filosofía
viernes, 29 de marzo de 2013
Godot o el final de la crisis Los partidos y los sindicatos han perdido la inocencia y la credibilidad, y la gente ha perdido la paciencia
Recuerdo la obra de Samuel Beckett Esperando a Godot (1952), en la que dos personajes
(Vladimir y Estragón) se pasan los dos actos de la obra esperando a un tal Godot, que no llegará nunca. Varias veces, un niño les dice que Godot no llegará hoy "pero mañana seguro que sí". Pero Godot nunca llegó.
La cita viene a cuento de la crisis. Vamos ya para seis años de crisis formalizada. La génesis viene de mucho más atrás. Y nos han contado un relato que va desde el inicio de la deuda financiera reforzada por la burbuja inmobiliaria y nuestra vida por encima de nuestras posibilidades, hasta un final con equilibrio presupuestario y salida triunfal de la crisis. En medio está la tragedia: países mucho más endeudados, hasta la imposible devolución; proceso de desmantelamiento de todo lo más genuinamente público (educación, sanidad, servicios sociales) y desprestigio de las instituciones, con la progresiva creencia de que solo funciona lo privado; políticos predicadores de la austeridad como única manera de derrotar a nuestros adversarios los mercados; aparición de movimientos de todo pelaje y condición; sociedad socorrida por la caridad y la beneficencia en la que muchos encuentran el sentido de su vida. Cada cierto tiempo, actúan la bolsa y la prima de riesgo como elementos de tensión y recordatorio de que, si no nos disciplinamos, no llegará el final de la crisis y todo se irá al traste. Lo último, el expolio de los depósitos bancarios en Chipre. Por malos. Pero todo este sufrimiento adquirirá su sentido cuando finalice la crisis y España-Europa ¡por fin! encuentren la senda del crecimiento, la creación de puestos de trabajo y volvamos a ser ricos y felices como hace diez años.
Hasta aquí el relato. Pero cada día tengo más claro que, como Godot, el final no va a llegar. Que la crisis que estamos viviendo va a ser, ya es, la situación normal y definitiva en nuestras vidas. Que el relato de la crisis opera como un mito que solo los dioses (oráculos financieros) entienden, pero que, como todos los mitos habidos en la historia de la humanidad, sirven para justificar acciones, conductas y reglas sociales.
Una vez sabido que Godot-final de la crisis no va a llegar, ¿qué va a ser de nosotros? Estamos ante una situación en la que hemos llegado a descubrir la terrible verdad: que esto no es una transición sino que ya es el final. Que una vez más nos han engañado. Que nos han cambiado el modelo y no nos hemos enterado. Que no existe la salvación tan predicada y acariciada. Da igual que Dios no exista o que el silencio de Dios sea un clamor. A los efectos es lo mismo. Como diría Nietzsche, nos tenemos que reinventar, nos tenemos que hacer a nosotros mismos, sin esperar nada del más allá (ni del más acá). Estamos solos, con un ser intangible que nos castiga continuamente, frente al que no nos atrevemos a rebelarnos.
El relato está teniendo un gran éxito. Desde la frase de Rajoy "no puedo cumplir mis promesas porque tengo que cumplir con mi obligación", ya hay gente que se está acomodando a la situación. Es más, los partidos de izquierda y los sindicatos de clase, instrumento fundamental para salir de la terrible explotación industrial del XIX y llegar al modelo europeo del Estado de bienestar, se han quedado sin papel en este relato. Ante esto solo hay dos posturas posibles: la resignación o la lucha. Muchos ya han optado por la primera. Si otros optamos por la segunda, tenemos que aprender de la historia y trazar una estrategia inteligente que nos conduzca a recobrar lo que habíamos conseguido y que nadie nos había regalado.
Mi coherencia me invita a finalizar aquí el artículo, pues Godot no va a venir. Pero ni yo soy Samuel Beckett ni esto es el Teatro del Absurdo. Por lo que, con un cierto voluntarismo e incoherencia, pienso que los partidos políticos de izquierda y los sindicatos de clase podrían ser elementos coadyuvantes en una posible alternativa. Pero la clave fundamental debe estar, y si no nada es posible, en una auténtica y potente participación popular, que ha demostrado ser el único elemento de resistencia para que la depresión social no haya llegado a ser una patología incurable. Porque los partidos y los sindicatos han perdido la inocencia y la credibilidad, y la gente ha perdido la paciencia. La catarsis tiene que ser tan radical que dudo si está a nuestro alcance. Sabemos todos dónde está la tentación, y en eso me temo que están los partidos: en esperar a que pase la tormenta y volver a las andadas con una cierta estética meramente ornamental. Eso sería la ruina, para ellos y para todos.
Profesor de filosofía
sábado, 16 de marzo de 2013
Benedicto XVI La renuncia se puede valorar como un reconocimiento de la ausencia de trascendencia y espiritualidad
La renuncia del papa Benedicto XVI es algo casi inédito en la Iglesia católica y suficientemente importante como para una valoración de tal acontecimiento.
En primer lugar, la abdicación de un Papa tiene una dimensión extraordinariamente humana, ya que es un reconocimiento de que la persona-Papa actúa y se cansa, lejos de cualquier metafísica estéril. La falta de vigor físico y espiritual la ha transformado Benedicto XVI en una enorme fortaleza. Porque, al no poder hacer frente a lo que él ha denominado "suciedades de la Iglesia", las ha dejado al descubierto con su renuncia, causando admiración hasta en la intelectualidad agnóstica y descreída (ver artículos de Vargas Llosa1 y Flores d'Arcais en El País).
EL GESTO tan humano de Ratzinger lo podemos valorar los agnósticos como un reconocimiento de la ausencia del concepto de trascendencia y espiritualidad propias de todo lo humano, y su usurpación por unos contravalores vulgarmente materiales. La ética y la cultura son elementos vehiculares de esta dimensión humana y su espiritualidad adjunta. Parece que Vatileaks y el informe encargado a tres cardenales es "excesivamente humano" para un intelectual astuto y viejo, que posiblemente ha realizado con su renuncia una jugada maestra para el desenmascaramiento y una posible catarsis de las "suciedades que desfiguran el rostro de la Iglesia".
¿Cuál es el balance del Papa, o mejor, de J. Ratzinger? Yo distinguiría tres etapas: 1) como teólogo; 2) como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; 3) como Papa. Todo un sumario de una biografía densa e interesante.
1) El teólogo Ratzinger marca un momento propio de una persona joven, brillante en sus búsquedas intelectuales y teológicas, pero que pronto se decantó por posturas más ortodoxas y conservadoras. Esta etapa me parece la más interesante intelectualmente. Su conferencia inaugural cuando entró en la Universidad de Bonn (1959) fue El Dios de la fe y el Dios de la filosofía, marcando los campos del teólogo intelectual que ha sido y del filósofo que no quiso ser. Dios es un concepto inefable y fuera de la racionalidad, lo que deja a la filosofía, como máximo, como un mero discurso sobre Dios. Se trata de una cuestión principal de la teología, pues solo ella puede tratar de Dios, previa creencia en Él.
Como buen teólogo, afirmó que la fe cristiana no tiene nada que ver con la religiosidad, la cual no es más que un camino exclusivamente humano hacia la salvación. La salvación en la que Ratzinger creía, posiblemente influida por el pensamiento protestante de Barth, se basaba en la gracia recibida de Jesús, más allá del mérito personal. Su actividad teológica adquiere prestigio con su trabajo en el Concilio Vaticano II, como asesor teológico. Posiblemente, su aportación más interesante de esta época sea la fundación en 1972, junto con Hans Urs von Balthasar y Henri de Lubac, de la publicación teológica Communio, una de las más influyentes en el mundo católico. En un principio fue un reformista, admirador de Karl Rahner y su Nueva Teología. Como profesor de Teología, fue considerado un avanzado y explicaba el pensamiento de teólogos "sospechosos" (Yves Congar o Henri de Lubac.), incluso el pensamiento de otros teólogos protestantes de una enorme categoría, como Barth o Bonhoeffer.
2) Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo un papel muy cualificado en la Iglesia. Su papel como fiscalizador de la doctrina oficial de la Iglesia fue apabullante, posiblemente debido a su talla intelectual y a su precisión teológica al servicio de una fuerte ortodoxia. Su persecución intelectual a "peligrosos" teólogos progresistas (Küng, Boff, y algún español como G. Faus y Tamayo) califica suficientemente su trayectoria. Igualmente se opuso a la Teología de la Liberación, por su planteamiento marxista y revolucionario.
En su haber hay que decir que también denunció el empobrecimiento que supuso el abandono de la liturgia tradicional por la Iglesia Católica, con el consecuente abandono del gregoriano y del latín, que supuso la pérdida irreparable de un arte y de una estética.
3) El papado es la fase más conocida y, paradójicamente, la menos interesante, excepto por sus últimos momentos y, especialmente, por su último gesto de abdicar. Posiblemente, su abdicación por el caso Vatileaks, que reveló un espantoso número de intrigas, luchas de poder, corrupción y deslices sexuales en la curia, puede dar sentido no solo a un Papa sino a toda una época de la Iglesia.
Finalizado este artículo, habemus Papam Franciscum. ¿Comenzará la revolución de la normalidad?
Profesor de Filosofía
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