sábado, 20 de diciembre de 2014

SALIDA DE LA CRISIS

¿Por qué habiendo tanto malestar hay tan poca rebelión? Hasta las protestas de la calle han reducido su frecuencia en este último año, a pesar de que la situación de muchos españoles es cada vez más crítica. Posiblemente la articulación política de Podemos ocupe el lugar del espíritu callejero. No sé si eso es bueno, pero, en cualquier caso, bienvenido sea todo elemento nuevo que agite las aguas estancadas.

Siempre he pensado, y así lo he expresado, que lo que está pasando con la famosa crisis es algo mucho más complejo y profundo de lo que se está diciendo y analizando. Está claro que no es una crisis coyuntural, de ésas que empiezan y acaban rápidamente y todos nos quedamos como estábamos al principio. Está cambiando muy rápidamente el modelo de sociedad: venimos de una sociedad in crescendo y estamos ya en una sociedad decreciente. Mi generación superó económicamente y culturalmente a la generación de nuestros padres. Nuestro proceso fue de menos a más, lo que psicológicamente nos ha generado una mentalidad muy optimista. Actualmente, la generación de nuestros hijos no solo no va a superar a sus padres sino que van a tener problemas de supervivencia. Tragedia para ellos y estrangulamiento del desarrollo de la sociedad española.

¿Ciclos? ¿Casualidad? Ante estos interrogantes siempre vuelvo a mi cultura de la sospecha: nada es casual ni inocuo. Más aún, poner el origen en 2008 es una ingenuidad o una tendenciosidad, ambas muy peligrosas. Esto viene de lejos. Hay una fecha ya histórica: 1989. La caída del muro de Berlín y la consiguiente desaparición de la URSS dejan al capitalismo como un solo polo económico-político. Como consecuencia colateral arrastra a la socialdemocracia hacia el único polo existente y exacerba la ambición desmesurada del capitalismo, más financiero que productivo.

Pero este cambio no tiene lugar con el clásico esquema de explotadores y explotados, tan visible y que tanta hostilidad generaba entre los explotados. Ahora hay seductores y seducidos. El nihilismo individualista como mentalidad generada por los nuevos parámetros de seducción social solo conduce a un “sálvese quien pueda”, nunca a intentar cambiar el mundo. Hace tiempo que ha desaparecido la utopía, esa maravillosa entelequia que aunque caminaras y nunca la alcanzabas, te servía para eso, para caminar. La trivialización social y mediática nos entretiene el hambre y el fracaso existencial. “Esto es lo que hay” es una de las últimas frases estúpidas que repetimos como loros. Y lo que hay son sueldos de 400 y 600 euros (¡qué suerte que tienes trabajo!), una ausencia total de pensamiento y de cualquier atisbo cultural y una cara de bueyes que se nos está poniendo cuando asumimos pasivamente lo que está sucediendo.

Ahora nos dice Rajoy que podemos dar por finalizada la crisis, incluso que estas navidades son ya las primeras de la recuperación. Lo grave de su afirmación es que es cierta. La crisis es un momento crítico en que el proceso mejora o declina. Esto es la salida de la crisis. Ya hemos configurado la nueva sociedad: los sueldos miserables, el paro estructural, especialmente el paro juvenil (53%), que supone no solo la ruina de una o dos generaciones sino también un enorme freno al desarrollo de nuestra sociedad, la desigualdad creciente, la impotencia política para cambiar esto, el determinismo económico, los WhatsApp “urbi et orbi” con sus “profundos” contenidos, el conformismo bienpensante, el inmovilismo… La crisis no era un estadio intermedio sino un final de época y principio de otra. Ya hemos llegado. Ahora hay que vivir con los nuevos parámetros mentales: esforzarse, no quejarse, no exigir lo imposible, tener paciencia, esperar, aceptar los nuevos 400 euros como comienzo de la campaña electoral del PP…

Sin embargo, lo que está pasando, simplemente está pasando. Lo que no implica que el futuro esté escrito en este agónico presente. Si siempre el futuro ha estado condicionado por el presente, modifiquemos el presente como única posibilidad de garantizar un mínimo futuro. ¿Cómo? Con las dos herramientas de siempre: educación y política. No por casualidad son las dos dimensiones más atacadas por el nuevo pensamiento único. Las nuevas tecnologías y la tecnopolítica son envolventes seductoras que nos distraen y nos alejan del pensamiento fuerte. La nueva “modernidad” nos mece cual droga de nuevo diseño, nos abduce y nos introduce en una especie de mística ateológica que imposibilita cualquier rebeldía. Incluso Europa nos está fallando, con el abandono gradual de su proyecto social, definidor de su historia y referencia universal.


Mariano Berges, profesor de filosofía

sábado, 6 de diciembre de 2014

COMUNICACIÓN Y CRISIS POLÍTICAS

Populismo, demagogia, electoralismo, mediatismo, espectáculo, quedar bien, edulcorar, decir obviedades, simplificar, no molestar, no pensar, adormecer, trivializar, sonreír eternamente, hagiografias, hacer caridad, politizar el futbol, futbolizar la política… constituyen una terminología que desprecio a pesar de su actualidad. Precisamente ahora se cumplen veinte años de la publicación de “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord. Título profético que hay que volver a leer, a ver si ayudamos a dar sentido a esta sociedad trivial y anodina. La historia de la vida social se puede entender como “la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer”.

La ambigüedad del lenguaje y la ampulosidad del poder más la nula interpretación popular, convierten al tonto en inteligente, al mudo en discreto, al inteligente en impertinente, al crítico en envidioso, al adulador en amigo, al amigo en enemigo. Uno lee, habla, discute… y pocas veces queda satisfecho si lo que le impulsa es la búsqueda de la verdad. La mayoría de las veces te mueves en un ring dialéctico sin normas y sin respeto por el otro, donde la épica se impone a la retórica y la verdad no es más que un pretexto para aflorar una estéril vanidad personal.

Si eres mínimamente riguroso, las controversias del lenguaje y la comunicación te obligan a pensar y repensar qué dices y cómo lo dices. Porque, como dice George Steiner, todo es traducción. El sentido de lo que se dice depende más de la traducción del oyente que de la intencionalidad del dicente. Si yo digo, por ejemplo, que el PSOE como organización se ha convertido en un sistema cerrado, incapaz de recibir energía del exterior, energía necesaria para evolucionar pero que es vista por el aparato como algo perturbador contra su estado estacionario ¿qué sucede? Mi intencionalidad es honestamente crítica: sostengo que la socialdemocracia es el sistema político más idóneo para una organización social mínimamente igualitaria y justa, pero que en unos momentos de crisis material y crisis conceptual, el PSOE no está haciendo lo suficiente para renovarse y estar en condiciones mínimas de hacer frente, y por lo tanto ponerse al frente, a una situación compleja y complicada. Sin embargo, habrá otros que traducirán mi decir de otra manera, causada por su estilo cognitivo e interpretativo personal, o por su prejuicio pro o contra mí.

En la “Podemiología” que nos rodea, donde todos hablan y pocos entienden, donde los profetas reaparecen y hasta algunos reivindican la propiedad intelectual del invento, es imprescindible utilizar rigurosamente los términos y los conceptos para no confundir-nos. Porque hay tantas palabras en los medios que el pensamiento ya no cabe. Y en política la verdad del discurso depende más de la credibilidad del dicente que del contenido del discurso, pues las palabras se asemejan materialmente. Y la credibilidad es difícil demostrarla, más bien se huele. Podemos ha pasado de su fase negativista a una fase más posibilista. Empieza, lógicamente, a chirriar. Y aunque mantiene la virginidad, las contradicciones ya aparecen. ¡Qué largo se les va a hacer el año!

Actualmente, la situación problemática que nos envuelve es muy complicada. La trilogía paro / corrupción / desigualdad es pura dinamita. Si ya el diagnóstico es difícil, las propuestas son imposibles. Y si añadimos la incoherencia en decir una cosa y hacer otra, el caos está servido. Que la solución no es solo económica, cada vez está más claro. Pero tampoco es solo política. Porque es también moral, estratégica y mediática. Súmese a todo ello el contexto globalizador como coctelera. Y agítese antes de usarlo. Aléjese prudentemente por si explota.

Dmitry Orlov, formulador de la “crisis permanente”, explicaría así el proceso de la crisis: Fase 1) Problemas financieros: bancos-deudas-quiebras. Fase 2) Problemas de comercio: incapacidad para pagar la deuda por parte de Estados / individuos. Los bancos no prestan. Fase 3) Los servicios y las infraestructuras se deterioran: privatización. Fase 4) Incapacidad política / desafección / globalización. Solo queda la familia. Fase 5) Sálvese quien pueda.

¿Es posible modificar la lógica apocalíptica de Orlov? En teoría sí, en la práctica no lo sé. Necesitaríamos que los empresarios, los economistas, los políticos, los técnicos, los medios de comunicación, actuasen con principios éticos y con habilidades técnicas suficientes como para elaborar un diagnóstico urgente de situación y una propuesta de mínimos que posibilitase una solución de emergencia y generase tiempo para elaborar una solución más duradera.

¿Imposible? Más vale que sea posible, pues el polvorín cada día está más lleno y cualquier elemento casual puede servir de mecha.

Mariano Berges, profesor de filosofía